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CAPITULO XVIII
Nuestras Vidas Privadas
Durante seis meses estuve compartiendo el angosto espacio de la Habitación 13
con cinco personas. La doctora "G." era, según creo, la más interesante de mis
compañeras. Había sido médico en Transilvania, y no quería aceptar, hasta el
extremo de que era positivamente peligroso para ella, el hecho de que ya no
vivía su existencia anterior a los días de Auschwitz. Todas las tardes nos
contaba que la blocova la había invitado a tomar el té, y describía aquello como
si fuese uno de los tés elegantes de sociedad que conociera antes de la guerra.
Nosotras sabíamos lo que había sido el "té social" de que nos hablaba. ¿Qué
clase de té podría nadie tener en aquel lugar? Pero la doctora insistía en
pintarnos de color de rosa la escena y cuando se refería a su persona. Así vivía
en un mundo aparte de fantasía, que ella misma se había creado.
Mi segunda compañera era una muchacha rubia yugoslava. Se las echaba de médica,
pero todas las de la enfermería sabíamos de sobra que no había nada de aquello.
Lo más, podía haber estudiado el primer año de medicina. No se atrevía a aplicar
un vendaje, y tenía mucho miedo a que los alemanes descubriesen que había
mentido, porque terminaría en el crematorio, como les había ocurrido a otras que
declararon falsamente ser médicas.
En cuanto caía en sus manos un libro de vulgarización que tratase de medicina,
se ponía a estudiarlo vorazmente. No teníamos verdaderos libros de medicina. Los
únicos de que podíamos disponer eran folletos de uso familiar, en que se daban
"consejos médicos". La verdad era que los conocimientos elementales que poseía
pudieran acaso bastarle en un ambiente en que el debido trato médico era
imposible. Más tarde se la destinó al hospital de enfermedades contagiosas. Allí
podía haber hecho mucho daño, porque no sabía distinguir las enfermedades. Pues
bien, ella era la médica jefe de nuestro hospital, y teníamos que obedecer sus
instrucciones.
Mi tercera compañera era la doctora Rozsa, pediatra checa, médica de verdad.
Trabajaba con entusiasmo y fidelidad a su vocación. Era una mujer fea y de baja
estatura, que debía andar por los cincuenta y cinco. Resultaba emocionante oírla
hablar en términos apasionados y juveniles del gran amor que había dejado allá
en su tierra. Cierto día, se presentó una amiga suya que la había conocido antes
de los tiempos de Auschwitz. Se expresó admirablemente del trabajo magnífico que
había desarrollado la doctora en el pasado. Cuando la doctora Rozsa hubo de
salir, porque la llamaron, y nos quedamos a solas con su amiga, le preguntamos,
de mujer a mujer, por el romance antiguo de la doctora. Entonces nos enteramos
de que el amor de la pobre mujer había sido silencioso, porque aquel hombre
probablemente no supiese nunca ni que existía siquiera. Pero aquella pasión era
una forma de fuga para la doctora, lo mismo que el mundo de ensueño de la
doctora G.
Mi cuarta compañera de habitación, a la que mencionaré con la inicial "S.", era
cirujana de primera clase, y en otro tiempo había sido la principal asistente de
mi marido. La habían llevado al campo en compañía de sus cuatro hermanas, y era
una verdadera mártir del cariño fraternal. Ellas llevaban en el campo la vida
ordinaria de las prisioneras, es decir, padecían todas las penalidades y
privaciones de un campo de concentración. S. sólo vivía para ellas: la suerte de
sus hermanas no se apartaba un momento de su mente en todo el día.
Nuestra quinta compañera era una dentista. Se había casado inmediatamente antes
de ser deportada y la habían detenido juntamente con su marido. Solía decirnos
irónicamente:
—Pasamos nuestra noche de bodas en el vagón de carga.
Más tarde, éramos siete a vivir en el mismo cuchitril. La séptima era Magda,
criatura de corazón generoso que era química de profesión. Fue a la que
"seleccionaron" para ser liquidada al mismo tiempo que a mí. Las dos nos
hurtamos a nuestro sino, y entre nosotras surgió una amistad estrecha. Magda
compartía el angosto camastro con la dentista.
Yo también tenía de compañera de cama a la esposa de otro médico, llamada Lujza.
Dormíamos una en la cabecera y otra a los pies de la yacija, porque de otra
manera no hubiésemos cabido. El problema principal que teníamos era no tirarnos
una a otra del camastro mientras dormíamos, porque era el más alto.
Borka, otra muchacha yugoslava de unos veintidós años, era una de las personas
menos egoístas y más desinteresadas que he visto en mi vida. Ponía un toque
doméstico en nuestro cuartucho, limpiándolo por nosotras.
Otra compañera de habitación, la doctora "Ó.", era precisamente todo lo
contrario que la doctora G. Ésta creaba un mundo grato de fantasía, mientras la
doctora O. siempre ponía las cosas peor de lo que eran en realidad. Con
frecuencia pensábamos si no sería una pesimista por temperamento, o si, más
bien, no la habría hecho así la vida del campo de concentración. Con el tiempo,
llegamos a ser doce las mujeres que nos repartíamos la minúscula habitación. No
había ventilación y era de lo más incómodo, pero la considerábamos como un
paraíso, porque estaba aparte del resto del campo, y en ella podíamos gozar de
un grado mínimo de independencia.
Las trabajadoras médicas estábamos siempre juntas: por la noche en el pequeño
zaquizamí de la Barraca 13, y durante el día en la enfermería. Sabíamos unas de
otras lo que valía la pena, nos reíamos juntas y llorábamos juntas.
Naturalmente, teníamos nuestras diferencias de criterio. Los conflictos que
surgían entre nosotras procedían generalmente de motivos sin importancia.
Carecíamos de sillas. Los únicos sitios en que nos podíamos sentar eran los dos
camastros más bajos, los de la doctora G. y la dentista. Aquellas dos
inteligentes mujeres, quienes probablemente habían sido excelentes amas de casa,
sollozaban como niñas cada vez que nos sentábamos en sus camas. Hasta cierto
punto tenía razón, porque la enfermería estaba sucia y plagada de piojos,
Estábamos expuestas a contraer no sólo las enfermedades de nuestras pacientes,
sino también sus parásitos.
Por extraño que parezca, ninguna de nosotras fue víctima de una infección grave,
aunque eran escasas las precauciones que podíamos tomar contra los gérmenes. La
sarna era la única dolencia a que éramos sensibles. Yo estaba constantemente
contagiándome de ella por las pacientes. La verdad es que la tuve siete veces.
Hice esfuerzos desesperados por conseguirme la medicina necesaria para
tratármela. Me hacía padecer tanto la sarna como los palos que me daban. No me
dejaba dormir ni trabajar, y tenía todo el cuerpo cubierto de heridas de tanto
rascarme. Cuando me conseguía unturas que aplicarme, mis compañeras de cuarto
protestaban si las usaba de noche. El emplasto despedía un olor horrible y
apestaba la habitación.
Aquella pomada nos dividió en dos bandos. Uno de ellos toleraba que me lo
aplicase de noche, para poder aplacar un poco mi tortura; el otro insistía en
que lo utilizase únicamente de día, cuando estábamos en la enfermería, porque
allí teníamos que soportar muchos olores desagradables, y la peste de la untura
no importaba. Más tarde, Magda y la dentista contrajeron también la sarna, y el
hedor se hizo insoportable y mareante en la habitación.
Todas las mañanas se producía una porfía general por el uso de la palangana.
Téngase presente que éramos doce. Borka, la pequeña yugoslava, tenía que traer
el agua. A veces volvía llorando, porque era tan poca la que se había
conseguido, que no iba a haber suficiente para beber, cuanto más para lavarse.
No teníamos espejo. Pero aún nos quedaba el recurso de mirarnos vagamente en el
agua, si teníamos agua. Cuando empezó a crecernos el pelo, observamos que se nos
estaba poniendo bastante gris. Como carecíamos de cepillos y peines, teníamos la
facha de adolescentes descuidadas. La doctora G. declaró que estábamos hechas
unas adefesios. Consiguió convencer a una de nuestras pacientes, que era
peluquera y tenía un peine, que nos arreglase el pelo a cambio de dos porciones
de pan.
Las cejas me hicieron sufrir mucho al principio. Las tenía ralas por naturaleza,
pero en el campo creían que me las seguía depilando como antes. Mis compañeras
de cautiverio hicieron numerosas observaciones intencionadas contra mí a
propósito de ese detalle. Muchas veces fui apaleada por los alemanes por el
mismo motivo. Por fin, llegaron a convencerse de que, en efecto, había yo legado
a este mundo con escasas cejas. Cuando cayeron todas en la cuenta de que tal era
el caso, cesaron finalmente de atormentarme a costa de eso.
Todos los días teníamos pendencias a propósito del "Pingajo", algo así como el
hatillo de un mendigo. El "pingajo" era un pedazo de endrajo, una media o un
calcetín, y a veces un sombrero viejo, atado en forma de bolsa, que constituía
nuestro maletín, nuestro armario, y nuestra despensa. El contenido de uno de
aquellos pingajos describe perfectamente cuánta era nuestra pobreza. Allí
ocultaba cada prisionera su fortuna: su margarina, su pan y su cucharada de
mermelada. Las prisioneras más ricas podían tener hasta un peine sin dientes.
Cuando entre los efectos guardados en el pingajo había una cajita, se
consideraba como signo inequívoco de "prosperidad".
Como los pingajos eran lujos, estaban prohibidos. No había lugar en la barraca
donde poder esconderlos mientras duraban las revistas, así que los teníamos que
ocultar bajo las faldas. Severos castigos, y a veces la muere, esperaban a quien
dejaba caer su hatillo secreto mientras estábamos en posición de firmes. Su
descubrimiento atraía la tragedia no sólo sobre su propietaria sino sobre todas
las demás, porque justificaba un registro y la confiscación de las posesiones
que tantos sudores y fatigas nos había costado conquistar.
Cuando nos alojamos en la Habitación 13, la cuestión del pingajo estaba
resuelta. Era verdad que allí también teníamos que esconderlos en los rincones
más absurdos, porque la inspección podría descubrírnoslos igualmente. Cuando
llegaba a nuestra noticia que iba a realizarse una inspección, salía cualquiera
de nosotras a retirar los hatillos a tiempo.
Pero no estaban seguros de las demás prisioneras. Mientras nos hallábamos en la
enfermería, se metían a veces en nuestra habitación y robaban nuestros tesoros.
La doctora G. y la dentista, que eran las más "ricas", siempre se estaban
lamentando de los hurtos.
La doctora Rozsa era la única que no perdía nunca nada, porque no tenía nada.
Era como una niña grande: por lo menos, no tenía deseo de almacenar "riqueza".
La doctora G., quien era una buena médica, procuraba convertir en realidad su
mundo de ensueño. Tenía una "doncella", lujo que sólo las blocovas podían
permitirse. Todas las mañanas, antes de levantarse, entraba una de sus
pacientes, le limpiaba los zapatos, le arreglaba la ropa, y hacía su cama. La
doctora G. era dueña inclusive de un cobertor de seda. Para no inspirarnos
envidia, más tarde nos consiguió uno para cada una de nosotras; pero estaban
hechos una lástima y eran de calidad inferior. Era la única de nuestro grupo que
no lavaba la ropa, ni siquiera en el campo. Su blusa blanca se la lavaba la
"doncella", y la blocova le había permitido que se la planchara con su misma
plancha.
La doctora G. siempre andaba probándose vestidos. Se los conseguía en el mercado
negro o se los regalaban, y ella después los reformaba. Hacia el final de
nuestro cautiverio, cuando oíamos los cañonazos de los rusos, la doctora G. nos
dijo:
—Bueno, muchachas, ha llegado la hora de que me confeccione un vestido de viaje.
La pesimista replicaba:
—Pero, querida, nos matarán.—¿Y si no nos matasen? —insistía la doctora—. Me
quedaría sin un vestido de viaje.
Nos echamos a reír. En medio de todo, le estábamos muy agradecidas. Aquélla su
intensa feminidad nos proporcionaba muchos momentos de distracción.
Los vestidos de G. fueron aumentando en número, y L. nos construyó un armario
con tres tablas. No era más que para la doctora G., porque a nosotras no nos
hacía falta armario para los miserables andrajos de que disponíamos.
Naturalmente, a cada presa no se le permitía más que un vestido. Por eso G.
siempre andaba afanosa, buscando nuevos escondrijos para sus prendas. Pobre
criatura. Cómo se quedó desolada cuando le robaron de su jergón de paja la falda
plegada, que era el mejor artículo de su guardarropa. También le desapareció el
impermeable azul, que estaba guardando para "salir". De puro sentimiento no pudo
comer en todo el día. Oficialmente, la doctora G. era la ginecóloga del campo, y
la doctora S. su cirujana. G. se hizo cargo de algunos casos quirúrgicos y se
produjo una reyerta entre las dos facultativas. La doctora S. no necesitaba que
se le diesen las gracias por su trabajo, pero a la doctora G. le hacían falta
las alabanzas para seguir soñando y fantaseando. Aunque estábamos muy cerca del
crematorio y vivíamos en un estado constante de terror a la muerte, seguían
terne que terne con su insensata porfía.
A pesar de todo, teníamos unas cuantas almas genuinamente desinteresadas. Por
ejemplo: la polaca rubia, que cuando estaba yo para salir del Bloque 26 para ir
al Bloque 13, se colocó a la puerta y me llamó.
—No puedes dejarnos así —me dijo—. Tenemos que darte una cena de despedida.
—¿Una cena de despedida? —le pregunté—. ¿Qué tenemos para comer?
—Ayer encontré un tubo de dentífrico. Nos lo comeremos —me contestó.
Y, en efecto, las que dormíamos juntas nos apretujamos en un rincón de la koia y
untamos nuestro pan de pasta dentífrica. ¿Se imaginan los lectores que estábamos
locas? Las presas de Auschwitz pocas veces saboreamos una comida mejor que la
que nos tocó disfrutar aquella noche.
A pesar de las diferencias que se producían de cuando en cuando en la Habitación
13, nos teníamos simpatía unas a otras, y frecuentemente demostramos que éramos
capaces de sacrificarnos recíprocamente. Tuve la mala suerte de que mis
compañeras nunca me perdonasen los paquetes que recibí mientras estuve en la
enfermería. Aun con las mejores intenciones del mundo, no podía explicarles
aquello de manera razonable y satisfactorio. Lo compartíamos todo, aun las
adquisiciones más insignificantes. Sin embargo, yo no podía hablar de aquellos
paquetes. Cuando me hacían alguna pregunta, tenía que darles contestaciones
evasivas.
Se comprende que se empezasen a molestar y dar pábulo a la fantasía al ver mi
comportamiento. Lujza, quien era mi compañera de cama y mi mejor amiga, me
comunicó que las demás trataban de adivinar el secreto de aquellos paquetes. Yo
no me atreví a decírselo ni siquiera a Lujza. A veces, cuando no podía
inmediatamente dar salida a un paquete, me lo quedaba por la noche, guardándolo
debajo de la cabeza. De haber sabido ella que lo que yo ocultaba eran
explosivos, no hubiese querido pasar la noche allí.
Una tarde, ya al oscurecer, todas se pusieron de acuerdo en que les explicase a
qué se debían aquellas visitas furtivas que recibía y las excursiones secretas
que hacía a distintos rincones del campo.
—¿Qué quieren todas esas personas de ti, y cómo es que desapareces con tanta
frecuencia en los momentos en que estamos más ocupadas?
No me atrevía a decirles nada. Ellas me castigaron, retirándome la palabra
durante varios días, excepto en la enfermería, donde era absolutamente
necesario.
Afortunadamente, llegó el día de mi santo, y me hicieron el regalo de olvidarse
de mi falta de confianza o mi silencio para con ellas.
Recibí otro presente. L. me trajo un cepillo de dientes usado, al cual le
faltaban las cerdas de un extremo; el preso a quien se lo había comprado por
tres pedazos de pan lo había estado usando varios meses. Mis compañeras se
quedaron estupefactas y encantadas al ver aquel artículo valioso. También causó
sensación la pequeña manzana verde que me regaló un miembro de la resistencia.
Era una manzana de verdad.
CAPÍTULO XIX
Las Bestias de Auschwitz
De todos los S.S. que había en nuestro campo, el que adquirió mayor notoriedad
fue Joseph Kramer, "la bestia de Auschwitz y Belsen", que fue el Criminal No. 1
en el proceso de Luneburg. Pero las internadas teníamos escaso contacto con él.
Como Comandante en Jefe de una gran parte del campo, rara vez abandonaba las
oficinas de la administración, y se presentaba únicamente para realizar
determinadas inspecciones o en ocasiones especiales.
Se debía que Kramer había desempeñado muchos oficios en su vida. Una vez había
sido tenedor de libros. Indudablemente, llevaba los libros sobre las vidas
humanas de Auschwitz con toda exactitud, porque era él quien recibía las órdenes
de Berlín relativas a la escala de exterminio.
Era un hombre robusto. Tenía el pelo oscuro cortado a la marinera, y sus ojos
eran negros y penetrantes. No se olvidaba fácilmente su fisonomía dura y severa.
Tenía un andar pesado y sus maneras eran reposadas e imperturbables. Todo lo
relativo a su personalidad le daba un aire de Buda.
Lo vi una o dos veces en la estación cuando se realizaban las selecciones de los
contingentes recién llegados. Volví a verlo en otras dos ocasiones, en
circunstancias que han llegado grabadas indeleblemente en mi memoria. La primera
fue durante el verano de 1944. No recuerdo la fecha exacta, pero fue el día
después de haber sido liquidado millares de seres humanos del Campo Checo.
— ¡Todo el mundo fuera! ¡Desocupen las barracas!
Aquella orden fue dada a gritos al comenzar la tarde. Se nos reunió en la gran
explanada que había delante de las barracas. En aquella ocasión, los alemanes no
tuvieron en cuenta los precedentes anteriores, porque nos autorizaron a
sentarnos en tierra, privilegio que nos resultó inaudito. En medio de la
multitud de mujeres había muchos hombres. Eran deportados que trabajaban en
nuestro campo y a los cuales generalmente se nos prohibía dirigir una sola
palabra.
De pronto apareció la orquesta del campo. Los músicos, vestidos de uniformes
listados de penados, subieron a la plataforma y empezaron a ejecutar piezas de
música ligera y aires de baile. Me dio un vuelco el corazón. Todos queríamos
descansar y divertirnos, pero me había llevado ya muchas desilusiones para creer
en nada que organizasen los alemanes.
¿Qué podía significar aquel concierto popular? Mientras la orquesta tocaba sus
números modernos de baile, oía los ecos patéticos de los gritos que exhalaban
los hijos de los checos que habían sido asesinados el día anterior.
Inesperadamente, sobre nuestras cabezas aparecieron aviones alemanes. Volaban
tan a ras de tierra que parecían amenazar los tejados de las barracas. Comprendí
de qué se trataba. ¡Nos estaban filmando! Indudablemente, preparaban algún
"documental" sobre la existencia idílica de los campos de concentración nazis.
¿Qué irían a enseñar al mundo? ¡Prisioneros de ambos sexos que tomaban su baño
de sol fuera de las barracas, mientras escuchaban la alegre música del jazz!
¡Qué instrumento más eficaz para la máquina de propaganda alemana, que trataba
de contrarrestar las espeluznantes historias de que ya se había hecho eco la
prensa occidental.
Con una amplia sonrisa en los labios, Kramer, el comandante del campo, se puso a
pasear de pronto entre nosotros. Quizás lo estuviesen fotografiando como
anfitrión generoso y simpático de aquel "puerto de paz". Por lo visto, quería
desempeñar bien su papel en aquella farsa organizada por él.
Pasaron los meses. A medida que el Ejército Rojo avanzaba por las llanuras
polacas, en nuestros corazones empezó a florecer de nuevo la esperanza.
Los que vieron a Herr Kramer durante sus inspecciones dijeron que cada vez tenía
aspecto más preocupado. Cierto día dictó la siguiente orden;
"El Campo No. 1 debe ser liquidado mañana al mediodía. Deberá vaciarse
completamente para su inspección.
Firmado: Kramer"
Ya había sido reducido el número de prisioneros, pero todavía teníamos nosotros
20,000 mujeres. Resultaba casi imposible trasladar aquel gran número de
prisioneras a Alemania en tan poco tiempo. Sin embargo, la orden de Kramer se
llevó a cabo en el periodo dispuesto.
En la tarde siguiente no quedaba nada en el No. 1, como no fuese el hospital con
sus mil pacientes y su personal, incluyendo las que estábamos en la enfermería.
No nos hacíamos ilusiones respecto a la suerte que nos esperaba a nuestros
pacientes y a nosotras mismas.
Cuando terminó nuestra jornada de trabajo, nos retiramos a nuestra habitación,
que entonces estaba en el antiguo urinario de la Barraca 13. Ni pensar en dormir
siquiera. Saqué de los escondites los más preciados de mis tesoros. Encontré una
vela, que había estado reservando para alguna grande ocasión, y la encendí.
Al pálido fulgor de aquella luz, nos pasamos la noche sin pegar los ojos,
pensando todas en lo mismo, en la muerte que nos acechaba desde el umbral de los
primeros albores. Aunque soplaba el viento a través de las tablas destartaladas,
creíamos que nos íbamos a ahogar. Los aviones "enemigos" volaban por encima de
nuestras cabezas. El campo estaba transido de bocinas y sirenas de alarma. Por
fin, rompió un día lívido.
Llegamos al hospital. Al cabo de unos momentos, se presentó el doctor Mengerle,
seguido de veinte guardianes de las S.S. Instantes después, apareció Joseph
Kramer. Sin contestar a los saludos de sus subordinados, se colocó en medio de
la habitación, abierto de piernas y con las manos detrás de la espalda. Ladró
órdenes a su teniente.
Una de las ambulancias que se utilizaban para trasladar a las víctimas a la
cámara de gas se detuvo frente al hospital. Tras ella vinieron otras. Entre la
entrada del hospital y las ambulancias, los miembros de las S.S. formaron un
cordón. Otros guardianes de la misma organización iban indicando a las enfermas
el camino que tenían que seguir hasta los vehículos.
La mayor parte de ellas estaban demasiado débiles para poderse tener de pie,
pero los guardianes las empezaron a golpear con sus garrotes y látigos. Una
mujer que no había empezado a andar fue agarrada por el pelo. En su
precipitación, había muchas que se caían de las koias, fracturándose el cráneo.
Mis compañeras y yo tuvimos que presenciar todo aquello, locas de terror y de
rabia impotente, porque la escena era verdaderamente horrible. Hubo unas cuantas
enfermas que trataron de escapar o de oponer resistencia, pero los centinelas se
lanzaron contra ellas y las apalearon brutalmente. Faltan palabras para
describir aquel espectáculo.
Entonces Kramer nos asignó una tarea "médica". Teníamos que quitar a las
pacientes sus blusas, la única ropa que quedaba a aquellas pobres mujeres a las
que se había arrojado e su lecho y ahora gemían bajo el restallido del látigo.
¿Qué motivo podía haber para una orden así? Las blusas estaban hechas andrajos.
Pero nadie podía ponerse a hacer preguntas ni a tratar de justificar los
motivos. Intenté hurtarme a aquella tarea, pero un guardia de las S.S. me
abofeteó con tal violencia que todo me dio vueltas y estuve a punto de caer al
suelo.
Nunca se me olvidarán las miradas de odio y reproche que nos lanzaban nuestras
pacientes mientras gritaban:
—¡Ustedes también se han convertido en nuestros verdugos!
Y tenían razón. Porque, por culpa de Kramer, nosotras, cuya misión era mitigar
sus sufrimientos, les arrebatábamos sus últimas posesiones, o sea, sus
maltrechas y harapientas blusas. Mi amiga, la doctora K., del hospital, estaba
temblando como una azogada. Se aprovechó de un momento de distracción y salió
precipitadamente de la enfermería. La seguí y tuve tiempo de arrebatarle la
jeringa que había tomado en sus manos. La estaba llenando de veneno para
quitarse la vida.
No puedo fijar exactamente el número de ambulancias y camiones atestados de
enfermas, que salieron aquel día con dirección a los crematorios. Hasta hoy, mis
ideas han sido confusas y los recuerdos de aquella escena se me han quedado un
tanto desvanecidas. Me parece ver las cosas como a través de una bruma: lo que
más claramente se destaca en mis recuerdos son aquellas horribles tropas de S.S.
atacadas de una locura destructiva, que golpeaban salvajemente a las enfermas y
molían a patadas a las embarazadas.
El mismo Kramer había perdido su calma. Un fulgor extraño palpitaba en sus
ojillos, y se conducía como un orate. Le vi abalanzarse sobre una desgraciada
mujer y aplastarle el cráneo de un solo garrotazo.
Sangre, sangre nada más. ¡Por todas partes sangre! En el suelo, en las paredes,
en los uniformes de los guardianes de las S.S., en sus botas... Finalmente,
cuando partió la última ambulancia, Kramer nos mandó limpiar el suelo y dejar la
estancia en condiciones decentes. Por extraño que parezca, se quedó
personalmente a supervisar aquella operación de limpieza. Trabajábamos como
autómatas. Había quedado destruida nuestra facultad de pensar y comprender.
Nuestras mentes no estaban ocupadas más que por una única idea: ¿Cuánto tardará
la muerte en abatirse sobre nosotras? Mientras recogíamos las mantas dispersas,
los orinales, los instrumentos y las blusas rasgadas de las mujeres, sabíamos de
sobra que a nosotras nos tocaría en seguida.
Pero estábamos equivocadas. El doctor Mengerle, presente a todo aquello, de
pronto separó al personal sanitario en dos grupos. El primero fue mandado a un
campo de trabajo; el segundo, del cual formé yo parte, a otro hospital del Campo
FKL. Aunque el Campo No. I se cerró, la fábrica exterminadora de Birkenau
continuó funcionando.
Entre tanto, Kramer había desaparecido. Se había vuelto a las oficinas de la
administración central, sin duda ninguna para dictar nuevas órdenes y
contraórdenes relativas a la vida y muerte de millares de esclavos de Birkenau.
* * *
Por lo menos faltó una persona en la lista de detenidos en el proceso de
Luneburg, adonde fueron conducidos los jefes de los campos de concentración para
rendir cuentas de sus horrendas fechorías. Ese hombre debería haberlas pagado,
como las pagaron el doctor Klein y el doctor Kramer. Me refiero al doctor
Mengerle, que fue el médico jefe después de haberse retirado el doctor Klein. De
cuantos vi "en acción" en el campo de concentración, él fue, por mucho, el
primer surtidor de la cámara de gas y de los crematorios.
El doctor Mengerle era un hombre alto. Se le hubiera podido llamar hermoso y
apuesto, de no ser por la expresión de crueldad que había en su fisonomía. En el
proceso, debería haber sido colocado junto a Irma Griese, su antigua amante, a
quien llamamos el "ángel rubio". Pero el doctor Mengerle había contraído el
tifus cuando se liberó el campo. Y mientras convalecía, logró escaparse.
Era especialista en "selecciones". Hacía que los doctores prisioneros lo
acompañasen de barraca en barraca; durante las inspecciones, se cerraban todas
las salidas. Se presentaba de improviso a cualquiera hora, día o noche que más
le placiera. Llegaba cuando menos se le esperaba, siempre silbando aires de
ópera. El doctor Mengerle era un ferviente admirador de Wagner.
No gastaba mucho tiempo. Mandaba a las presas quedarse completamente desnudas.
Luego las hacía desfilar delante de él con los brazos en alto, mientras seguía
silbando su Wagner. Cuando las angustiadas mujeres pasaban por delante de él,
señalaba con el pulgar a la derecha o a la izquierda.
Sus decisiones no obedecían consideraciones de tipo médico. Parecían ser
totalmente caprichosas. Era el tirano de cuyas disposiciones no había apelación.
¿Por qué iba a molestarse en hacer las selecciones a base de un método? Tampoco
tenía nada que ver con ellas el estado higiénico de las seleccionadas. Al
terminar la inspección, el doctor Mengerle decidía cuál de los dos grupos, el de
la derecha o el de la izquierda, debía ser conducido a la cámara de gas.
¡Qué odio teníamos a aquel charlatán! Era un profanador de la palabra "ciencia".
Cómo abominábamos su aire altanero y arrogante, su continuo silbar, sus absurdas
órdenes, su fría crueldad! Si he sentido alguna vez en mi vida deseos de matar a
alguien, fue el día en que el portafolio de Mengerle estaba encima de su mesa y
noté el relieve del revólver que había dentro. Estaba verificando una selección
en el hospital. Arrebatarle el arma y liquidar al asesino hubiese sido cosa de
segundos. ¿Por qué no lo hice? ¿Sería que temía el castigo que me iban a aplicar
después? No, fue porque sabía que los actos individuales de rebeldía siempre
producían represalias en masa en el campo de Auschwitz. Creo para mí que a otras
personas le debió pasar lo mismo: ahogaron deseos análogos por esa razón.
Con todo, el doctor Mengerle era un cobarde. Las prisioneras que trabajaban en
la Scíireibstube sabían que había apelado a toda clase de artimañas para no ir
al frente. Cuando las S.S. abandonaron en masa el campo de concentración,
Mengerle inventó una "misión especial", que hacía indispensable su presencia en
Birkenau.
Cierto día se presentó en la enfermería y declaró que por nuestra negligencia,
el tifus epidémico había alcanzado tan vastas proporciones que estaba amenazada
toda la comarca de Auschwitz. Era verdad, el tifus epidémico había asolado el
campo, pero en aquella ocasión teníamos relativamente pocas enfermas. Aquel
mismo día, nos mandó una gran cantidad de suero y dirigió él mismo la vacunación
en masa. Trabajábamos desde las seis de la mañana frente a la enfermería, porque
el doctor Mengerle nos había prohibido vacunar a nadie adentro. El tiempo era
frío y teníamos los dedos ateridos, pero millares de internadas esperaban su
vacuna y habíamos de trabajar sin interrupción hasta bien entrada la noche. Al
doctor Mengerle le corría prisa aquello: tenía que mandar un informe
impresionante a Berlín en el menor tiempo posible.
Se comportaba de la manera más fantástica. Nos acusó de sabotear las vacunas.
Así que, obedeciendo su orden, suspendimos al día siguiente la vacunación.
Inmediatamente montó en cólera y en un acceso de irritación, nos acusó una vez
más de sabotaje.
Un día nos reprendía por no ver a bastantes pacientes, aunque diariamente
llegaban a la enfermería de cuatrocientas a seiscientas enfermas, y al
siguiente, tomaba á mal que atendiésemos con demasiado solicitud a las enfermas
y derrochásemos en ellas las medicinas que escaseaban.
En cierta ocasión, se le metió en la cabeza que la malaria había sido llevada al
campo de concentración por los detenidos griegos e italianos. Con el pretexto de
acabar con la enfermedad, condenó a millares de ellos a las cámaras de gas. Qué
felices nos sentíamos cuando lográbamos engañarlo. En lugar de mandar la sangre
de las aquejadas de malaria a que la analizasen, enviábamos la sangre de
internadas sanas.
Aquel cobarde que tanto miedo tenía a la muerte, se complacía en asustar a los
demás. Cuando la doctora Gertrude Mosberg, de Amsterdam, le suplicó que
respetase la vida de su padre, quien también era médico y había sido mandado al
crematorio, Mengerle le contestó:
—Su padre tiene ya setenta años. ¿No cree que ha vivido bastante?
En otra ocasión, se plantó delante de una enferma y se la quedó mirando con
expresión sarcástica.
—¿Ha estado usted alguna vez en el "otro lado"? —le preguntó—. ¿Cómo es aquello?
La pobre mujer no sabía qué quería decir y se encogió de hombros.
—No se preocupe —continuó diciendo él—. ¡Lo va a saber muy pronto!
Sólo vi una vez perder el empaque a este hombre. Fue cuando se encontró frente a
frente con Kramer, quien tenía una personalidad más fuerte. Aquel doctor
Mengerle chalado por la música y tan seguro de sí mismo ante las impotentes
internadas, tembló delante de la "bestia de Belsen".
¿Qué idea podía tener el doctor Mengerle del trabajo médico que desarrollaba en
el campo? Sus experimentos, carentes de valor científico, no eran más que juegos
tontos, y todas sus actividades estaban llenas de contradicciones. Le vi una vez
tomar todo género de precauciones durante un parto, procurando que se observasen
rigurosamente todas las reglas de la asepsia y que el cordón umbilical fuese
cortado con cuidado. Media hora después, mandaba a la madre y a su criatura al
crematorio. Lo mismo ocurría con las vacunas contra el tifus o la escarlatina.
Ponía en juego una serie de medidas higiénicas con las prisioneras a quienes
tenía sentenciadas ya a la cámara de gas.
* * *
Entre las mujeres pertenecientes a las S.S., a quien conocí mejor fue a Irma
Griese, no porque tuviese interés
personal en ello, sino debido a circunstancias
que no dependían de mi control. El "ángel rubio", como la prensa la llamó, me
inspiró el aborrecimiento más intenso que haya experimentado en mi vida.
Parecerá raro que lo repita con tanta frecuencia, pero era extraordinariamente
bella. Su hermosura era tan impresionante y evidente que aunque sus visitas
diarias equivalían a llamadas a lista y a selecciones para las cámaras de gas,
las presas se quedaban asombradas al contemplarla y murmuraban:
-¡Qué bella es!
Si se tratase de un novelista que quisiese describir una escena, los lectores lo
atribuirían a una imaginación desbordada. Pero las páginas de la vida real son
muchas veces más horribles que las imaginadas en las novelas.
Aquella mujer de veintidós años era consciente del poder de su belleza y no
despreciaba nada que pudiese contribuir al realce de sus encantos. Se pasaba
muchas horas acicalándose delante del espejo y ensayando los gestos más
seductores. Donde quiera que fuese, dejaba la estela de su delicado perfume. La
cabellera se la perfumaba con una gama completa de olores embelesadores: a
veces, ella misma se preparaba sus mezclas.
El uso inmoderado del perfume era acaso el refinamiento supremo de su crueldad.
Las presas, que habían caído en un estado de degradación física, inhalaban
aquellas fragancias con delicia. Y cuando nos abandonaba y nos dejaba en medio
del hedor nauseabundo y rancio de la carne humana quemada, que cubría el campo
como un sudario, la atmósfera se hacía más irrespirable e intolerable que antes.
Sin embargo, nuestro "ángel" de trenzas de oro, sólo empleaba su belleza para
recordarnos más y hacernos más conscientes de nuestra horrible situación.
Lo mismo de refinados eran sus vestidos. Y, a decir verdad, sus uniforme de las
S.S. le sentaban mejor que el atuendo civil. Tenía particular cariño a una
chaqueta de lana azul celeste que entonaba con el color de sus ojos. Con aquel
equipo llevaba una corbata más oscura en el cuello de su blusa. La fusta, que
tan frecuentemente usaba, golpeaba sonoramente la pernera de su bota.
Tenía un guardarropa bien surtido. Yo conocía bien a su modista; antes de la
guerra había estado al frente de un establecimiento famoso de Viena. Irma no le
dejaba un solo momento de reposo. La pobre mujer tenía que trabajar desde por la
mañana hasta por la noche, y todo lo que recibía en pago era un mendrugo de pan.
Para Irma en cambio, jamás había escasez de géneros, aun de tejidos ingleses.
Las cámaras de gas proporcionaban abundantes zapatos y vestidos, y todos los
países martirizados de Europa rendían tributo a su colección. Tenía los armarios
atiborrados de vestidos, procedentes de las casas más elegantes de París, Viena,
Praga, Amsterdam y Bucarest.
El "ángel" de la faz pura corrió muchas aventuras amorosas. En el campo se
murmuraba que Kramer y el doctor Mengerle eran sus dos principales amantes. Pero
su aventura mayor fue la que tuvo con un ingeniero de las S.S., con el que se
veía frecuentemente por las noches. Para poder volver a su puesto a la hora
necesaria, siempre lo dejaba en plena noche. Cuando estaba él en compañía suya,
Irma se mostraba radiante de orgullo.
—¡Miren! —parecía decir cuando clavaba sus ojos en nosotras—. Éste es mi reino.
Tengo poder omnímodo de vida y muerte sobre este rebaño.
Y era verdad, poseía aquel poder, como lo demostraba cuando hacía la selección.
Un día entró Irma en nuestra enfermería. Con una orden breve y seca, mandó salir
de la habitación a las pacientes y trabó conversación con la cirujana, que era
una de mis mejores amigas.
—Necesito sus servicios —le dijo lacónicamente—. Tengo entendido que es usted
muy hábil.
Le explicó detalladamente lo que deseaba. La situación requería mano delicada.
Era peligroso negar nada a Irma Griese; sin embargo, si las autoridades y
jerarquías superiores se enteraban de que estaba llevando la contraria a las
leyes de la naturaleza, porque se trataba de una operación ilegal, hubiese sido
igualmente peligroso para nosotras.
Mi amiga titubeó. Griese le hizo promesas tentadoras.
—Compartiré mi desayuno contigo. Tomarás un chocolate magnífico o un buen café
con leche. ¡Y pastel, y pan con mantequilla!
Luego añadió:
—También te regalaré un abrigo de invierno, que da mucho calor.
Sin embargo, la cirujana no acababa de decidirse. El peligro era muy grande.
Entonces Irma Griese enrojeció y sacó su revólver.
—Te doy dos minutos para que te decidas.
—Haré lo que usted mande —le contestó la doctora, rindiéndose.
—¡Muy bien! Te espero mañana a las cinco, en la Barraca 19. Y te advierto que no
estoy dispuesta a tolerar ningún retraso —terminó el ángel secamente y se fue.
Mi amiga llegó con puntualidad. Me rogó que la acompañase como enfermera. ¡Qué
espectáculo presencié! Irma Griese, la verdugo, estaba sudando de puro miedo.
Temblaba, gemía y no era capaz de dominarse. Ella, que había mandado a millares
de mujeres a la muerte con toda sangre fría, y que las trataba brutalmente sin
sentir jamás remordimiento ninguno, no podía resistir sin llorar el más mínimo
dolor.
En cuanto terminó la operación, empezó a charlar. :
—Después de la guerra, me propongo dedicarme al cine. Ustedes verán mi nombre
luminoso en las marquesinas. Conozco la vida y he visto mucho. Las experiencias
que he tenido me van a ser muy útiles para mi carrera artística.
Nos sentimos felices de que nos dejase retirar en paz. Porque podía habernos
matado allí mismo. No tenía más que dar la orden de que nos llevasen a las
cámaras de gas, y allí terminaría todo. No sé por qué no lo hizo.
Desde aquellos días, Irma Griese ha aparecido, cómo no, en las películas. Pero
no de la manera que se había ella imaginado. No era heroína de un drama de amor,
ni su hermoso rostro y figura salían a escena para decorarla. Apareció en los
noticieros mientras se desarrollaban los procesos de Luneberg. Y cuando fue
sentenciada a muerte por sus innumerables crímenes, no la recibió con los brazos
abiertos ni salió a su encuentro. Sus guardianes tuvieron que arrastrarla hasta
el lugar de su ejecución. ¡Pero de cuantos horrores fue responsable aquella
mujer hasta que le llegó la hora!
* * *
De todos los jefes de las S.S. que conocí, el que más me desorientó fue el
doctor Fritz Klein. Era svab, oriundo de Transilvania. Cuando trabajaba a toda
velocidad la fábrica exterminadora, era director médico del campo y uno de los
más entusiastas del proyecto nazi de aniquilación. Me quedo corta si digo que
merecía la pena capital cien veces. Sin embargo, contra lo que ocurría con los
otros miembros de las S.S., el doctor Klein era un asesino "correcto".
Para ser exacta y en honor a la justicia, debo decir que era menos sádico que
sus colegas. Me daba la impresión de que lo que hizo se debió también a que era
víctima de las circunstancias. Quizás tuviese conciencia. De todos modos, fue el
único verdugo de las S.S. en quien vi reacciones humanas con respecto a los
deportadas.
Acaso estuviese impresionada por su afabilidad y por el hecho de que a veces
parecía sinceramente interesado en las enfermas. Muchas prisioneras eran
sensibles a tales manifestaciones de benevolencia.
No dudó en mandar millares de gente enferma al "hospital", pero también fui
testigo de cómo salvó a algunas pacientes.
Cierto día, la doctora de una barraca le entregó una lista de internadas
sospechosas de haber contraído difteria. Al reconocerlas, el diagnóstico quedó
confirmado en dos o tres de ellas. Pero, tras un rápido examen, el doctor Klein
descartó la cuarta.
—Éste no es un caso para el hospital —declaró—. Son anginas corrientes.
El doctor Mengerle, por el contrario, mandaba a todas las sospechosas al
hospital, sin molestarse en reconocer a ninguna.
Ya he relatado cómo el doctor Klein fingió irritarse ante el aspecto de la
enfermería con las médicas de la barraca, para tener un pretexto con qué evitar
que fuesen seleccionadas bastantes enfermas. En otra ocasión, observó que había
un gran número de seleccionadas esperando en los lavabos para ser trasladadas al
"hospital".
—¿Por qué tienen que esperar tanto tiempo? —preguntó al guardián.
—Es que la ambulancia no está libre —le contestó el otro—. ¡Está siendo
utilizada para trasportar cajas!
Yo sabía que se refería a las cajas de polvo de gas, que solían cargar siempre
en la ambulancia.
Se endureció la cara del doctor Klein.
—Si es ése el caso —repuso—, la selección se llevó a cabo demasiado aprisa. No
vale la pena retener a esta gente aquí todo el día.
—¿A qué sentimientos se debió aquella reacción? ¿A compasión? ¿O fue,
sencillamente, indignación por la actitud negligente de los guardianes?
En otra ocasión, mientras lo acompañaba en su ronda médica le llamé la atención
sobre el hecho de que las internadas estaban plantadas muchas horas delante de
las barracas bajo una lluvia espesa. No me contestó, pero se dirigió a aquel
sitio y ordenó a las internadas que volviesen a sus barracas.
Como era de origen transilvano, el doctor Klein me hablaba muchas veces en mi
lengua nativa. Me preguntaba por mi ciudad y por mi hogar. Un día me espetó a
boca jarro la pregunta de si no sería yo miembro de la familia de un doctor
famoso de la misma ciudad, que dirigía un sanatorio. Se refería a mi marido, del
cual hacía ya semanas que no había vuelto a saber.
Al recordar cosas pasadas, sentí un arrebato de cólera. ¿Cómo iba a poder
decirle la verdad? Allí estaba yo, cubierta de barro, con la cabeza rapada,
andrajosa y calzando dos zapatos de pares distintos y maltrechos. No, yo no era
la esposa de un cirujano respetable. Yo era una miserable criatura pisoteada por
los tacones de un oficial de las S.S.
—No —le respondí apretando los dientes—. No sé a quién se refiere usted.
Pero el doctor Klein no era tonto.
—¡Vaya, vaya, qué cosa más extraña! —exclamó—. ¡Parece increíble! Pero, de todos
modos —añadió, cambiando la voz—, vaya unos pasos detrás de mí. Las reglas de la
etiqueta no están vigentes en este campo.
Unos meses después, giró una visita por sorpresa a nuestra enfermería y expresó
deseos de visitar el hospital.
Yo me coloqué unos pasos detrás de él, como me ordenara la última vez que nos
vimos. Me señaló con el dedo a su bicicleta y me dijo:
—¡Me han retirado el coche y no tenemos más gasolina! Escúcheme. Voy a
comunicarle algo que la va a hacer sumamente feliz. La guerra se terminará en
seguida, y todos podremos irnos otra vez a nuestras casas.
Eché una mirada furtiva en torno. Siempre que estaba con Klein, nos rodeaban
guardianes de las S.S. Afortunadamente, nadie había lo suficientemente cerca
para oír lo que tratábamos.
—Se lo agradezco mucho —le dije—. Jamás he oído hablar así a nadie de las S.S.
—¡Oh, el agradecimiento! —exclamó el doctor Klein, encogiéndose de hombros—. No
me hago ilusiones. Cuando se acabe la guerra, ni usted ni las demás tendrán la
más mínima consideración conmigo.
Hasta aquel momento no llegué a comprender lo que estaba insinuando. Con más
vista y criterio que los demás, hacía ya mucho tiempo que venía sospechando que
los alemanes habían perdido la guerra. Su "benevolencia" con las pobres
prisioneras no era más que simple cálculo. Acaso se estaba ya preparando
testigos para los procesos que veía venir.
* * *
Además de Klein, debo mencionar nuevamente a Capezius, otro transilvano. Había
sido uno de los directores de la Compañía alemana Bayer de Transilvania.
Los representantes de aquella firma habían visitado frecuentemente a mi marido
en nuestro hospital de Cluj. Por Navidad, solíamos recibir perfumes, licores y
libros médicos, como parte del proceso de conseguir mayor clientela. Sobre
nuestras mesas, siempre había lapiceros anunciando la Casa Bayer.
Yo conocía a Capezius desde antes de mi cautiverio. Cuál no sería mi sorpresa
cuando averigüé que era Hauptsturmführer de Birkenau, y que ostentaba el cargo
importante y poderoso de jefe de las estaciones farmacéuticas de los campos de
concentración circunvecinos. Pero estábamos teniendo pocas medicinas; mi paisano
no era excesivamente generoso.
El Hauptsturmführer abandonaba con frecuencia el campo para ir a "ver a su
familia" a Segesvar. Al regresar de una de esas visitas, se presentó en nuestra
enfermería y habló con la doctora Bohm, que había sido deportada de la comunidad
de Capezius.
—Vi a su hermano hace dos días en Segesvar. Le prometí que la cuidaría a usted.
La pobre mujer rompió a llorar.
—Le dije que estaba usted bien —continuó explicando Capezius.
La doctora se miró a los trapos que llevaba encima y se quedó sorprendida de lo
magníficamente que estaba. Pero, a pesar de todo, dio gracias a aquel hombre
"bondadoso". Semanas más tarde, volvió otra vez a la enfermería e informó a su
protegida que la ciudad había sido ocupada por el "enemigo", y que su hermano
había sido nombrado alcalde.
—Si su hermano atiende bien a mi familia —declaró con intención—, volverá usted
a verlo.
No tardó la doctora Bohm en ser trasladada de Birkenau a Auschwitz, donde estaba
instalado Capezius. Fue retenida como rehén, y ésta es la forma en que no hemos
vuelto a saber de ella.
Estoy segura de que el doctor Klein estaba pensando otro tanto cuando me
preguntó un día si tenía parientes en Transilvania.
—En dos días —me dijo—, pienso salir volando hacia Brasso. Tendría sumo gusto en
llevar a su familia cualquier mensaje que usted me dé.
Durante un momento, me sentí tentada de decírselo. Mi cuñada vivía allí. Pero
recordé el incidente de las tarjetas postales. A lo mejor, era peligroso dar su
dirección a aquel asesino.
Por el mismo motivo, no quise preguntar a Klein por mi marido. Me temía que en
lugar de ayudarlo, pudiera crearle algún peligro, si es que todavía seguía vivo.
La experiencia me había enseñado que jamás debía fiarme de la "bondad" de
aquellos nazis.
CAPÍTULO XX
La Resistencia
Una opresión tan inhumana y violenta como la que teníamos que padecer siempre
provoca de manera automática un movimiento de resistencia. Toda nuestra vida en
el campo estaba caracterizada por este espíritu de resistencia. Cuando las
empleadas del Canadá desviaban de su destino mercancías que debían salir rumbo a
Alemania, para beneficiar a sus compañeras de cautiverio, estaban realizando un
acto de resistencia. Cuando las trabajadoras de los telares retrasaban y hacían
más lentas sus tareas, estaban ejecutando un acto de resistencia. Resistencia
era el pequeño "festival" de Navidad que organizamos en las mismas barbas de
nuestros amos. Resistencia era el acto clandestino de pasar cartas de un campo a
otro. Y cuando tratábamos, y algunas veces conseguíamos, reunir a dos miembros
de la misma familia —sustituyendo, por ejemplo, a una internada por otra en un
equipo de camilleras— estábamos llevando a cabo un acto de resistencia.
Éstas eran las principales manifestaciones de nuestra actividad clandestina. No
era prudente forzar más las cosas. Sin embargo, había muchos actos de rebeldía.
Un día, cierta prisionera seleccionada arrebató el revólver a un guardián de las
S.S. y se puso a darle golpes con él. Se explicaba aquel gesto, sin duda
ninguna, como una explosión de valor desesperado, pero no produjo más efecto que
la provocación de represalias en masa. Los alemanes nos consideraban a todos
igualmente culpables, lo llamaban "responsabilidad colectiva". Las palizas y la
cámara de gas explican en parte cómo es que en la historia del campo hubo tan
pocas sublevaciones abiertas, ni siquiera cuando a las madres se las obligaba
por la fuerza a entregar a sus hijos a la muerte.
En diciembre de 1944, ordenaron a las prisioneras rusas y polacas que entregasen
sus hijitos. La orden decía que iban a ser "evacuadas". Se produjeron escenas
lamentables: las madres, transidas de dolor, colgaban cruces o improvisaban
medallas para colgárselas del cuello a sus nenes, con objeto de poderlos
reconocer más tarde. Derramaban amargas lágrimas y se abandonaban a la
desesperación. Pero no había rebeldía, ni suicidios siquiera.
Sin embargo, seguía activa una organización clandestina. Trataba de expresarse
de innumerables maneras... desde la edición de un "periódico hablado" hasta el
sabotaje practicado en los talleres, destinados a industrias de guerra, y más
tarde a la destrucción de los crematorios por explosivos.
La palabra "periódico hablado" acaso resulte presuntuosa. Necesitábamos divulgar
noticias de guerra que contribuyesen a elevar el espíritu de las internadas.
Después de resolver problemas técnicos de enorme dificultad, nuestro amigo L.
logró, gracias a la cooperación del Canadá, construir una pequeña radio. El
aparato se enterró. A veces, a altas horas de la noche, llegaban unas cuantas
personas de confianza para escuchar las emociones de los Aliados. Luego las
noticias eran propagadas verbalmente con la mayor rapidez posible. Los centros
principales de nuestra difusión de noticias eran las letrinas o excusados, que
habían alcanzado la misma categoría "social" que tuvieran en tiempos anteriores
los lavabos y la enfermería.
Siempre resultaba interesante observar las reacciones de nuestros supervisores
cuando llegaban hasta ellos noticias de guerra, pero pocas veces nos traía
buenas consecuencias. El día después del bombardeo nutrido de una ciudad
alemana, la radio del Reich anunció que se iba a proceder a tomar "represalias".
Siempre que el Reich trataba de vengarse, asolaba primero nuestro campo con una
monstruosa selección.
En cuanto a los guardianes, las derrotas continuas de la Wehrmacht los hacían
entrar cada vez más en sospecha, y multiplicaban los controles y los registros.
Los mismos jefes estaban nerviosos y preocupados. De cuando en cuando, hasta el
doctor Mengerle se olvidaba de silbar sus arias de ópera.
Algunos miembros de la resistencia de nuestro campo trataron de hacer llegar a
los Aliados alguna noticia de nuestra situación desesperada. Esperábamos que la
Royal Air Forcé o la Aviación Soviética apareciese un día para destruir los
crematorios, con lo cual en algo se disminuiría la escala de exterminación. Un
prisionero checo, que antes fuera cristalero y militante de izquierdas, logró
pasar varios informes al Ejército Soviético.
Había en la comarca algunos francotiradores que operaban por su cuenta, y me
enteré de que habían logrado, no sé cómo, establecer contacto con el campo de
concentración. Me dijeron que el explosivo utilizado más tarde para destruir los
crematorios había sido proporcionado por estos guerrilleros.
Los paquetes de explosivos no eran mayores que dos cajetillas de cigarrillos,
por lo que podían fácilmente esconderse en una blusa. ¿Pero cómo entró aquel
explosivo en el campo?
Tenía entendido que guerrilleros rusos ocultos en las montañas habían enviado a
unos cuantos de los suyos a las cercanías de Auschwitz. Establecieron contacto
con un hombre de Auschwitz que trabajaba fuera del campo y pertenecía a nuestra
organización clandestina. Los presos que trabajaban en las tierras de labor
desenterraron los paquetes del lugar en que habían sido escondidos y los
introdujeron fraudulentamente.
¿Por qué habían mandado aquellos explosivos? El objetivo estaba muy claro para
todos los miembros de la resistencia... para volar el horrendo crematorio.
Unos cuantos de aquellos pequeños paquetes cayeron en manos de las S.S. Era casi
inevitable, y provocó una reacción brutal. Se instalaron horcas, y los cadáveres
colgaban de ellas todos los días. Siempre que los alemanes sospechaban alguna
cosa, se daba una orden frenética:
—¡Registren todo!
Y un grupo de guardianes de las S.S. se abalanzaban a nuestras barracas.
Lo levantaban y despedazaban todo, escudriñando hasta la última pulgada cuadrada
del campamento en busca de más explosivos. Pero, a pesar de todo el lujo de
precauciones que adoptaron, nuestro movimiento de resistencia seguía existiendo
y funcionando. Sus miembros cambiaban, porque los alemanes nos diezmaban, aunque
no supiesen quién pertenecía al movimiento. Sin embargo, nuestro ideal
continuaba inmutable.
Un joven, a quien entregara el día anterior un paquete, fue ahorcado. Una de mis
compañeras, temblando de miedo, me susurró al oído.
—Dime, ¿no es ése el mismo muchacho que estaba ayer en la enfermería?
—No —le contesté—. No lo he visto en mi vida.
Tal era la regla. Al que caía se le olvidaba.
No éramos héroes, ni pretendíamos pasar por tales. No merecimos ninguna
Condecoración del Congreso, ni Cruz de Guerra, ni Cruces de la Victoria. Era
cierto que emprendíamos misiones de lo más arriesgado, pero la muerte y el
llamado peligro de muerte tenían un significado muy distinto para las que
vivíamos en Auschwitz-Birkenau. La muerte estaba siempre con nosotros, porque
podíamos entrar en cualquiera de las selecciones que se realizaban cada día. Una
sola inclinación de cabeza podría significar para nosotras la sentencia de
muerte. El llegar tarde a la formación para pasar revista podría dar pie a que
nos diesen un bofetón, o también a que el guardián de las S.S. montase en
cólera, empuñase su Luger y nos dejase en el sitio de un disparo.
La idea de la muerte se había convertido en materia de nuestra misma sangre.
Sabíamos que teníamos que morir, pasara lo que pasase. Nos matarían en las
cámaras de gas, nos incinerarían, nos ahorcarían, o también pudieron fusilarnos.
Pero los miembros del movimiento de resistencia sabíamos, por lo menos, que si
moríamos, pereceríamos luchando por algo.
Ya dije en páginas anteriores que estuve sirviendo de estafeta de correos para
las cartas y paquetes. Un día, me colé en la enfermería para deslizar un pequeño
paquete debajo de la mesa. Según lo hacía, penetró inesperadamente un guardián
de las S.S.
—¿Qué estás escondiendo ahí? —me preguntó arrugando las cejas.
Creo que me puse lívida, pero logré dominarme y le contesté:
—Acabo de coger un poco de celulosa y estoy colocando el resto en orden.
—Vamos a ver si es verdad —gritó el guardián, cada vez más desconfiado.
Con mano temblorosa, saqué de debajo de la mesa una caja de curas y se la
enseñé.
Me acompañó la suerte. No insistió en seguir examinando lo demás. Me miró con
ojos irritados y siguió adelante. Si hubiese registrado la caja, aquél habría
sido el último día de mi vida.
Con frecuencia, tenía que recibir cartas o paquetes de internados que estaban
trabajando en el campo. La persona intermediaria era siempre distinta. Para que
me conociesen, llevaba una cinta de seda al cuello, a guisa de collar. Yo a mi
vez tenía que hacer llegar la carta o el paquete a un hombre que tenía la misma
señal. Muchas veces había de irlo a buscar en los lavabos o en la carretera en
que estaban trabajando los hombres.
Al principio, poco era lo que sabía de la índole de la empresa en que estaba
tomando parte, pero me constaba que hacía algo útil. Aquello bastaba para darme
ánimos. Ya no me dejaba deprimir por crisis de desesperanza. Hasta me violentaba
para comer lo suficiente y estar en condiciones de seguir luchando. Comer y no
debilitarse constituía también una forma de resistencia.
Vivíamos para resistir, y resistíamos para vivir.
* * *
La doctora Mitrovna, cirujana rusa de nuestro hospital, fue la primera mujer
rusa que había visto en mi vida. Conocí a mujeres de muchos países, y tenía
interés en ver cómo eran las de la Unión Soviética.
Era una mujer poderosa, de busto opulento, pelo oscuro y expresivos ojos
castaños, que parecían atravesar a una de parte a parte cuando miraban. Era
doctora de verdad y quería mucho a sus pacientes, a quienes defendía y por las
cuales luchaba. Cuando el doctor Mengerle selecciono a una mujer muy enferma
para trasladarla a un "hospital central", la defendió con uñas y dientes y
declaró con energía:
—No, está bien. Vamos a darla de alta en menos de tres días.
Lo sorprendente es que Mengerle accediese.
Creaba en torno suyo una atmósfera de respeto. Sin embargo, era la persona más
llena y afectuosa que he conocido. Nadie tenía mayor capacidad de trabajo que
esta mujer de cincuenta años. Cuando veía que yo estaba pálida de fatiga y que,
a pesar de ello, seguía trabajando, me decía:
—Tú podrías ser una buena rusa.
Aquélla era la alabanza mejor que sabía hacerme. Cuando los rusos bombardearon
las cocinas de las S.S. de Birkenau, muchas prisioneras resultaron heridas. Yo
la observé detenidamente para ver si exteriorizaba algún favoritismo hacia sus
compatriotas. Pero trató a todo el mundo con perfecta imparcialidad, repitiendo
siempre y a cada uno de los heridos, sin excepción de personas, la misma palabra
alentadora:
—Charashov, charashov (Vamos, vamos). Por Noche Buena, se unió a nuestras
celebraciones y bailó con las enfermeras. Aunque no tenía voz, cantó como una
niña, sin timidez ninguna. Nos dijo que cuando estaba en su casa, siempre le
habían gustado las fiestas, porque la comida era mejor. Al mismo tiempo, pudimos
advertir claramente que respetaba el espíritu religioso de sus compañeras de
cautiverio.
—Debemos recordar en esta Noche Buena que pasamos en el cautiverio -nos dijo-,
que la gente de todas las naciones de Europa están unidas actualmente con la
esperanza de la misma cosa... a saber, la libertad.
Más tarde conocí a otras mujeres rusas: unas agresivas, otras bondadosas y
dulces. A través de ellas fui cayendo en la cuenta de que el Comunismo es como
una religión para el pueblo ruso. Quizá fue su fe la que las ayudó a superar las
dificultades y tribulaciones de la vida de Auschwitz-Birkenau mejor que otras
prisioneras.
Cada vez que había que mandar al hospital del Campo F. a una paciente, la
doctora Mitrovna era la que decidía quiénes deberían portar la camilla. La
primera vez que salí del campo por este motivo y se cerraron las puertas detrás
de mí, empecé a llorar. Nos estaban siguiendo nuestros guardianes, pero las
alambradas de púas no quedaban tan cerca. Había un poco más de espacio libre, y
podíamos respirar a nuestras anchas. Por este motivo, consideraba aquella tarea
digna de cualquier esfuerzo.
Nos llevó quince minutos a cinco de nosotras trasladar a las mujeres enfermas a
la barraca quirúrgica. Allí presencié otro drama. Las doctoras salvaban con su
intervención quirúrgica a muchas cautivas, y los alemanes mandaban a las
pacientes a la cámara de gas.
Pero los médicos representaban su papel con una dignidad serena. Eché una mirada
en torno mío por la sala de operaciones. La vista de aquellos instrumentos y de
las figuras vestidas de blanco, así como el olor del éter, me trajeron el
recuerdo de mi marido y de nuestro hospital de Cluj. Estaba hundida en aquel mar
de añoranzas, cuando, de repente, alguien cuchicheó a mi oído:
—¡No se mueva! ¡No pregunte nada! Póngase en contacto con Jacques, el
Stubendienst francés, en el hospital de la Barraca 30.
Me quedé sorprendida. ¿Cómo sabían que yo pertenecía al movimiento de
resistencia? Entonces caí en la cuenta. . . se debía a mi cinta de seda.
Había recibido una orden y tenía que cumplirla. ¿Pero cómo? Yo estaba en un
hospital extraño de un campo de hombres, y era mujer.
De pronto, una enfermera dio la voz de que el doctor Mengerle andaba por allí
cerca. Los médicos trataron de dominar su miedo. Se produjo un rumor de voces
exaltadas.
—¡Escondan inmediatamente los guantes de goma!
— ¡Abran la puerta! ¡Va a oler el éter!
Entonces lo comprendí todo perfectamente. Aquella buena gente se había
conseguido instrumentos y anestésicos a cambio de sus raciones de comida. Y
ahora no tenían más remedio que esconderlo todo precipitadamente si no querían
ser castigados y hasta ejecutados por el delito de ser compasivos.
Sin embargo, la operación tenía que comenzar. La desventurada mujer que yacía
sobre la mesa gritaba de dolor. Parecía que iban a tener que proceder a la
operación sin aplicarle anestésico ninguno.
— ¡Estos bestias alemanes! —maldije—. ¡Tengo que llegar a la Barraca 30!
Me disponía a salir cuando vi unas mantas sobre la camilla. El espectáculo de
gente enferma y arrebujada en mantas no era raro en el campo hospital. Aquélla
fue mi salvación.
Me envolví en una manta y salí corriendo. Por fin, encontré a Jacques, el
enfermero francés, en la Barraca 30. Le dije que me habían ordenado presentarme
a él. Se trepó a la koia superior y cogió un pequeño paquete que había debajo de
la cabeza de un enfermo.
— ¡Dé esto al cristalero que trabaja en su campo! —me ordenó.
Cuando volví a la barraca quirúrgica, ya no estaban allí mis cantaradas. La
camilla había desaparecido. Corrí hacia la entrada del campo. La médica rusa
estaba discutiendo con el alemán. Llevábamos ya demasiado tiempo en el campo de
los hombres, y a mí podían haberme echado de menos.
Cuando la rusa me vio llegar arrebujada en la manta, que me había echado por
encima de la cabeza, comprendió. Pero siguió discutiendo con el guardián.
—Le dije que alguien nos había quitado las mantas, y mandé a esta prisionera que
nos las trajese. ¿Qué es lo que no entiende usted de esto? —discutía.
No sabía más que un poco de alemán, pero, sin embargo, nos salvó. Unas cuantas
palabras rusas, y luego otras cuantas palabras alemanas. No sé cómo, pero el
conflicto se solucionó. Según volvíamos a toda prisa, iba yo pensando qué podría
contestar a Mitrovna cuando me preguntase a qué había ido allí. Pero no me
preguntó nada.
Cuando llegamos al campo, me enteré de que el cristalero se había marchado. Pero
al día siguiente Jacques mandó a otro, gracias a lo cual pude, por fin,
desentenderme de aquel paquete de explosivo que me había complicado tanto la
vida.
Me daba vueltas en la cabeza a lo que estaría pensando para sus adentros la
doctora Mitrovna. Podía haber dicho al centinela que había salido, abandonando
al grupo, sin permiso ninguno, con lo cual se lavaba las manos y se excusaba de
complicaciones. Pero, por el contrario, me había estado esperando. Al notar que
faltaban las mantas de la camilla, inventó una disculpa ingeniosa y me salvó. No
cabía duda, era una buena camarada.
Recuerdo que vi con frecuencia al mismo trabajador que me llevaba los paquetes
discutiendo acaloradamente con ella. Por tanto, supongo que ella debía ser
también miembro de la resistencia. Aquella brillante y callada mujer pudo
haberse enterado de que yo pertenecía igualmente a la organización clandestina
del campo. Acaso fuese por eso por lo que no protestó cuando salí de la
habitación quirúrgica del Campo F., y por lo que me salvó del centinela alemán.
Conocíamos a otros cuantos miembros de la Resistencia, porque era mejor así, en
caso de peligro. Puede ocurrir que la doctora Mitrovna no perteneciese a nuestro
movimiento, pero había algo noble en su carácter, que me hizo creer que estaba
con nosotras... en todo.
* * *
A eso de las tres de la tarde del 7 de octubre de 1944, una explosión
ensordecedora conmovió el campo. Las prisioneras se miraban unas a otras,
estupefactas. Donde había estado el crematorio, se elevaba una inmensa columna
de llamas. La noticia corrió como una exhalación. ¡El crematorio había sido
volado!
Los alemanes, que estaban en aquellas horas echándose su siesta, perdieron
completamente la serenidad. Echaban a correr en todas direcciones, gritando
órdenes y contraórdenes. Indudablemente, tuvieron miedo a una sublevación. Bajo
la amenaza de sus fusiles, nos obligaron a regresar a nuestras barracas.
¿Pero qué era lo que había ocurrido en realidad? Me aproveché de la ventaja
relativa que me daba mi blusa de enfermera y salí del hospital para escabullirme
hasta las cocinas. Estaban situadas a unos diez metros de la entrada del campo y
miraban hacia el camino de los crematorios. Era un puesto excelente para
observar desde allí.
Ya se estaban dirigiendo al campo varios destacamentos de soldados, algunos en
camiones y otros en motocicletas. Luego llegó la infantería de la Wehrmacht,
seguida por transportes con municiones. Los soldados rodearon el crematorio y
abrieron fuego de ametralladora. Me estremecí... ¿por qué? Fueron contestadas
por unos cuantos tiros dispersos de revólver. ¿Era aquello una rebelión? Después
de unas cuantas ráfagas más de ametralladora, la Wehrmacht y las S.S. ocuparon
el lugar.
¿Qué había ocurrido?
El grupo de resistencia del Sonderkommando, los esclavos de las cámaras de gas,
habían concebido un plan para volar los hornos. Valiéndose de miembros del grupo
Pasche, se habían procurado cierta cantidad de explosivos que bastaban para
poner en obra su plan. Pero hubo una porción de cosas que salieron mal, y la
explosión no destruyó más que uno de los cuatro edificios.
La sublevación fue organizada por un joven judío francés, llamado David. Como
sabía que, de todas maneras, estaba condenado a muerte, puesto que todos los
miembros del Sonderkommando eran liquidados cada tres o cuatro meses, se propuso
emplear de una manera útil el poco tiempo que le quedaba de vida. Fue él quien
consiguió los explosivos y quien los había escondido. Pero, más tarde,
acontecimientos imprevistos echaron por tierra sus planes.
Los alemanes anticiparon la fecha de ejecución del Sonderkommando. Un día, les
dieron la orden de prepararse para ser trasladados y de que abandonasen el
edificio del crematorio. El primer grupo, integrado por unos cien hombres,
obedeció. Pero el segundo protestó. La actitud de estos miembros del
Sonderkommando, la mayor parte de los cuales eran mocetones robustos y hombres
de armas tomar, se convirtió en una verdadera amenaza para las jerarquías que
mandaban en el campo. Los pocos guardianes de las S.S. se mostraron tan
sorprendidos que prudentemente se retiraron para recibir órdenes y buscar
refuerzos.
Cuando volvieron, un horno, que, mientras tanto, había sido atestado de
explosivos y regado de gasolina, hizo explosión. Los rebeldes no tuvieron tiempo
de volar los otros tres. Pero el Sonderkommando del cuarto se aprovechó del
desorden, sus hombres cortaron la alambrada de púas y lograron fugarse del
campo. Algunos fueron atrapados, pero el resto logró escapar.
Durante la refriega que siguió al alboroto, el Sonderkommando resistió
ferozmente. No disponían más que de palos, piedras y unos cuantos revólveres
para luchar contra asesinos entrenados, que estaban provistos de armas
automáticas. Cuatrocientos treinta fueron capturados vivos, entre ellos David,
su jefe, que estaba herido mortalmente.
Las represalias fueron horribles. Los guardianes de las S.S. hicieron poner a
los prisioneros a gatas. Dos o tres guardianes iban descerrajando un tiro en la
nuca a cada uno de ellos con diabólica precisión. Los que levantaban la cabeza
para ver si les llegaba ya el turno recibían veinticinco latigazos antes de ser
ejecutados.
Después de aquella revuelta, se realizaron distintas represalias en el campo.
Las golpizas se hicieron más frecuentes, lo mismo que las selecciones en masa.
El doctor Mengerle perdió los estribos y, personalmente, descargó su revólver
sobre varios seleccionados que trataron de huir de él. Sus subordinados
siguieron aquel ejemplo. Hasta la primera lluvia, el suelo del campo estuvo
cubierto de sangre reseca.
En cuanto a los varios centenares de Sonderkommandos que no habían tomado parte
en la sublevación, fueron fusilados por grupos en los bosques cercanos. Así fue
como pereció el doctor Pasche, el médico francés del Sonderkommando, que había
sido miembro activo del movimiento de resistencia. Fue él quien nos proporcionó
los datos sobre la actividad del Sonderkommando. L., quien lo vio poco antes de
su muerte, nos dijo que habló de su muerte próxima con valor ejemplar.
¿Nos desalentó el que la voladura de los crematorios hubiese sido un fracaso?
Estábamos alicaídas, es verdad, pero el hecho de que aquello pudiera haberse
realizado era una prueba inequívoca de que las cosas estaban cambiando en
Auschwitz-Birkenau.
CAPITULO XXI
"¡París ha sido Liberado!"
Durante el periodo de descanso de los trabajadores, el 26 de agosto de 1944, se
presentó un internado francés en la enfermería. Lo había visto antes. Era un
hombrecillo de ojos oscuros, de cara flaca, con la expresión sombría
característica de todos los que vivíamos en Birkenau. Era el mismo, pero no
parecía el mismo. No fui capaz de comprender su sonrisa maliciosa, el guiño de
sus ojos, la satisfacción que irradiaba todo su rostro, su seguridad, la manera
con que extendió su mano para ser tratado. Lo miré con ojos penetrantes.
"¿Qué puede significar esto?" pensé. "Acaso me están engañando los ojos, pero
hasta me parece que ha crecido.
Su extraña alegría me puso nerviosa. Los internados siempre estaban
desesperados, pero aquí tenía a uno que parecía a punto de estallar de gozo.
Se me ocurrió:
"Debo andarme con cuidado. Pobre hombre, algo le funciona mal".
No eran raros los casos así. Miré impacientemente hacia la puerta. Él observó mi
reacción y me hizo una inclinación de cabeza.
—París ha sido liberado —cuchicheó.
Me quedé como una estatua. Estaba tan emocionada que no fui capaz de hablar. Lo
miré y me olvidé de curarle.
Me sentía abrumada por aquella noticia, y en seguida comprendí a qué se debía el
estado de felicidad radiante del pequeño francés. Todavía no lograba concebir la
idea. No lo creía. Durante un momento pensé:
"A lo mejor está loco de verdad."
Luego me entraron ganas de gritar, o de hacer cualquier disparate. Solté una
carcajada histérica.
Cada vez que oía alguna noticia de que los Aliados habían padecido algún revés
en la guerra, tenía que realizar un gran esfuerzo para ocultar la pena que
aquello me producía e inventar otras noticias buenas. Porque había que mantener
en alto el espíritu de las internadas. ¡Qué dichosa me sentí cuando pude, por
fin, susurrar al oído de una paciente, y luego al de otra y otra, que los
Aliados habían ocupado de verdad París!
— ¡París ha sido liberado!
La primera paciente a quien se lo conté era una mujer que tenía los pies
hinchados. Me escuchó, abrió los ojos de puro asombro y sacó del camastro los
pies infectados. Sin pronunciar palabra, rompió a llorar. Lloramos las dos. La
noticia era demasiado maravillosa para ser aceptada con simple alegría.
¡Con qué rapidez corrió la noticia! En los lavabos y en los retretes, las
prisioneras se abrazaban y besaban. En el hospital, las que estaban postradas en
cama se incorporaban sobre sus codos, se sonreían y hacían señales de afirmación
con la cabeza.
Todos añadían algún detalle nuevo a la noticia original. Al oscurecer, ya
nuestras fantasías habían liberado a todo Europa a base de los "Tommies". Todos
los soldados de habla inglesa eran "Tommies" para nosotras.
Las prisioneras francesas se quedaron sin habla durante unos días. Caminaban con
la cabeza entre las nubes. Por la radio secreta, el grupo de Pasche se atrevió a
escuchar la alocución del general De Gaulle desde París. Nos enteramos del
heroísmo de los parisinos que habían levantado barricadas, impidiendo que los
alemanes destruyesen las bellezas de este simpático corazón de Francia.
Notábamos que ya se desbordaba nuestra copa, y durante las formaciones y
revistas, hacíamos señas a nuestras camaradas por el rabillo del ojo. Todas
sabían lo que significaban aquellos guiños y muecas.
La reacción alemana se produjo inmediatamente. La sopa era todavía peor que
antes, si es que aquello era posible. Un polaco y tres franceses fueron
ahorcados por propalar "falsos rumores". Fusilaron al "Zar", ingeniero ruso,
quien, pese a su mote, era un comunista rabioso. Otros millares de prisioneros
sin nombre fueron exterminados una vez más en la cámara de gas la víspera de la
gran victoria aliada.
Después de la liberación de la "Ciudad Luz", nuestras imaginaciones se
desbordaron y empezamos a elaborar planes fantásticos. Por la noche, hablamos de
cómo deberíamos recibir a los Aliados. Aparecerían de repente aviones sobre los
cielos de Auschwitz, y descenderían paracaidistas. Aquel gran día miraríamos al
cielo y veríamos en él los paracaídas norteamericanos, británicos y rusos en
lugar de las cenizas del crematorio. ¡Nuestros opresores alemanes estarían mudos
de terror! Se arrodillarían ante nosotros e implorarían nuestra misericordia.
Recibiríamos con besos a nuestros liberadores. Ni se nos pasaba por las mentes
siquiera que estuviésemos tan sucias y andrajosas, ni que nuestros besos
distaban mucho de ser apetecibles. En todo caso, nos prometimos confeccionar
bonitos vestidos con la seda de los paracaídas.
* * *
"Todas las prisioneras que tengan parientes en Estados Unidos serán canjeadas
por prisioneros alemanes de guerra. Estas internadas deberán dar los nombres y
direcciones de sus parientes norteamericanos y todos los datos personales
propios, entre ellos su nombre, su dirección anterior, su fecha de nacimiento,
etcétera."
Esta orden levantó un nuevo revuelo entre las detenidas del campo. No había
presa que no rebuscase en su memoria día y noche con objeto de recordar el
nombre de algún pariente lejano que pudiera tener en Estados Unidos. Unas
cuantas llegaron inclusive a llorar porque no eran capaces de recordar el nombre
de algún primo; otras, porque no habían sostenido correspondencia con sus
parientes de allende el mar.
Muchas internadas tenían los nombres necesarios, y se formó una larga lista.
Numerosas éramos las que ya habíamos proyectado pasar las Navidades en
Norteamérica si todo salía bien. Tantas veces se habían burlado de nosotras los
alemanes, que ni sé siquiera cómo seguíamos creyéndolos. Recordé el incidente de
aquellas fatídicas tarjetas postales. Pero esta vez, ni las blocovas sabían a
qué carta quedarse ni qué creer.
Unas semanas después los "americanos", como ya los llamábamos, fueron convocados
por los alemanes. Se les dio nueva ropa y se los llevó a la estación del
ferrocarril. Estuvieron esperando un buen rato a que quedasen listos los vagones
de ganado, en los cuales entraron con alegría.
La noticia corrió en seguida por todo el campo:
— ¡Los "americanos" van a partir!
Nos lanzamos hasta el extremo de nuestro campo para verlos marchar.
Los alemanes llegaron a proveer inclusive de abrigos a los "americanos". Los
viajeros nos decían adiós con la mano, para enseñarnos que algunos tenían hasta
guantes. Otros levantaban los pies para indicarnos que calzaban zapatos. Todo
ello resultaba tanto más sorprendente cuanto que los alemanes no nos echaron de
las cercanías de la estación.
—! Qué estupendo día poder irse con esos "americanos"! —suspirábamos al volver,
cabizbajas, a las barracas.
Estábamos desalentadas y envidiosas. Por primera vez no nos apelotonamos
alrededor del Stubendienst a la hora de la comida. La blovoca estaba extrañada
de ver cómo las internadas se sentaban tranquilamente a comer en silencio su
bazofia, mientras pensaban, en alas de su fantasía, en la gran ocasión que se
habían perdido.
Como dos semanas después, poco más o menos, un miembro del grupo Pasche nos
habló de los "americanos". Se los llevó a otro campo de la comarca.
—Esperen hasta que todo esté preparado para la partida final —se les dijo.
Indudablemente, algo resultó mal, porque la situación cambió repentinamente de
arriba abajo. La ropa y los zapatos que se entregaron a los "americanos"
volvieron en silencio a los almacenes del campo. Los pobres "americanos" habían
sido exterminados.
* * *
Pocos días después de la salida de los "americanos" me enteré de que entre los
deportados de la Barraca 28 había un ciudadano norteamericano. Oí hablar de él a
un hombre que solía trabajar en nuestro campo.
Aquel norteamericano era el doctor Albert Wenger abogado y experto economista.
Estaba en Viena cuando Hitler declaró la guerra. El consulado suizo trató de
devolverlo a Estados Unidos a través de Suiza, pero no se le permitió, porque el
desventurado Wenger había cometido el grave crimen de ocultar a una judía. Fue
detenido y mandado a Auschwitz-Birkenau.
Traté de ponerme en contacto con él, igual que había hecho con otros ciudadanos
norteamericanos, pero no lo conseguí.
Después de la liberación, leí la declaración oficial que había hecho a los
representantes de los ejércitos liberadores. Inserto a continuación parte de
ella para mostrar al pueblo norteamericano cómo eran tratados sus ciudadanos en
Alemania:
"Después de haber declarado Hitler la guerra a Estados Unidos, tenía que
presentarme en el Comisariado dos veces por semana, como extranjero enemigo. El
consulado suizo hizo una proposición de canjearme y mandarme a Estados Unidos;
pero, a pesar de eso, me detuvieron el 24 de febrero de 1943 los agentes de la
Gestapo, porque había escondido a una judía sin denunciarla. Fui trasladado, en
calidad de deportado, al campo de concentración de Auschwitz. Llegué allí el 6
de marzo, sucio y muerto de hambre, después de pasar mucho tiempo en distintos
campos y cárceles de la policía.
"El tiempo era frío y húmedo, y para darme la bienvenida, me colocaron en una
calleja entre dos barracas, desnudo, después de haberme dado una ducha fría. A
continuación me vistieron con un fino traje de verano y me mandaron a la barraca
de cuarentena. Allí los hombres eran hostigados y golpeados por cualquier
motivo. No sabíamos cuándo estaban libres los excusados; y cuando nos pescaban
allí, nos daban de golpes con una macana de goma...
"Teníamos que dormir —y éramos cuatro— en una cama de setenta y cinco
centímetros de ancho. Nuestra vida no era más que un tormento, no sólo durante
el día, sino también por la noche. Caí enfermo el 23 de marzo aproximadamente.
Contraje anginas y pulmonía, y el 24 fui admitido en el edificio destinado a los
enfermos: Barraca No. 28.
"Cuando me puse bien, trabajé primero como enfermero y 'Schreiber' (escribiente)
de la barraca, y por último como supervisor de la misma. La alimentación se
reducía, en gran parte, a agua, nabos y patatas podridas. Bajo aquel régimen
alimenticio, gran parte de los prisioneros se debilitaron y enflaquecían a ojos
vistos, hasta convertirse casi en Musulmanes. En tales condiciones, eran
admitidos en la enfermería por cualquier dolencia, como por ejemplo, diarrea,
pulmonía, etcétera.
"El doctor Endress, médico del campo, se presentaba cada tres semanas a escoger
los Musulmanes más débiles. Al día siguiente llegaban los camiones abiertos, y
sobre ellos estos desventurados, vestidos únicamente con una camisa, eran
arrojados como animales en el matadero. Se les trasladaba a Birkenau para morir
en la cámara de gas; a continuación, eran incinerados en los crematorios. "Lo
aseguro, porque me he convencido de ello por las siguientes razones:
1) Sus pertenencias eran mandadas de Birkenau al día siguiente para ser
desinfectadas. Cuando se trataba de transportes ordinarios en que los que
partían seguían con vida, su ropa nunca era devuelta. De esta manera el campo se
ahorraba la ropa interior y demás prendas que se daban a los deportados.
2) En cuanto a la suerte que pudieran correr aquellas personas, estoy convencido
por las listas que he visto en las oficinas principales. Me enteré de que a los
cinco o seis días, y muchas veces el mismo día tercero, estos nombres y números
(los seleccionados) estaban ya inscritos en las listas como "muertos".
Generalmente, el asesinato por gas de los débiles e indeseables no era un
secreto para nadie, porque muchos deportados trabajaban en el crematorio y no se
callaban, sino que hablaban de cuando en cuando de lo que estaba pasando con
otros prisioneros. El mismo comandante del campo, el Hauptsturmführer Hessler,
para terminar con el pánico que se había adueñado de los deportados, pronunció
una alocución en la Barraca No. 28 del campo central de Auschwitz, con la cual
quiso tranquilizar a los deportados judíos, diciéndoles que no habría más
ejecuciones por gas. Esto ocurrió el mes de enero de 1945, y confirmó la
veracidad de mis afirmaciones.
"Hasta el mes de abril de 1943, lo mismo daba quién fuese ejecutado en la cámara
de gas. Después de dicha fecha, sólo se liquidaba así a los judíos y a los
gitanos. Los indeseables que no fuesen judíos perecían en la Barraca No. 11, o
morían víctimas de una inyección de fenol en el corazón. Estas inyecciones de
fenol eran aplicadas, al principio, por el Oberscharführer Klaehr. Luego por el
Oberscharführer Scheipe, por el Unterscharführer Hantel, por el Unterscharführer
Nidowitzky (apodado también Napoleón), y por dos internados, Rausnik y Stessel,
quienes se fueron en un transporte.
"Entre los deportados que perecieron en la cámara de gas estaban también el
'deportado protegido' (Schutzhaeftling) Joseph Iratz, de Viena. (Probablemente
por error; porque los 'deportados protegidos' no debían ser ejecutados en la
cámara de gas, según lo dispuesto).
"De mi transporte (integrado por doscientos cincuenta 'deportados protegidos' en
total), cuatro murieron por gas. El mes de enero de 1944 fue ejecutado en la
cámara de gas el ciudadano de Estados Unidos, Herbert Kohn, que estaba sumamente
débil. Conseguí salvarlo de unas cuantas selecciones anteriores, pero luego
cambió de barraca y no pudo escapar a su sino. Kohn fue detenido por la Gestapo
en Francia durante una redada y enviado a Auschwitz como judío. Otro ciudadano
norteamericano Myers, de Nueva York, murió también en la cámara de gas. Procedía
de otra barraca. Podría citar otros muchos casos semejantes, pero,
desgraciadamente, no puedo acordarme de los nombres.
"En el otoño de 1943, el 'internado protegido' alemán, Willi Kritsch, de 28
años, arquitecto, fue golpeado con un palo por el Unterscharführer Nidowitzky en
uno de sus arrebatos de sadismo, hasta que cayó a tierra. Como todavía seguía
con vida, Nidowitzky ordenó que fuese conducido a la sala de operaciones, donde
él mismo le puso una inyección de fenol. ¡Como causa de su muerte se declaró
'debilidad del corazón'!
"Cada dos o tres meses había fusilamientos en masa contra el muro negro de la
Barraca No. 11. Durante estas ejecuciones, se cerraba la barraca, y sólo el
personal del hospital tenía derecho a pasar por delante de ella. Yo mismo vi, a
fines de 1943 o principios de 1944, cómo los enfermeros tiraban los cadáveres
desnudos en un gran camión. Eran cuerpos de hombres y mujeres jóvenes, gente
sana. Cuando quedaba cargado el primer camión, llegaba otro, y el juego se
repetía una y otra vez de la misma manera: un torrente de sangre corría por las
barracas No. 10 y 11. Los internados de la barraca de desinfección y del
edificio destinado a los enfermos extendían arena y cenizas sobre la sangre.
"El mes de octubre de 1944, el consejero comercial de Viena, Berthold Storfer,
fue llamado a la Barraca No. 11, para no volver jamás. Unos cuantos días más
tarde, me enteré de la suerte que había corrido por el empleado principal de la
oficina. Éste me mostró la indicación 'muerte', en la ficha personal de Storfer.
De la misma manera pereció el doctor Samuel, de Colonia. Los dos fueron muertos
probablemente porque habían visto y sabían demasiado. En noviembre de 1943, el
doctor Rittervon Burse acusó a Joseph Ritner, maquinista de Austria, al doctor
Arwin Valentín, de Berlín, cirujano, y al doctor Masur, veterinario berlinés,
así como a mí mismo, de ser enemigos del Reich Alemán y de haber llamado a las
S.S. banda de asesinos, y a Hitler y Himmler, asesinos de masas humanas.
"También se nos atribuía que habíamos asegurado que Alemania estaba muy próxima
a perder la guerra. Tenemos que expresar nuestro tributo de gracias al abogado
Wolkinsky por no haber sido fusilados. Presentó a Burse como a un aventurero, y
quitó fuerza a la acusación. El Unterscharführeer de las S.S. Laehmann me golpeó
para hacerme confesar.
"Poco antes de ser librados nosotros por el Ejército Rojo, el nuevo
Hauptsturmführer de las S.S. Krause golpeó sin motivo ninguno a dos deportados
que trabajan en la cocina. Uno de ellos era el doctor holandés, Ackermann. El 25
de enero de 1945, la policía de las S.S. intentó de nuevo hacernos salir del
campo para exterminarnos. Solamente gracias al rápido avance del victorioso
Ejército Rojo; salimos con vida."
CAPÍTULO XXII
Experimentos Científicos
Mientras trabajé en los hospitales del Campo F., K., L. y del Campo E, tuve que
atender a muchos conejillos de indias humanos, víctimas de los experimentos
"científicos" realizados en Auschwitz-Birkenau. Los doctores alemanes tenían a
su disposición centenares y millares de esclavos. Como eran libres de hacer lo
que se les antojase con aquella gente, decidieron llevar a cabo experimentos con
ellos. De aquello no hubiese podido jactarse ningún hombre ni mujer decente,
pero al contingente de médicos nazis hizo alarde de tales experimentos.
Pero no sólo se dedicaron a experimentar ellos mismos, sino que obligaron a
muchos doctores de los que había entre los deportados a trabajar bajo la
supervisión de los médicos de las S.S. Por horribles que fuesen aquellas
experiencias de laboratorio, los hombres que las realizaron pudieran haber
tenido excusa, de estar convencidos que, por lo menos, de que servían a la
ciencia y de que los sufrimientos de aquellos desventurados conejos de indias
lograrían, en fin de cuentas, ahorrar sufrimientos a los demás.
Pero no hubo ventaja ninguna ni beneficio científico. Los seres humanos eran
sacrificados por centenares de miles, y eso era todo. Así que los esclavizados
doctores deportados, casi todos los cuales terminaron en los crematorios,
saboteaban los "experimentos" todo lo que podían. Además, había tal desorden y
falta de método en aquellas "pruebas científicas", que constituían juegos
crueles más bien que investigaciones serias de la verdad. Todos hemos oído
hablar de niños sin entrañas que se divierten arrancando a los insectos sus
patas y sus alas. Aquí ocurría lo mismo, sólo que con una diferencia: en lugar
de insectos, se trataba de seres humanos.
Uno de los experimentos más corrientes, y también más inútiles, consistía en
inocular a un grupo de internados un germen morboso. Porque ocurría que,
mientras tanto, es decir, mientras duraba el proceso de reacción de sus
organismos a dichos gérmenes, los médicos alemanes solían perder todo interés en
su proyecto. ¿Y qué ocurría con aquellos conejillos de indias humanos? Cuando
tenían suerte, eran enviados al hospital; los que no, salían hacia la cámara de
gas. Sólo en circunstancias extraordinarias y en casos raros, eran sometidos a
observación.
Muchas veces, los experimentos eran completamente absurdos. A un médico alemán
se le ocurrió la idea de estudiar cuánto tiempo duraría con vida un ser humano,
a base exclusivamente de agua salada. Otro sumergió a su conejo de indias humano
en agua helada, pretendiendo que iba a observar el efecto de aquel baño en las
temperaturas internas.
Después de ser sometidos a tales experiencias, los internados no necesitaban ir
al hospital, sino que estaban dispuestos para la cámara de gas. Cierto día,
entraron varias enfermeras en la enfermería y preguntaron:
—¿Quiénes son las que no pueden conciliar el sueño?
Unas veinte internadas aceptaron una dosis de cierto polvo blanco desconocido,
probablemente a base de morfina. Al día siguiente, diez de ellas habían muerto.
El mismo experimento se verificó con mujeres de más edad; la consecuencia fue
que murieron setenta más en la misma noche.
Cuando los alemanes estaban tratando de dar con nuevos tratamientos para las
heridas producidas por las bombas norteamericanas de fósforo, quemaron la
espalda de cincuenta rusos con fósforo. Estos "controles" no recibían cura
ninguna. Los hombres que sobrevivían eran exterminados.
Uno de sus experimentos favoritos era la observación de mujeres recién llegadas,
cuya menstruación era todavía normal. Durante sus periodos, se les decía
brutalmente:
—Dentro de dos días van a ser fusiladas.
Los alemanes querían saber qué efecto producía aquella noticia en el flujo
menstrual. Un profesor de histología de Berlín llegó a publicar un artículo en
un periódico científico alemán sobre sus observaciones de las hemorragias
provocadas en las mujeres por este tipo de noticias alarmantes.
El doctor Mengerle, médico jefe, se dedicaba a dos investigaciones principales,
que eran sus favoritas: se referían al estudio de los gemelos y de los enanos.
Los gemelos que entraron cuando llegaban los contingentes nuevos de prisioneros,
eran colocados aparte, a ser posible con sus madres. Luego se les mandaba al
Campo F. K. L. Cualquiera que fuera su edad o su sexo, los mellizos interesaban
profundamente a Mengerle. Se les daba un trato de favor, y hasta se les permitía
quedarse con su ropa y con su pelo. Llegó a tales extremos en su solicitud que,
cuando se estaba liquidando el Campo Checo, dio órdenes de que se perdonase la
vida a una docena de mellizos.
En cuanto llegaban, estas parejas de hermanos eran fotografiadas desde todos los
ángulos posibles. Después comenzaban los experimentos, pero eran
extraordinariamente irreflexivos y al buen tuntún. Así por ejemplo, ocurría que
se inoculaban a uno de los gemelos ciertas substancias químicas, y el doctor
esperaba a observar la reacción que le producían, si no se le olvidaba mientras
tanto. Pero aun cuando siguiese observando el caso, la ciencia no ganaba nada
por el sencillo motivo de que el producto inyectado no presentaba interés
particular. En cuando usaban una preparación, esperaban que tenía que ocasionar
el sujeto experimentado un cambio en la pigmentación del pelo. Se perdían muchos
días en examinarle el cabello y en observarlo al microscopio. Los resultados no
arrojaron averiguación ninguna sensacional, y las pruebas se abandonaron.
Los enanos constituían la verdadera pasión del doctor Mengerle. Los coleccionaba
con gran interés. El día que descubrió en un transporte a una familia de cinco
enanos, estaba fuera de sí de puro júbilo. Pero su manía era de coleccionista,
no de sabio. Sus experimentos y observaciones eran realizados de manera anormal.
Cuando hacía transfusiones, utilizaba adrede tipos de sangre contraindicados.
Naturalmente, se producían complicaciones, pero Mengerle no tenía que dar cuenta
a nadie de sus pruebas. Hacía lo que se le antojaba y verificaba sus
experimentos como un aficionado que hubiese perdido la razón.
Se instaló una estación experimental a cierta distancia del campo, la cual
parecía tener un carácter más científico. Pero sólo lo parecía. Fácilmente se
advertía que el "trabajo" que allí se desarrollaba no era más que un derroche
criminal de seres humanos y una absoluta carencia de escrúpulos por parte de los
supuestos investigadores.
Con aquellos experimentos se proponían, en teoría, recoger información para la
Wehrmacht. La mayor parte de las veces, consistían en pruebas de resistencia
humana, resistencia al frío, al calor, o a la altura. Centenares de internados
murieron en el proceso de estos experimentos realizados en la estación de
Auschwitz y en otros campos de concentración. Al precio de millares de víctimas,
la ciencia alemana vino a deducir en conclusión que un ser humano puede
sobrevivir en agua helada, a una temperatura predeterminada, durante tantas
horas. También se fijó con precisión (¡) cuánto tiempo tardaba en morir un
hombre sometido a distintos calentamientos de diversos grados de temperatura.
Me he referido a experimentos con los cuales se trataba, de determinar la
resistencia del organismo humano al hambre. Los "Musulmanes", especialmente los
más demacrados y depauperados, eran obligados a beber increíbles cantidades de
sopa. Tales crudos experimentos resultaban muchas veces fatales. Me enteré de
unos cuantos casos en que los deportados padecían un hambre tan devoradora que
se prestaban voluntariamente a esta alimentación forzada. El hijo del Primer
Ministro M. de Hungría estaba tan famélico que se ofreció como voluntario a los
experimentos de malaria. Los conejillos de Indias de esta prueba recibían
raciones dobles de pan durante unos días.
Se efectuaron también experimentos sobre diagnósticos. Los casos interesantes
eran sacados del hospital y matados sin más ni más, con el exclusivo objeto de
ser sometidos a disección a efectos de autopsia. Cuando había varios pacientes
con la misma dolencia, se les daba a veces tratamientos distintos y, después de
cierta fase, se los mataba para poder deducir acaso alguna conclusión de dicho
experimento. Muchas veces ocurría que se sacrificaba al paciente, pero nadie
pensaba ya en examinar su cadáver... porque eran demasiados los muertos que
había en Auschwitz.
La compañía alemana Bayer mandó medicinas en envases carente de etiqueta
indicadora de su contenido. A los tuberculosos se les inyectó aquel producto. No
fueron enviados a la cámara de gas. Los observadores esperaron a que muriesen,
cosa que ocurrió al poco tiempo. Después se mandó parte de sus pulmones a un
laboratorio elegido por Bayer.
Cierto día, la Bayer Company se llevó de la administración del campo ciento
cincuenta mujeres y probó en ellas medicamentos desconocidos, acaso a efectos de
pruebas con hormonas.
El Instituto Weigel de Cracovia mandó vacunas al campo. También debían ser
probadas y "perfeccionadas". Las víctimas fueron escogidas entre prisioneros
políticos franceses, sobre todo entre miembros del movimiento clandestino de
inteligencia, de los cuales querían desembarazarse los alemanes.
Hubo que despachar como unas dos mil preparaciones orgánicas a la Universidad de
Innsbruck. Según las instrucciones, aquellas preparaciones había que hacerlas a
base de cuerpos absolutamente sanos, es decir, de cadáveres de individuos
muertos en la cámara de gas, en la horca o a tiros, cuando gozaban de buena
salud.
Un día se utilizó un gran número de mujeres, en su mayor parte polacas, para
experimentos de vivisección: injertos de huesos, de músculos y otros varios.
Llegaron de Berlín cirujanos alemanes para verificar los experimentos y observar
sus resultados. Las vivisecciones eran realizadas en condiciones terribles. La
víctima era atada a la mesa de operaciones en una barraca primitiva, y la
operación se efectuaba sin asepsia. Los conejos de Indias humanos padecían
horriblemente aún después de las operaciones. No se les daba nada para mitigar
sus sufrimientos.
Los alemanes solían hacer extracciones de sangre periódicamente para enriquecer
su ciencia racial. Pero, aparte del interés científico que aquello pudiera
tener, la sangre de los prisioneros se utilizaba para verificar transfusiones a
los heridos alemanes. A cada donante "voluntario" se le extraían quinientos c.c.
de sangre que se enviaba inmediatamente al ejército. En su afán de salvar las
vidas de los soldados de la Wehrmacht, se olvidaban de que la sangre judía era
de "calidad inferior".
He aludido anteriormente a las "inyecciones en el corazón", como llamaban las
prisioneras a las inyecciones intra-cardíacas de fenol. A veces, el líquido de
estas inyecciones estaba hecho a base de bencina o petróleo. Este procedimiento
se aplicaba en los hospitales para acabar con los enfermos, los débiles y los
considerados "superfluos".
He hablado de un médico polaco a quien obligaron a poner estas inyecciones
durante dos días a sus compañeros de cautiverio.
—Cuando el doctor de las S.S. me llamó al hospital —me explicó—, yo no tenía
idea de cuál sería el motivo por el que reclamaba mi presencia. Entonces me
mandó inyectar a los pacientes en la cavidad cardíaca. Me dijo que tenía que
inyectar el líquido en cuanto notase que la aguja había penetrado en el interior
del corazón.
El doctor polaco siguió sus órdenes, y los pacientes cayeron muertos a tierra.
En otro experimento insensato, tendieron a centenares de enfermos bajo el sol
abrasador. Los alemanes querían averiguar cuánto tardaba en morir una persona
enferma bajo el sol, sin agua.
A unos treinta kilómetros de nuestro campo había una estación experimental
especializada en inseminación artificial. A dicha estación fueron enviados los
médicos presos de más prestigio y las mujeres más hermosas. Los alemanes
concedían gran importancia a aquellos experimentos. Desgraciadamente, no pude
ver el trabajo que allí se desarrollaba, porque dicha estación era la más
celosamente guardada de todas. Sin embargo, pude obtener algunos datos.
Los alemanes practicaron la fecundación artificial en numerosas mujeres, pero
las investigaciones no arrojaron resultados. Yo conocía a mujeres que habían
sido sometidas a la inseminación artificial y habían sobrevivido, pero estaban
avergonzadas de confesar aquellos experimentos.
Otro grupo fue inyectado con hormonas sexuales. No había sido posible determinar
la naturaleza de la sustancia inyectada ni cuáles fueron los resultados
obtenidos. Después de tales inyecciones, a muchas de las mujeres se les
produjeron abscesos que les fueron abiertos en la Barraca 10.
Pero estoy bien informada de los experimentos de esterilización. Se realizaron
en Auschwitz-Birkenau bajo la dirección de un doctor polaco, que fue ejecutado
por los alemanes unos días antes de evacuarse el campo.
Con estos experimentos trataban de comparar los resultados de los métodos
quirúrgicos y de los tratamientos con rayos X. En el hospital, vimos numerosas
enfermas que habían pasado por la estación experimental. Mostraban serias
quemaduras, producidas por la aplicación desacertada de estos rayos. Hablando
con ellas y con los médicos deportados, nos enteramos de los experimentos. El
sujeto era colocado bajo la radiación de los rayos X, que cada vez se iba
intensificando más. De cuando en cuando se interrumpía el tratamiento para ver
si el sujeto era capaz todavía de copular. Todo esto se desarrollaba bajo los
ojos vigilantes de los guardianes de las S.S. de la Barraca 21.
Cuando el médico comprendía y se aseguraba de que los rayos X habían destruido
definitivamente la potencia genital del sujeto, era despachado a la cámara de
gas. Había ocasiones en que la víctima era castrada quirúrgicamente cuando la
irradiación necesitaba demasiado tiempo para producir el efecto deseado.
En agosto de 1944, los alemanes esterilizaron como un millar de muchachos de
trece a dieciséis años. Se registraron sus nombres y las fechas de
esterilización. Al cabo de unas semanas, fueron llevados a la Barraca 21. En el
laboratorio los sometieron a preguntas sobre el resultado de aquel primer
"tratamiento", sobre sus deseos, poluciones nocturnas, pérdida de memoria,
etcétera.
Los alemanes los obligaban a masturbarse. Les provocaban la erección mediante el
masaje de sus glándulas prostáticas. Cuando este trabajo cansaba al "masseur",
los "sabios alemanes" utilizaban un instrumento de metal, que producía al
paciente un gran dolor.
El semen era examinado por un bacteriólogo, que determinaba la vitalidad de los
espermatozoides. En 1944, los alemanes mandaron al campo un microscopio
fosforescente. Con él, podían observar las diferencias que había entre los
espermatozoides vivos y los muertos.
A veces los alemanes realizaban castraciones incompletas, extirpando al sujeto
la cuarta parte o la mitad del testículo. En otras ocasiones, el testículo
entero se mandaba a Breslau en un tubo esterilizado con formalina (10 por
ciento) para someterlo a un estudio histopatológico de los tejidos. Éstas
operaciones se realizaban con inyecciones intrarraquídeas de novocaína. Los
muchachos fueron separados de los demás en la Barraca 21 y observados
cuidadosamente. Cuando terminaron los experimentos, la recompensa que recibieron
fue, como siempre, la cámara de gas.
Recuerdo el caso de un chico polaco, apellidado Grünwald, de unos veinte años.
El profesor Klauber le prescribió un tratamiento de rayos X. Al cabo de dos
meses, no habían producido dichos rayos el efecto deseado. Así que el muchacho
fue trasladado a la Barraca 21 para su completa castración. Pero los rayos X le
habían sido aplicados en dosis tan excesivas que tenía quemaduras graves. La
cosa degeneró en cáncer, y el muchacho padeció sufrimientos terribles. En enero
de 1945, seguía vivo todavía en el hospital de Birkenau.
Estos métodos eran también aplicados a las mujeres. A veces los alemanes
utilizaban rayos de onda corta, que producían a las pacientes dolores
intolerables en la parte baja del abdomen. Luego se le abría el vientre para
observar las lesiones. Los cirujanos generalmente les extirpaban la matriz y los
ovarios.
El profesor Schuman y el doctor Wiurd realizaron muchos experimentos por el
estilo en jovencitas de dieciséis o diecisiete años. De las quince muchachas
utilizadas para dichos experimentos, sólo sobrevivieron dos, Bella Schimski y
Dora Buyenna, ambas de Salónica. Nos dijeron que habían sido expuestas a rayos
de onda corta, con una plancha sobre el abdomen y otra en la espalda. La
electricidad fue dirigida hacia los ovarios. La dosis fue tan elevada que
quedaron gravemente quemadas. Al cabo de dos meses de observación, las pobres
tuvieron que someterse a una operación "de control".
Un grupo de mujeres jóvenes en su mayor parte holandesas fueron víctimas de una
serie de experimentos, cuyo motivo sólo debía ser conocido de su autor,
Klauberg, ginecólogo alemán de Kattowitz. Con la ayuda de un aparato eléctrico,
inyectaba un líquido blancuzco y espeso en los órganos genitales de estas
mujeres. Les producía una terrible sensación de quemadura. Esta infusión se
repetía cada cuatro semanas y a ella seguía siempre una radioscopia.
Estas mismas mujeres fueron sometidas simultáneamente a otra serie de
experimentos por un doctor distinto. Se trataba ahora de una inyección en el
pecho. El médico les inyectaba cinco c.c. de un suero cuya naturaleza
desconozco, a razón de dos a nueve inyecciones en cada sesión. La reacción se
producía en forma de una hinchazón dolorosa del tamaño del puño. Algunas mujeres
recibieron más de cien inoculaciones de ésas. A otras se les inyectaba además en
las encías. Después de una serie de experimentos por el estilo, las mujeres eran
declaradas inútiles y despachadas.
En cierta ocasión, preguntamos a un prisionero alemán ario, que antes fuera
trabajador social, cuál era la razón fundamental para proceder a la
esterilización y castración de los prisioneros. Antes de su cautiverio, había
tomado parte activa en la política alemana, trabando relación con muchos
personajes de importancia. Nos aseguró que los alemanes tenían una razón
geopolítica para dedicarse a aquellos experimentos. Si fuesen capaces de
esterilizar a todos los seres humanos no alemanes que todavía siguiesen con vida
después de su victoriosa guerra, no habría peligro de que las nuevas
generaciones estuviesen integradas por razas "inferiores". Al mismo tiempo, la
población de los supervivientes podría ser útil para prestar servicios como
jornaleros durante unos treinta años. Después de dicho plazo, el exceso de
población alemana necesitaría todo el espacio de estos países, y los
"inferiores" perecerían sin dejar descendencia.
Cuando recuerdo estos experimentos, no puedo menos de pensar en el drama de la
pequeña francesita Georgette, que murió en el hospital el mismo día de Navidad
del año 1944. Había sido utilizada como conejillo de Indias para las
experiencias de esterilización, y cuando volvió al hospital, ya no era mujer.
Tenía un novio polaco, que iba a verla aquel mismo día. Pero ella prefirió no
volver a verlo jamás. Antes que sufrir aquella terrible degradación, se decidió
a pasar por muerta.
Llegó su novio, pero ella se escondió bajo la manta de la tercera fila de koias,
inmóvil como un cadáver. Accediendo a los deseos de la pobre mujer, le habíamos
dicho ya el día antes que había muerto. Pero él venía no a ver a Georgette. Se
dirigió a la cama de otra muchacha de Cracovia, a la cual traía sus regalos.
Georgette lo vio todo desde debajo de su manta. Con las fuerzas que le quedaban,
se incorporó y se tiró desde lo alto de la koia. La caída fue fatal.
CAPITULO XXIII
Amor a la Sombra del Crematorio
Es ley de la naturaleza que donde quiera se reúnan hombres y mujeres, surja el
amor. Ni siquiera a la sombra
del crematorio podían suprimirse del todo las
emociones humanas. El amor, o lo que se llamaba así en la atmósfera degradada
del campo de la muerte, no era sino una desviación de lo que es para la gente
normal, puesto que la sociedad de Birkenau había quedado reducida a una
desviación también de la sociedad humana normal.
Los superhombres que tenían en su mano nuestros destinos trataron de extinguir
todo deseo sexual en los prisioneros. Corría por el campo el rumor de que
mezclaban con nuestra comida ciertos polvos para reducir o destruir el apetito
sexual. Como los hombres de las S.S. podían excitarse demasiado ante la
proximidad de tantas mujeres jóvenes y hermosas a las que veían demudas y
expuestas totalmente a su mirada, se les habían proporcionado burdeles con
prostitutas alemanas para su uso. A pesar de las teorías nazis respecto a la
corrupción racial, nos enteramos de que muchas internadas atractivas fueron
llevadas a esos lupanares. Privilegios semejantes se concedían a prisioneros de
los campos de hombres. Sólo que su admisión era considerada, naturalmente, como
un favor excepcional.
Por otra parte, las ordenanzas y los procedimientos artificiales no significaban
nada. La constante tensión nerviosa contribuía poco al aplacamiento de nuestros
deseos. Por el contrario, la angustia mental parecía brindarnos un estímulo
peculiar.
Las relaciones entre los prisioneros de uno y otro sexo, estaban caracterizadas
por la ausencia total de convencionalismos sociales. Todo el mundo se dirigía a
la persona que le interesaba, y a todos en general, llamándole de tú, y por su
nombre, no por su apellido. Tal familiaridad no quería decir amistad, ni carecía
siempre de cierta vulgaridad.
Los únicos hombres que conocimos, aparte de los guardianes de las S.S. y de los
soldados de la Wehrmacht eran prisioneros varones que reparaban los caminos,
abrían zanjas y llevaban a cabo otras tareas por el estilo de nuestro campo.
Generalmente, la única hora a que nos reuníamos era durante la comida, bien en
los lavabos o en los retretes, donde muchos hombres consumían su comida. Solían
estar rodeados de mujeres de todas edades y condiciones, que les pedían con voz
lastimera las migas.
Se colocaban las mujeres en círculos, de tres o cuatro en fondo, con las manos
alargadas como pordioseras. Las muchachas bonitas cantaban las canciones de moda
para atraer su atención. A veces, los hombres cedían y les daban parte de su
alimento. Sólo entonces podía una mujer saborear una patata, lo cual constituía
el lujo más delicioso del campo, que sólo estaba reservado a las que trabajaban
en la cocina y a las blocovas.
Sin embargo, rara vez era la compasión la que inclinaba a los hombres a repartir
su poco abundante comida. Ésta era la moneda con que se pagaban los privilegios
de índole sexual.
Sería inhumano condenar a las mujeres que se veían obligadas a descender tan
bajo para conseguirse un mendrugo de pan. La responsabilidad de la degradación
de las internadas la tenía la administración del campo.
Sea de esto lo que fuere, la prostitución era un fenómeno ordinario en Birkenau,
con todas sus lamentables consecuencias, a saber, enfermedades venéreas,
alcahuetas, etcétera. Muchos de los objetos robados en el Canadá estaban
destinados a las mujeres de los hombres más listos en efectuar tales cambios.
Sin embargo, no todos los amores que había allí eran sórdidos. Se daban casos de
sincero cariño y emocionante compañerismo. Pero, aunque no existiese esta veta
sentimental y esta ternura, la mujer que tenía un amante gozaba de una
distinción real, porque había muy pocos hombres en el campo.
La mayor parte de las jóvenes tenían sus aventuras. Las blocovas, disponían de
rincones para ellas solas en las barracas, estaban en situación de ventaja con
respecto a las demás, y no titubeaban en utilizarla. Las amigas de la blocova
hacían de centinelas, es decir, vigilaban, mientras su jefe se divertía con su
invitado. Claro está, estas citas estaban estrictamente verboten, o sea,
prohibidas. Cuando un hombre de las S.S. se acercaba al bloque, las vigilantes
daban el alerta. Muchas veces ocurría que una cita era interrumpida tres o
cuatro veces, pero las parejas no se desanimaban fácilmente.
De cuando en cuando, la blocova cedía, por una consideración justificada, su
habitación a una mujer. La compensación tenía que ser alta, porque el peligro
era grande. Si sorprendían a la blocova recibiendo a un hombre, o facilitando la
reunión de una pareja, la esperaban serios castigos. Podría afeitársele de nuevo
la cabeza, o dársele una paliza cruel, o, lo que era peor todavía, podía ser
destituida de su alto puesto.
Los patrones de belleza variaban en Birkenau. Aquello constituía un mundo
aparte. La mujer que tenía el cuerpo más lleno y los encantos más opulentos era
considerada como el modelo de hermosura femenina. A los prisioneros varones no
les gustaban los cuerpos huesudos ni las mejillas descarnadas, aunque ellos
mismos estaban reducidos al estado de esqueletos vivientes. Las mujeres —muy
escasas por cierto— que milagrosamente conservaban un poco de carne eran
envidiadas por las demás, quienes acaso, un año antes, se hubiesen sometido a
dietas duras alimenticias para disminuir de peso.
Lo mismo que en todas las cárceles, también había en Birkenau invertidos e
invertidas. Entre las mujeres, se distinguían tres categorías. El grupo menos
interesante estaba integrado por las que eran lesbianas por instinto. Más
alborotadas eran las que pertenecían a la segunda clase, en la cual se incluían
las mujeres que cambiaron de punto de vista sexuales debido a las condiciones
anormales en que vivían. Muchas veces, se entregaban al vicio por pura
necesidad.
Teníamos entre nosotras a una polaca que debería andar por los cuarenta y que
había sido en su tiempo profesora de física. Su marido había muerto a manos de
los alemanes y sus hijos habían sido enviados a algún lugar terrible, o acaso a
la muerte. Una prisionera, que era funcionaría, dedicó interés particular a esta
bonita, delicada e inteligente mujer. La profesora sabía que si cedía, se
ahorraría por lo menos la tortura del hambre. Debió librar una gran batalla
contra la tentación, pero por fin, sucumbió. Seis semanas después, hablaba de su
"amiga" con palabras de gran entusiasmo. Al cabo de dos meses, confesó que no
era capaz de vivir sin su pareja.
A la tercera categoría pertenecían las que se enteraron de sus tendencias
lesbianas a través de su asociación con la corruptela del campo y la degradación
de sus costumbres, lo cual era muy distinto de lo que le ocurrió a mi amiga
polaca.Aquella inmoralidad se debía en gran parte a las "soireés de baile", que
se organizaban a veces en aquel mundo dantesco de Birkenau. Durante las largas
noches del invierno de 1944, cuando los alemanes estaban profundamente
preocupados por el avance de los rusos y nos dejaban en relativa libertad, las
prisioneras daban "fiestas", que parodiaban grotescamente los devaneos mundanos
que conocieron en su vida anterior. Se reunían en torno a una carbonera a cantar
y a bailar. Una guitarra y una armónica de la orquesta del campo de
concentración contribuían a que tales festivales durasen hasta el amanecer del
nuevo día.
Las jefas de nuestras barracas desempeñaban un papel importante en estos
asuntos. La Lageralteste, la "reina sin corona del campo", quien residía en el
Campo E, en el cual vivía yo entonces, no faltaba nunca. Era una criatura joven
y frágil, una muchacha alemana de unos treinta años. Se las arregló para vivir
durante diez años, yendo de un campo para otro.
Durante aquellas orgías, las parejas que bailaban juntas iban aficionándose más
y más recíprocamente. Algunas mujeres se vestían de hombres para dar cierto aire
de realidad a su proceder.
Una de las iniciadoras mejores de aquellas soireés era una condesa polaca, de
cuyo nombre no me acuerdo. Cuando la vi por primera vez, estaba sentada junto a
la puerta de nuestro hospital. La miré, sorprendida, y pensé:
"¿Qué hace este hombre aquí?"
Porque parecía, ni más ni menos, un hombre. Llevaba una chaqueta de artista de
terciopelo negro, según el estilo familiar del barrio artístico parisién, y una
gran corbata negra de lazo. El mismo pelo lo tenía cortado como un hombre. En
realidad, parecía un hombre guapo de unos treinta años. Pregunté a una
compañera, la cual me contestó:
—Ese hombre no es tal hombre. . . él es una ella.
La condesa se conducía como un hombre en su comportamiento general y en sus
maneras. Un día que me había trepado a la koia para atender a mi "Tarea de
Control de Piojos", noté que una mano cortés me ayudaba a bajar. Me sentí
sumamente sorprendida... ¡Era nada menos que la condesa! Con aquel gesto
galante, abrió el fuego de un cortejo. Tuve que terminar echándome a correr para
huir de ella.
Mientras las demás se dedicaban a sus travesuras durante los bailes, yo solía
muchas veces quedarme dormida en mi camastro. En más de una ocasión, me
despertaron besos y otros gestos amorosos. ¡Era la condesa! La cosa subió tanto
de punto que me daba miedo echarme a dormir durante los bailes. Las demás se
sentían halagadas por un cortejo apasionado, pero yo no. Esperaban que la
condesa se buscase una nueva amiga, porque su antigua "novia" había sido
trasladada en un convoy.
Me daba lástima aquella desgraciada mujer. El humor alemán nos la había traído
al campo. Cuando llegó, iba vestida con ropa de hombre, y los alemanes quisieron
al principio internarla en el campo de los hombres. Pero ella se opuso
frenéticamente y se empeñó en demostrar que era mujer. Ellos la obligaron,
porque para nuestros carceleros resultaba una verdadera función de circo
observar cómo se conducía entre nosotras aquella "mujer-hombre". Naturalmente,
no nos atrevimos a formular una queja ni una protesta. La cosa divertía a los
alemanes.
Las fiestas me recordaban siempre la "Dance Macabre". Cuando pensaba en el
triste destino común que esperaba a todas aquellas desventuradas, no podía
reprimir un estremecimiento de horror.
Pero quizás mi repugnancia estuviese fuera de sitio o careciese de justificación
en aquellas circunstancias. Las distracciones, por horribles que fuesen,
significaban unas cuantas horas de olvido, lo cual por sí solo valía cualquier
cosa en el campo. Además, aquellas reuniones eran mejor que muchas otras cosas
que ocurrían allí. Los prisioneros, lo mismo hombres que mujeres, eran muchas
veces víctimas de los abusos de los jefes alemanes de las barracas, entre los
cuales había un alto porcentaje de homosexuales y otros degenerados.
No me olvidaré jamás de la angustia de una madre que me dijo que la obligaban a
desnudar a su hija y observar cómo la violaban los perros a los que habían
adiestrados para aquel deporte de manera especial los nazis. Lo mismo ocurría a
otras muchachas. Se las obligaba a trabajar en las canteras doce o catorce horas
al día. Cuando se desplomaban exhaustas, el deporte favorito de los guardianes
consistía en enviscar a los perros para que las atacasen. ¿Quién será capaz de
perdonarles todos los crímenes que cometieron?
Las jefas del campo eran famosas por sus aberraciones. La Griese era bisexual.
Su criada, que era amiga mía, me informó de que muchas veces Irma Griese tenía
relaciones homosexuales con internadas, a las que después mandaba al crematorio.
Una de sus favoritas era una blocova, que estuvo siendo su esclava una larga
temporada hasta que la jefa del campo se cansó de ella.
Tal era de corrupta la atmósfera de Birkenau, un verdadero infierno. Allí los
nazis conculcaban uno de los derechos más personales. Allí el amor se convertía
en una excitación degenerada para los esclavos y una diversión sádica para los
supervisores.
* * *
Yo tenía miedo a Irma Griese. Una vez, ofrecí a cierta persona mi ración de
margarina como soborno para no tener que presentarme a ella. Hice la proposición
a la modista de la Griese, a la que llamábamos Madame Grete, que fuera en otro
tiempo dueña de un salón de, modas en Viena o en Budapest.
Madame Grete se enojó conmigo.
—¿Por qué quieres crearte dificultades? —gruñó—. A ti te toca ahora, sabes muy
bien que es mejor que hagas lo que te han dicho.
Pero ante mis insistentes súplicas, me prometió ir corriendo a ver a la
secretaria de la blocova para conseguirse alguien que la ayudase a entregar el
guardarropa de Irma Griese.
Por la mañana, me acordé de aquella cucharada de margarina. Sentí un vehemente
deseo de comérmela, pero no quería presentarme ante Irma Griese.
Llevé la margarina a Madame Grete. Ella la aceptó y la guardó.
—Bueno, vamos —me dijo.
Me eché a temblar.
—¿Pero no lo pudiste arreglar?
—No, tienes que venir tú.
—Pero. . . ¿y mi margarina?
—Cuando volvamos, te la daré. Ya sabes que no te la puedes llevar allá.
Cogió las prendas escrupulosamente planchadas, me las echó sobre los brazos
extendidos y salimos. Teníamos un pase para salir de los terrenos del campo.
Minutos después, estábamos frente a la barraca en que vivía el "ángel rubio".
—No has venido en el momento mejor. Esa fiera se ha vuelto loca —cuchicheó la
criada de Irma Griese a mi compañera.
—¡Ay, Dios mío! —murmuró la modista—. ¡Ahora me va a moler a palos!
—No lo creo —le dije, tratando de darnos ánimos a las dos—. Te pasas los días y
las noches cosiendo para ella, y no te da en pago ni una corteza de pan.
—¿Pero no lo sabes? —me preguntaron las dos al mismo tiempo—. Griese es una
sádica terrible.
A través de la puerta cerrada, se oían gritos y restallar de latigazos.
—Otra vez le ha dado por ésas —dijo su criada.
Nos pegamos a la pared de la barraca de madera. Por un pequeño resquicio que se
abría entre las tarimas, podía distinguir parte del interior de la habitación.
Alguien estaba gritando y quejándose a la izquierda. A juzgar por el restallido
de la fusta, estaba azotando a alguien furiosamente. Con voz ronca y
destemplada, Griese barbotaba maldiciones. Pero lo único que se podía divisar
desde donde yo estaba era el couch que caía enfrente del ojo de la cerradura.
Sin embargo, un momento después, la escena se hizo más animada y dramática.
Griese se acercaba al sofá, arrastrando a una mujer desnuda por el pelo. Cuando
llegó al diván, se sentó, pero no soltó la cabellera de la mujer, sino que fue
tirando cada vez más de la mata espesa de pelo, mientras descargaba una y otra
vez, la fusta sobre las caderas de la mujer. La víctima se veía obligada a
acercarse más y más. Finalmente se quedó de rodillas ante su verdugo.
—Komm hier —gritó Irma, dirigiéndose a un rincón de la habitación que caía fuera
de mi visión. De nuevo repitió:
—Ven acá. ¿Vienes o no?
Y blandió el látigo una vez más, obligando brutalmente a ponerse de pie a la
mujer.
Y de pronto, en el espacio que podía y dominar desde mi observatorio, apareció
la figura de un prisionero. Era el apuesto georgiano. Lo conocíamos.
Aquel hombre era increíblemente bello. Se dice que la raza georgiana es la que
produce los hombres mejor parecidos, y aquél era, por cierto, un ejemplar
perfecto. Tenía una estatura tan elevada que poco le faltaba para tocar con la
cabeza el techo de la barraca. A pesar del hambre y de los malos tratos,
conservaba todavía un pecho robusto de atleta. La cara se le había quedado magra
por las privaciones, pero sus rasgos fisonómicos eran acaso por eso más
atractivos.
La historia de este georgiano bien plantado había circulado de boca en boca por
todo el campo. Lo había mandado al Lager de mujeres para reparar la carretera.
Allí había conocido a la delicada joven polaca que parecía una virgen y que
ahora se arrodillaba, desnuda, bajo los latigazos de Irma Griese.
La escena no necesitaba explicación. La comprendimos perfectamente. Irma había
visto a aquel magnífico espécimen de virilidad, al arrogante georgiano, y se lo
había acaparado para ella, como cualquier potentado oriental. Le había mandado
presentarse en su habitación, pero cuando el digno joven, cuyo espíritu no se
había quebrantado ni por el cautiverio ni por la fama que tenía Irma de aterrar
a la gente, se negó a ceder a sus deseos, Irma trató de obligarle a hacerse su
esclavo, haciéndole mirar cómo atormentaba a la muchacha a quien él quería.
Ya me imagino que este episodio parecerá absurdo e increíble al lector
americano, pero es absolutamente cierto, de la cruz a la fecha. Otros
prisioneros de Auschwitz que estuvieron en contacto con Irma Griese pueden
atestiguar de su veracidad punto por punto.
Desgraciadamente (¿o no podríamos decir acaso gracias a Dios?), no pudimos
quedarnos a ver el fin de aquella escena, porque se nos acercó un guardián y
tuvimos que marcharnos a toda prisa. Esperamos a que nos llamase a su presencia
la mujer de las S.S.
Se abrió la puerta. Primero salió el hombre. No se me olvidarán jamás sus ojos
negros, que echaban lumbre, y la ira que se reflejaba en su faz. Luego emergió
la muchacha polaca. Su estado era verdaderamente lamentable. Tenía cruzada la
cara de verdugones rojos, lo mismo que su escote. Aquella sádica no le había
perdonado siquiera el rostro.
Irma nos mandó entrar. Estaba encendida y con dedos nerviosos se abotonaba la
blusa. Soltó una carcajada histérica.
—Muy bien. Vamos a probarnos las cosas —ordenó.
Madame comenzó a entregarle los vestidos. Yo me quedé en la habitación contigua
sosteniendo las prendas y temiendo, aterrada, que de un momento a otro me viese
Griese.
Aquello fue una escena más de entre las muchas espeluznantes que presencié. Vi a
aquella hermosa bestia desnuda. Sólo llevaba una camisa, pero cuando se probó
las nuevas prendas interiores, se quitó todo sin el menor escrúpulo. Nosotras no
éramos para ellas seres humanos, ante los cuales fuese necesario el pudor. La
camisa que llevaba estaba hecha a su medida, pero le resultaba un tanto ajustada
por el busto. Con un solo movimiento, se la quitó y se la arrojó a Madame a la
cara.
—Ten esto preparado para mañana por la mañana.
La modista farfulló tímidamente:
—No pu.. . puedo tenerlo para ma. . . mañana, porque. . . no tengo luz para
coser.
Aquel demonio desnudo se abalanzó contra la desventurada modista y la abofeteó
en un arrebato de cólera.
Yo apenas osaba respirar. ¿Cómo podía una furia tan bestial cobijarse en un
cuerpo tan hermoso?
Minutos después, Irma se recobró de su rabia, como si no hubiese ocurrido nada.
Cuando terminó la prueba, se espurrió indolentemente, bostezó, y como si
estuviese hablando a un par de criadas molestas, nos mandó:
—¡Herau