Hombres y mujeres a prueba

Por Horacio González*

La “evolución” de la CGT, su vínculo con las luchas obreras y el peronismo, la burocratización y el nacimiento de la CTA. El recorrido del sindicalismo central argentino hasta llegar a su actual rol, convalidando una reforma laboral que atenta contra los derechos de los trabajadores. Por eso estamos a prueba y el camino es construir andamiajes de resistencia desde nuestros lugares de militancia, para que el trabajo no se convierta en un puro acto de subsistencia.

Foto: Presidencia

No es que no supiéramos la historia de cómo el sindicalismo central –la CGT-, había dado constates pasos en el sentido de su degradación. El tema fue muy estudiado desde distintos ángulos y produjo una inmensa bibliografía académica. Para llegar al sombrío presente, hay que revisar algunos pliegos del pasado. Las historias clásicas del sindicalismo argentino exigían consultar libros como los de Sebastián Marotta y Diego Abad de Santillán. Sus autores provenían del socialismo y del anarquismo. Los orígenes: influencias de Sorel, de Malatesta, de la Segunda Internacional. No dejaba de pronunciarse el nombre de Bakunin. Un importante estudioso de la historia sindical argentina estableció que ya en los años 30 se notaban signos de la adopción por parte del socialismo y aun del anarco sindicalismo, de propensiones negociadores con el funcionariado estatal. Estos se habían configurado en las décadas anteriores bajo el amparo de la Ley de Trabajo de Pellegrini, Joaquín V. González y Bialet Massé –cada uno aportando sus conocimientos y valoraciones-, y que significaban por parte de la elite conservadora un paso que daban no sin fuertes discusiones internas. Esta ley, con lo restrictiva que era, pues respondía a la visión de las oligarquías frente al “nuevo fenómeno sindical”, y se hacían ciertas concesiones, incluso se moderaba el empleo de la Ley de Residencia, puede contraponerse a las actuales leyes macristas. Estas parecen, hoy, mucho más retrógradas que las que pensó el elenco histórico de la Organización Nacional para el mal llamado “mundo del trabajo”.

Lo cierto que la relación estado-sindicatos es un hilo conductor muy medular de la historia argentina. Ya durante el gobierno de Yrigoyen, la aparición de un sector estatal dispuesto a discutir condiciones de trabajo bajo lo que podía considerarse un “gobierno popular”, derivó en una escisión en la Fora, en verdad, sobre la verdadera matriz de las decisiones en el gremialismo histórico: tener o no tener ciertos vínculos arbitrales a partir de la intervención de una instancia estatal en las relaciones de trabajo. Y a la luz de los trágicos acontecimiento de la semana de enero del 19. El peronismo se forjó bajo este tembladeral, pero ampliado. La CGT se había formado en 1930 bajo el auspicio del principal gremio de la época –los ferroviarios, con presencia fundamental del socialismo-, y en los umbrales del peronismo también está dividida. En verdad, nunca dejó de estar a salvo de latentes disecciones aun durante los primeros gobiernos peronistas. El epicentro de la racionalidad orgánica laboral, puesta en marcha por el peronismo, es interesar en un módulo de “conducción general” a socialistas y comunistas, todo lo cual se hizo no en lo arremolinado de esas horas. Si el peronismo encontraba resistencias en el gremio comunista de la carne –por ese entonces, de los más poderosos-, sin embargo este también se bifurca debido al llamado que hace Perón, que en 1945 viajará en varias oportunidades a Ensenada y Berisso. No cesaba de lograr adhesiones de todo tipo, incluso la fundación de gremios como metalúrgicos, textiles y empleados jerárquicos del Estado.

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La transferencia de significados valorativos que se producen de las tradiciones sindicales preexistentes, forma parte de un complejo contrato social, por el cual el peronismo toma consignas del derecho social avanzado provenientes del socialismo, y los socialistas y comunistas que pasan a este contrato, aceptan un estilo de procedimiento que años después Roberto Carri denominaría “sindicalismo de Estado”. Vieja discusión, pero en este caso, el peronismo pasaba a llamarse “revolución” para contener aquella otra latiente en su seno, más radicalizada que la dé él, pero que también obtenía ventajas ostensibles en el reino de lo posible. Lo cual no dejaba de incluir grandes movilizaciones y un estado de actividad política reivindicativa del sector obrero, con posibilidades reales de incidir en las políticas económicas generales.

Durante el exilio de Perón, luego de atravesado el período más comprometido de la resistencia, se comienza a consolidar un estilo de burocracia gremial, basada en parte en la restitución de disposiciones favorables para ello que ya estaba escritas en la Ley de Asociaciones Profesionales, al punto que Vandor –que se había iniciado como tornero mecánico en la Phillips, luego de que como suboficial de la marina fuera expulsado por su condición de peronista-, entiende el sindicalismo como la reposición del Partido Laborista que el mismo Perón había inhibido en su lucha iniciática contra Cipriano Reyes. Y que además adopta un programa social muy avanzado, los de Huerta Grande y La Falda, en parte inspirados por la presencia que el vandorismo tolera, de militantes orgánicos de un reconocido grupo del trotskismo argentino. Vandor componía un proyecto sustitutivo de la conducción de Perón, con dos alas, la burocratización de los sindicatos como brazo de una “revolución nacional” junto a militares católicos del orden conservador, aunque con un programa de reivindicaciones, sostenía la otra, la que, en su letra, incluía “el control obrero de la producción”.

Obras sociales, centro de vacaciones, hoteles repartidos en todo el país, sobre todo en Mar del Plata, nunca faltaron en la concepción fundadora del peronismo sindical. No obstante, la “cuestión peronista” entrañaba un conjunto de implícitos acuerdos en torno a que los sistemas de leyes proteccionistas del trabajo se vinculaban a una instancia política, basada en una identidad fuerte, que veía al conjunto social como una serie de contradicciones y acciones políticas en tono a una contraposición elemental, que podía ser “pueblo y oligarquía”, u otras variantes de esa dicotomía. En el Congreso de la Productividad de 1955 se produce el primer cimbronazo visible de este esquema, cuando las cuentas del Estado no resisten el programa de distribución equitativa de la renta nacional. La CGT de entonces hace tímidos esfuerzos de oposición al concepto de “productividad”, pero fueron muy rápidamente conjurados. Muy poco después cayó el peronismo. Cuando Macri hace ahora citas de Perón, no sin deformarlo, cita sus discursos sobre la “productividad”, los que no representan cabalmente una historia mucho más abarcadora y repleta de aristas de todo tipo.

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Luego, en algún momento se quebró esa relación entre el goce de derechos a la manera de la consigna peronista de la “felicidad del pueblo”, y el compromiso sindical con los ecos, por más tibios que fueren, de esa historia de reivindicaciones de los tiempos heroicos, y cuyas raíces se remontaban al siglo XIX, fueron deshilvanándose. Las nuevas burocracias superaron el tipo de esquema bajo el que se movía el vandorismo (agitación/movilización/ negociación/ burocratización) y con mucha más fuerza en el período que se abre en 1983, el sindicalismo comienza a privilegiar la afiliación como un conjunto de insumos administrados bajo símiles empresariales o financieros, cuya contrapartida se reflejaba en grandes obras sociales manejadas empresarialmente, cuestión en la cual la UOM fue pionera ya desde los años 60.

Ante el fin de la etapa ideológica –o “doctrinaria”-, de ese gran ciclo del movimiento obrero, se crea la CTA para recobrar la primacía de la ecuación histórica de un sindicalismo de movilización, con acentuación latinoamericanista, cercana al modo en que se fundó el PT brasilero, y con una crítica específica al sindicalismo central, denominado como “sindicalismo empresarial”, en vista del desplazamiento de notorios dirigentes de la CGT hacia el mundo de la gestión de empresas o a la interpretación misma del Sindicato como una Empresa que contrata niveles salariales y condiciones de trabajo ante otras Empresas. Esta definición está plenamente vigente, y la persistencia de la CTA, más allá de las corrientes internas generadas hoy en la CGT –significativamente, la que encabeza el gremio Bancario, un sector de importancia esencial, que habla con un conjunto de saludables precisiones críticas sobre la situación hoy dominante-, es una constancia necesaria, no porque sea meramente simbólica –no lo es por sus grandes marchas, la calidad de sus dirigentes, el coraje del paro nacional del gremio docente-, sino porque son, por así decir, “`piedras de espera”. Así denominaba el gran historiador Henri Pirenne a las pequeñas aglomeraciones en incipientes construcciones, apenas parajes de descanso en el camino, que darían luego origen a las grandes ciudades.

Esta historia, con sus cambiantes vicisitudes, es mucho más larga y sinuosa. Lo cierto es que se abandona el indefinido linaje de los sindicalistas de las etapas del capitalismo financiero –según el concepto creado en tiempos añejos por Hilferding-, y la gestión sindical también sufrió–como Da Vinci sufría los recuerdos de un sueño infantil sobre los buitres-, el arañazo de un nuevo tipo de capitalismo, cual fue la ultra financiarización de los propios estamentos antiguos del capital. Progresivamente, el trabajo, va dejando de ser un acto material y simbólico creador del ser social, tal como con las discusiones consiguientes se había establecido en el programa de Gotha. Así lo había promulgado la socialdemocracia alemana en el último cuarto del siglo XIX, lo que no difería de las atribuciones sindicales que se expresaran tan diversamente en este largo período, que alcanzan también al del primer peronismo.

Pero ahora, revoluciones tecnológicas mediante y mutancia extraordinaria en los flujos financieros que se convierten en modelos de vida las grandes agremiaciones profesionales tiene toda su historia bajo querella, y solo enormes esfuerzos de reflexión y compromiso moral e intelectual, pueden evitar que el sindicalismo se convierta en una pieza más de la cremallera de las orbitaciones o circulaciones del dinero abstracto, que marca las nuevas categorías de espacio, tiempo, consumo social y apropiación de derechos sociales. Una propaganda de un perfume o de yogurt es una condensación icónica que replica domésticamente el dominio de las lógicas financieras y sus piedras de estacionamiento, los recintos fiscales ajenos al control del las desvencijadas maquinarias estatales, que restan solo como agentes represivos de la antigua red de reivindicaciones históricas del trabajador agremiado.

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¿Qué es hoy una voluntad social? Todo aquello que rescate su fondo de aurtonomía conceptual y moral para descartarse del mecanismo de reproducción del dominio central, basado en su constante entre movilización de núcleos de ilegalidad productiva y en su “banco de datos” o banco de horas. Terminología creada para eliminar como fuente civilizatoria el trabajo como creación de riqueza material, simbólica y asociativa. Lo que decían los viejos programas obreros, aun considerando la crítica de izquierdas que, no sin acierto, le había hecho Max al programa de Gotha. En este neocapitalismo abstracto solo la ilegalidad es productiva. Ni aquel programa ni ningún otro referido a la memoria obrera, parece resistir esta agresión al trabajador y su vida.

¿Ante la reforma laboral del Gobierno, la CGT puede resistir? Esta reforma laboral convierte el hecho laboral, aun el realizado bajo formas de inferiorización existencial, en una categoría irreal, despojada de atributos jurídicos, de antiguas fórmulas de equilibrio frente al poder patronal, en suma, el trabajo convertido no en un acto humano y social sino en un acto bancario más, sin protección jurídica. ¿Podrá entonces la CGT resistir esta brutal e inaudita avanzada del Gobierno? Nadie puede equivocarse si aplica a esta pregunta la necesaria cuota de escepticismo. La dirección de la CGT ha profundizado vergonzosamente su acatamiento a esta reforma laboral, logrando modificar algunas cuestiones no significativas respecto a su núcleo estratégico de demolición de la idea misma de trabajo productivo.

Pero los trabajadores son considerados como datos de un archivo del tipo Iron Mountain. Puede ser retirados del archivo cuando le plazca a la Trama Dinerario-Judicial, devueltos al archivo u ofrecidos a algún piromántico que decida borrar las huellas en la historia de que hubo obreros, ideologías obreristas y manifiestos que comenzaban hablando de utopías que recorrían el mundo. Llegaron estos dirigentes al fondo última de la defección, ya ni pueden recordar algunos de ellos cuando empezaron sus militancias más de medio siglo atrás, a lo mejor balbuceando palabras como socialcristianismo o distribución equitativa de la renta nacional. Se las llevó el viento, junto a sus vidas ya ennegrecidas como leños calcinados. Salen de sus reuniones para decir que en su esencia no han sido afectados los derechos fundamentales del trabajo. Dándose cuenta o no, en su alma perseveran resortes del inconsciente colectivo, de manera no tan lejana, el síntoma real que lleva de los empresarios del gobierno al gobierno de los empresarios. Paralelamente, las altas direcciones sindicales van sonámbulas del sindicalismo modernizado a aceptar que el Ministerio de Modernización los recree como sindicatos tributarios a las medidas en curso de deconstrucción del colectivo laboral.

Por suerte, dirigencias medias, secretarios generales de sindicatos importantes, sindicalismos del interior del país, de provincias enteras, y desde luego, militantes memoriosos de la CGT, comienzan a andar en el vértigo que exige una efectiva resistencia. Debido a que ahora se exigen decisiones personas en todos los ámbitos sociales y políticos, todos somos hombres y mujeres a prueba. Hombres y mujeres a prueba, sí. Es lo que quise decir. Debe establecerse una originalidad resistente en todos los temas que ofrece hoy la decisión de desmantelar la vida política que en cualquiera de sus indicios, arrojándose esta llamarada destructiva que emana de las fauces del gobierno. Lo que resiste es menos una preparación previa, sino los fondos históricos nunca dormidos, que reacciona esté donde esté esta fístula devastadora. En la sociedad rural, en la asociación de bancos, en la fondo monetario, en algún juzgado norteamericano, en la Shell, en farmacity, en la poliédrica y proteica manifestación de las retículas desde donde lanzan sus fulminaciones contra el estado de derecho. Son acciones mancomunadas parta destruir el movimiento popular.

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Somos hombres y mujeres a prueba. Si los máximos dirigentes de la CGT hace tiempo que han demostrado que no pasaron ninguna prueba, entre la aceptación de triquiñuelas ajenas y fabricación de excusas propias, debemos demostrar nosotros, el vasto núcleo proliferante de la conciencia colectiva que no fue extirpada de su propia conciencia histórica, que podemos resistir esta prueba. Trabajadores, trabajadoras, gremialistas de coraje, militancias de todas las tradiciones políticas, somos hombres y mujeres que deben probar que están a la altura del desafío que consiste en saber resistir y resistir sabiendo. Que deben saber que este plan de hundimiento de las prácticas laborales lleva a convertirlas en humillantes actos de subsistencia y penuria vital. Todo lo cual debe ser un motivo central que inspire la creación de andamios de resistencia –en el parlamento, en la ciudad, en la fábrica, en la escuela, en todo lugar donde se pueda-, como efectiva mostración que somos hombres y mujeres a prueba. Y que podemos pasar la prueba.

* Horacio Luis González (Buenos Aires, 1944), sociólogo, docente, investigador ensayista argentino. Nació en Buenos Aires en 1944. Es profesor de Teoría Estética, de Pensamiento Social Latinoamericano, Pensamiento Político Argentino y dicta clases en varias universidades nacionales, entre ellas las de la ciudad de La Plata y Rosario. Entre 2005 y 2015, se desempeñó como director de la Biblioteca Nacional.

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