Héctor Tizón: preguntas acerca de centro y periferia

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Héctor Tizón (1921-2012) fue un hombre de principios. Su modestia sobria destacaba en un mundo de narcisistas y chismosos. En efecto, se mantuvo siempre a prudente distancia de capillas literarias. No fue un intrigante ni se consagró a desprestigiar al prójimo. Tampoco hizo de la polémica un deporte innecesario. Todas estas circunstancias tuvieron que ver con principios éticos, por un lado. Por el otro, por residir lejos de la metrópoli, excusa perfecta para no prestarse a conspiraciones ni menos aún a adular a nadie. Era un hombre ante todo pluralista y demócrata para quien la diversidad de poéticas e ideologías (salvo las antidemocráticas) resultaba tan saludable como imprescindible. Eso no es sinónimo de que fuera complaciente o de que dispensara simpatías indiscriminadamente.

Supo poner en entredicho la falsa certeza de que no se podía hacer buena literatura desde otro lugar que no fuera la ciudad capitalina con argumentos contundentes. Y no se equivocó. En verdad, como quedó demostrado, se trata de una superstición ridícula.

Leo sus libros, entre muchos otros recorridos posibles, como la construcción de una tópica, para el caso la Puna jujeña, en el marco de la cual Tizón desovilla historias que van lentamente componiendo una narrativa de imaginación compleja. Esa narrativa, a su vez, comienza lentamente a dibujar el friso de un paisaje en el que a cada uno de los detalles en los que se detiene les atribuye la dignidad que merecen. Simultáneamente, narrando determinados capítulos bien de la Historia nacional (que fueran hitos), recreándolos a través de su invención, lo que conecta la producción literaria con principios de reivindicación social, sin incurrir jamás en un torpe afán de ficción panfletaria. En estos dos planos de la escritura creativa advierte serias desigualdades en el orden del acceso a la riqueza y al capital simbólico, por un lado. Por el otro, realiza fuertes señalamientos en torno de la corruptela o bien la violencia desatada producto de circunstancias de distinta naturaleza, pero nunca justificadas. Para, finalmente, contornear dentro de esas fábulas la intimidad de los seres humanos en sus costados más íntimos y más privados: historias de amor, vínculos entre padres e hijos, la amistad, pero también algunos de sus dobleces, porque no le interesan únicamente protagonistas estilizadamente virtuosos sino cartografiar todos los matices de las conductas humanas. Esa es una buena palabra para definir la trayectoria y la poética de Tizón. Repara en conductas coherente y él mismo aspiró a tenerla y de hecho la tuvo.

Esa complejidad de la poética de Tizón lo es desde la misma vocación de construcción identitaria (porque su literatura constituye una producción elaborada con vistas a mostrar una determinada toponimia escasamente visibilizada tanto en los medios como en el arte pero también de los sujetos en ella situados) hasta la reposición de dignidad a las narrativas de algunos hitos de la Historia. Así, orden de lo referencial, esto es, sucesos de orden constatable, se articula con el orden de lo imaginario estableciendo un contrapunto y singulares tensiones entre ética, estética y política. En efecto, Tizón narra relatos que sin pedagogías sí establecen un claro mensaje. Y me pregunto ahora: ¿por qué estará tan desprestigiada esta palabra siendo tan necesaria, tal como las Ciencias de la Comunicación en cambio lo han estudiado en toda su complejidad?. Los valores son precisamente los que establecen las constelaciones de sentido con las que estructuramos nuestra ideología o, en todo caso, ella los estructura traduciéndolos en mensajes. La literatura es uno de ellos o, en todo caso, el efecto que produce en quien la lee.

Tizón toma partido frente a un conjunto principios irrenunciables para él con los que logra configurar, eludiendo lugares comunes, obras de excelencia. De modo que percibo en su poética esta doble vertiente de una riqueza incomparable. Trabajar literariamente desde ciertos capítulos culminantes del pasado argentino en el marco de los cuales tuvieron lugar por lo general conflictos motivo que los vuelve particularmente significativos para ser abordados como figuraciones literarias. Por otro lado, un tipo de aproximación a la ficción que, contemplando todas las dificultades que ofrece el orden de lo real, asiste a ellas no desde una mímesis sencillista sino, por el contrario, las reelabora bien como escenario de sus tramas, bien como ejes sémicos de sus contenidos. Tizón postula la construcción compleja de un universo imaginario, como dije, en el cual tanto un espacio como una tipología humana que lo habita establecen una suerte de mapa que es inconfundiblemente argentino. No obstante, esa suerte de lo que podríamos denominar “color local” es neutralizado en su carácter más paralizante y torpe desde la posibilidad de desafiar marcos de referencia y una economía de la representación que no suele ser ni complaciente ni confortable. Pero sí eficaz para desmantelar tradiciones literariamente aquilosadas.

Padeció el exilio producto de la última dictadura militar durante cinco años en España, donde no pudo pronunciar una sola línea y, cosa curiosa, fue diplomático. Pero mucho antes también anduvo mundo. Escribió libros memorables, como la novela “Luz de las crueles provincias” (1994) o “Extraño y pálido fulgor” (1999, una de mis favoritas) a las que agrego otros inclasificables tanto como disolutorios. Me refiero concretamente al último que publicó y dedicó a su mujer, Flora Guzmán, “Memorial de la Puna” (2012). Se trata de una obra con pinceladas autobiográficas, conjugadas con otras testimoniales, otras esta vez sí ficcionales, lo que da por resultado un conjunto que no tiene demasiados precedentes en nuestra literatura.

Su obra concitó el interés internacional, dato que nuevamente viene a ser una comprobación de que puede escribirse una literatura desde zonas no centralizadas por los monopolios culturales y económicos. Así es como fue traducido al francés, al inglés, al alemán, al ruso y al polaco. Y Tizón tenía la valiente no callar lo que pensaba, motivo por el cual naturalmente así como gozó de una buena reputación entre muchos también concitó el repudio de otro tantos que escasamente digerían las verdades que declaraba y sobre las que raramente solía errar. Era fundamentalmente una inteligencia certera.

Jamás fue complaciente con el poder, incluso los democráticos que pudieron adjudicarle excesivo prestigio. En todos ellos encontraba zonas de la conflictividad que revertir o advertir acerca de peligros, naturalmente muy en especial en lo que atañe a su particular espacio de residencia, en el que las desigualdades sociales resultaban alarmantes y sobre las que era urgente llamar la atención de quienes detentaban el gobierno de turno, por más legítimo que ese poder hubiera sido conquistado. Afortunadamente no estaba solo en esa empresa. Pero sin lugar a dudas fue una de las voces más potentes cuyo peso se hizo sentir como un vendaval.

Sus intervenciones públicas eran como rugidos, como me gusta decir a mí. Dos libros de artículos, notas y discursos, “Tierras de fronteras” (1998) y “No es posible callar” (2004), son irreprochables en su coherencia ético/política, hecho que de modo singular refuerza sus convicciones ideológicas. Y también suele abordar en ambos algunos leitmotivs a los que regresa en sus ficciones pero también su ficción despliega mucho más ampliamente bajo la forma de novelas y cuentos. De modo que lo que en esos libros es inteligible como ideología en su narrativa es legible como texto. Tanto textos ideológicos como ficcionales hacen sistema de modo irreprochable y son otro indicio de que cohesión y coherencia entre escritura y estilo de vida resultan a mi juicio capitales en la existencia de todo escritor. De otro modo comienzan a surgir incongruencias y contradicciones producto del dogmatismo cuando no de la inmoralidad que resultan alarmantes en alguien que escribe que necesita precisamente de la libertad de expresión para ejercer su oficio con tranquilidad en los mejores términos. Leer sus libros de ensayos es asistir al espectáculo de la inteligencia pero más que eso al espectáculo de alguien que pone su pensamiento al servicio de causas nobles con una reflexión en profundidad acerca de temas muy dispares dentro de los cuales la censura, la persecución ideológica durante las dictaduras, el imperialismo o bien los temas persistentes que mencioné acerca de centro y periferia ocupan un lugar protagónico. Estos libros también dan la impresión al ser leídos de estar escuchando a un hombre que no es dubitativo poner en evidencia la maldad y la inmoralidad de los canallas. Algunas, entre muchas otras, de las preguntas que Tizón nos deja, para quienes no vivimos en Bs. As. y resultaba primordial que alguien con autoridad formulara diría con total certeza que son las siguientes: ¿Por qué debe haber un centro y una periferia (porque de hecho así se lo postula implícita o explícitamente)? ¿quién define esta ecuación simplista? ¿por qué la excelencia literaria no puede habitar en otras latitudes? ¿la periferia es toda la misma, quiero decir, como si existieran Buenos Aires y en oposición a él otro país como si estuviéramos hablando de todo un subcontinente? ¿la escritura que refiere a un paisaje no urbano es necesariamente una literatura “del interior”? ¿la literatura que refiera a un paisaje no urbano o no libresco, ha de ser necesariamente mediocre o falta de innovación? ¿no es acaso Buenos Aires misma un espacio de la periferia en términos de geopolítica internacional? Y deja, en cambio, también una afirmación: “la el centro está donde está la excelencia de la escritura”. Se trata de preguntas inquietantes para muchos que escriben desde perspectivas unívocas, despectivas y soberbias pero diría yo que ante todo se trata de preguntas inteligentes que para los crédulos estaban allí para que alguien las tomara e hiciera de ellas una conceptualización teórica instalándola en el orden de lo público. Se trata de interrogantes sobre los que, sin rencores, reflexionó y comprendió tempranamente debía tomar partido porque establecían un estado de cosas en términos de un simplismo ideológico, como diije, alarmante. Tizón preguntó, se preguntó y lo hizo de modo desafiante pero siempre con sobriedad. Y daría un paso más allá: menos desde la teoría que desde una producción literaria en concreto que encaja y cierra por donde se la mire. Al mismo tiempo, que ilustra estos principios que eran su andamiaje teórico pero también constituían lo que podía inferir de su ficción desde una mirada analítica en a fondo. Y cuando me refiero a que fue desafiante no quiero decir que haya adoptado una posición beligerante contra esta ideología literaria hegemónica. Por el contrario, me refiero a que alguien que con modales y mediante propuestas insólitas y asombrosas propuso a cambio una poética que adoptó, es cierto, la escena de su tierra pero sin apartarse jamás por ello de sus aspiraciones de universalismo, que absolutamente toda literatura en un punto comparte. Porque toda literatura aspira a alcanzar un punto en el que pese a que acuda en su construcción a eventuales opacidades con el objeto de hacer de ella obras exigentes, también existe el consenso de llegar a un público. De ser leídos.

Y para terminar de constatar que efectivamente la periferia hablaba al centro (y era eficaz), en su libro de artículos y ensayos “Tierra de fronteras” refiere la visita su casa de Yala del escritor italiano Italo Calvino, una de las plumas mundiales más afamadas y deslumbrantes que haya dado el siglo XX. Perteneciente a los movimientos y emprendimientos europeos más pioneros, se trató de un autor para quien la literatura debía ser ante todo sinónimo de excelente literatura. Y que hizo un tránsito que desde sus “narraciones de comienzos” vinculadas al neorrealismo se desplaza más tarde a las de una fantasía más densfrenada sin euforias sino sutiles.

Tizón desde su casa de Yala, produjo libros sin precedentes en el marco de la literatura nacional y en lengua española que me haya sido dado conocer. Y también habla de la gente de su pago sin hacer de ellos santos ni, lo que resultaría más inconcebible aún, asiste a ellos con desdén o acaso paternalismos. Lo hace en su justa medida. Con respeto pero también con realismo. En particular con el realismo de asistir a sus padecimientos y a las renuncias que deben realizar para poder siquiera llevar adelante una vida que pueda superar a la indigencia y tener una elemental dignidad al mismo tiempo.

Fue abogado (graduado en la Universidad Nacional de La Plata, mi Universidad) y también Juez de su Provincia, Jujuy. Su escritura desplaza al que fuera el realismo regionalista más evidente previo a su poética, aquejado de una falta de novedades preocupante en un panorama necesitado de poéticas críticas. Así, desde el orden de lo inesperado, Tizón en lo referido a las tramas y a la economía de las formas introduce, sin abandonar ese paisaje, otros lenguajes, otros recursos, otras técnicas. Su prosa suele ser tersa como una la piel de un felino y tan peligrosa como la de esos animales salvajes que no se domestican. En efecto, se trataba de una prosa en estado salvaje no tanto porque fuera agresiva (porque de hecho no adopta esos perfiles filosos) pero sí no permite que ni el mercado ni las modas se apoderen de su poética. Fue un hombre y un prosista clásica sin ser tradicionalista.

Afortunadamente fue reconocido con premios nacionales e internacionales a tiempo, como La Orden de las Artes y las Letras (Francia), el Premio Konex de Brillante, el Premio Consagración del Fondo Nacional de las Artes, el Premio Casa de las Américas (1969) y el Premio de los Dos Océanos en Francia, por su novela “Extraño y pálido fulgor” (1999), entre otros. Se filmaron películas sobre su algunas de sus obras.

La prosa de Tizón alumbra una clase de fisonomía inconfundible y al mismo tiempo que no reconoce antecedentes en nuestra literatura. Hay ecos de Juan Rulfo en ella, naturalmente, pese a ser mucho más caudalosa y abultada. Justamente Tizón supo frecuentar al escritor mexicano, junto a Juan José Arreola en México. Su prosa tiene inflexiones en las cuales resulta evidente que ha sido trabajada en detalle, llevada hasta las últimas instancias de búsquedas e indagaciones, siendo sin embargo perfectamente compatible esta circunstancia con su mensaje (digamos) ético. Porque su poética no aspira a pontificar (lo que postula un dogma) sino a aleccionar en el mejor sentido de la palabra llamando la atención acerca de ciertos núcleos preocupantes para la producción de literatura de un país en estado de aflicción que sin embargo se comporta con sus zonas más castigadas con ese mismo olvido. Por otro lado, la literatura de Tizón jamás resulta hermética. Su complejidad, como dije, es perfectamente compatible con su nivel de inteligibilidad. La una no iba en desmedro de la otra, lo que vuelve aún más encomiable su trabajo.

El trabajo fino de Tizón se advierte en la textura de sus ficciones, en algunos comienzos, en los momentos inciertos que adoptan algunos de sus libros, en la incertidumbre que siembra su escritura que invita a repensar el mundo desde la distopía hacia una mirada utópica por inferencia o contraste que atribuye al orden de lo real tanto una mirada de equidad como pone en cuestión otra que resulta necesario impugnar: un sistema de versiones que pretenden dar cuenta del orden de lo real distorsionándolo. Así, Tizón restituye a la Argentina mediante ficciones atravesadas por una clase de conflictos efectivamente existentes según términos verosímiles (sin ser jamás fáciles en sus planteos o desarrollos) su condición de país subalterno con inmensas posibilidades creativas. De cada artista dependerá la construcción de un espacio imaginario cuya intensidad resultará tan eficaz como se lo proponga. También, de promover especulaciones e invenciones o bien decaer en la mediocridad. Cosa que por cierto también suele ocurrir en las grandes metrópolis.

Héctor Tizón tiene toda mi admiración, por su conducta cívica, por su talla de hombre de talento incuestionable de nivel mundial y de haber logrado todo ello sin hacer ruido. Tampoco de haber incurrido en la vanidad ni la autopromoción de un carrera como de un negocio. Llegó adonde llegó a fuerza de talento y de incesante trabajo. Guardó siempre un perfil bajo. El día que murió nos quedamos sin una voz disidente que no mentía y que, al mismo tiempo, hablaba con honestidad y calidad de argumentación para un debate en su campo de trabajo. Esas con las que solía mostrar, mediante palabras nuevas, toda la belleza del mundo.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

 

13/06/19

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