Impunidad

Por Edgardo Mocca

La sensación de impunidad es la ruta infalible del fracaso político. El macrismo se apresta a confirmar dramáticamente este principio. La cuestión consiste en confundir los propios designios con la verdad histórica, en establecer un determinismo que funciona como una realidad paralela, indiferente a los acontecimientos.

El escándalo D´Alessio-Stornelli-Santoro-(¿Bonadio?) parece ser el punto de quiebra irreversible de esta nueva empresa refundacional de la oligarquía nativa. Por supuesto que esta afirmación no comporta un optimismo infantil respecto de las actuales capacidades institucionales argentinas de terminar con una saga de ilegalidad sin antecedentes en los tiempos de la democracia más o menos recuperada en 1983; todavía, asistiremos, con toda seguridad, a muchos capítulos de la resistencia a admitir la sensación de ciclo cerrado que recorre el ánimo de los argentinos. Ciclo, hay que aclarar, que no remite solamente a la sistemática manipulación de la información, a la mentira sistemática, a la persecución desembozada. Que tiene como telón de fondo ostensible el saqueo de los recursos, el agravio persistente a los derechos ciudadanos, particularmente intenso contra los sectores populares y cada vez más extendido contra las capas medias y sectores extensos del empresariado nacional.

Cuando cae el producto bruto, se reduce el salario, se obstruye el ejercicio del derecho al reclamo popular por medio de la violencia represiva, cuando desde el poder político formal se emiten mensajes de negación sistemática y psicopática de la realidad (como fue el caso del último discurso presidencial), las miradas se dirigen necesariamente al mundo del derecho, de la justicia, de las instituciones. Es una mirada necesariamente esperanzada porque todos creemos vivir en el marco de la ley, de la constitución, de los poderes de la democracia. Pero ese mundo se cierra. Los jueces (no todos, claro está) miran para otro lado, los medios hablan de otra cosa, ignoran todo, los ruidazos, las protestas obreras, los datos de la economía, la prepotencia del poder. La agenda real está tapada por un mundo virtual que sigue viviendo los tiempos de enero de 2016. Que sigue titulando el fin del populismo, la persecución judicial contra el kirchnerismo, la pesada herencia, los setenta años…

La clave es la impunidad. La impunidad de la justicia tarifada, de los medios coludidos con el gobierno, con las grandes patronales, con los servicios; de las estafas visibles a cualquier mirada por poco atenta que sea, como el blanqueo, como el correo, como el caso de Arribas, como la plata de los Macri que se esconde en las guaridas fiscales, como los aviones de empresas truchas que ponen en riesgo la vida de los pasajeros y de los pobladores de las zonas ilegalmente habilitadas para partidas y aterrizajes. También los milicos (y los civiles -jueces, empresarios, eclesiásticos-) de la dictadura se creyeron impunes. Cualquiera que recuerde los días de Malvinas (que parece que no hubieran sido pero fueron) puede entender esto que se está diciendo. Puede recordar batallas históricas, exocets invencibles, triunfos gloriosos de las tropas argentinas que preludiaron el brusco y sorpresivo anuncio de un 14 de junio de 1982: “todo terminó”.

El último discurso de Macri (en realidad todos los discursos de Macri) está señalando esta inevitable y dramática deriva de la situación argentina bajo el imperio del fondo monetario. Lo anuncian hasta las más autorizadas consultoras del establishment global: no va más, este experimento ha quebrado. Definitivamente. La política tarda en asumir esta evidencia; el gobierno porque asumirla equivaldría a aceptar el infierno como futuro. Hasta la oposición, incluidos los sectores más consecuentes, aquellos que enfrentaron este desastre desde sus comienzos, tratan de moderar su juicio porque, razonablemente, no quieren convocar a los fantasmas recurrentes de la incertidumbre y el caos. El mito oligárquico de la imposibilidad de los gobiernos no peronistas de terminar pacíficamente sus mandatos ha logrado penetrar incluso en los sectores que lo rechazan como lo que es, una simulación dirigida a ocultar el drama de la impotencia histórica de las clases dominantes para dar solidez al régimen de la “normalidad argentina” (normalidad del colonialismo), históricamente imposible desde 1945.

La ilusión de la impunidad, una vez más, llega a su fin. Cuando se escucha a Carrió, a Morales Solá, al grupo Clarín y a todo el coro de los repetidores de los slogans agotados de un régimen agonizante, no cabe duda que está llegando el tiempo del fin de la impunidad. Cuando ninguno de los opinólogos y de los escribas explica qué hacían en la casa de D’alessio, las armas y los símbolos de las agencias del imperio. Cuando nadie quiere tomar nota del involucramiento avieso de la principal potencia colonial en el manejo de la política de seguridad y de su principal responsable legal, la ministra Bulrich. Cuando nadie quiere explicar el rol de Daniel Santoro en esta historia, como si Santoro no fuera Clarín y como si Clarín no hubiera quedado evidenciado en toda la historia reciente del país como pieza clave de las operaciones contra la Argentina, entonces está claro que la impunidad se quedó sin argumentos. Y la transición entre quedarse sin argumentos y quedarse sin poder puede ser más corta o más larga. Puede ser más pacífica o más dolorosa. Pero está claro que esa transición ha empezado. Y que su duración y los costos que demande dependerán de la madurez de la democracia argentina para empoderarse y emprender el camino del derecho, de la racionalidad, del sentido soberano y democrático.

Estamos, una vez más, ante el final de la impunidad. Puede comprobarlo quien se decida a leer las actuaciones que ha puesto en marcha el juez Ramos Padilla. Quien intente abstraerse de las cataratas de mentiras y agravios que sobre él se descargan. Quien simplemente mire las pruebas, coteje las evidencias, reflexione sobre la trama de ilicitud, promiscuidad y vergonzosa utilización del poder político, mediático y judicial para la venganza y -ya que estamos- para engrosar el patrimonio propio. ¿Hasta dónde llega la ruta de esta sí verdadera asociación ilícita? Para mal de la democracia argentina el gobierno de Macri, sus fuerzas parlamentarias, sus medios adictos, los intelectuales que lo asesoran en defensa de “las instituciones democráticas” no muestran la intención de separar al presidente de este derrumbe inevitable. Siguen creyendo en la superioridad de la “noticia” por sobre la verdad. Siguen creyendo en su propia impunidad.

10/03/19 P/12

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