Impunidad

Por David Brooks

El ex presidente Donald Trump, en imagen de archivo, es culpable de que cientos de miles estén muertos por su negligencia frente a la pandemia de Covid-19. Foto Ap

La próxima vez que un funcionario o representante del gobierno estadunidense se atreva a comentar o criticar a otro país por la prevalencia de la impunidad, la respuesta debería ser prestarle un espejo. En lo que fue calificado de una traición del presidente a su país, un delito constitucional y una intentona de golpe de Estado para anular la voluntad de su pueblo, el culpable fue absuelto.

No es la primera vez. Este mismo acusado fue exonerado en el primer juicio político en su contra hace 13 meses. Aunque ningún presidente ha sido sometido a dos juicios políticos (algo sin precedente) y nunca antes hubo tantos disidentes del partido de ese presidente en declararlo culpable, no es consolación que casi se logró hacer justicia, al final, los supuestos guardianes del orden constitucional permitieron escapar al responsible.

Al mismo tiempo, Trump y sus cómplices son culpables de que cientos de miles de estadunidenses estén muertos por su negligencia y mentiras. The Lancet, una de las revistas más prestigiosas del mundo medico, publicó una investigación de expertos en salud pública, concluyendo que 40 por ciento de las muertes por Covid-19 eran evitables e innecesarias, y fueron provocadas por el mal manejo político de la pandemia. Nadie está, por ahora, acusado de tal barbaridad y cuando se pregunta cómo puede ser eso, responden: así es en este país.

No es nada nuevo. Vale recordar que ningún alto funcionario –incluyendo el presidente, el procurador general de la república, el jefe del Pentágono o de las agencias de inteligencia– fue enjuiciado por ordenar y llevar a cabo detenciones arbitrarias, secuestros de sospechosos y de tortura –incluyendo técnicas que violan tanto las leyes nacionales como las internacionales– en la llamada guerra contra el terrorismo.

Ahí esta toda la evidencia, las firmas, los testimonios, fotos y testigos (los que no murieron o los que siguen en Guantánamo y alrededor del mundo), pero ninguno de los responsables ha huido, porque no son prófugos de la justicia. Algunos son profesores de ley, otros regresaron al mundo de la inteligencia.

A la vez, ningún banquero, ejecutivo financiero o supuesto regulador oficial fue enjuiciado o encarcelado por lo que se considera el mayor fraude financiero de la historia que detonó la gran recesión de 2007-2008, dejando a millones desempleados, perdiendo sus hogares y ahorros. Ni hablar de los responsables de invasiones e intervenciones contra otros países, los millones de muertos que han resultado de esas decisiones de seguridad nacional, muchas de las cuales provocaron crímenes de guerra.

Y no hay ni espacio para la lista de actos ilegales incluyendo apoyo a golpes de Estado, financiamiento de fuerzas paramilitares ilegales, asesinatos a control remoto y hasta algunos que deben ser definidos como terrorismo; nadie está enfrentando la justicia por esto, como tampoco por separar y secuestrar a niños de sus padres migrantes (igual que los nazis).

El historiador Howard Zinn decía que en Estados Unidos la gente equivocada está en la cárcel, y la gente equivocada está fuera de la cárcel, como también en el caso del poder.

La misma semana que procedía el juicio político, Joe Ligon salió de una prisión después de 68 años –era un menor de edad (15 años) cuando fue condenado a cadena perpetua en uno de pocos países que hacía eso con niños, práctica que décadas después fue calificada de cruel e inusual por la Suprema Corte. Las prisiones están a reventar con gente pobre, minorías e inmigrantes pero con muy pocos ricos o ex políticos de alto nivel.

En Estados Unidos, si es que desea ser líder del mundo no sólo con el ejemplo de su fuerza sino por la fuerza de nuestro ejemplo, primero debe demostrar su compromiso con la lucha contra la impunidad en su casa.

La Jornada