Hombres sin mujeres

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Haruki Murakami

El timbre del teléfono me despierta pasada la una de la madrugada. Una llamada telefónica en plena noche siempre resulta violenta. Es como si alguien intentase destruir el mundo valiéndose de una brutal pieza metálica. Como miembro del género humano, tengo la obligación de acallarlo. Así que me levanto de la cama, voy a la salita de estar y descuelgo el auricular.

Una voz grave de hombre me da un aviso: una mujer ha desaparecido para siempre de este mundo. La voz pertenece al marido de la mujer. Por lo menos así se presentó. Y me dijo algo: «Mi mujer se suicidó el miércoles de la semana pasada y, en cualquier caso, pensé que debía comunicárselo»; eso me dijo. En cualquier caso. Su tono me pareció desprovisto de todo sentimiento. Daba la impresión de que dictara un texto para un telegrama. Apenas había silencios entre palabra y palabra. Un aviso puro y duro. La verdad sin ornamentos. Punto.

¿Qué respondí yo? Debí de decirle algo, pero no recuerdo qué. De todas formas, se hizo un silencio. Un silencio como si cada uno nos asomásemos a un extremo de un hondo agujero abierto en el medio de una carretera. Luego él colgó, sin más ni más, sin haber añadido nada. Como si suavemente depositase una frágil obra de arte en el suelo. Y yo me quedé allí plantado, con el teléfono en la mano, absurdamente. En camiseta blanca y bóxers azules.

No sé de qué me conocía. ¿Le habría dicho ella que yo era un «viejo amante»? ¿Para qué? ¿Y cómo es que tenía mi número, si no viene en la guía telefónica? Además, para empezar, ¿por qué yo? ¿Por qué tuvo el marido que tomarse la molestia de llamarme e informarme de que ella había desaparecido para siempre? Me resulta difícil creer que ella se lo pidiera por escrito en el testamento. De nuestra relación hacía una eternidad. Y una vez rota, nunca volvimos a vernos. Ni siquiera a hablar por teléfono.

Pero, en fin, eso no tenía importancia. El asunto es que no me dio ni una sola explicación. Él creyó que tenía que informarme de que su mujer se había suicidado. Y en algún sitio consiguió el número de teléfono de mi casa. Pero no vio necesario informarme de nada más. Todo indica que su intención era dejarme en ese punto intermedio entre el conocimiento y la ignorancia. Pero ¿por qué? ¿Pretendería hacerme pensar en algo?

¿En qué?

No lo sé. El número de interrogantes sólo fue en aumento. Como un niño que estampa su sello de juguete sin ton ni son en su cuaderno.

Y es que ni siquiera tenía idea de por qué se había suicidado o cómo había puesto fin a su vida. Aunque hubiera querido averiguarlo, no habría podido. Desconozco dónde vivía y, ya puestos, ni siquiera sabía que se hubiera casado. Como es natural, tampoco sé su apellido de casada (el marido no me dijo su nombre por teléfono). ¿Cuánto tiempo había estado casada? ¿Había tenido hijos, hijas?

No obstante, acepté sin más lo que el marido me había comunicado. No albergaba ninguna sospecha. Tras romper conmigo, ella siguió viviendo en este mundo, se enamoraría (probablemente) de alguien con quien luego se habría casado, y el miércoles de la semana pasada acabó con su vida por algún motivo, de algún modo. En cualquier caso. En la voz del marido había, sin duda, un vínculo profundo con el mundo de los muertos. En la quietud de la noche, fui capaz de sentir esa cruda conexión. Percibí la tirantez del hilo tensado y su agudo destello. En ese sentido, llamarme pasada la una de la madrugada —fuese o no su intención— era la opción correcta para él. A la una de la tarde seguramente no habría causado el mismo efecto.

Cuando por fin colgué el auricular y volví a la cama, mi mujer estaba despierta.

—¿Quién ha llamado? ¿Se ha muerto alguien? —preguntó ella.

—No, nadie. Se han confundido de número —contesté arrastrando las palabras, con voz somnolienta.

Pero ella, por supuesto, no me creyó. Porque incluso en mi tono se percibía un atisbo de muerte. La conmoción que provoca una muerte reciente es altamente contagiosa. Se transforma en un temblorcillo que se propaga por la línea telefónica, deforma el eco de las palabras y hace que el mundo se sincronice con su vibración. Mi esposa, con todo, no añadió nada. Estábamos acostados a oscuras, cada uno pensando en sus cosas, con el oído pendiente de aquella quietud.

De modo que aquélla era la tercera mujer que elegía la vía del suicidio de entre todas con quienes había salido. Bien pensado…, no, no, tampoco hace falta pensarlo tanto, pues la verdad es que es una tasa de mortandad considerable. Apenas puedo creerlo. Porque tampoco he salido con tantas mujeres. Me cuesta entender cómo pueden ir quitándose la vida, una tras otra, siendo tan jóvenes. Ojalá no sea culpa mía. Ojalá no me vea implicado. Ojalá ellas no me tomen como testigo o cronista. Lo deseo de veras, de corazón. Además…, ¿cómo expresarlo?.., ella —la tercera (dado que me resulta incómodo no nombrarla de algún modo, he decidido llamarla provisionalmente M)— no era, en absoluto, una persona con rasgos suicidas. Y es que a M siempre la vigilaban y protegían todos los marineros fornidos del mundo.

No puedo explicar con detalle qué clase de mujer era, dónde y cuándo nos conocimos ni las cosas que hacía. Lamentándolo mucho, aclarar ciertos aspectos me causaría diversos problemas en la vida real. Posiblemente se generarían unas molestias que afectarían a personas (todavía) vivas de su entorno. Así que sólo puedo decir que mantuve una relación muy íntima con ella durante una época, pero que un buen día sucedió algo y nos separamos.

A decir verdad, creo que conocí a M cuando tenía catorce años. En realidad no fue así, pero aquí lo daré por hecho. Nos conocimos en el colegio a los catorce años. Debió de ser en clase de biología. Estaban hablándonos sobre los amonites, los celacantos o algo por el estilo. Ella estaba sentada en el pupitre de al lado. Yo le dije: «¿Podrías pasarme la goma, si tienes? Es que he olvidado la mía», y ella partió su goma de borrar en dos y me dio un pedazo. Sonriendo. Y, literalmente, en ese mismo instante tuve un flechazo. Ella era la chica más guapa que jamás había visto. O eso pensaba yo entonces. Así es como quiero ver a M. Quiero imaginar que nos encontramos por primera vez en un aula. Por la abrumadora y subrepticia intermediación de los amonites, los celacantos o lo que quiera que fuese. Y es que al imaginarlo así, muchas cosas encajan a la perfección.

A los catorce años, yo estaba sano como un producto recién fabricado y, por consiguiente, cada vez que soplaba el cálido viento de poniente tenía una erección. Al fin y al cabo, estaba en la edad. Pero con ella no me empalmaba. Porque ella superaba con creces a todos los vientos de poniente. Bueno, y no sólo a los de poniente: era tan maravillosa que anulaba cualquier viento que soplase desde cualquier dirección. ¿Cómo iba a tener una sucia erección delante de una chica tan perfecta? Era la primera vez en mi vida que me encontraba con una chica que provocaba en mí tal sensación.

Siento que ése fue mi primer encuentro con M. En realidad no fue así, pero si lo pienso de esa manera, todo cobra sentido. Yo tenía catorce años y ella también. Para nosotros fue la edad del encuentro perfecto. Así fue como de verdad debimos conocernos.

Pero luego M desaparece de pronto. ¿Adónde habrá ido? La pierdo de vista. Algo ocurre y, en el preciso instante en que miro hacia otro lado, ella se va sin más ni más. Cuando me percato, ya no está, aunque un rato antes se encontraba ahí. Quizá algún astuto marino la haya engatusado y se la haya llevado a Marsella o a Costa de Marfil. Mi desesperación es más profunda que cualquier océano que hayan podido surcar. Más profunda que cualquier mar, guarida de calamares gigantes y dragones marinos. Me aborrezco. Ya no creo en nada. ¡Cómo es posible! ¡Con lo que me gustaba M! ¡Con el cariño que le tenía! ¡Con lo que la necesitaba! ¿Por qué tuve que mirar hacia otro lado?

Pero, por el contrario, desde entonces M está en todas partes. Puedo verla en cualquier sitio. Sigue ahí, y la veo en distintos lugares, en distintos momentos, en distintas personas. Me doy cuenta. Yo metí la mitad de la goma de borrar en una bolsa de plástico y la llevé siempre conmigo. Como una especie de talismán. Como una brújula que marca el rumbo. Si la llevaba en el bolsillo, algún día encontraría a M en un rincón del planeta. Estaba convencido. Lo único que ocurría era que se había dejado engañar por las sofisticadas lisonjas de un marinero que la embarcó en un gran buque y se la llevó a tierras remotas. Porque ella era una chica que siempre procuraba creer en algo. Una persona que no titubeaba a la hora de partir una goma en dos y ofrecerte la mitad.

Intento obtener siquiera algún retazo de ella en distintos lugares, a través de distintas personas. Pero, por supuesto, no son más que fragmentos. Un fragmento es un fragmento, por muchos que se reúnan. El núcleo de M siempre me rehúye, como un espejismo. Y el horizonte es infinito. Tanto en la tierra como en el mar. Yo sigo desplazándome incansablemente tras ella. Hasta Bombay, Ciudad del Cabo, Reikiavik y las Bahamas. Recorro todas las ciudades portuarias. Pero cuando llego, ella ya se ha esfumado. En la cama deshecha permanece todavía el tenue calor de su cuerpo. El fular con adornos de espirales que llevaba cuelga del respaldo de la silla. Hay un libro sobre la mesa, abierto boca abajo. Unas medias algo húmedas se secan en el lavabo. Pero ella ya no está. Los pesados de los marineros del mundo intuyen mi presencia y se la llevan a toda prisa a otro lugar, la esconden. Yo, claro, ya no tengo catorce años. Estoy más moreno y más curtido. Llevo barba y he aprendido la diferencia entre un símil y una metáfora. Pero cierta parte de mí todavía tiene aquella edad. Y esa parte eterna de mí que es mi yo de catorce años espera con paciencia a que un suave viento de poniente acaricie mi sexo virgen. Allí donde sople ese viento, allí estará M.

Ésa es M para mí.

Ella no es amiga de permanecer en un sitio.

Pero tampoco es de las que se quitan la vida.

Ni siquiera yo sé qué pretendo al contar todo esto. Supongo que intento escribir sobre la esencia de algo irreal. Pero escribir sobre la esencia de algo irreal se asemeja a quedar con alguien en la cara oculta de la Luna. Está oscuro y no hay señales. Encima, es vastísima. Lo que quiero decir es que M era la chica de quien debí enamorarme cuando tenía catorce años. Pero en realidad fue mucho más tarde cuando me enamoré de ella y, para entonces, ella (por desgracia) ya no tenía catorce años. Nos equivocamos en el momento de conocernos. Como quien confunde el día de una cita. La hora y el lugar eran correctos. Pero no la fecha.

En M, sin embargo, todavía vivía aquella niña de catorce años. Yacía dentro de ella en su totalidad —no de manera parcial—. Si yo aguzaba bien la vista, podía vislumbrar su figura, que iba y venía dentro de M. Cuando hacíamos el amor, a veces envejecía espantosamente entre mis brazos y otras se transformaba en niña. Siempre transitaba de ese modo por su propio tiempo personal. Me gustaba esa faceta suya. En esos momentos yo la abrazaba con todas mis fuerzas, hasta hacerle daño. Quizá hiciese demasiada fuerza. Pero no podía evitarlo, porque no quería entregársela a nadie.

No obstante, llegó de nuevo el día en que volví a perderla. Y es que todos los marineros del mundo van tras ella. Solo, soy incapaz de protegerla. Cualquiera tiene un despiste en algún momento. Necesito dormir, ir al baño. Incluso limpiar la bañera. Picar cebollas y quitar las hebras a las judías. Necesito revisar la presión de los neumáticos del coche. Así fue como nos alejamos. Es decir, ella se fue distanciando de mí. Detrás, claro, se hallaba la sombra infalible de los marineros. Una densa sombra que trepaba sin ayuda de nadie por los muros de los edificios. La bañera, las cebollas y la presión del aire no eran más que fragmentos de una metáfora que esa sombra se dedicaba a esparcir como quien esparce chinchetas por el suelo.

Seguro que nadie imagina cuánto sufrí, lo hondo que caí cuando ella se marchó. No, es imposible que alguien se haga una idea. Porque ni siquiera yo logro recordarlo. ¿Cuánto habré sufrido? ¿Cuánto me dolió el alma? Ojalá existiera en el mundo una máquina que midiese fácilmente y con precisión la tristeza. Así podría expresarlo en cifras. Una máquina semejante jamás cabría en la palma de la mano. Eso pienso cada vez que mido la presión de los neumáticos.

Y al final ella murió. Me enteré gracias al telefonazo en plena noche. Ignoro el lugar, los medios, el motivo y el objetivo, pero el caso es que M estaba decidida a quitarse la vida, y eso hizo. Se retiró de este mundo real tranquilamente (quizá). Aunque yo pudiese disponer de todos los marineros del mundo y de todas sus sofisticadas lisonjas, ya nunca podré rescatarla —ni siquiera raptarla— de las profundidades del más allá. Si a medianoche escuchas con atención, es posible que tú también percibas a lo lejos el canto fúnebre de los marineros.

Además, tengo la impresión de que, debido a su muerte, he perdido para siempre a mi yo de catorce años. Esa parte ha sido arrancada de cuajo de mi vida, como el número retirado del uniforme de un equipo de béisbol. La han depositado en una robusta caja fuerte con una compleja cerradura y arrojado al fondo del océano. Tal vez la puerta no se abra en mil millones de años. Los amonites y celacantos la vigilan en silencio. El espléndido viento de poniente ya ha dejado de soplar. Todos los marineros del mundo lamentan de corazón su muerte. Así como todos los antimarineros del mundo.

Cuando me enteré de la muerte de M, me sentí el segundo hombre más solo del planeta. El primero, sin duda, es su marido. Le cedo la plaza. No sé qué clase de persona será. No dispongo de ninguna información sobre su edad, a qué se dedica o a qué no se dedica. Lo único que conozco de él es que su voz es grave. Pero el hecho de que tenga la voz grave no me da ningún dato concreto sobre él. ¿Será un marinero? ¿O quizá alguien al que no le gustan los marineros? Si fuese de estos segundos, tendría en mí un aliado. Si fuese de los primeros… aun así contaría con mi solidaridad. Ojalá pudiese hacer algo por él.

Pero no tengo manera de acercarme al que un día fue el marido de M. No sé su nombre ni dónde vive. Quizá haya perdido también el nombre y el lugar. Después de todo, es el hombre más solo del planeta. En pleno paseo, me siento delante de la estatua de un unicornio (la ruta que siempre hago pasa por un parque con una estatua de un unicornio) y, mientras observo una fresca fuente, pienso en él. Intento imaginar qué se siente al ser el hombre más solo del mundo. Yo ya sé qué se siente al ser el segundo hombre más solo del mundo. Pero todavía ignoro qué se siente siendo el hombre más solo del planeta. Entre la segunda y la primera soledad discurre un hondo abismo. Quizá. No es que solamente sea hondo, sino que además tiene una anchura espantosa. Tanto que desde el fondo se eleva una alta montaña formada por los restos de los pájaros muertos que, incapaces de franquearlo de extremo a extremo, cayeron extenuados en pleno vuelo.

Un buen día, de repente, te conviertes en un hombre sin mujer. Ese día sobreviene de repente, sin mediar el menor indicio o aviso, sin corazonadas ni presentimientos, sin llamar a la puerta y sin carraspeos. Al doblar la esquina, te das cuenta de que ya estás allí. Y no puedes dar marcha atrás. Una vez que doblas la esquina, se convierte en tu único mundo. En ese mundo pasan a decir que eres uno de esos «hombres sin mujeres». En un plural gélido.

Sólo los hombres sin mujeres saben cuán doloroso es, cuánto se sufre por ser un hombre sin mujer. Por perder ese espléndido viento de poniente. Por que te arrebaten eternamente los catorce años (la eternidad debe de andar alrededor de los mil millones de años). Por escuchar a lo lejos el lánguido y doloroso canto de los marineros. Por hundirte en el oscuro fondo marino con los amonites y los celacantos. Por llamar a alguien por teléfono pasada la una de la madrugada. Por recibir una llamada telefónica de alguien pasada la una de la madrugada. Por citarte con un desconocido en un punto intermedio al azar entre el conocimiento y la ignorancia. Por derramar lágrimas sobre el pavimento seco mientras mides la presión de los neumáticos del coche.

El caso es que, para mis adentros, ruego delante de la estatua del unicornio que algún día el marido levante cabeza. Pido que, sin olvidarse de lo que realmente importa —eso que por mera casualidad llamamos «esencia»—, logre borrar de la memoria la mayoría de los hechos secundarios. Ojalá se olvide incluso de que los ha olvidado. Lo deseo de corazón. ¿A que resulta increíble que el segundo hombre más solo del mundo tenga consideración y ruegue por el hombre más completamente solo del mundo (al que ni siquiera conoce en persona)?

Pero ¿por qué se tomaría la molestia de telefonearme? No es por criticarlo; simplemente aún hoy sigo preguntándomelo de manera pura o, por decirlo así, primordial. ¿De qué me conocía? ¿Por qué se preocupaba por mí? Seguramente tenga fácil respuesta: porque M le habló de mí o le contó algo de mí. Es lo único que se me ocurre. No tengo ni idea de qué pudo contarle. ¿Qué clase de valor o sentido había en mí, un antiguo amante, que fuese digno de contarse (y sobre todo a su marido)? ¿Será algo fundamental relacionado con su muerte? ¿Habrá arrojado su muerte una especie de sombra sobre mi ser? Tal vez le contara a su marido que mis genitales son bonitos. Cuando estábamos en la cama, pasado el mediodía, solía contemplar mi pene. Lo sostenía con cuidado en la palma de la mano como si admirase una antigua joya incrustada en una corona real hindú. «Es precioso», me decía. Aunque yo no sabía si hablaba en serio.

¿Fue ése el motivo por el que el marido de M me llamó por teléfono, pasada la una de la madrugada? ¿Para presentar sus respetos a mi pene? Es imposible. Carece de sentido. Además, mi pene, se mire por donde se mire, no tiene nada de especial. Siendo objetivos, es normal y corriente. Ahora que lo recuerdo, fueron muchas las veces en que puse en duda el sentido de la estética de M. Y es que ella tenía unos criterios raros, muy diferentes a los del resto de la gente.

¿No será (no me queda más remedio que imaginar) que le contó que me había dado media goma cuando íbamos a clase? Como una mera anécdota de lo más inocente, sin malicia ni segundas intenciones. Pero el marido, como cabe suponer, se puso celoso. Lo de haberme dado aquella goma debió de provocarle unos celos mucho más feroces que si M se hubiera acostado con tantos marineros como caben en dos autobuses. ¿No es natural? ¿Qué más dan dos autobuses repletos de fornidos marineros? Después de todo, M y yo teníamos catorce años y yo por esa época me empalmaba con que apenas soplase el viento de poniente. Quién es capaz de prever las consecuencias que pueden derivarse del hecho de partir una goma nueva por la mitad y darle un pedazo a semejante individuo. Es como ofrecer una docena de vetustos graneros a un gran tornado.

Desde entonces, cada vez que paso por delante de la estatua del unicornio me siento allí un rato y reflexiono sobre la cuestión de los hombres sin mujeres. ¿Por qué justo allí? ¿Por qué un unicornio? Tal vez el unicornio también sea miembro del grupo de los hombres sin mujeres. Porque, hasta ahora, nunca he visto una pareja de unicornios. Él —no hay duda de que es él— siempre está solo, alzando con ímpetu su afilado cuerno hacia el cielo. Tal vez, como representante de los hombres sin mujeres, debamos erigirlo en símbolo de la soledad que llevamos a nuestras espaldas. Tal vez deberíamos desfilar en silencio por las calles del mundo luciendo chapas con forma de unicornio en el pecho y la gorra. Sin música, sin banderas, sin confeti. Quizá (abuso de la palabra quizá. Quizá).

Convertirse en un hombre sin mujer es muy sencillo: basta con amar locamente a una mujer y que luego ella se marche a alguna parte. En la mayoría de los casos (como bien sabrás), son taimados marineros quienes se las llevan. Las seducen con su labia y las embarcan deprisa hacia Marsella o Costa de Marfil. Prácticamente nada podemos hacer frente a ello. También es posible que ellas mismas acaben quitándose la vida, sin haberse relacionado con ningún marinero. Frente a eso tampoco podemos hacer nada. Ni siquiera los marineros pueden.

Sea como fuere, así es como te conviertes en un hombre sin mujer. Todo sucede en un abrir y cerrar de ojos. Y una vez convertido en hombre sin mujer, el color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo de tu cuerpo. Como una mancha de vino que se derrama sobre una alfombra de tonos claros. No importa cuán amplios sean tus conocimientos en labores domésticas, porque eliminar esa mancha será una tarea terriblemente ardua. Quizá el color se vuelva desvaído con el tiempo, pero probablemente la mancha permanecerá hasta que exhales el último suspiro. Es una mancha cualificada y, como tal, también tendrá su derecho a manifestarse en público de vez en cuando. No te quedará más remedio que vivir con la suave transición de su color y con su contorno polisémico.

En ese mundo, todo suena de distinta manera. La forma de tener sed es distinta. El modo en que el pelo crece es distinto. La manera de atenderte de los empleados de Starbucks es distinta. Los solos de Clifford Brown también suenan distintos. La puerta del metro se abre de manera distinta. Incluso la distancia que hay caminando desde Omotesando— hasta Aoyama-itcho—me es bastante distinta. Aunque más tar de conozcas a otra mujer, y por muy estupenda que ésta sea (de hecho, cuanto más estupenda, peor), empiezas a pensar que la perderás desde el mismo instante en que la conoces. La sombra evocadora de los marineros, el timbre de las lenguas extranjeras en sus bocas (¿griego?, ¿estonio?, ¿tagalo?) te pondrán nervioso. Todos los nombres exóticos de los puertos del mundo te harán temblar. Porque ya sabes qué se siente al ser un hombre sin mujer. Tú eres una alfombra persa de tonos claros, y la soledad, la mancha del Burdeos que nunca se eliminará. La soledad la traen de Francia, y el dolor de la herida, de Oriente. Para los hombres sin mujeres, el mundo es una mezcolanza vasta e intensa, es la otra cara de la Luna en su totalidad.

Estuve saliendo con M unos dos años. No es un periodo demasiado largo. Pero fueron dos años intensos. Sólo dos años, podría haber dicho. O también durante un periodo de dos años. Naturalmente, es cuestión de perspectiva. Aunque haya dicho que estuve saliendo, solamente nos veíamos dos o tres veces al mes. Ella tenía sus asuntos, y yo, los míos. Además, por desgracia ya no teníamos catorce años. Esos diversos asuntos acabaron echándonos a perder. Justo en el momento en que yo la abrazaba con fuerza y le juraba que nunca me alejaría de ella. La densa y oscura sombra de los marineros desparramaba las puntiagudas chinchetas de la metáfora.

Lo que mejor recuerdo de M es que le encantaba la música «de ascensor». Esa clase de música que suele sonar en los ascensores, como Percy Faith, Mantovani, Raymond Lefèvre, Frank Chacksfield, Francis Lai, 101 Strings, Paul Mauriat o Billy Vaughn. Su afición por ese tipo de música inocua (así la califico yo) estaba predestinada. Un conjunto de cuerda sumamente fluido y elegante, unos vientos de madera que asoman con dulzura, metales asordinados, los acordes de un arpa que acarician suavemente el corazón. Una melodía encantadora que jamás se derrumba; una armonía que deja buen sabor de boca, como un caramelo; una grabación con su justa medida de eco.

Cuando voy conduciendo solo, suelo escuchar rock o blues. Derek and the Dominos, Otis Redding, los Doors, etcétera. Pero M jamás me dejaba poner esa clase de música. Siempre traía media docena de casetes de música de ascensor en una bolsa de papel, que ponía desde el primero hasta el último. Nos subíamos al coche e íbamos de aquí para allá prácticamente sin rumbo fijo, mientras ella movía en silencio los labios al ritmo de 13 jours en France de Francis Lai. Unos labios sexys y maravillosos pintados de carmín claro. El caso es que tenía miles de casetes de música de ascensor. Y vastísimos conocimientos sobre música inocua de todo el mundo. Tantos que podría abrir un «museo de la música de ascensor».

Cuando hacíamos el amor pasaba lo mismo: de fondo siempre sonaba aquella música de ascensor. ¿Cuántas veces oiría A Summer Place de Percy Faith mientras la estrechaba entre mis brazos? Aunque me avergüence confesarlo, aún hoy me excito si escucho ese tema. Se me acelera un poco el pulso y me ruborizo. Si alguien buscase en el mundo a un hombre que se excite sexualmente al escuchar la intro de A Summer Place de Percy Faith, probablemente yo sería el único. No, no es cierto: es posible que a su marido le suceda lo mismo. Cedámosle, en cualquier caso, ese espacio. Si alguien buscase en el mundo entero a un hombre que se excite sexualmente al escuchar la intro de A Summer Place de Percy Faith (incluyéndome a mí), probablemente seríamos los dos únicos. Digámoslo así. Así está mejor.
Espacio.

—Me gusta esta música —me dijo M en cierta ocasión— sobre todo porque es una cuestión de espacio.

—¿Una cuestión de espacio?

—Me refiero a que al escucharla me siento como si estuviese en un amplio espacio vacío. Es amplio de verdad, no hay divisiones. Ni techo ni paredes. Y en él no hace falta que piense en nada, ni que diga o haga nada. Simplemente basta con estar ahí. No tengo más que cerrar los ojos y dejarme llevar por el bello sonido de las cuerdas. No existen las migrañas, ni la sensibilidad al frío, ni la regla o las ovulaciones.
Allí todo es solamente bello, apacible y sin estorbos. No te piden nada más.

—¿Como si estuvieras en el Paraíso?

—Eso es —dijo M—. En el Paraíso seguro que suena de fondo música de Percy Faith. Oye, ¿me acaricias más la espalda?

—Claro. Por supuesto —dije.

—Se te da de maravilla.

Henry Mancini y yo nos miramos sin que ella se diese cuenta. Sonriendo ligeramente.

Como es natural, también he perdido la música de ascensor. Eso pienso cada vez que voy conduciendo solo. Mientras espero a que cambie el semáforo, me pregunto si no habrá alguna chica desconocida que abra de golpe la puerta, se suba al asiento de al lado y, sin decir ni una palabra, sin mirarme siquiera, me haga el favor de meter a la fuerza en el reproductor del coche una cinta con 13 jours en France. Incluso lo he soñado. Pero esas cosas, claro, no suceden. Para empezar, ya no tengo un aparato capaz de reproducir casetes. Ahora, cuando conduzco y quiero escuchar música, conecto el iPod con un cable USB. Y, por supuesto, no tiene canciones de Francis Lai, ni 101 Strings, sino de Gorillaz o Black Eyed Peas.

En eso consiste perder a una mujer. Y en ocasiones perder a una mujer supone perderlas a todas. Así es como nos convertimos en hombres sin mujeres. Al mismo tiempo perdemos a Percy Faith, Francis Lai y 101 Strings. Perdemos los amonites y los celacantos. Nos quedamos, naturalmente, sin su encantadora espalda. Yo solía acariciarle la espalda a M con la palma de la mano al ritmo del dulce compás ternario del Moon River de Henry Mancini. My huckleberry friend. Lo que nos aguarda al otro lado del meandro… Pero todo eso acabó desapareciendo. Sólo quedó un trozo de una vieja goma de borrar y la elegía de los marineros que se oye a lo lejos. Y, por supuesto, el unicornio que, solitario, alza su cuerno hacia el cielo al lado de la fuente.

Me gustaría que ahora M estuviese en el Paraíso —o en algún lugar semejante—, escuchando A Summer Place. Ojalá esa amplia música sin divisiones la envuelva suavemente. Espero que no esté sonando Jefferson Airplane ni nada por el estilo (no creo que Dios sea tan cruel. Al menos eso espero). Y ojalá de vez en cuando se acuerde de mí, al escuchar el pizzicato de los violines de A Summer Place. Pero tampoco pido tanto. Aunque sea sin mí, ruego para que M viva feliz y tranquila junto con su imperecedera música de ascensor.

Como uno más de los hombres sin mujeres, lo ruego de corazón. Parece que lo único que puedo hacer es rogar. Por ahora. Quizá.

(De: Hombres sin mujeres, Onna no inai otokotachi: © 2014, Haruki Murakami, Tusquets Editores, S.A. ,Barcelona, 2015. Traducción: Gabriel Álvarez Martínez, 2015)

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