Olga Lengyel

PARTE 4

CAPITULO XVIII
Nuestras Vidas Privadas

Durante seis meses estuve compartiendo el angosto espacio de la Habitación 13 con cinco personas. La doctora "G." era, según creo, la más interesante de mis compañeras. Había sido médico en Transilvania, y no quería aceptar, hasta el extremo de que era positivamente peligroso para ella, el hecho de que ya no vivía su existencia anterior a los días de Auschwitz. Todas las tardes nos contaba que la blocova la había invitado a tomar el té, y describía aquello como si fuese uno de los tés elegantes de sociedad que conociera antes de la guerra.
Nosotras sabíamos lo que había sido el "té social" de que nos hablaba. ¿Qué clase de té podría nadie tener en aquel lugar? Pero la doctora insistía en pintarnos de color de rosa la escena y cuando se refería a su persona. Así vivía en un mundo aparte de fantasía, que ella misma se había creado.
Mi segunda compañera era una muchacha rubia yugoslava. Se las echaba de médica, pero todas las de la enfermería sabíamos de sobra que no había nada de aquello. Lo más, podía haber estudiado el primer año de medicina. No se atrevía a aplicar un vendaje, y tenía mucho miedo a que los alemanes descubriesen que había mentido, porque terminaría en el crematorio, como les había ocurrido a otras que declararon falsamente ser médicas.
En cuanto caía en sus manos un libro de vulgarización que tratase de medicina, se ponía a estudiarlo vorazmente. No teníamos verdaderos libros de medicina. Los únicos de que podíamos disponer eran folletos de uso familiar, en que se daban "consejos médicos". La verdad era que los conocimientos elementales que poseía pudieran acaso bastarle en un ambiente en que el debido trato médico era imposible. Más tarde se la destinó al hospital de enfermedades contagiosas. Allí podía haber hecho mucho daño, porque no sabía distinguir las enfermedades. Pues bien, ella era la médica jefe de nuestro hospital, y teníamos que obedecer sus instrucciones.
Mi tercera compañera era la doctora Rozsa, pediatra checa, médica de verdad. Trabajaba con entusiasmo y fidelidad a su vocación. Era una mujer fea y de baja estatura, que debía andar por los cincuenta y cinco. Resultaba emocionante oírla hablar en términos apasionados y juveniles del gran amor que había dejado allá en su tierra. Cierto día, se presentó una amiga suya que la había conocido antes de los tiempos de Auschwitz. Se expresó admirablemente del trabajo magnífico que había desarrollado la doctora en el pasado. Cuando la doctora Rozsa hubo de salir, porque la llamaron, y nos quedamos a solas con su amiga, le preguntamos, de mujer a mujer, por el romance antiguo de la doctora. Entonces nos enteramos de que el amor de la pobre mujer había sido silencioso, porque aquel hombre probablemente no supiese nunca ni que existía siquiera. Pero aquella pasión era una forma de fuga para la doctora, lo mismo que el mundo de ensueño de la doctora G.
Mi cuarta compañera de habitación, a la que mencionaré con la inicial "S.", era cirujana de primera clase, y en otro tiempo había sido la principal asistente de mi marido. La habían llevado al campo en compañía de sus cuatro hermanas, y era una verdadera mártir del cariño fraternal. Ellas llevaban en el campo la vida ordinaria de las prisioneras, es decir, padecían todas las penalidades y privaciones de un campo de concentración. S. sólo vivía para ellas: la suerte de sus hermanas no se apartaba un momento de su mente en todo el día.
Nuestra quinta compañera era una dentista. Se había casado inmediatamente antes de ser deportada y la habían detenido juntamente con su marido. Solía decirnos irónicamente:
—Pasamos nuestra noche de bodas en el vagón de carga.
Más tarde, éramos siete a vivir en el mismo cuchitril. La séptima era Magda, criatura de corazón generoso que era química de profesión. Fue a la que "seleccionaron" para ser liquidada al mismo tiempo que a mí. Las dos nos hurtamos a nuestro sino, y entre nosotras surgió una amistad estrecha. Magda compartía el angosto camastro con la dentista.
Yo también tenía de compañera de cama a la esposa de otro médico, llamada Lujza. Dormíamos una en la cabecera y otra a los pies de la yacija, porque de otra manera no hubiésemos cabido. El problema principal que teníamos era no tirarnos una a otra del camastro mientras dormíamos, porque era el más alto.
Borka, otra muchacha yugoslava de unos veintidós años, era una de las personas menos egoístas y más desinteresadas que he visto en mi vida. Ponía un toque doméstico en nuestro cuartucho, limpiándolo por nosotras.
Otra compañera de habitación, la doctora "Ó.", era precisamente todo lo contrario que la doctora G. Ésta creaba un mundo grato de fantasía, mientras la doctora O. siempre ponía las cosas peor de lo que eran en realidad. Con frecuencia pensábamos si no sería una pesimista por temperamento, o si, más bien, no la habría hecho así la vida del campo de concentración. Con el tiempo, llegamos a ser doce las mujeres que nos repartíamos la minúscula habitación. No había ventilación y era de lo más incómodo, pero la considerábamos como un paraíso, porque estaba aparte del resto del campo, y en ella podíamos gozar de un grado mínimo de independencia.
Las trabajadoras médicas estábamos siempre juntas: por la noche en el pequeño zaquizamí de la Barraca 13, y durante el día en la enfermería. Sabíamos unas de otras lo que valía la pena, nos reíamos juntas y llorábamos juntas. Naturalmente, teníamos nuestras diferencias de criterio. Los conflictos que surgían entre nosotras procedían generalmente de motivos sin importancia.
Carecíamos de sillas. Los únicos sitios en que nos podíamos sentar eran los dos camastros más bajos, los de la doctora G. y la dentista. Aquellas dos inteligentes mujeres, quienes probablemente habían sido excelentes amas de casa, sollozaban como niñas cada vez que nos sentábamos en sus camas. Hasta cierto punto tenía razón, porque la enfermería estaba sucia y plagada de piojos, Estábamos expuestas a contraer no sólo las enfermedades de nuestras pacientes, sino también sus parásitos.
Por extraño que parezca, ninguna de nosotras fue víctima de una infección grave, aunque eran escasas las precauciones que podíamos tomar contra los gérmenes. La sarna era la única dolencia a que éramos sensibles. Yo estaba constantemente contagiándome de ella por las pacientes. La verdad es que la tuve siete veces. Hice esfuerzos desesperados por conseguirme la medicina necesaria para tratármela. Me hacía padecer tanto la sarna como los palos que me daban. No me dejaba dormir ni trabajar, y tenía todo el cuerpo cubierto de heridas de tanto rascarme. Cuando me conseguía unturas que aplicarme, mis compañeras de cuarto protestaban si las usaba de noche. El emplasto despedía un olor horrible y apestaba la habitación.
Aquella pomada nos dividió en dos bandos. Uno de ellos toleraba que me lo aplicase de noche, para poder aplacar un poco mi tortura; el otro insistía en que lo utilizase únicamente de día, cuando estábamos en la enfermería, porque allí teníamos que soportar muchos olores desagradables, y la peste de la untura no importaba. Más tarde, Magda y la dentista contrajeron también la sarna, y el hedor se hizo insoportable y mareante en la habitación.
Todas las mañanas se producía una porfía general por el uso de la palangana. Téngase presente que éramos doce. Borka, la pequeña yugoslava, tenía que traer el agua. A veces volvía llorando, porque era tan poca la que se había conseguido, que no iba a haber suficiente para beber, cuanto más para lavarse.
No teníamos espejo. Pero aún nos quedaba el recurso de mirarnos vagamente en el agua, si teníamos agua. Cuando empezó a crecernos el pelo, observamos que se nos estaba poniendo bastante gris. Como carecíamos de cepillos y peines, teníamos la facha de adolescentes descuidadas. La doctora G. declaró que estábamos hechas unas adefesios. Consiguió convencer a una de nuestras pacientes, que era peluquera y tenía un peine, que nos arreglase el pelo a cambio de dos porciones de pan.
Las cejas me hicieron sufrir mucho al principio. Las tenía ralas por naturaleza, pero en el campo creían que me las seguía depilando como antes. Mis compañeras de cautiverio hicieron numerosas observaciones intencionadas contra mí a propósito de ese detalle. Muchas veces fui apaleada por los alemanes por el mismo motivo. Por fin, llegaron a convencerse de que, en efecto, había yo legado a este mundo con escasas cejas. Cuando cayeron todas en la cuenta de que tal era el caso, cesaron finalmente de atormentarme a costa de eso.
Todos los días teníamos pendencias a propósito del "Pingajo", algo así como el hatillo de un mendigo. El "pingajo" era un pedazo de endrajo, una media o un calcetín, y a veces un sombrero viejo, atado en forma de bolsa, que constituía nuestro maletín, nuestro armario, y nuestra despensa. El contenido de uno de aquellos pingajos describe perfectamente cuánta era nuestra pobreza. Allí ocultaba cada prisionera su fortuna: su margarina, su pan y su cucharada de mermelada. Las prisioneras más ricas podían tener hasta un peine sin dientes. Cuando entre los efectos guardados en el pingajo había una cajita, se consideraba como signo inequívoco de "prosperidad".
Como los pingajos eran lujos, estaban prohibidos. No había lugar en la barraca donde poder esconderlos mientras duraban las revistas, así que los teníamos que ocultar bajo las faldas. Severos castigos, y a veces la muere, esperaban a quien dejaba caer su hatillo secreto mientras estábamos en posición de firmes. Su descubrimiento atraía la tragedia no sólo sobre su propietaria sino sobre todas las demás, porque justificaba un registro y la confiscación de las posesiones que tantos sudores y fatigas nos había costado conquistar.
Cuando nos alojamos en la Habitación 13, la cuestión del pingajo estaba resuelta. Era verdad que allí también teníamos que esconderlos en los rincones más absurdos, porque la inspección podría descubrírnoslos igualmente. Cuando llegaba a nuestra noticia que iba a realizarse una inspección, salía cualquiera de nosotras a retirar los hatillos a tiempo.
Pero no estaban seguros de las demás prisioneras. Mientras nos hallábamos en la enfermería, se metían a veces en nuestra habitación y robaban nuestros tesoros. La doctora G. y la dentista, que eran las más "ricas", siempre se estaban lamentando de los hurtos.
La doctora Rozsa era la única que no perdía nunca nada, porque no tenía nada. Era como una niña grande: por lo menos, no tenía deseo de almacenar "riqueza".
La doctora G., quien era una buena médica, procuraba convertir en realidad su mundo de ensueño. Tenía una "doncella", lujo que sólo las blocovas podían permitirse. Todas las mañanas, antes de levantarse, entraba una de sus pacientes, le limpiaba los zapatos, le arreglaba la ropa, y hacía su cama. La doctora G. era dueña inclusive de un cobertor de seda. Para no inspirarnos envidia, más tarde nos consiguió uno para cada una de nosotras; pero estaban hechos una lástima y eran de calidad inferior. Era la única de nuestro grupo que no lavaba la ropa, ni siquiera en el campo. Su blusa blanca se la lavaba la "doncella", y la blocova le había permitido que se la planchara con su misma plancha.
La doctora G. siempre andaba probándose vestidos. Se los conseguía en el mercado negro o se los regalaban, y ella después los reformaba. Hacia el final de nuestro cautiverio, cuando oíamos los cañonazos de los rusos, la doctora G. nos dijo:
—Bueno, muchachas, ha llegado la hora de que me confeccione un vestido de viaje. La pesimista replicaba:
—Pero, querida, nos matarán.—¿Y si no nos matasen? —insistía la doctora—. Me quedaría sin un vestido de viaje.
Nos echamos a reír. En medio de todo, le estábamos muy agradecidas. Aquélla su intensa feminidad nos proporcionaba muchos momentos de distracción.
Los vestidos de G. fueron aumentando en número, y L. nos construyó un armario con tres tablas. No era más que para la doctora G., porque a nosotras no nos hacía falta armario para los miserables andrajos de que disponíamos.
Naturalmente, a cada presa no se le permitía más que un vestido. Por eso G. siempre andaba afanosa, buscando nuevos escondrijos para sus prendas. Pobre criatura. Cómo se quedó desolada cuando le robaron de su jergón de paja la falda plegada, que era el mejor artículo de su guardarropa. También le desapareció el impermeable azul, que estaba guardando para "salir". De puro sentimiento no pudo comer en todo el día. Oficialmente, la doctora G. era la ginecóloga del campo, y la doctora S. su cirujana. G. se hizo cargo de algunos casos quirúrgicos y se produjo una reyerta entre las dos facultativas. La doctora S. no necesitaba que se le diesen las gracias por su trabajo, pero a la doctora G. le hacían falta las alabanzas para seguir soñando y fantaseando. Aunque estábamos muy cerca del crematorio y vivíamos en un estado constante de terror a la muerte, seguían terne que terne con su insensata porfía.
A pesar de todo, teníamos unas cuantas almas genuinamente desinteresadas. Por ejemplo: la polaca rubia, que cuando estaba yo para salir del Bloque 26 para ir al Bloque 13, se colocó a la puerta y me llamó.
—No puedes dejarnos así —me dijo—. Tenemos que darte una cena de despedida.
—¿Una cena de despedida? —le pregunté—. ¿Qué tenemos para comer?
—Ayer encontré un tubo de dentífrico. Nos lo comeremos —me contestó.
Y, en efecto, las que dormíamos juntas nos apretujamos en un rincón de la koia y untamos nuestro pan de pasta dentífrica. ¿Se imaginan los lectores que estábamos locas? Las presas de Auschwitz pocas veces saboreamos una comida mejor que la que nos tocó disfrutar aquella noche.
A pesar de las diferencias que se producían de cuando en cuando en la Habitación 13, nos teníamos simpatía unas a otras, y frecuentemente demostramos que éramos capaces de sacrificarnos recíprocamente. Tuve la mala suerte de que mis compañeras nunca me perdonasen los paquetes que recibí mientras estuve en la enfermería. Aun con las mejores intenciones del mundo, no podía explicarles aquello de manera razonable y satisfactorio. Lo compartíamos todo, aun las adquisiciones más insignificantes. Sin embargo, yo no podía hablar de aquellos paquetes. Cuando me hacían alguna pregunta, tenía que darles contestaciones evasivas.
Se comprende que se empezasen a molestar y dar pábulo a la fantasía al ver mi comportamiento. Lujza, quien era mi compañera de cama y mi mejor amiga, me comunicó que las demás trataban de adivinar el secreto de aquellos paquetes. Yo no me atreví a decírselo ni siquiera a Lujza. A veces, cuando no podía inmediatamente dar salida a un paquete, me lo quedaba por la noche, guardándolo debajo de la cabeza. De haber sabido ella que lo que yo ocultaba eran explosivos, no hubiese querido pasar la noche allí.
Una tarde, ya al oscurecer, todas se pusieron de acuerdo en que les explicase a qué se debían aquellas visitas furtivas que recibía y las excursiones secretas que hacía a distintos rincones del campo.
—¿Qué quieren todas esas personas de ti, y cómo es que desapareces con tanta frecuencia en los momentos en que estamos más ocupadas?
No me atrevía a decirles nada. Ellas me castigaron, retirándome la palabra durante varios días, excepto en la enfermería, donde era absolutamente necesario.
Afortunadamente, llegó el día de mi santo, y me hicieron el regalo de olvidarse de mi falta de confianza o mi silencio para con ellas.
Recibí otro presente. L. me trajo un cepillo de dientes usado, al cual le faltaban las cerdas de un extremo; el preso a quien se lo había comprado por tres pedazos de pan lo había estado usando varios meses. Mis compañeras se quedaron estupefactas y encantadas al ver aquel artículo valioso. También causó sensación la pequeña manzana verde que me regaló un miembro de la resistencia. Era una manzana de verdad.

CAPÍTULO XIX
Las Bestias de Auschwitz

De todos los S.S. que había en nuestro campo, el que adquirió mayor notoriedad fue Joseph Kramer, "la bestia de Auschwitz y Belsen", que fue el Criminal No. 1 en el proceso de Luneburg. Pero las internadas teníamos escaso contacto con él. Como Comandante en Jefe de una gran parte del campo, rara vez abandonaba las oficinas de la administración, y se presentaba únicamente para realizar determinadas inspecciones o en ocasiones especiales.
Se debía que Kramer había desempeñado muchos oficios en su vida. Una vez había sido tenedor de libros. Indudablemente, llevaba los libros sobre las vidas humanas de Auschwitz con toda exactitud, porque era él quien recibía las órdenes de Berlín relativas a la escala de exterminio.
Era un hombre robusto. Tenía el pelo oscuro cortado a la marinera, y sus ojos eran negros y penetrantes. No se olvidaba fácilmente su fisonomía dura y severa. Tenía un andar pesado y sus maneras eran reposadas e imperturbables. Todo lo relativo a su personalidad le daba un aire de Buda.
Lo vi una o dos veces en la estación cuando se realizaban las selecciones de los contingentes recién llegados. Volví a verlo en otras dos ocasiones, en circunstancias que han llegado grabadas indeleblemente en mi memoria. La primera fue durante el verano de 1944. No recuerdo la fecha exacta, pero fue el día después de haber sido liquidado millares de seres humanos del Campo Checo.
— ¡Todo el mundo fuera! ¡Desocupen las barracas!
Aquella orden fue dada a gritos al comenzar la tarde. Se nos reunió en la gran explanada que había delante de las barracas. En aquella ocasión, los alemanes no tuvieron en cuenta los precedentes anteriores, porque nos autorizaron a sentarnos en tierra, privilegio que nos resultó inaudito. En medio de la multitud de mujeres había muchos hombres. Eran deportados que trabajaban en nuestro campo y a los cuales generalmente se nos prohibía dirigir una sola palabra.
De pronto apareció la orquesta del campo. Los músicos, vestidos de uniformes listados de penados, subieron a la plataforma y empezaron a ejecutar piezas de música ligera y aires de baile. Me dio un vuelco el corazón. Todos queríamos descansar y divertirnos, pero me había llevado ya muchas desilusiones para creer en nada que organizasen los alemanes.
¿Qué podía significar aquel concierto popular? Mientras la orquesta tocaba sus números modernos de baile, oía los ecos patéticos de los gritos que exhalaban los hijos de los checos que habían sido asesinados el día anterior.
Inesperadamente, sobre nuestras cabezas aparecieron aviones alemanes. Volaban tan a ras de tierra que parecían amenazar los tejados de las barracas. Comprendí de qué se trataba. ¡Nos estaban filmando! Indudablemente, preparaban algún "documental" sobre la existencia idílica de los campos de concentración nazis. ¿Qué irían a enseñar al mundo? ¡Prisioneros de ambos sexos que tomaban su baño de sol fuera de las barracas, mientras escuchaban la alegre música del jazz! ¡Qué instrumento más eficaz para la máquina de propaganda alemana, que trataba de contrarrestar las espeluznantes historias de que ya se había hecho eco la prensa occidental.
Con una amplia sonrisa en los labios, Kramer, el comandante del campo, se puso a pasear de pronto entre nosotros. Quizás lo estuviesen fotografiando como anfitrión generoso y simpático de aquel "puerto de paz". Por lo visto, quería desempeñar bien su papel en aquella farsa organizada por él.
Pasaron los meses. A medida que el Ejército Rojo avanzaba por las llanuras polacas, en nuestros corazones empezó a florecer de nuevo la esperanza.
Los que vieron a Herr Kramer durante sus inspecciones dijeron que cada vez tenía aspecto más preocupado. Cierto día dictó la siguiente orden;

"El Campo No. 1 debe ser liquidado mañana al mediodía. Deberá vaciarse completamente para su inspección.
Firmado: Kramer"

Ya había sido reducido el número de prisioneros, pero todavía teníamos nosotros 20,000 mujeres. Resultaba casi imposible trasladar aquel gran número de prisioneras a Alemania en tan poco tiempo. Sin embargo, la orden de Kramer se llevó a cabo en el periodo dispuesto.
En la tarde siguiente no quedaba nada en el No. 1, como no fuese el hospital con sus mil pacientes y su personal, incluyendo las que estábamos en la enfermería. No nos hacíamos ilusiones respecto a la suerte que nos esperaba a nuestros pacientes y a nosotras mismas.
Cuando terminó nuestra jornada de trabajo, nos retiramos a nuestra habitación, que entonces estaba en el antiguo urinario de la Barraca 13. Ni pensar en dormir siquiera. Saqué de los escondites los más preciados de mis tesoros. Encontré una vela, que había estado reservando para alguna grande ocasión, y la encendí.
Al pálido fulgor de aquella luz, nos pasamos la noche sin pegar los ojos, pensando todas en lo mismo, en la muerte que nos acechaba desde el umbral de los primeros albores. Aunque soplaba el viento a través de las tablas destartaladas, creíamos que nos íbamos a ahogar. Los aviones "enemigos" volaban por encima de nuestras cabezas. El campo estaba transido de bocinas y sirenas de alarma. Por fin, rompió un día lívido.
Llegamos al hospital. Al cabo de unos momentos, se presentó el doctor Mengerle, seguido de veinte guardianes de las S.S. Instantes después, apareció Joseph Kramer. Sin contestar a los saludos de sus subordinados, se colocó en medio de la habitación, abierto de piernas y con las manos detrás de la espalda. Ladró órdenes a su teniente.
Una de las ambulancias que se utilizaban para trasladar a las víctimas a la cámara de gas se detuvo frente al hospital. Tras ella vinieron otras. Entre la entrada del hospital y las ambulancias, los miembros de las S.S. formaron un cordón. Otros guardianes de la misma organización iban indicando a las enfermas el camino que tenían que seguir hasta los vehículos.
La mayor parte de ellas estaban demasiado débiles para poderse tener de pie, pero los guardianes las empezaron a golpear con sus garrotes y látigos. Una mujer que no había empezado a andar fue agarrada por el pelo. En su precipitación, había muchas que se caían de las koias, fracturándose el cráneo.
Mis compañeras y yo tuvimos que presenciar todo aquello, locas de terror y de rabia impotente, porque la escena era verdaderamente horrible. Hubo unas cuantas enfermas que trataron de escapar o de oponer resistencia, pero los centinelas se lanzaron contra ellas y las apalearon brutalmente. Faltan palabras para describir aquel espectáculo.
Entonces Kramer nos asignó una tarea "médica". Teníamos que quitar a las pacientes sus blusas, la única ropa que quedaba a aquellas pobres mujeres a las que se había arrojado e su lecho y ahora gemían bajo el restallido del látigo. ¿Qué motivo podía haber para una orden así? Las blusas estaban hechas andrajos. Pero nadie podía ponerse a hacer preguntas ni a tratar de justificar los motivos. Intenté hurtarme a aquella tarea, pero un guardia de las S.S. me abofeteó con tal violencia que todo me dio vueltas y estuve a punto de caer al suelo.
Nunca se me olvidarán las miradas de odio y reproche que nos lanzaban nuestras pacientes mientras gritaban:
—¡Ustedes también se han convertido en nuestros verdugos!
Y tenían razón. Porque, por culpa de Kramer, nosotras, cuya misión era mitigar sus sufrimientos, les arrebatábamos sus últimas posesiones, o sea, sus maltrechas y harapientas blusas. Mi amiga, la doctora K., del hospital, estaba temblando como una azogada. Se aprovechó de un momento de distracción y salió precipitadamente de la enfermería. La seguí y tuve tiempo de arrebatarle la jeringa que había tomado en sus manos. La estaba llenando de veneno para quitarse la vida.
No puedo fijar exactamente el número de ambulancias y camiones atestados de enfermas, que salieron aquel día con dirección a los crematorios. Hasta hoy, mis ideas han sido confusas y los recuerdos de aquella escena se me han quedado un tanto desvanecidas. Me parece ver las cosas como a través de una bruma: lo que más claramente se destaca en mis recuerdos son aquellas horribles tropas de S.S. atacadas de una locura destructiva, que golpeaban salvajemente a las enfermas y molían a patadas a las embarazadas.
El mismo Kramer había perdido su calma. Un fulgor extraño palpitaba en sus ojillos, y se conducía como un orate. Le vi abalanzarse sobre una desgraciada mujer y aplastarle el cráneo de un solo garrotazo.
Sangre, sangre nada más. ¡Por todas partes sangre! En el suelo, en las paredes, en los uniformes de los guardianes de las S.S., en sus botas... Finalmente, cuando partió la última ambulancia, Kramer nos mandó limpiar el suelo y dejar la estancia en condiciones decentes. Por extraño que parezca, se quedó personalmente a supervisar aquella operación de limpieza. Trabajábamos como autómatas. Había quedado destruida nuestra facultad de pensar y comprender. Nuestras mentes no estaban ocupadas más que por una única idea: ¿Cuánto tardará la muerte en abatirse sobre nosotras? Mientras recogíamos las mantas dispersas, los orinales, los instrumentos y las blusas rasgadas de las mujeres, sabíamos de sobra que a nosotras nos tocaría en seguida.
Pero estábamos equivocadas. El doctor Mengerle, presente a todo aquello, de pronto separó al personal sanitario en dos grupos. El primero fue mandado a un campo de trabajo; el segundo, del cual formé yo parte, a otro hospital del Campo FKL. Aunque el Campo No. I se cerró, la fábrica exterminadora de Birkenau continuó funcionando.
Entre tanto, Kramer había desaparecido. Se había vuelto a las oficinas de la administración central, sin duda ninguna para dictar nuevas órdenes y contraórdenes relativas a la vida y muerte de millares de esclavos de Birkenau.

* * *

Por lo menos faltó una persona en la lista de detenidos en el proceso de Luneburg, adonde fueron conducidos los jefes de los campos de concentración para rendir cuentas de sus horrendas fechorías. Ese hombre debería haberlas pagado, como las pagaron el doctor Klein y el doctor Kramer. Me refiero al doctor Mengerle, que fue el médico jefe después de haberse retirado el doctor Klein. De cuantos vi "en acción" en el campo de concentración, él fue, por mucho, el primer surtidor de la cámara de gas y de los crematorios.
El doctor Mengerle era un hombre alto. Se le hubiera podido llamar hermoso y apuesto, de no ser por la expresión de crueldad que había en su fisonomía. En el proceso, debería haber sido colocado junto a Irma Griese, su antigua amante, a quien llamamos el "ángel rubio". Pero el doctor Mengerle había contraído el tifus cuando se liberó el campo. Y mientras convalecía, logró escaparse.
Era especialista en "selecciones". Hacía que los doctores prisioneros lo acompañasen de barraca en barraca; durante las inspecciones, se cerraban todas las salidas. Se presentaba de improviso a cualquiera hora, día o noche que más le placiera. Llegaba cuando menos se le esperaba, siempre silbando aires de ópera. El doctor Mengerle era un ferviente admirador de Wagner.
No gastaba mucho tiempo. Mandaba a las presas quedarse completamente desnudas. Luego las hacía desfilar delante de él con los brazos en alto, mientras seguía silbando su Wagner. Cuando las angustiadas mujeres pasaban por delante de él, señalaba con el pulgar a la derecha o a la izquierda.
Sus decisiones no obedecían consideraciones de tipo médico. Parecían ser totalmente caprichosas. Era el tirano de cuyas disposiciones no había apelación. ¿Por qué iba a molestarse en hacer las selecciones a base de un método? Tampoco tenía nada que ver con ellas el estado higiénico de las seleccionadas. Al terminar la inspección, el doctor Mengerle decidía cuál de los dos grupos, el de la derecha o el de la izquierda, debía ser conducido a la cámara de gas.
¡Qué odio teníamos a aquel charlatán! Era un profanador de la palabra "ciencia". Cómo abominábamos su aire altanero y arrogante, su continuo silbar, sus absurdas órdenes, su fría crueldad! Si he sentido alguna vez en mi vida deseos de matar a alguien, fue el día en que el portafolio de Mengerle estaba encima de su mesa y noté el relieve del revólver que había dentro. Estaba verificando una selección en el hospital. Arrebatarle el arma y liquidar al asesino hubiese sido cosa de segundos. ¿Por qué no lo hice? ¿Sería que temía el castigo que me iban a aplicar después? No, fue porque sabía que los actos individuales de rebeldía siempre producían represalias en masa en el campo de Auschwitz. Creo para mí que a otras personas le debió pasar lo mismo: ahogaron deseos análogos por esa razón.
Con todo, el doctor Mengerle era un cobarde. Las prisioneras que trabajaban en la Scíireibstube sabían que había apelado a toda clase de artimañas para no ir al frente. Cuando las S.S. abandonaron en masa el campo de concentración, Mengerle inventó una "misión especial", que hacía indispensable su presencia en Birkenau.
Cierto día se presentó en la enfermería y declaró que por nuestra negligencia, el tifus epidémico había alcanzado tan vastas proporciones que estaba amenazada toda la comarca de Auschwitz. Era verdad, el tifus epidémico había asolado el campo, pero en aquella ocasión teníamos relativamente pocas enfermas. Aquel mismo día, nos mandó una gran cantidad de suero y dirigió él mismo la vacunación en masa. Trabajábamos desde las seis de la mañana frente a la enfermería, porque el doctor Mengerle nos había prohibido vacunar a nadie adentro. El tiempo era frío y teníamos los dedos ateridos, pero millares de internadas esperaban su vacuna y habíamos de trabajar sin interrupción hasta bien entrada la noche. Al doctor Mengerle le corría prisa aquello: tenía que mandar un informe impresionante a Berlín en el menor tiempo posible.
Se comportaba de la manera más fantástica. Nos acusó de sabotear las vacunas. Así que, obedeciendo su orden, suspendimos al día siguiente la vacunación. Inmediatamente montó en cólera y en un acceso de irritación, nos acusó una vez más de sabotaje.
Un día nos reprendía por no ver a bastantes pacientes, aunque diariamente llegaban a la enfermería de cuatrocientas a seiscientas enfermas, y al siguiente, tomaba á mal que atendiésemos con demasiado solicitud a las enfermas y derrochásemos en ellas las medicinas que escaseaban.
En cierta ocasión, se le metió en la cabeza que la malaria había sido llevada al campo de concentración por los detenidos griegos e italianos. Con el pretexto de acabar con la enfermedad, condenó a millares de ellos a las cámaras de gas. Qué felices nos sentíamos cuando lográbamos engañarlo. En lugar de mandar la sangre de las aquejadas de malaria a que la analizasen, enviábamos la sangre de internadas sanas.
Aquel cobarde que tanto miedo tenía a la muerte, se complacía en asustar a los demás. Cuando la doctora Gertrude Mosberg, de Amsterdam, le suplicó que respetase la vida de su padre, quien también era médico y había sido mandado al crematorio, Mengerle le contestó:
—Su padre tiene ya setenta años. ¿No cree que ha vivido bastante?
En otra ocasión, se plantó delante de una enferma y se la quedó mirando con expresión sarcástica.
—¿Ha estado usted alguna vez en el "otro lado"? —le preguntó—. ¿Cómo es aquello?
La pobre mujer no sabía qué quería decir y se encogió de hombros.
—No se preocupe —continuó diciendo él—. ¡Lo va a saber muy pronto!
Sólo vi una vez perder el empaque a este hombre. Fue cuando se encontró frente a frente con Kramer, quien tenía una personalidad más fuerte. Aquel doctor Mengerle chalado por la música y tan seguro de sí mismo ante las impotentes internadas, tembló delante de la "bestia de Belsen".
¿Qué idea podía tener el doctor Mengerle del trabajo médico que desarrollaba en el campo? Sus experimentos, carentes de valor científico, no eran más que juegos tontos, y todas sus actividades estaban llenas de contradicciones. Le vi una vez tomar todo género de precauciones durante un parto, procurando que se observasen rigurosamente todas las reglas de la asepsia y que el cordón umbilical fuese cortado con cuidado. Media hora después, mandaba a la madre y a su criatura al crematorio. Lo mismo ocurría con las vacunas contra el tifus o la escarlatina. Ponía en juego una serie de medidas higiénicas con las prisioneras a quienes tenía sentenciadas ya a la cámara de gas.

* * *

Entre las mujeres pertenecientes a las S.S., a quien conocí mejor fue a Irma Griese, no porque tuviese interés personal en ello, sino debido a circunstancias que no dependían de mi control. El "ángel rubio", como la prensa la llamó, me inspiró el aborrecimiento más intenso que haya experimentado en mi vida.
Parecerá raro que lo repita con tanta frecuencia, pero era extraordinariamente bella. Su hermosura era tan impresionante y evidente que aunque sus visitas diarias equivalían a llamadas a lista y a selecciones para las cámaras de gas, las presas se quedaban asombradas al contemplarla y murmuraban:
-¡Qué bella es!
Si se tratase de un novelista que quisiese describir una escena, los lectores lo atribuirían a una imaginación desbordada. Pero las páginas de la vida real son muchas veces más horribles que las imaginadas en las novelas.
Aquella mujer de veintidós años era consciente del poder de su belleza y no despreciaba nada que pudiese contribuir al realce de sus encantos. Se pasaba muchas horas acicalándose delante del espejo y ensayando los gestos más seductores. Donde quiera que fuese, dejaba la estela de su delicado perfume. La cabellera se la perfumaba con una gama completa de olores embelesadores: a veces, ella misma se preparaba sus mezclas.
El uso inmoderado del perfume era acaso el refinamiento supremo de su crueldad. Las presas, que habían caído en un estado de degradación física, inhalaban aquellas fragancias con delicia. Y cuando nos abandonaba y nos dejaba en medio del hedor nauseabundo y rancio de la carne humana quemada, que cubría el campo como un sudario, la atmósfera se hacía más irrespirable e intolerable que antes. Sin embargo, nuestro "ángel" de trenzas de oro, sólo empleaba su belleza para recordarnos más y hacernos más conscientes de nuestra horrible situación.
Lo mismo de refinados eran sus vestidos. Y, a decir verdad, sus uniforme de las S.S. le sentaban mejor que el atuendo civil. Tenía particular cariño a una chaqueta de lana azul celeste que entonaba con el color de sus ojos. Con aquel equipo llevaba una corbata más oscura en el cuello de su blusa. La fusta, que tan frecuentemente usaba, golpeaba sonoramente la pernera de su bota.
Tenía un guardarropa bien surtido. Yo conocía bien a su modista; antes de la guerra había estado al frente de un establecimiento famoso de Viena. Irma no le dejaba un solo momento de reposo. La pobre mujer tenía que trabajar desde por la mañana hasta por la noche, y todo lo que recibía en pago era un mendrugo de pan. Para Irma en cambio, jamás había escasez de géneros, aun de tejidos ingleses. Las cámaras de gas proporcionaban abundantes zapatos y vestidos, y todos los países martirizados de Europa rendían tributo a su colección. Tenía los armarios atiborrados de vestidos, procedentes de las casas más elegantes de París, Viena, Praga, Amsterdam y Bucarest.
El "ángel" de la faz pura corrió muchas aventuras amorosas. En el campo se murmuraba que Kramer y el doctor Mengerle eran sus dos principales amantes. Pero su aventura mayor fue la que tuvo con un ingeniero de las S.S., con el que se veía frecuentemente por las noches. Para poder volver a su puesto a la hora necesaria, siempre lo dejaba en plena noche. Cuando estaba él en compañía suya, Irma se mostraba radiante de orgullo.
—¡Miren! —parecía decir cuando clavaba sus ojos en nosotras—. Éste es mi reino. Tengo poder omnímodo de vida y muerte sobre este rebaño.
Y era verdad, poseía aquel poder, como lo demostraba cuando hacía la selección.
Un día entró Irma en nuestra enfermería. Con una orden breve y seca, mandó salir de la habitación a las pacientes y trabó conversación con la cirujana, que era una de mis mejores amigas.
—Necesito sus servicios —le dijo lacónicamente—. Tengo entendido que es usted muy hábil.
Le explicó detalladamente lo que deseaba. La situación requería mano delicada. Era peligroso negar nada a Irma Griese; sin embargo, si las autoridades y jerarquías superiores se enteraban de que estaba llevando la contraria a las leyes de la naturaleza, porque se trataba de una operación ilegal, hubiese sido igualmente peligroso para nosotras.
Mi amiga titubeó. Griese le hizo promesas tentadoras.
—Compartiré mi desayuno contigo. Tomarás un chocolate magnífico o un buen café con leche. ¡Y pastel, y pan con mantequilla!
Luego añadió:
—También te regalaré un abrigo de invierno, que da mucho calor.
Sin embargo, la cirujana no acababa de decidirse. El peligro era muy grande. Entonces Irma Griese enrojeció y sacó su revólver.
—Te doy dos minutos para que te decidas.
—Haré lo que usted mande —le contestó la doctora, rindiéndose.
—¡Muy bien! Te espero mañana a las cinco, en la Barraca 19. Y te advierto que no estoy dispuesta a tolerar ningún retraso —terminó el ángel secamente y se fue.
Mi amiga llegó con puntualidad. Me rogó que la acompañase como enfermera. ¡Qué espectáculo presencié! Irma Griese, la verdugo, estaba sudando de puro miedo. Temblaba, gemía y no era capaz de dominarse. Ella, que había mandado a millares de mujeres a la muerte con toda sangre fría, y que las trataba brutalmente sin sentir jamás remordimiento ninguno, no podía resistir sin llorar el más mínimo dolor.
En cuanto terminó la operación, empezó a charlar. :
—Después de la guerra, me propongo dedicarme al cine. Ustedes verán mi nombre luminoso en las marquesinas. Conozco la vida y he visto mucho. Las experiencias que he tenido me van a ser muy útiles para mi carrera artística.
Nos sentimos felices de que nos dejase retirar en paz. Porque podía habernos matado allí mismo. No tenía más que dar la orden de que nos llevasen a las cámaras de gas, y allí terminaría todo. No sé por qué no lo hizo.
Desde aquellos días, Irma Griese ha aparecido, cómo no, en las películas. Pero no de la manera que se había ella imaginado. No era heroína de un drama de amor, ni su hermoso rostro y figura salían a escena para decorarla. Apareció en los noticieros mientras se desarrollaban los procesos de Luneberg. Y cuando fue sentenciada a muerte por sus innumerables crímenes, no la recibió con los brazos abiertos ni salió a su encuentro. Sus guardianes tuvieron que arrastrarla hasta el lugar de su ejecución. ¡Pero de cuantos horrores fue responsable aquella mujer hasta que le llegó la hora!

* * *

De todos los jefes de las S.S. que conocí, el que más me desorientó fue el doctor Fritz Klein. Era svab, oriundo de Transilvania. Cuando trabajaba a toda velocidad la fábrica exterminadora, era director médico del campo y uno de los más entusiastas del proyecto nazi de aniquilación. Me quedo corta si digo que merecía la pena capital cien veces. Sin embargo, contra lo que ocurría con los otros miembros de las S.S., el doctor Klein era un asesino "correcto".
Para ser exacta y en honor a la justicia, debo decir que era menos sádico que sus colegas. Me daba la impresión de que lo que hizo se debió también a que era víctima de las circunstancias. Quizás tuviese conciencia. De todos modos, fue el único verdugo de las S.S. en quien vi reacciones humanas con respecto a los deportadas.
Acaso estuviese impresionada por su afabilidad y por el hecho de que a veces parecía sinceramente interesado en las enfermas. Muchas prisioneras eran sensibles a tales manifestaciones de benevolencia.
No dudó en mandar millares de gente enferma al "hospital", pero también fui testigo de cómo salvó a algunas pacientes.
Cierto día, la doctora de una barraca le entregó una lista de internadas sospechosas de haber contraído difteria. Al reconocerlas, el diagnóstico quedó confirmado en dos o tres de ellas. Pero, tras un rápido examen, el doctor Klein descartó la cuarta.
—Éste no es un caso para el hospital —declaró—. Son anginas corrientes.
El doctor Mengerle, por el contrario, mandaba a todas las sospechosas al hospital, sin molestarse en reconocer a ninguna.
Ya he relatado cómo el doctor Klein fingió irritarse ante el aspecto de la enfermería con las médicas de la barraca, para tener un pretexto con qué evitar que fuesen seleccionadas bastantes enfermas. En otra ocasión, observó que había un gran número de seleccionadas esperando en los lavabos para ser trasladadas al "hospital".
—¿Por qué tienen que esperar tanto tiempo? —preguntó al guardián.
—Es que la ambulancia no está libre —le contestó el otro—. ¡Está siendo utilizada para trasportar cajas!
Yo sabía que se refería a las cajas de polvo de gas, que solían cargar siempre en la ambulancia.
Se endureció la cara del doctor Klein.
—Si es ése el caso —repuso—, la selección se llevó a cabo demasiado aprisa. No vale la pena retener a esta gente aquí todo el día.
—¿A qué sentimientos se debió aquella reacción? ¿A compasión? ¿O fue, sencillamente, indignación por la actitud negligente de los guardianes?
En otra ocasión, mientras lo acompañaba en su ronda médica le llamé la atención sobre el hecho de que las internadas estaban plantadas muchas horas delante de las barracas bajo una lluvia espesa. No me contestó, pero se dirigió a aquel sitio y ordenó a las internadas que volviesen a sus barracas.
Como era de origen transilvano, el doctor Klein me hablaba muchas veces en mi lengua nativa. Me preguntaba por mi ciudad y por mi hogar. Un día me espetó a boca jarro la pregunta de si no sería yo miembro de la familia de un doctor famoso de la misma ciudad, que dirigía un sanatorio. Se refería a mi marido, del cual hacía ya semanas que no había vuelto a saber.
Al recordar cosas pasadas, sentí un arrebato de cólera. ¿Cómo iba a poder decirle la verdad? Allí estaba yo, cubierta de barro, con la cabeza rapada, andrajosa y calzando dos zapatos de pares distintos y maltrechos. No, yo no era la esposa de un cirujano respetable. Yo era una miserable criatura pisoteada por los tacones de un oficial de las S.S.
—No —le respondí apretando los dientes—. No sé a quién se refiere usted.
Pero el doctor Klein no era tonto.
—¡Vaya, vaya, qué cosa más extraña! —exclamó—. ¡Parece increíble! Pero, de todos modos —añadió, cambiando la voz—, vaya unos pasos detrás de mí. Las reglas de la etiqueta no están vigentes en este campo.
Unos meses después, giró una visita por sorpresa a nuestra enfermería y expresó deseos de visitar el hospital.
Yo me coloqué unos pasos detrás de él, como me ordenara la última vez que nos vimos. Me señaló con el dedo a su bicicleta y me dijo:
—¡Me han retirado el coche y no tenemos más gasolina! Escúcheme. Voy a comunicarle algo que la va a hacer sumamente feliz. La guerra se terminará en seguida, y todos podremos irnos otra vez a nuestras casas.
Eché una mirada furtiva en torno. Siempre que estaba con Klein, nos rodeaban guardianes de las S.S. Afortunadamente, nadie había lo suficientemente cerca para oír lo que tratábamos.
—Se lo agradezco mucho —le dije—. Jamás he oído hablar así a nadie de las S.S.
—¡Oh, el agradecimiento! —exclamó el doctor Klein, encogiéndose de hombros—. No me hago ilusiones. Cuando se acabe la guerra, ni usted ni las demás tendrán la más mínima consideración conmigo.
Hasta aquel momento no llegué a comprender lo que estaba insinuando. Con más vista y criterio que los demás, hacía ya mucho tiempo que venía sospechando que los alemanes habían perdido la guerra. Su "benevolencia" con las pobres prisioneras no era más que simple cálculo. Acaso se estaba ya preparando testigos para los procesos que veía venir.

* * *

Además de Klein, debo mencionar nuevamente a Capezius, otro transilvano. Había sido uno de los directores de la Compañía alemana Bayer de Transilvania.
Los representantes de aquella firma habían visitado frecuentemente a mi marido en nuestro hospital de Cluj. Por Navidad, solíamos recibir perfumes, licores y libros médicos, como parte del proceso de conseguir mayor clientela. Sobre nuestras mesas, siempre había lapiceros anunciando la Casa Bayer.
Yo conocía a Capezius desde antes de mi cautiverio. Cuál no sería mi sorpresa cuando averigüé que era Hauptsturmführer de Birkenau, y que ostentaba el cargo importante y poderoso de jefe de las estaciones farmacéuticas de los campos de concentración circunvecinos. Pero estábamos teniendo pocas medicinas; mi paisano no era excesivamente generoso.
El Hauptsturmführer abandonaba con frecuencia el campo para ir a "ver a su familia" a Segesvar. Al regresar de una de esas visitas, se presentó en nuestra enfermería y habló con la doctora Bohm, que había sido deportada de la comunidad de Capezius.
—Vi a su hermano hace dos días en Segesvar. Le prometí que la cuidaría a usted.
La pobre mujer rompió a llorar.
—Le dije que estaba usted bien —continuó explicando Capezius.
La doctora se miró a los trapos que llevaba encima y se quedó sorprendida de lo magníficamente que estaba. Pero, a pesar de todo, dio gracias a aquel hombre "bondadoso". Semanas más tarde, volvió otra vez a la enfermería e informó a su protegida que la ciudad había sido ocupada por el "enemigo", y que su hermano había sido nombrado alcalde.
—Si su hermano atiende bien a mi familia —declaró con intención—, volverá usted a verlo.
No tardó la doctora Bohm en ser trasladada de Birkenau a Auschwitz, donde estaba instalado Capezius. Fue retenida como rehén, y ésta es la forma en que no hemos vuelto a saber de ella.
Estoy segura de que el doctor Klein estaba pensando otro tanto cuando me preguntó un día si tenía parientes en Transilvania.
—En dos días —me dijo—, pienso salir volando hacia Brasso. Tendría sumo gusto en llevar a su familia cualquier mensaje que usted me dé.
Durante un momento, me sentí tentada de decírselo. Mi cuñada vivía allí. Pero recordé el incidente de las tarjetas postales. A lo mejor, era peligroso dar su dirección a aquel asesino.
Por el mismo motivo, no quise preguntar a Klein por mi marido. Me temía que en lugar de ayudarlo, pudiera crearle algún peligro, si es que todavía seguía vivo. La experiencia me había enseñado que jamás debía fiarme de la "bondad" de aquellos nazis.

CAPÍTULO XX
La Resistencia

Una opresión tan inhumana y violenta como la que teníamos que padecer siempre provoca de manera automática un movimiento de resistencia. Toda nuestra vida en el campo estaba caracterizada por este espíritu de resistencia. Cuando las empleadas del Canadá desviaban de su destino mercancías que debían salir rumbo a Alemania, para beneficiar a sus compañeras de cautiverio, estaban realizando un acto de resistencia. Cuando las trabajadoras de los telares retrasaban y hacían más lentas sus tareas, estaban ejecutando un acto de resistencia. Resistencia era el pequeño "festival" de Navidad que organizamos en las mismas barbas de nuestros amos. Resistencia era el acto clandestino de pasar cartas de un campo a otro. Y cuando tratábamos, y algunas veces conseguíamos, reunir a dos miembros de la misma familia —sustituyendo, por ejemplo, a una internada por otra en un equipo de camilleras— estábamos llevando a cabo un acto de resistencia.
Éstas eran las principales manifestaciones de nuestra actividad clandestina. No era prudente forzar más las cosas. Sin embargo, había muchos actos de rebeldía.
Un día, cierta prisionera seleccionada arrebató el revólver a un guardián de las S.S. y se puso a darle golpes con él. Se explicaba aquel gesto, sin duda ninguna, como una explosión de valor desesperado, pero no produjo más efecto que la provocación de represalias en masa. Los alemanes nos consideraban a todos igualmente culpables, lo llamaban "responsabilidad colectiva". Las palizas y la cámara de gas explican en parte cómo es que en la historia del campo hubo tan pocas sublevaciones abiertas, ni siquiera cuando a las madres se las obligaba por la fuerza a entregar a sus hijos a la muerte.
En diciembre de 1944, ordenaron a las prisioneras rusas y polacas que entregasen sus hijitos. La orden decía que iban a ser "evacuadas". Se produjeron escenas lamentables: las madres, transidas de dolor, colgaban cruces o improvisaban medallas para colgárselas del cuello a sus nenes, con objeto de poderlos reconocer más tarde. Derramaban amargas lágrimas y se abandonaban a la desesperación. Pero no había rebeldía, ni suicidios siquiera.
Sin embargo, seguía activa una organización clandestina. Trataba de expresarse de innumerables maneras... desde la edición de un "periódico hablado" hasta el sabotaje practicado en los talleres, destinados a industrias de guerra, y más tarde a la destrucción de los crematorios por explosivos.
La palabra "periódico hablado" acaso resulte presuntuosa. Necesitábamos divulgar noticias de guerra que contribuyesen a elevar el espíritu de las internadas. Después de resolver problemas técnicos de enorme dificultad, nuestro amigo L. logró, gracias a la cooperación del Canadá, construir una pequeña radio. El aparato se enterró. A veces, a altas horas de la noche, llegaban unas cuantas personas de confianza para escuchar las emociones de los Aliados. Luego las noticias eran propagadas verbalmente con la mayor rapidez posible. Los centros principales de nuestra difusión de noticias eran las letrinas o excusados, que habían alcanzado la misma categoría "social" que tuvieran en tiempos anteriores los lavabos y la enfermería.
Siempre resultaba interesante observar las reacciones de nuestros supervisores cuando llegaban hasta ellos noticias de guerra, pero pocas veces nos traía buenas consecuencias. El día después del bombardeo nutrido de una ciudad alemana, la radio del Reich anunció que se iba a proceder a tomar "represalias". Siempre que el Reich trataba de vengarse, asolaba primero nuestro campo con una monstruosa selección.
En cuanto a los guardianes, las derrotas continuas de la Wehrmacht los hacían entrar cada vez más en sospecha, y multiplicaban los controles y los registros. Los mismos jefes estaban nerviosos y preocupados. De cuando en cuando, hasta el doctor Mengerle se olvidaba de silbar sus arias de ópera.
Algunos miembros de la resistencia de nuestro campo trataron de hacer llegar a los Aliados alguna noticia de nuestra situación desesperada. Esperábamos que la Royal Air Forcé o la Aviación Soviética apareciese un día para destruir los crematorios, con lo cual en algo se disminuiría la escala de exterminación. Un prisionero checo, que antes fuera cristalero y militante de izquierdas, logró pasar varios informes al Ejército Soviético.
Había en la comarca algunos francotiradores que operaban por su cuenta, y me enteré de que habían logrado, no sé cómo, establecer contacto con el campo de concentración. Me dijeron que el explosivo utilizado más tarde para destruir los crematorios había sido proporcionado por estos guerrilleros.
Los paquetes de explosivos no eran mayores que dos cajetillas de cigarrillos, por lo que podían fácilmente esconderse en una blusa. ¿Pero cómo entró aquel explosivo en el campo?
Tenía entendido que guerrilleros rusos ocultos en las montañas habían enviado a unos cuantos de los suyos a las cercanías de Auschwitz. Establecieron contacto con un hombre de Auschwitz que trabajaba fuera del campo y pertenecía a nuestra organización clandestina. Los presos que trabajaban en las tierras de labor desenterraron los paquetes del lugar en que habían sido escondidos y los introdujeron fraudulentamente.
¿Por qué habían mandado aquellos explosivos? El objetivo estaba muy claro para todos los miembros de la resistencia... para volar el horrendo crematorio.
Unos cuantos de aquellos pequeños paquetes cayeron en manos de las S.S. Era casi inevitable, y provocó una reacción brutal. Se instalaron horcas, y los cadáveres colgaban de ellas todos los días. Siempre que los alemanes sospechaban alguna cosa, se daba una orden frenética:
—¡Registren todo!
Y un grupo de guardianes de las S.S. se abalanzaban a nuestras barracas.
Lo levantaban y despedazaban todo, escudriñando hasta la última pulgada cuadrada del campamento en busca de más explosivos. Pero, a pesar de todo el lujo de precauciones que adoptaron, nuestro movimiento de resistencia seguía existiendo y funcionando. Sus miembros cambiaban, porque los alemanes nos diezmaban, aunque no supiesen quién pertenecía al movimiento. Sin embargo, nuestro ideal continuaba inmutable.
Un joven, a quien entregara el día anterior un paquete, fue ahorcado. Una de mis compañeras, temblando de miedo, me susurró al oído.
—Dime, ¿no es ése el mismo muchacho que estaba ayer en la enfermería?
—No —le contesté—. No lo he visto en mi vida.
Tal era la regla. Al que caía se le olvidaba.
No éramos héroes, ni pretendíamos pasar por tales. No merecimos ninguna Condecoración del Congreso, ni Cruz de Guerra, ni Cruces de la Victoria. Era cierto que emprendíamos misiones de lo más arriesgado, pero la muerte y el llamado peligro de muerte tenían un significado muy distinto para las que vivíamos en Auschwitz-Birkenau. La muerte estaba siempre con nosotros, porque podíamos entrar en cualquiera de las selecciones que se realizaban cada día. Una sola inclinación de cabeza podría significar para nosotras la sentencia de muerte. El llegar tarde a la formación para pasar revista podría dar pie a que nos diesen un bofetón, o también a que el guardián de las S.S. montase en cólera, empuñase su Luger y nos dejase en el sitio de un disparo.
La idea de la muerte se había convertido en materia de nuestra misma sangre. Sabíamos que teníamos que morir, pasara lo que pasase. Nos matarían en las cámaras de gas, nos incinerarían, nos ahorcarían, o también pudieron fusilarnos. Pero los miembros del movimiento de resistencia sabíamos, por lo menos, que si moríamos, pereceríamos luchando por algo.
Ya dije en páginas anteriores que estuve sirviendo de estafeta de correos para las cartas y paquetes. Un día, me colé en la enfermería para deslizar un pequeño paquete debajo de la mesa. Según lo hacía, penetró inesperadamente un guardián de las S.S.
—¿Qué estás escondiendo ahí? —me preguntó arrugando las cejas.
Creo que me puse lívida, pero logré dominarme y le contesté:
—Acabo de coger un poco de celulosa y estoy colocando el resto en orden.
—Vamos a ver si es verdad —gritó el guardián, cada vez más desconfiado.
Con mano temblorosa, saqué de debajo de la mesa una caja de curas y se la enseñé.
Me acompañó la suerte. No insistió en seguir examinando lo demás. Me miró con ojos irritados y siguió adelante. Si hubiese registrado la caja, aquél habría sido el último día de mi vida.
Con frecuencia, tenía que recibir cartas o paquetes de internados que estaban trabajando en el campo. La persona intermediaria era siempre distinta. Para que me conociesen, llevaba una cinta de seda al cuello, a guisa de collar. Yo a mi vez tenía que hacer llegar la carta o el paquete a un hombre que tenía la misma señal. Muchas veces había de irlo a buscar en los lavabos o en la carretera en que estaban trabajando los hombres.
Al principio, poco era lo que sabía de la índole de la empresa en que estaba tomando parte, pero me constaba que hacía algo útil. Aquello bastaba para darme ánimos. Ya no me dejaba deprimir por crisis de desesperanza. Hasta me violentaba para comer lo suficiente y estar en condiciones de seguir luchando. Comer y no debilitarse constituía también una forma de resistencia.
Vivíamos para resistir, y resistíamos para vivir.

* * *

La doctora Mitrovna, cirujana rusa de nuestro hospital, fue la primera mujer rusa que había visto en mi vida. Conocí a mujeres de muchos países, y tenía interés en ver cómo eran las de la Unión Soviética.
Era una mujer poderosa, de busto opulento, pelo oscuro y expresivos ojos castaños, que parecían atravesar a una de parte a parte cuando miraban. Era doctora de verdad y quería mucho a sus pacientes, a quienes defendía y por las cuales luchaba. Cuando el doctor Mengerle selecciono a una mujer muy enferma para trasladarla a un "hospital central", la defendió con uñas y dientes y declaró con energía:
—No, está bien. Vamos a darla de alta en menos de tres días.
Lo sorprendente es que Mengerle accediese.
Creaba en torno suyo una atmósfera de respeto. Sin embargo, era la persona más llena y afectuosa que he conocido. Nadie tenía mayor capacidad de trabajo que esta mujer de cincuenta años. Cuando veía que yo estaba pálida de fatiga y que, a pesar de ello, seguía trabajando, me decía:
—Tú podrías ser una buena rusa.
Aquélla era la alabanza mejor que sabía hacerme. Cuando los rusos bombardearon las cocinas de las S.S. de Birkenau, muchas prisioneras resultaron heridas. Yo la observé detenidamente para ver si exteriorizaba algún favoritismo hacia sus compatriotas. Pero trató a todo el mundo con perfecta imparcialidad, repitiendo siempre y a cada uno de los heridos, sin excepción de personas, la misma palabra alentadora:
—Charashov, charashov (Vamos, vamos). Por Noche Buena, se unió a nuestras celebraciones y bailó con las enfermeras. Aunque no tenía voz, cantó como una niña, sin timidez ninguna. Nos dijo que cuando estaba en su casa, siempre le habían gustado las fiestas, porque la comida era mejor. Al mismo tiempo, pudimos advertir claramente que respetaba el espíritu religioso de sus compañeras de cautiverio.
—Debemos recordar en esta Noche Buena que pasamos en el cautiverio -nos dijo-, que la gente de todas las naciones de Europa están unidas actualmente con la esperanza de la misma cosa... a saber, la libertad.
Más tarde conocí a otras mujeres rusas: unas agresivas, otras bondadosas y dulces. A través de ellas fui cayendo en la cuenta de que el Comunismo es como una religión para el pueblo ruso. Quizá fue su fe la que las ayudó a superar las dificultades y tribulaciones de la vida de Auschwitz-Birkenau mejor que otras prisioneras.
Cada vez que había que mandar al hospital del Campo F. a una paciente, la doctora Mitrovna era la que decidía quiénes deberían portar la camilla. La primera vez que salí del campo por este motivo y se cerraron las puertas detrás de mí, empecé a llorar. Nos estaban siguiendo nuestros guardianes, pero las alambradas de púas no quedaban tan cerca. Había un poco más de espacio libre, y podíamos respirar a nuestras anchas. Por este motivo, consideraba aquella tarea digna de cualquier esfuerzo.
Nos llevó quince minutos a cinco de nosotras trasladar a las mujeres enfermas a la barraca quirúrgica. Allí presencié otro drama. Las doctoras salvaban con su intervención quirúrgica a muchas cautivas, y los alemanes mandaban a las pacientes a la cámara de gas.
Pero los médicos representaban su papel con una dignidad serena. Eché una mirada en torno mío por la sala de operaciones. La vista de aquellos instrumentos y de las figuras vestidas de blanco, así como el olor del éter, me trajeron el recuerdo de mi marido y de nuestro hospital de Cluj. Estaba hundida en aquel mar de añoranzas, cuando, de repente, alguien cuchicheó a mi oído:
—¡No se mueva! ¡No pregunte nada! Póngase en contacto con Jacques, el Stubendienst francés, en el hospital de la Barraca 30.
Me quedé sorprendida. ¿Cómo sabían que yo pertenecía al movimiento de resistencia? Entonces caí en la cuenta. . . se debía a mi cinta de seda.
Había recibido una orden y tenía que cumplirla. ¿Pero cómo? Yo estaba en un hospital extraño de un campo de hombres, y era mujer.
De pronto, una enfermera dio la voz de que el doctor Mengerle andaba por allí cerca. Los médicos trataron de dominar su miedo. Se produjo un rumor de voces exaltadas.
—¡Escondan inmediatamente los guantes de goma!
— ¡Abran la puerta! ¡Va a oler el éter!
Entonces lo comprendí todo perfectamente. Aquella buena gente se había conseguido instrumentos y anestésicos a cambio de sus raciones de comida. Y ahora no tenían más remedio que esconderlo todo precipitadamente si no querían ser castigados y hasta ejecutados por el delito de ser compasivos.
Sin embargo, la operación tenía que comenzar. La desventurada mujer que yacía sobre la mesa gritaba de dolor. Parecía que iban a tener que proceder a la operación sin aplicarle anestésico ninguno.
— ¡Estos bestias alemanes! —maldije—. ¡Tengo que llegar a la Barraca 30!
Me disponía a salir cuando vi unas mantas sobre la camilla. El espectáculo de gente enferma y arrebujada en mantas no era raro en el campo hospital. Aquélla fue mi salvación.
Me envolví en una manta y salí corriendo. Por fin, encontré a Jacques, el enfermero francés, en la Barraca 30. Le dije que me habían ordenado presentarme a él. Se trepó a la koia superior y cogió un pequeño paquete que había debajo de la cabeza de un enfermo.
— ¡Dé esto al cristalero que trabaja en su campo! —me ordenó.
Cuando volví a la barraca quirúrgica, ya no estaban allí mis cantaradas. La camilla había desaparecido. Corrí hacia la entrada del campo. La médica rusa estaba discutiendo con el alemán. Llevábamos ya demasiado tiempo en el campo de los hombres, y a mí podían haberme echado de menos.
Cuando la rusa me vio llegar arrebujada en la manta, que me había echado por encima de la cabeza, comprendió. Pero siguió discutiendo con el guardián.
—Le dije que alguien nos había quitado las mantas, y mandé a esta prisionera que nos las trajese. ¿Qué es lo que no entiende usted de esto? —discutía.
No sabía más que un poco de alemán, pero, sin embargo, nos salvó. Unas cuantas palabras rusas, y luego otras cuantas palabras alemanas. No sé cómo, pero el conflicto se solucionó. Según volvíamos a toda prisa, iba yo pensando qué podría contestar a Mitrovna cuando me preguntase a qué había ido allí. Pero no me preguntó nada.
Cuando llegamos al campo, me enteré de que el cristalero se había marchado. Pero al día siguiente Jacques mandó a otro, gracias a lo cual pude, por fin, desentenderme de aquel paquete de explosivo que me había complicado tanto la vida.
Me daba vueltas en la cabeza a lo que estaría pensando para sus adentros la doctora Mitrovna. Podía haber dicho al centinela que había salido, abandonando al grupo, sin permiso ninguno, con lo cual se lavaba las manos y se excusaba de complicaciones. Pero, por el contrario, me había estado esperando. Al notar que faltaban las mantas de la camilla, inventó una disculpa ingeniosa y me salvó. No cabía duda, era una buena camarada.
Recuerdo que vi con frecuencia al mismo trabajador que me llevaba los paquetes discutiendo acaloradamente con ella. Por tanto, supongo que ella debía ser también miembro de la resistencia. Aquella brillante y callada mujer pudo haberse enterado de que yo pertenecía igualmente a la organización clandestina del campo. Acaso fuese por eso por lo que no protestó cuando salí de la habitación quirúrgica del Campo F., y por lo que me salvó del centinela alemán.
Conocíamos a otros cuantos miembros de la Resistencia, porque era mejor así, en caso de peligro. Puede ocurrir que la doctora Mitrovna no perteneciese a nuestro movimiento, pero había algo noble en su carácter, que me hizo creer que estaba con nosotras... en todo.

* * *

A eso de las tres de la tarde del 7 de octubre de 1944, una explosión ensordecedora conmovió el campo. Las prisioneras se miraban unas a otras, estupefactas. Donde había estado el crematorio, se elevaba una inmensa columna de llamas. La noticia corrió como una exhalación. ¡El crematorio había sido volado!
Los alemanes, que estaban en aquellas horas echándose su siesta, perdieron completamente la serenidad. Echaban a correr en todas direcciones, gritando órdenes y contraórdenes. Indudablemente, tuvieron miedo a una sublevación. Bajo la amenaza de sus fusiles, nos obligaron a regresar a nuestras barracas.
¿Pero qué era lo que había ocurrido en realidad? Me aproveché de la ventaja relativa que me daba mi blusa de enfermera y salí del hospital para escabullirme hasta las cocinas. Estaban situadas a unos diez metros de la entrada del campo y miraban hacia el camino de los crematorios. Era un puesto excelente para observar desde allí.
Ya se estaban dirigiendo al campo varios destacamentos de soldados, algunos en camiones y otros en motocicletas. Luego llegó la infantería de la Wehrmacht, seguida por transportes con municiones. Los soldados rodearon el crematorio y abrieron fuego de ametralladora. Me estremecí... ¿por qué? Fueron contestadas por unos cuantos tiros dispersos de revólver. ¿Era aquello una rebelión? Después de unas cuantas ráfagas más de ametralladora, la Wehrmacht y las S.S. ocuparon el lugar.
¿Qué había ocurrido?
El grupo de resistencia del Sonderkommando, los esclavos de las cámaras de gas, habían concebido un plan para volar los hornos. Valiéndose de miembros del grupo Pasche, se habían procurado cierta cantidad de explosivos que bastaban para poner en obra su plan. Pero hubo una porción de cosas que salieron mal, y la explosión no destruyó más que uno de los cuatro edificios.
La sublevación fue organizada por un joven judío francés, llamado David. Como sabía que, de todas maneras, estaba condenado a muerte, puesto que todos los miembros del Sonderkommando eran liquidados cada tres o cuatro meses, se propuso emplear de una manera útil el poco tiempo que le quedaba de vida. Fue él quien consiguió los explosivos y quien los había escondido. Pero, más tarde, acontecimientos imprevistos echaron por tierra sus planes.
Los alemanes anticiparon la fecha de ejecución del Sonderkommando. Un día, les dieron la orden de prepararse para ser trasladados y de que abandonasen el edificio del crematorio. El primer grupo, integrado por unos cien hombres, obedeció. Pero el segundo protestó. La actitud de estos miembros del Sonderkommando, la mayor parte de los cuales eran mocetones robustos y hombres de armas tomar, se convirtió en una verdadera amenaza para las jerarquías que mandaban en el campo. Los pocos guardianes de las S.S. se mostraron tan sorprendidos que prudentemente se retiraron para recibir órdenes y buscar refuerzos.
Cuando volvieron, un horno, que, mientras tanto, había sido atestado de explosivos y regado de gasolina, hizo explosión. Los rebeldes no tuvieron tiempo de volar los otros tres. Pero el Sonderkommando del cuarto se aprovechó del desorden, sus hombres cortaron la alambrada de púas y lograron fugarse del campo. Algunos fueron atrapados, pero el resto logró escapar.
Durante la refriega que siguió al alboroto, el Sonderkommando resistió ferozmente. No disponían más que de palos, piedras y unos cuantos revólveres para luchar contra asesinos entrenados, que estaban provistos de armas automáticas. Cuatrocientos treinta fueron capturados vivos, entre ellos David, su jefe, que estaba herido mortalmente.
Las represalias fueron horribles. Los guardianes de las S.S. hicieron poner a los prisioneros a gatas. Dos o tres guardianes iban descerrajando un tiro en la nuca a cada uno de ellos con diabólica precisión. Los que levantaban la cabeza para ver si les llegaba ya el turno recibían veinticinco latigazos antes de ser ejecutados.
Después de aquella revuelta, se realizaron distintas represalias en el campo. Las golpizas se hicieron más frecuentes, lo mismo que las selecciones en masa. El doctor Mengerle perdió los estribos y, personalmente, descargó su revólver sobre varios seleccionados que trataron de huir de él. Sus subordinados siguieron aquel ejemplo. Hasta la primera lluvia, el suelo del campo estuvo cubierto de sangre reseca.
En cuanto a los varios centenares de Sonderkommandos que no habían tomado parte en la sublevación, fueron fusilados por grupos en los bosques cercanos. Así fue como pereció el doctor Pasche, el médico francés del Sonderkommando, que había sido miembro activo del movimiento de resistencia. Fue él quien nos proporcionó los datos sobre la actividad del Sonderkommando. L., quien lo vio poco antes de su muerte, nos dijo que habló de su muerte próxima con valor ejemplar.
¿Nos desalentó el que la voladura de los crematorios hubiese sido un fracaso? Estábamos alicaídas, es verdad, pero el hecho de que aquello pudiera haberse realizado era una prueba inequívoca de que las cosas estaban cambiando en Auschwitz-Birkenau.

CAPITULO XXI
"¡París ha sido Liberado!"

Durante el periodo de descanso de los trabajadores, el 26 de agosto de 1944, se presentó un internado francés en la enfermería. Lo había visto antes. Era un hombrecillo de ojos oscuros, de cara flaca, con la expresión sombría característica de todos los que vivíamos en Birkenau. Era el mismo, pero no parecía el mismo. No fui capaz de comprender su sonrisa maliciosa, el guiño de sus ojos, la satisfacción que irradiaba todo su rostro, su seguridad, la manera con que extendió su mano para ser tratado. Lo miré con ojos penetrantes.
"¿Qué puede significar esto?" pensé. "Acaso me están engañando los ojos, pero hasta me parece que ha crecido.
Su extraña alegría me puso nerviosa. Los internados siempre estaban desesperados, pero aquí tenía a uno que parecía a punto de estallar de gozo.
Se me ocurrió:
"Debo andarme con cuidado. Pobre hombre, algo le funciona mal".
No eran raros los casos así. Miré impacientemente hacia la puerta. Él observó mi reacción y me hizo una inclinación de cabeza.
—París ha sido liberado —cuchicheó.
Me quedé como una estatua. Estaba tan emocionada que no fui capaz de hablar. Lo miré y me olvidé de curarle.
Me sentía abrumada por aquella noticia, y en seguida comprendí a qué se debía el estado de felicidad radiante del pequeño francés. Todavía no lograba concebir la idea. No lo creía. Durante un momento pensé:
"A lo mejor está loco de verdad."
Luego me entraron ganas de gritar, o de hacer cualquier disparate. Solté una carcajada histérica.
Cada vez que oía alguna noticia de que los Aliados habían padecido algún revés en la guerra, tenía que realizar un gran esfuerzo para ocultar la pena que aquello me producía e inventar otras noticias buenas. Porque había que mantener en alto el espíritu de las internadas. ¡Qué dichosa me sentí cuando pude, por fin, susurrar al oído de una paciente, y luego al de otra y otra, que los Aliados habían ocupado de verdad París!
— ¡París ha sido liberado!
La primera paciente a quien se lo conté era una mujer que tenía los pies hinchados. Me escuchó, abrió los ojos de puro asombro y sacó del camastro los pies infectados. Sin pronunciar palabra, rompió a llorar. Lloramos las dos. La noticia era demasiado maravillosa para ser aceptada con simple alegría.
¡Con qué rapidez corrió la noticia! En los lavabos y en los retretes, las prisioneras se abrazaban y besaban. En el hospital, las que estaban postradas en cama se incorporaban sobre sus codos, se sonreían y hacían señales de afirmación con la cabeza.
Todos añadían algún detalle nuevo a la noticia original. Al oscurecer, ya nuestras fantasías habían liberado a todo Europa a base de los "Tommies". Todos los soldados de habla inglesa eran "Tommies" para nosotras.
Las prisioneras francesas se quedaron sin habla durante unos días. Caminaban con la cabeza entre las nubes. Por la radio secreta, el grupo de Pasche se atrevió a escuchar la alocución del general De Gaulle desde París. Nos enteramos del heroísmo de los parisinos que habían levantado barricadas, impidiendo que los alemanes destruyesen las bellezas de este simpático corazón de Francia.
Notábamos que ya se desbordaba nuestra copa, y durante las formaciones y revistas, hacíamos señas a nuestras camaradas por el rabillo del ojo. Todas sabían lo que significaban aquellos guiños y muecas.
La reacción alemana se produjo inmediatamente. La sopa era todavía peor que antes, si es que aquello era posible. Un polaco y tres franceses fueron ahorcados por propalar "falsos rumores". Fusilaron al "Zar", ingeniero ruso, quien, pese a su mote, era un comunista rabioso. Otros millares de prisioneros sin nombre fueron exterminados una vez más en la cámara de gas la víspera de la gran victoria aliada.
Después de la liberación de la "Ciudad Luz", nuestras imaginaciones se desbordaron y empezamos a elaborar planes fantásticos. Por la noche, hablamos de cómo deberíamos recibir a los Aliados. Aparecerían de repente aviones sobre los cielos de Auschwitz, y descenderían paracaidistas. Aquel gran día miraríamos al cielo y veríamos en él los paracaídas norteamericanos, británicos y rusos en lugar de las cenizas del crematorio. ¡Nuestros opresores alemanes estarían mudos de terror! Se arrodillarían ante nosotros e implorarían nuestra misericordia.
Recibiríamos con besos a nuestros liberadores. Ni se nos pasaba por las mentes siquiera que estuviésemos tan sucias y andrajosas, ni que nuestros besos distaban mucho de ser apetecibles. En todo caso, nos prometimos confeccionar bonitos vestidos con la seda de los paracaídas.

* * *

"Todas las prisioneras que tengan parientes en Estados Unidos serán canjeadas por prisioneros alemanes de guerra. Estas internadas deberán dar los nombres y direcciones de sus parientes norteamericanos y todos los datos personales propios, entre ellos su nombre, su dirección anterior, su fecha de nacimiento, etcétera."
Esta orden levantó un nuevo revuelo entre las detenidas del campo. No había presa que no rebuscase en su memoria día y noche con objeto de recordar el nombre de algún pariente lejano que pudiera tener en Estados Unidos. Unas cuantas llegaron inclusive a llorar porque no eran capaces de recordar el nombre de algún primo; otras, porque no habían sostenido correspondencia con sus parientes de allende el mar.
Muchas internadas tenían los nombres necesarios, y se formó una larga lista. Numerosas éramos las que ya habíamos proyectado pasar las Navidades en Norteamérica si todo salía bien. Tantas veces se habían burlado de nosotras los alemanes, que ni sé siquiera cómo seguíamos creyéndolos. Recordé el incidente de aquellas fatídicas tarjetas postales. Pero esta vez, ni las blocovas sabían a qué carta quedarse ni qué creer.
Unas semanas después los "americanos", como ya los llamábamos, fueron convocados por los alemanes. Se les dio nueva ropa y se los llevó a la estación del ferrocarril. Estuvieron esperando un buen rato a que quedasen listos los vagones de ganado, en los cuales entraron con alegría.
La noticia corrió en seguida por todo el campo:
— ¡Los "americanos" van a partir!
Nos lanzamos hasta el extremo de nuestro campo para verlos marchar.
Los alemanes llegaron a proveer inclusive de abrigos a los "americanos". Los viajeros nos decían adiós con la mano, para enseñarnos que algunos tenían hasta guantes. Otros levantaban los pies para indicarnos que calzaban zapatos. Todo ello resultaba tanto más sorprendente cuanto que los alemanes no nos echaron de las cercanías de la estación.
—! Qué estupendo día poder irse con esos "americanos"! —suspirábamos al volver, cabizbajas, a las barracas.
Estábamos desalentadas y envidiosas. Por primera vez no nos apelotonamos alrededor del Stubendienst a la hora de la comida. La blovoca estaba extrañada de ver cómo las internadas se sentaban tranquilamente a comer en silencio su bazofia, mientras pensaban, en alas de su fantasía, en la gran ocasión que se habían perdido.
Como dos semanas después, poco más o menos, un miembro del grupo Pasche nos habló de los "americanos". Se los llevó a otro campo de la comarca.
—Esperen hasta que todo esté preparado para la partida final —se les dijo.
Indudablemente, algo resultó mal, porque la situación cambió repentinamente de arriba abajo. La ropa y los zapatos que se entregaron a los "americanos" volvieron en silencio a los almacenes del campo. Los pobres "americanos" habían sido exterminados.

* * *

Pocos días después de la salida de los "americanos" me enteré de que entre los deportados de la Barraca 28 había un ciudadano norteamericano. Oí hablar de él a un hombre que solía trabajar en nuestro campo.
Aquel norteamericano era el doctor Albert Wenger abogado y experto economista. Estaba en Viena cuando Hitler declaró la guerra. El consulado suizo trató de devolverlo a Estados Unidos a través de Suiza, pero no se le permitió, porque el desventurado Wenger había cometido el grave crimen de ocultar a una judía. Fue detenido y mandado a Auschwitz-Birkenau.
Traté de ponerme en contacto con él, igual que había hecho con otros ciudadanos norteamericanos, pero no lo conseguí.
Después de la liberación, leí la declaración oficial que había hecho a los representantes de los ejércitos liberadores. Inserto a continuación parte de ella para mostrar al pueblo norteamericano cómo eran tratados sus ciudadanos en Alemania:

"Después de haber declarado Hitler la guerra a Estados Unidos, tenía que presentarme en el Comisariado dos veces por semana, como extranjero enemigo. El consulado suizo hizo una proposición de canjearme y mandarme a Estados Unidos; pero, a pesar de eso, me detuvieron el 24 de febrero de 1943 los agentes de la Gestapo, porque había escondido a una judía sin denunciarla. Fui trasladado, en calidad de deportado, al campo de concentración de Auschwitz. Llegué allí el 6 de marzo, sucio y muerto de hambre, después de pasar mucho tiempo en distintos campos y cárceles de la policía.
"El tiempo era frío y húmedo, y para darme la bienvenida, me colocaron en una calleja entre dos barracas, desnudo, después de haberme dado una ducha fría. A continuación me vistieron con un fino traje de verano y me mandaron a la barraca de cuarentena. Allí los hombres eran hostigados y golpeados por cualquier motivo. No sabíamos cuándo estaban libres los excusados; y cuando nos pescaban allí, nos daban de golpes con una macana de goma...
"Teníamos que dormir —y éramos cuatro— en una cama de setenta y cinco centímetros de ancho. Nuestra vida no era más que un tormento, no sólo durante el día, sino también por la noche. Caí enfermo el 23 de marzo aproximadamente. Contraje anginas y pulmonía, y el 24 fui admitido en el edificio destinado a los enfermos: Barraca No. 28.
"Cuando me puse bien, trabajé primero como enfermero y 'Schreiber' (escribiente) de la barraca, y por último como supervisor de la misma. La alimentación se reducía, en gran parte, a agua, nabos y patatas podridas. Bajo aquel régimen alimenticio, gran parte de los prisioneros se debilitaron y enflaquecían a ojos vistos, hasta convertirse casi en Musulmanes. En tales condiciones, eran admitidos en la enfermería por cualquier dolencia, como por ejemplo, diarrea, pulmonía, etcétera.
"El doctor Endress, médico del campo, se presentaba cada tres semanas a escoger los Musulmanes más débiles. Al día siguiente llegaban los camiones abiertos, y sobre ellos estos desventurados, vestidos únicamente con una camisa, eran arrojados como animales en el matadero. Se les trasladaba a Birkenau para morir en la cámara de gas; a continuación, eran incinerados en los crematorios. "Lo aseguro, porque me he convencido de ello por las siguientes razones:
1) Sus pertenencias eran mandadas de Birkenau al día siguiente para ser desinfectadas. Cuando se trataba de transportes ordinarios en que los que partían seguían con vida, su ropa nunca era devuelta. De esta manera el campo se ahorraba la ropa interior y demás prendas que se daban a los deportados.
2) En cuanto a la suerte que pudieran correr aquellas personas, estoy convencido por las listas que he visto en las oficinas principales. Me enteré de que a los cinco o seis días, y muchas veces el mismo día tercero, estos nombres y números (los seleccionados) estaban ya inscritos en las listas como "muertos". Generalmente, el asesinato por gas de los débiles e indeseables no era un secreto para nadie, porque muchos deportados trabajaban en el crematorio y no se callaban, sino que hablaban de cuando en cuando de lo que estaba pasando con otros prisioneros. El mismo comandante del campo, el Hauptsturmführer Hessler, para terminar con el pánico que se había adueñado de los deportados, pronunció una alocución en la Barraca No. 28 del campo central de Auschwitz, con la cual quiso tranquilizar a los deportados judíos, diciéndoles que no habría más ejecuciones por gas. Esto ocurrió el mes de enero de 1945, y confirmó la veracidad de mis afirmaciones.
"Hasta el mes de abril de 1943, lo mismo daba quién fuese ejecutado en la cámara de gas. Después de dicha fecha, sólo se liquidaba así a los judíos y a los gitanos. Los indeseables que no fuesen judíos perecían en la Barraca No. 11, o morían víctimas de una inyección de fenol en el corazón. Estas inyecciones de fenol eran aplicadas, al principio, por el Oberscharführer Klaehr. Luego por el Oberscharführer Scheipe, por el Unterscharführer Hantel, por el Unterscharführer Nidowitzky (apodado también Napoleón), y por dos internados, Rausnik y Stessel, quienes se fueron en un transporte.
"Entre los deportados que perecieron en la cámara de gas estaban también el 'deportado protegido' (Schutzhaeftling) Joseph Iratz, de Viena. (Probablemente por error; porque los 'deportados protegidos' no debían ser ejecutados en la cámara de gas, según lo dispuesto).
"De mi transporte (integrado por doscientos cincuenta 'deportados protegidos' en total), cuatro murieron por gas. El mes de enero de 1944 fue ejecutado en la cámara de gas el ciudadano de Estados Unidos, Herbert Kohn, que estaba sumamente débil. Conseguí salvarlo de unas cuantas selecciones anteriores, pero luego cambió de barraca y no pudo escapar a su sino. Kohn fue detenido por la Gestapo en Francia durante una redada y enviado a Auschwitz como judío. Otro ciudadano norteamericano Myers, de Nueva York, murió también en la cámara de gas. Procedía de otra barraca. Podría citar otros muchos casos semejantes, pero, desgraciadamente, no puedo acordarme de los nombres.
"En el otoño de 1943, el 'internado protegido' alemán, Willi Kritsch, de 28 años, arquitecto, fue golpeado con un palo por el Unterscharführer Nidowitzky en uno de sus arrebatos de sadismo, hasta que cayó a tierra. Como todavía seguía con vida, Nidowitzky ordenó que fuese conducido a la sala de operaciones, donde él mismo le puso una inyección de fenol. ¡Como causa de su muerte se declaró 'debilidad del corazón'!
"Cada dos o tres meses había fusilamientos en masa contra el muro negro de la Barraca No. 11. Durante estas ejecuciones, se cerraba la barraca, y sólo el personal del hospital tenía derecho a pasar por delante de ella. Yo mismo vi, a fines de 1943 o principios de 1944, cómo los enfermeros tiraban los cadáveres desnudos en un gran camión. Eran cuerpos de hombres y mujeres jóvenes, gente sana. Cuando quedaba cargado el primer camión, llegaba otro, y el juego se repetía una y otra vez de la misma manera: un torrente de sangre corría por las barracas No. 10 y 11. Los internados de la barraca de desinfección y del edificio destinado a los enfermos extendían arena y cenizas sobre la sangre.
"El mes de octubre de 1944, el consejero comercial de Viena, Berthold Storfer, fue llamado a la Barraca No. 11, para no volver jamás. Unos cuantos días más tarde, me enteré de la suerte que había corrido por el empleado principal de la oficina. Éste me mostró la indicación 'muerte', en la ficha personal de Storfer. De la misma manera pereció el doctor Samuel, de Colonia. Los dos fueron muertos probablemente porque habían visto y sabían demasiado. En noviembre de 1943, el doctor Rittervon Burse acusó a Joseph Ritner, maquinista de Austria, al doctor Arwin Valentín, de Berlín, cirujano, y al doctor Masur, veterinario berlinés, así como a mí mismo, de ser enemigos del Reich Alemán y de haber llamado a las S.S. banda de asesinos, y a Hitler y Himmler, asesinos de masas humanas.
"También se nos atribuía que habíamos asegurado que Alemania estaba muy próxima a perder la guerra. Tenemos que expresar nuestro tributo de gracias al abogado Wolkinsky por no haber sido fusilados. Presentó a Burse como a un aventurero, y quitó fuerza a la acusación. El Unterscharführeer de las S.S. Laehmann me golpeó para hacerme confesar.
"Poco antes de ser librados nosotros por el Ejército Rojo, el nuevo Hauptsturmführer de las S.S. Krause golpeó sin motivo ninguno a dos deportados que trabajan en la cocina. Uno de ellos era el doctor holandés, Ackermann. El 25 de enero de 1945, la policía de las S.S. intentó de nuevo hacernos salir del campo para exterminarnos. Solamente gracias al rápido avance del victorioso Ejército Rojo; salimos con vida."

CAPÍTULO XXII
Experimentos Científicos

Mientras trabajé en los hospitales del Campo F., K., L. y del Campo E, tuve que atender a muchos conejillos de indias humanos, víctimas de los experimentos "científicos" realizados en Auschwitz-Birkenau. Los doctores alemanes tenían a su disposición centenares y millares de esclavos. Como eran libres de hacer lo que se les antojase con aquella gente, decidieron llevar a cabo experimentos con ellos. De aquello no hubiese podido jactarse ningún hombre ni mujer decente, pero al contingente de médicos nazis hizo alarde de tales experimentos.
Pero no sólo se dedicaron a experimentar ellos mismos, sino que obligaron a muchos doctores de los que había entre los deportados a trabajar bajo la supervisión de los médicos de las S.S. Por horribles que fuesen aquellas experiencias de laboratorio, los hombres que las realizaron pudieran haber tenido excusa, de estar convencidos que, por lo menos, de que servían a la ciencia y de que los sufrimientos de aquellos desventurados conejos de indias lograrían, en fin de cuentas, ahorrar sufrimientos a los demás.
Pero no hubo ventaja ninguna ni beneficio científico. Los seres humanos eran sacrificados por centenares de miles, y eso era todo. Así que los esclavizados doctores deportados, casi todos los cuales terminaron en los crematorios, saboteaban los "experimentos" todo lo que podían. Además, había tal desorden y falta de método en aquellas "pruebas científicas", que constituían juegos crueles más bien que investigaciones serias de la verdad. Todos hemos oído hablar de niños sin entrañas que se divierten arrancando a los insectos sus patas y sus alas. Aquí ocurría lo mismo, sólo que con una diferencia: en lugar de insectos, se trataba de seres humanos.
Uno de los experimentos más corrientes, y también más inútiles, consistía en inocular a un grupo de internados un germen morboso. Porque ocurría que, mientras tanto, es decir, mientras duraba el proceso de reacción de sus organismos a dichos gérmenes, los médicos alemanes solían perder todo interés en su proyecto. ¿Y qué ocurría con aquellos conejillos de indias humanos? Cuando tenían suerte, eran enviados al hospital; los que no, salían hacia la cámara de gas. Sólo en circunstancias extraordinarias y en casos raros, eran sometidos a observación.
Muchas veces, los experimentos eran completamente absurdos. A un médico alemán se le ocurrió la idea de estudiar cuánto tiempo duraría con vida un ser humano, a base exclusivamente de agua salada. Otro sumergió a su conejo de indias humano en agua helada, pretendiendo que iba a observar el efecto de aquel baño en las temperaturas internas.
Después de ser sometidos a tales experiencias, los internados no necesitaban ir al hospital, sino que estaban dispuestos para la cámara de gas. Cierto día, entraron varias enfermeras en la enfermería y preguntaron:
—¿Quiénes son las que no pueden conciliar el sueño?
Unas veinte internadas aceptaron una dosis de cierto polvo blanco desconocido, probablemente a base de morfina. Al día siguiente, diez de ellas habían muerto. El mismo experimento se verificó con mujeres de más edad; la consecuencia fue que murieron setenta más en la misma noche.
Cuando los alemanes estaban tratando de dar con nuevos tratamientos para las heridas producidas por las bombas norteamericanas de fósforo, quemaron la espalda de cincuenta rusos con fósforo. Estos "controles" no recibían cura ninguna. Los hombres que sobrevivían eran exterminados.
Uno de sus experimentos favoritos era la observación de mujeres recién llegadas, cuya menstruación era todavía normal. Durante sus periodos, se les decía brutalmente:
—Dentro de dos días van a ser fusiladas.
Los alemanes querían saber qué efecto producía aquella noticia en el flujo menstrual. Un profesor de histología de Berlín llegó a publicar un artículo en un periódico científico alemán sobre sus observaciones de las hemorragias provocadas en las mujeres por este tipo de noticias alarmantes.
El doctor Mengerle, médico jefe, se dedicaba a dos investigaciones principales, que eran sus favoritas: se referían al estudio de los gemelos y de los enanos. Los gemelos que entraron cuando llegaban los contingentes nuevos de prisioneros, eran colocados aparte, a ser posible con sus madres. Luego se les mandaba al Campo F. K. L. Cualquiera que fuera su edad o su sexo, los mellizos interesaban profundamente a Mengerle. Se les daba un trato de favor, y hasta se les permitía quedarse con su ropa y con su pelo. Llegó a tales extremos en su solicitud que, cuando se estaba liquidando el Campo Checo, dio órdenes de que se perdonase la vida a una docena de mellizos.
En cuanto llegaban, estas parejas de hermanos eran fotografiadas desde todos los ángulos posibles. Después comenzaban los experimentos, pero eran extraordinariamente irreflexivos y al buen tuntún. Así por ejemplo, ocurría que se inoculaban a uno de los gemelos ciertas substancias químicas, y el doctor esperaba a observar la reacción que le producían, si no se le olvidaba mientras tanto. Pero aun cuando siguiese observando el caso, la ciencia no ganaba nada por el sencillo motivo de que el producto inyectado no presentaba interés particular. En cuando usaban una preparación, esperaban que tenía que ocasionar el sujeto experimentado un cambio en la pigmentación del pelo. Se perdían muchos días en examinarle el cabello y en observarlo al microscopio. Los resultados no arrojaron averiguación ninguna sensacional, y las pruebas se abandonaron.
Los enanos constituían la verdadera pasión del doctor Mengerle. Los coleccionaba con gran interés. El día que descubrió en un transporte a una familia de cinco enanos, estaba fuera de sí de puro júbilo. Pero su manía era de coleccionista, no de sabio. Sus experimentos y observaciones eran realizados de manera anormal. Cuando hacía transfusiones, utilizaba adrede tipos de sangre contraindicados. Naturalmente, se producían complicaciones, pero Mengerle no tenía que dar cuenta a nadie de sus pruebas. Hacía lo que se le antojaba y verificaba sus experimentos como un aficionado que hubiese perdido la razón.
Se instaló una estación experimental a cierta distancia del campo, la cual parecía tener un carácter más científico. Pero sólo lo parecía. Fácilmente se advertía que el "trabajo" que allí se desarrollaba no era más que un derroche criminal de seres humanos y una absoluta carencia de escrúpulos por parte de los supuestos investigadores.
Con aquellos experimentos se proponían, en teoría, recoger información para la Wehrmacht. La mayor parte de las veces, consistían en pruebas de resistencia humana, resistencia al frío, al calor, o a la altura. Centenares de internados murieron en el proceso de estos experimentos realizados en la estación de Auschwitz y en otros campos de concentración. Al precio de millares de víctimas, la ciencia alemana vino a deducir en conclusión que un ser humano puede sobrevivir en agua helada, a una temperatura predeterminada, durante tantas horas. También se fijó con precisión (¡) cuánto tiempo tardaba en morir un hombre sometido a distintos calentamientos de diversos grados de temperatura.
Me he referido a experimentos con los cuales se trataba, de determinar la resistencia del organismo humano al hambre. Los "Musulmanes", especialmente los más demacrados y depauperados, eran obligados a beber increíbles cantidades de sopa. Tales crudos experimentos resultaban muchas veces fatales. Me enteré de unos cuantos casos en que los deportados padecían un hambre tan devoradora que se prestaban voluntariamente a esta alimentación forzada. El hijo del Primer Ministro M. de Hungría estaba tan famélico que se ofreció como voluntario a los experimentos de malaria. Los conejillos de Indias de esta prueba recibían raciones dobles de pan durante unos días.
Se efectuaron también experimentos sobre diagnósticos. Los casos interesantes eran sacados del hospital y matados sin más ni más, con el exclusivo objeto de ser sometidos a disección a efectos de autopsia. Cuando había varios pacientes con la misma dolencia, se les daba a veces tratamientos distintos y, después de cierta fase, se los mataba para poder deducir acaso alguna conclusión de dicho experimento. Muchas veces ocurría que se sacrificaba al paciente, pero nadie pensaba ya en examinar su cadáver... porque eran demasiados los muertos que había en Auschwitz.
La compañía alemana Bayer mandó medicinas en envases carente de etiqueta indicadora de su contenido. A los tuberculosos se les inyectó aquel producto. No fueron enviados a la cámara de gas. Los observadores esperaron a que muriesen, cosa que ocurrió al poco tiempo. Después se mandó parte de sus pulmones a un laboratorio elegido por Bayer.
Cierto día, la Bayer Company se llevó de la administración del campo ciento cincuenta mujeres y probó en ellas medicamentos desconocidos, acaso a efectos de pruebas con hormonas.
El Instituto Weigel de Cracovia mandó vacunas al campo. También debían ser probadas y "perfeccionadas". Las víctimas fueron escogidas entre prisioneros políticos franceses, sobre todo entre miembros del movimiento clandestino de inteligencia, de los cuales querían desembarazarse los alemanes.
Hubo que despachar como unas dos mil preparaciones orgánicas a la Universidad de Innsbruck. Según las instrucciones, aquellas preparaciones había que hacerlas a base de cuerpos absolutamente sanos, es decir, de cadáveres de individuos muertos en la cámara de gas, en la horca o a tiros, cuando gozaban de buena salud.
Un día se utilizó un gran número de mujeres, en su mayor parte polacas, para experimentos de vivisección: injertos de huesos, de músculos y otros varios. Llegaron de Berlín cirujanos alemanes para verificar los experimentos y observar sus resultados. Las vivisecciones eran realizadas en condiciones terribles. La víctima era atada a la mesa de operaciones en una barraca primitiva, y la operación se efectuaba sin asepsia. Los conejos de Indias humanos padecían horriblemente aún después de las operaciones. No se les daba nada para mitigar sus sufrimientos.
Los alemanes solían hacer extracciones de sangre periódicamente para enriquecer su ciencia racial. Pero, aparte del interés científico que aquello pudiera tener, la sangre de los prisioneros se utilizaba para verificar transfusiones a los heridos alemanes. A cada donante "voluntario" se le extraían quinientos c.c. de sangre que se enviaba inmediatamente al ejército. En su afán de salvar las vidas de los soldados de la Wehrmacht, se olvidaban de que la sangre judía era de "calidad inferior".
He aludido anteriormente a las "inyecciones en el corazón", como llamaban las prisioneras a las inyecciones intra-cardíacas de fenol. A veces, el líquido de estas inyecciones estaba hecho a base de bencina o petróleo. Este procedimiento se aplicaba en los hospitales para acabar con los enfermos, los débiles y los considerados "superfluos".
He hablado de un médico polaco a quien obligaron a poner estas inyecciones durante dos días a sus compañeros de cautiverio.
—Cuando el doctor de las S.S. me llamó al hospital —me explicó—, yo no tenía idea de cuál sería el motivo por el que reclamaba mi presencia. Entonces me mandó inyectar a los pacientes en la cavidad cardíaca. Me dijo que tenía que inyectar el líquido en cuanto notase que la aguja había penetrado en el interior del corazón.
El doctor polaco siguió sus órdenes, y los pacientes cayeron muertos a tierra.
En otro experimento insensato, tendieron a centenares de enfermos bajo el sol abrasador. Los alemanes querían averiguar cuánto tardaba en morir una persona enferma bajo el sol, sin agua.
A unos treinta kilómetros de nuestro campo había una estación experimental especializada en inseminación artificial. A dicha estación fueron enviados los médicos presos de más prestigio y las mujeres más hermosas. Los alemanes concedían gran importancia a aquellos experimentos. Desgraciadamente, no pude ver el trabajo que allí se desarrollaba, porque dicha estación era la más celosamente guardada de todas. Sin embargo, pude obtener algunos datos.
Los alemanes practicaron la fecundación artificial en numerosas mujeres, pero las investigaciones no arrojaron resultados. Yo conocía a mujeres que habían sido sometidas a la inseminación artificial y habían sobrevivido, pero estaban avergonzadas de confesar aquellos experimentos.
Otro grupo fue inyectado con hormonas sexuales. No había sido posible determinar la naturaleza de la sustancia inyectada ni cuáles fueron los resultados obtenidos. Después de tales inyecciones, a muchas de las mujeres se les produjeron abscesos que les fueron abiertos en la Barraca 10.
Pero estoy bien informada de los experimentos de esterilización. Se realizaron en Auschwitz-Birkenau bajo la dirección de un doctor polaco, que fue ejecutado por los alemanes unos días antes de evacuarse el campo.
Con estos experimentos trataban de comparar los resultados de los métodos quirúrgicos y de los tratamientos con rayos X. En el hospital, vimos numerosas enfermas que habían pasado por la estación experimental. Mostraban serias quemaduras, producidas por la aplicación desacertada de estos rayos. Hablando con ellas y con los médicos deportados, nos enteramos de los experimentos. El sujeto era colocado bajo la radiación de los rayos X, que cada vez se iba intensificando más. De cuando en cuando se interrumpía el tratamiento para ver si el sujeto era capaz todavía de copular. Todo esto se desarrollaba bajo los ojos vigilantes de los guardianes de las S.S. de la Barraca 21.
Cuando el médico comprendía y se aseguraba de que los rayos X habían destruido definitivamente la potencia genital del sujeto, era despachado a la cámara de gas. Había ocasiones en que la víctima era castrada quirúrgicamente cuando la irradiación necesitaba demasiado tiempo para producir el efecto deseado.
En agosto de 1944, los alemanes esterilizaron como un millar de muchachos de trece a dieciséis años. Se registraron sus nombres y las fechas de esterilización. Al cabo de unas semanas, fueron llevados a la Barraca 21. En el laboratorio los sometieron a preguntas sobre el resultado de aquel primer "tratamiento", sobre sus deseos, poluciones nocturnas, pérdida de memoria, etcétera.
Los alemanes los obligaban a masturbarse. Les provocaban la erección mediante el masaje de sus glándulas prostáticas. Cuando este trabajo cansaba al "masseur", los "sabios alemanes" utilizaban un instrumento de metal, que producía al paciente un gran dolor.
El semen era examinado por un bacteriólogo, que determinaba la vitalidad de los espermatozoides. En 1944, los alemanes mandaron al campo un microscopio fosforescente. Con él, podían observar las diferencias que había entre los espermatozoides vivos y los muertos.
A veces los alemanes realizaban castraciones incompletas, extirpando al sujeto la cuarta parte o la mitad del testículo. En otras ocasiones, el testículo entero se mandaba a Breslau en un tubo esterilizado con formalina (10 por ciento) para someterlo a un estudio histopatológico de los tejidos. Éstas operaciones se realizaban con inyecciones intrarraquídeas de novocaína. Los muchachos fueron separados de los demás en la Barraca 21 y observados cuidadosamente. Cuando terminaron los experimentos, la recompensa que recibieron fue, como siempre, la cámara de gas.
Recuerdo el caso de un chico polaco, apellidado Grünwald, de unos veinte años. El profesor Klauber le prescribió un tratamiento de rayos X. Al cabo de dos meses, no habían producido dichos rayos el efecto deseado. Así que el muchacho fue trasladado a la Barraca 21 para su completa castración. Pero los rayos X le habían sido aplicados en dosis tan excesivas que tenía quemaduras graves. La cosa degeneró en cáncer, y el muchacho padeció sufrimientos terribles. En enero de 1945, seguía vivo todavía en el hospital de Birkenau.
Estos métodos eran también aplicados a las mujeres. A veces los alemanes utilizaban rayos de onda corta, que producían a las pacientes dolores intolerables en la parte baja del abdomen. Luego se le abría el vientre para observar las lesiones. Los cirujanos generalmente les extirpaban la matriz y los ovarios.
El profesor Schuman y el doctor Wiurd realizaron muchos experimentos por el estilo en jovencitas de dieciséis o diecisiete años. De las quince muchachas utilizadas para dichos experimentos, sólo sobrevivieron dos, Bella Schimski y Dora Buyenna, ambas de Salónica. Nos dijeron que habían sido expuestas a rayos de onda corta, con una plancha sobre el abdomen y otra en la espalda. La electricidad fue dirigida hacia los ovarios. La dosis fue tan elevada que quedaron gravemente quemadas. Al cabo de dos meses de observación, las pobres tuvieron que someterse a una operación "de control".
Un grupo de mujeres jóvenes en su mayor parte holandesas fueron víctimas de una serie de experimentos, cuyo motivo sólo debía ser conocido de su autor, Klauberg, ginecólogo alemán de Kattowitz. Con la ayuda de un aparato eléctrico, inyectaba un líquido blancuzco y espeso en los órganos genitales de estas mujeres. Les producía una terrible sensación de quemadura. Esta infusión se repetía cada cuatro semanas y a ella seguía siempre una radioscopia.
Estas mismas mujeres fueron sometidas simultáneamente a otra serie de experimentos por un doctor distinto. Se trataba ahora de una inyección en el pecho. El médico les inyectaba cinco c.c. de un suero cuya naturaleza desconozco, a razón de dos a nueve inyecciones en cada sesión. La reacción se producía en forma de una hinchazón dolorosa del tamaño del puño. Algunas mujeres recibieron más de cien inoculaciones de ésas. A otras se les inyectaba además en las encías. Después de una serie de experimentos por el estilo, las mujeres eran declaradas inútiles y despachadas.
En cierta ocasión, preguntamos a un prisionero alemán ario, que antes fuera trabajador social, cuál era la razón fundamental para proceder a la esterilización y castración de los prisioneros. Antes de su cautiverio, había tomado parte activa en la política alemana, trabando relación con muchos personajes de importancia. Nos aseguró que los alemanes tenían una razón geopolítica para dedicarse a aquellos experimentos. Si fuesen capaces de esterilizar a todos los seres humanos no alemanes que todavía siguiesen con vida después de su victoriosa guerra, no habría peligro de que las nuevas generaciones estuviesen integradas por razas "inferiores". Al mismo tiempo, la población de los supervivientes podría ser útil para prestar servicios como jornaleros durante unos treinta años. Después de dicho plazo, el exceso de población alemana necesitaría todo el espacio de estos países, y los "inferiores" perecerían sin dejar descendencia.
Cuando recuerdo estos experimentos, no puedo menos de pensar en el drama de la pequeña francesita Georgette, que murió en el hospital el mismo día de Navidad del año 1944. Había sido utilizada como conejillo de Indias para las experiencias de esterilización, y cuando volvió al hospital, ya no era mujer.
Tenía un novio polaco, que iba a verla aquel mismo día. Pero ella prefirió no volver a verlo jamás. Antes que sufrir aquella terrible degradación, se decidió a pasar por muerta.
Llegó su novio, pero ella se escondió bajo la manta de la tercera fila de koias, inmóvil como un cadáver. Accediendo a los deseos de la pobre mujer, le habíamos dicho ya el día antes que había muerto. Pero él venía no a ver a Georgette. Se dirigió a la cama de otra muchacha de Cracovia, a la cual traía sus regalos.
Georgette lo vio todo desde debajo de su manta. Con las fuerzas que le quedaban, se incorporó y se tiró desde lo alto de la koia. La caída fue fatal.

CAPITULO XXIII
Amor a la Sombra del Crematorio

Es ley de la naturaleza que donde quiera se reúnan hombres y mujeres, surja el amor. Ni siquiera a la sombra del crematorio podían suprimirse del todo las emociones humanas. El amor, o lo que se llamaba así en la atmósfera degradada del campo de la muerte, no era sino una desviación de lo que es para la gente normal, puesto que la sociedad de Birkenau había quedado reducida a una desviación también de la sociedad humana normal.
Los superhombres que tenían en su mano nuestros destinos trataron de extinguir todo deseo sexual en los prisioneros. Corría por el campo el rumor de que mezclaban con nuestra comida ciertos polvos para reducir o destruir el apetito sexual. Como los hombres de las S.S. podían excitarse demasiado ante la proximidad de tantas mujeres jóvenes y hermosas a las que veían demudas y expuestas totalmente a su mirada, se les habían proporcionado burdeles con prostitutas alemanas para su uso. A pesar de las teorías nazis respecto a la corrupción racial, nos enteramos de que muchas internadas atractivas fueron llevadas a esos lupanares. Privilegios semejantes se concedían a prisioneros de los campos de hombres. Sólo que su admisión era considerada, naturalmente, como un favor excepcional.
Por otra parte, las ordenanzas y los procedimientos artificiales no significaban nada. La constante tensión nerviosa contribuía poco al aplacamiento de nuestros deseos. Por el contrario, la angustia mental parecía brindarnos un estímulo peculiar.
Las relaciones entre los prisioneros de uno y otro sexo, estaban caracterizadas por la ausencia total de convencionalismos sociales. Todo el mundo se dirigía a la persona que le interesaba, y a todos en general, llamándole de tú, y por su nombre, no por su apellido. Tal familiaridad no quería decir amistad, ni carecía siempre de cierta vulgaridad.
Los únicos hombres que conocimos, aparte de los guardianes de las S.S. y de los soldados de la Wehrmacht eran prisioneros varones que reparaban los caminos, abrían zanjas y llevaban a cabo otras tareas por el estilo de nuestro campo. Generalmente, la única hora a que nos reuníamos era durante la comida, bien en los lavabos o en los retretes, donde muchos hombres consumían su comida. Solían estar rodeados de mujeres de todas edades y condiciones, que les pedían con voz lastimera las migas.
Se colocaban las mujeres en círculos, de tres o cuatro en fondo, con las manos alargadas como pordioseras. Las muchachas bonitas cantaban las canciones de moda para atraer su atención. A veces, los hombres cedían y les daban parte de su alimento. Sólo entonces podía una mujer saborear una patata, lo cual constituía el lujo más delicioso del campo, que sólo estaba reservado a las que trabajaban en la cocina y a las blocovas.
Sin embargo, rara vez era la compasión la que inclinaba a los hombres a repartir su poco abundante comida. Ésta era la moneda con que se pagaban los privilegios de índole sexual.
Sería inhumano condenar a las mujeres que se veían obligadas a descender tan bajo para conseguirse un mendrugo de pan. La responsabilidad de la degradación de las internadas la tenía la administración del campo.
Sea de esto lo que fuere, la prostitución era un fenómeno ordinario en Birkenau, con todas sus lamentables consecuencias, a saber, enfermedades venéreas, alcahuetas, etcétera. Muchos de los objetos robados en el Canadá estaban destinados a las mujeres de los hombres más listos en efectuar tales cambios.
Sin embargo, no todos los amores que había allí eran sórdidos. Se daban casos de sincero cariño y emocionante compañerismo. Pero, aunque no existiese esta veta sentimental y esta ternura, la mujer que tenía un amante gozaba de una distinción real, porque había muy pocos hombres en el campo.
La mayor parte de las jóvenes tenían sus aventuras. Las blocovas, disponían de rincones para ellas solas en las barracas, estaban en situación de ventaja con respecto a las demás, y no titubeaban en utilizarla. Las amigas de la blocova hacían de centinelas, es decir, vigilaban, mientras su jefe se divertía con su invitado. Claro está, estas citas estaban estrictamente verboten, o sea, prohibidas. Cuando un hombre de las S.S. se acercaba al bloque, las vigilantes daban el alerta. Muchas veces ocurría que una cita era interrumpida tres o cuatro veces, pero las parejas no se desanimaban fácilmente.
De cuando en cuando, la blocova cedía, por una consideración justificada, su habitación a una mujer. La compensación tenía que ser alta, porque el peligro era grande. Si sorprendían a la blocova recibiendo a un hombre, o facilitando la reunión de una pareja, la esperaban serios castigos. Podría afeitársele de nuevo la cabeza, o dársele una paliza cruel, o, lo que era peor todavía, podía ser destituida de su alto puesto.
Los patrones de belleza variaban en Birkenau. Aquello constituía un mundo aparte. La mujer que tenía el cuerpo más lleno y los encantos más opulentos era considerada como el modelo de hermosura femenina. A los prisioneros varones no les gustaban los cuerpos huesudos ni las mejillas descarnadas, aunque ellos mismos estaban reducidos al estado de esqueletos vivientes. Las mujeres —muy escasas por cierto— que milagrosamente conservaban un poco de carne eran envidiadas por las demás, quienes acaso, un año antes, se hubiesen sometido a dietas duras alimenticias para disminuir de peso.
Lo mismo que en todas las cárceles, también había en Birkenau invertidos e invertidas. Entre las mujeres, se distinguían tres categorías. El grupo menos interesante estaba integrado por las que eran lesbianas por instinto. Más alborotadas eran las que pertenecían a la segunda clase, en la cual se incluían las mujeres que cambiaron de punto de vista sexuales debido a las condiciones anormales en que vivían. Muchas veces, se entregaban al vicio por pura necesidad.
Teníamos entre nosotras a una polaca que debería andar por los cuarenta y que había sido en su tiempo profesora de física. Su marido había muerto a manos de los alemanes y sus hijos habían sido enviados a algún lugar terrible, o acaso a la muerte. Una prisionera, que era funcionaría, dedicó interés particular a esta bonita, delicada e inteligente mujer. La profesora sabía que si cedía, se ahorraría por lo menos la tortura del hambre. Debió librar una gran batalla contra la tentación, pero por fin, sucumbió. Seis semanas después, hablaba de su "amiga" con palabras de gran entusiasmo. Al cabo de dos meses, confesó que no era capaz de vivir sin su pareja.
A la tercera categoría pertenecían las que se enteraron de sus tendencias lesbianas a través de su asociación con la corruptela del campo y la degradación de sus costumbres, lo cual era muy distinto de lo que le ocurrió a mi amiga polaca.Aquella inmoralidad se debía en gran parte a las "soireés de baile", que se organizaban a veces en aquel mundo dantesco de Birkenau. Durante las largas noches del invierno de 1944, cuando los alemanes estaban profundamente preocupados por el avance de los rusos y nos dejaban en relativa libertad, las prisioneras daban "fiestas", que parodiaban grotescamente los devaneos mundanos que conocieron en su vida anterior. Se reunían en torno a una carbonera a cantar y a bailar. Una guitarra y una armónica de la orquesta del campo de concentración contribuían a que tales festivales durasen hasta el amanecer del nuevo día.
Las jefas de nuestras barracas desempeñaban un papel importante en estos asuntos. La Lageralteste, la "reina sin corona del campo", quien residía en el Campo E, en el cual vivía yo entonces, no faltaba nunca. Era una criatura joven y frágil, una muchacha alemana de unos treinta años. Se las arregló para vivir durante diez años, yendo de un campo para otro.
Durante aquellas orgías, las parejas que bailaban juntas iban aficionándose más y más recíprocamente. Algunas mujeres se vestían de hombres para dar cierto aire de realidad a su proceder.
Una de las iniciadoras mejores de aquellas soireés era una condesa polaca, de cuyo nombre no me acuerdo. Cuando la vi por primera vez, estaba sentada junto a la puerta de nuestro hospital. La miré, sorprendida, y pensé:
"¿Qué hace este hombre aquí?"
Porque parecía, ni más ni menos, un hombre. Llevaba una chaqueta de artista de terciopelo negro, según el estilo familiar del barrio artístico parisién, y una gran corbata negra de lazo. El mismo pelo lo tenía cortado como un hombre. En realidad, parecía un hombre guapo de unos treinta años. Pregunté a una compañera, la cual me contestó:
—Ese hombre no es tal hombre. . . él es una ella.
La condesa se conducía como un hombre en su comportamiento general y en sus maneras. Un día que me había trepado a la koia para atender a mi "Tarea de Control de Piojos", noté que una mano cortés me ayudaba a bajar. Me sentí sumamente sorprendida... ¡Era nada menos que la condesa! Con aquel gesto galante, abrió el fuego de un cortejo. Tuve que terminar echándome a correr para huir de ella.
Mientras las demás se dedicaban a sus travesuras durante los bailes, yo solía muchas veces quedarme dormida en mi camastro. En más de una ocasión, me despertaron besos y otros gestos amorosos. ¡Era la condesa! La cosa subió tanto de punto que me daba miedo echarme a dormir durante los bailes. Las demás se sentían halagadas por un cortejo apasionado, pero yo no. Esperaban que la condesa se buscase una nueva amiga, porque su antigua "novia" había sido trasladada en un convoy.
Me daba lástima aquella desgraciada mujer. El humor alemán nos la había traído al campo. Cuando llegó, iba vestida con ropa de hombre, y los alemanes quisieron al principio internarla en el campo de los hombres. Pero ella se opuso frenéticamente y se empeñó en demostrar que era mujer. Ellos la obligaron, porque para nuestros carceleros resultaba una verdadera función de circo observar cómo se conducía entre nosotras aquella "mujer-hombre". Naturalmente, no nos atrevimos a formular una queja ni una protesta. La cosa divertía a los alemanes.
Las fiestas me recordaban siempre la "Dance Macabre". Cuando pensaba en el triste destino común que esperaba a todas aquellas desventuradas, no podía reprimir un estremecimiento de horror.
Pero quizás mi repugnancia estuviese fuera de sitio o careciese de justificación en aquellas circunstancias. Las distracciones, por horribles que fuesen, significaban unas cuantas horas de olvido, lo cual por sí solo valía cualquier cosa en el campo. Además, aquellas reuniones eran mejor que muchas otras cosas que ocurrían allí. Los prisioneros, lo mismo hombres que mujeres, eran muchas veces víctimas de los abusos de los jefes alemanes de las barracas, entre los cuales había un alto porcentaje de homosexuales y otros degenerados.
No me olvidaré jamás de la angustia de una madre que me dijo que la obligaban a desnudar a su hija y observar cómo la violaban los perros a los que habían adiestrados para aquel deporte de manera especial los nazis. Lo mismo ocurría a otras muchachas. Se las obligaba a trabajar en las canteras doce o catorce horas al día. Cuando se desplomaban exhaustas, el deporte favorito de los guardianes consistía en enviscar a los perros para que las atacasen. ¿Quién será capaz de perdonarles todos los crímenes que cometieron?
Las jefas del campo eran famosas por sus aberraciones. La Griese era bisexual. Su criada, que era amiga mía, me informó de que muchas veces Irma Griese tenía relaciones homosexuales con internadas, a las que después mandaba al crematorio. Una de sus favoritas era una blocova, que estuvo siendo su esclava una larga temporada hasta que la jefa del campo se cansó de ella.
Tal era de corrupta la atmósfera de Birkenau, un verdadero infierno. Allí los nazis conculcaban uno de los derechos más personales. Allí el amor se convertía en una excitación degenerada para los esclavos y una diversión sádica para los supervisores.

* * *

Yo tenía miedo a Irma Griese. Una vez, ofrecí a cierta persona mi ración de margarina como soborno para no tener que presentarme a ella. Hice la proposición a la modista de la Griese, a la que llamábamos Madame Grete, que fuera en otro tiempo dueña de un salón de, modas en Viena o en Budapest.
Madame Grete se enojó conmigo.
—¿Por qué quieres crearte dificultades? —gruñó—. A ti te toca ahora, sabes muy bien que es mejor que hagas lo que te han dicho.
Pero ante mis insistentes súplicas, me prometió ir corriendo a ver a la secretaria de la blocova para conseguirse alguien que la ayudase a entregar el guardarropa de Irma Griese.
Por la mañana, me acordé de aquella cucharada de margarina. Sentí un vehemente deseo de comérmela, pero no quería presentarme ante Irma Griese.
Llevé la margarina a Madame Grete. Ella la aceptó y la guardó.
—Bueno, vamos —me dijo.
Me eché a temblar.
—¿Pero no lo pudiste arreglar?
—No, tienes que venir tú.
—Pero. . . ¿y mi margarina?
—Cuando volvamos, te la daré. Ya sabes que no te la puedes llevar allá.
Cogió las prendas escrupulosamente planchadas, me las echó sobre los brazos extendidos y salimos. Teníamos un pase para salir de los terrenos del campo. Minutos después, estábamos frente a la barraca en que vivía el "ángel rubio".
—No has venido en el momento mejor. Esa fiera se ha vuelto loca —cuchicheó la criada de Irma Griese a mi compañera.
—¡Ay, Dios mío! —murmuró la modista—. ¡Ahora me va a moler a palos!
—No lo creo —le dije, tratando de darnos ánimos a las dos—. Te pasas los días y las noches cosiendo para ella, y no te da en pago ni una corteza de pan.
—¿Pero no lo sabes? —me preguntaron las dos al mismo tiempo—. Griese es una sádica terrible.
A través de la puerta cerrada, se oían gritos y restallar de latigazos.
—Otra vez le ha dado por ésas —dijo su criada.
Nos pegamos a la pared de la barraca de madera. Por un pequeño resquicio que se abría entre las tarimas, podía distinguir parte del interior de la habitación. Alguien estaba gritando y quejándose a la izquierda. A juzgar por el restallido de la fusta, estaba azotando a alguien furiosamente. Con voz ronca y destemplada, Griese barbotaba maldiciones. Pero lo único que se podía divisar desde donde yo estaba era el couch que caía enfrente del ojo de la cerradura. Sin embargo, un momento después, la escena se hizo más animada y dramática.
Griese se acercaba al sofá, arrastrando a una mujer desnuda por el pelo. Cuando llegó al diván, se sentó, pero no soltó la cabellera de la mujer, sino que fue tirando cada vez más de la mata espesa de pelo, mientras descargaba una y otra vez, la fusta sobre las caderas de la mujer. La víctima se veía obligada a acercarse más y más. Finalmente se quedó de rodillas ante su verdugo.
—Komm hier —gritó Irma, dirigiéndose a un rincón de la habitación que caía fuera de mi visión. De nuevo repitió:
—Ven acá. ¿Vienes o no?
Y blandió el látigo una vez más, obligando brutalmente a ponerse de pie a la mujer.
Y de pronto, en el espacio que podía y dominar desde mi observatorio, apareció la figura de un prisionero. Era el apuesto georgiano. Lo conocíamos.
Aquel hombre era increíblemente bello. Se dice que la raza georgiana es la que produce los hombres mejor parecidos, y aquél era, por cierto, un ejemplar perfecto. Tenía una estatura tan elevada que poco le faltaba para tocar con la cabeza el techo de la barraca. A pesar del hambre y de los malos tratos, conservaba todavía un pecho robusto de atleta. La cara se le había quedado magra por las privaciones, pero sus rasgos fisonómicos eran acaso por eso más atractivos.
La historia de este georgiano bien plantado había circulado de boca en boca por todo el campo. Lo había mandado al Lager de mujeres para reparar la carretera. Allí había conocido a la delicada joven polaca que parecía una virgen y que ahora se arrodillaba, desnuda, bajo los latigazos de Irma Griese.
La escena no necesitaba explicación. La comprendimos perfectamente. Irma había visto a aquel magnífico espécimen de virilidad, al arrogante georgiano, y se lo había acaparado para ella, como cualquier potentado oriental. Le había mandado presentarse en su habitación, pero cuando el digno joven, cuyo espíritu no se había quebrantado ni por el cautiverio ni por la fama que tenía Irma de aterrar a la gente, se negó a ceder a sus deseos, Irma trató de obligarle a hacerse su esclavo, haciéndole mirar cómo atormentaba a la muchacha a quien él quería.
Ya me imagino que este episodio parecerá absurdo e increíble al lector americano, pero es absolutamente cierto, de la cruz a la fecha. Otros prisioneros de Auschwitz que estuvieron en contacto con Irma Griese pueden atestiguar de su veracidad punto por punto.
Desgraciadamente (¿o no podríamos decir acaso gracias a Dios?), no pudimos quedarnos a ver el fin de aquella escena, porque se nos acercó un guardián y tuvimos que marcharnos a toda prisa. Esperamos a que nos llamase a su presencia la mujer de las S.S.
Se abrió la puerta. Primero salió el hombre. No se me olvidarán jamás sus ojos negros, que echaban lumbre, y la ira que se reflejaba en su faz. Luego emergió la muchacha polaca. Su estado era verdaderamente lamentable. Tenía cruzada la cara de verdugones rojos, lo mismo que su escote. Aquella sádica no le había perdonado siquiera el rostro.
Irma nos mandó entrar. Estaba encendida y con dedos nerviosos se abotonaba la blusa. Soltó una carcajada histérica.
—Muy bien. Vamos a probarnos las cosas —ordenó.
Madame comenzó a entregarle los vestidos. Yo me quedé en la habitación contigua sosteniendo las prendas y temiendo, aterrada, que de un momento a otro me viese Griese.
Aquello fue una escena más de entre las muchas espeluznantes que presencié. Vi a aquella hermosa bestia desnuda. Sólo llevaba una camisa, pero cuando se probó las nuevas prendas interiores, se quitó todo sin el menor escrúpulo. Nosotras no éramos para ellas seres humanos, ante los cuales fuese necesario el pudor. La camisa que llevaba estaba hecha a su medida, pero le resultaba un tanto ajustada por el busto. Con un solo movimiento, se la quitó y se la arrojó a Madame a la cara.
—Ten esto preparado para mañana por la mañana.
La modista farfulló tímidamente:
—No pu.. . puedo tenerlo para ma. . . mañana, porque. . . no tengo luz para coser.
Aquel demonio desnudo se abalanzó contra la desventurada modista y la abofeteó en un arrebato de cólera.
Yo apenas osaba respirar. ¿Cómo podía una furia tan bestial cobijarse en un cuerpo tan hermoso?
Minutos después, Irma se recobró de su rabia, como si no hubiese ocurrido nada. Cuando terminó la prueba, se espurrió indolentemente, bostezó, y como si estuviese hablando a un par de criadas molestas, nos mandó:
—¡Heraus mit euch! (¡Fuera!)
Dejamos a la rubia en combinación. Su blanca piel hacía resaltar el adorno del encaje negro. No tenía nada de flaca, pero estaba bien formada; acaso fuesen un poco demasiado grandes sus pechos. Tenía además unas piernas algo gruesas. Era la primera vez que la veía sin las botas de las S.S. Me sentí feliz al observar que tenía una pequeña imperfección, porque se jactaba demasiado de su belleza.
No volví a ver al apuesto georgiano. La hermosa bestia lo había mandado fusilar. ¿Y la muchacha? Nos enteramos de qué había sido de ella por la criada de Irma. El "ángel rubio" la había mandado al burdel de Auschwitz.

CAPÍTULO XXIV
En el Carro de la Muerte

Durante meses y más meses, estuve haciendo lo posible por dar con algún rastro de mi marido. Cada vez que cruzaba por nuestro campo un transporte de hombres, me precipitaba a las alambradas con el corazón palpitante y pasaba revista con los ojos a todos los prisioneros que llevaban uniforme listado. ¿No estaría entre ellos? En mis sueños lo veía muchas veces trabajando en las minas, con los pies hundidos en el agua hasta las rodillas, o desmenuzando piedra en la cantera. Yo creo que no fueron menos de cien las veces que traté de mandarle unas palabras hablándole de mí. Pero nunca supe si mis mensajes le llegarían. El caso es que jamás tuve respuesta.
Imagínese mi alegría cuando, al cabo de seis meses, me enteré a través de nuestro servicio de resistencia de que estaba trabajando en el Campo de Buna, situado a poco más de cuarenta kilómetros de allí. Era cirujano del hospital, el cual estaba mucho mejor equipado que el nuestro. Desde entonces no sentí más que un deseo: volverlo a ver. ¿Pero cómo me las arreglaría?
Después de desechar mil planes, uno tras otro, llegué a una solución. En nuestro campo había un bloque para locos. Los insensatos jefes del campo habían dispuesto que, si bien las personas normales tenían que morir, los lunáticos debían seguir con vida. La mayor parte de estos casos eran "interesantes", por lo cual resultaban de valor para los sabios alemanes.
Dos o tres veces por semana, eran llevadas algunas de nuestras locas a la estación experimental de Buna, de donde las devolvían a Birkenau. Para aquellos traslados, se utilizaban ambulancias con cruces rojas, las llamábamos "camiones de la muerte", porque se empleaban también para transportar a las víctimas a la cámara de gas. Cada vez que se realizaban aquellos traslados, los locos eran acompañados por unos cuantos miembros del personal del hospital. ¿Por qué no podría yo ir también a Buna en calidad de enfermera con alguno de aquellos convoyes?
Era evidente que en mi plan había numerosos riesgos. En primer lugar, yo no tenía nada que ver con la barraca de los locos. Para ellos había enfermeras especiales, a la mayor parte de las cuales conocían los guardianes de las S.S. Me arriesgaba indudablemente a ser sorprendida si me metía en lugar de alguna de ellas. Además, los transportes no siempre volvían a la barraca. En cuanto se terminaban los experimentos, el material humano era considerado como sacrificable y se lo llevaban a la cámara de gas. Otro peligro era que me tomasen, no por miembro del personal del hospital, sino como loca, cosa que fácilmente podría ocurrir.
Sin embargo, aquellas razones no eran suficientes para mí. Estaba dispuesta a jugarme la vida. ¿No me la jugaba acaso día tras día?
Logré pasar una nota a mi marido, en la que le indicaba que me esperase cualquier día en el hospital de Buna.
Esta vez, me llegó una contestación. Mi marido se pronunció enérgicamente contra tal cosa, describiéndome todos los peligros que había. Sin embargo, añadió que si me empeñaba en intentarlo, debería por lo menos tomar todas las precauciones posibles. A este efecto, el médico jefe de la "Barraca de Locos" me podría ser útil.
Después de numerosos y estériles intentos, en alguno de los cuales llegué a hacerme pasar por loca, logré por fin conseguir un puesto en el famoso carro de la muerte.
Dos enfermeras supervisaron a siete u ocho pacientes. Los tres centinelas de las S.S. que iban escoltándonos cerraron la puerta y se sentaron junto al chofer.
No se me olvidará jamás aquel viaje de locos. Excitados por los cambios, aquellos pobres perturbados se exaltaron más. Empezaron a discutir entre ellos, se pelearon y gritaban a cuello tendido. Tratamos de tranquilizarlos pero sin éxito. A veces nos abrazaban y nos besaban, pero también nos escupían o nos llenaban de insultos.
El vehículo atravesó la población de Auschwitz. Lo que vi por los cristales enrejados me dio la impresión de que estábamos en un mundo irreal. Los hombres andaban libremente por las calles, formaban colas, salían de la iglesia, entraban en los establecimientos comerciales. Las amas de casa hacían sus compras, provistas de canastas. Los niños jugaban. No había kapos, ni porras, ni triángulos en la ropa de la gente. Aquello no era posible. Yo debía estar soñando.
El coche siguió avanzando. De cuando en cuando venían algunos miembros de las S.S. a mirar por la ventanilla. El espectáculo de las locas los divertía mucho.
Uno de los perturbados, verdadero "Musulmán", estaba masturbándose todo el tiempo. Dos mujeres se apretujaban una contra la otra, haciéndose el amor en el piso del vehículo. Otro, que fuera anteriormente profesor de matemáticas en Polonia, demostraba elocuentemente con numerosas gesticulaciones que el problema de la guerra podía ser reducido a una simple ecuación con cuatro incógnitas: X, Y, Z, y V, o sea, Churchill, Roosevelt, Stalin y Hitler. Había otros dos locos que, sin hacerle caso, refunfuñaban o vociferaban. Si hubiese yo tenido que permanecer más tiempo en el carro, creo que me habría llegado mi turno también a mí de perder la cabeza.
Por fin, la ambulancia se detuvo. Habíamos llegado al hospital de Buna. Unos cuantos enfermeros se ofrecieron a ayudarnos a trasladar adentro a los enfermos, después de bajarlos del vehículo. Pasábamos por la sección de cirugía cuando se abrió una puerta. Me encontré cara a cara con mi marido.
Al mirarme, palideció. Yo me quedé plantada y sin habla. Qué débil y avejentado estaba. Se le habían ensombrecido y ajado los rasgos fisonómicos y tenía el pelo blanco. Bajo su blanca blusa de médico, le vi los pantalones a rayas de los penados. No nos saludamos, porque no quisimos que los guardianes se enterasen de lo que estaba sucediendo.
Los enfermos fueron trasladados a la sala de experimentos. Allí, bajo la vigilancia de un doctor alemán, se les inyectaba una sustancia nueva, con la cual se trataba de producir en su sistema nervioso un shock. Las reacciones que acusaban eran observadas con gran minuciosidad.
Mientras se realizaban estos experimentos y los guardianes de las S.S. comían y bebían en la oficina del director médico alemán, logré reunirme otra vez con mi marido. Nos encontramos en la sala de operaciones, en medio de los instrumentos de pulido metal y rodeados de una atmósfera saturada de éter y cloroformo. No había comparación ni parecido ninguno entre nuestro miserable zaquizamí de Birkenau y aquel establecimiento quirúrgico tan completamente equipado.
Los dos nos sentíamos tímidos y cohibidos, hasta el extremo de que no sabíamos de qué hablar y cómo romper nuestro silencio. ¡Tantas cosas habían ocurrido desde que nos viéramos por última vez!... ¿Cómo íbamos a ser capaces de pronunciar palabra, si todos nuestros pensamientos estaban llenos de amargura y tristeza? Ambos teníamos en nuestros labios los nombres de nuestros hijos y de mis padres, así como los de tantos y tantos amigos a los cuales habíamos visto perecer. Pero no pronunciamos nombre ninguno.
Fue él quien primero logró hacerse fuerte y murmurar unas palabras para darme alientos. En unas cuantas frases sobrias y rápidas, me contó lo que había sido de él y la satisfacción que le producía estar en condiciones de poder aliviar los sufrimientos de tantos seres humanos prisioneros allí. Estaba junto a la mesa de operaciones desde por la mañana hasta por la noche.
Hizo todo lo posible por consolarme y animarme. Me recomendó encarecidamente que no me desesperase ni desmayase, porque teníamos una tarea que cumplir en la vida. Era necesario que viviésemos para dar testimonio de lo que habíamos visto, y teníamos que trabajar hasta que llegase el día de la justicia final. Por último me suplicó que no volviese a arriesgar más mi vida intentando verlo de nuevo en Buna. Además, añadió, aquellas excursiones probablemente pronto quedarían suprimidas.
Y así sucedió, porque, efectivamente, aquél fue el último viaje, como había de enterarme unos cuantos días después.
¡Qué raudamente pasó el tiempo! Ya los perturbados estaban siendo llevados hacia la ambulancia. Habían quedado completamente exhaustos con los experimentos de que habían sido objeto. Yo tenía que reunirme con ellos.
Desde el camión, volví a ver a mi marido. Estaba de pie a la puerta del hospital. Tenía el rostro surcado de arrugas de angustia. Es la última vista que recuerdo de él.
Más tarde me enteré de lo que había sucedido. Un prisionero francés liberado me escribió para decirme que el campo de Buna había sido evacuado y que se habían llevado a los internados para una larga jornada de camino. A pesar de la orden explícita de los alemanes, mi marido se inclinó para ayudar a un internado francés que se había desmayado. Trató de dar al pobre hombre una inyección de alguna sustancia estimulante para que pudiese continuar andando. Pero un guardián de las S.S. disparó en el acto contra los dos, matándolos.

CAPÍTULO XXV
En el Umbral de lo Desconocido

La mañana del 17 de enero de 1945, aparecieron tropas de las S.S. en el hospital, recogieron todos los instrumentos de algún valor y los cargaron en camiones.
A medianoche, llegaron más S.S., quienes nos ordenaron llevar inmediatamente las fichas de los enfermos y las gráficas de temperatura al "buró político". En menos de una hora, estaban los documentos reunidos frente a las oficinas de dicho departamento. Los amontonaron sobre el suelo y formaron una verdadera montaña de papeles. Entonces, llegó un guardián de las S.S. y les prendió fuego a toda prisa.
La Lageralteste convocó después al personal del hospital y nos anunció que era inminente la evacuación del campo. Teníamos que recoger nuestros efectos más indispensables y ponernos cuanta ropa de abrigo pudiésemos. Según las noticias que había recibido, íbamos a partir con dirección al interior de Alemania. Sin embargo, añadió con tristeza, no era improbable que hubiese algún cambio de planes.
—"Ellos" —así se expresó— pueden tomar otra decisión con respecto a nuestro destino.
En todo caso, las enfermas tenían que quedar detrás.
No podíamos hacernos demasiadas ilusiones. Los alemanes se proponían indudablemente exterminar a nuestras pacientes; aunque también podían ser sorprendidos de repente por los rusos, quienes ya no debían de andar muy lejos.
Por lo que atañía a nosotras, no sabíamos a qué carta quedarnos. Estábamos en un dilema: ¿no sería más prudente esconderse en cualquier rincón del campo y esperar a que llegase la hora de la liberación? ¿O convendría, acaso, partir con el resto y tratar de escaparnos mientras íbamos de camino? Cualquiera de las dos soluciones tenía sus peligros. Pero la evacuación hacia el interior de Alemania no podía terminar más que en la muerte.
Corrieron rápidamente los planes que se estaban tratando, de evacuación del campo. Una tensa muchedumbre de prisioneras se apretaba contra las alambradas de púas que separaban el campo de los hombres del de las mujeres. Lo mismo ocurría del otro lado de la valla. Eran los maridos, los novios, los amigos que venían a despedirse, porque no sabían si volverían a verse jamás. Todos tenían algo que decirse y todos estaban emocionados. A través de las alambradas se comunicaban a gritos direcciones y lugares de cita donde podrían encontrarse después de acabada la guerra. Como estaba terminantemente prohibido tener nada escrito, todos debían grabar profundamente en la memoria aquellas señas.
Se imponían los rumores más alarmantes. Algunos aseguraban que nos iban a asesinar a todos en la carretera. Otros anunciaban que los rusos se presentarían allí en unas cuantas horas y que sería mejor que los esperásemos sin cambiar de lugar.
El hospital fue testigo de escenas desgarradoras. Las enfermas estaban aterradas. Las que no tenían ya fuerzas para levantarse se dejaban caer de la cama, reclamando su ropa. Les distribuimos lo que teníamos, pero sólo pudimos vestir a unas cuantas. Obedecimos las órdenes y continuamos atendiendo a nuestras pacientes. Además no íbamos a marchar todas juntas. Algunas, entre las cuales estaba la doctora italiana Marinetti, se habían propuesto quedarse allí a toda costa. Otras no se sentían lo suficientemente fuertes para emprender un largo viaje.
Pero las enfermas no se resignaban. Las que no tenían ropa que ponerse se envolvían en sus mantas. Nadie tenía calzado ni medias, y se entabló una verdadera batalla por la posesión de unas docenas de pares de zapatos de madera que los alemanes habían desechado... y que tocaban a un par por cada veinte pacientes. Se utilizaban para ir a los evacuatorios.
Durante aquella mañana los alemanes nos reunieron en la Lagerstrasse en columnas de a cinco en fondo. Nos hicieron esperar una hora o dos, a pesar de que el frío era crudo. Luego nos mandaron de nuevo a las barracas.
Por la tarde llegó el nuevo comandante del campo, escoltado por una gran comitiva. Inmediatamente se llevó a cabo una severa selección. Todas las enfermas, y hasta las que no estaban oficialmente enfermas, pero que no parecían gozar de buena salud, fueron mandadas otra vez a las barracas. Muchas de ellas lloraban. Otras intentaron escabullirse entre los grupos de las que se iban. Pero los S.S., siempre carentes de entrañas, las persiguieron a palos y a tiros de revólver.
Según estábamos esperando, abandoné las filas para hacer las últimas visitas a las enfermas. Habían desaparecido totalmente el orden y la disciplina. La mayor parte de las pacientes se habían tirado de la cama y vagaban alrededor de la estufa que había en medio de la habitación. Algunas habían invadido el cuarto de la blocova y con los alimentos que habían encontrado acaparados allí, estaban haciendo plazki en una sartén.
Yo tenía que volver a ocupar mi puesto en las filas, pero puse unas cuantas inyecciones a las que sufrían más para tranquilizarlas. Todavía no sabía a qué carta quedarme. ¿Debería permanecer allí? ¿O sería mejor marchar con las demás? Alguien me llamó. Una compañera había venido a darme un aviso.
Cuando me reuní al grupo, vi una larga cola que empezaba a desfilar por el campo de los hombres del otro lado de las alambradas de púas.
Eché una mirada sobre el vasto campo de Birkenau. Ante los Campos F. D. C. y B-2 ardían grandes montones de papel. Los alemanes estaban destruyendo todo rastro documental de sus crímenes. Indudablemente, no querían que cayesen aquellos papeles en las manos de los rusos.
Minutos después, se presentó precipitadamente una prisionera y nos dijo:
— ¡Prepárense a toda prisa! Creo que vamos a salir inmediatamente después de los hombres.
Se abrieron las puertas, y un destacamento de guardianes de las S.S. se lanzó a nuestro campo. Nos dispersamos para agarrar nuestros bultos. De repente me acordé de que no teníamos alimentos. Si íbamos a estar viajando varios días, nos moriríamos de hambre.
— ¡Alto! —grité a mis compañeras, que corrían hacia las barracas—. No podemos salir sin pan. ¡Vamos a tirar la puerta del almacén!
Dije aquello con tal firmeza y autoridad que ni yo misma reconocí mi voz. Bastantes de mis compañeras se detuvieron. Repetí lo que acababa de decir. Empuñamos los zapapicos que habían dejado los trabajadores y nos lanzamos al almacén.
Pasaron dos hombres de las S.S. en bicicleta, pero no les hicimos caso. Nos pusimos a demoler la puerta. Pronto nos apoderamos de todo el pan que quisimos.
Entonces nos sentimos invadidos por una ráfaga de furor destructivo. Estábamos intoxicadas con nuestro éxito. Acabábamos de destruir algo en un lugar en que hasta entonces habíamos sido víctimas del furor destructivo de otros.
—¡Abajo el campo! —gritamos como locas—. ¡Abajo el campo! ¡Viva la libertad!
Aquella escena era la realización de muchos sueños que había yo abrigado hasta entonces. Cuántas veces torturada por el hambre había dicho a mis compañeras:
—Cuando los rusos estén cerca, saquearemos los depósitos de pan.
—Oh, ésa es una idea fija tuya —solían contestarme, echándose a reír.
Cuando nos hicimos con suficientes provisiones, me precipité a la barraca y arreglé mis pertenencias. Tenía listo mi paquete; arrollé la manta y la até a los dos extremos, como el de un soldado.
Estaba frenética de emoción. Sentía que me ardían las mejillas. El enemigo estaba próximo a desplomarse. Había colaborado en el primer movimiento por la liberación de los oprimidos, de los humillados y de las masas diezmadas.
Nos lanzamos alegremente hacia la salida del campo. Oíamos detonaciones lejanas. ¿No eran aquellos los cañones que se acercaban?
Treinta guardianes estaban formados a las puertas. Antes de dejarnos salir, nos examinaron una a una a la luz de una lámpara de mano. Aquello iba a resultar otra selección. Las que fueron consideradas demasiado viejas o demasiado débiles eran empujadas otra vez al interior del campo.
Ya fuera del campo, tuvimos que formarnos, como estábamos acostumbradas de tantas veces, en columnas de a cinco en fondo. Comenzó otro nuevo periodo de espera, que duró aproximadamente unas dos horas, porque el convoy iba a constar de seis mil mujeres.
Luego los soldados de las S.S. cerraron las puertas del campo de concentración. Alguien gritó una orden. Nuestra columna se empezaba a movilizar. ¿Sería posible? ¡Estábamos saliendo de Birkenau. . . con vida!
Después de haber recorrido alguna distancia, llegamos a una vuelta de la carretera. Desde allí volvimos la vista para mirar por última vez a Birkenau, donde habíamos tenido que arrostrar tan increíbles penalidades.
Se me vino a la memoria aquella tarde en que, rodeada de mis seres queridos, había llegado allá. Un océano de luz bañaba el campo. Ahora todo estaba hundido en las más profundas tinieblas, y sólo las cenizas incandescentes de los documentos en que constaban las incineraciones llevadas a cabo en los crematorios, proyectaban una luz macilenta sobre las barracas, sobre los perros policías y sobre las alambradas de púas.
Pensé en mis padres, en mis hijos, en mi marido. El dolor y el remordimiento, que no me habían abandonado por un instante en todo mi cautiverio, me clavaron más hondamente sus garras en el corazón. ¡Ah, sabía bien claro lo que tenía que hacer! ¡Tenía que vengar a mis seres queridos! Para ello necesitaba reconquistar mi libertad. Para ello me fugaría... si podía.
Se empezó a escuchar un misterioso estruendo lejano... nos dijeron que estaba librándose un duelo de artillería un poco más lejos del bosque. ¡Entonces, aquello quería decir que nuestros liberadores estaban ya a tiro de cañón!
Los hombres de las S.S. nos metieron más prisa, obligándonos a caminar a paso rápido. Las luces de Birkenau fueron haciéndose cada vez más pálidas y diminutas. Birkenau, el matadero más grande de la historia del hombre, fue poco a poco desapareciendo de nuestra vista.

CAPITULO XXVI
La Libertad

Los guardianes de las S.S. que nos rodeaban iban conduciéndonos corno a un rebaño por la carretera de Auschwitz. Hacía un frío intenso, y el aire se nos clavaba como un cuchillo a través de nuestros andrajos. Sonaban tiros a lo lejos. El estruendo de poderosas armas de fuego fue haciéndose cada vez mayor. Las detonaciones parecían irse aproximando y se multiplicaban con rapidez. Surcaban el cielo de cuando en cuando las estelas encendidas de los cohetes. Los rusos estaban indudablemente desencadenando un asalto a fondo.
Nos fuimos alegrando más y más a medida que la noche se rajaba de fogonazos brillantes. El retumbar de la artillería en la distancia era el mejor adiós musical a Auschwitz.
Nos hacían caminar cada vez más aprisa. Los guardianes alemanes estaban positivamente alarmados. Nos obligaron a andar tan aprisa que ya no sentíamos el frío, porque teníamos la ropa empapada de sudor. Los perros, como si percibiesen el peligro que estaban corriendo sus amos, se habían puesto tensos y agresivos. Enseñaban los dientes y nos ladraban furiosamente, prestos a atacar a cualquiera que abandonase la formación.
El campo, que no hacía mucho tiempo estaba bañado en luz cegadora, ahora quedaba sumido y engolfado en la oscuridad. Unas horas antes, habíamos estado esperando esta retirada. Ahora, a medida que avanzábamos, nos entraba aprensión sobre adonde nos estarían llevando. ¿Qué nuevas maldades maquinarían los alemanes antes de nuestra liberación? Pese a las experiencias que teníamos de los meses pasados, no éramos capaces de suponer los horrores que podían esperarnos.
Éramos seis mil mujeres las que caminábamos sobre la carretera rural cubierta de nieve. A cada pocos metros, veíamos cadáveres que tenían la cabeza aplastada. Evidentemente, nos habían precedido otros grupos de prisioneros. Dedujimos que los hombres de las S.S. se habían comportado con mayor brutalidad que nunca. No comprendíamos qué motivos pudiera haber para ello; pero estábamos acostumbradas, en medio de todo, a asesinatos sin justificación, porque aquellos hombres habían degenerado en bestias.
El primer día observé que varias de mis compañeras se amontonaban al borde de la carretera, rogando que se les permitiese subir a un carro arrastrado por caballos, que era guiado por un guardián alemán y que acompañaba a nuestro grupo. Les di la razón, y yo estaría dispuesta a hacer otro tanto para conservar fuerzas. Luego advertí que de cuando en cuando el carro se quedaba rezagado detrás de la columna. Cuando reaparecía, las prisioneras que iban en él no eran las mismas. Me eché a temblar.
La tragedia de una doctora compañera mía me hizo caer en la cuenta de la terrible y cruda verdad. Me refiero a la doctora Rozsa, la anciana checa. Su vitalidad iba decayendo por momentos. Traté de darle ánimos y ayudarla, pero estaba desfondada y cada vez se iba quedando más y más atrás, hacia el fin de la columna. Sus fuerzas se extinguían rápidamente. Me suplicó que la abandonase a su sino y siguiese adelante. Insistí en quedarme con ella, pero no me lo permitió.
Después de mucho razonar y discutir, la dejé. Me pareció que la abandonaba a una suerte incierta, pero no a una muerte segura. De pronto se me ocurrió mirar hacia atrás y vi cinco guardianes de las S.S. cubriendo la retaguardia de la columna. El del medio se volvió y extendió el brazo derecho hacia la doctora Rozsa, quien se había quedado plantada en medio de la carretera. Cuando cayó en la cuenta de lo que significaba su ademán, levantó las manos a los ojos, horrorizada. Se oyó un tiro seco, y la doctora Rozsa cayó muerta en la carretera.
Entonces comprendí la perspectiva que esperaba a las que se iban rezagando o subían al carro de caballos. Caí en la cuenta de lo que significaban los ciento diecinueve cadáveres que había contado en sólo veinte minutos de marcha. No incluí los cuerpos tirados en las zanjas o cunetas de ambos lados de la carretera.
Los guardianes de las S.S. estaban armados de ametralladoras y granadas de mano. Tenían órdenes de liquidar a las seis mil presas, en el caso de ser sorprendidos por un avance ruso, para que los rusos no pudiesen liberar a ninguna.
Vi que íbamos de verdad en línea recta hacia la muerte. Una vez más, empecé a pensar en la posibilidad de una fuga. Mi cerebro funcionaba calenturientamente. Resolví que yo no debía ser la única que escapase. Me acerqué apresuradamente a mis amigas Magda y Lujza, y les dije lo que había visto y lo que tenía planeado. Estaban dispuestas a seguirme pero debíamos esperar a que llegase un momento favorable.
Mientras tanto, fuimos pasando por varias aldeas polacas. No soy capaz de expresar los sentimientos y emociones que la vista de la vida civil normal produjo en mí. Las casas tenían las ventanas cubiertas de cortinas, tras las cuales vivían gentes libres. Vi la placa de un médico, que anunciaba las horas corrientes de visita y consulta.
Entre tanto, muchas compañeras nuestras de cautiverio habían sucumbido. Procuramos colocarnos en las primeras filas, con objeto de no ir a parar a la cola si teníamos que detenernos un momento.
Nuestro grupo pasó la primera noche en una cuadra. Mis amigas y yo nos despertamos antes que las demás, porque queríamos estar en la primera fila de la columna. Todavía era de noche. Apenas acabábamos de formar nuestra fila, cuando las primeras cinco que caminaban delante de nosotras, guiadas por los S.S., se separaron. Las ordenaron a voces que se detuviesen, pero aquel grupo disidente siguió avanzando con resolución. La consecuencia fue que mis amigas y yo nos encontramos de pronto en la primera fila de la columna principal. Varias polacas que estaban cerca de nosotras empezaron a discutir no sé sobre qué. La verdad era que el ambiente se estaba haciendo ya intolerable, acrecentando mi propósito de escapar. Hice una seña a mis compañeras y me separé de la columna, echando a correr detrás del grupo de disidentes. Pero caminaban a paso rápido y no pudimos alcanzarlas.
Ahora ya nuestra suerte estaba echada. Habíamos quemado las naves. ¿Hacia dónde nos dirigiríamos? Imposible pensar en volver atrás. Como todavía estaba oscuro, los guardianes no habían observado nuestra maniobra, aunque a sus oídos llegó rumor de pasos y divisaron siluetas fugitivas. Entonces rompieron a gritar: —¡Stehenbleiben!
Durante toda la retirada, no habíamos oído más palabras, (como no fuesen maldiciones e interjecciones), que "¡Stehenbleiben!" o "¡Weiter gehen!" Estas órdenes de alto o de seguir avanzando eran, en general, repetidas estruendosamente a coro por millares de prisioneras. Creí volverme loca escuchando aquellas palabras una y otra y otra vez. Pero ahora, estas órdenes iban subrayadas por las detonaciones y los disparos. Ya no había coro ninguno que las remedase. Esta vez, o moría o me fugaba definitivamente.
Me dieron lástima Magda y Lujza. Estaban asustadas, pero me fueron siguiendo los pasos. De vez en vez nos tirábamos al suelo o gateábamos por detrás de los montones de nieve para escapar a las andanadas que nos soltaban los alemanes. Afortunadamente, todavía los albores de la aurora no empezaban a iluminar el cielo. Después de mucho caminar cuerpo a tierra y a gatas, llegamos a una vuelta del camino y encontramos un escondite.
Divisamos el campanario de una iglesia. Hacia él nos dirigimos. Cuando llegamos a la pequeña aldea polaca, nos lanzamos hacia la iglesia.
Había un hombre en pie a la puerta. Al ver nuestras trazas, cayó en la cuenta de que debíamos habernos fugado, y nos indicó con la mano una casa. Su gesto quería decir que podíamos encontrar allí albergue.
Mientras tanto, una patrulla alemana de seguridad se acercaba al patio de la iglesia. Cuando vimos los soldados, nos abalanzamos hacia la casa. Era una construcción bastante grande. Junto al edificio mayor había un granero. La puerta estaba cerrada, pero había una pequeña brecha en una de sus paredes... Parecía como si la Providencia nos la hubiese abierto para sacarnos de aquel apuro. Conseguimos colarnos por ella. Subimos al pajar, que estaba lleno casi hasta el tejado y nos escondimos en el bálago.
Los patrulleros alemanes, que habían visto sombras fugitivas, se lanzaron al patio, pero, afortunadamente, estaban buscando a unos cuantos jóvenes. El ama de la casa les dijo que no había ningún extranjero en el interior; que lo que quizás hubiesen visto, fuesen tres hijos suyos. A pesar de todo, los alemanes registraron toda la casa. Luego se aproximaron al granero, pero, no sé por qué motivo, decidieron desistir de la búsqueda, prometiendo volver por la tarde.
Apenas pudimos gozar un momento de nuestra buena suerte, porque en seguida subió una criada al pajar y nos descubrió. Tras ella llegó su amo, el cual nos prometió que no diría nada a los alemanes, pero que íbamos a tener que marcharnos de allí. Siguió una larga conversación, y el hombre pareció ceder un poco. Por fin, transigió con que nos quedásemos en el granero aquel día y aquella noche, mientras él buscaba entre tanto otro escondite donde pudiéramos ocultarnos. Su esposa que era una buena mujer, nos trajo comida. Hacía tanto tiempo que no comíamos manjares civilizados, que no fuimos capaces de identificarlos. Después de pensarlo mucho, caí en la cuenta de que sólo se trataba de pan untado de grasa o manteca. Sólo era pan con grasa, y en un granero... pero entre gente libre. ¡Mejor no podía ser el maná del Paraíso!
A primera hora de la mañana siguiente, nuestro huésped vino a despertarnos. Teníamos que seguirle a un nuevo escondite. Sin embargo, nos advirtió que si encontrábamos alguna patrulla alemana, haría como que no nos conocía, y nosotras teníamos que conducirnos como si no lo hubiésemos visto en la vida.
Sus consejos nos resultaron muy útiles. De pronto, nos topamos con una patrulla alemana. Pero tuvimos la suerte, de que en aquel mismo momento, cruzó el aire un cohete, sin duda ninguna procedente del ejército ruso que se acercaba, y los alemanes se tiraron a tierra. Aprovechamos la ocasión para salir corriendo hacia la casa que iba a ser nuestro refugio.
El amo de ella nos permitió ocultarnos en el establo. Pero al día siguiente, nos llevó a su mejor habitación, que era una alcoba.
Allí se acurrucaron en las camas la vieja pareja, su hija y Magda. Mientras yo dormí con Lujza en el suelo. Los soldados alemanes también vigilaban por allí, porque la comarca seguía todavía ocupada por ellos. Indudablemente, no era prudente salir de la habitación.
Cierta mañana, cuando me pareció que estaban lejos los alemanes, me fui a la cocina para hacer unas galletas de Transilvania como regalo a la familia. Cuando más afanada estaba en mi tarea, entró inesperadamente un, soldado alemán en la cocina. Me miró, sorprendido, y empezó a hacerme preguntas. ¿Quién era yo, y cómo no me había visto antes? Le contesté que era una parienta de los dueños de la casa que acababa de llegar para hacerles una visita. Le conté que mi madre estaba enferma y postrada en cama, en una de las casas del pueblo, y que generalmente me pasaba el día entero atendiéndola.
No sé si me creería o no, pero a partir de entonces intensificó su odiosa compañía conmigo y con la familia. Alguna vez me trajo chocolates. Un día, llegó con varios amigos y me invitó a que tomase parte con ellos en sus juegos. Mis amigas, que me observaban desde la otra habitación, notaron compasivamente que me vi forzada a fraternizar con hombres a quienes odiaba y despreciaba por haber sido los asesinos de mis seres queridos.
Los cañonazos fueron oyéndose cada vez más fuerte. Los rusos estaban avanzando, sin lugar a dudas. Los alemanes que habían establecido allí sus cuarteles recibieron órdenes de prepararse para la retirada. Fui testigo de cómo y dónde plantaron sus minas, y hasta presencié una explosión prematura que mató a dos soldados.
A través de mis conversaciones con aquellos hombres, pude deducir que consideraban muy precaria su situación. Pero no querían admitir que hubiesen perdido la contienda. Repetían una y otra vez que el Reich era demasiado fuerte para perder la "victoria final". No nos sorprendía oírles hablar así, porque en la localidad se editaba un periódico de combate, cuyo propósito era mantener en alto su espíritu. Durante la primera semana, todavía seguía hablando, aunque débilmente, de avances militares. Pero la semana siguiente, ya anunció que Alemania estaba en peligro, pero que "los héroes alemanes la salvarían". Una semana más tarde, declaraba que: "La Providencia salvaría a Alemania porque Alemania siempre había obrado en nombre de la Providencia".
El destino debía haber dispuesto que yo, quien había sobrevivido a los horrores de un campo de concentración y de su evacuación presenciase la retirada de la Wehrmacht en derrota. Jamás olvidaré aquella noche en que llegaron a la casita polaca los últimos zapadores, extenuados y cubiertos con sus blancos capotes de capucha. Se sentaron en la mejor habitación, en la cocina, se acomodaron por todas partes; comieron y bebieron cuanto veían a podían atrapar. Se les derretía la nieve de sus blancos gorros. Acaso desde que naciera el Tercer Reich, no se les habían servido jamás con tan buen deseo como aquella noche. Estaban asistiendo a su velorio, y yo experimenté una alegría como nunca en mi vida al observar a aquellos superhombres cansados, que se encorvaban sobre sus rifles o se apoyaban contra la pared, y hasta se tendían en el suelo, completamente dormidos.
Sin embargo mi alegría duró poco. Porque, al retirarse aquellos hombres, se llevaron un gran número de mujeres de la aldea, entre las cuales iba yo. Durante tres días estuve atada por las manos a un carro de tiro y, como si fuera una esclava me obligaron a seguir caminando.
No me volví loca, gracias a lo que veían mis ojos según íbamos marchando. Las carreteras estaban atestadas de alemanes fugitivos y de colaboradores suyos, quienes, después de tantos años de robar y saquear, apenas podían llevarse su botín. Los soldados se batían en retirada, cabizbajos y presas de pánico: había camiones que transportaban cañones y ametralladoras; caballos, espantados y sin jinetes, salían locamente de estampida; aldeas enteras se despoblaban y caminaban delante de los caballos alemanes; y los camiones de la Cruz Roja, tan temidos en Auschwitz, trasladaban ahora alemanes heridos a territorio más seguro. Todos eran indicios de verdadero caos. Ya la capitulación total no podía ser más que cuestión de días.
Cruzó por mi mente una nueva idea, que a punto estuvo de hacerme perder la razón. La aldehuela polaca que acabábamos de abandonar estaría a estas horas probablemente liberada. Empecé a morderme las cuerdas que sujetaban mis manos.
Bastantes madres jóvenes y muchachas, que como yo, caminaban amarradas a los carros, no pudieron aguantar el frío, el hambre y el terror de las marchas forzadas, y perecieron. Nadie desató los cadáveres, y siguieron adelante, arrastrados por los vehículos. Los alemanes ya no se fijaban en nada; su único pensamiento era escapar de aquel territorio amenazado.
Pasamos la tercera noche de nuevo en un establo. Los alemanes se tiraron sobre la tierra. Estaban bebiendo en su mayoría. Mi captor se consiguió unas cuantas botellas y comenzó también a empinar el codo.
A altas horas de aquella noche, mis tres días de roer constantemente las cuerdas fueron coronados por el éxito, porque, por fin, se me cayeron de las muñecas. Pero tenía las encías doloridas y sangrantes, y me rompí algunos dientes.
Todo estaba en el más profundo y cansado silencio, y sus ronquidos se imponían a cualquier otro ruido. Intenté escabullirme entre el grupo de los que dormían, pero el que guiaba el carro al cual había estado amarrada se incorporó sobre el codo. Estaba borracho, aunque todavía conservaba la lucidez suficiente para disparar si creía que estaba tratando de fugarme. Tenía que escoger entre su vida y la mía. Agarré una de las botellas que había por allí y se la descargué con toda mi fuerza sobre la cabeza. El vidrio se hizo añicos, y el alemán se desplomó de bruces. Desde el umbral, miré hacia atrás. Ya no se movía. Sentí asco en el estómago. Aunque se tratase de un nazi aborrecible, el pensamiento de matar me producía una impresión horrenda.
El espectáculo no había cambiado fuera de la carretera, como no fuese porque había más soldados alemanes en fuga desesperada. No me atreví a echar a andar en dirección contraria, porque hubiese dado lugar a que sospechasen de mí. Me decidí por los caminos secundarios, aunque también estaban atascados de hombres que huían en la misma dirección. No me quedaba más remedio que esconderme entre las casas y procurar evitar a los soldados.
Llevaba oculta creo que horas, cuando divisé, por fin a una mujer. Me armé de valor y le hablé. Pero los soldados alemanes seguían todavía ocupando su casa, y no podía admitirme. Sin embargo, me llevó hasta un río y me indicó una casa perfectamente iluminada que había en la otra orilla. Si atravesaba a nado la corriente, me dijo, estaría a salvo. Los alemanes estaban evacuando aquel pueblecillo.
Era febrero. El río arrastraba grandes témpanos de hielo. Además, ya empezaba a alborear. Pronto sería demasiado peligroso, porque me verían nadando. Pensé en Auschwitz. Allí siempre había estado dispuesta a aventurarme a cualquier cosa. Por fin, fui bajando hacia la orilla. Si había sobrevivido a las cámaras de gas, bien podría sobrevivir al río.
Según fui descendiendo, la buena campesina se santiguó y se cubrió los ojos con las manos. Completamente vestida y tal como estaba, me tiré a las aguas heladas del río.
Cuando llegué a la otra margen, ya había casi amanecido. Todavía no estaba liberada la aldea, pero los alemanes la abandonaban, y aquella casa tan brillantemente iluminada estaba vacía. Más tarde me enteré que sus habitantes se habían escondido en cuevas, porque su pueblo, situado en medio de un bosque, era el centro de un fuerte ataque, y tanto los alemanes como los rusos estaban cañoneándolo. Siguió una batalla terrible y enconada, pero no llegó a su punto álgido sino al caer la noche. Los rusos tiraron sus "velas de Stalin", y por un momento, el lugar quedó bañado de luz.
Fuera, yo seguí gozando de aquel espectáculo inolvidable. Estaba demasiado fascinada, y quizás demasiado asustada, para correr. Las casas desaparecían en pocos momentos bajo el nutrido bombardeo. El silbido de las balas de ambos lados producían una música macabra. Sin embargo, pude distinguir relinchos nerviosos de caballos, el carburar de motores a toda velocidad, y hasta gritos y voces. Desde la derecha, donde estaban los rusos, las voces me llegaban cada vez más claras, mientras, simultáneamente, los ruidos de la izquierda disminuían. No me cupo duda de que el poder alemán se tambaleaba. La Wehrmacht se batía de nuevo en retirada.
El amo de la casa, quien me había visto acercarme, fue a recogerme. Estaba seguro de que había muerto en el bombardeo. Cuando los campesinos empezaron a emerger de sus cuevas con las mejillas rojas y los ojos insomnes, creyeron al verme que tenía pacto con el diablo y miraron a otro lado. Yo no intenté explicarles lo que significaba para mí haber sido testigo de una victoria sobre los alemanes.
Todos estaban seguros en afirmar que todavía pasarían tres días antes de que llegasen los rusos. Sin embargo, aquella misma noche, las tropas de choque rusas se abrieron camino y tomaron el pueblo.
Inmediatamente cambió el aspecto de la aldehuela. No hacía mucho que habíamos visto a la Wehrmacht y a las unidades de las S.S. dando por todas partes órdenes en alemán. Ahora escuchábamos un idioma nuevo, un idioma extraño para nosotros, y estábamos delante de gente a quien jamás habíamos visto. . . ¡Pero nos habían obsequiado con el mejor regalo que la vida puede dar... la libertad!

CAPÍTULO XXVII
Todavía Tengo Fe

Al mirar hacia atrás, yo también quiero olvidar. Yo también anhelo la luz del sol, la paz y la felicidad. Pero no resulta tan fácil desechar los recuerdos de la Gehenna cuando han quedado destruidas las raíces de la vida y no se tiene nada vivo a qué poder regresar.
Al escribir estas memorias personales, he tratado de cumplir el mandato que me confiaron los muchos compañeros de cautiverio en Auschwitz que perecieron de muerte tan horrible. Éste es mi homenaje fúnebre para ellos. ¡Que Dios haya acogido en su seno sus desventuradas almas! No hay infierno que pueda igualarse al que ellos hubieron de padecer.
Pero, francamente, quiero que mi libro signifique algo más que eso. Quiero que el mundo lea lo que he escrito y se decida a que esto no vuelva a ocurrir jamás de los jamases. No me cabe en la cabeza que después de haber leído este relato, queden dudas sobre el asunto. Aún en estos momentos, en que trazo con mi pluma las últimas palabras, surgen ante mí figuras silenciosas, que, en su mutismo, me ruegan que cuente también su historia. Puedo resistir el recuerdo de los hombres y de las mujeres, pero me persiguen los fantasmas de los niños pequeños... de los pequeños duendes...
El 31 de diciembre de 1944, el Alto Mando de las S.S. pidió al campo de Birkenau que le mandase un informe general sobre los niños internados. A pesar de las selecciones originales, quedaron todavía muchos de estos pequeños que habían sido separados de sus familias. Los alemanes resolvieron que tenían que desaparecer... y que había que hacerlo rápidamente y a bajo costo.
¿No convendría arrojarlos a un foso de cemento, derramar gasolina sobre ellos y prenderles fuego, como siempre se había hecho antes? No, la gasolina escaseaba. Y las municiones hacían falta en el frente.
Pero los alemanes siempre tenían recursos para todo. Recibimos la orden de "bañar" a los niños. En Birkenau no se discutían las órdenes. Había que cumplirlas, por repugnantes e innobles que fuesen.
Por la interminable carretera del campo de concentración, que había sido el Vía Crucis de tantos millares de mártires, los pequeños prisioneros empezaron a avanzar en larga procesión. Se les había cortado el pelo. Tropezábanse con los pies descalzos y cubiertos de andrajos. La nieve se había derretido bajo sus pies, y la carretera del campo estaba cubierta de hielo. Algunos pequeños se caían. A cada caída seguía un latigazo de la fusta cruel.
De repente, volvió a nevar. Los niños se tambaleaban en su marcha hacia la muerte, con sus harapos cubiertos de blancos copos. Guardaban silencio bajo los latigazos, un silencio tan profundo como el de los pequeños duendes de la nieve. Y seguían adelante, titiritando, incapaces ya de llorar, resignados, exhaustos, aterrados.
El pequeño Thomas Gastón se cayó. Sus grandes ojos oscuros, brillantes de fiebre, parecían fascinados por el látigo, y seguían su movimiento restallante en el aire por encima de él. Los golpes se abatían sobre su cuerpo, pero el pequeño Thomas estaba ardiendo de fiebre. Ya no tenia fuerzas ni para llorar ni para obedecer. Lo levantamos y nos lo llevamos en los brazos. Cuántas veces le habían pegado.
Un grito ronco rasgó el silencio.
-¡Stehen bleiben! (¡Alto!)
Llegábamos a las duchas.
Unos minutos más tarde, sin jabón ni toallas, teníamos que "bañar" a los niños en agua helada. No podíamos secarlos. Les pusimos otra vez sus andrajos sobre los cuerpecitos chorreantes y los mandamos en columnas, como siempre... para que esperasen. Tal fue la manera que los ingeniosos alemanes discurrieron para "resolver" el problema de los niños, el problema de los inocentes de Birkenau.
Cuando quedaron "bañados" todos los pequeños, se pasó revista. Tardaron en ella cinco largas horas aquel día, cinco horas después de haberlos bañado en agua helada, mientras los niños estaban en posición de firmes bajo el frío y la nieve.
— ¡El Niño Jesús va a venir a buscarte en seguida! —se mofó un guardián alemán, dirigiéndose a un pequeño que esperaba con los labios azules, aterido ya del todo.
Pocos fueron los niños de Birkenau que sobrevivieron a aquella revista. Los que quedaron con vida iban a caer más tarde bajo los garrotes de los alemanes. Y conste que la mayor parte de ellos eran "arios"; sólo que polacos, lo cual quería decir que no pertenecían a la "raza superior".
Por fin se nos ordenó regresar. Según avanzábamos por la calle del campo, los azadones y los picos se callaron un momento, porque nuestros compañeros de cautiverio, que trabajaban en la carretera, nos miraron. Los S.S. restallaron sus látigos. Tuvimos que hacer andar más aprisa a los niños.
—¡Madre! —tartamudeó el pequeño Thomas Gastón. Su cuerpecito, atormentado por la fiebre, estaba ya en las garras de la muerte...
Por fin volvimos a las barracas. Los pequeños que habían sobrevivido a aquella prueba se movían como autómatas, y estaban medio muertos de agotamiento. Pero en aquel estado, fueron llevados de nuevo a los fríos establos. Tomasito murió en el camino, como centenares de ellos. Las que lo habíamos cargado tuvimos que depositar su cuerpecito detrás de las barracas, porque así lo mandaban las ordenanzas, aunque sabíamos que enormes y asquerosas ratas estaban esperando a devorar su carne todavía caliente.
Era el último día del año... Caían enormes copos... Oíamos las ratas. .. Pero no podíamos hacer otra cosa más que cerrar los ojos y rezar porque llegase la justicia... ¡La justicia! Era la víspera de año nuevo... En alguna parte de la tierra, más allá de las alambradas de púas, los hombres libres se estrechaban la mano y levantaban sus vasos para desear a los demás un Feliz Año Nuevo. . . Pero en Birkenau, las ratas estaban cebándose en la carne de los niños de Europa.
Quizás pregunte el lector: "¿Qué podré hacer yo personalmente para que estas cosas horrendas no se repitan?"
Yo no soy entendida en política ni economista. Soy simplemente una mujer que padeció, que perdió a su marido, a sus padres, a sus hijos y a sus amigos. Yo sé que el mundo tendrá que compartir colectivamente la responsabilidad. Los alemanes pecaron criminalmente, pero lo mismo hicieron las demás naciones aunque sólo sea por negarse a creer y a afanarse día y noche en salvar a los desventurados y desposeídos, por cuantos medios estuviesen a su alcance. Sé que si la gente de todo el mundo se propone que de ahora en adelante reine una justicia indivisible y que no haya más Hitlers, algo se conseguirá. Indudablemente, todos aquellos cuyas manos se hayan manchado con sangre nuestra, bien sea directa bien indirectamente, tienen que pagar por los crímenes que han cometido, lo mismo si son hombres que si son mujeres.
Si no se hace así, constituirá un verdadero ultraje para millones de muertos inocentes.
Recuerdo las interminables discusiones de nuestros días estudiantiles cuando nos formulábamos la pregunta de si el hombre era fundamentalmente bueno o malo, y tratábamos de hallar una respuesta. En Birkenau se sentía una tentada de responder que el hombre era inalterablemente malo. Pero esto sería una confirmación de la filosofía nazi, la cual pretende que la humanidad es estúpida y perversa, y que necesita ser metida en rodera a base de palo. Acaso el crimen más horrendo que cometieron contra nosotros los "superhombres" sea la campaña que desencadenaron, muchas veces con éxito, para convertirnos en unas bestias tan monstruosas como ellos.
Para llegar a esa degradación, desplegaron una disciplina estúpida, embrutecedora y desorientadoramente inútil, apelando a humillaciones increíbles, a privaciones inhumanas, a la amenaza constante de muerte, y, finalmente, a una promiscuidad repugnante.
Toda su táctica tendía calculadoramente a reducirnos al más bajo nivel moral. Y pudieron alardear de los resultados: hombres que durante toda su vida fueran amigos, terminaron aborreciéndose mutuamente con rencor y asco auténtico; los hermanos se peleaban entre sí por una corteza de pan; hombres que antes fueran irreprochablemente íntegros y honrados robaban cuanto podían; y con mucha frecuencia sucedía que era el kapo judío el que molía a palos a su compañero de sufrimientos, de cautiverio y de sangre judía.
En Birkenau, como en la sociedad alabada y enaltecida por los filósofos nazis, prevalecía la teoría de que "el poder crea el derecho". El poder por sí mismo imponía respeto. Los débiles y los viejos no osaban esperar misericordia.
Cada campo, cada barraca, cada koia era una pequeña jungla separada de las demás, pero todas ellas estaban sometidas a los patrones y la ley de la selva virgen, de devorarse los hombres unos a otros. Para llegar a la cima de la pirámide en cada una de aquellas selvas vírgenes, había que convertirse en una criatura a imagen y semejanza de los nazis, carente de todo tipo de escrúpulos, pero sobre todo de sentimientos de amistad, solidaridad y humanidad.
En Egipto, los esclavos que construyeron las pirámides y sucumbieron durante su trabajo pudieron, por lo menos, admirar su construcción, contemplar la obra de sus manos, que iba levantándose cada vez más alta. Pero los prisioneros de Auschwitz-Birkenau que acarreaban montones de piedras, para volver a trasladarlas de nuevo al día siguiente a los mismos lugares de origen, no pudieron observar más que una cosa: la indignante esterilidad de sus esfuerzos.
Los individuos más débiles iban hundiéndose más y más en una existencia animal, donde no se permitían siquiera el sueño de llenar el estómago, sino que tenían que resignarse a los padecimientos de su hambre devoradora. Sólo pedían tener un poco menos de frío, ser golpeados con un poco menos de frecuencia, disponer de un poco de paja para suavizar y mullir las duras tablas de la koia, y de cuando en cuando gozar de un vaso entero de agua para ellos solos, aunque procediese del depósito corrompido del campo. Se necesitaba una energía moral extraordinaria para asomarse al borde de la infamia nazi y no caer en el fondo del pozo.
Sin embargo, conocí a muchos internados que supieron ser fieles a su dignidad humana hasta el mismo fin. Los nazis lograron degradarlos físicamente, pero no fueron capaces de rebajarlos moralmente.
Gracias a estos pocos, no he perdido totalmente mi fe en la humanidad. Si en la misma jungla de Birkenau no todos fueron necesariamente inhumanos con sus hermanos hombres, indudablemente hay todavía esperanzas.
Esta esperanza es la que me hace vivir.

FIN

VOCABULARIO

ARBEITDIENST—prisionero que señalaba a los Kommandos el trabajo que tenían que realizar
AUSSENKOMMANDO—internados que trabajaban fuera del campo
BEKLEIDUNGSKAMMER—el ropero de los prisioneros
BLOCOVA—la jefe de barraca o bloque
CALIFACTORKA—la criada personal de la blocova
"CANADÁ"—almacén donde se recogían los artículos quitados a los deportados para ser enviados a Alemania
FUEHRESTUBE-oficina de las S.S.
ESSKOMMANDO—los transportadores de la comida
HAEFTLING—internado del campo, o prisionero
KAPO—jefe de comando
KOMMANDO—grupo de trabajo
LAGERKAPO—ayudante de la lageralteste
LAGERALTESTE—la "reina del campo" sin corona
LAGERSTRASSE—carretera central del campo
LAGERRUHE—toque de queda
MUSULMÁN—esqueletos vivientes.
OBERARZT—médico jefe de las S.S. del campo de concentración
"ORGANIZATION"—robar a los alemanes
RAPPORTSCHREIBERIN—secretaria principal del campo
POLITISCHE BUERO—oficina política, donde se guardaban los documentos y los informes
SCHREIBSTUBE—oficinas a las que se enviaban los informes de las revistas
SCHEISSKOMMANDO—grupo destinado a limpiar las letrinas
SCHREIBERIN—escribiente
STUBENDIENST—gendarmería de la barraca; también los que dividían las raciones
"SPORT"—castigo infligido a las blocovas, a los funcionarios y a las muchachas de la cocina
SONDERKOMMANDO—grupo especial de trabajo, que aquí se emplea para los que prestaban servicio en los crematorios
SONDERBEHANDLUNG (S.B.)—tratamiento especial, o sea, "condenados a muerte"
SCHUTZHAEFTLING—prisioneros "protegidos"
VERTRETERIN—asistente de la blocova

FIN DE LA OBRA

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