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Estrujante relato de una sobreviviente de los
campos de Auschwitz y Birkenau. Dantesca visión de cinco chimeneas arrojando el
humo de la carne quemada de centenares de miles de seres humanos, entre ellos
los padres y los dos hijos de la escritora.
Obra sin eufemismos, crónica auténtica y documentada del sadismo organizado, de
la brutalidad sistematizada, de la monstruosa promiscuidad con que se llevó a
cabo el genocidio más desalmado y repulsivo de la historia. Un testimonio
irrefutable de los criminales "experimentos científicos" realizados con seres
humanos vivos.
¿Cómo eran y actuaban las bestias de Auschwitz y Belsen? ¿Quién fue Joseph
Kramer, juzgado como el criminal número uno en el proceso de Luneburg?
Olga Lengyel conserva como testimonio de esta terrible experiencia las
cicatrices y la marca del cautiverio, pruebas indelebles que mantienen incólumne
su espiritú de humanismo. En Los Hornos de Hitler la autora narra al mundo
civilizado el horror y la perversidad que imperaron en los campos de exterminio
nazis
Título Original: HITLER’S OVENS
Traductor: Andrés Ma. Mateo
1a. Edición, Noviembre de 1961
31a. Impresión, Junio de 1991
ISBN 968-13-1010-1
CONTENIDO GENERAL
DE LA OBRA
8
Caballos... o 96 Hombres, Mujeres y Niños
La Llegada
La Barraca
Las Primeras Impresiones
La Llamada a Lista y Las Selecciones
El Campamento
Una Proposición en Auschwitz
Soy Condenada a Muerte
La Enfermería
Un Nuevo Motivo Para Vivir
"Canadá"
El Depósito de Cadáveres
El "Ángel de la Muerte" Contra el "Gran Seleccionador"
"Organización"
Nacimientos Malditos
Algunos Detalles de la Vida Detrás de las Alambradas
Los Métodos y su Insensatez
Nuestras Vidas Privadas
Las Bestias de Auschwitz
La Resistencia
"¡París ha sido Liberado!"
Experimentos Científicos
Amor a la Sombra del Crematorio
En el Carro de la Muerte
En el Umbral de lo Desconocido
La Libertad
Todavía Tengo Fe
VOCABULARIO
RECONOCIMIENTOS
La autora agradece a Louis Zara su espléndida cooperación y sugestiones
constructivas, así como la ayuda valiosísima que le prestaron Isidore Lipschutz,
el Profesor Emile Lengyel, de la Universidad de Nueva York, Charles Eube, Osear
Ray.
Mi agradecimiento también a N. Adorjan, licenciado Paul Salmón, doctor Eric
Legman, Mme. Steier, Ladislas Gara, Clifford Coch, Paul P. Weiss, al doctor
Andrés M. Mateo por su gran ayuda y al señor José Luis Ramírez Jr. por su
comprensión y valiosa cooperación.
Deseo expresar mi agradecimiento a los Editores franceses, americanos, ingleses
y mexicanos, así como al personal bajo sus órdenes que con sus valiosas
sugestiones han hecho posible la publicación de este libro en sus países
respectivos.
DEDICATORIA
Dedico este libro a la memoria de mis padres, de mi esposo e hijos, y a mis
congéneres de todas las nacionalidades y credos; así como a la inocente
población civil europea que sufrió la matanza de millones de seres asesinados
por los alemanes durante la Segunda Guerra Mundial.
También dedico este libro a los héroes de guerra que ofrendaron su vida para
evitar la consumación del sueño de los alemanes: Aniquilar a todas las naciones
y crear un mundo habitado únicamente por alemanes, bajo la protección de Wotan
su terrible dios pagano.
Jack
Fuchs: Dilemas de la memoria. La vida después de Auschwitz
Dilemas de la memoria. La vida después de
Auschwitz es el título del libro de Fuchs que acaba de publicar la editorial
Norma (2006). Con un prólogo de Américo Cristófalo, el libro reúne una serie de
artículos, varios de los cuales aparecieron como contratapas en Página/12, donde
Fuchs va soltando en delicadas pinceladas lo que fue su infancia en Polonia, el
recuerdo de sus padres y hermanos, el avance del nazismo, temas mechados con
cuestiones de actualidad, como el conflicto árabe-israelí, el debate sobre la
música de Wagner o una película de Mel Gibson. Y en medio, siempre, su dilema
sobre el lugar de la memoria, la necesidad de recordar u olvidar, la
imposibilidad de que la memoria cambie algo. En uno de esos textos, previo a un
viaje por Polonia con su hija, se pregunta cómo puede mostrarle su ciudad “si
esa ciudad ya no está, si ya no quedan ni sus olores, si ya no se pasean esos
hombres de barba blanca y larga, si no están los artesanos, los zapateros, las
costureras, si ni siquiera el detalle de los sabores está ahí disponible. Tengo
para confiar la fragilidad de la memoria y el despojado regalo de la
transmisión. Es todo. Y es mucho”.
COMO
CONSTRUIR UN FUTURO DESPUES DE AUSCHWITZ - MEMORIAS DE UN SOBREVIVIENTE
La segunda vida de Jack
“No soy ningún héroe, lo único es que no tenía el coraje de matarme.” Jack Fuchs
habla de sí mismo sin concesiones. Durante cuarenta años prefirió callar sobre
el infierno que había debido atravesar: el gueto, Auschwitz, el exterminio de
toda su familia. Viajó por el mundo con una inquietud que le impedía afincarse.
Hasta que un día pudo asentarse y también contar.
Por Andrea Ferrari
La segunda vida de Jack Fuchs empezó en un galpón. Hasta allí había llegado con
sus últimas fuerzas, luego de que el vagón donde los alemanes lo trasladaban
junto con otros sobrevivientes de Dachau quedara abandonado en la huida. En los
años siguientes, Fuchs eligió no hablar sobre el infierno que había atravesado:
el gueto, Auschwitz, el exterminio de toda su familia. Tuvieron que pasar cuatro
décadas y un viaje conmovedor para que empezara a contar esa historia
públicamente y también a escribir. Muchas de esas reflexiones conforman ahora el
libro Dilemas de la memoria. En esta conversación con Página/12, Fuchs habla de
los años que siguieron a su llegada a ese galpón, de la posibilidad de construir
un futuro después de Auschwitz. De su segunda vida.
Era mayo de 1945 y en Baviera caía aguanieve. Intentando escapar del avance de
los aliados, los alemanes habían sacado a quienes aún sobrevivían en Dachau
–gente desnutrida y enferma– y los habían subido a vagones que se usaban para
trasladar ganado. El viaje, lento, se detenía con cada incursión aliada. Los
alemanes se retiraban cuando se acercaban los aviones y reaparecían horas más
tarde. Hasta que la locomotora fue bombardeada y ya no volvieron.
Fuchs bajó del vagón junto con los demás. Tenía 21 años y sólo pesaba 38 kilos.
Padecía tifus y tuberculosis; sus pies hinchados casi no le permitían caminar.
Se arrastró como pudo unos quinientos metros, hasta una granja habitada por
alemanes. Entró en un galpón y vio una parva de heno. Allí se tendió y se quedó
dormido. En ese lugar, pensaría después, fue donde renació, en la más absoluta
soledad.
Al día siguiente lo encontraron los habitantes de la granja. No le dijeron ni le
preguntaron nada. Le dieron comida y una cama ubicada en lo que eran
dependencias para los trabajadores. Fuchs no sabe cuántos días pasó allí: quizás
dos o tres. Luego lo subieron a una carreta y lo llevaron hasta Saint Ottilien,
un antiguo monasterio transformado en hospital. Recién ahí las enfermeras le
sacaron la ropa, lo lavaron, rasuraron y desinfectaron. Le dieron un pijama
limpio y una cama en una enorme habitación. Fue entonces cuando dijo una frase
que rondaría por su cabeza años después.
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–Ahora ya me puedo morir tranquilo.
¿Por qué esa frase cuando lo peor había terminado? Quizá, supone, porque en los
últimos días del campo había convivido con montañas de cuerpos y tenía pánico de
morir en esas terribles condiciones.
–Me salió así. A veces en Dachau uno se despertaba y decía “ojalá estuviera
muerto”. Mucha gente me pregunta cómo me salvé y yo digo que mis padres fueron
condenados a morir y yo fui condenado a vivir. Simplemente no podía morir.
Pero el instinto de supervivencia funcionó y ya en esos primeros días en el
hospital se empezaron a tejer lazos.
–Los nazis nos habían sacado todo: la familia, el cuerpo, pero no podían
sacarnos lo poco de humano que quedó. Eso no lo pudieron eliminar. Enseguida en
el sanatorio se organizaron diferentes grupos: los religiosos, los socialistas,
los comunistas. En poco tiempo ya había un diario en idish.
A través de su partido, el socialista Bund, Fuchs consiguió una visa para viajar
a Estados Unidos. En el tiempo que estuvo en Alemania antes de partir hizo
algunas averiguaciones sobre el final de su familia. No es que tuviese
expectativas de encontrar a alguno con vida: en Auschwitz, dice, las cosas eran
claras. Pero necesitaba saber, así como después necesitó callar.
Lodz, Auschwitz, Dachau
Antes de la guerra, en la ciudad polaca de Lodz había 250 mil judíos, sobre una
población de 750 mil personas. Un tercio de los habitantes que, prácticamente,
desapareció. La transformación fue paulatina tras la invasión alemana. Primero
los obligaron a usar la estrella amarilla, luego se decretó que un sector de la
ciudad se convertiría en gueto para los judíos. En principio fue semiabierto,
pero más tarde se cerró con alambre de púas y garitas con guardias y ya nadie
pudo entrar ni salir.
Los Fuchs estuvieron en el gueto cuatro años. Pese a las privaciones que pasaron
–el hambre, el frío, las enfermedades, el aislamiento–, esa época sería
recordada como un paraíso en comparación con lo que vino después.
En 1944 los alemanes decidieron “liquidar” el gueto. Junto con sus padres y sus
dos hermanas menores (al hermano mayor lo habían llevado a trabajar a un campo),
Jack se escondió en una pequeña habitación tapada con un armario, pero alguien
los delató y los encontraron. La deportación tuvo lugar a principios de agosto
de 1944. El recuerda que llevaron hasta el tren unas pocas cosas, entre ellas su
álbum de estampillas. En Auschwitz los separaron: mujeres por un lado, hombres
por otro.
–A esa altura, ya no había secretos. Lo decían directamente: la gente iba al
horno. Ni siquiera hablaban de gas. Esa fue la primera vez en mi vida que yo me
desmayé. Un amigo me dio una patada. “Levantate, Yankele –me dijo–, si no vas al
horno.”
Jack fue “seleccionado” para trabajar y esquivó la muerte. Mucho después supo
que también su madre había sido “seleccionada”, pero no quiso separarse de sus
hijas de 8 y 13 años y falleció con ellas. El estuvo en Auschwitz un tiempo que
hoy se le hace confuso –seis días, quizá diez– hasta que fue trasladado a
Dachau.
–Yo siempre me sentí mal porque cuando íbamos a los vagones escuché que decían
“qué suerte, salen”. Sentí algo, no podría decir alegría, pero era algo
agradable. Y me molestaba: ¿cómo puedo sentir esto, pensaba, si acabo de perder
a toda mi familia? Muchos años después un psicoanalista me dijo que no sentía
alegría: que era como si alguien me hubiera estado apretando el dedo con una
tenaza y de pronto me soltara. Eso era.
Pero aún sufriría ocho meses en Dachau, donde las condiciones fueron
deteriorándose día a día. Pronto la comida empezó a ser insignificante, se
desataron las epidemias y ya nadie creía en la posibilidad de sobrevivir. Era,
dice Fuchs, como estar enterrados vivos.
Así estaba cuando los alemanes los abandonaron en un vagón de carga en Baviera,
cerca de ese galpón donde empezó su segunda vida.
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Vivir con la valija
En Alemania Fuchs superó milagrosamente el examen médico que le hicieron los
norteamericanos antes de embarcarse, algo que quizá sucedió porque no tenían
equipo para hacer radiografías. Pero no estaba curado de la tuberculosis y dos
semanas después de llegar a Nueva York lo llevaron a un médico. En la sala de
espera conversó en idish con la secretaria, que a poco de hacerle las primeras
preguntas se puso a llorar.
–No sé por qué, yo sólo le dije que había venido de Alemania en barco.
El médico le hizo placas, le mostró las cicatrices en sus pulmones y le aconsejó
internarse en un sanatorio en las afueras de la ciudad.
–Creo que eso fue lo peor que me podían hacer: otra vez encerrado. Estuve ahí
seis meses. No había ningún medicamento en ese momento, sólo descansar y tomar
aire. En lugar de enviarme a ese lugar, tendrían que haberme mandado a hacer
terapia: eso me hubiera ayudado.
La organización que lo recibió en Nueva York le había preguntado antes que nada
si tenía a alguien en alguna parte del mundo. Jack mencionó a un par de tíos en
Argentina y a una tía en Santiago de Chile. Al cabo de un tiempo fueron
localizados, pero aunque lo invitaron a venir, él prefirió quedarse en Estados
Unidos.
–Me demoró mucho tiempo saber cuál fue el motivo. Creo que yo pensaba que iba a
venir y mis tíos me iban a preguntar qué había pasado con mis padres, con mis
hermanos. Que me iban a decir “¿cómo están todos muertos y vos vivís?” Tenía
miedo. Pero eso lo supe más tarde.
Una vez que salió del sanatorio empezó a trabajar en un taller de confección y
por la noche completó el secundario. También hizo cursos y fue especializándose
en sistemas de producción. En esa etapa Fuchs vivió siempre con una valija en
las manos: saltando de un lugar a otro. Dice que no se mostraba afectado por su
pasado.
–Es algo que veo ahora, después de muchos años de terapia en Argentina. Yo me
mandaba la parte de que estaba bien. Decía “yo recuerdo, sí, a veces lloro, pero
no me afecta”. Tenía novias, amigos... Pero algo había quedado: una inquietud de
la que yo mismo no me daba cuenta. Antes yo creía que si alguien se reía a
carcajadas significaba que era feliz. Ahora que tengo 82 años reconozco cuando
una persona ríe, no porque es feliz, sino porque es histérica, cuando corre, no
por curiosidad, sino porque no puede estar sentado. Yo corría, viajaba por
Puerto Rico, Venezuela, Israel... Todos me admiraban por lo que hacía, pero todo
era falso. Aparentemente no podía hacer una vida normal. Debía ser el miedo.
Después de diez años en Estados Unidos, vino a la Argentina de visita. Su viaje
coincidió con la caída de Perón y recuerda el tumulto en las calles.
–Mis tíos no me preguntaron qué pasó con mi familia ni yo se los conté.
Regresó a Nueva York y siguió con su vida trashumante. Recién en 1963, después
de vivir un tiempo en Venezuela, decidió volver a la Argentina. Era una época en
la que no estaba muy bien. Algo le faltaba, dice.
–No sé, me sentía incómodo. Estaba siempre corriendo, tenía casi cuarenta años y
pensaba que estaba solo y ya no iba a tener hijos.
Una serie de circunstancias en esa visita lo decidieron a quedarse, pero sobre
todo una: conocer a quien sería su mujer, Ivonne, una francesa que había pasado
la guerra en Suiza y cuya familia había fallecido. Jack consiguió trabajo aquí y
empezó a hacer terapia. Pero la inquietud aún persistía: cuando se casaron, le
sugirió a Ivonne que se fueran a Nueva York. Ella lo disuadió.
–Vos ya viajaste mucho –me dijo–. Mejor quedémonos.
Jack se ha preguntado a sí mismo por qué se casó con Ivonne, mientras que en sus
relaciones previas había evitado ese compromiso.
–Aparentemente yo tenía miedo de entrar en una familia, porque soy un bicho
raro, que trae una desgracia. Creo que me casé con Ivonne porque, como yo, ella
no tenía a nadie. Era muy inteligente –sonríe– y podía aguantar todas mis
locuras.
Entre esas locuras estaba su dificultad para afincarse en un sitio. Cuenta que
vivían en un departamento alquilado y que luego del nacimiento de Marianne, su
hija, Ivonne sugirió comprar una propiedad en cuotas. Pero él se resistía.
–Al final cuando lo compramos lo eligió ella. Me pidió que al menos fuera a
verlo, pero le dije que no. Estaba seguro de que había elegido muy bien.
Jack montó una pequeña fábrica de confección de lencería e Ivonne daba clases de
francés. Se arreglaban bien. Pero ella enfermó y murió en 1989: demasiado
pronto. Fue la primera vez que Jack asistió a un entierro.
Hablar y callar
Dice Fuchs que ni siquiera con su esposa hablaba sobre su pasado: con ella era
algo sobreentendido. Tampoco con Marianne.
–Es un caso interesante para un psicólogo. Cuando mi hija tenía dos o tres años,
vio algo de la guerra por televisión y me dijo “papi, vos no mires”. Yo jamás
había hablado con ella. Aparentemente hay una transmisión por ósmosis.
Ha discutido con quienes creen en la necesidad de insistir sobre lo sucedido con
los hijos, para que recuerden. El lo rechaza: dice que ya bastante tienen con
ser hijos de sobrevivientes. Ni siquiera sus tres nietas –la mayor de las cuales
hoy tiene quince años– lo interrogan sobre la historia. Saben, dice, perciben,
pero no preguntan. ¿Será que temen dañarlo haciéndole recordar momentos de
dolor? El duda.
–Es raro. Un chico de ocho o nueve años no piensa que me puede lastimar.
La decisión de contar la historia que había silenciado durante cuarenta años se
dio después de un viaje a Washington en 1983. Ese año muchos sobrevivientes se
reunieron en torno del proyecto del Museo del Holocausto. Dice Fuchs que la
ceremonia fue muy conmovedora.
–Se puso la piedra fundamental para el museo. Para mí fue como una lápida: nadie
en nuestras familias tiene lápidas, ni sabemos dónde están. Ahora había una
lápida, aunque fuera colectiva. Cuando regresé del viaje estaba lleno de
emociones y tenía ganas de compartir. Supongo que se mezcló con muchos años de
psicoanálisis.
La primera vez que contó la historia en un medio fue en una entrevista concedida
a Página/12, hace ya quince años. Dice que después de que se publicara los
amigos con los que jugaba al tenis cada semana en el club Hacoaj lo llamaron
anonadados: no podían creer que nunca les hubiera dicho nada de todo ese horror.
–A veces uno no sabe qué decir, cómo explicar. Primo Levi escribió lo que una
persona dijo en Auschwitz: que si alguien se salvaba y contaba, nadie lo iba a
poder creer. Por eso, yo nunca quise contar atrocidades.
Durante los años que siguieron habló cada vez que se lo pidieron: en escuelas,
conferencias, entrevistas. Pero últimamente, dice, se siente alejado de lo que
pensaba antes sobre la importancia de trasmitir lo vivido. Desencantado.
–Creo que no tiene ningún valor entrevistar a la víctima: habría que entrevistar
al victimario. Una persona en una hora se convierte en víctima. Y no tiene nada
para decir, no hay nada que aprender de ella. El victimario tiene un plan: cómo
eliminar a la gente, cómo torturarla...
Reconoce, sí, la importancia de contar para el registro histórico, para que se
conozca lo que pasó, pero ya no piensa que sirva hacia el futuro.
–La gente no aprende nada del pasado: el hombre no tiene herramientas para
evitar una próxima guerra.
A veces se sorprende por la insistencia con que lo buscan, como si fuera dueño
de algún misterio, de un secreto de la supervivencia.
–La gente deposita cosas en mí. Piensan que es una ironía cuando yo digo que
sobreviví porque sobreviví. Pero yo no hice nada. No soy ningún héroe, lo único
es que no tenía el coraje de matarme.
De regreso
Fuchs volvió dos veces a la ciudad donde nació. La primera fue con Ivonne, a
mediados de los ochenta. Había pensado quedarse a pasar la noche, pero a poco de
llegar se quiso ir. Dice que estaba como anestesiado. Recorrió la zona donde
había estado el gueto y vio que nada lo recordaba: ni un museo, ni una placa:
como si allí nunca hubieran vivido miles de judíos. El único lugar donde había
huellas de su presencia era el cementerio. Se fue enseguida. El segundo viaje
fue con Marianne, hace cuatro años. Esta vez pudo caminar horas con ella,
mostrándole cada lugar.
–Dónde vivían mis amigos, dónde estaba la escuela, dónde comenzó el gueto. Hasta
estuve sentado con ella en la peatonal, comiendo pizza. Jamás hubiera podido
pensar unos años antes que era posible. Marianne dice que su vida se divide en
antes y después de ese viaje.
Luego tomaron un tren hacia Cracovia, que está junto a Auschwitz. El mismo
recorrido que Jack hizo con su familia cuando fueron deportados. En ese viaje,
su hija le tomó una foto. La cara de Jack se ve crispada, tristísima.
–Yo no sabía que tenía esa cara.
Junto a esa foto, en su biblioteca, hay otra, que se reproduce en estas páginas.
La única foto que tiene de su familia: ahí está él con sus padres, su hermano
mayor y una de sus hermanas. La menor aún no había nacido. Pudo tener esa foto
gracias a sus tíos, a quienes sus padres se la enviaron antes de la guerra. En
la misma biblioteca hay más fotos: de Marianne y sus nietas.
Jack recorre la casa mostrando otras imágenes de las chicas. Y sus dibujos, que
ha pegado en las paredes. Señala un retrato de él que hizo la mayor de sus
nietas, con un notable parecido al original. Dice que lo muestra con orgullo de
abuelo. Un orgullo que se percibe cada vez que habla de todas ellas, de esas
mujeres que iluminaron ésta, su segunda vida.
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