PARTE 3
CAPÍTULO
V
La Llamada a Lista y Las Selecciones
Ya sabía que había en el campo de concentración "selecciones periódicas"
para mandar nuevas víctimas a los crematorios. Sin embargo, ignoraba
todavía que la llamada a lista se utilizaba también para diezmar a los
prisioneros.
Había dos de estas llamadas diariamente, una al amanecer y otra
alrededor de las tres de la tarde. A aquellas horas teníamos que
presentarnos. Antes de que se citase a lista, teníamos que esperar
muchas horas. Esperábamos, cualquiera que fuese el tiempo, de pie:
frente a las respectivas barracas había mil cuatrocientas mujeres, con
un total de treinta y cinco mil en todo el campo y doscientas mil en
todos los campos del área Birkenau-Auschwitz. Cuando éramos acusados de
alguna infracción de las ordenanzas, teníamos que ponernos de rodillas y
esperar así en el cieno fangoso.
A primeras horas de la madrugada, titiritábamos de frío, especialmente
cuando llovía, cosa que ocurría con frecuencia. Durante el invierno, se
citaba a lista siempre bajo las mismas condiciones, independientemente
de si nevaba o helaba. Procurábamos frotarnos unas con otras como ovejas
de un rebaño, pero nuestros guardianes, bien abrigados por cierto,
estaban alerta. Teníamos que mantenernos en posición de firmes y
observar las debidas distancias.
En las tardes de verano, ocurría todo lo contrario, y el sol nos quemaba
con sus rayos abrasadores. Sudábamos hasta que nuestros sucios harapos
se nos pegaban a la piel. Padecíamos constantemente la tortura de la
sed, pero no nos atrevíamos a romper filas para buscar una gota de agua.
La sensación de la sed intolerable va fatalmente unida a todos mis
recuerdos del campo, porque nuestra ración diaria de agua apenas pasaba
de un cuarto de cuartillo por persona, lo cual equivalía a dos tragos a
lo más.
Todo el mundo tenía que presentarse a la formación, aunque estuviesen
enfermos. Aun las internadas que padecían de escarlatina o de pulmonía
tenían que comparecer. Todas las enfermas que no podían mantenerse de
pie eran tendidas sobre una manta en la primera fila, junto a las
muertas. No podía faltar nadie: no había excepción ninguna, ni siquiera
para los muertos.
Al principio, hubo unas cuantas prisioneras que hacían trampa y no se
presentaban a la formación para evitar atrapar un resfriado o fatigarse.
Pero aquello les costaba muy caro. A veces, alguna se quedaba dormida, y
entonces se producían escenas catastróficas. Las que faltaban tenían que
ser encontradas, y las demás no podíamos abandonar la formación hasta
que las hubiesen localizado.
Los mismos centinelas se equivocaban. Nos contaban y recontaban una y
otra vez. Otros iban y venían a toda prisa en sus bicicletas entre la
oficina del comandante y las barracas. Algunos registraban las koias. A
todo el campo de concentración se pasaba la señal de alarma.
Los individuos más exaltados parecían considerar tal falta como
ausencia. Eran principalmente mujeres de las S.S., de siluetas
estrambóticas, con sus grandes capas negras contra la lluvia. Tenían
aspecto de buitres que esperaban caer sobre su presa. A pesar de sus
capas y de sus buenos uniformes, siempre buscaban cobijo contra la
lluvia. Con mucha frecuencia ni se molestaban en asistir a la formación.
Sólo las internadas tenían que aguantar las inclemencias del tiempo. Si,
en medio de todo, podíamos recoger y tragar unas cuantas gotas de agua
de lluvia para humedecer nuestras gargantas, nos sentíamos compensadas.
Además de las llamadas ordinarias a filas, había otras especiales.
Sonaba un gong y se escuchaban y repetían a lo largo de las barracas las
palabras fatales:
—¡A formar!
Cuando oíamos la orden, nos precipitábamos hacia el lugar en que
teníamos que formarnos, como poseídas del diablo, estuviésemos donde
estuviésemos, en las cocinas, en los lavabos o en las letrinas.
El campo se conmovía. Cuando nos poníamos en filas, no teníamos más que
hacer sino esperar a los jefes, a veces de rodillas, devoradas por
nuestro odio y nuestros temores. Siempre descubrían a las que llegaban
tarde o se habían escabullido. Eran tratadas a empellones y golpes por
las "kapos", quienes, al igual que los oficiales a cargo de los
comandos, rivalizaban entre sí por aplicar este tipo de "correctivos",
aunque ellas mismas eran prisioneras; y de aquella porfía salían las
"culpables" con los huesos rotos o las caras ensangrentadas.
En estas llamadas a filas de carácter especial, eran congregados al
mismo tiempo prisioneros de todas las nacionalidades y clases sociales.
Una de mis vecinas era la esposa de un oficial del ejército de carrera,
procedente de Cracovia; otra era una trabajadora parisina. Oí las quejas
de una campesina ucraniana, los juramentos de una muchacha de vida
airada de Salónica y las plegarias de mujeres checas.
—¿Por qué está usted aquí? —nos preguntábamos unas a las otras.
Las contestaciones eran diversas:
—Un alemán fue asesinado en nuestra ciudad.
—La Gestapo me sacó de un cine.
—Me agarraron cuando salía de la iglesia con mis dos hijos. No tuve
tiempo siquiera para poder avisar a mi marido.
—Soy judía.
—Soy gitana.
Pero la respuesta más frecuente era:
—No tengo la más mínima idea de por qué estoy aquí.
La mayor parte de las internadas de Auschwitz se resignaban a su suerte
y se habían hecho a una filosofía sumamente sencilla: los alemanes las
habían atrapado porque tenían mala suerte, en tanto que otras seguían
todavía en sus casitas, gozando de libertad, porque habían tenido buena
suerte.
En nuestro campo de concentración había unas cuantas internadas muy
jóvenes, y muchas prácticamente niñas. Se les obligaba a presentarse a
las formaciones. Los alemanes les permitían vivir un poco, y aquellas
chiquillas de trece o catorce años compartían todas las penalidades de
la vida del campo. Pero, sin embargo, podían considerarse como
privilegiadas en comparación con las niñas judías de la misma edad, que
eran inmediatamente mandadas a las cámaras de gas.
El trato de que se hacía objeto a estas niñas eran increíble. Para
castigarlas, se las obligaba a pasarse horas enteras arrodilladas,
algunas con la cara vuelta al sol abrasador, otras con piedras sobre la
cabeza, y a veces llevando un ladrillo en cada mano. Estas pobres
criaturas no eran más que hueso y pellejos, y estaban sucias, muertas de
hambre, llenas de andrajos y descalzas. Ofrecían un espectáculo
lastimoso.
De cuando en cuando oía sus conversaciones. Hablaban, lo mismo que
nosotras, de las cosas que integraban nuestra existencia diaria en el
campo: muerte, ejecuciones en la horca y crematorios. Conservaban
serenamente y con puntos de vista objetivos, es decir, con el realismo
con que otras niñas de su edad podrían hablar de juegos o tareas
escolares.
Todavía me acuerdo de aquellas llamadas a filas. ¿Qué razón podía haber
para ellas? ¿Por qué se preocupaban tanto por aquellas formaciones los
administradores del campo? Su objetivo era indudablemente minar la moral
de las prisioneras; pero al mismo tiempo, al tenernos así en el barro,
bajo el frío o el calor, precipitaban el trabajo de exterminio que era
el verdadero objetivo del campo de concentración.
* * *
Las "selecciones" se hacían generalmente en aquellas paradas. Asistían a
ellas las mujeres de las S.S., Hasse e Irma Griese, o el doctor
Mengerle, el doctor Klein y otros jefes nazis. Cada vez, escogían cierto
número de internadas, indudablemente con el fin de un posible
"traslado".
Antes de conocerlos, ya había oído yo hablar a las internadas más
antiguas de que el doctor Mengerle e Irma Griese eran los amos del campo
y que ambos eran bien parecidos. Pero, a pesar de todo, me quedé
verdaderamente sorprendida al ver lo bellos y atractivos que eran.
Sin embargo, había cierta ferocidad en los ojos de Mengerle, que
inspiraba poca confianza. Durante las selecciones nunca decía una
palabra. Se limitaba a quedarse sentado, silbando entre dientes y
señalando con el pulgar bien a la derecha bien a la izquierda, con lo
cual indicaba a qué grupo tenían que incorporarse las seleccionadas.
Aunque sus decisiones significaban la liquidación y el exterminio, tenía
el aire de indiferencia jovial y festiva de un hombre frívolo.
Cuando clavé los ojos en Irma Griese, me pareció que una mujer tan
hermosa no podía ser cruel. Porque, verdaderamente, era un "ángel" de
ojos azules y cabellera rubia.
De cuando en cuando, se llevaban a algunas prisioneras a las fábricas de
industrias de guerra, pero generalmente las seleccionaban sólo para las
cámaras de gas. Cada vez retiraban de veinte a cuarenta personas por
barraca. Cuando la selección se verificaba en la totalidad del campo,
eran enviados a la muerte de quinientos a seiscientos seres humanos.
Las elegidas eran inmediatamente rodeadas por Stubendiensts, quienes
tenían la obligación, bajo pena de crueles castigos si no lo impedían,
de evitar que se escapase nadie. Los hombres y mujeres condenados a
muerte eran llevados hacia la entrada principal. Allí los esperaba un
camión para trasladarlos a las cámaras de gas. Cuando el cupo de la
muerte estaba completo, los mandaban a barracas especiales o a los
lavabos, donde esperaban horas enteras, y a veces días, a que les
llegase el turno de perecer en la cámara de gas. Todo se llevaba a cabo
con exactitud y sin el menor indicio de compasión por parte de nuestros
amos.
Además de las formaciones, había lo que se llamaba "Zahlappels", que se
realizaba dentro de la barraca. De repente, el edificio quedaba aislado,
y el médico jefe de las S.S., asistido por una doctora que estaba a
cargo de las deportadas, y que ella misma era una internada, se
presentaban allí y procedían a efectuar selecciones adicionales.
Se mandaba a las mujeres que se despojasen completamente de sus
andrajos. Luego, con los brazos en alto, desfilaban ante el doctor
Mengerle. No puedo imaginarme qué era lo que le podía interesar en
aquellas figuras demacradas. Pero él escogía a sus víctimas. Se las
hacía subir a un camión y eran llevadas a otra parte, completamente
desnudas como estaban. Todas las veces resultaba este espectáculo tan
trágico como humillante. Constituía una humillación no sólo para las
pobres sacrificadas, sino para toda la humanidad. Porque aquellos seres
desgraciados que eran conducidos al matadero seguían siendo personas
humanas. . . como usted y como yo.
CAPÍTULO VI
El Campamento
Cuando se terminaba la revista, podíamos regresar a nuestras koias o
irnos a los retretes. Me aproveché de aquella relativa libertad para
hacer unas cuantas "excursiones" y enterarme de la organización de
aquella vasta sección de la cárcel.
El campamento estaba dividido por la "Lagerstrasse", que era la avenida
principal y tenía unos quinientos metros de largo, flanqueaba a ambos
lados por diecisiete barracas, con los números pares a la izquierda y
los impares a la derecha. Como antes indiqué, estos edificios habían
sido construidos originalmente para establos. Ahora uno estaba dedicado
a retrete y otro a lavabos. La barraca No. 1 era el depósito de los
alimentos. La No. 2 se destinaba a la administración. Aquí estaba la
"Schriebstube", oficina en que trabajaban unas diez internadas. Allí
también se hallaba la casa de la "Lageraelteste", la soberana sin corona
del campo. El título hacía referencia a la mujer que llevaba allí más
tiempo, aunque, a decir verdad, no era la "decana" de las deportadas.
En realidad, la "Lageraelteste" era una joven maestra de kindergarten de
una pequeña ciudad checa. Los alemanes la habían elegido para desempeñar
aquel cargo, con lo cual le confirieron la autoridad más alta sobre las
internadas. La única restricción que había para su libertad era que no
se le permitía transponer las alambradas del campo. Por lo demás,
reinaba como dueña y señora absoluta de las 30,000 mujeres del campo, y
sólo era responsable ante los alemanes. Jamás hubiera podido soñar con
tanta autoridad en su ciudad natal.
La corte de la Lageraelteste estaba compuesta por la "Lagerkapo", jefa
adjunta del campo; por la "Rapportschreiber", jefa de la oficina; y por
la "Arbeitdients", jefa de servicios. Cada una de estas dignatarias
tenía su habitación independiente, que, aunque no elegante, era un
paraíso comparado con las inmundas covachas en que vivían las deportadas
corrientes. También las blocovas tenían sus pequeños cuartos, arreglados
personal y coquetamente, y muchas veces amueblados con divanes y
cojines. A cambio de los distintos servicios que proporcionaban a los
alemanes, se permitía a las directoras escoger a sus auxiliares de entre
las deportadas.
Muchas veces se producían situaciones irónicas. Una blocova. que antes
fuera criada corriente, escogió para servidumbre personal suya a su
antigua ama. Ésta le tenía que limpiar los zapatos y remendar los
rasgones.
En nuestra barraca reinaba una jerarquía de rango inferior. La blocova
estaba en la cumbre. La asistía su "Vertreterin", o representante; y su
"Schreiberin" o secretaria, cuya tarea concreta consistía en redactar
las llamadas a filas y los informes. Además, la ayudaban en el cometido
de sus funciones la doctora, cuyas funciones eran totalmente ilusorias,
puesto que no había medicinas, y las enfermeras y "Stubendiensten", en
número de seis a ocho.
También se escogían entre las prisioneras las policías femeninas del
campo. Llevaban vestidos de mezclilla azul. Su misión principal
consistía en hacer retirar a cuantos se acercaban demasiado a las
alambradas para hablar con las internadas, o para cualquier otra cosa.
Cuando llovía, se arrebujaban en mantas, que les daban apariencias
espectrales, sobre todo de noche. También teníamos unas cuantas
bomberas, basureras y recogedoras de cadáveres.
El personal de la cocina estaba integrado por cuatrocientas mujeres.
Para ellas se reservaba parte de la barraca No. 2; ellas también gozaban
de determinados privilegios. No comían el alimento corriente, como no
fuese por castigo. Ellas se preparaban sus comidas especiales. Para su
uso personal retiraban gran parte de la comida destinada a todo el
campo, sobre todo las patatas, de las que no vimos jamás un trozo.
También se apropiaban generosamente las conservas y la margarina, no
sólo para consumirlas, sino como moneda de cambio. Con ellas se podían
procurar las indispensables prendas de vestir. La palabra "musulmana",
utilizada para describir a los esqueletos vivientes que tanto abundaban
en Auschwitz, no podía aplicárseles.
Sin embargo, estas ayudantes de cocina ejecutaban a veces tareas
difíciles. Algunas descargaban vagones de madera o leña, carbón y
patatas. Otras se pasaban todo el día limpiando o efectuaban verdaderos
trabajos de penadas, con los pies casi siempre chapoteando en el agua.
Tenían las manos deformadas y los pies cubiertos de eczemas. Cuando se
las encontraba robando, se las obligaba a correr dentro del campo
durante horas y horas, sin descansar y llevando en las manos pesadas
piedras. En el medio de la cabeza se les hacía un corte de pelo en forma
de banda de un decímetro de ancho. Los alemanes llamaban a esto
"deporte".
Resulta difícil afirmar cuáles eran las internadas a quienes se trataba
peor. La mayor parte de nosotras, bien fuésemos presas políticas,
raciales o criminales, arrastrábamos una existencia de bestias,
llevábamos una vida animal. Pero las judías y las rusas eran tratadas
con crueldad. Por el contrario, las presas alemanas, bien fuesen
convictas de delitos comunes, o invertidas, o políticas, gozaban de
ciertos privilegios. Entre ellas se escogían grandes cantidades de
funcionarías del campo; y, fuera cual fuese su obligación, nunca
entraban en el grupo de las sometidas a la temible "selección".
* * *
Dos barracas habían sido convertidas en lavabos. A través de cada una de
ellas pasaban dos tubos de metal que llevaban el agua a las llaves,
colocadas a poco más de un metro una de otra. Debajo de los tubos había
una especie de cubeta para recoger el agua. La mayor parte del tiempo no
había agua ninguna.
La daban una o dos veces al día, y durante una o dos horas éramos
teóricamente libres para lavarnos. La estancia destinada para ello, que
llamaremos "lavabos", era donde, en teoría, debíamos realizar nuestra
limpieza personal. Allí nos teníamos que lavar, limpiarnos los dientes y
peinarnos el pelo. Sin embargo, era imposible hacerlo, aun cuando había
agua.
Todos los días se formaba un verdadero gentío a las puertas del
edificio. Aquel rebaño de mujeres sucias y malolientes inspiraba un asco
profundo a sus compañeras y hasta a sí mismas. Pero no se crea que nos
reuníamos con intención de asearnos, sino con la esperanza de poder
beber un poco de agua para calmar nuestra sed constante. ¿De qué valía
el que fuésemos allá con propósito de limpiarnos, si no teníamos jabón,
ni cepillos de dientes, ni peines?
Además, la preciosa agua nos acrecentaba más la sed. Nuestra ración
diaria era ridículamente escasa. Torturadas por la sed, no
desaprovechábamos jamás la ocasión que se nos pudiera presentar de
cambiar nuestras exiguas porciones de pan o margarina por medio
cuartillo de agua. Era preferible pasar hambre que padecer aquel fuego
que constantemente abrasaba nuestras gargantas.
El agua que fluía por aquellos tubos roñosos de los lavabos apestaba.
Tenía un color sumamente sospechoso y difícilmente podría decirse que
fuese potable. Pero no por eso resultaba menos delicioso tragar unas
cuantas gotas, aunque estuviésemos expuestas a pagar aquel fugaz alivio
con un ataque de disentería o alguna otra enfermedad. Aquella agua era
mejor que la de lluvia que se remansaba en los charcos; algunas
internadas sorbían el fango como perros, y morían.
Los lavabos podrían proporcionar un campo muy a propósito de observación
para un moralista. Algunas veces, había deportadas que podían limpiarse
más o menos, a pesar de todas las dificultades. Pero si lo lograban,
generalmente les traía malas consecuencias. La mayor parte de las veces
no podían encontrar ya su ropa, porque se la habían robado.
El latrocinio y los hurtos se habían convertido dentro del campo de
concentración en una verdadera ciencia o arte. La ladrona sabía que su
víctima tendría que salir desnuda, con lo cual se exponía a las
terribles golpizas de los alemanes. Mujeres había que, habiendo sido
antes honradas madres de familia incapaces de robar un alfiler, se
convertían en verdaderas rateras, sin sentir por eso el más mínimo
remordimiento.
¡Qué precio nos tocaba pagar por medio cuartillo de agua! Sin embargo,
ocurría algunas veces que, en el mismo momento en que una se llevaba a
los labios el líquido adquirido a tan duras penas, venía otra prisionera
y le arrebataba el vaso. ¿Qué podía hacer una? Las leyes no escritas del
campo no habían provisto tal agresión. Aquello no aplacaba a las
víctimas de nuestra jungla. Acaso los alemanes intentaban infectarnos
con sus códigos de moralidad nazi. En la mayor parte de los casos, lo
lograban.
* * *
Había
dos fosas destinadas a evacuatorios. Cada una de ellas contaba de una
trinchera pavimentada de cerca de un metro de profundidad. Encima había
dos especies de cofres, como enormes cajas, de unos 90 centímetros de
alto. Cada uno tenía dos agujeros, de los cuales había de servirse
nuestra numerosa población. Había unos 300 de estos evacuatorios en el
campo.
Tenían que ser limpiados cada día. Generalmente eran preferidos para
realizar aquella operación las intelectuales, o sea, las médicas o las
maestras.
Durante las horas "libres", el acceso a aquellas letrinas no era más
fácil que a los lavabos. Teníamos que darnos de empujones para poder
entrar, y, una vez dentro, debíamos esperar a que nos tocase el turno.
Si alguien tenía prisa y se saltaba el orden, se exponía a castigos
serios. Sin embargo, la precipitación estaba a la orden del día, puesto
que había un gran número de prisioneras que padecían enteritis crónica.
A esta enfermedad se debía la inmundicia que había alrededor de los
evacuatorios. Las afectadas no podían resistir más y hacían sus
necesidades junto a las barracas. Si las vigilantes las descubrían, eran
golpeadas brutalmente. La falta total de papel era otra dificultad que
hacía imposible la higiene personal, por no hablar de la limpieza de las
letrinas.
Con frecuencia ocurría que internados de uno y otro sexo se encontraban
juntos lado a lado en los lavabos o en los evacuatorios. Había muchos
hombres que trabajaban en la reparación de caminos o en otras tareas
dentro de los campos de las mujeres. Cuando los lavabos no estaban
atestados de gente, se convertían en "salones", sobre todo al mediodía.
Algunas se llevaban inclusive allá sus "comidas". Aquello valía para
intercambio de noticias, y allí era donde se realizaban la mayor parte
de los trastos de mercado negro.
Otro lugar en que nos reuníamos era el rincón destinado a basurero, en
él encontrarse muchos objetos preciosos.
Yo estaba necesitando urgentemente un cinturón o algo parecido para
sujetarme los pantalones. En el muladar encontré, por pura suerte, tres
trozos de cuerda que pude anudar para aquel fin. También encontré un
pedazo liso de madera, que pude aguzar en forma de cuchillo.
Aquel mismo día, la fortuna volvió a sonreírme. Una de mis compañeras de
koia me hizo un regalo regio: dos pedazos de trapo. No necesité estudiar
mucho para ver qué podía hacer con ellos. Uno me serviría de cepillo de
dientes y el otro de pañuelo. Estaba muy acatarrada y, a pesar de todos
mis esfuerzos, nunca aprendí el arte de sonarme la nariz con los dedos.
Confieso que envidiaba a mis compañeras que sabían hacerlo.
Como no tenía bolsillos, me sujeté los dos accesorios higiénicos con mi
nuevo cinturón, junto al cuchillo de madera. Estas nuevas adquisiciones
me llenaron de orgullo. Me parecía haberme convertido en una mujer rica
entre las internadas.
CAPÍTULO VII
Una Proposición en Auschwitz
Llevaba ya tres semanas en Auschwitz, y todavía no podía creerlo. Vivía
como en un sueño, esperando que alguien viniera a despertarme.
Las encarceladas gritaban, se peleaban y se golpeaban. El ruido de sus
voces se me antojaba vagamente como el estruendo de una manada de
animales. Desde mi koia, miraba al interior de la barraca, como si sobre
las cosas se tendiese un velo, sumida en mi desventura y en mi apatía.
Sobre este concierto de miseria, llegó de repente a mis oídos una
bondadosa voz humana. Me levanté y miré por encima de la koia. Era un
hombre apuesto de ojos azules, vestido con traje carcelario de rayas,
que se inclinaba sobre la tercera ringlera. Me quedé sorprendida al ver
allí a un hombre. La nuestra era una barraca de mujeres.
Desde por la mañana había estado preparando los camastros, pero yo me
sentía tan aturdida y aletargada que no le había oído martillear. Me
miró y me dijo:
—¡Animo! ¿Qué le pasa?
Lo miré, pero no contesté. Él se bajó entonces. Vi que era alto. Tenía
ojos claros y de un azul radiante. Le habían rapado, naturalmente la
cabeza, pero se le notaba que el pelo era oscuro. Sonreía. Aquello me
llamó la atención. ¿Cómo podría haber hombre que sonriese en aquel
campo? Había encontrado a alguien que no quiso sucumbir a la degradación
espiritual.
Siguió hablando y me hizo trabar conversación con él. Me enteré de que
era polaco y de que llevaba ya cuatro años en campos de concentración
desde la caída de Varsovia. Entre risas, me dijo que era carpintero. A
veces limpiaba los evacuatorios o trabajaba con el equipo de caminos.
Desde entonces, fue todos los días a reparar las camas. Charlamos y nos
hicimos amigos. Al cabo de cierto tiempo, yo esperaba con impaciencia
sus visitas. No me interesaba como hombre, es que era la única voz que
tenía sonidos humanos en todo el campo.
A los trabajadores se les permitía una hora libre, generalmente
alrededor de las once de la mañana, según el sol. Un día me dijo que lo
siguiese cuando se retiró. Le agradecí sinceramente la invitación y me
fui con él. Hasta entonces, nunca se me había ocurrido que pudiera salir
de la barraca ni un momento siquiera.
Lo seguí pisándole los talones. Por fin, llegamos a un claro en que los
trabajadores estaban guisando comida en una fogata. Con gran asombro
mío, mi amigo, que se llamaba Tadek, sacó dos patatas, raro tesoro, y
las puso a cocer en una olla. Con los ojos iba yo siguiendo cada uno de
sus movimientos.
Aquello fue como una escapada traviesa de niños. Tadek me dio una
patata. Se sentó frente a mí y empezó a devorar la otra. Aquél fue el
primer bocado que pude retener en el estómago. Hasta entonces, había
devuelto cuanto me metía en la boca.
Tadek me tenía reservada otra sorpresa. Me regaló un chal.
—Puede usted ponerse esto a la cabeza. Tiene que ser terrible para una
mujer verse sin pelo —me dijo.
Me quedé asombrada. Quería darle las gracias, pero no estaba segura de
que al abrir la boca no empezase a llorar.
—Queda usted invitada todos los días a mis patatas —continuó—. Y acaso
me las arregle para "organizar" algún otro alimento, y quizás hasta
ropa.
Se me acercó y, como hablando consigo mismo, me dijo:
—Parece extraño, pero la verdad es que, aunque no tiene usted pelo y
está vestida con andrajos, hay algo en usted que me inspira grandes
deseos.
Sentí su brazo en torno a mi cintura. Con la otra mano me tocó y empezó
a acariciarme el pecho.
Se me desplomó el mundo, hecho pedazos. Le había dicho previamente lo
que me había ocurrido... que había perdido a mi familia. ¿No era capaz
de comprender los sentimientos que experimentaba? Quería hacer amistad
con el ser humano que había dentro de él, pero sin nada carnal.
Luego me enteré de que su estilo de hacer el amor era el más fino que
había en Auschwitz. La forma corriente de insinuarse era mucho más cruda
y directa. Me quedé en silencio con la cara bañada de lágrimas. Él se
desorientó un poco.
—No llores —murmuró—. Si no quieres ahora, esperaré. Si cambias de
manera de pensar, dímelo. Me verás en el trabajo. Sonó el gong y se fue.
Pero primero añadió a guisa de despedida:
—Entre tanto, podemos hablar, pero no pienses en que te dé comida. No
tengo gran cosa, y con lo poco de que dispongo, me las habré de arreglar
para conseguirme mujeres. Con esta miseria y nerviosidad, las
necesitamos más que en la vida normal. Las mujeres cuestan poco, pero es
casi imposible encontrar un lugar donde poder estar seguros. Los
alemanes están constantemente al acecho, y si nos pescan, nos cuesta la
vida.
Luego se sintió avergonzado.
—Tú no lo comprendes. Siempre tengo frío y hambre. A todas horas me
golpean, y nunca sé cuándo me van a descerrajar un tiro. Tú eres todavía
una novicia, ya cambiarás. Dentro de unas semanas, lo entenderás.
Tadek siguió entrando todos los días en nuestra barraca con un paquete
de alimentos, pero no para mí, sino para otra mujer. Cada vez que
pasaba, me ofrecía algo de comida. A veces no cambiábamos siquiera una
sola palabra. Me ofrecía el paquete y yo volvía la cabeza a otro lado.
Fui adelgazando más y más cada día, y él se sonreía también más
sarcásticamente cuando rechazaba sus regalos. Al cabo de unas semanas,
apenas tenía fuerza para andar, y me desvanecía frecuentemente al pasar
revista. Pero había tomado la decisión de no ceder.
Sin embargo, yo sabía de sobra que no podría resistir más de aquella
manera.
Me decidí a ir a los lavabos, donde, según había oído, los hombres se
reunían allí durante su hora de descanso y a veces compartían su
alimento con las mujeres. Oré porque, al menos, pudiese encontrar una
persona que se compadeciese de mí.
Cuando llegué, vi a las presas al acecho de la llegada de los
guardianes. Hacían como que estaban trabajando, porque se prohibía
rigurosamente a las mujeres entrar cuando los hombres ocupaban los
lavabos.
La escena que contemplé en el interior era verdaderamente desalentadora.
En el fondo de la inmunda barraca había hombres que estaban bebiendo su
sopa en botes sucios de hojalata que habían recogido en el basurero.
El antro estaba abarrotado de gente. Hombres y mujeres se apretujaban en
todos los rincones de la estancia. Las parejas se apretaban, hablando.
Otros estaban sentados contra las paredes en íntimo abrazo. Había unos
cuantos que se dedicaban a transacciones de mercado negro. El hedor de
los cuerpos sin lavar se mezclaba con los olores rancios de los
alimentos inmundos y con la humedad general. El aire era irrespirable.
En otra parte del campo se desarrollaba una espectáculo muy distinto.
Acababa de llegar un nuevo envío de deportados. Los gritos de las
mujeres y de los niños, al ser separados en la primera selección que se
verificaba al apearse de los trenes, se elevaban por encima de las
conversaciones en los lavabos. Las llamaradas de las chimeneas del
crematorio eructaban penachos de humo al cielo.
Apenas había transpuesto el umbral, cuando ya quería echar a correr y
escapar de allí. Pero no pude. Me estaba destrozando el estómago un
dolor voraz que era algo más que simple hambre.
Pegado a la pared, en un rincón, había un viejo que comía en una lata.
Producía horror mirarlo, pero acaso a eso se debiese el que se me
antojase que podía fiarme de él. No le quedaba un solo diente en la
boca. Tenía la cara marcada de viruelas y llena de cicatrices. En la
cabeza se le veía un esteatoma. Y, como si fueran pocas todavía las
deformaciones que le había deparado el destino, no tenía más que un ojo.
En el líquido negruzco que había en su lata, flotaban dos pequeñas
patatas. ¡Patatas! Les clavé los ojos con voracidad según las fue a
morder. Pero no podía comer más que la parte de afuera. El interior
estaba todavía crudo y resultaba demasiado duro para sus mandíbulas sin
dientes. Lo que no podía comer, lo metía de nuevo en el bote. Se bebió
la "sopa" negruzca, y allí quedaron las patatas.
Miró en torno suyo. ¿Estaría buscando a alguien con quien poder
compartir aquel regalo principesco? Entonces me vio clavándole los ojos
avorazados. Con una sonrisa tan deforme y horrible que creí volverme
loca, me ofreció el resto de su lunch. Eché la garra a su regalo y
empecé a comer. De repente, una mujer se abalanzó contra mí y me
arrebató las patatas de la mano.
— ¡Puerco inmundo! —gritó al viejo, que podría tener cincuenta y cinco o
sesenta años—. ¿Estás dando la comida a otra?
—¡Vete al infierno! —le contestó él—. Yo hago lo que me da la gana. Ésta
es más joven que tú.
Soltó a la mujer que se me había embestido, la arrojó al suelo y la
pateó. Los gritos de la caída atrajeron a las demás personas que
ocupaban los lavabos. Todos ellos, hasta los que estaban amándose muy
concentrados, se apelotonaron en derredor. Se me subieron los colores al
rostro.
De pronto se acercó Tadek.
—¡Cuánto me sorprende verte aquí, Alteza! —exclamó, sonriéndome
sarcásticamente—. Has tardado mucho en darte a ver. Has aguantado
demasiado. Esto será mejor que las patatas a medio comer que te han
dado.
Me ofreció el paquete de comida, como siempre. Nos quedamos mirando el
uno al otro. ¡Cómo le aborrecí en aquel momento! Agarré el paquete y se
lo tiré a la cara con toda la fuerza que pude. Luego eché a correr.
Todavía hoy no soy capaz de recordar cómo regresé.
Pasó bastante tiempo después de aquella última reunión sin que tuviese
contacto con Tadek. Pero, aunque no supe nada de él, sí veía a Lilli, la
mujer a quien llevaba ahora sus regalos de comida. Cuando, pasando el
tiempo, me destinaron a trabajar en la enfermería, mi rival se había
convertido en una visitante asidua y regular. Gasté mi ración de pan en
comprar para ella en el mercado negro una medicina muy rara y difícil de
conseguir. La medicina era para combatir la sífilis.
CAPITULO VIII
Soy Condenada a Muerte
Pasaron unos cuantos días interminables. Aquella inactividad obligatoria
estaba a punto de volvernos locas. El único trabajo que realizábamos al
día era asistir a las formaciones.
Me había quedado más delgada que un esqueleto; era víctima de calenturas
y ataques de tos. Siempre estaba sintiendo calofríos. Pesqué un
resfriado al comenzar el verano, cuando llovía y el tiempo era fresco.
Un día en que me sentí más enferma que otras veces, me cubrí la espalda
con un pedazo de una ajada tela de lana que me prestó una vecina. Guiada
por mi ejemplo, Magda, una de mis amigas que tenía anginas, se envolvió
la garganta con un andrajo. Abrigábamos la esperanza de que la
"Führerin", la aborrecible Hasse, no notase nada de particular y de que
podríamos quitarnos las prendas que habíamos añadido a nuestra
vestimenta, antes de que se nos acercase.
Pero ni aquello siquiera nos dio resultado, porque Hasse advirtió
inmediatamente los cambios que habíamos introducido en nuestro vestido.
Era una infracción grave de la disciplina. Nos golpeó cuanto le dio la
gana, y todavía nos designó para la "selección", porque, por lo visto,
no había satisfecho su venganza. De esta manera nos condenaba a muerte
por un desgraciado "pecadillo".
Aquel día particular, entre las seleccionadas había unas cuantas docenas
de nuestra barraca. Las "Stubendiensts" nos acorralaron hacia la salida
del campo. Nos ordenaron permanecer allí y esperar. El camión que nos
iba a trasladar a la cámara de gas no había llegado todavía.
Durante muchos días, las selecciones, la cámara de gas y las estufas u
hornos del crematorio habían sido objeto de largas discusiones en
nuestra barraca. Mis compañeras creían que todas aquellas historias no
eran más que rumores fantásticos.
A mí ya me constaba que la selección equivalía a la cámara de gas. Había
muchas otras que también se habían enterado del secreto, pero era tan
difícil metérselo en la cabeza a la mayoría de las mujeres como dar una
idea aproximada al lector de las misérrimas condiciones en que se
deslizaba nuestra existencia. No estábamos más que a unos centenares de
metros de la llamada "panadería", y podíamos percibir el olor dulzón que
exhalaba.
En aquella "panadería" quemaban a las personas muertas. Sin embargo, al
cabo de meses y meses de internamiento, había todavía en el campo quien
estimaba que aquello no era posible.
¿Por qué se negarían a aceptar la verdad? Me lo pregunté numerosas
veces. Acaso dudaban porque no querían dar crédito a lo que se les
decía. Aun en el momento mismo en que eran conducidas a empujones dentro
de la cámara de gas, muchas se negaban a creerlo. Magda era una de esas
optimistas.
Con frecuencia me veía yo en compromisos. ¿Qué actitud debería adoptar
con respecto a las que no querían creer que existían cámaras de gas y
crematorios? ¿Debería dejarlas con su idea de que aquello no eran más
que patrañas inventadas, instrumento cruel que manejaban las sádicas
blocovas para amedrentarnos? ¿No sería mi obligación informar a mis
compañeras de cautiverio? Si no lograba meterles en la cabeza la cruda
verdad, eran capaces de ofrecerse un día para la primera selección.
Según esperábamos a que llegase el camión, las Stubendiensts y las
internadas alemanas se cogieron de la mano y formaron un círculo en
torno a nosotras. Murmuré al oído de Magda unas palabras sobre que
debíamos romper aquel cerco y huir. Ella movió la cabeza en ademán
negativo y replicó:
—No, el campo de concentración es tan terrible que, nos lleven adonde
nos lleven, siempre saldremos ganando. Yo no me escaparé.
—Insensata —murmuré—. Nos han seleccionado para castigarnos. Sin duda
ninguna, nos mandarán a algo peor, eso es evidente. ¿Vienes conmigo?
—¡No!
—Entonces voy a intentar yo sola romper el cerco.
Pero aquello era más fácil decir que hacer. Apenas había pensado mi plan
de fuga, cuando varias de las "seleccionadas" empezaron a gritar:
—¡Stubendienst! ¡Alguien va a escaparse!
¿Por qué me traicionarían? Indudablemente, ignoraban que iban a ser
llevadas al matadero, aunque de sobra sabían que las selecciones no
tenían por objeto precisamente mejorar su situación. A pesar de todo,
protestaban contra cualquiera que tratase de hurtarse al destino común,
porque no tenían el valor ellas de aventurarse a correr un riesgo así.
Se me obligó a permanecer en las filas. Estaba temblando. Trataba de
separarme lo más posible de mis compañeras de delante. Mientras me
dedicaba a aquellas maniobras, llegó el camión que nos había de
transportar a la cámara de gas. Instintivamente, el grupo se echó atrás.
De repente, por no sé que milagro, divisé un palo tirado en el suelo. Un
palo era en Auschwitz símbolo de poder y autoridad. Agarré la estaca y
me mezclé con un grupo de Stubendiensts de otra barraca. Luego me
escabullí a toda velocidad hacia las cocinas. Magda, quien mientras
tanto había cambiado de parecer, me siguió. Como siempre, había un
espeso grupo de prisioneras charlando delante de las cocinas. Con el
aire más natural del mundo, empecé a poner los platos en orden. Luego me
ofrecí a ayudar a las cargadoras de los peroles de sopa, y así procedí
de barraca en barraca hasta que logré llegar a la mía. Magda, quien
había hecho exactamente lo que yo, desapareció en otro bloque. No sin
dificultades, me cambié de ropa con otra deportada y me escondí en mi
koia.
Tuve mucho cuidado de no salir para nada hasta la primera revista. Hubo
una o dos prisioneras que se quedaron asustadas al verme, pero yo les
fui explicando muy tranquila que debían estarme confundiendo con alguna
otra compañera, porque a mí no me habían seleccionado, ni mucho menos.
Mi cambio de indumentaria despertó algunas sospechas. Estaba segura de
que Hasse no me iba a reconocer entre un total de 40,000 presas. Sin
embargo, me pareció conveniente que no me viese en las trazas que tenía
antes.
Pero si mi tranquilidad calmó a la mayor parte de mis compañeras, no
pasó lo mismo con Irka, la blocova. Al siguiente, me despertó al
amanecer la Stubendienst que la blocova tenía como criada personal.
—Irka dice que quiere inmediatamente tus botas, o te denunciará a Hasse.
Traté de protestar.
—Estoy enferma, tengo calentura. Llueve y no tengo en absoluto la más
mínima cosa que ponerme en los pies —le contesté.
—No te preocupes tanto por eso -insistió la fiel Stubendienst—. Irka te
dará un par de zapatos.
—¡Trato hecho!
Por la mañana, recibí dos zapatos pertenecientes a distintos pares,
ambos para el pie izquierdo, los dos hechos tiras y casi sin suelas.
Pero no me atreví a quejarme. No había cerrado un mal trato. Seguía
viviendo.
CAPÍTULO IX
La Enfermería
Durante semanas y semanas, no hubo medios para atender a los enfermos.
No se había organizado hospital ninguno para los servicios médicos, ni
disponíamos de productos farmacéuticos. Un buen día, se nos anunció que,
por fin, íbamos a tener una enfermería. Pero ocurrió que, una vez más,
emplearon una palabra magnífica para describir una realidad irrisoria.
Me nombraron miembro del personal de la enfermería. Cómo pudo suceder
tal cosa merece punto y aparte.
Poco después de mi llegada, me hice de todo mi valor para suplicar al
doctor Klein, que era el jefe médico de las S.S. del campo, que me
permitiese hacer algo para aliviar los padecimientos de mis compañeras.
Me rechazó bruscamente, porque estaba prohibido dirigirse a un doctor de
las S.S. sin autorización. Sin embargo, al día siguiente, me mandó
llamar para comunicarme que a partir de aquel momento iba a quedar a
cargo del enlace con los doctores de las distintas barracas. Porque él
perdía un tiempo precioso en escuchar la lectura de sus informes
mientras giraba sus visitas, y necesitaba ayuda.
Inmediatamente se estableció un nuevo orden de cosas. Todas las
internadas que tuviesen algún conocimiento médico deberían presentarse.
Muchas se prestaron voluntariamente. Como yo no carecía de experiencia,
me destinaron al trabajo de la enfermería.
En la Barraca No. 15, probablemente la que estaba en peores condiciones
de todo el campo, iba a instalarse el nuevo servicio. La lluvia se
colaba entre los resquicios del techo, y en las paredes se veían enormes
boquetes y aberturas. A la derecha y a la izquierda de la entrada había
dos pequeñas habitaciones. A una se la llamaba "enfermería", y a la otra
"farmacia". Unas semanas después, se instaló un "hospital" al otro
extremo de la barraca, y quedamos en condiciones de reunir cuatrocientos
o quinientos pacientes.
Sin embargo, durante mucho tiempo no dispusimos más que de las dos
pequeñas habitaciones. La única luz que teníamos procedía del pasillo;
no había agua corriente, y resultaba difícil mantener limpio el suelo de
madera, aunque lo lavábamos dos veces al día con agua fría. Carentes
como estábamos de agua caliente y desinfectantes, no conseguíamos raer
los residuos de sangre y de pus que quedaban en los intersticios de las
tarimas.
El mobiliario de nuestra enfermería se componía de un gabinete de
farmacia sin anaqueles, una mal parada mesa de reconocimiento que
teníamos que nivelar con ladrillos, y otra mesa grande que cubrimos con
una sábana para colocar en ella los instrumentos. Poco más era lo que
teníamos, y todo en lamentable estado.
Siempre que íbamos a usar algo, nos veíamos frente al mismo problema:
¿utilizaríamos los instrumentos sin esterilizar, o nos pasaríamos sin
ellos? Por ejemplo, después de tratar un forúnculo o un ántrax, acaso se
nos presentase un absceso de menor gravedad, que teníamos que curar con
los mismos instrumentos. Sabíamos que exponíamos a nuestro paciente a
una posible infección. ¿Pero qué podíamos hacer? Fue un verdadero
milagro que nunca tuviésemos un caso de infección grave por ese motivo.
A veces pensábamos que nuestra experiencia echaba por tierra, acaso,
todas las teorías médicas sobre esterilización.
El total de internadas de nuestro campo ascendía a treinta o cuarenta
mil mujeres. ¡Y todo el personal de que disponíamos para nuestra
enfermería no pasaba de cinco! Superfluo es decir que no dábamos abasto
con nuestro trabajo.
Nos levantábamos a las cuatro de la madrugada. Las consultas empezaban a
las cinco. Las enfermas, que a veces llegaban a mil quinientas al día,
tenían que esperar a que les tocase su turno en filas de a cinco. Se le
abrían a uno las carnes al ver aquellas columnas de mujeres dolientes,
vestidas miserablemente, calándose de pie humildemente bajo la lluvia,
la nieve o el rocío. Muchas veces ocurría que se les agotaban las
últimas energías y se desplomaban a tierra sin sentido como un témpano
más.
Las consultas se sucedían sin interrupción desde el amanecer hasta las
tres de la tarde, hora en que nos deteníamos para descansar un poco.
Dedicábamos aquel tiempo a nuestra comida, si había quedado alguna, y a
limpiar el suelo y los instrumentos. Operábamos hasta las ocho de la
noche. A veces, teníamos que trabajar también durante la noche.
Estábamos literalmente abrumadas por el peso de nuestra tarea.
Confinadas a una cabaña, sin la más mínima brisa de aire fresco, sin
hacer ejercicio físico y sin gozar del suficiente descanso, no veíamos
cuándo podríamos descansar un poco.
Aunque carecíamos de todo, incluso de vendajes, nos entregábamos a
nuestro trabajo con fervor, espoleadas por nuestra conciencia de la gran
responsabilidad que se nos había confiado. Cuando nos veíamos llegar al
límite de la resistencia corporal, nos remojábamos la cara y el cuello
con unas cuantas gotas de la preciosa agua. Teníamos que sacrificar
aquellas escasas gotas para poder seguir adelante. Pero el esfuerzo
incesante nos agotaba.
Cuando había varios partos seguidos y teníamos que pasar la noche sin
dormir, nos fatigábamos hasta el extremo de andar dando tumbos como si
estuviésemos intoxicadas.
Pero, a pesar de todo, teníamos una enfermería; y estábamos realizando
una tarea buena y útil.
Jamás se me olvidará la alegría que experimentaba cuando, después de
terminada mi jornada de trabajo diaria en la enfermería, podía irme a la
cama por fin. Por primera vez después de muchas semanas, ya no teníamos
que dormir en la promiscuidad indescriptible de la koia, revoleándonos
en su mugre, en sus piojos y en su hedor. Sólo había cinco mujeres
trabajadoras en esta dependencia relativamente grande.
Antes de retirarnos, nos permitíamos el lujo de un buen aseo, gracias al
cacharro de que disponíamos. El artefacto se iba por dos agujeros y sólo
se podía usar si se tapaban con migas de pan. . . ¿pero qué más daba?
Era una palangana de verdad, que se mantenía sobre un pie de verdad.
Contenía agua auténtica, y hasta un trozo de jabón, ¡lujo supremo!
Bueno, lo que llamaban jabón no era más que una pasta pegajosa de
procedencia dudosa y olor asqueroso; pero hacía espuma, aunque no mucha.
Teníamos para las cinco dos mantas. Tirábamos una en el suelo, la que no
habíamos sido capaces de limpiar, y nos tapábamos con la otra. En
general no podíamos decir que estuviésemos muy cómodas. La primera noche
llovió, y el viento soplaba entre los resquicios de las maderas. El
destartalado tejado dejaba pasar la lluvia, y tuvimos que cambiarnos
muchas veces, huyendo de los charcos. Sin embargo, después de haber
conocido los horrores de la barraca, aquello era un paraíso.
De día en día fueron mejorando nuestras condiciones de vida. Teníamos
cierta medida de independencia, relativa, claro está; pero podíamos
hablar y éramos libres de ir al evacuatorio cuando lo necesitábamos. Los
que no se han visto nunca privados de estas pequeñas libertades no son
capaces de imaginarse lo preciosas que pueden llegar a ser.
Pero la situación de nuestra vestimenta siguió lo mismo. Mientras
atendíamos a las enfermas, llevábamos los mismos harapos que nos servían
de camisón, bata y todo. Pero las pobres enfermas apenas se enteraban,
puesto que iban más andrajosas que mendigas, cuando no llevaban el
uniforme carcelario.
Al principio, el personal de la enfermería dormía en la misma habitación
de consulta, sobre el suelo. Puede imaginarse el lector nuestra alegría,
cuando un día, se nos dio todo "un apartamento". Cierto, era el viejo
urinario de la Barraca No. 12, pero lo íbamos a tener para nosotras. En
el cuarto angosto cabían a duras penas dos estrechas camas de campo. Por
tanto, adoptamos el sistema de ringleras, como las koias de las
barracas. Con tres de ellas, teníamos seis camastros. Aquello era un
sueño. De allí en adelante, el pequeño dormitorio iba a ser nuestro
domicilio privado. Allí estábamos en casa.
Nos pasábamos muchas noches hablando de las posibilidades de nuestra
liberación y analizando con comentarios interminables los últimos
acontecimientos de la guerra, tal como los entendíamos. En ocasiones muy
contadas, nos llegaba de contrabando algún periódico alemán, y estábamos
examinando horas y horas cada una de sus palabras, para sacar una
partícula de verdad de entre todas aquellas mentiras.
Con frecuencia dábamos rienda suelta a la nostalgia, hablando de
nuestros seres queridos, o simplemente discutiendo los torturantes
problemas del día, como por ejemplo, si deberíamos o no condenar a
muerte a algún recién nacido para salvar a la pobre madre. Hasta
llegábamos a recitar a veces poesías para adormecernos en un estado de
calma espiritual que nos permitiese olvidar y escaparnos del horrendo
presente.
Los resultados obtenidos en nuestra enfermería distaban mucho de ser
gloriosos. Las condiciones deplorables del campo de concentración
aumentaban sin cesar el número de las dolientes. Sin embargo, nuestros
amos se negaron a aumentar el personal de que podíamos disponer. Con
cinco mujeres había bastante. Podríamos haber dado parte de nuestras
medicinas y vendajes a los médicos de otras barracas, pero los alemanes
no nos dejaban.
Naturalmente, no podíamos atender a todos los pacientes, y muchos de
ellos se agravaban por tenerlos abandonados, como ocurría, por ejemplo,
cuando se trataba de heridas gangrenadas. Aquellas infecciones exhalaban
un olor pútrido, y en ellas se multiplicaban rápidamente las larvas.
Utilizábamos una enorme jeringa y las desinfectábamos con una solución
de permanganato potásico. Pero teníamos que repetir la operación diez o
doce veces, y se nos acababa el agua. La consecuencia era que otras
pacientes tenían que esperar y seguir sufriendo.
La situación mejoró un poco cuando se instaló el hospital al otro
extremo de la barraca. Este espacio estaba reservado para los casos que
requerían intervención quirúrgica, pero, cuando había apuros, se curaban
toda clase de infecciones. En el hospital cabían de cuatrocientas a
quinientas enfermas. Naturalmente, era difícil conseguir ser admitido,
por lo cual las que estaban enfermas con frecuencia tenían que esperar
días y días a poder ser hospitalizadas. Desde que llegaban, debían
abandonar todas sus pertenencias a cambio de una camisa miserable. Aun
habían de seguir durmiendo en las koias o en jergones duros de paja,
pero con sólo una manta para cuatro mujeres. Bien claro está que no
podía hablarse siquiera de aislamiento científico.
Pero, a pesar de todo, el peligro más trágico que corrían las enfermas
era la amenaza de ser "seleccionadas", porque estaban más expuestas a
ello que las que gozaban de buena salud. La selección equivalía a un
viaje en línea recta a la cámara de gas o a una inyección de fenol en el
corazón. La primera vez que oí hablar del fenol fue cuando me lo explicó
el doctor Pasche, que era un miembro de la resistencia.
Cuando los alemanes desencadenaron sus selecciones en masa, resultaba
peligroso estar en el hospital. Por eso animábamos a las que no
estuviesen demasiado enfermas a que se quedasen en sus barracas. Pero,
especialmente al principio, las prisioneras se negaban a creer que la
hospitalización pudiera ser utilizada contra ellas como motivo para su
viaje a la cámara de gas. Se imaginaban ingenuamente que las
seleccionadas en el hospital y en las revistas lo eran para ser
trasladadas a otros campos de concentración, y que las enfermas eran
enviadas a un hospital central.
Antes de estar instalada la enfermería y de quedar yo al servicio del
doctor Klein, dije un día a mis compañeras de cautiverio que deberían
evitar tener aspecto de enfermas. Aquel mismo día, acompañaba más tarde
al doctor Klein en su ronda médica. Era un hombre distinto de los demás
S.S. Nunca gritaba y tenía buenas maneras. Una de las enfermas le dijo:
—Le agradecemos su amabilidad, Herr Oberarzt.
Y se puso a explicar que había en el campo quienes creían que las
enfermas eran enviadas a la cámara de gas.
El doctor Klein fingió quedar muy sorprendido, y con una sonrisa le
contestó:
—No tienen ustedes por qué creer todas esas tonterías que corren por
aquí. ¿Quién extendió ese rumor?
Me eché a temblar. Precisamente aquella misma mañana, había explicado la
verdad a la pobre mujer. Afortunadamente, la blocova acudió en mi ayuda.
Arrugó las cejas y aplastó literalmente a la charlatana con una mirada
de hielo.
La enferma comprendió que se había ido de la boca y se batió
inmediatamente en retirada.
—Bueno, la verdad es que yo no sé nada de todo esto —murmuró—. Por ahí
dicen las cosas más absurdas.
En otro hospital del campo, en la Sección B-3, había en agosto unas seis
mil deportadas, número considerablemente inferior a nuestras treinta y
cinco mil. Me refiero al año 1944. Tenían habitaciones aisladas para los
casos contagiosos. Como era característico en los campos de
concentración, dado lo irracionalmente que estaban organizados, esta
sección considerablemente más pequeña disponía de una enfermería diez
veces mayor que la nuestra, y tenía quince médicos a su servicio. Sin
embargo, las condiciones higiénicas eran allí más lamentables todavía,
porque no había letrinas en absoluto, sino únicamente arcas de madera al
aire libre, donde las internadas femeninas estaban a la vista de los
hombres de las S.S. y de los presos masculinos.
Cuando teníamos casos contagiosos, nos veíamos obligadas a llevar a las
pobres mujeres al hospital de aquella sección. Era un problema para
nosotras. Si nos quedábamos con las enfermas contagiosas, corríamos el
peligro de extender la enfermedad; pero, por otra parte, en cuanto
llegaban las pacientes al hospital, corrían el peligro de ser
seleccionadas. Sin embargo, las órdenes eran rigurosas, y nos exponíamos
a severos castigos si nos quedábamos con los casos contagiosos. Además,
el doctor Mengerle hacía frecuentes excursiones por allí y echaba un
vistazo para ver cómo seguían las cosas. Ni qué decir tiene, que
quebrantábamos las órdenes cuantas veces podíamos.
El traslado de las enfermas contagiosas era un espectáculo lamentable.
Tenían fiebres altísimas y estaban cubiertas con sus mantas cuando
echaban a andar por la "Lagerstrasse". Las demás cautivas las evitaban
como si fuesen leprosas. Algunas de aquellas desgraciadas eran
confinadas en el "Durchgangszimmer", o cuarto de paso, que era una
habitación de tres metros por cuatro, donde tenían que tenderse en el
duro suelo. Aquella era una verdadera antecámara de la muerte.
Las que trasponían aquella puerta, camino a su destrucción, eran
inmediatamente borradas de las listas de efectivas y, en consecuencia,
no se les daba nada de comer. Así que no les quedaban más que la
perspectiva del viaje final.
Día llegaría, pensábamos, en que, por fin, los camiones de la Cruz Roja
se presentarían allí y las enfermas serían atendidas. Y así sucedía;
pero los supuestos camiones de la "Cruz Roja" recogían a las pacientes y
se las llevaban una encima de otra, como sardinas en banasta. Las
protestas fueron inútiles. El alemán responsable del transporte cerraba
la puerta y se sentaba tranquilamente junto al chofer. El camión
emprendía su marcha hacia la cámara de la muerte. Por eso teníamos tanto
miedo de mandar al "hospital" los casos contagiosos.
El sistema de administración carecía absolutamente de lógica. Causaba
verdadero estupor ver la poca relación que había entre las órdenes
distintas que se sucedían unas a otras. Aquello se debía en parte a
negligencia. Los alemanes trataban indudablemente de despistar a las
presas para disminuir el peligro de una sublevación. Lo mismo ocurría
con las selecciones. Durante algún tiempo, eran elegidas automáticamente
las que pertenecían a la categoría de enfermas. Pero, de repente, todo
cambiaba un buen día, y las que estaban afectadas de la misma
enfermedad, como, por ejemplo, difteria, eran sometidas a tratamiento en
una habitación aislada y confiadas al cuidado de médicos deportados.
La mayor parte del tiempo, las que padecían de escarlatina estuvieron en
gran peligro; pero, sin embargo, ocurría de cuando en cuando que las que
contraían tal enfermedad eran atendidas, y algunas hasta se llegaban a
curar. Entonces se las devolvía a sus respectivas barracas, y su ejemplo
servía para que las demás se convenciesen de que la escarlatina no
significaba sentencia de muerte en la cámara de gas. Pero,
inmediatamente después, aquella táctica quedaba revocada y era
sustituida por otra. ¿Cómo podía, por tanto, la gente saber a qué carta
quedarse?
Sea de esto lo que fuere, el caso era que muy pocas volvían del hospital
de la sección, y éstas no habían entrado en la Durchgangszimmer, por lo
cual no estaban enteradas de sus condiciones. Aquel "hospital" siguió
siendo un espectro de horror para todas. Estaba rodeado de misterio y
sombras de muerte.
Cierto día, fui testigo en aquel hospital de una escena particularmente
patética. Una joven y bella muchacha judía de Hungría, llamada Eva
Weiss, que era una de las enfermeras, contrajo la escarlatina atendiendo
a sus pacientes. El día que se enteró de que estaba contagiada, los
alemanes acababan de abolir las medidas de tolerancia. Como el
diagnóstico fue hecho por un médico alemán, la pobre muchacha sabía que
era inevitable su traslado a la cámara de gas. Pronto llegaría una falsa
ambulancia de la cruz roja a recogerla, lo mismo que a las demás
enfermas seleccionadas.
Las que sospechaban la verdad estaban al borde de la desesperación. La
habitación resonaba con los ecos de los gemidos y de las lamentaciones.
—¡Les aseguro que no tienen por qué alarmarse! —les decía Eva Weiss,
quien también procedía de Cluj—. Están ustedes imaginándose cosas
aterradoras. Verán, esto es lo que va a pasar: Nos trasladarán a un
hospital mayor, en el cual nos atenderán mucho mejor que nos atienden
aquí. Hasta puedo decirles dónde está localizado el hospital: en el
campo de los viejos y de los niños. Las enfermeras son ancianas. Quizás
alguna de nosotras encuentre inclusive a su madre. Después de todo,
tenemos que pensar en lo afortunadas que somos.
—Siendo enfermera —pensaban las pacientes—, debe estar bien informada.
Y sus palabras las alentaron.
Antes de que se cerrase la puerta de la ambulancia, las demás enfermeras
dijeron el último adiós a su camarada Eva. Aquella joven heroína había
sabido evitar con su frío valor la tortura de la ansiedad y del terror a
las desgraciadas que la acompañaban a la muerte. Es mejor no pensar
siquiera en lo que ella sentiría dentro de sí, según caminaba a la
cámara de gas.
Naturalmente, fui testigo de centenares de episodios trágicos. Imposible
escribir un libro que los relate todos. Pero hubo uno que me emocionó de
manera especial.
De una barraca cercana nos trajeron a una joven griega. A pesar de lo
demacrada que la había dejado la enfermedad y de ser un esqueleto
viviente, conservaba todavía su belleza. No quiso contestar a ninguna de
nuestras preguntas y se comportó como muda.
Como nos habíamos especializado principalmente en cirugía, no
comprendimos por qué nos la mandaban. Su ficha médica indicaba que no
tenía necesidad de intervención quirúrgica.
La sometimos a observación. No tardamos en descubrir que se había
cometido una equivocación. Aquella muchacha debía haber sido internada
en la sección destinada a enfermas mentales. Casi todo el tiempo estaba
sentada, imitando los movimientos precisos de una hilandera. De cuando
en cuando, como si la extenuase su trabajo, perdía el sentido, sin que
pudiésemos hacerla volver en sí en una o dos horas. Luego movía la
cabeza a un lado y a otro, abría los ojos y levantaba los brazos, como
para protegerse de golpes imaginarios en la cabeza.
Un día después, la encontramos muerta. Durante la noche había vaciado su
jergón de paja para "hilarla". Había desgarrado además su blusa en
pequeños jirones para disponer de más cantidad de materia prima que
hilar. He visto muchas muertas, pero pocas caras me han conmovido tanto
como la de aquella joven griega. Probablemente había estado empleada en
trabajos forzados de hilandería. No había logrado con sus esfuerzos más
que recibir palos. Sucumbió, y el terror y la desesperación animal
acabaron por destruir el equilibrio de su mente.
CAPÍTULO
X
Un Nuevo Motivo Para Vivir
A veces, venían también hombres a nuestra enfermería. Generalmente eran
internados que trabajaban en los campos de mujeres. Cuando regresaban a
sus barracas por la noche, encontraban su enfermería cerrada. No
podíamos negarnos a atenderlos, aunque estaba estrictamente verboten por
los alemanes. Pero sus lesiones procedían de accidentes de trabajo.
Entre ellos llegó un día un francés ya entrado en años, a quien
designaré con la inicial "L". La herida que tenía en un pie lo convirtió
en visitante asiduo de la enfermería.
L. era una persona encantadora, y lo recibíamos con verdadera alegría.
Todos los días nos traía noticias alentadoras de la situación militar y
política de Europa. Mientras le curábamos sus lesiones, él calmaba
nuestro espíritu atribulado.
Aquel hombre era casi la única fuente de noticias que teníamos. Por lo
menos, nos daba información verídica, y no rumores fantasmagóricos. De
la actitud de nuestros carceleros no podía sacar conclusión ninguna,
porque parecían considerar al campo como institución de carácter
permanente. Vista desde Auschwitz-Birkenau, aquella sangrienta guerra se
nos hacía muy lejana y casi irreal. La verdad era que no teníamos
experiencias de guerra, como no fuesen, muy de tarde en tarde, algunas
alarmas aéreas. En cuanto sonaban las sirenas, los valientes S.S. ponían
pies en polvorosa a toda velocidad y huían a esconderse en los bosques,
deteniéndose exclusivamente para devolvernos a nuestros campos. Cerraban
y atrancaban con todo cuidado las puertas: las presas quedaban expuestas
al peligro de las bombas, pero los S.S. se escondían.
Como estaba yo pasando entonces por una grave depresión nerviosa, las
noticias que nos traía L. eran un verdadero estímulo para mi espíritu.
En lo material había mejorado mi situación desde que empezara a trabajar
en la enfermería. Pero mi vida me parecía una carga terrible. Había
perdido a mis padres y a mis hijos, y no sabía una palabra de mi marido,
que era la única persona cuya existencia me sostenía en el mundo de los
vivos. Estaba mentalmente al borde del suicidio. Mis compañeras notaban
a ojos vistos que me estaba demacrando día a día. L. me llamó aparte en
cierta ocasión y me reprendió:
—No tiene usted derecho a destrozar su vida. Aunque esta existencia no
represente atractivo ninguno personal para usted, no tiene más remedio
que seguir adelante, aunque sólo sea para aliviar los sufrimientos de
las personas que hay a su alrededor. El puesto en que está se presta
perfectamente a rendir servicios muy valiosos.
Me miró con ojos penetrantes y continuó:
—Naturalmente, esto también tiene sus peligros. ¿Pero no hay acaso
peligro en nuestra vida toda, mientras sigamos aquí? ¿No es el peligro
el pan nuestro de cada día? Lo esencial es que tengamos un objetivo, una
ilusión.
Entonces me tocó a mí mirarle cara a cara hasta el fondo de los ojos.
—Me pongo a su servicio —le contesté—. ¿Qué debo hacer?
—Puede hacernos dos favores a todos —replicó—. En primer lugar, puede
divulgar con cuidado todas las noticias que yo le traigo. Esto es de
vital importancia para mantener alto el espíritu de nuestras
prisioneras. ¿No le parece?
El correr "falsos rumores" estaba prohibido por los alemanes bajo pena
de muerte. ¿Pero qué más daba morir? Yo ni siquiera pensaba en ello.
—En segundo lugar —prosiguió—, el trabajo que usted desempeña la
convierte en la mujer ideal para hacer de oficina de correos. Empezarán
a traerle cartas y paquetes. Usted las entregará según las instrucciones
que se le den. Y no diga una palabra a nadie, ni siquiera a sus mejores
amigas. Porque si la sorprenden, la someterán a interrogatorio, y no
queremos que haya testigo ninguno contra usted. ¡No todos son capaces de
tolerar el tormento! ¿Se cree usted lo suficientemente fuerte para
aguantar sus torturas?
Me quedé en silencio. ¿Sería posible que hubiese más padecimientos
todavía?
—Procuraré ser fuerte.
Se quedó pensando, y añadió:
—Otra cosa. Tenemos que observar cuanto ocurre aquí.
Porque más adelante escribiremos todo lo que hemos visto. Cuando termine
la guerra, el mundo tiene que enterarse de esto. Debe hacerse pública la
verdad.
A partir de aquel momento, tuve ya un motivo para vivir. Era miembro del
movimiento de resistencia.
Después de aquella entrevista, tuve ocasión de verme con otros elementos
de la "resistencia". Limitábamos nuestras relaciones a nuestro trabajo,
y ni siquiera nos preguntamos cómo nos llamábamos. Se hacía así por
precaución obligatoria, para evitar traicionarnos recíprocamente en caso
de que nos arrestasen y sometiesen a tortura.
A través de estos nuevos contactos, me enteré por fin de los detalles
más concretos sobre la cámara de gas y los crematorios.
* * *
Al principio, los condenados a muerte de Birkenau eran fusilados en el
bosque de Braezinsky o ejecutados por gas en la infame casa blanca del
campo de concentración. Los cadáveres eran incinerados en una fosa.
Después de 1941, se pusieron en servicio cuatro crematorios, con lo que
aumentó considerablemente el "rendimiento" de esta inmensa planta
exterminadora.
En los primeros tiempos, judíos y no judíos eran enviados por igual al
crematorio, sin favoritismo ninguno. A partir de junio de 1943, la
cámara de gas y los crematorios estaban reservados exclusivamente a los
judíos y gitanos. Como no fuese por error o por algún castigo especial,
los arios no eran mandados allá. Pero, generalmente, éstos eran
ejecutados por fusilamiento, horca o inyecciones de veneno.
De las cuatro unidades destinadas a crematorio que había en Birkenau,
dos eran enormes y consumían un número extraordinario de cadáveres. Las
otras dos eran más pequeñas. Cada unidad constaba de un horno, un gran
vestíbulo y una cámara de gas.
Por encima de cada unidad se erguía una alta chimenea, que generalmente
estaba alimentada por nueve hogueras. Los cuatro hornos de Birkenau eran
calentados por un total de treinta hogueras o fogatas. Cada horno tenía
sus grandes bocas. Esto es, había 120 bocas, en cada una de las cuales
cabían al mismo tiempo tres cadáveres. Esto quería decir que podían
destruirse 360 cadáveres en cada operación. Aquello no era más que el
comienzo de la "Meta de Producción" nazi.
A trescientos sesenta cadáveres cada media hora, que era el tiempo
necesario para reducir a cenizas la carne humana, salían 720 por hora, o
sea, 17,280 cadáveres cada veinticuatro horas. Y conste que los hornos
funcionaban con asesina eficiencia día y noche.
Sin embargo, esto no era todo. Debe recordarse además las fosas de la
muerte, en que se podían destruir otros 8,000 cadáveres diariamente. En
números redondos, venían a cremarse al día unos 24,000 cadáveres.
Admirable récord de producción. . . que deja muy en alto el pabellón de
la industria alemana.
Estando todavía en el campo de concentración, logré hacerme con
estadísticas detalladas del número de convoyes que llegaron a
Auschwitz-Birkenau en 1942 y 1943. Hoy los Aliados conocen el número
exacto de tales contingentes, porque estas cifras fueron declaradas por
los testigos muchas veces en el curso de los procesos contra los
criminales de guerra. Voy a citar sólo unos cuantos ejemplos.
En febrero de 1943, llegaban a Birkenau dos o tres trenes diarios. Cada
uno de ellos arrastraba de treinta a cincuenta vagones. En estos
transportes llegaban una gran proporción de judíos, pero también otros
numerosos enemigos políticos del régimen nazi, a saber, prisioneros
políticos de todas nacionalidades, criminales ordinarios y un número
considerable de prisioneros de guerra rusos. Sin embargo, la
especialidad suprema de Auschwitz-Birkenau era el exterminio de los
judíos de Europa, quienes constituían el elemento indeseable entre
todos, según la doctrina nazi. Cientos de miles de israelitas eran
quemados en los crematorios.
A veces había tal exceso de trabajo en los mismos, que no daban abasto
en una jornada diaria para desembarazarse de los cadáveres acumulados.
Entonces tenían que quemarlos en las "fosas de la muerte". Eran
trincheras de más de cincuenta metros de largo por cuatro de ancho.
Estaban provistas de un sistema muy hábil de drenaje para dar salida a
la grasa humana.
Hubo además una temporada en que los trenes llegaban todavía en mayor
número. El año 1943, fueron transportados cuarenta y siete mil judíos
griegos a Birkenau. De ellos fueron ejecutados inmediatamente treinta y
nueve mil. Los demás fueron internados, pero murieron como moscas,
porque no pudieron adaptarse al clima. Los griegos y los italianos
fueron quienes sucumbieron en mayor número al frío y a las privaciones,
probablemente porque eran los peor alimentados y los más depauperados de
cuantos llegaban. El año 1944, tocó el turno a los judíos húngaros, y
más de medio millón fueron exterminados.
Tengo las cifras correspondientes únicamente a los meses de mayo, junio
y julio de 1944. El doctor Pasche, médico francés del Sonderkommando en
el crematorio, me proporcionó los datos que publico a continuación, y
conste que estaba en un puesto en que podía perfectamente enterarse de
las estadísticas de exterminación:
Mayo, 1944 360,000
Junio, 1944 512,000
Del 1 al 26 de julio, 1944 442,000
1.314,000
En menos de un trimestre los alemanes habían liquidado a más de
1.300,000 personas en Auschwitz-Birkenau.
* * *
Tuve muchas oportunidades para presenciar la llegada de los transportes
de prisioneros. Un día se me mandó, en compañía de otras tres
internadas, a buscar mantas para la enfermería.
En el momento en que llegábamos a la estación, entraba en vías un
transporte. Los vagones de ganado estaban siendo vaciados de los seres
humanos golpeados y enclenques que habían hecho el viaje juntos, a base
de ciento por cada vagón. De aquella espesa y desgraciada turba, surgían
gritos desgarrados en todos los idiomas de Europa, en francés, rumano,
polaco, checo, holandés, griego, español, italiano... vaya usted a saber
cuántos más.
— ¡Agua! ¡Agua! ¡Algo que beber!
Cuando llegué yo como ellos, lo había visto todo a través de una nube de
incredulidad, y no podía dar cuenta de los detalles; apenas era posible
dar crédito a lo que se veía. Pero, pasado el tiempo, había aprendido a
interpretarlo todo. Reconocí a ciertos jefes de las S.S. Identifiqué al
infame Kramer, a quien los periódicos habían de denominar "la bestia de
Belsen", cuya poderosa silueta dominaba la escena. Su máscara de hielo
bajo el pelo espeso vigilaba a los deportados con expresión viva y
penetrante. Me sentí fascinada al mirarlo, como quien clava los ojos en
una cobra. Jamás olvidaré la tenue sonrisa de satisfacción al ver
aquella masa humana tan completamente reducida y entregada a su
voluntad.
Mientras eran desembarcados los prisioneros, la orquesta del campo,
integrada por internados vestidos de pijamas rayados, interpretaba aires
alegres para dar la bienvenida a los recién llegados. La cámara de gas
esperaba, pero las víctimas tenían que ser tranquilizadas primero. Las
mismas selecciones que se realizaban en la estación eran efectuadas
generalmente al compás de lánguidos tangos, de números de jazz y de
baladas populares.
A un lado esperaban la primera selección. Los viejos, enfermos y niños
de menos de doce o catorce años eran destacados a la izquierda y el
resto a la derecha. La izquierda quería decir la cámara de gas y el
crematorio de Birkenau; la derecha, detención temporal en Auschwitz.
Todo tenía que llevarse a cabo "como era debido" en aquella lúgubre
ceremonia. Las mismas tropas de las S.S. observaban escrupulosamente las
reglas del juego. Tenían interés en evitar incidentes. Con aquella
táctica, unos cuantos guardianes se bastaban para mantener el orden
entre los millares de condenados.
Las separaciones daban pie a dramáticos episodios, pero los nazis sabían
llevar la cosa a la perfección. Cuando una joven se empeñaba en no
querer separarse de su madre anciana, muchas veces transigían y mandaban
a la deportada unirse con la persona de quien no querían apartarse. Así,
ambas pasaban al grupo de la izquierda, en línea recta hacia la muerte.
Luego, siempre a los compases de la música —no podía menos de recordar
al Pied Piper de la leyenda—, los dos cortejos empezaban su procesión.
En el ínterin, los internados de servicio habían reunido todos los
equipajes. Los deportados seguían creyendo que se iban a encontrar con
sus pertenencias cuando llegasen a su destino.
Otros internados colocaban a los enfermos en las ambulancias de la Cruz
Roja. Los trataban con delicadeza hasta que las columnas se perdían de
vista, pero en seguida, la conducta de aquellos esclavos de las S.S.
cambiaba completamente. Con verdadera brutalidad, empujaban a los
enfermos a los camiones de la basura, como si fuesen sacos de patatas,
porque las ambulancias ya estaban abarrotadas. Así trataban a sus
compañeros de infortunio. En cuanto todo el mundo había encajado a
empellones en su sitio, el camión salía en dirección a los crematorios,
entre los gemidos y gritos de pavor de los pobres presos.
Gracias a la prueba directa que me conseguí a través del doctor Pasche y
de otros miembros de la resistencia, puedo reconstruir las últimas horas
de los que eran formados a la izquierda.
Al compás de los aires cautivadores interpretados por los internados
músicos, cuyos ojos estaban arrasados de lágrimas, el cortejo de los
condenados partía hacia Birkenau. Afortunadamente, no tenían idea de la
suerte que les estaba deparada. Al ver el grupo de construcciones de
ladrillo rojo que se divisaban adelante, suponían que era un hospital.
Las tropas de las S.S. que los escoltaban se conducían con irreprochable
"corrección". No eran tan finos cuando trataban con los seleccionados
del campo, a los cuales no hacía falta manejar con guante blanco; pero a
los recién llegados había que tratarlos con toda finura hasta el fin.
Los condenados eran conducidos a un largo viaducto subterráneo, llamado
"Local B", que se parecía al pasillo de un establecimiento de baños.
Podían acomodarse allí hasta dos mil personas. El "Director de los
Baños", de blusa blanca, repartía toallas y jabón... un detalle más de
aquella inmensa farsa. Entonces los prisioneros se quitaban la ropa y
dejaban todos sus objetos en una enorme mesa. Bajo los ganchos para
colgar las prendas había placas que decían en todos los idiomas
europeos: "Si desea usted recoger sus efectos al salir, tome nota, por
favor, del número de su percha".
El "baño" para el cual estaban siendo preparados los condenados, no era
más que la cámara de gas, que caía a la derecha de aquel vasto pasillo o
vestíbulo. Esta dependencia estaba equipada con muchas duchas, a cuya
vista cobraban confianza los deportados. Pero los aparatos no
funcionaban, ni salía agua de los grifos.
En cuanto los condenados llenaban la baja y angosta cámara de gas, los
alemanes acababan con su farsa. Se quitaban las caretas. Ya no eran
necesarias las precauciones. Las víctimas no estaban en condiciones de
escapar ni de ofrecer la menor resistencia.
Había ocasiones en que los condenados a muerte retrocedían al llegar a
la puerta, como avisados por un sexto sentido. Los alemanes los
empujaban brutalmente, sin tener inconveniente en disparar sus pistolas
sobre la masa. La estancia se atascaba con el mayor número posible de
deportados. Cuando quedaban fuera uno o dos niños, se les tiraba por
encima de las cabezas de los adultos. Luego la pesada puerta se cerraba
como la losa de una cripta.
Dentro de la cámara de gas se desarrollaban horribles escenas, aunque es
mucho de dudar que aquella pobre gente sospechase ni siquiera entonces.
Los alemanes no abrían inmediatamente el gas. Esperaban. Porque los
expertos habían visto que era necesario que subiese primero la
temperatura de la habitación unos cuantos grados. El calor animal
emanado del rebaño humano facilitaba la acción del gas.
A medida que subía el calor, el aire se hacía pestilente. Muchos
condenados murieron según tengo entendido, antes de que se abriesen las
espitas del gas.
En el techo de la cámara había un boquete cuadrado, enrejillado y
cubierto con un cristal. Cuando llegaba la hora, un guardián de las
S.S., provisto de una careta antigás abría el hueco y soltaba un
cilindro de "Cyclone-B", gas preparado en Dessau a base de hidrato de
cianuro.
Se decía que el Cyclone-B tenía un efecto devastador. Pero no siempre
ocurría así, probablemente porque los alemanes querían hacer economías
debido al número elevado de hombres y mujeres que había que liquidar.
Además, quizás algunos condenados opusiesen gran resistencia orgánica.
En todo caso, había muchas veces sobrevivientes; pero los alemanes no
tenían entrañas: respirando todavía, se llevaban a los moribundos al
crematorio y se los empujaba a los hornos.
Según el testimonio de antiguos internados de Birkenau, muchas
personalidades destacadas del nazismo, políticos y otros, estaban
presentes cuando se inauguraron el crematorio y las cámaras de gas. Se
dice que expresaron su admiración por la capacidad funcional de aquella
enorme planta exterminadora. El mismo día de la inauguración, fueron
sacrificados doce mil judíos polacos, lo cual no era gran cosa para el
Moloch nazi.
* * *
Los alemanes dejaban con vida cada vez a unos cuantos millares de
deportados, pero únicamente con el objeto de facilitar el exterminio de
millones de otros. A estas víctimas las obligaban a desempeñar los
"trabajos sucios". Eran parte del "Sonderkommando". De tres a
cuatrocientos atendían cada crematorio. Su tarea consistía en empujar a
los condenados al interior de la cámara de gas y, después de efectuado
el asesinato en masa, debían abrir las puertas y sacar los cadáveres.
Eran preferidos los médicos y dentistas para ciertas operaciones, los
últimos, por ejemplo, para rescatar las dentaduras postizas de los
cadáveres y aprovechar los metales preciosos de que estaban hechas.
Además, los miembros del Sonderkommando tenían que cortar el pelo a las
víctimas, lo cual suponía otra ganancia para la economía nacional
socialista.
El doctor Pasche, a quien se le había destinado al Sonderkommando, me
facilitó los datos de la rutina diaria del personal del crematorio.
Porque, por extraño que parezca —y ésta no era la única circunstancia
extraña y paradójica que había en los campos de concentración— los
alemanes tenían un médico especial para atender a los esclavos de la
planta exterminadora. El doctor Pasche desempeñaba un puesto activo en
el movimiento de resistencia, llevando las estadísticas diarias a riesgo
de su vida. Comunicaba los datos que obtenía únicamente a los pocos de
quienes podía estar totalmente seguro, con la esperanza de que algún
día, dichas cifras fuesen conocidas del mundo entero. El doctor Pasche
no se hacía ninguna ilusión respecto a la suerte que le esperaba. Y, en
efecto, fue "liquidado" mucho antes de la liberación de Auschwitz.
De los informes de los testigos visuales, podemos imaginarnos el
espectáculo que ofrecía la cámara de gas cuando se cerraban las puertas.
Entre las torturas de sus sufrimientos, los condenados trataban de
treparse uno encima de otro. Durante su agonía, había quienes clavaban
las uñas en la carne de sus vecinos. Por regla general, los cadáveres
estaban tan apretados y entremezclados que era imposible separarlos. Los
técnicos alemanes inventaron unas pértigas provistas de ganchos en su
extremo, que se clavaban en la carne de los cadáveres para extraerlos.
Una vez fuera de la cámara de gas, los cadáveres eran transportados al
crematorio. Ya he dicho anteriormente que no era raro que hubiese
todavía algunas víctimas con vida. Pero se les trataba como cadáveres y
eran introducidos en los hornos con los muertos.
Con un montacargas se levantaban los cadáveres y se metían en los
hornos. Pero primero se les catalogaba metódicamente. Los niños iban por
delante, para que sirviesen de tizones; luego, llegaba su turno a los
cadáveres depauperados, y, finalmente, a los más corpulentos.
Mientras tanto, el servicio de recuperación funcionaba sin descanso. Los
dentistas sacaban a los cadáveres las dentaduras metálicas, los puentes,
las coronas y las placas. Otros oficiales del Sonderkommando recogían
los anillos, porque, a pesar de todo el control que tan rigurosamente se
llevaba, había internados que se quedaban con ellos. Naturalmente, los
alemanes no querían perder nada de valor.
Los Superhombres Nórdicos sabían aprovecharlo todo. En envases inmensos
se recogía la grasa humana, que se había derretido a altas temperaturas.
No tenía nada de extraño que el jabón del campo oliese de manera tan
peculiar. ¡Ni hay por qué asombrarse de que los internados sospechasen a
veces del aspecto de algunos pedazos de salchichón!
Hasta las mismas cenizas de los cadáveres eran utilizadas para abonos de
las granjas de labor y de los jardines aledaños. El "exceso" era
arrojado al Vístula. Las aguas de este río se llevaron los restos de
millares de pobres prisioneros.
El trabajo del Sonderkommando era, indudablemente, el más penoso y
repugnante. Había dos turnos de doce horas cada uno. Este personal vivía
en barrio aparte del campo, y tenía rigurosamente prohibido el contacto
con los demás presos. A veces, a guisa de castigo, no se les permitía
siquiera volver al campo, sino que tenían que vivir en el mismo edificio
de los crematorios. ¡Allí les sobraba calor, pero qué lugar más horrendo
para comer y dormir!
La vida de los miembros del Sonderkommando era verdaderamente infernal.
Muchos de ellos se volvieron locos. Con frecuencia se veía a un marido a
quien obligaban a quemar a su misma mujer; a un padre que hacía otro
tanto con sus hijos; a un hijo, con sus padres; y a un hermano, con su
hermana.
Al cabo de tres o cuatro meses en aquel infierno, los trabajadores del
Sonderkommando veían llegar su turno. Los alemanes lo tenían previsto
así. Perecían en la cámara de gas y luego eran quemados por los que
habían venido a ocupar sus puestos. La planta exterminadora no podía
dejar de producir, aunque cambiase el personal.
Entonces tuve ya dos motivos para seguir viviendo: uno era trabajar por
el movimiento de resistencia y ayudar cuanto tiempo pudiese mantenerme
sobre mis pies; el segundo era soñar y rezar porque llegase el día en
que fuese libre y pudiese decir al mundo entero: "¡Esto es lo que vi con
mis propios ojos! ¡No podemos consentir que vuelva a repetirse!"
CAPÍTULO XI
"Canadá"
Teníamos en Auschwitz-Birkenau un edificio que no sé por qué se llamaba
"Canadá". Dentro de sus muros se almacenaban las ropas y demás
pertenencias quitadas a los deportados cuando llegaban a la estación, o
cuando se iban a duchar, o en el vestíbulo del crematorio.
El "Canadá" contenía una riqueza considerable, porque los alemanes
habían animado a los deportados a que se llevasen sus objetos de valor.
¿No habían anunciado acaso en muchas ciudades ocupadas que no era
"contra las ordenanzas" llevarse los efectos personales consigo? Esta
invitación indirecta resultó mucho más eficaz que si hubiesen indicado
directamente a las víctimas que se llevasen sus joyas. En realidad
muchos deportados se llevaban cuanto podían, con la esperanza de ganarse
algunos favores a cambio de sus objetos de valor.
En los equipajes se encontraban un poco de todo: tabaco, chamarras de
piel, jamón ahumado y hasta máquinas de coser. ¡Qué cosecha tan
magnífica para el servicio de recuperación del campo!
En el Canadá había especialistas dedicados exclusivamente a descoser
forros y despegar suelas con objeto de hallar tesoros ocultos. El
sistema debió dar a los alemanes buenos resultados, porque encargaron de
la tarea a un contingente considerable de energía humana, integrado por
cerca de mil doscientos hombres y dos mil mujeres. Todas las semanas,
salían de Auschwitz para Alemania uno o más trenes atiborrados de
productos procedentes del servicio de recuperación.
A los numerosos objetos quitados a los deportados o sustraídos de sus
equipajes, se añadía el pelo de las víctimas, procedente de los rapados
de vivos y cadáveres. Entre los artículos almacenados en el Canadá que
más dolorosamente me impresionaron, había una fila de coches de niño,
que me trajeron al pensamiento a todos los desgraciados párvulos que los
alemanes habían ejecutado. Otra sección emocionante era la destinada a
los zapatos de niños y juguetes, que siempre estaba bien abastecida.
Pertenecer al personal del Canadá o estar asociado con sus comandos
constituía un gran privilegio para los cautivos. Estos "empleados"
tenían numerosas oportunidades de robar, y, a pesar de las amenazas de
castigos severos, las aprovechaban cuanto podían. Pero aquellas
ordenanzas no rezaban con los oficiales alemanes, los cuales hacían
numerosos viajes de inspección al Canadá y se llevaban unos cuantos
diamantes como recuerdo en una cámara fotográfica, o una pitillera.
Muchos comandos robaban con la esperanza de poder comprar su libertad.
Gracias a los sobornos de este tipo, ocurrieron muchas fugas mientras
estuve en el campo. Generalmente no se salían con la suya. Los alemanes
aceptaban de mil amores cuanto se les ofrecía, pero en lugar de
facilitarles la huida, les complacía más abatir a tiros a sus clientes.
Los objetos robados del Canadá se negociaban después en el mercado
negro.
* * *
Pese a las feroces medidas disciplinarias, teníamos un mercado negro muy
activo. Los precios se fijaban de conformidad con la escasez de los
artículos, lo pobre de las raciones, y, naturalmente, en proporción con
los riesgos que suponía conseguir el artículo en cuestión.
Por tanto, no debe extrañarse nadie de que una libra de Margarina
costase 250 marcos de oro, o sea cerca de 100 dólares; un kilo de
mantequilla, 500 marcos; un kilo de carne, 1,000 marcos. Un cigarrillo
costaba 7 marcos, pero el precio de una fumada estaba sometido a
fluctuaciones.
Claro está, sólo unos cuantos podían permitirse esos lujos. Sólo los
escrupulosos empleados o trabajadores del Canadá disponían de medios.
Tenían que establecer contacto con los que trabajaban fuera del campo o
con los mismos guardianes, para poder cambiar sus objetos de valor por
dinero o artículos raros. En estos dobles cambios, perdían mucho. A
veces, una joya de gran valor se cambiaba por una botella de vino
ordinario.
También contribuía al tráfico el personal de la cocina. Ellos eran
igualmente de los privilegiados, en comparación con un prisionero común.
Se comía mejor en la cocina. Además, todos los que trabajaban allí
podían conseguirse ropas mejores, gracias al cambio por otros objetos, o
sea, al sistema de comercio por trueque. Los alimentos robados los
cambiaban por zapatos o chaquetas viejas. Todas las tardes, entre las
cinco y las siete, funcionaba fuera de las barracas un concurrido
mercado negro. Este tipo de tráfico en especie era resultado natural de
las condiciones locales en que vivíamos. Era difícil sustraerse a él. Yo
pagué la ración de pan de ocho días por una prenda que necesitaba para
hacerme una blusa de enfermera. Pero además hube de sacrificar tres
sopas para que me la cosiesen. Alimento o vestido era el eterno dilema
en que nos encontrábamos.
El mercado negro me lleva de la mano a tratar del "Campo Checo", el cual
fue, durante muchos meses, una fuente abundante de ropa. Después de unas
breves negociaciones, las internadas de nuestro campo tiraban sus
raciones de margarina o de pan por encima de la alambrada de púas, al
campo checo. Las checas, en cambio, nos arrojaban prendas de vestir. El
negocio era muy peligroso. Si pasaba por allí algún guardián, podría
descerrajarnos un tiro. O también, la ropa recibida podría quedarse
enganchada en los alambres. Pero, como dice el refrán, "El que no se
arriesga no cruza la mar".
¿A qué se debía el que las checas fuesen más ricas que nosotras en
prendas de vestir? La razón era posiblemente un simple capricho o
desorden de la administración, o acaso, según se rumoraba, la
intervención eficaz de personajes influyentes de Checoslovaquia. A
principios del verano de 1943, a uno de los transportes checos le
ahorraron todas las formalidades de rigor; no hubo selecciones, ni
confiscación de equipajes, ni cortes de pelo. Además, los hombres
quedaron exentos de trabajos forzados y las familias permanecieron
juntas, privilegio inaudito en Birkenau. Para sus pequeños,
establecieron una especie de escuela.
Los checos eran los únicos que recibían regularmente paquetes de sus
familias, por lo menos durante cierto tiempo. Aprovechaban los permisos
oficiales que se les concedían para solicitar toda clase de pertenencias
útiles, sobre todo lana para tejer, con la que se confeccionaban prendas
de abrigo, bien para su uso personal bien para el mercado negro.
Pero aquella situación de privilegio iba a durar poco tiempo. Al cabo de
seis meses, el trato de favor se acabó. Un día, los checos se enteraron
de que los alemanes estaban preparándose para liquidarlos.
Inmediatamente tomaron el acuerdo de sublevarse. Pero la sedición fue un
fracaso. En el último momento fue envenenado el jefe, que era un antiguo
profesor de Praga. Se hizo cargo de la situación el Lageraelteste, un
criminal empedernido y bestial. La noche siguiente se distribuyeron
entre los checos más tarjetas postales para que informasen a sus
parientes cercanos que estaban bien y para que les pidiesen más paquetes
de diferentes artículos. Pocas horas después, fueron exterminados todos,
viejos y jóvenes, enfermos y sanos.
No se perdió tiempo en transportar allá a otros checos para que llenasen
su campo.
Tuve ocasión de comunicarme con el contingente del tren segundo. Estos
checos fueron también objeto de un trato de favor, a excepción del
alimento, que era abominable. Como animalillos hambrientos, sus hijitos
vagaban junto a la alambrada, esperando que alguien les tirase algún
resto de comida o un pedazo de pan.
Un buen día corrió la voz de que estaban siendo liquidados los
integrantes del segundo grupo de checos. Primero se llevaron a los
hombres, luego a las mujeres jóvenes. Los que quedaron, es decir, los
niños y los viejos, no se forjaron ilusiones. Empezaron a cambiar cuanto
tenían por un mendrugo de pan o margarina. Por lo menos, querían
hartarse antes de morir.
Aquella tarde, un muchacho checo, que estaba enamorado de una
Vertreterin joven de nuestro campo, le dijo adiós a través de la
alambrada de púas que nos separaba de ellos. Sabía cómo iba a terminar
el día para él.
—Cuando veas las primeras llamaradas del crematorio al amanecer —le
dijo—, tómalo como mi saludo para ti.
La chica se desmayó. Él se la quedó mirando desde el otro lado de la
alambrada con los ojos bañados de lágrimas. Nosotras la ayudamos a
levantarse.
—Amada mía —continuó diciéndole él—. Tengo un diamante que quería
dártelo de regalo. Lo robé mientras trabajaba en el Canadá. Pero ahora
voy a tratar de cambiarlo porque me den ocasión de poder pasar a tu
campo y estar contigo antes de morir.
No sé cómo se las arreglaría, pero el caso es que lo consiguió, y el
muchacho se presentó. Todo el mundo sabía que se aproximaba el fin del
campo checo. Podría ser cosa de un día más, acaso de unas cuantas horas
solamente. La blocova dejó a la joven pareja a solas en su habitación.
Las demás internadas se plantaron por la parte de afuera para vigilar,
que no se presentase de repente algún alemán.
Mientras se llevaba a cabo la revista rutinaria de la tarde, los checos
fueron obligados a entregar su calzado. Aquélla era una señal
inequívoca.
Ya entrada la noche, llegaron al campo numerosos camiones de basura.
Cuantos quedaban todavía en el campo checo tuvieron que treparse a
ellos. Algunos oponían resistencia, pero los guardianes los golpeaban a
palos o los atravesaban con sus pértigas de ganchos.
Pegadas a las paredes de nuestra enfermería, presenciábamos nosotras la
horrible escena. La pequeña Vertreterin vio cómo metían a empellones a
su novio checo en el vagón. La alborada nos sorprendió temblando delante
de la pared; acababan de arrancar los últimos camiones. Nuestros ojos
seguían la trayectoria del humo que eructaban los crematorios... Eran
los restos de nuestros pobres vecinos.
Durante la noche se le quedó casi completamente blanco el pelo a la
joven Vertreterin.
Los primeros rayos del sol revelaron, esparcidos por el suelo del campo
checo, unos cuantos objetos abandonados: un rebojo de pan, una muñeca de
trapo y algunas prendas de vestir. Aquello fue todo lo que quedó de la
aldea checa de ocho mil almas, que tan corta vida habían tenido.
CAPITULO XII
El Depósito de Cadáveres
Aunque mi trabajo estaba en la enfermería, durante algún tiempo tuve que
trasladar también los cadáveres del hospital. Por si esto fuera poco,
habíamos de limpiar los cuerpos, tarea horrible, porque se trataba de
nuestras antiguas pacientes; y además, nuestro suministro de agua para
lavar a los vivos era muy limitado, cuánto más para limpiar a los
muertos. Cuando terminábamos el trabajo, teníamos que arrojar los
muertos a un montón de cadáveres putrefactos. Y luego, no contábamos con
nada con qué desinfectarnos, o lavarnos siquiera las manos.
Hacíamos el trabajo entre dos. Tendíamos los cadáveres en unas
parihuelas y, bajo la vigilancia de los alemanes, los trasladábamos al
depósito, que estaba a media hora de camino del hospital. Habría sido
una tarea laboriosa para hombres sanos. Para nosotras, resultaba
agotadora. Los guardianes no nos dejaban un solo momento para respirar;
pero la inhumanidad estaba a la orden del día en Birkenau.
A la entrada del depósito, dejábamos las parihuelas en el suelo y
cargábamos el cadáver al interior. No hacíamos más que amontonarlo sobre
los demás. Sudábamos copiosamente, pero no nos atrevíamos a limpiarnos
la cara con las manos contaminadas.
De entre todos los horripilantes trabajos que tuve que realizar, éste
fue el que me dejó recuerdos más macabros. No quiero seguir describiendo
cómo teníamos que tropezamos con los montones de cadáveres en
putrefacción, muchos de los cuales pertenecían a personas que habían
muerto de enfermedades terribles. Todavía no me explico de dónde pude
sacar fuerzas necesarias para seguir realizando aquellas tareas. No me
desmayé siquiera una vez, como ocurría a tantas compañeras mías.
Durante mucho tiempo estuvo ayudándome a transportar los cadáveres una
muchacha que había sido estudiante en Varsovia. Nos golpeaban con mucha
frecuencia, porque los alemanes nos acusaban de no desempeñar con
diligencia nuestro trabajo y de realizar a paso lento aquella "marcha
funeral". Nos gritaban:
— ¡Lleven más aprisa esos Scheiss-Stuckel
Así llamaban a los cadáveres. Y mientras nos urgían a caminar más
rápidamente, nos molían a golpes.
La joven polaca estaba dominada por un único sentimiento... el amor a su
madre. Era el tema principal de sus conversaciones. Cuando hablaba de
ella, me decía confidencialmente:
—Está escondida en las montañas. Los alemanes no serán capaces de
encontrarla jamás.
Pero un día, según penetrábamos en el depósito de cadáveres, rompió a
reír en carcajadas histéricas. Tuve que sacarla de allí antes de que la
agarrasen los alemanes.
Entre los cadáveres, acababa de descubrir el cuerpo de su querida madre,
a la que creía tan segura.
De la vista de los cadáveres apilados en el depósito, podíamos deducir
qué tipo de deformaciones físicas producía a los internados la vida del
campo de concentración. Había ocasiones en que ya al cabo de poco
tiempo, muchos prisioneros parecían esqueletos. Habían perdido el 50 ó
60 por ciento de su peso original y habían mermado de talla. Parecerá
increíble, pero la verdad es que no pesaban realmente más de treinta o
treinta y tantos kilos. Por la misma causa, a saber, la alimentación
defectuosa, a otros se les hinchaba anormalmente el cuerpo.
En las mujeres, la obesidad era muchas veces provocada por dificultades
o trastornos menstruales. Después de haber sido liberado Auschwitz, un
profesor de Moscú, que había realizado muchas observaciones durante las
autopsias en las investigaciones, sacó la conclusión de que el noventa
por ciento de las internadas acusaban un positivo debilitamiento o
secamiento de los ovarios. La dismenorrea era casi un fenómeno general
allí.
No es éste el momento apropiado para dar explicaciones científicas, pero
sí debo añadir que uno de los factores que contribuían a ello era la
angustia constante en que vivíamos.
El misterioso polvo químico con que los alemanes adobaban nuestra
alimentación era probablemente una de las causas de que se nos
interrumpiese la menstruación. No he logrado personalmente conseguir la
prueba que necesitaba para demostrar que los alemanes diluían en nuestra
comida substancias químicas para retardar y debilitar nuestras
reacciones sexuales. Pero, sea de ello lo que fuere, la Lageraelteste,
las blocovas y las Stubendients, lo mismo que las empleadas de la
cocina, ninguna de las cuales comía la alimentación ordinaria del campo,
estaban libres, en su mayor parte de desarreglos menstruales. Pero, la
verdad es que tengo buenas razones para creer que los alemanes nos
envenenaban con su polvo misterioso. Una vez hablé de ello con una presa
que trabajaba en la cocina. Me confirmó que tenían la orden de mezclar
dicha sustancia con todos los alimentos que nos daban.
—Por lo que más quieras, dame un poco de ese polvo —le supliqué—. Si
salgo algún día de aquí, voy a exhibir otra prueba contra ellos.
—No lo tengo —me contestó—. La mujer de las S.S. lo mezcla personalmente
con la comida que se cocina. A nadie más se permite acercarse a dicho
polvo.
Era pasmoso ver cómo cambiaba en unas cuantas semanas el aspecto físico
de las internadas en el campo de concentración. Perdían vitalidad, y sus
movimientos se hacían lentos y apáticos; andaban con los talones hacia
adentro. En invierno, sus músculos aductores se contraían por el frío,
acentuando más aún su traza anormal.
En muchos casos, las cautivas daban muestras de trastornos mentales.
Perdían la memoria y la capacidad de concentrarse. Se pasaban largas
horas mirando al vacío, sin dar la menor señal de vida. Finalmente,
terminaban por hacerse totalmente indiferentes a su sino, y se dejaban
llevar a la cámara de gas en un estado de indiferencia casi absoluta.
Este embotamiento facilitaba, claro está, las cosas a los alemanes.
* * *
Nunca supe si sería mejor abrir zanjas junto al crematorio o trabajar en
la estación del ferrocarril, de la que teníamos que recoger todas las
inmundicias dejadas por el último convoy.
Metíamos la basura en grandes bolsas. Eran periódicos de todos los
países, latas vacías de sardinas, botellas rotas, juguetes, cucharas. A
veces teníamos que cargar las piezas de equipaje de la estación hasta el
Canadá, donde se apilaban en verdaderas montañas. Mi obligación era
llevar las bolsas a las presas encargadas de aquella misión, quienes las
iban clasificando: tiraban las camisas al montón de camisas, los
juguetes en otro montón, y los desperdicios con la basura. A veces
teníamos que abrir una inservible caja de cartón, atada con una cuerda.
Había ocasiones en que nos encontrábamos con maletas caras, de cuero. En
Birkenau se daban cita la riqueza y la pobreza de toda Europa.
De cuando en cuando encontrábamos en las cajas de cartón unas cuantas
galletas rancias envueltas en papel de periódico. Algunas deportadas se
habían llevado carne molida; el olor pútrido llenaba la habitación. Pero
hasta aquellas galletas secas y aquellas hamburguesas pasadas nos
despertaban el apetito.
Cuando cavábamos cerca del crematorio, oíamos los últimos gritos de los
que eran conducidos al interior de la cámara de gas. Cuando trabajábamos
junto a la estación del ferrocarril, era para nosotras una tortura
escuchar lo que decían las pobres personas ingenuas que acababan de
llegar. Al salir del tren, se acusaba en sus caras una expresión de
alivio. Parecían decir:
—Hemos padecido mucho en el viaje, pero ya, gracias a Dios, hemos
llegado.
El espectáculo que ofrecían al ayudarse mutuamente a arreglarse un
pañuelo o a abrochar a una nena el abrigo, me recordaba mi llegada al
campo y el desengaño que hube de sufrir después.
¿Cómo podía hacer para que no cometiesen las mismas equivocaciones que
yo cometí? Ya estaban desfilando por delante de la mesa oficial para su
primer selección. Procuré acercarme a las mujeres según iban pasando, y
les susurré al oído:
—Díganles que su hijo tiene más de doce años... Que no vaya a decir su
hija que está enferma... Mande a su hijo que se presente muy derecho...
Digan siempre que gozan de perfecta salud...
La hilera seguía avanzando hacia la mesa.
Las mujeres me miraban sorprendidas y me preguntaban:
—¿Por qué?
Luego se quedaban con los ojos clavados en mí, como si quisieran decir:
—¿Pero qué se propone esta mujer sucia? Tiene que estar loca.
No, no eran capaces de comprender la importancia de lo que yo les estaba
indicando. En sus ojos había una mueca de desprecio. ¿Qué les iban a
enseñar unas mujerzuelas vestidas de andrajos? Ni les pasaba siquiera
por la cabeza que a ellas también iba a ocurrirles otro tanto, que ellas
también iban a verse cubiertas de harapos. Y así se iba repitiendo la
tragedia constantemente. En su afán por evitar a sus pequeños los
trabajos forzados, mentían en cuanto a la edad que tenían y los
mandaban, sin saberlo, a la cámara de gas.
En medio de aquel caos, los alemanes vociferaban, los prisioneros
murmuraban, y se llevaba a cabo su separación en dos grupos: ¡a la
derecha y a la izquierda!... ¡Vida o muerte!
Seguía todavía observando los transportes cuando vi, con gran asombro,
que salían cuatro hombres de las filas, vestidos con trajes deportivos.
Eran rubios y esbeltos, aunque su apostura había quedado un poco abatida
a causa del largo viaje. Los guardianes trataron de empujarlos hacia
atrás, pero ellos insistieron en que querían hablar con el "comandante".
Uno de los oficiales alemanes que estaba por allí observó lo que pasaba
e hizo una seña a los soldados para que dejasen acercarse a los hombres.
Yo estaba a unos diez metros, pero oí lo que decían en voz alta. ¡Cuál
no sería mi sorpresa al notar que hablaban en inglés!
Indudablemente, el oficial alemán los entendía, pero después de haber
cambiado las primeras palabras, les indicó que debían hablar en alemán.
Uno de ellos logró construir unas cuantas frases quebradas, en alemán,
hablando por el grupo e interpretándoselas. Se referían a otro campo del
cual habían sido trasladados, e insistían en que los alemanes no tenían
derecho a sacarlos de allí.
El oficial estaba positivamente divertido.
—¿Que no tenemos derecho? —les dijo con una sonrisa sarcástica.
—Claro que no lo tienen —replicó el intérprete, vestido deportivamente—.
¡Nosotros no somos judíos!
—¿Y qué tiene que ver que no sean ustedes judíos? Eso no me interesa.
¡Ustedes son americanos! —repuso el alemán.
—¡Le exijo que nos trate según las normas del Derecho Internacional!
—Como quiera —le contestó el oficial con toda amabilidad—. Vamos a
mandar directamente su petición al Gobierno americano. Si tienen ustedes
un poco de paciencia, a lo mejor se las llevamos a Washington
personalmente.
—trasladen a esos caballeros al Campo Americano —ordenó otro oficial.
Los soldados se pusieron firmes con sus rifles y saludaron al oficial
con el "Heil" de rigor. Luego se llevaron al pequeño grupo hacia el
bosque, distante unos cincuenta metros de allí. Momentos después, oíamos
varias detonaciones. Pero las detonaciones eran tan corrientes en
Birkenau, que ni siquiera nos llamaron la atención.
Mientras tanto, la música seguía sonando y las columnas de deportados
marchando hacia la muerte.
Semanas después, me tocó separar el equipaje "reclamado" de la estación
del ferrocarril. Encontré una porción de maletas que parecían lo mismo.
Todas ellas contenían camisas con etiquetas norteamericanas, raquetas de
tenis, suéteres, cámaras fotográficas y retratos de parejas con niños.
Inclusive, hallamos en una maleta varios discos de gramófono. Un viejo
internado, loco por la música, colocó rápidamente uno de estos discos,
en el fonógrafo portátil que hallamos en el equipaje. Oímos una hermosa
y clara voz que cantaba un villancico de Navidad. Aquello nos conmovió.
Las demás presas interrumpieron su trabajo y se pusieron a escuchar.
Un centinela alemán, que indudablemente había oído la música, se
abalanzó al interior de la habitación. Pegó una patada al tocadiscos y
machacó el disco. Cuando recogimos los pedazos, leí el título. Habíamos
estado escuchando el villancico "Noche de Paz", cantado por Bing Crosby.
Durante unos momentos, el artista norteamericano nos había ayudado a
olvidar Auschwitz.
Me puse a tirar las fotografías al montón de la basura, como mandaban
las ordenanzas. Pero, de repente, una foto me llamó la atención.
"He visto estas caras en alguna parte", pensé.
Y entonces recordé... Eran los americanos de la estación.
—¿Dónde está el campo americano? —pregunté a la vieja prisionera.
—No seas estúpida —me contestó de mal humor—. Pero, ¿no ves que no hay
tal campo americano?
—Es que he oído que hay uno —insistí.
—Como quieras... El campo de los norteamericanos está en el mismo lugar
que el de los viejos y el de los niños.
—Entonces, ¿mataron a aquellos americanos? —le pregunté—. ¿Será posible?
Ella sonrió burlonamente.
—Los norteamericanos —me explicó— no son más que combustible para los
crematorios. A los ojos de los alemanes no son sino enemigos, lo mismo
que nosotras. Eso de matar nunca fue un problema para los alemanes. Se
los llevan al bosque y los ejecutan. Ése es el campo americano.
CAPÍTULO XIII
El "Ángel de la Muerte" Contra el "Gran Seleccionador"
Aquel día debí morir. Ni siquiera cuando fui "seleccionada" estuve tan
cerca de la muerte. Cuando pienso en ello, me considero muerta, y me
imagino que estoy regresando del otro mundo.
Si Irma Gríese hubiese sido menos curiosa, yo había perecido. Pero, por
lo visto, estaba demasiado interesada en averiguar por qué el doctor
Fritz Klein, médico de las S.S. encargado del campo de mujeres de
Auschwitz y después de Bergen-Belsen, había creado un puesto
expresamente para mí, aunque estaba convertida en una piltrafa humana,
rapada la cabeza, sucia, harapienta, y con dos zapatos de hombre, que no
pertenecían al mismo par, en los pies. Gracias a que quería enterarse,
me salvé de morir.
Por aquel entonces, las "selecciones" eran llevadas a cabo por las más
altas jerarquías femeninas del campo, Hasse e Irma Griese. Los lunes,
miércoles y sábados, duraban las revistas desde el amanecer hasta que
expiraba la tarde, hora en que tenían ya completa su cuota de víctimas.
Cuando aquellas dos mujeres se presentaban a la entrada del campo, las
internadas, quienes ya sabían lo que les esperaba, se echaban a temblar.
La hermosa Irma Griese se adelantaba hacia las prisioneras con su andar
ondulante y sus caderas en movimiento. Los ojos de las cuarenta mil
desventuradas mujeres, mudas e inmóviles, se clavaban en ella. Era de
estatura mediana, estaba elegantemente ataviada y tenía el cabello
impecablemente arreglado.
El terror mortal inspirado por su presencia la complacía indudablemente
y la deleitaba. Porque aquella muchacha de veintidós años carecía en
absoluto de entrañas. Con mano segura escogía a sus víctimas, no sólo de
entre las sanas, sino de entre las enfermas, débiles e incapacitadas.
Las que, a pesar de su hambre y penalidades, seguían manifestando un
poco de su belleza física anterior eran las primeras en ser
seleccionadas. Constituían los blancos especiales de la atención de Irma
Griese.
Durante las "selecciones", el "ángel rubio de Belsen", como más adelante
había que llamarla la prensa, manejaba con liberalidad su látigo.
Sacudía fustazos adonde se le antojaba, y a nosotras no nos tocaba más
que aguantar lo mejor que pudiésemos. Nuestras contorsiones de dolor y
la sangre que derramábamos la hacían sonreír. ¡Qué dentadura más
impecable tenía! ¡Sus dientes parecían perlas!
Cierto día de junio del año 1944, eran empujadas a los lavabos 315
mujeres "seleccionadas". Ya las pobres desventuradas habían sido molidas
a puntapiés y latigazos en el gran vestíbulo. Luego Irma Griese mandó a
los guardianes de las S.S. que claveteasen la puerta. Así fue de
sencillo.
Antes de ser enviadas a la cámara de gas, debían pasar revista ante el
doctor Klein. Pero él las hizo esperar tres días. Durante aquel tiempo,
las mujeres condenadas tuvieron que vivir apretujadas y tiradas sobre el
pavimento de cemento sin comida ni bebida ni excusados. Eran seres
humanos, ¿pero a quién le importaban?
Mis compañeras sabían que yo solía acompañar al doctor Klein en sus
visitas médicas. Me suplicaron que me lo llevase hacia los lavabos para
rescatar de allí a algunas pobres desgraciadas. Otras me rogaron que
intercediese por la vida de alguna amiga, de su madre, o de su hermana.
El día que el doctor Klein iba a llegar, sentí que se me subía el
corazón a la garganta, porque allí notaba su palpitar. Me había decidido
a arrancar de las garras de la muerte a unas cuantas de aquellas
criaturas por lo menos, costara lo que costase.
—Herr Oberarzt —le dije, temblando de pies a cabeza, cuando comenzamos
nuestra ronda—, indudablemente, ha debido haber alguna equivocación en
las últimas selecciones. Han encerrado en los lavabos a algunas
prisioneras que no están enfermas. Acaso no valga la pena mandarlas al
"hospital".
Hice como que no sabía nada de la existencia de la cámara de gas.
—Pero usted no tiene medicinas —me contestó el doctor Klein—. Además su
directora hizo la selección personalmente. Poco es lo que puedo yo hacer
ahora.
Esto ocurrió antes de que en nuestro campo hubiese hospital ni
enfermería ninguna, y no me atreví a proponerle que cuidásemos nosotras
mismas a las enfermeras. ¡Teníamos doctoras internadas en cada barraca,
pero carecíamos de medicinas!
Decidí lisonjear un poco al doctor Klein.
—Estas pobres mujeres ya no tienen a nadie ni nada en el mundo
—insistí—. No tienen hogar ni familia. Pero a algunas todavía les vive
la madre, o una hermana, p un hijo en el campo. Yo le suplico, doctor,
que no se las separe. ¡Piense usted en su hermana o en su madre, si la
tiene!
El doctor Klein no me contestó. Le había hablado mientras nos dirigíamos
a los lavabos. Ya habíamos llegado. Con una sola y breve palabra de
mando, los centinelas de las S.S. forzaron la puerta claveteada.
Entramos.
Allí estaban las 315 mujeres, que habían permanecido encerradas en aquel
lugar tres días y tres noches. Muchas habían muerto ya. Otras, que ya no
podían tenerse en pie, estaban sentadas en cuclillas sobre los
cadáveres. Había más todavía, verdaderos esqueletos vivos, que se
encontraban demasiado débiles para levantarse. Encerradas, como habían
estado, durante tres días, ahora parpadeaban al ver la luz y se llevaban
las manos a la cara.
Gritaban:
—¡No hemos tenido nada que comer en tres días! ¡Nosotras no estamos
enfermas! ¡No queremos ir al hospital!
El doctor Klein, quien generalmente estaba sereno y era el único alemán
de Auschwitz que no vociferaba jamás, perdió los estribos. Su cara se le
enrojeció y de repente se puso a gritar:
—¿Qué pasa en esta barraca? ¿Es que no quieren trabajar ya? ¿Quieren
mandar a todo el mundo al hospital? ¡Yo les voy a enseñar lo que es
bueno, ya verán! ¡Salgan de aquí! ¡Son ustedes un hato de haraganas!
Me estremecí al presenciar aquella explosión de cólera. Luego, al verle
cómo se llevaba hacia la salida a algunas de las más fuertes, comprendí.
—Mire, doctor, aquí hay otra supuesta inválida —le dije, señalando con
el dedo a una joven, que era matemática insigne.
— ¡Salga de aquí! No quiero volverla a ver —voceó el doctor Klein.
Más tarde, los siniestros camiones de la muerte se presentaron para
llevarse otras 284 víctimas a la cámara de gas. Aquel día, salvamos a
treinta y una de una muerte segura. Todo, gracias a que el doctor Klein
tuvo un raro gesto de humanidad . . . para ser un miembro de las S.S.
El siguiente domingo, fuimos castigadas nosotras. No recuerdo por qué,
pero no era la primera vez que pasábamos un domingo entero delante de
las barracas de rodillas y en el barro, porque había llovido por la
mañana.
Llevábamos hincadas una eternidad. El tiempo parecía haberse detenido.
La lluvia volvió a caer de nuevo. Teníamos que seguir de rodillas,
inmóviles, y con los brazos levantados hacia el cielo. Una esquirla de
vidrio me había cortado la rodilla derecha, pero no me atrevía a
rebullirme, de miedo a que me aplicasen otro castigo.
De pronto, alguien me llamó. Era el doctor Klein. Me levanté y corrí
hacia la puerta del campo, donde estaba esperándome.
—Nunca había venido al campo en domingo —declaró—, pero como ayer le
prometí traerle medicinas para sus inválidas, no he querido dejarlo de
cumplir. Aquí las tiene, le he traído numerosas muestras.
Según extendía la mano para hacerme cargo de la gran caja de cartón,
sentí una mano en el hombro. Me volví. Era Irma Griese. . . ¡armada de
su látigo!
—¿Qué está usted haciendo aquí, puerca? —me gritó—. ¿No sabe que no
puede abandonar la formación?
—Es que la llamé yo —le contestó el doctor Klein por mí.
—No tiene derecho a hacer tal cosa, Herr Oberarzt. Hoy es domingo, y
aquí no pinta usted nada.
—¿Y se atreve a prohibirme venir?
—¿Por qué no? —le contestó Griese con una sonrisa burlona—. Tengo
perfecto derecho a hacerlo. No se olvide, doctor, que soy yo la que da
órdenes aquí.
—Podrá ser, pero a mí no —replicó él—. Soy el médico jefe y tengo
derecho de venir cuando me parezca oportuno.
La bella Irma Griese se mordió los labios, pero no se dio por vencida.
Desfogó su cólera sobre mí.
—¡A su sitio, inmediatamente, bicho inmundo! —chilló.
—No, todavía no —se opuso Klein con toda tranquilidad.
—No se meta en esto, Herr Oberarzt. Ya hace mucho tiempo que la conducta
de usted ha sido de lo más raro. Puso en libertad a algunas enfermas que
estaban encerradas en los lavabos. Se presenta en el campo los domingos,
aparentemente para traer medicinas, pero en realidad para inmiscuirse en
asuntos que no son de su competencia. Ha contravenido usted mis órdenes,
y tendrá que responder por ello.
—Yo asumo la responsabilidad de todo. Soy mayor médico de las S.S.
—Pues le advierto, Oberarzt, que está usted realizando un juego
peligroso.
—Eso es cosa mía. No se preocupe por mí. Venga —añadió, dirigiéndose a
mí—, sígame.
Me hizo una seña, como si Irma Griese no existiese para nada.
Echamos a andar por la Lagerstrasse, entre las dos filas de barracas. El
rubio "ángel de la muerte" se quedó plantada, como si hubiese echado
raíces en la tierra, pero temblando de rabia.
Todo el mundo sabía en el campo lo rencorosa y vengativa que era Irma
Griese. Mi situación era de lo más delicada. Traté de esconderme, pero
fue inútil. ¿Dónde podía esconderse una persona en Auschwitz?
Dos horas después de que me dejó el doctor Klein, me encontraba de pie
sobre la gran piel de lobo que servía de alfombra a la oficina de Irma
Griese. Preveía lo que me tenía reservado. Alguien tenía que pagar por
la humillación de que había sido víctima. Y ese alguien era yo. Menos
mal si me mataban de repente, sin someterme a torturas horrendas. Ya
sabía lo que eran capaces de hacer aquellas verdugos sin piedad.
—¿Quién es usted? ¿Dónde conoció al doctor Klein? ¿En que idioma hablan
ustedes dos? —me preguntó Irma Griese sin tomar aliento y echando
chispas por los ojos.
—El Oberarzt procede de la misma región que yo, de Transilvania, y le
hablo en mi lengua nativa —le contesté—. Lo conocí aquí, en el campo.
Soy estudiante de medicina.
—¡Vaya, vaya! ¿Se puede saber cómo se llama usted? —inquirió Irma
Griese.
Aquella sí que era una pregunta desconcertante en Auschwitz-Birkenau,
donde no éramos más que números, ni mujeres siquiera.
Entre tanto, aquel diablo rubio se había levantado de su asiento.
—De ahora en adelante le prohíbo acompañar al doctor Klein en sus
visitas médicas. Si se dirige él a usted, no le contestará. Si la manda
llamar, no irá. ¿Comprendido? Y ahora, contésteme: ¿Por qué me
desobedeció? ¿Cómo no volvió a la revista cuando se lo ordené?
—Pertenezco al personal de la Enfermería. Creí que tenía que obedecer al
doctor Klein.
—¿Conque eso era lo que creía usted? ¡Pues a mí es a quien tiene que
obedecer, a mí sola!
Con lentitud calculada, sacó un revólver de su mesa y avanzó hacia mí.
Formábamos un rudo contraste: yo, con la cabeza rapada, andrajosa,
sucia, empapada de lluvia, y ella con el pelo magníficamente peinado y
cuidado, con su belleza deslumbradora y su maquillaje perfecto. El
impecable vestido hecho a la medida realzaba su esbelta figura.
—¡Puerca! —silbó entre dientes.
Me aparté, encogida, del cañón frío de su revólver cuando me lo pasó por
la sien izquierda. Sentí su cálido aliento.
—Conque tienes miedo, ¿no?
De pronto, descargó la culata de su arma sobre mi cabeza, una y otra y
otra vez. Me golpeó la cara con el puño, una y otra vez.
Probé el sabor de mi sangre. Me tropecé y fui a caer sobre la piel de
lobo.
Cuando abrí los ojos, estaba tirada en el barro, bajo la lluvia, que
seguía cayendo. La campana del campamento tañía, llamando a otra
"selección". Herida, cubierta de sangre, me levanté y corrí hacia mi
barraca para no faltar a la formación.
Al volverme, vi a Irma Griese que venía del Führerstube, látigo en mano,
para designar el nuevo grupo que iría a cebar la cámara de gas. Por qué
no me "seleccionó", o me pegó un tiro, o me mató de alguna otra perversa
manera, es algo que no sabré nunca.
CAPÍTULO
XIV
"Organización"
—Tenemos que resistir —susurró el día que llegó un viejo internado, que
estaba trabajando en la carretera de nuestro campo—. Nos acababan de
rapar la cabeza y temblábamos bajo nuestros harapos, esperando a que las
ambulancias nos permitiesen pasar. Y para resistir —añadió—, no hay más
que una cosa: organizar.
Durante los largos días que siguieron, me pregunté muchas veces qué
significaría aquella palabra, "organizar". ¿Qué había que organizar? Me
llevó bastante tiempo todavía comprender el verdadero sentido de
"organización". Fui atando cabos sueltos. El consejo del viejo
picapedrero, más las recomendaciones de otras internadas, me dieron la
respuesta. "Si no quieres morir de hambre, no te queda más que un
remedio: robar".
De pronto lo entendí: "Organizar" significaba robar.
Lo que sucedió después vino a confirmar mi interpretación. Sin embargo,
el vocablo "organizar" contenía un matiz que no calé durante algún
tiempo. Quería decir robar, pero robar a expensas de los alemanes. De
aquella manera, el robo se convertía en una acción noble y hasta
beneficiosa para las deportadas. Cuando las empleadas del Canadá o de la
"Bekleidungskarnmer" robaban prendas de abrigo para sus camaradas
deficientemente vestidas, no cometían un hurto común: aquello era un
acto de solidaridad social. Cuanto más quitaba una a los alemanes para
mandarlos a las barracas del campo con objeto de que lo usasen las
internadas, en lugar de que lo despachasen a Alemania, tanto más se
ayudaba a la causa.
En consecuencia, las palabras "robar" y "organizar" no eran totalmente
sinónimas. Pero, desgraciadamente, no era fácil trazar la línea
divisoria. Muchas veces ocurre que el hombre habla con orgullo de sus
acciones menos nobles. Y el vocablo "organización" se utilizaba muchas
veces para cubrir hurtos y raterías bajas.
—Me has quitado la ración de pan —se quejaba a lo mejor una internada—.
¡Esto es un robo!
—Oh, lo siento —replicaba entonces la acusada—, no sabía que era tuyo. Y
no me hables de robo... ¡Esto no es más que "organización"!
Así ocurría. Parapetadas tras esa palabra, algunas prisioneras hurtaban
a sus vecinas sus miserables raciones, acuciadas por el hambre. Muchas
que andaban mal vestidas, se robaban los míseros harapos de otras en los
lavabos.
Sin embargo, en aquella caldera hirviente de Auschwitz-Birkenau, las
barreras sociales se derrumbaban y los prejuicios de clase se
desvanecían. Había campesinas sencillas y sin educación que realizaban
verdaderas maravillas de "organización", dando prueba de magnífico
desinterés, en tanto que otras mujeres de mundo, cuya moralidad nunca
había sido puesta en tela de juicio, se dedicaban a la "organización" en
detrimento de sus camaradas. Sus acciones acaso no tuviesen
consecuencias graves, pero no por eso dejaban de ser menos
significativas.
En septiembre de 1944, nuestro amigo L. logró "organizar" cinco
cucharas. Las cedió generosamente a miembros del personal de la
enfermería que lo habían atendido. Yo no sabía cómo expresar mi alegría
cuando recibí aquel objeto tan sencillo y corriente en la vida
civilizada. Durante meses y meses había estado comiendo sin cuchara ni
tenedor, teniendo que sorber o lamer como un perro la comida de la
cazuela, igual que todas. Por eso, la cuchara me hizo muy feliz.
Imagínese cuál sería mi disgusto, cuando, unos cuantos días después,
desapareció. Realicé una investigación a fondo y descubrí la verdad: la
ladrona era nada menos que la esposa de uno de los industriales más
ricos de Hungría, una multimillonaria, que estaba acostumbrada a lujos
verdaderamente fabulosos. En Birkenau, donde sólo los seres humanos
dotados de moral excepcional podían seguir siendo buenos y honrados, la
exmillonaria demostró no estar suficientemente dotada de ese sentido de
moralidad.
Este incidente me alarmó por el porvenir de estas internadas si algún
día salían vivas de los campos de concentración. Sin embargo, de
momento, teníamos que hacer lo que pudiésemos para vivir cada día.
Llevaba ya varias semanas en la enfermería cuando una amiga me dijo que
una prisionera de la Barraca No. 9, llamada Malika estaba vendiendo
material de lana a cambio de pan y margarina. Yo estaba necesitando
urgentemente una chaqueta de lana. No tenía pan ni margarina, pero sí
una amiga a la cual se lo podía pedir prestado.
Malika era policía femenina, cuya función consistía en blandir el palo
para separar a las internadas de la alambradas de púas. Muchas
deportadas trataban de comunicarse con las del campo checo. Obligación
de Malika era, impedir el mercado en especie.
Cumplía con su deber a conciencia. Durante las horas en que estaba de
servicio, nadie podía negociar con las checas. Bueno, nadie, menos la
misma Malika. Ejercía un monopolio completo. Aquella antigua vendedora
de frutas se convirtió en la primera "mujer de negocios" del campo.
La amiga que me dio la información quería comprar también una blusa
blanca, para lo cual me acompañó a la Barraca No. 9. Malika no estaba
allí. Esperamos.
Habíamos destinado la ración del día a la compra de la ropa, con lo cual
estábamos torturadas por el hambre. De la barraca nos llegaban aromas
que nos proporcionaban el suplicio de Tántalo. La "Califactorka", o sea,
la criada de la blacova, estaba preparando un plato de "plazki" para su
ama. Para las presas como nosotras, el plazki era una especie de sueño
inasequible. Consistía en algo así como un pastel de patatas rallada y
migas de pan, frito en margarina. Sólo las blacovas y algunas otras
empleadas podían permitirse aquel lujo, y eso de cuando en cuando nada
más. No pudimos menos de mirar con voracidad a la sartén. ¡Cómo
suspiramos al percibir aquella fragancia tentadora!
La Califactorka nos hizo una seña.
—Quiero hacer un trato con ustedes —dijo en voz baja—. Tráiganme unas
cuantas tabletas de aspirina y yo les daré un trozo de plazki. Me duele
mucho el oído, y no quiero esperar en la cola de la enfermería.
Mi amiga me llevó aparte. Comprendí la batalla que se estaba librando en
su interior. Tenía dos tabletas de aspirina. La aspirina escaseaba mucho
en el campo, y cada tableta representaba un tesoro. ¿Teníamos derecho a
comerciar con ellas en provecho personal? Luchamos con nuestra
conciencia" mientras el aroma del plazki nos torturaba.
Mi amiga llegó por fin a una decisión.
—Como la Califactorka tiene dolor de oídos, de todos modos recibiría la
aspirina en la enfermería. Lo único que tenemos que hacer es ahorrarle
el tiempo que se había de pasar en la cola. No creo que sea un crimen
dársela ahora. ¿No te parece?
Tuve la debilidad de acceder. Sin embargo, en nuestro corazón sabíamos
que no había derecho a aquello. Porque las medicinas estaban tan escasas
en la enfermería que teníamos que reservar la aspirina para casos más
graves que un simple dolor de oídos. Aun guardando la cola, era dudoso
que la Califactorka recibiese una tableta. Pero eso no hacía al caso:
habíamos abusado en beneficio propio del puesto que ocupábamos en el
campo. En circunstancias normales, dudo que tanto mi amiga como yo
hubiésemos caído tan bajo. Pero estábamos en Birkenau-Auschwitz, y nos
moríamos de hambre.
Con sumo cuidado, mi amiga deslizó las dos tabletas de aspirina para que
las cogiese la Califactorka. Ella a su vez, partió un plazki en dos con
sus sucias manos y nos lo pasó furtivamente.
Miré de reojo a mi amiga. Las dos estábamos rojas de vergüenza.
CAPÍTULO XV
Nacimientos Malditos
El problema más angustioso que teníamos al atender a nuestras compañeras
era el que nos planteaban los alumbramientos. En cuanto nos llevaban a
la enfermería a un recién nacido, tanto la madre como la criatura eran
mandadas a la cámara de gas. Así lo habían dispuesto nuestros amos. Sólo
cuando el bebé no tenía probabilidades de seguir viviendo o cuando nacía
muerto, se perdonaba la vida a la madre y se la permitía regresar a la
barraca. La consecuencia que sacábamos de aquel hecho era muy sencilla.
Los alemanes no querían que viviesen los recién nacidos; si vivían,
también las madres tenían que morir.
Las cinco sobre las cuales recaía la responsabilidad de ayudar a nacer a
estos niños y sacarlos al mundo —al mundo de Birkenau-Auschwitz—
sentíamos el peso de aquella conclusión monstruosa, que desafiaba todas
las leyes humanas y morales. El que careciese además de sentido desde el
punto de vista médico no importaba de momento. ¡Cuántas noches pasamos
en vela, pensando una y otra vez en este trágico dilema y dándole
vueltas en la cabeza! Al llegar la mañana, las madres y sus criaturas
iban a morir.
Un día, nos pareció que habíamos venido comportándonos con debilidad
desde hacía bastante tiempo. Por lo menos, teníamos que salvar a las
madres. Para ello, nuestro plan sería simular que los niños habían
nacido muertos. Pero, aún así, había que tomar muchas precauciones,
porque si los alemanes llegaban a sospecharlo, también nosotras iríamos
a parar a la cámara de gas... y, probablemente, a la cámara de tortura
primero.
Cuando se nos comunicaba que alguna mujer había empezado a sentir
dolores de parto durante el día, no llevábamos a la paciente a la
enfermería. La extendíamos sobre una manta en una de las koias de abajo,
en presencia de sus compañeras.
Cuando los dolores le comenzaban de noche, nos aventurábamos a trasladar
a la mujer a la enfermería, porque al amparo de la oscuridad, podíamos
proceder con relativa seguridad. En la koia casi nunca estábamos en
condiciones de hacer a la paciente un reconocimiento regular. En la
enfermería teníamos nuestra mesa de reconocimiento. Es verdad que
carecíamos de antisépticos y que había un enorme peligro de infección,
porque era la misma habitación en que curábamos heridas purulentas.
Pero, desgraciadamente, al recién nacido no le podía tocar otra suerte.
Después de tomar todo género de precauciones, cerrábamos con pinzas la
nariz del infante y cuando abría la boca para respirar, le
suministrábamos una dosis de un producto mortal. Hubiese sido más rápido
ponerle una inyección, pero podría dejar huellas, y no nos atrevíamos a
inspirar sospechas a los alemanes.
Colocábamos al niño muerto en la misma caja en que nos lo habían traído
de la barraca, si el parto había ocurrido allí. Por lo que hacía a la
administración del campo, aquello pasaría como el nacimiento de un niño
muerto.
Y así fue como los alemanes nos convirtieron también a nosotras en
asesinas. Hasta hoy mismo, me persigue el recuerdo de aquellos nenes
asesinados. Nuestros hijos habían perecido en las cámaras de gas y
cremados en los hornos de Birkenau, pero nosotras disponíamos de las
vidas de otros antes de que pudiesen emitir su primer vagido con sus
minúsculos pulmones.
Con frecuencia me pongo a reflexionar qué destino esperaría a aquellas
criaturas, asfixiadas en el mismo umbral de la vida. ¿Quién sabe? A lo
mejor matamos a un Pasteur, a un Mozart, a un Einstein. Pero, aunque
aquellos niños hubiesen estados destinados a pasar una vida oscura,
nuestros crímenes no dejaban de ser menos terribles. La única
compensación y consuelo que nos quedaba era que gracias a aquellos
asesinatos, salvamos la vida de las madres. Sin nuestra intervención,
hubiesen sido víctimas de males peores, puesto que los hubiesen echado
vivos en los hornos de los crematorios.
Sin embargo, procuro en vano aquietar mi conciencia. Sigo viendo a
aquellos infantes salir del vientre de su madre. Todavía siento el calor
de sus cuerpecitos en mis manos. No salgo de mi asombro al ver lo bajo
que aquellos alemanes nos hicieron caer.
* * *
Nuestros amos no esperaban a que los nacimientos se impusiesen en
Auschwitz. De cuando en cuando —porque todas las medidas que se
adoptaban eran intermitentes sin excepción y estaban sujetas a cambios
caprichosos— mandaban a todas las mujeres en estado a la cámara de gas.
Generalmente, las embarazadas que llegaban en transportes judíos eran
colocadas inmediatamente a la izquierda cuando se las seleccionaba en la
estación. Las mujeres solían llevar varios vestidos, uno encima del
otro, con la esperanza de poder conservarlos. Por eso, aun los casos
bien definidos de embarazo eran difíciles de descubrir antes de que las
deportadas fuesen obligadas a desnudarse. Además, no podían fiarse
totalmente del control preliminar para determinar los embarazos
recientes. Aun dentro del campo, no era fácil definir quiénes eran las
mujeres que estaban esperando familia. Porque corrió el rumor de que era
extraordinariamente peligroso estar embarazada. Las que llegaban en tal
estado se ocultaban, consecuentemente, donde podían, y para eso contaban
con la cooperación activa de sus compañeras.
Por increíble que parezca, algunas lograban ocultar su condición hasta
el último momento, y los partos se efectuaban en secreto en las
barracas. Jamás olvidaré mientras viva aquella mañana en que, durante la
revista, en medio del silencio mortal que reinaba entre millares de
deportadas, surgió un grito penetrante. Una mujer sintió inesperadamente
en aquellos momentos los primeros dolores del parto. No hace falta
describir lo que ocurrió a aquella pobre desventurada.
No tardaron mucho los alemanes en advertir que en los trenes sucesivos,
era extraordinariamente bajo el número de embarazos que consignaban los
informes. Decidieron tomar medidas más enérgicas, de tal manera que no
les quedase ninguna duda en cuanto a ese punto.
Los médicos de barraca, quienes tenían la obligación dé dar cuenta de
las embarazadas, recibieron órdenes rigurosas. Sin embargo, más de una
vez vi yo a los médicos desafiar todos los peligros y certificar que una
determinada mujer no estaba en estado, cuando sabían positivamente que
era falso. El doctor O. asistía al infame doctor Mengerle, director
médico del campo, y negó todos los casos de embarazo que podían ser
discutidos. Más tarde, la enfermería del campo se consiguió no sé cómo
un productor farmacéutico que, por medio de una inyección, provocaba
partos prematuros. ¿Qué podíamos hacer nosotras?
Siempre que era posible, los médicos apelaban a este procedimiento, que,
indudablemente, constituía un horror menos torturante para la madre.
Sin embargo, el número de embarazos siguió increíblemente bajo, y los
alemanes emplearon para salir de dudas sus añagazas habituales.
Anunciaron que las mujeres en estado, aun las judías que todavía seguían
con vida, iban a ser tratadas con especial consideración. Se les
permitiría no asistir a las revistas, recibirían una ración mayor de pan
y de sopa, y podrían dormir en una barraca especial. Por último, se les
hizo promesa de que serían trasladadas a un hospital en cuanto les
llegase la hora.
—El campo no es una maternidad —proclamaba el doctor Mengerle.
Esta declaración, trágicamente verdadera, parecía ofrecer grandes
esperanzas a muchas de aquellas desgraciadas mujeres.
—¿Por qué había nadie de creer lo que los alemanes afirmaban? ¿Cómo es
que se fiaban de sus declaraciones? En primer lugar, porque muchas no
conocieron nunca los horrores finales, hasta que era demasiado tarde
para podérselo comunicar a sus compañeras. En segundo lugar, porque no
había ser humano capaz de sospechar hasta dónde podían llegar aquellos
hombres, cuáles eran los planes que diariamente elaboraban, y cuál de
ellos formaba parte de su proyecto de conquista universal.
El doctor Mengerle no perdió una sola ocasión de hacer a las mujeres
preguntas indiscretas e indebidas. No ocultaba la diversión que le
producía enterarse de que alguna de las embarazadas no había visto a su
marido soldado durante muchos meses.
En cierta ocasión asedió a preguntas a una muchacha de quince años, cuyo
estado se relacionaba sin duda con su llegada al campamento, con la cual
coincidía cronológicamente. La interrogó detenidamente e insistió en
enterarse de los detalles más íntimos. Cuando, por fin, quedó satisfecha
su curiosidad, la mandó con el primer rebaño de seleccionadas.
El campo no era una maternidad. Sólo era la antecámara del Infierno.
CAPITULO XVI
Algunos Detalles de la Vida Detrás de las Alambradas
Hacia fines de noviembre de 1944, disminuyó un poco la vigilancia
alemana. Especialmente nos satisfizo la desaparición de los centinelas
alemanes, que previamente montaban guardia a lo largo de las alambradas.
Ahora, los hombres y las mujeres de los campos contiguos tenían libertad
relativa para intercambiar unas cuantas palabras a través de los
vallados.
El espectáculo era para no olvidarlo jamás. Las parejas estaban
separadas por una alambrada cargada de electricidad, cuyo contacto era
mortal, por ligero que fuese. Se quedaban con las rodillas clavadas en
la nieve a la sombra de los crematorios, y hacían "planes" para el
futuro, comunicándose los últimos rumores.
Si, por lo menos, aquellas reuniones estuviesen autorizadas y, por
tanto, careciesen de peligro... Pero tales citas estaban prohibidas
todavía. El respiro fue temporal y nada más. Lo único que hacía falta,
como ocurrió hasta el fin, era que un guardián de las S.S. rompiese el
fuego contra el grupo. A veces había algún centinela perverso o sádico,
que esperaba media hora, y hasta una, adrede, a que las parejas
aumentasen en número. Entonces, un tiro sobre el grupo no sería munición
derrochada en balde.
Pero los internados no prestaban atención a tal amenaza. La naturaleza
humana puede acostumbrarse a todo, aun a la presencia constante de la
muerte. Por un momento de gusto eran capaces de arrostrar cualquier
peligro. ¡Eran tan raros los gustos y valía tan poco la vida en
Auschiwitz-Birkenau!
Cierta tarde de domingo, fue conducida a la enfermería una bonita
muchacha húngara, de veinte años aproximadamente. Estaba herida de un
tiro en los ojos. Me enteré de que había trabado relaciones con un
prisionero francés estudiante, que había sido arrestado como miembro de
la resistencia. Se habían visto de un lado y otro de la valla de púas y
se habían enamorado. Aquel día, le dio a un centinela por divertirse,
disparando su arma sobre el grupo. La bala se le había alojado a la
chica en el ojo derecho.
Tenía la cara cubierta de sangre, y la desventurada nos rogaba que le
dijésemos si recuperaría la vista.
—Si no voy a poder volver a ver a Georges, ¿para qué quiero vivir? ¡No
quiero quedarme ciega!
La llevamos al Campo F, donde fue operada. Había que sacarle el ojo
derecho, y el izquierdo corría también peligro. No podíamos decirle tal
cosa. Por el contrario, le aseguramos que todo estaría bien otra vez
dentro de unos cuatro meses.
Una hora más tarde, otro grupo se reunía frente a las alambradas. Todo
el mundo había olvidado el incidente.
Aquellos alambres de púas eran el auténtico símbolo de nuestra
cautividad. Pero también tenían poder para darnos la libertad. Todas las
mañanas encontraban los trabajadores cadáveres contorsionados, que se
habían quedado adheridos a los cables de alta tensión. De aquella manera
lograron muchos poner fin a sus torturas. Había un equipo especial
dedicado a arrancar los cadáveres de las alambradas con pértigas
provistas de ganchos. El espectáculo de aquellos cuerpos contrahechos
nos producía sentimientos encontrados. Nos daba lástima, porque aquellas
muertes eran verdaderamente horribles; pero, por otra parte, no
dejábamos de envidiarlos. Habían tenido valor suficiente para quitarse
una vida, que ya no merecía siquiera el nombre de tal.
* * *
Corrían en los campos de Auschwitz-Birkenau, y más tarde, en todas
partes, numerosas historias sobre el tatuaje de los prisioneros. Algunos
creían que todos los cautivos eran tatuados en cuanto llegaban. Otros
suponían que el tatuaje significaba que no iban a ser enviados a la
cámara de gas, o que, cuando menos, era necesaria una autorización
especial de Berlín para ejecutar a un internado o internada que hubiese
sido marcado con el tatuaje. En nuestro mismo campo, había muchas que
estaban seguras de ello.
Lo que pasaba en realidad era que, como en tantos otros asuntos, no
había regla fija. A veces, todos los deportados eran tatuados en cuanto
llegaban al campo de concentración. Pero se volvía a abrir la mano más
tarde, y no se tatuaba a ninguno de los internados corrientes durante
varios meses.
Los destinados a Birkenau eran mandados a sus respectivos campos sin
número de matrícula. Indudablemente, tales formalidades resultaban
superfluas para los mismos alemanes, porque aquella pobre gente no iba a
servir más que de combustible para los crematorios.
En cuanto a los tatuajes que se hacían a las deportadas, la cosa daba
que pensar. Cuantas tenían algo de responsabilidad, las blocovas y otras
empleadas de inferior categoría, así como las que trabajaban en los
hospitales, eran tatuadas. Ya no se las consideraba como "Haftling",
sino como "Schutzhaftling" o sea, prisioneras protegidas. En la
Schreibstube se les entregaban tarjetas individuales con sus nombres y
otros datos. En caso de muerte natural, en aquella ficha figuraba toda
la información personal. En caso de ser ejecutadas, se añadían las
iniciales "S B", que significaba "Sonderbehandlung", o sea, trato
especial. Las personas no tatuadas carecían de registro de muerte en los
ficheros. No eran más que números en las estadísticas de "producción" de
la planta exterminadora.
La operación del tatuaje era llevada a cabo por deportados que prestaban
servicios en el "Politische Buró" (Oficina Política). Utilizaban
punzones aguzados de metal. Inscribían el número de registro del
interesado o interesada en la piel del brazo, de la espalda o del pecho.
La tinta que inyectaban bajo la epidermis era indeleble.
Cuando moría una persona tatuada, su número de registro quedaba
disponible para otro deportado, porque los alemanes, no sé por qué,
jamás pasaban del número 200,000. Cuando llegaban a él, empezaban otra
serie. Los deportados raciales tenían un triángulo o una Estrella de
David al lado de su número.
El tatuaje era doloroso cuando se aplicaba, y siempre iba seguido de
inflamación. Es imposible describir el efecto que aquella marca ejercía
sobre el espíritu del individuo. Una mujer tatuada se imaginaba que
había acabado para siempre su vida, que ya no era más que un número.
Yo era la número "25,403". Todavía lo llevo en el brazo izquierdo y me
acompañará a la tumba.
* * *
El tatuaje no era el único procedimiento para estigmatizar a los
deportados. Los alemanes nos marcaban con otros signos visibles, que
indicaban nuestra nacionalidad o categoría. Sobre la ropa, encima del
corazón, llevábamos una insignia triangular en un pedazo de tela blanca.
La letra P significaba polaco; la R, ruso. La marca "N.N." (Nacht una
Nebel) significaba que el que la llevaba estaba condenado a muerte.
Estas palabras, que significaban "noche y niebla" se habían tomado de
una organización secreta holandesa. En el campo, no teníamos idea de lo
que aquellas dos enes querían decir. Yo me enteré por los miembros del
movimiento de resistencia.
Había numerosos prisioneros de guerra polacos y rusos, pero también
estaba representado en la grey de cautivos el ejército francés. Entre
los distinguidos figuraban el teniente coronel Robert Blum, Caballero de
la Legión de Honor y jefe del movimiento de resistencia en la región de
Grenoble; el capitán Rene Dreyfus, Caballero de la Legión de Honor y
sobrino de Alfred Dreyfus; y el general médico Job, quien fue ejecutado
a pesar de sus setenta y seis años, lo mismo que el coronel y el
capitán.
Entre los "sin nombre" de Birkenau-Auschwitz, encontramos prisioneros
que, antes de su cautiverio se llamaban Genevieve De Gaulle y Daniel
Casanova, ambos miembros importantes del movimiento de resistencia
francés.
El color de la insignia variaba según la categoría del internado. Los
"asociados", o sea, los saboteadores, las prostitutas, y cualquiera que
intentase rehuir el trabajo, llevaban un triángulo negro. El triángulo
verde estaba reservado a los criminales comunes. También había
triángulos de color rosa y violeta, pero eran raros. El primero servía
para indicar a los homosexuales; el segundo, a los miembros de la secta,
"Bibelforschers". El uniforme de los internados judíos estaba marcado
con una lista roja en la espalda, y su triángulo adornado con una tira
amarilla. En Birkenau, aquellas insignias equivalían a tarjetas de
identidad.
Bueno es decir de paso que la gente que había en el campo era
principalmente cristiana, más bien que judía, como pudieran suponer
muchos lectores occidentales. En realidad, la población de Auschwitz
estaba integrada por un 80 por ciento de cristianos. La razón es obvia.
La mayor parte de los judíos eran mandados inmediatamente a las cámaras
de gas y a los crematorios. De los sucesos a que me refiero en este
libro fueron víctimas católicos, protestantes y ortodoxos griegos, así
como cualquiera que, lo mismo que los judíos, fueran considerados por
los amos alemanes como sacrificables.
* * *
En Birkenau había muchas monjas y sacerdotes, sobre todo de Polonia.
Algunos habían sido miembros del movimiento de resistencia, o colaborado
con él. Otros habían sido detenidos por denuncias, o acaso,
sencillamente, porque sí.
Las prácticas religiosas estaban prohibidas en el campo bajo pena de
muerte inmediata. Los alemanes consideraban a todos los eclesiásticos
como seres que estaban de más, y les asignaban las tareas más difíciles.
La verdad es que las torturas y humillaciones a que se sometía a los
sacerdotes eran, con frecuencia, más horribles que ninguna otra de las
que vi allí. Los clérigos eran utilizados para distintos experimentos,
entre ellos la castración.
En 1944 llegó a Auschwitz un gran número de sacerdotes. Se los hizo
pasar por las formalidades de rigor, el baño, el corte de pelo y los
registros. Los alemanes les quitaron sus libros de rezo, sus crucifijos
y otros objetos religiosos, y les dieron andrajos carcelarios rayados.
Con gran extrañeza de los prisioneros empleados, a los sacerdotes no se
les mandó tatuar. Pero los alemanes no hacían nada sin malicia. Aun
antes de que los sacerdotes hubiesen entrado en los "baños", ya la
administración había dado órdenes de que fuesen muertos aquella misma
tarde.
A fines de septiembre, un ministro protestante de Inglaterra y L.
recibieron la orden de vaciar una enorme trinchera que estaba llena de
agua.
—¡Ustedes son las Potencias Aliadas, y el agua de la zanja es la fuerza
alemana! —gritó el guardián de las S.S.—. ¡Vacíenla!
Aquellos dos hombres estuvieron cargando cubetas de agua durante varias
horas, jadeando bajo el látigo, porque los alemanes que los vigilaban se
entretenían en azotarlos y en reírse de ellos. El agua conservó su mismo
nivel. La zanja estaba alimentada por un manantial. Tal era el humor
alemán.
En el hospital, pude conocer a muchas monjas deportadas. Una se hizo
amiga íntima mía. Desde la caída de Polonia, le había tocado pasar por
varias cárceles, y en el decurso de los interrogatorios, la habían
maltratado y golpeado muchas veces. Los alemanes jamás pudieron acusarla
de crimen o delito concreto de ningún género. Si hubiese sido así, acaso
la habrían condenado a un periodo de cárcel, con lo cual su vida hubiese
sido más fácil que la que le tocó en el campo.
En Birkenau fue víctima de increíbles humillaciones. Cuando le
arrebataron su hábito religioso, a los guardias alemanes se les ocurrió
vestirse con él. Y para llevar la broma adelante, se pusieron a ejecutar
danzas obscenas en su presencia. Se la obligó a desfilar desnuda ante
las tropas de las S.S. Deporte alemán.
Los alemanes hicieron una gran colección de hábitos de monja y se los
dieron a las mujeres de sus lupanares.
Las Hermanas internadas en nuestro campo llevaban la misma existencia
que nosotras. Sus más duras privaciones procedían de las restricciones
en su vida religiosa: allí no había misa, ni confesión, ni sacramentos.
Una monja de unos treinta años fue trasladada a nuestro hospital después
de haberse sometido a experimentos de rayos X. A pesar del dolor que le
produjeron aquellas experiencias, se comportó con gran valor. Rezaba
todo el día en silencio y no pedía nada. Cuando le preguntábamos qué tal
se sentía, nos contestaba:
—Gracias. Hay muchos que padecen mucho más que yo.
Sus sonrisas pacientes constituían para nosotros una tortura, pero
también un aliento. Comprendíamos los sufrimientos horribles que estaba
pasando. Y lo peor era que no podíamos hacer nada para aliviárselos.
Cuando la registraron al llegar, protestó firmemente al arrebatársele el
rosario y las estampas piadosas. Los alemanes la habían golpeado, le
arrancaron aquellos sagrados objetos de las manos y los pisotearon.
Pero aun entonces, tuvo el valor de declarar:
—No hay nación que pueda existir sin Dios.
Los alemanes podrían haberla matado al principio, pero sabían que la
muerte era llevadera en comparación con los otros métodos que
utilizaban. Por eso prefirieron mandarla a la estación experimental. De
allí fue trasladada a nuestro hospital. Al cabo de unos cuantos días,
los alemanes anunciaron su traslado a otro campo de concentración.
Pasaron unas horas, poco menos que desesperadas, mientras aguardábamos a
que viniesen a recogerla. Estábamos nerviosas, y algunas hasta
llorábamos. Pero la religiosa no perdió en ningún momento la expresión
beatífica de su semblante.
—No se apesadumbren por mí —dijo—. Me voy a mi Señor. Pero debemos
despedirnos primero. Recemos.
En silencio, las demás mujeres, fuesen protestantes, católicas o judías,
rezaron con ella. Hasta las que habían perdido la fe se unieron a
nosotras para consolarla en sus últimas horas. Estábamos todavía en
oración, cuando llegaron los alemanes con su camión de la muerte.
Los sacerdotes y las monjas del campo habían acreditado que poseían
verdadera presencia de ánimo y energía. Pocas veces se encontraban seres
humanos así, como no fuesen los deportados que estaban animados por la
fe en un ideal. Además de los clérigos, los miembros activos del
movimiento de resistencia eran los únicos que tenían espíritu elevado,
juntamente con los comunistas militantes.
Muchos de los eclesiásticos fueron ejecutados poco después de su
llegada. Con frecuencia ocurría que los que escapaban a la primera
selección sucumbían víctima de las enfermedades. Los demás eran
conducidos a la muerte con diabólico aparato. En realidad, puede decirse
que las monjas y los sacerdotes de los países martirizados pagaron un
fuerte tributo a los alemanes.
* * *
En el Campo D, destinado exclusivamente a hombres, había una barraca
reservada a niños varones. Una tarde se reunieron los pequeños por orden
de las S.S. para pasarles revista y proceder a una selección. No sé cómo
era que habían sobrevivido a la selección inicial realizada en cuanto
llegaron, o acaso no se había verificado ninguna hasta entonces. El
procedimiento que empleaban era espeluznante. Tendían una cuerda a
determinada altura, y todos los que pasaban por debajo de aquella talla,
automáticamente eran apartados para la cámara de gas. De cien niños,
sólo sobrevivieron cinco o seis.
Cuando caía la tarde, los internados adultos se quedaban mirando,
estupefactos, cómo arrancaban hacia Birkenau veinte camiones cargados
con aquellos niños desnudos y tiritando de frío. A medida que pasaban
los camiones, los pequeños gritaban sus nombres para que sus padres lo
supiesen.
La mayor parte de los pequeños condenados a muerte sabían cuál era el
sino que les esperaba. Por eso era sorprendente ver su calma. Parecía
como si el campo de concentración les hubiese dado una madurez precoz,
porque aceptaron la noticia con más sang froid que los adultos, más
fuertes que ellos.
Un prisionero me dijo que estuvo en la barraca de los niños cuando
esperaban los camiones. Se habían sentado en el suelo, con los ojos muy
abiertos y en silencio.
Entonces preguntó a uno de ellos:
—Bueno, ¿cómo estás, Janeck?
Con gesto pensativo, el niño le contestó:
—Todo es tan malo aquí, que forzosamente "lo de allí" será mejor. No
tengo miedo.
Hablé a un muchacho de doce años del campo checo, que andaba a lo largo
de la alambrada de púas, buscando algo que comer. Después de conversar
con él unos minutos, le dije:
—Karli, ¿sabes que eres demasiado listo?
—Sí —me respondió—, sé que soy muy listo, pero también sé que nunca
tendré oportunidad de ser más listo. Eso es lo trágico.
Circuló por el campo la historia del valor con que se comportó un
muchachillo antes de subir al camión que lo iba a conducir a la cámara
de gas.
—No llores, Pista —dijo a otro pequeño húngaro—. ¿No has visto cómo
mataron a nuestros abuelos, a nuestros padres, a nuestras madres y a
nuestras hermanas? Pues ahora nos toca a nosotros.
Antes de penetrar en el transporte, se volvió al soldado de las S.S. con
expresión sombría y añadió:
—Pero hay una cosa que me da mucho gusto. Y es que tú también vas a caer
pronto.
Aquella tarde, según limpiaba la letrina del hospital, me vi ayudada por
un grupo de muchachos de quince o dieciséis años, procedentes del Campo
D. Eran los únicos supervivientes de la liquidación en masa. Nos dijeron
confidencialmente que los miembros del Sonderkommando, aunque
endurecidos ya por los asesinatos que les habían obligado a cometer, se
habían indignado tanto, que dejaron escapar, a riesgo de su propia vida,
a unas cuantas de las víctimas. Estos niños se habían reunido con sus
camaradas. Cuánto tiempo gozarían de su libertad sin que lo advirtiesen
los alemanes, era difícil de asegurar.
Una vez más, las madres de nuestro campo pasaron una noche sin pegar los
ojos. ¿Cómo iban a poder conciliar el sueño, si estaban obsesionadas
eternamente por el miedo de que sus hijos hubiesen sido liquidados en el
Campo D? Había entre ellas muchas que se negaban a creer que ya habían
exterminado a sus hijos, el mismo día en que llegaron.
El Campo E, era el hogar de los gitanos. La mayor parte de sus ocho mil
ocupantes eran bohemios, trasladados de Alemania. Pero también había
unos cuantos de Hungría, Checoslovaquia, Polonia, y hasta de Francia.
Durante algún tiempo, sus condiciones de vida eran mejores que en los
demás campos. En efecto, estaban vestidos casi pasablemente, mientras
que nosotras parecíamos espantajos. Su alimento era comestible, y
disfrutaban de distintas libertades prohibidas a los demás prisioneros.
De cuando en cuando abusaban de aquellos privilegios, y cuando tenían
ocasión, explotaban a los otros deportados, cosa que divertía a los
alemanes.
Pero un día cambió todo aquello. Las autoridades habían tomado una
decisión.
El primero de agosto, el médico jefe alemán reunió a todos los doctores
internados en el Campo E, y les hizo firmar un papel en el cual se
afirmaba que se habían declarado graves epidemias de tifus, escarlatina,
etcétera en el Campo E.
Uno de los médicos tuvo el valor de advertir al alemán que eran
relativamente escasos los enfermos que había en aquel campo, y que no se
había declarado caso ninguno contagioso.
El doctor jefe de las S.S. replicó irónicamente:
—Ya que manifiesta usted un interés tan positivo por la suerte de estos
internados, va a seguirlos a su nueva casa.
Por "su nueva casa" entendía, naturalmente, el crematorio.
Unas horas después, llegaron los camiones. La partida de los gitanos fue
acompañada de diversos incidentes. Sospechando lo que se maquinaba, unos
cuantos gitanos intentaron esconderse sobre el tejado, en los lavabos y
en las zanjas. Pero se los cazó uno a uno.
No se me puede olvidar el grito de una madre gitana de Hungría. Ya no se
acordaba de que la muerte esperaba a todos ellos. Sólo pensaba en su
hijo, cuando imploraba:
—¡No me lleven a mi hijito! ¿No ven ustedes que está enfermo?
Las voces de las S.S. y el llanto de los niños despertó a los ocupantes
de los campos circunvecinos. Ellos fueron los testigos horrorizados de
la partida de los camiones. Aquella misma noche, grandes llamaradas
rojas subían de las chimeneas del crematorio. ¿Qué crimen habían
cometido los gitanos? Es que constituían una minoría, lo cual era
suficiente para condenarlos a muerte.
El exterminio de los judíos —polacos, lituanos, franceses, etcétera— se
llevaba a cabo por grupos nacionales. La liquidación de los judíos
húngaros se verificó el verano de 1944. Aquella liquidación en masa no
tenía precedentes en los anales de Birkenau. En julio de 1944, los cinco
hornos del crematorio, la misteriosa "casa blanca" y la zanja de la
muerte funcionaron a toda su capacidad.
Llegaban diariamente diez transportes. No había suficientes trabajadores
para trasladar todo el equipaje, por lo cual era amontonado en pilas
enormes y que quedaba allí días y días, en la estación.
Se mandó un cupo más de Sonderkommandos, pero todavía no fue bastante.
No menos de cuatrocientos griegos de los transportes de Corfú y Atenas
fueron incorporados al Sonderkommando. Entonces ocurrió algo
verdaderamente extraordinario. Aquellos cuatrocientos deportados
demostraron que, a pesar de las alambradas y de los látigos, no eran
esclavos sino seres humanos. Con dignidad admirable, los griegos se
negaron a matar a los húngaros. Declararon que preferían morir antes. Y
así sucedió, desgraciadamente. Los alemanes en seguida satisficieron su
gusto. ¡Pero qué demostración de valor y de carácter dieron aquellos
campesinos griegos! ¡Lástima que el mundo no conozca más pormenores
respecto de aquellos hombres!
Como había tantos seres humanos a quienes liquidar, los medios de
exterminación estaban totalmente ocupados. Debían dedicarse más
edificios a cámaras de gas. Se excavaron grandes zanjas, se atestaron de
cadáveres y se les cubrió de leña. No había tiempo que perder. Muchos
desventurados que no habían acabado de morir en la cámara de gas fueron
arrojados también a las zanjas y quemados juntamente con los demás. Tal
era la eficiencia alemana.
Este exterminio en masa fue emprendido con la complicidad activa del
gobierno húngaro amigo de los alemanes. Así ocurrió que Hungría fue la
única nación que envió comisiones oficiales a los campos para llegar a
un acuerdo con la administración sobre las proporciones y rapidez de las
deportaciones. Las autoridades fascistas de Budapest cooperaron,
haciendo escoltar a sus deportados por policías húngaros, medida que no
adoptó ningún otro gobierno europeo, por muy colaboracionista que fuese.
La llegada de los policías húngaros a Auschwitz, de la que fui testigo,
dio pie a una escena increíble. Los deportados húngaros que habían
llegado en trenes anteriores se pusieron a gritar jubilosamente cuando
vieron aquellos uniformes. Se sentían tan nostálgicos de su patria, que
se lanzaron hacia las alambradas y daban muestras de su regocijo y
entusiasmo cantando y sollozando, hasta que terminaron por entonar a
coro unánime su himno nacional. ¿Creían acaso que la policía venía a
rescatarlos?
Aquello resultó una tragicomedia, porque los recién llegados a quienes
aclamaban con tal fervor habían ido a entregar a sus mismos camaradas a
los soldados de las S.S. De no haber intervenido los guardianes y
centinelas del campo, aquellos patriotas hubiesen estrechado entre sus
brazos a sus queridos paisanos.
Unos cuantos latigazos y algunos disparos de revólver separaron a los
pobres prisioneros de los policías, cuyos cascos, adornados con plumas
de gallo, les habían recordado las llanuras húngaras y las lozanas
colinas de Buda, que se reflejaban en las aguas brillantes del Danubio.
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