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CAPÍTULO III
La Barraca 2.6
Llegamos frente al recinto al cual habíamos sido destinadas. Los
resplandecientes reflectores instalados sobre la alambrada con púas que rodeaba
el campo indicaba que los alambres estaban cargados de corriente de alta
tensión.
El gran candado que aseguraba las puertas estaba abierto. Entramos. Cuando las
últimas deportadas habían traspuesto el umbral, la chirriante barrera se cerró.
Nuestra vida pasada quedaba del otro lado de aquella portalada. En adelante, ya
no íbamos a ser más que esclavas, eternamente hambrientas y heladas, a merced de
los guardianes y sin el menor destello de esperanza. Había lágrimas en todos los
ojos cuando seguimos a nuestra guía hasta nuestro nuevo hogar, la "Barraca 26".
Tanto Birkenau como Auschwitz son nombres infames que constituyen una mancha
para la historia de la humanidad, por eso es necesario explicar en qué se
diferenciaban. Estaban separados por el ferrocarril. Cuando los seleccionadores
ordenaban a los prisioneros colocarse a la derecha o a la izquierda del andén de
la estación, significaba que estaban destinados a Birkenau o a Auschwitz.
Auschwitz era un campo de esclavos. Pero por dura que fuese la vida en Auschwitz
era mejor todavía que en Birkenau. Porque este último era definitivamente un
campo de exterminación, si bien nunca se mencionó como tal en los informes.
Constituía parte del crimen colosal de los gobernantes alemanes, y rara vez se
refería nadie a él, ni su existencia fue jamás confesada hasta que las tropas
aliadas y liberadoras hicieron este secreto del dominio del mundo.
En Auschwitz había numerosas fábricas de guerra en pleno funcionamiento, como la
D.A.W. (Deutsches-Aufrustungswerk), la Siemens y la Krupp. Todas estaban
dedicadas a la producción de armamentos. Los prisioneros destinados a trabajar
allí vivían en condiciones de singular privilegio con respecto a los que no
ostentaban tal empleo. Pero aun los que no trabajaban productivamente eran más
afortunados que los presos de Birkenau. Éstos no hacían más que esperar
sencillamente su turno para perecer en las cámaras de gas y ser consumidos luego
en los crematorios.
La ingrata tarea de tratar a los que pronto iban a ser cadáveres, y más tarde
cenizas, estaba confiada a grupos llamados "kommandos". Lo único que tenía que
hacer, el personal encargado de Birkenau era camuflar la verdadera razón de
aquel campo, a saber, la exterminación. Cuando ya no eran considerados útiles
los internados de Auschwitz, o de otros campos de concentración situados en
aquella región, eran mandados a Birkenau para morir en los hornos. Ni más ni
menos: así era de sencillo y así estaba planeado con perfecta sangre fría.
Fui descubriendo poco a poco estos detalles a medida que iban transcurriendo las
semanas. Durante nuestros primeros días en el campo de concentración seguíamos
creyendo que se nos iba a destinar a trabajar. ¿No habíamos visto por ventura
letreros que proclamaban Arbeit macht freí (El trabajo crea la libertad)? Pero
aquello no era más que un señuelo para las pobres víctimas de los alemanes.
Siempre jugaron con nosotras, como el gato juega con el ratón al que terminará
por matar.
La "Barraca 26" era un gran hangar de maderas toscas que habían sido unidas para
formar una especie de establo. En la puerta había una placa de metal que
expresaba el número de caballos destinados a ocupar aquel portalón.
"Los animales sarnosos deben ser separados inmediatamente", decía. ¡Qué suerte
habían tenido los caballos! Nadie se había molestado por tomar precaución
ninguna con respecto a los seres humanos encerrados allí.
El interior estaba dividido en dos partes por una gran estufa de ladrillo, de
más de un metro de alto. A cada lado de la estufa había tres filas de camastros.
Para hablar con exactitud, eran jaulas de madera que llamábamos "Koias".
En cada una de esas jaulas, que medía tres metros por poco más de uno y medio,
se apretujaban de diecisiete a veinte personas. Poca comodidad podía pedirse en
aquellos "camastros".
Cuando llegamos, las koias no tenían más que las simples maderas. Sobre ellas
dormíamos cuando podíamos. Un mes después, nuestros amos nos proporcionaron
mantas. Para cada koia, dos mantas miserables, sucias y apestosas; lo cual
quiere decir que tocábamos a diez personas por manta.
No todas las ocupantes podían dormir al mismo tiempo, porque la falta de espacio
era extrema. Algunas tenían que pasarse la noche entera en cuclillas y en las
posturas más extrañas. Una vez dentro de la koia, era tremendamente complicado
hacer cualquier movimiento por pequeño que fuese, porque requería la
participación, o por lo menos el acuerdo de cuantas dormían allí.
Para complicar más las cosas todavía, el techo de la barraca estaba en un estado
deplorable. Cuando llovía, el agua se filtraba, y las prisioneras que estaban en
los camastros altos quedaban inundadas literalmente. Pero eso no quería decir
que las instaladas a ras de tierra gozasen de ningún singular privilegio. El
piso estaba sólo pavimentado de cemento alrededor de la estufa. Por lo demás, no
había más suelo que la tierra pisada, sucia y fangosa, que se convertía en un
mar de cieno al menor chaparrón. Además, en el nivel inferior el aire era
absolutamente sofocante.
La suciedad de la barraca excedía a la imaginación más poderosa. Nuestra
principal tarea consistía en conservarla limpia. Cualquier infracción de las
reglas de la higiene estaba castigada con severas sanciones. Sin embargo,
resultaba ridículo querer conservar limpia una barraca en la que se albergaban
de 1,400 a 1,500 mujeres, cuando no disponíamos de una escoba, ni de un trapo,
ni de una cubeta, ni siquiera de unos andrajos para limpiar un poco. Este último
problema lo resolvimos. Decidimos que la mujer cuyo vestido fuera demasiado
largo, debería cortárselo por abajo. Con aquel harapo hicimos algo parecido a un
trapeador. Ya era hora, porque la porquería que cubría el piso estaba
contaminando hasta el mísero aire que respirábamos.
Más difícil resultó el problema de los platos. El segundo día, recibimos unas
veinte vasijas... ¡veinte recipientes para 1,500 personas! Cada recipiente tenía
de cabida litro y medio. Nos dieron además una cubeta y un perol con capacidad
de cinco litros.
La internada que fue elegida jefa de la barraca, o "blocova", destinó
inmediatamente el perol a evacuatorio. Sus camaradas se apoderaron en el acto de
los demás recipientes para el mismo uso. ¿Qué podíamos hacer las demás? Parecía
que los alemanes se proponían en todo momento enfrentarnos unas con otras,
haciéndonos la vida porfiada, aborrecible y despreciable. Por la mañana,
teníamos que conformarnos con limpiar las vasijas lo mejor que podíamos para
poner en ellas nuestras mezquinas raciones de azúcar de remolacha o margarina.
Los primeros días, nuestros estómagos se sublevaban ante la idea de utilizar lo
que en realidad no eran más que bacinicas por la noche. Pero el hambre obliga, y
estábamos tan agotadas que éramos capaces de comer cualquier clase de alimento.
No podíamos evitar utilizar los recipientes para la comida. Durante la noche,
muchas teníamos que emplearlos en secreto para aquellos menesteres. Sólo se nos
permitía ir a los retretes dos veces al día. ¿Cómo íbamos a poder aguantar? Por
apremiante que fuese nuestra necesidad, si salíamos por la noche corríamos el
peligro de ser atrapadas por las S.S., quienes tenían órdenes de disparar
primero y preguntar después.
CAPITULO IV
Las Primeras Impresiones
Hasta dos días después de quedar instaladas en las koias, recibimos nuestra
primera comida matutina... que sólo era una taza de cierto líquido insípido y
negruzco, al que pomposamente llamaban "café". A veces nos daban té. A decir
verdad, apenas se advertía diferencia entre las dos bebidas. No estaban
azucaradas, aunque en eso consistía toda nuestra comida, sin una miga de pan,
mucho menos un miserable mendrugo.
Al mediodía tomábamos sopa. Era difícil averiguar cuáles eran los ingredientes
que integraban aquella pócima. En circunstancias normales, hubiese sido
absolutamente imposible tragársela. Su olor resultaba repugnante. A veces, no
teníamos más remedio que taparnos las narices para poder consumir nuestras
raciones. Pero había que comer, y teníamos que dominar nuestro asco. Cada mujer
se tragaba el contenido de la vasija que le tocaba de un golpe... porque, dicho
sea no teníamos cuchara... como niños que pasan una medicina amarga.
Lo que integraba la sopa, variaba, indudablemente, en conformidad con la
estación. Pero el sabor era siempre el mismo. Allí había sopas de "sorpresa". En
aquel líquido pescábamos de todo: botones, maraña de pelo, hilachas, latas,
llaves, y hasta ratones. Un buen día, alguien encontró ¡un pequeño alfiletero,
en el cual había hilo y unas cuantas agujas!
Por la tarde recibíamos el pan nuestro de cada día, una ración de seis onzas y
media. Era pan negro con una proporción extraordinariamente alta de serrín.
Resultaba doloroso e irritante para las encías, que se nos habían ablandado por
la mala alimentación. La carencia total de cepillos de dientes y de dentífricos,
por no decir nada del uso asqueroso de los recipientes, hubiese hecho inútil
cualquier tratamiento. Además de la ración diaria de pan, recibíamos por la
noche un poquitín de compota de remolacha o una cucharada de margarina. Como
favor excepcional, nos daban a veces una rebanada, más delgada que el filo de un
cuchillo, de salchichón de origen sumamente dudoso.
Lo mismo la sopa que el café eran transportados en calderas enormes de cincuenta
litros, que, con su contenido y todo, debían pesar unos setenta kilos. Eran
cargadas por dos internadas. Para dos mujeres, un peso como aquel bajo la
lluvia, la nieve o el hielo, y a veces chapoteando en el lodo, era sin duda una
tarea sumamente dificultosa. De vez en cuando, las cargadoras derramaban el
líquido hirviente y se producían quemaduras graves.
Aquel trabajo hubiese resultado duro para hombres, y estas mujeres no estaban
acostumbradas a labores manuales y, además, su condición física dejaba mucho que
desear. Pero a los administradores alemanes les encantaban tales paradojas. Con
frecuencia colocaban a los analfabetos para desempeñar trabajos de oficina y
reservaban las tareas de trabajos forzados a los intelectuales más débiles.
En cuanto llegaba la caldera, la "Stubendienst", que tenía a su cargo la
responsabilidad del servicio dentro del bloque, procedía a la distribución de la
sopa o del café. Para tales puestos, la blocova elegía a las internadas más
corpulentas y brutales, sobre todo si sabían manejar el garrote. Las
Stubendiensts, dignatarias temidas de las barracas, siempre tenían oportunidad
de darse el gustazo de ensayar sus cachiporras sobre la espalda de sus
compañeras de cautiverio, cuya "conducta dejaba algo que desear". Porque, al ver
el perol, algunas mujeres no eran capaces de dominarse y se abalanzaban a la
bazofia, como animales que luchan por su vida.
El líquido que contenía el perol era vertido en las veinte vasijas de cada
barraca. Cada vasija era a su vez repartida entre las ocupantes de una koia. La
cuestión de quién sería la primera daba pie a muchas trifulcas. Por fin se
estableció un sistema. La que ocupaba el primer puesto, o a la que se le
concedía, cogía la vasija bajo los ojos ansiosos de sus diecinueve vecinas de
koia. Celosamente iban contando ellas cada trago, vigilando el más mínimo
movimiento de su nuez y de su garganta. Cuando había consumido los tragos que le
correspondían, la segunda le arrebataba la cacerola de las manos y trasegaba
vorazmente su ración de pestilente líquido.
¡Qué espectáculo más bochornoso! Porque nadie conseguía calmar su hambre. Sólo
había una cosa que me desconcertase más que eso; era ver a una mujer buena e
inteligente agacharse sobre un charco de agua y beber con ansiedad para aplacar
su sed. No podía ignorar el peligro que corría al beber aquel líquido impuro,
pero muchas prisioneras habían caído ya tan bajo que todo les resultaba
totalmente indiferente. La muerte no significaba más que una liberación.
* * *
Cada vez que recuerdo los primeros días que pasamos en el campo de
concentración, me pasa un escalofrío de indescriptible terror por la espalda.
Era un terror que se sentía, aunque no hubiese motivo concreto para ello, y que
estaba constantemente estimulado por acontecimientos extraños cuyo significado
yo trataba en vano de descifrar. Por la noche, el resplandor de las llamas de
las chimeneas que se elevaban sobre la "panadería" misteriosa, se advertía por
los resquicios de las paredes. Los gritos de los enfermos o de los heridos,
hacinados en los camiones dirigidos a un destino desconocido, nos atacaban los
nervios y hacía nuestra vida más desgraciada todavía. A veces oíamos tiros de
revólver, porque los guardianes de las S.S. utilizaban sus armas a placer. Por
encima de aquellos ruidos se escuchaban las órdenes transmitidas a gritos.
Nada era capaz de hacernos olvidar nuestro estado de esclavitud. ¿Cómo era
posible que existiesen condiciones así en la Europa del siglo veinte?
Nuestros corazones se escapaban tras los seres queridos de los cuales habíamos
sido separadas. Los administradores del campo comprendían nuestras añoranzas.
Dos días después de haber llegado, se nos dieron tarjetas postales con el
permiso de informar a las personas que habíamos dejado detrás de que "estábamos
en buen estado de salud". Pero se nos obligaba a dar un dato equivocado. En
lugar de indicar que las tarjetas estaban fechadas en Birkenau, teníamos que
fecharlas en Waldsee. Aquello me olía mal inmediatamente, y renuncié a mi
privilegio de escribir.
Sin embargo, la mayor parte de mis compañeras aprovechaban la ocasión para
comunicarse con el mundo de fuera. Había quienes inclusive recibían contestación
cuatro o cinco semanas después. Hasta agosto no caí en la cuenta de a qué se
debía el que interesase a las autoridades alemanas aquella correspondencia.
Había llegado otro tren de Auschwitz-Birkenau, y muchos de los deportados
abrigaban la esperanza de que las buenas noticias que habían recibido del campo
cuando estaban en su casa fuesen verdaderas, con lo cual se confiaron y no
tomaron ciertas precauciones que pudieran haberles evitado la deportación. Otros
aseguraban que las tarjetas recibidas por ellos de los internados habían servido
a las autoridades alemanas para seguirles la pista.
Por tanto, el truco de las tarjetas postales había surtido un triple efecto.
Había engañado a las familias de los prisioneros, que ya de por sí eran muchas
veces candidatas a la deportación; había descubierto el paradero de muchas
personas que buscaba la Gestapo; y, gracias a la falsificación geográfica,
desorientaba a la opinión pública en las regiones de los prisioneros y a los
países extranjeros en general.
Mientras tanto, las que "gozaban de buena salud" eran víctimas de toda clase de
tribulaciones en las koias. Las maderas habían sido claveteadas por manos torpes
y se abrían fácilmente cuando sobre ellas cargaba un peso o una presión
excesiva. Cuando se caía la tercera ringlera, arrastraba consigo a la segunda, y
aplastaba a unas sesenta mujeres. Cada accidente ocasionaba muchas lesiones y
fracturas. No podíamos atender a las personas heridas, porque no disponíamos de
escayola para enyesar los huesos rotos. A veces teníamos ocho y hasta diez
accidentes de ese tipo en una sola noche.
Cuando las koias estaban atiborradas hasta el punto de quebrarse, surgían con
demasiada frecuencia incidentes entre las internadas. Durante el día, la
baraúnda que reinaba en la barraca nos hacía aborrecernos y detestarnos
mutuamente. Hasta los temperamentos más pacíficos sentían a veces arrebatos de
ira que las impulsaba a intentar estrangular a sus vecinas. Por la noche, la
exasperación llegaba a su punto máximo, debido a la proximidad física. La
internada que tenía que trepar hasta la tercera fila de koias molestaba acaso
accidentalmente a alguna ocupante de la segunda: se armaba entonces una terrible
pelotera. Otra dejaba caer quizás un zapato en que había escondido un mendrugo
de pan: a ello sucedía una violenta trifulca, en la cual se deslizaban inclusive
acusaciones de robo.
Durante la noche, en medio de los sollozos y gemidos, no cesaban las prisioneras
de gritar constantemente:
—¡Quítame el pie de la boca!
—¡Imbécil, por poco me sacas un ojo!
—¡Apártate, me estás ahogando!
—Déjenme salir, se los suplico... tengo diarrea. Es necesario que salga.
Pero la Stubendienst replicaba:
— ¡Estás loca! ¿A quién se le ocurre salir de la barraca durante la noche?
Dispararán contra ti. Te matarán a tiros. No se te ocurra ni pensarlo.
En una de las primeras noches, la blocova nos reunió a todas para que
presenciásemos la deplorable conducta de una prisionera que padecía diarrea.
Había pertenecido antes a lo mejor de la sociedad de su ciudad. Se echó a
temblar como un niño a quien pescan haciendo una travesura y se excusó en
términos implorantes:
—Perdónenme, por favor. Estoy tremendamente avergonzada, pero no pude
remediarlo.
Las patrullas de las S.S. estaban con frecuencia en las barracas a medianoche.
Aprovechando gustosos cualquier ocasión para castigar a las responsables del
"alboroto", incluso a las que se habían caído de las koias. Si se trataba de
mujeres que no habían podido evitar su caída, los alemanes las obligaban a
limpiar con las manos cualquier rastro de sangre que hubiesen dejado.
* * *
Cuando me enteré de que la jefa de nuestra barraca, una polaca llamada Irka,
llevaba ya cuatro años en el campo de concentración, me tranquilicé. Lo malo que
tenía esta corpulenta y ruda mujer era que nadie podía faltar a lista; el resto
de su autoridad lo había delegado en auxiliares, escogidas por ella misma entre
las internadas más brutales. Pero menos mal, el hecho de que Irka hubiese vivido
cuatro años allí indicaba que era posible subsistir en Birkenau. Yo esperaba que
no tuviésemos que aguardar cuatro años para salir de aquel infierno.
Sin embargo, cuando le expresé a Irka mis pensamientos, no me dejó muy
esperanzada.
—Pero, ¿crees que te van a respetar la vida? —se burló—. Te estás empeñando en
meter la cabeza en la arena. Todas las que están aquí serán asesinadas, excepto
muy raros casos en los que se dará a algunas unos cuantos meses más de vida.
¿Tienes familia?
Le describí las circunstancias en que me había llevado a mis padres y a mis
hijos conmigo, y le conté cómo nos habían separado cuando llegamos al campo. Se
encogió de hombros con aire de indiferencia y me dijo fríamente:
—Bueno, pues puedo asegurarte que ni tu madre, ni tu padre, ni tus hijos
pertenecen ya a este mundo. Fueron liquidados e incinerados el mismo día que
llegaron. Yo perdí a mi familia de la misma manera; y otro tanto les ha pasado a
todas las internas antiguas que hay aquí.
Me quedé petrificada al escucharla.
—No, no, eso es imposible —murmuré.
Aquella tímida protesta sacó de quicio a la jefa de bloque.
—¡Puesto que no me crees, míralo con tus propios ojos! —me gritó, llevándome
casi a rastras a la puerta, con ademán de energúmena—. ¿Ves esas llamaradas? Es
el horno del crematorio. Pero te advierto que no lo vas a pasar bien si dejas
trascender que lo sabes. Será mejor que lo llames por el nombre que le hemos
dado: la panadería. Cada vez que llega un tren nuevo, los hornos no dan abasto
en su trabajo, y los muertos tienen que esperar un día o dos a ser quemados.
¡Acaso sea tu misma familia a la que están incinerando en este momento!
Cuando vio que no era yo capaz de pronunciar una sola palabra, tan muda había
quedado en mi desesperación, una tristeza voluptuosa asomó a su voz:
—Primero queman a los que no pueden utilizar: a los niños y a los viejos. Todos
los que mandan colocar al lado izquierdo en la estación son enviados
directamente al crematorio.
Me quedé como muerta. No lloré. Estaba punto menos que inerte, exánime;
— ¡Inmediatamente después de llegar!... ¿Cuando los apartaron a un lado? ¡Dios
mío! Y yo que puse a mi hijo pequeño al lado izquierdo. . . Con mi estúpido amor
maternal, les dije la verdad de que no tenía todavía doce años. ¡Yo quería
evitarle los trabajos forzados, y lo que he hecho ha sido matarlo!
No soy capaz de recordar nada de lo que pasó durante el resto de aquel día. Me
tiré sobre el fondo de mi koia en un estado verdadero de coma. A eso de la
medianoche alguien se me acercó y me estuvo sacudiendo un buen rato. Abrí los
ojos; era la esposa de un médico que había hecho el viaje con nosotras en
nuestro mismo vagón de ganado.
—Nuestros maridos no deben estar lejos —cuchicheó a mi oído—. Esta tarde vi un
momento al doctor X.
¡Con qué impaciencia esperé a que llegase la mañana! Había decidido, costase lo
que costase, ver a mi marido. Pensaba decirle lo que había averiguado. A lo
mejor, él podía desmentir aquel perverso embuste.
Desobedeciendo las órdenes y exponiéndome a que me sorprendiese algún guardián
de las S.S., me escapé de la koia al amanecer. A la entrada de la barraca,
advertí que había un grupo de prisioneros con uniformes de convictos. Según me
acerqué, caí en la cuenta de que eran inspectores. Temerariamente, porque ya
entonces no tenía miedo, osé pedirles ayuda. Ellos se negaron a darme
información alguna. Si los pescaban dándome cualquier dato, significaba una
sentencia de veinticinco azotes.
Pero no desistí por eso. Supliqué. Imploré. Por fin logré convencerlos de que
avisasen al doctor X. Cuando apareció, me informó de que mi marido no estaba muy
lejos. Aquello me dio ánimos una vez más. Tenía que verlo. Él debía saber lo que
yo sabía. Como obcecada, continué vagando por una y otra parte, preguntando por
él. Tres veces me golpearon los centinelas alemanes, porque andaba por una
sección del campo donde no tenía derecho a estar; pero los golpes no me
importaban, tenía que encontrar a mi marido. ¡Por fin...! cuánto tiempo me
llevó. . . ¡lo localicé!
Aunque había perdido mi sensibilidad con las primeras experiencias que me había
tocado sufrir en el campo de concentración, la sorpresa que me llevé fue
extremadamente dolorosa cuando vi de nuevo a mi esposo. Él, que siempre fuera
tan delicado y escrupuloso en su atuendo personal —el doctor Miklos Lengyel,
director de un hospital, cirujano, ejemplar humano espléndido—, tenía un aspecto
desastroso, sucio y harapiento, amén de demacrado. Le habían afeitado la cabeza
y estaba vestido con un uniforme de criminal. Él también me miró con ojos que no
daban crédito a lo que veían. Yo llevaba mi vestido andrajoso, que apenas me
cubría el cuerpo, mis pantalones a rayas y mi cabeza rapada. Por lo visto, se
extrañó más él que yo al verme. Qué lejos estaba yo de aquella mujer que había
sido su esposa y compañera en los días felices.
Nos quedamos en silencio, sin lograr dominar nuestras emociones. Por fin, con
una voz transida de desaliento, me dijo:
—Mira adonde hemos llegado.
No se expresó con precisión, pero lo comprendí. ¡Veinte años de intenso
esfuerzo, de trabajo y de ilusión por el porvenir, para terminar allí, siendo
esclavos del Tercer Reich!
Estábamos junto a la alambrada de púas y no nos atrevíamos a menearnos. En
cualquier momento podían descubrirnos los centinelas.
Con las menos palabras que pude, le conté lo que me había dicho la blocova sobre
la muerte de nuestros dos hijos y de mis padres. Hablaba sin expresión, en un
tono de voz que sonaba con ecos extraños en mis oídos. Mientras pronunciaba
estas palabras, la faz de mi hijo más pequeño, Thomas, apareció junto a mí. Una
vez había asegurado que nada malo podría ocurrirle jamás mientras su padre y su
madre estuviesen con él.
Yo le dije:
—No me cabía en la cabeza que seres humanos, aunque fuesen alemanes, tuviesen
entrañas para matar a niños pequeños. ¿Puedes tú creerlo? Si es verdad, ya no
hay motivo ninguno para seguir viviendo. No tengo por qué sufrir. Poseo todavía
mi veneno. Puedo poner fin a todo ahora mismo.
Un profundo silencio siguió a mis palabras. No abrió siquiera la boca. Sus
rasgos fisonómicos fatigados no traicionaron emoción ninguna. Yo no fui capaz de
adivinar los tormentos que había podido sufrir.
—Yo no puedo decirte que tengas que vivir forzosamente a pesar de todo —murmuró
por fin—. Sin embargo, debes esperar.
Había comprendido la profundidad de mi desesperación. Después de otra pausa
añadió con voz ronca:
—¿Quieres darme la mitad de tu veneno? Me encontraron el mío.
Me inclinaba para sacar la cápsula del forro de mi bota, cuando cambió de
parecer.
—No, no lo quiero. ¡A lo mejor lo necesitas tú todo! Para mí siempre será más
fácil hallar otro procedimiento que para ti, que eres mujer.
En aquel momento, dos guardias alemanes nos divisaron. Nos dieron golpes
salvajes y latigazos. Se nos empujó a cada uno hacia su bloque. Ni siquiera
tuvimos tiempo de decirnos adiós.
—Ellos están ya derrotados —me gritó, cuando los guardianes se lo llevaron—.
¡Pronto nos volveremos a ver! ¡Valor!
Al día siguiente, los hombres fueron trasladados del campo.
* * *
Cuando volví a mi barraca, me encontré con un compañero que había viajado
también con nosotras en el tren. Su hijo de dieciséis años estaba junto a él.
—¿Ha visto usted a mi Thomas? —le pregunté, haciéndome vanas ilusiones.
—Sí, lo vi en la estación —me contestó él—. Cuando lo separaron de su abuela,
fue mandado con dos niños al otro lado de los andenes, allá.
Me señaló con el dedo en la dirección de la "panadería".
—En el Bloque 2 —añadió el joven—, allí hay una oficina en que los internados
son registrados y tatuados. ¡Vaya allá inmediatamente! Dígales que su hijo tiene
doce años. Acaso logre que lo vuelvan a admitir en el campo.
Partí en el acto hacia el Bloque 2.
—¿Adonde corre con tanta prisa? —me preguntó un prisionero alemán.
Estaba vestido con uniforme de penado y en el pecho llevaba un triángulo verde.
El triángulo verde indicaba su origen alemán. Estos eran los criminales comunes,
quienes ostentaban muchas veces cargos importantes en el campo.
—Voy a procurar que trasladen a mi hijo a un batallón de trabajo —le contesté.
—¿Dónde está?
—No sé, pero ayer se lo llevaron al otro lado de las vías del ferrocarril.
—Entonces olvídese de ello —me aconsejó con un gesto de resignación.
—Tengo que dar con él.
No exhalé un gemido, pero noté que se me llenaban los ojos de lágrimas.
—Es inútil —me dijo—. No hay quien encuentre a nadie allí.
— ¡Necesito encontrar a mi hijo! —repetí obstinadamente.
—Sería mejor que se preocupase por sus tribulaciones personales —me
recomendó—Todavía es usted joven y puede salvar su pellejo. Si da muestras de
que es capaz de conducirse razonablemente, pudiera ser que recibiese lo que
necesita para comer y para vestirse, eso es lo único que interesa.
Apareció corriendo una mujer con uniforme de las S.S. Empuñaba una fusta con
correas de cuero y alambres de hierro. Reconocí a Hasse, una de las comandantes
más temidas del campo.
El criminal alemán extendió una mano para protegerme.
— ¡No le pegue! —le dijo—. Es una recién llegada. Está buscando a su hijo. Se lo
llevaron ayer del otro lado de las vías.
El criminal le hizo una seña, y la comandante pareció calmarse. Todo lo que
tenía ella de gorda y fea, lo tenía el otro de atractivo físicamente. Se olvidó
de mí y miró con interés al criminal. A su mirada asomó una expresión de
voracidad y deseo. Aquellas cosas se comprendían perfectamente en el campo.
El penado llevaba un traje de preso relativamente limpio y, cosa rara, no tenía
afeitada la cabeza. Pero, claro, no era prisionero político, sino un criminal
homicida.
La mujer se echó a reír y se acercó más a él. Yo corrí, pero de momento me había
ahorrado un vapuleo. Mi hermoso protector masculino había conseguido gracia para
mí de una mujer de la S.S. El mundo creado por los alemanes no tenía pies ni
cabeza.
CAPÍTULO XVII
Los Métodos y su Insensatez
Auschwitz era un campo de trabajo, pero Birkenau era un campo de exterminación.
Sin embargo, había unos cuantos comandos de trabajo en Birkenau, destinados a
distintas tareas manuales. A mí se me obligaba a participar en el trabajo de
muchos de aquellos grupos de cuando en cuando.
En primer lugar estaba el "Esskommando", integrado por los que transportaban la
comida. Después de la lista de la mañana, me iba a la cocina con mis compañeras
para hacerme cargo de los peroles de alimentos. Teníamos que cargarlos hasta el
hospital, que estaba casi a un kilómetro. Por lo menos, era un trabajo útil, y
lo único que se podía decir de él era que resultaba fatigoso.
Pero había algunas tareas totalmente inútiles. Estábamos seguras de que había
sido algún loco quien las había ideado, con el objeto de volver locos a todos
los demás. Por ejemplo, se nos ordenaba trasladar a mano un montón de piedras de
un lugar a otro. Cada internada debía llenar hasta el borde dos cubetas.
Renqueábamos con ellas varios centenares de metros y las vaciábamos. Teníamos
que llevar a cabo aquella tarea estúpida, con todo cuidado. En cuanto había
desaparecido el montón de piedras, respirábamos a nuestras anchas, con la
esperanza de que ahora nos obligarían a hacer algo más puesto en razón. Pero
puede imaginarse el lector lo que sentíamos cuando se nos mandaba volver a coger
las piedras y cargarlas otra vez hasta su lugar de origen. No cabía duda:
nuestros amos querían repetir en nosotros el clásico tormento de Sísifo.
En ocasiones, teníamos que cargar ladrillos y hasta barro, en lugar de piedras.
Estas tareas no tenían, por lo visto, más que un objeto: quebrantar nuestra
resistencia física y moral, y hacernos candidatas para las "selecciones".
Una vez se me ordenó incorporarme al "Scheisskommando", o sea, al equipo
encargado de limpiar los evacuatorios. Provistas de dos cubetas, llegábamos
todas las mañanas al pozo que había detrás del hospital. Sacábamos a calderadas
el excremento y lo cargábamos hasta otro pozo, situado a unos cuantos centenares
de metros. El trabajo continuaba todo el día. Por fin, muertas de asco y de
repugnancia, nos lavábamos lo mejor que podíamos y nos íbamos a la cama, con la
certeza de que al día siguiente tendríamos que repetir la faena.
El olor que despedía mi compañera de trabajo, que dormía junto a mí, me mareaba
literalmente. Yo debía producirle a ella el mismo efecto.
También teníamos que atender al cieno. Auschwitz-Birkenau estaba situado en un
terreno pantanoso, del cual no desaparecía jamás el fango. Era un enemigo ladino
y poderoso. Nos calaba el calzado y la ropa, y hasta se nos filtraba a través de
las suelas, las cuales se dilataban y se hacían pesadas para nuestros hinchados
pies. Cuando llovía, el campo se convertía en un océano de barro, paralizando la
circulación y haciendo increíblemente difícil cualquier tarea. El lodo y el
crematorio eran nuestras mayores obsesiones.
Había algunos comandos que trabajaban fuera del campo. Constituían el
"Aussenkommando". Salían a primeras horas de la mañana, cualquiera que fuera el
tiempo que hiciese. Los pertenecientes a estos grupos tenían que realizar su
trabajo con el estómago vacío, sin comida ninguna, como no fuese el líquido
amarillento al que los cocineros llamaban té o café según se les antojaba. La
salida de estas prisioneras, algunas de ellas vestidas con harapos de trajes de
noche y otras con pijamas de tela rayada, y calzadas con botas de madera o de
pares distintos, era un espectáculo patético. A pesar de que daban diente con
diente y tiritaban bajo el frío de la alborada, las obligaban a cantar según
marchaban. Tenían las mejillas húmedas de lágrimas. ¡Qué satisfacción podía
sentir nadie en cantar en Auschwitz! Pero no tenían más remedio que marchar
marcando el paso y sin separarse de las filas, porque los feroces perros
policías de las S.S., amaestrados por el sistema alemán, se abalanzaban a las
gargantas de quienes se separasen de la columna o se quedasen rezagadas.
El trabajo en los campos era agotador. Nuestros supervisores nos vigilaban
constantemente, procurando que no tuviésemos un solo momento de reposo para
recobrar el aliento. Las reacias eran invariablemente golpeadas con látigos y
garrotes.
Si, agotadas ya todas las energías corporales, desfallecía alguna presa, se le
daba un palo para que reviviese. Si aquello no bastaba, se le machacaba al pie
de la letra el cráneo con una porra o a patadas. Ya no tendría que presentarse a
la hora de la revista.
El desmayarse era un fenómeno sumamente común, porque en los comandos siempre
figuraban personas enfermas. Vi a mujeres aquejadas de pulmonía, caminando
fatigosamente entre doce y trece kilómetros, que era la distancia del campo al
lugar de trabajo, para después cavar todo el día, con objeto de no ser enviadas
al hospital. Sabían perfectamente que el hospital no era más que la antecámara
del crematorio.
Además, aun las que querían ingresar en el hospital no siempre podían hacerlo.
Para ser admitidas, debían tener fiebre muy alta. Se comprende fácilmente cómo
morían como moscas las internadas durante los meses húmedos y fríos.
Cierto día, cuando abandonábamos el trabajo en los campos labrantíos, un S.S.
armado de su látigo nos detuvo para preguntar a una "Musulmana".
— ¡Cuánto tiempo llevas aquí! —le gritó.
—Seis meses —contestó la pobre mujer. En su vida civil había sido maestra, pero
no se atrevía a levantar los ojos al S.S., quien antes había sido su peluquero.
—Tenemos que castigarte —declaró bruscamente el alemán—. No tienes sentido de la
disciplina. Una prisionera "correcta" se hubiese muerto hace ya tres meses.
Estás retrasada tres meses, marrana miserable.
Y, sin más, empezó a darle latigazos hasta que la dejó sin sentido.
Cuando alguna internada se desmayaba, bien por exceso de trabajo, bien por las
palizas que le daban las S.S., teníamos la misión especial de cargar con ella
hasta el campo. Porque era absolutamente imperativo que la columna estuviese
completa en la última revista. Tales eran las reglas.
Nuestra procesión funeral era recibida en el campo por la orquesta de presas,
que entonaban alegres canciones a la entrada. Las ordenanzas disponían que debía
prevalecer el espíritu de alegría hasta el fin de la jornada.
* * *
De cuando en cuando, los alemanes desinfectaban nuestro campo. Si tal medida
fuese ejecutada de manera racional, habría contribuido a mejorar nuestras
condiciones higiénicas. Pero, como todas las cosas de Auschwitz-Birkenau, la
desinfección era llevada a cabo en plan de broma y sólo contribuía a aumentar el
índice de mortalidad. Indudablemente, aquello era parte de sus intenciones.
La desinfección empezaba aislando cuatro o cinco barracas. Teníamos que
presentarnos por barracas en los lavabos. Se llevaban las prendas de vestir y el
calzado que habíamos adquirido a costa de grandes privaciones, y los colocaban
en una estufa fumigadora, mientras pasábamos nosotros por debajo de la ducha.
La operación duraba sólo un minuto, lo cual no era suficiente para efectuar la
debida limpieza, ni mucho menos. Después, tras habernos espolvoreado con
desinfectante la cabeza y las partes del cuerpo cubiertas de vello, nos llevaban
hasta la salida. Las que tenían piojos volvían a ser rapadas.
Pero, después de abandonar los lavabos, teníamos que alinearnos fuera,
completamente desnudas, fuera cual fuese la estación o el tiempo. Esperábamos a
que la fila estuviese perfectamente formada, aunque muchas veces aquello llevaba
más de una hora. Si pescábamos una pulmonía, allá nosotras.
Titiritando, volvíamos por fin a nuestras barracas. Las que estaban esperando
entrar en calor se convencían una vez más de que Birkenau no era lugar para
forjarse ilusiones optimistas. Porque mientras habíamos estado fuera, nos habían
quitado las mantas. No teníamos más remedio que esperar a que nos las
devolviesen. A la administración no le preocupaba aquello gran cosa, ni se daba
mucha prisa. En consecuencia, nosotros teníamos que seguir titiritando sobre las
tablas desnudas de las koias.
Por fin, nos devolvían la ropa. Pero aún allí nos esperaba un desengaño. Porque
nunca nos devolvían todo lo que habíamos dejado. Así ocurrió, por ejemplo,
cuando cierto día fueron desinfectadas mil cuatrocientas mujeres: sólo
devolvieron las ropas de mil doscientas. Las doscientas desventuradas mujeres
cuya vestimenta había desaparecido no tenían más remedio que dedicarse a la
"organización". Y mientras esperaban, sólo disponían de unas cuantas mantas para
calentarse.
Como ya he mencionado anteriormente, tocábamos a diez mujeres por manta, debido
a lo cual, se producían reyertas entre las que tenían que compartirse. Además,
todas se creían con derecho a llevársela durante el día.
Las mujeres que no disponían de ropa ni podían conseguirse mantas, tenían que
acudir a la revista completamente desnudas. Era imposible quedarse en las
barracas y no asistir a la formación.
Los centinelas de las S.S. sabían por qué se presentaban desnudas nuestras
compañeras de cautiverio, pero, no obstante, siempre molían a palos a aquellas
"traidoras" que tenían tan poca vergüenza. Y, por otra parte, la administración
siempre liquidaba primero a las que estaban desnudas.
Hacíamos cuanto podíamos por ayudar a aquellas pobres criaturas, pero el caso
era que disponíamos de poca ropa para regalar. Una mujer se quitaba su fondo,
otra daba unos pantalones, y alguna otra entregaba su brasier. Una internada no
tuvo otra cosa que ponerse durante varios días que una blusa que sólo le cubría
los brazos y los hombros.
En aquella tribulación, L. nos prestó servicios valiosísimos. Su amigo del
almacén de ropas, "organizaba" tres o cuatro blusas cada día, y otros tantos
pantalones. Pero por muy activa que fuese la "organización", no resultaba
suficiente para cubrir nuestras necesidades.
Las barracas estaban visiblemente menos abarrotadas después de cada
desinfección. Los cadáveres eran colocados detrás de las barracas, para regocijo
de las ratas, quienes eran, indudablemente, los inquilinos más felices de
Auschwitz-Birkenau. Aquellos roedores que engordaban con la carne muerta de
nuestras desgraciadas compañeras, se sentían tan en su casa que, por mucho que
hiciésemos, no lográbamos ahuyentarlas de las barracas. No nos tenían miedo, por
el contrario, debían considerarse las verdaderas dueñas de todo aquello.
* * *
Mi cautiverio, como el de otras muchas internadas, estuvo caracterizado por
diversos "cambios de residencia". Tuve que trasladarme a tres diferentes campos,
y mi trabajo fue cambiado innumerables veces. La mayor parte de las veces estuve
trabajando en los servicios de sanidad, en la enfermería o en el hospital; pero
también me encargaban otras tareas de servicio, como la limpieza de las letrinas
y las faenas de los campos de labor. Un simple capricho de la blocova, o una
evacuación imprevista era suficiente para cambiar mi situación de cabo a rabo. A
fines del otoño de 1944, estaba en el equipo de letrinas, y sólo por pura suerte
puede regresar poco después al hospital.
A principios de diciembre de 1944, sólo quedaban dos campos de mujeres. Los
demás habían sido evacuados, o sus ocupantes exterminadas. Tales fueron el B-2,
que era un campo de trabajo y el E, anteriormente ocupado por los gitanos, y que
actualmente comprendía los bloques del hospital.
Las internadas del B-2 trabajaban en los telares donde se manufacturaban las
mechas de los detonadores. Las condiciones que allí imperaban eran miserables.
Las trabajadoras pasaban el día en bloques atestados de montones de lana sucia,
de uno a dos metros de alto. Al menor movimiento, se levantaban torbellinos de
polvo que se pegaban a las ventanillas de la nariz y ahogaban los pulmones. Sin
agua, no había ni que soñar siquiera en lavarse. No tenía, por tanto, nada de
extraño que el hospital estuviese lleno de internadas procedentes del B-2.
Dos veces a la semana, eran llevadas al Campo E las enfermas de los telares. Las
que ya no podían andar siquiera eran conducidas en camiones o carretillas, el
resto caminaban a gatas o se iban apoyando unas a otras. No pude menos de pensar
en los cojos que ayudan a los ciegos.
Por no sé qué estúpido motivo, había una regla que disponía que los enfermos,
por graves que estuviesen, tenían que pasar primero por la ducha para poder ser
hospitalizados. Muchas veces se desmayaban. En algunas ocasiones, nos atrevíamos
a saltarnos a la torera aquella regla inhumana y nos llevábamos a las pacientes
directamente al hospital.
Como siempre estaba lleno, las condiciones que en él reinaban eran poco menos
que intolerables. La alimentación defectuosa y las epidemias producían el 30 por
ciento del número total de internadas que se nos presentaban. Muchas veces, dos,
tres y hasta cuatro pacientes tenían que compartir el mismo lecho. Apretadas las
unas contra las otras, padecían no sólo los sufrimientos propios, sino los de
sus vecinas. En lugar de curarse, una paciente podía contraer cualquier nueva
enfermedad en el hospital. Como el espacio era sumamente reducido, resultaba
imposible evitar los contagios.
Aquel horrendo lugar brindaba, eso sí, un terreno abundante para observar la
patología de la nutrición defectuosa. Los fenómenos más comunes eran los edemas,
los flemones, los panadizos, esa variedad de diarrea persistente que los
alemanes llamaban "Durchfall", la furunculosis, las manifestaciones extremas de
avitaminosis y, finalmente, las pulmonías. También teníamos casos contagiosos de
difteria, escarlatina y tifus, que era propagado por millones de piojos
extendidos por todo el campo.
Se libraba una guerra a muerte entre los piojos y las presas, pero generalmente
vencían los parásitos. Aquellas desinfecciones ridículas no asustaban a nuestros
adversarios, ni disponíamos del tiempo y de la fuerza necesaria para luchar
contra un enemigo que se multiplicaba en tan terribles proporciones. Todas
estábamos infectadas: las que trabajaban en los comandos, las que se quedaban en
las barracas, y las que prestábamos servicios en el hospital. Los piojos
pululaban por todas partes: en la ropa, en las koias, en nuestras cabezas, en
las barbas y en las cejas. Hasta en los vendajes de los enfermos, que cubrían su
piel, se metían. A veces pensaba que si seguíamos mucho más tiempo en el campo,
todas acabaríamos por perecer, víctimas de las ratas y de los piojos, que serían
los únicos supervivientes.
En los últimos meses de nuestra estancia en el Campo E, se notó alguna mejora.
La Lageralteste (la pequeña Orli) declaró guerra sin cuartel a los piojos.
Quitaba la ropa a las internadas y prefería que se muriesen de frío antes de
dejar multiplicarse a los parásitos.
Las que trabajábamos en el hospital nos considerábamos relativamente
privilegiadas en nuestra lucha contra aquellos insectos. Había menos en nuestro
dormitorio, y además contábamos con nuestra preciosa palangana agujerada. Por
otra parte, no nos atrevíamos a abandonar el campo a los parásitos, porque
estábamos constantemente expuestas a su invasión, y a cada reconocimiento que
hacíamos, las enfermas nos los pasaban en abundancia. Teníamos sesiones diarias
de despiojamiento, y constantemente estábamos aconsejando a las enfermas que
hiciesen otro tanto. Si hubiésemos sido más y nuestro equipo reuniese mejores
condiciones y fuese más abundante, los piojos no nos habrían plagado. Pero nos
considerábamos vencidas, y aquello nos producía una profunda pena.
No había espectáculo más consolador que el que ofrecían las mujeres que se
afanaban por la noche en limpiarse a fondo. Se pasaban de una a otra el único
cepillo de que podían disponer, con la firme determinación de acabar con la
suciedad y los piojos. Aquélla era la única manera que teníamos de luchar contra
los parásitos, contra nuestros carceleros y contra cualquier fuerza que tratase
de hacernos sus víctimas.
* * *
Todas las internadas de Auschwitz-Birkenau alimentaban un único sueño: huir. Las
deportadas entraban a centenares de millares en los campos, pero el número de
las que lograban salir de allí por propia voluntad era minúsculo. Durante todo
el tiempo que estuve presa, no supe más que de tres o cuatro fugas que saliesen
bien. Pero aun en aquellos casos, los resultados no eran completamente seguros.
El sistema alemán era aterradoramente eficaz. A los centinelas se les
gratificaba por cazar a prisioneros fugitivos. En primer lugar, estaba la
alambrada provista de púas y cargada de alta tensión. Luego venían los
"Miradores", o sea, los perros de fuera, que estaban especialmente enseñados a
perseguir y a batir a los fugitivos. Además, en el momento en que se echaba de
menos a alguien, se adoptaban una serie de medidas estrictas. La sirena empezaba
a pitar. Cuando oíamos su temeroso vibrar atravesando el aire, sabíamos lo que
quería decir: alguien había intentado escaparse. Temblábamos y rezábamos por el
éxito de la atrevida mujer.
Nuestros sentimientos iban mezclados de egoísmo, porque abrigábamos la esperanza
de que quien lograra escapar de aquel infierno diría al mundo lo que estaba
ocurriendo en Birkenau, y acaso viniese alguien en auxilio nuestro, por fin. ¡Si
los Aliados lograsen volar el crematorio!... Quizás se hubiese disminuido la
rapidez del exterminio.
Pero la persecución empezaba sin perder un solo instante. Por la noche,
poderosos reflectores registraban las áreas circunvecinas, y patrullas
acompañadas de perros policías recorrían los contornos. Desgraciadamente, el
fugitivo o la fugitiva no podían contar siquiera con la ayuda de los nativos.
Tres o Cuatro días de hambre y de sed bastaban generalmente para acabar con los
que, por algún milagro, lograban evadirse de la persecución. Naturalmente, no
les convenía a los huidos penetrar en ningún poblado para buscar alimento hasta
que habían cambiado sus andrajos por un vestido menos notorio.
No había, virtualmente, posibilidad de escapar sin la cooperación de los
guardianes. Algunas deportadas que llevaban allí mucho tiempo y se habían
conseguido oro o piedras preciosas en el Canadá, lograron sobornar a algún
centinela. Hubo quien se consiguió un uniforme de S.S. Pero ni aquellas mismas
precauciones podían garantizar su éxito.
En el verano de 1944, un polaco ario que trabajaba en la sección B-3 consiguió
hacerse con dos equipos de las S.S., uno para él y el otro para una judía de
Polonia, de quien estaba enamorado. Ambos llevaban allí mucho tiempo. Se fugaron
de Birkenau atravesando Auschwitz, y llegaron al pueblo de este nombre. Allí
pasaron dos semanas felices, que fueron para ellos una verdadera luna de miel
después de tantos años de cautiverio. Se consideraban tan seguros con sus
uniformes de las S.S. que se confiaron y empezaron a vagar por las calles de la
aldea. Un oficial de las S.S. observó algo raro en el aspecto de la mujer, e
inmediatamente les pidió su documentación. Naturalmente, ambos fueron detenidos.
Estaba dispuesto que los fugitivos devueltos al campo de concentración debían
sufrir un castigo ejemplar en presencia de todos los prisioneros. En primer
lugar, se les obligó a recorrer el campo llevando un pasquín en que se
consignaba el crimen por el que habían sido sentenciados. Luego se los ahorcaba
en medio del campo o se los mandaba a la cámara de gas.
El trabajador polaco y su compañera dieron muestras de gran valor. ¡Delante de
la muchedumbre de los presos, la muchacha se negó terminantemente a llevar el
pasquín!
Los alemanes reaccionaron como centellas. Un guardián de las S.S. la golpeó
brutalmente. Luego ocurrió algo verdaderamente increíble. Aquella muchacha puso
a contribución todas las fuerzas que tenía... ¡y sacudió un puñetazo en plena
cara a su verdugo!
Un murmullo de asombro corrió por el gentío de prisioneros. ¡Había alguien que
se atrevía a contestar a los golpes con golpes! Ciegos de rabia, los alemanes se
lanzaron contra la muchacha. Un diluvio de palos y puntapiés se abatió sobre
ella. Quedó con la cara ensangrentada y con las extremidades rotas.
En un gesto triunfal, el jefe de las S.S. izó sobre su cuerpo el rótulo que se
había negado a portar. Apareció en seguida un camión para llevársela. La tiraron
dentro como si fuese un saco de harina. Pero todavía aquella muchacha medio
muerta, con un ojo aplastado y la cara hinchada, se incorporó y gritó:
— ¡Valor, amigos! ¡Ya las pagarán éstos! ¡La hora de la libertad está cerca!
Dos alemanes saltaron al vehículo, pisoteándola. Consiguieron el silencio que
deseaban, pero todavía seguían dándole de puntapiés cuando arrancó el camión.
Poco tiempo después, estaba yo haciendo una inspección de la enfermería durante
la hora de descanso. Con gran sorpresa mía, vi que entró Tadek, el joven polaco
de ojos azules a que me he referido anteriormente. Pero ya no era el mismo Tadek
que me había hecho proposiciones en los lavabos tres meses antes. Se había
convertido en una criatura derrotada, flaca, enclenque y débil.
Sin saludarme, se sentó. De repente me dijo:
—Estoy planeando fugarme mañana. Todo está listo ya. No he pensado en otra cosa
durante todos estos años. A lo mejor salgo con bien, pero es más probable que me
agarren y me apiolen a tiros. La verdad, no me importa. Ya no puedo aguantar
más.
Hizo una pausa.
—Antes de marcharme —continuó—, quiero decirle que cuando me insinué a usted, no
estaba enfermo. Antes de la guerra, era profesor de la universidad de Varsovia.
Si sale usted alguna vez de este campo de concentración, búsqueme allí y yo la
buscaré en Transilvania.
Hablaba pronunciando clara y precisamente cada palabra, y añadió:
—Bueno, de todos modos, no es posible que me odie usted más de lo que yo mismo
me aborrezco y detesto.
Se dirigió a la puerta, pero de repente se volvió. Sorprendí en sus ojos la
misma expresión de humanidad que me pareció haber observado en su voz hacía
tanto tiempo.
Unos días después, los compañeros de Tadek que estaban trabajando en nuestro
campo me dijeron que se había fugado con su hermano más joven. Lograron burlar a
todos los guardianes y habían llegado hasta "la tierra de nadie", a cerca de dos
kilómetros de las líneas rusas. Estaban sufriendo terriblemente por la sed,
puesto que no habían tomado un sorbo de agua en cuarenta y ocho horas. Cuando
pasaron junto a una fuente Tadek se detuvo. Su hermano siguió adelante.
Estaba Tadek aplacando su sed cuando lo divisó una patrulla alemana. Fue
detenido. Al caer en la cuenta de que todo estaba perdido para él, evitó la
dirección en que se había ido su hermano por temor de que los descubriesen. El
hermano logró ponerse a salvo, pero Tadek fue devuelto al campo y encerrado en
un calabozo en forma de fosa.
Estas fosas eran celdas de castigo hundidas en la tierra. No tenían aire libre
ni luz, y eran tan angostas que los prisioneros tenían que quedarse de pie toda
la noche. Durante el día, eran sacados para destinarlos a las más repugnantes
faenas, a base de reducción de raciones. En tres días, no comió más que seis
onzas y media de pan; eso fue todo.
Al cabo de tres o cuatro días, los hombres más vigorosos se entregaban. Tadek
aguantó aquel trato muchas semanas. Cuando por fin lo sentenciaron a muerte, ya
no quedaba nada de aquel ser humano a quien conociera yo en otros tiempos.
* * *
Según iban replegándose las fronteras del Gran Reich bajo los golpes de los
Aliados, los alemanes reevacuaban los campos de concentración amenazados por
aquellos avances. Por este motivo, los ocupantes de numerosos campos eran
trasladados a Auschwitz. Cuando a éste le llegara su turno, sería evacuado y
llevado al interior del Reich.
Los internados del campo polaco de Brassov fueron los primeros en ser
trasladados a Auschwitz. Los recién llegados quedaron asignados al B-2, o sea al
antiguo Campo Checo. Perdieron gran parte de sus compañeros durante el viaje.
Muchas mujeres "voluntarias" habían sido confinadas en Brassov. Algunas se
ganaban bastante bien la vida y utilizaban a sus compañeras de cautiverio para
que les lavasen la ropa, cosiesen sus prendas e hiciesen la limpieza de sus
cosas.
Con las escasas monedas que recibían de las "voluntarias", las internadas
compraban en la cantina alimentos suplementarios para mejorar un poco su suerte.
No es que hubiese allí maravillas que adquirir, pero aquel pequeño mercado era
muy apreciado. Además, Brassov había sido un campo de trabajo dedicado a
producir tejidos e hilados, y no un campo de exterminación. Aquellas prisioneras
no sabían nada de los crematorios. Allí los alemanes utilizaban sus
ametralladoras para ejecutar en masa a los rusos, polacos y franceses en los
bosques vecinos.
La evacuación de Brassov se llevó a cabo precipitadamente. Se llamó a revista en
medio del día. Las cautivas fueron trasladadas a los vagones del ferrocarril,
donde se las apilaba como si fuesen animales. Las que habían estado trabajando
fuera del campo se vieron favorecidas por la fortuna. Al volver aquella tarde,
fueron recibidas amablemente por las tropas soviéticas que acababan de ocupar la
comarca.
Entre las evacuadas a Auschwitz a causa de las operaciones militares, había un
gran contingente de judías procedentes del ghetto de Lodz. Gracias a una doctora
polaca, puede formarme una idea exacta de la vida en aquella ciudad durante su
ocupación.
El ghetto estaba rodeado de una gran trinchera llena de agua, del otro lado de
la cual montaban guardia los soldados alemanes con ametralladoras. Dentro del
terreno cercado, las judías podían circular libremente a determinadas horas,
pero la mayor parte del tiempo tenían que trabajar para la Wehrmacht.
Confeccionaban uniformes de las S.S. y les bordaban los cuellos con la famosa
calavera. Sus enfermas eran atendidas por sus propias médicas. La comida era
abominable en el ghetto, y el índice de mortalidad considerablemente elevado.
La evacuación de este ghetto fue realizado también por sorpresa. Una vez más los
alemanes apelaron a sus métodos hipócritas para ahorrar energía humana.
Agarraron a un gran número de hombres y se los llevaron a la estación. Cuando
las madres y esposas en su desesperación quisieron enterarse de qué había sido
de ellos, se les dijo que se habían ido a trabajar en Alemania, y que las
mujeres podían acompañarlos. No hace falta describir una vez más cómo las
mujeres judías de Lodz y sus hijos se abalanzaron a la estación, llevándose
cuanto tenían de precioso. Los alemanes filmaron aquella escena para contradecir
en los noticiarios de cine los rumores de que coaccionaban a la gente.
Los hombres, mujeres y niños del ghetto de Lodz estaban ahora en campos de
liquidación, principalmente en Birkenau. Tuve que curar a muchos de aquellos
seres humanos en la enfermería. Estaban en lamentables condiciones físicas, y su
espíritu y moral había quedado por los suelos. De todas las enfermas puedo decir
que eran las más delicadas y menos capaces de resistir el dolor; luego venían
las griegas, las italianas, las yugoslavas, las holandesas, las húngaras y las
rumanas. Las más estoicas eran, por lo menos según pude apreciar yo, las
francesas y las rusas.
* * *
No sólo llegaban prisioneros del Este. También recibíamos grandes contingentes
de elementos de la resistencia, valientes que habían aguantado hasta el último
momento y otros "indeseables" del Oeste. En septiembre de 1944, llegaron muchos
belgas antes de que se liberasen los Países Bajos. También hubo judíos
procedentes de Teresienstadt. En los trenes diarios de deportación llegaban
griegos e italianos. Los últimos habían pasado algún tiempo en las cárceles de
la península; pero, a medida que avanzaban los Aliados las prisiones eran
vaciadas y sus ocupantes mandados a Birkenau. Tenían ya la moral por los suelos,
y la mayor parte eran viejos que no lograban adaptarse a las condiciones del
campo de concentración. Abundaban entre ellos los suicidas.
La llegada de aquellos contingentes produjo cambios dentro del campo. Más que
nunca, Birkenau se convirtió en una Torre de Babel, en la que se hablaba toda
índole de idiomas y se practicaban las costumbres más diferentes. El único
elemento "estable" eran los antiguos "Schutzhaftling", o sea, los empleados del
campo, que oprimían cruelmente a los recién llegados. Eran verdaderamente los
criados dóciles del Estado Alemán.
Birkenau recibió también prisioneros de los cercanos campos de trabajo, que ya
no servían para la máquina de guerra alemana. De Auschwitz-Birkenau solían
mandarse los presos más robustos a la región de Ravensbruck, donde había muchas
fábricas de armamentos. Los que caían enfermos eran devueltos so pretexto de que
necesitaban atención médica. Pero, en realidad, se los debilitaba y desalentaba,
hasta el extremo de que ya no tenían deseos de vivir.
Los cadáveres de los ejecutados en los campos de concentración vecinos eran
también mandados a Birkenau. Los hornos de nuestros crematorios estaban
atendiendo indudablemente a una vasta región. La preferencia que sentían los
alemanes por la incineración no se debía, ni mucho menos, a consideraciones
higiénicas; les ahorraba los entierros y les permitía llevar a cabo mucho mejor
la recuperación de materiales valiosos.
¡Había trenes que llegaban a Birkenau... procedentes de Birkenau! Un día se
anunció que iba a formarse un tren de presos con destino a Alemania para
trabajar en fábricas. Todo ello se llevó a cabo como si fuese un acontecimiento
de cada día. Los deportados abordaron los camiones sin que se les hostigase ni
molestase demasiado. El tren empezó a moverse, ejecutó unas cuantas maniobras,
partió de la estación y se perdió a lo lejos con destino desconocido. Al cabo de
unas horas, regresaba el mismo tren con los mismos pasajeros a Birkenau, y los
deportados fueron llevados directamente al crematorio.
¿A qué se debía el que los alemanes apelasen a maniobras tan complicadas? ¿Se
efectuó aquella operación de acuerdo con un plan, o fue más bien resultado de
una confusión administrativa? Sea de ello lo que fuere, el caso es que lo que he
referido es rigurosamente cierto en todos sus detalles.
Otro día, arrancó también un tren de deportados "para trabajar en una fábrica
alemana". Días después, el servicio de desinfección del campo entregó una
cantidad considerable de ropa, que no era sino las pertenencias de nuestros
desaparecidos compañeros. Habían salido no para Alemania, sino para el otro
mundo. Nadie supo dónde ni en qué circunstancias fueron ejecutados aquellos
pobres prisioneros.
* * *
A pesar de las llegadas en masa de prisioneros, su número seguía disminuyendo.
Una de las razones era que después del otoño de 1944 muchos fueron trasladados a
las fábricas para sustituir a los obreros alemanes que habían sido enviados al
frente. Los criminales alemanes del campo de concentración, quienes llevaban el
triángulo verde, recibieron la libertad a condición de pelear contra los
enemigos del Reich. La mayoría de las S.S. salieron hacia el frente; los que
quedaron eran más que nada inválidos, para quienes el servicio en Auschwitz
constituía una cura de reposo después de haber combatido.
Las selecciones mermaban también nuestras vidas. Cierta horrible tarde de
lluvia, llegó a la enfermería un destacamento de S.S. Empleando tácticas
violentas, según tenían por costumbre, hicieron reunir a sesenta mujeres
enfermas bajo el portal del hospital. Se ordenó a las pacientes que arrojasen
todas sus posesiones en un montón, inclusive sus menguadas raciones diarias y
sus camisas de hospital. Para recoger a este grupo de desventuradas mujeres, no
se utilizaron vehículos a motor sino carretillas de basura.
El cortejo empezó a moverse bajo una lluvia persistente y chapoteando en medio
del océano de barro que cubría el suelo de Birkenau. No se oyó un solo grito
entre las víctimas. Se despidieron de nosotras con un gesto de resignación que
parecía anunciarnos: "hoy nos toca a nosotras, mañana será el turno de ustedes".
Una hora después, volvían los carros de basura de los crematorios... sólo que
vacíos.
Birkenau estaba en proceso de liquidación a grande escala, porque la
administración se había hecho cargo de que iba a ser necesario evacuar el campo
ante el avance ruso. Los mismos crematorios debían ser destruidos para dejar las
menos huellas posibles.
Sin embargo, la liquidación seguía siendo llevada a cabo lenta y metódicamente.
Los Sonderkommandos recibieron órdenes de destruir un horno cada vez. Todos los
demás seguían funcionando, y algunos estaban abrasando todavía cadáveres en
diciembre de 1944.
Continuaban llegando nuevos trenes, pero los deportados eran seleccionados en la
estación para ser mandados directamente a la cámara de gas, mientras los demás
eran trasladados al interior de Alemania. Sin embargo, en algunos casos, se
exterminaban trenes enteros de prisioneros al llegar a Birkenau. A qué capricho
se debía aquello, es cosa que ignoro.
Por entonces, mis obligaciones me hacían dar una vuelta de vez en cuando por la
estación. Cierto día vi, en unión de unas cuantas compañeras, un tren atestado
de civiles rusos, a los que los alemanes, por lo visto, se habían llevado en su
retirada. Las puertas de los vagones estaban abiertas. Dentro, los niños
lloraban y los viejos refunfuñaban, mientras unos cuantos jóvenes fanfarroneaban
y entonaban canciones rusas. Al vernos, las mujeres se asomaban a la portezuela,
suplicándonos un poco de agua o un pedazo de pan.
-Woda... khleb.
Estas dos palabras las identificaban como rusas. Habíamoslas oído tantas veces,
que sabíamos cómo se decía "pan y agua" en todos los idiomas de Europa.
Nos preguntaban dónde estaban. No eran capaces de sospechar que acababan de
llegar al fin de su viaje.
En otro tren, niños procedentes de orfanatorios y escuelas católicas,
acompañados de monjas, llegaban de Polonia. Los alemanes abrieron las puertas de
los vagones para que se bajaran sus ocupantes, pero poco después vino una nueva
orden prohibiendo el descenso de los pasajeros y cerraron las puertas de los
vagones violentamente, dejando un pequeño espacio abierto. Los guardias
alemanes, armados, se alinearon frente a los vagones. Durante el tiempo que las
puertas estuvieron abiertas, pudimos ver que los pasajeros eran niños de
distintas edades, aproximadamente desde un año hasta dieciséis. Venían apilados
materialmente dentro de los vagones. Muchos de ellos se veían tristes y
terriblemente agotados. Un gran número de los niños estaban gravemente enfermos.
Seguramente llevaban mucho tiempo encerrados en esos vagones.
Los niños estaban sedientos y hambrientos; los que tenían fuerza para hacerlo,
lastimosamente pedían agua y comida. Muchos de ellos se encontraban muy
excitados y desesperados. Las Hermanas trataban de calmarlos lo mejor que
podían. A los más pequeños, los llevaban en sus brazos. Pero no les podían
proporcionar comida ni agua, pues habían carecido de esto desde hacía algún
tiempo.
Una de las monjas vino a la puerta y por el espacio abierto le rogó a un guardia
que le trajera una cubeta con agua para los niños. Pero el alemán ignoró su
petición, y con un movimiento obsceno, rasgó las vestiduras de la monja. Los
soldados alineados frente a los trenes hacían mofa de la monja y de las trágicas
escenas que se desarrollaban dentro de los vagones.
—¿Ustedes quieren agua? —preguntaban y para divertirse más, burlonamente
ofrecían sus cantimploras a los niños. Los delgados brazos de los niños se
extendían con ansia a través de la abertura de los vagones, para agarrar el
agua, pero antes que pudieran alcanzarla, los alemanes les golpearon las manos
con sus bayonetas. Los niños daban tremendos gritos de dolor al recibir los
golpes. Pero su sed era tan grande, que cada vez que les ofrecían de nuevo las
cantimploras, ellos volvían a tratar de alcanzarlas olvidándose que en lugar de
recibir agua, iban a ser golpeados.
Grandemente indignada por estas crueles escenas, una de las Hermanas pidió a los
soldados que dejaran en paz a los niños. En respuesta a su petición, recibió un
fuerte golpe en la cabeza con la culata de una pistola. Pronto, grandes
cantidades de sangre comenzaron a manar de la cabeza de la Hermana. El brutal
soldado que la golpeó probablemente le había fracturado el cráneo. Pero debe
haber tenido un valor sobrehumano, pues ella no cayó, y permaneció erguida en
silencio. A la vista de la sangre, los niños enloquecieron de pánico. Sus gritos
y llantos desesperados llenaban el aire de la estación y llegaban hasta los
campos. Pero estos gritos eran familiares en Auschwitz o en Birkenau. Los
prisioneros los oíamos con el corazón destrozado, pero no podíamos hacer nada
para ayudarles. Los alemanes permanecían siempre indiferentes a los lamentos de
los niños, aunque sabían bien que los conducirían directamente de la estación a
su muerte. Los llantos en el campo eran el preludio del sacrificio que ofrecían
a su dios, Wotan.
Regresé al campo sumamente deprimida. Como ocurría casi siempre que llegaba un
nuevo contingente de prisioneros a la estación, se los confinó en sus
respectivas barracas. Solamente los miembros del personal de la enfermería
tenían derecho a circular. Mi blusa blanca equivalía a una placa temporal de
salvoconducto.
Al día siguiente volví a la estación. No había nadie en las portezuelas de los
vagones, los cuales habían sido vaciados durante la noche. Nadie había visto a
los rusos, ni a las monjas, ni a los niños dentro del campo. En los días
siguientes llegaron otros trenes, y la suerte de sus ocupantes debió ser la
misma.
No podía quitarme de la cabeza una idea. Bajo la vigilancia de los guardianes,
fui llevada al Campo F.K.L., con un grupo de internadas. Junto a la estación
tuvimos que detenernos para dejar pasar a una columna de prisioneros. Eran
polacos de clase media, a juzgar por su traza y su ropa. Reconocí entre ellos a
algunos ferroviarios, trabajadores de tránsito rápido, empleados de correos,
monjas y estudiantes. No marchaban, por lo visto, tan aprisa como querían los
centinelas, por lo cual éstos los apaleaban o les daban latigazos y culatazos de
revólver.
De pronto, un hombre como de sesenta años, vestido con uniforme de cartero,
perdió el equilibrio y se cayó. Un joven de cerca de dieciocho años le ayudó a
levantarse. El viejo se estaba incorporando cuando llegó un S.S. y le descerrajó
a sangre fría un tiro de revólver.
Yo estaba a menos de tres metros con mis compañeras.
No soy capaz de describir la expresión del agonizante cuando fijó los ojos en el
joven que había tratado de ayudarle. Ni tengo palabras para expresar la
desesperación y el dolor que había en la voz del joven, cuando exclamó:
—¡Oh, padre!
Mientras tanto, el asesino sacó del bolso un encendedor y se puso a prender un
cigarrillo. Trató de protegerlo cuidadosamente del viento. Pero la brisa era
demasiado fuerte, y tuvo que hacer varios intentos. No cabía duda de que le
resultaba mucho más sencillo matar a un ser humano que encender un cigarro. Por
fin, se prendió, y se echó otra vez el encendedor al bolso bajo el capote. Sólo
entonces vio al joven que sollozaba sobre el cadáver de su padre agonizante.
—¡Weiter gehen! (Sigan!) —gritó el S.S.
Como el joven no pareció oír la voz de mando, le descargó su látigo. Fue uno,
dos, tres golpes furiosos. El muchacho se levantó con una mueca de dolor,
mirando por última vez a su padre que moría. Bajo los golpes, volvió a situarse
en la columna, que se dirigía entre latigazos y denuestos al bosque de Birkenau.
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