Incertidumbre

Por Ricardo Rouvier*

La mayoría de los Estados aplican el ensayo y error de las políticas sanitarias, salvo algunos gobiernos que han decidido ser indiferentes a la mortalidad, como es el caso de Brasil y de los EEUU. En nuestro país navegamos con dificultades, también con incertidumbre, pero con confianza en un Gobierno que actúa racionalmente.

La incertidumbre lo invade todo y se transforma en un fuerte condicionante de la política en todos sus niveles. Hoy esperar la formulación de estrategias a mediano y largo plazo es llevar la planificación a la profecía. Todavía el coronavirus no ha terminado su ciega depredación, por lo tanto no se puede, con precisión, hacer un conteo de los daños, porque el edificio todavía está cayendo. Pero en el tránsito, va adquiriendo su perfil social, agregando a los pobres como otro grupo de riesgo. El hacinamiento urbano es un estimulador para que el contagio se active.

Va a haber consecuencias, obviamente que las va a haber, lo que no sabemos es la identidad de lo que se cae para no volver y de lo que continúa. Sospechamos con bastante consistencia que algunas cosas de las que ya estaban seguirán estando; nos referimos a algunas estructuras económicas, políticas y sociales que estarán dispuestas a recuperarse en un primer movimiento que será de clara naturaleza conservadora. Pero habrá otras conductas que se agudizarán, los cuidados estimulan el individualismo como conducta hegemónica de nuestra época. Por eso, la solidaridad es un valor a conquistar, no existe como conquistado. La cultura dominante que consagra al capitalismo como único sistema, considera que la ausencia de justicia social es compensada por la misericordia.

Algunas consecuencias de lo que vendrá se adelantan y ya suceden, como la fuerte desocupación, la paralización económica, dejando huellas de quebrantos y miserias. Pensamos, como decíamos antes, que el primer movimiento del caído es levantarse, volver a lo anterior. Para restablecer el status quo que apuntará a repetir el mecanismo de acumular riqueza sobre la condición de la desigualdad. El dispositivo que estudió tan exhaustivamente Carlos Marx en El Capital sigue vivo y resiste cualquier tipo de virus. El capitalismo, apenas termine la pandemia, buscará recuperar su tasa de ganancia, aunque llevará un tiempo restituir en forma completa la circulación normal entre producción y consumo. Pensamos que la utopía lanzada por el filósofo Zizek no se cumplirá pero merece como respuesta, de parte nuestra, una sonrisa indulgente. Él interpreta que la aparición del virus es un golpe de nocaut al mentón del capitalismo y que esto va a decantar en el comunismo que vendrá. En este caso el voluntarismo no sólo ha llegado a la puerta del pensador, sino que se bifurcan en pórticos tanto por derecha como por izquierda.

Se irán reconfigurando modelos de sociedades con elementos nuevos a considerar, pero igual creemos que el futuro se parecerá al pasado anterior a la pandemia. Sin embargo, el que tomó muy en serio la profecía de Zizek fue el canciller de Bolsonaro que asoció, en el colmo de la estupidez, el coronavirus a la vuelta al comunismo. Para contradecir este pensamiento está el esfuerzo de la política para intentar convertir esta demolición en alguna práctica reformista que pueda mover algunas estructuras, aunque no se llegue al corazón del sistema. Pero como no hay alternativas construidas, lo nuevo surgirá de lo ya existente en la sociedad civil o de los nuevos liderazgos, en momentos en que el mundo actual está huérfano de estadistas y los máximos dirigentes de los países centrales son custodios del beneficio económico. Los intereses populares deberían estar representados por aquellos dispuestos a bloquear el ensanchamiento de la desigualdad. Pero hoy, en la mayoría de los países, la reacción se afinca en la espontaneidad y no en la organización o la existencia de vanguardias.

En nuestro país, depositamos en el gobierno del Frente de Todos la posibilidad de contar con otra realidad que, en nuestro caso, no puede estar desligado de un shock productivo que sume redistribución y pueda acercar justicia social. Hay que entender de una buena vez que tenemos que generar mucha mayor riqueza, además de la puja distributiva.

Se menciona hoy el quiebre del “modelo neoliberal”, cuando este ya no respondía al canon de su génesis desde hace tiempo. El quiebre viene produciéndose desde la crisis de los 90, fin del Consenso de Washington y el colapso del 2008 (a partir de la crisis financiera, la Reserva Federal fue al rescate de entidades financieras y ciertos gobiernos nacionalizaron bancos, como en Francia e Islandia, después entró en crisis el euro y el Banco Central Europeo asistió para sostener la moneda). Ahora aparece la supraentidad en función salvacionista, cuestión que termina haciendo añicos la ortodoxia. El Estado dio, en ese momento, un paso adelante. Ahora los Estados desarrollados se preparan para un posible Plan Marshall y los Bancos Centrales se dedican a emitir. En nuestro país la situación estimula los nacionalismos populares, la compra de activos, la vuelta a un mayor control sobre los resortes de la economía. La República Popular China tiene la esperanza de que, cuando esto termine, el yuan haya avanzado algunos casilleros. Por el momento, la moneda norteamericana se está valorizando, provocando devaluaciones en los países periféricos. Este es el debate que viene y será no solamente sobre los sistemas de salud, sino sobre la participación del Estado en general, en la vida de las sociedades.

Como decimos repetidamente, la derecha tiene menos faena por delante que el progresismo, ya que está apoyada en la maquinaria que está funcionando y un desarrollo tecnológico extraordinario que el coronavirus no detiene. Su proyecto es mantenerse, sobrevivir, conduciendo la nueva civilización digital. O sea, sin futuro definido, sin utopía, sin destino humanístico, sin comunidad. Si claro, que intentará frenar la avanzada estatista pero desde el fracaso, a todas luces, del dogma.

La pregunta desde estas playas es cuál será nuestro lugar en ese mundo, cuál será nuestra rol en ese porvenir. Sabiendo que muchos países, no sólo el nuestro, tendrán que luchar por adquirir alguna significación mientras los activos se desvalorizan y la armonía social corre por una delgada pasarela. Nuestra situación macroeconomía, la herencia anterior, busca hoy en la flexibilización de la cuarentena un respirador. Abrir locales, talleres, fábricas y hacer andar las máquinas es en la actualidad un objetivo urgente.

La globalización de la epidemia no puede evitar las fronteras que vuelven a alzarse entre las naciones y regiones, preanunciando una vuelta de tuerca hacia el nacionalismo o populismo europeo, en momentos en que la alianza atlántica se diluye. Ahí está el objetivo estratégico de Trump de volver a la unipolaridad, desechando los multilateralismos. Dentro del paquete de aprietes a buena parte del mundo, la administración republicana juega su reelección contando con la guía de un bravucón. Pero, seamos francos, en estos momentos o en tiempos de guerra, estos sujetos pueden tener éxito electoral, tratando de mirar críticamente a los electorados. ¡¡Miren Bolsonaro si no!!; puede terminar su carrera con un juicio político por el cual hace mucho mérito, pero cuenta todavía con una fracción no despreciable del electorado brasileño.

La realidad mundial nos pone muchos condicionamientos si miramos desde el postmarxismo, o de un populismo que tiene mucho por revisar. Pero se señala que la realidad mundial y nacional excede las teorías políticas y exige reescribirlas. No sabemos si esta fenomenal crisis que amenaza a millones de personas pueda ocasionar una reacción con destino de justicia social. Desearíamos que sí, que haya una respuesta popular luego de la epidemia para neutralizar a que las víctimas de siempre vuelvan a serlo. Pero, debemos reconocer que todo el horizonte político está muy ocupado en luchas entre dirigentes que en organizar a los sectores populares. Hay demasiada apuesta al espontaneísmo.

Hoy, la mayoría de los Estados aplican el ensayo y error de las políticas sanitarias, salvo algunos gobiernos que han decidido ser indiferentes a la mortalidad, como es el caso de nuestro socio comercial Brasil y de los EEUU. Ninguno de ellos sabe cómo será el futuro, pero sin duda que sus malas políticas sanitarias van a tener consecuencias en la opinión pública. Por eso Trump utiliza lenguaje bélico para caracterizar al virus, sabiendo que los presidentes norteamericanos cuando atraviesan una situación guerrera son reelegidos.

En nuestro país navegamos con dificultades, también con incertidumbre, pero con confianza en un Gobierno que actúa racionalmente. Esa confianza abarca además a los ejecutivos provinciales y a buena parte de la oposición. El estado del tiempo anuncia un agravamiento en la evolución de la tasa de infectados y fallecidos, con una presión social por la congelamiento económico con consecuencias sociales que, por ahora, están controladas.

No podemos imaginarnos estar en este temporal con otro timonel.

Buenos Aires, 21 de mayo de 2020

*Lic. en Sociología. Dr. en Psicología Social. Profesor Universitario. Titular de R.Rouvier & Asociados.

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
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