Incierto tesoro

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Patricia Highsmith

Imagen: Patricia Highsmith en su juventud

La bolsa caqui estaba abandonada en el andén del metro, cerca de un poste con una máquina tragaperras. La miró durante casi un minuto por encima de la tira cómica del Daily News, y finalmente se contorsionó y sacudió su gran cabeza. Lenta, ingenuamente, examinó a cada una de las siete u ocho personas que esperaban su tren en el andén. Llegó un tren, cambió la disposición de la gente, pero cuando se marchó, la bolsa caqui seguía allí sola. Se acercó más, cojeando ostensiblemente sobre su combada pierna izquierda, levantándose erguido sobre la otra, como una pieza de maquinaria estropeada, y con el periódico olvidado en la mano.

Un soldado se puso delante de él, metió un penique en la ranura de la máquina y se inclinó hacia ella, con los zapatos cruzados junto a la bolsa, que era del mismo color que sus pantalones. El cojo se apartó, arrastrando sus enormes pies hacia un lado. Cuando llegó el siguiente tren, el soldado se subió sin siquiera mirar la bolsa.

Entonces, cuando el cojo avanzaba, vio a un hombre acercándose a él a grandes zancadas, un hombre bajo con un sombrero de fieltro verde y un abrigo cruzado de pelo de camello desabrochado y traje azul marino. Tenía unos pequeños ojos verdes, y cuando se posaron en él, el lisiado siguió arrastrándose hacia delante con tímida fascinación. Pasaron tan cerca que sus mangas se rozaron y cuando la bolsa quedó de nuevo entre los dos, ambos se volvieron, uno despacio, el otro astutamente, y se miraron.

Los ojos del hombre bajo estaban fijos, pero, a su alrededor, el rostro marchito y sin afeitar se movía. Se fijó en el cojo, en su cara simple y fea, en su abrigo raído. Miró hacia delante, avanzó hacia la bolsa caqui y se detuvo cuando uno de sus zapatos tostados la rozaba en un lado. Se puso de puntillas y luego dejó que los tacones de madera golpearan firmemente el cemento. El cojo se apartó unos pasos. El hombre bajo se dirigió rápidamente al borde del andén, miró primero hacia el negro túnel y luego su reloj de pulsera.

Cuando se dio la vuelta, la bolsa había desaparecido y el cojo seguía su camino por el andén, levantándose y cayendo, arrastrándose hacia la salida de la calle Tres. No corría, pero tenía la cabeza inclinada entre las solapas del cuello levantado del abrigo por el esfuerzo de andar y con un brazo iba desgranando el aire.

El hombre del abrigo de pelo de camello dudó, luego fue tras él. El inclinado túnel resonó con el agudo sonido de los tacones de madera.

El cojo subió enérgicamente las escaleras. Fuera estaba lloviendo, una lluvia fina y cansada. Debían de ser las seis menos cuarto, pero ya había empezado a anochecer. El cojo se abrió camino por la Sexta Avenida, pasó de largo la reja de alambre que encerraba los campos de balonmano de cemento, los solares cubiertos de hierba y la hilera de bancos. Como el ruido de pasos se seguía oyendo tras él, se percató con una vaga inquietud de que el hombre de los ojos verdes le seguía. Alargó sus pasos cuesta abajo y se puso la bolsa bajo el brazo.

Al cabo de unos metros, el hombre de los ojos verdes le llamó:

—¡Eh!

El cojo siguió adelante.

—¡Eh! —repitió el hombre bajo, corriendo, agarrando el brazo que el cojo agitaba y reforzándolo a volverse—. ¡Ésa bolsa es mía! —Tenía una expresión tensa y determinada.

El cojo miró la bolsa que llevaba bajo el brazo y mantuvo la misma expresión impertérrita. Sus amplios labios estriados se abrieron, pero no emitieron sonido alguno.

El hombre más bajo de los dos observó aquellos ojos lentos, la nariz y la boca que se apretujaban absurdamente entre la pastosa frente y la lisa mandíbula. Una oreja se doblaba bajo la gorra negra de cuadros, pero en el lugar correspondiente a la otra oreja había un amasijo de carne blanca como la abertura de un globo atado con una cuerda.

Arrancó la bolsa del brazo del cojo, abrió la cremallera hasta la mitad y echó un vistazo a su interior, luego volvió a cerrarla. Miró aquellos ojos calmados.

—¡Ladrón!… ¡Idiota! —Y luego, con un desdeñoso mohín—: Debería ajustarle las cuentas. —Pero se alejó con la bolsa por la Sexta Avenida.

El cojo lo miró a él, miró la bolsa y observó cómo ambos se volvían más pequeños al alejarse. El cuerpo se le convulsionó un tanto, y bruscamente enfiló hacia el abrigo de pelo de camello, a lo largo de una amplia manzana en dirección a la calle Ocho. Sus piernas avanzaban tan rápidamente que estaba sólo a tres metros de distancia cuando el hombre de la bolsa entró en un bar y desapareció.

Él relajó su cojera y se detuvo frente al bar—restaurante. Miró humildemente bajo la visera de su gorra al atractivo interior y puso la mano en el delgado tubo de hierro de un poste de aparcamiento. De sus labios surgieron rápidos haces de vapor blanquecino.

Dentro, más allá de la cortina color rata que ocultaba media ventana, el cojo veía inclinarse y levantarse el sombrero verde mientras el hombre se bebía su cerveza. Se acercó más a la ventana y vio la bolsa en un taburete junto al hombre. Al cabo de un momento, el hombre de la barra abrió la cremallera y metió una mano dentro. El cojo sintió un fuerte latido en el pecho. Despacio, el hombre cerró la cremallera, se levantó, se metió la bufanda bajo el abrigo e inclinó la cabeza para apartar el humo de los ojos.

Tímidamente, el cojo retrocedió medio metro en la acerca y se quedó en la puerta de una camisería de hombre, mirando hacia el bar.

El hombre de la bolsa caqui salió y avanzó por la Sexta Avenida, pasó el Centro de Detención de Mujeres y siguió subiendo por el lado izquierdo de Greenwich Avenue.

Tras él iba ahora el cojo, esforzándose sólo para adaptarse al moderado paso del otro. Primero tenía que pensar qué decirle exactamente al hombre de los ojos verdes. Pero era como si tuviera la mente obstruida. Su cabeza se negaba a crear la escena adecuada, las palabras apropiadas, a imaginar un momento más allá del aquí y ahora. Siguió obstinadamente calle arriba, con los ojos fijos en la bolsa caqui.

En la Séptima Avenida, el primer hombre cruzó, mientras que el cojo se quedó atrapado por una oleada de tráfico. Las farolas se encendieron de pronto, por grupos, a lo largo de la avenida, oscureciendo aún más el cielo. El cojo estaba una manzana detrás cuando el hombre giró hacia el oeste por Jane Street. Aunque la calle estaba en semipenumbra, el cojo veía la mancha clara del abrigo de pelo de camello y oía de vez en cuando el ronco deslizar del tacón en el vado de la acera delante de un garaje.

El abrigo de pelo de camello cruzó Hudson Street, continuó hacia el oeste y giró hacia el norte por Greenwich Street.

Mientras le seguía con la vista, el cojo vio unas dos manzanas más allá una esquina iluminada, hacia la que se dirigió el hombre de la bolsa. El cojo apretó el paso y avanzó junto a los portales, junto a los cubos de basura y tapaderas con los que a veces chocaba su pie defectuoso, emitiendo un desagradable ruido.

La luz procedía de un comedor moderno y plateado que recordaba el vagón de un tren eléctrico. El cojo se acercó despacio, como había hecho en el bar. El restaurante quedaba en alto y estaba profusamente iluminado. Veía a través de las ventanas humeantes la hilera de cartas blancas y negras sobre las enormes y relucientes jarras de café. Entre la gorra de un guardia y una gorra marinera estaba el sombrero verde. El cojo se acercó al lado más largo del restaurante y observó a través de la puerta acristalada. Ahora la bolsa caqui estaba en el regazo del hombre, apretada contra la parte baja de la barra. Vio sus zapatos húmedos y amarillentos apoyados en el reposapiés del taburete.

El viento aullaba desde el río, propulsando la lluvia contra el borde metálico del restaurante y rompiendo la pálida columna de humo que surgía como un remolino del ventilador. Le llegaban vaharadas olorosas de carne de hamburguesa, bacon, huevos con mantequilla. Sintió un leve ruido en el estómago. Los labios aflautados se contrajeron bajo la prominente nariz y sus ojos azules parpadearon.

Tras la barra, con una inclinación exagerada, un hombre colocó una bandeja de huevos amarillos ante el abrigo de pelo de camello y los anchos hombros se inclinaron hacia delante. La mano derecha empezó a manipular rápidamente los huevos con el tenedor, llevando trozos triangulares de tostadas con mantequilla a sus labios, ocultos tras el sombrero y el cogote. Cuando acabó los huevos, cogió una servilleta del servilletero y se sonó con tal fuerza que el cojo lo oyó débilmente desde la calle. Luego tiró la servilleta bajo la barra y empezó a comerse un pastel.

El cojo escrutaba la bolsa, advirtiendo que algo la hacía abultar en un extremo y que el hombre no le prestaba atención. Tal vez fuera ropa sucia, pensó con un estremecimiento, o latas, o basura. No, debía de haber algo mejor dentro de la bolsa, sino ¿por qué iba a quererla el hombre de los ojos verdes? Tal vez fuera algo como unas buenas naranjas, o bocadillos, o calcetines, o quizás fuera dinero.

Finalmente, el hombre del mostrador apartó su bandeja y una columna de humo surgió bajo el ala de su sombrero. El cigarrillo se veía blanco y nítido en la mano peluda. Dio el último sorbo de su café, se levantó, volvió a enfundarse el abrigo y se metió la mano en el bolsillo del pantalón.

El cojo sintió un repentino deseo de huir. Se retiró al final del restaurante, desde donde dominaba perfectamente la fachada. Dejó caer levemente el peso en el pie izquierdo, preparado para avanzar en cualquier dirección.

El hombre que llevaba la bolsa bajo el brazo salió por la puerta fumando y bajó un escalón antes de advertir la figura de la esquina. El cojo se encogió, incómodo.

El hombre de la bolsa se quedó inmóvil durante un largo momento. Luego bajó otro escalón y echó a andar. El desnivel del escalón que no había visto le arrancó el cigarrillo de los labios. Desconcertado, se detuvo en seco otra vez, apartó los ojos del cojo y avanzó una vez más por Greenwich Street hacia arriba. Andaba más deprisa que antes y en pocos segundos se había perdido de vista.

Al oír al cojo andando tras él en la oscuridad, sintió una vibración de pánico. Aceleró sus pasos y levantó la bolsa bajo el brazo, con la boca torcida hacia un lado, sonriendo y sintiéndose reconfortado porque no valía la pena preocuparse o pasar miedo por la bolsa, o por el hombre que le seguía, y en sólo tres minutos llegaría a la calle Catorce, donde giraría para ir a la reunión.

El cojo llegó con su colección de gestos superfluos, abriéndose camino con los dos largos brazos, en una coreografía que se parecía más a caerse y enderezarse que a andar. Al ver cómo había avanzado, se sintió más animado y empezó a pensar cómo subiría las escaleras con la bolsa, la llevaría a su habitación y la abriría sentado en la cama. Pero primero le diría a aquel hombre: «Yo estaba en el andén mucho antes que usted.» Intentó aquella frase, murmurándola dentro del cuello subido del abrigo: «Yo estaba ahí mucho antes…» La gruesa nuez de Adán subía y bajaba…, «…que usted…», jadeó.

Tenía que decírselo bien. Necesitaba valor para hacerlo. Recordó uno de sus raros momentos de completa felicidad y la voz y las palabras que le habían hecho tan feliz: «Archie está muy bien. Las cosas que dice demuestran sentido común.» Lo había dicho el señor Hendricks, que siempre le sonreía y le hablaba. Y había hablado de él, Archie, que empujaba los carros en la rotativa del periódico. El señor Hendricks era uno de los redactores. Archie se acordaba exactamente de cómo lo había escuchado. Estaba en el montacargas y el señor Hendricks hablaba con Ryzek, el capataz. «Archie está muy bien. Las cosas que dice demuestran sentido común.» Se había puesto tan contento entonces que podía volver a estarlo recordando simplemente aquellas palabras, y oyendo de nuevo la voz del señor Hendricks decirlas: «Archie está muy bien…»

Se sintió fuerte y muy valiente. Alcanzaría a aquel hombre de la bolsa. Diría palabras que demostrarían su sentido común.

Empezó a pensar en la situación como un error que unas pocas palabras podían explicar… Pero su suela pisó el bordillo y emitió un fuerte ruido.

El hombre del abrigo de pelo de camello echó un vistazo tras de sí. El miedo se le instaló más profundamente en la espina dorsal y le propulsó hacia delante con una energía sobrehumana. Aceleró por el cruce de la calle Catorce, sobre los alisados adoquines y los raíles del tranvía. No vio a nadie en la calle Catorce, que a lo largo de dos manzanas estaba tan mal iluminada como la calle por la que iba. Giró de nuevo por Greenwich. Durante un rato anduvo de puntillas, esperando que el cojo creyera que se había quedado en la calle Catorce. Luego su pie empujó algo que resbaló ásperamente por la acera.

—¡Mierda! —dijo, y los sucios dientes le castañetearon. Se volvió y se quedó tenso, escuchando. El ruido de pasos que se arrastraban volvió. El echó a andar—. Qué demonios hago, perseguido por un loco —susurró—, cuando debería torcer por la calle Catorce para llegar a la reunión… —Los pies apenas tocaban el suelo, pero tenía la sensación de que algo tiraba de él hacia atrás. En su mente, el cojo adquiría proporciones fantásticas, se convertía en la figura ineludible de una pesadilla, una especie de hombre máquina, y pensó que iba a por él y no tras la bolsa, movido por un furioso deseo de venganza. Aferró la bolsa con más fuerza y decidió girar por la calle siguiente, por muy oscura que estuviera, para llegar a algún sitio en que hubiera gente.

Sintió que el corazón le fallaba, vacilaba e intentaba recuperar el ritmo como unos pies cansados, e inmediatamente aminoró el paso. No tenía que correr así, un hombre con el corazón delicado. ¿Y si me desplomo en la cuneta…? ¿Y si no me deja en paz en toda la noche?… Qué dirán los tipos del vestíbulo si me ven llegar con una bolsa costrosa bajo el brazo y perseguido por un loco…

El era el tesorero de una gran organización fraternal, y ocasionalmente pronunciaba algún discurso, como una noche dos semanas atrás, cuando habló para denunciar a Putterman, que estaba sentado en la fila delantera a menos de dos metros de distancia. «No suelo sentirme obligado a hablar así de un colega miembro de la organización», había concluido, secándose los labios con el pañuelo. «¡Pero mi única preocupación es la or-ga-ni-za-ción! Creo que Putterman es un hombre que dice cosas que están bien cuando habla directamente contigo, pero luego, luego…», extendió un dedo, pero el gesto le hizo pensar en el cojo. «¡Luego va y suelta esa mierda contra la organización a alguien situado más arriba! ¡Señores, éstos son mis hechos y así los presento!» Fuerte aplauso, Putterman expulsado por votación oral. Qué dirían todos aquellos colegas si…

—¡Eh! —gritó el cojo desde muy cerca—. ¡Eh! —Alargó su mano temblorosa hacia el abrigo beige.

El hombre más bajo dio un salto.

—¿La quiere? ¡Pues téngala! —exclamó.

—¡Eh! Yo sólo…, sólo…

Pero el hombre del abrigo de pelo de camello ya estaba lejos y sus pasos se aceleraban, girando en dirección oeste.

Aquellas manos grandes y huesudas bajaron hacia la acera. Encontraron la bolsa, la levantaron y la acunaron en las estropeadas mangas del abrigo. Archie continuó calle arriba, apretando la bolsa contra sí con tal fuerza que le invadió cierta emoción y se sintió cálido y feliz. El hombre del abrigo de pelo de camello se desvaneció de su mente. Olió el húmedo tejido caqui, que olía a ropa. Su aflautada boca sonrió serenamente.

Continuó avanzando a lo largo de cuatro o cinco manzanas, hasta la calle Veinte, donde se dirigió hacia el este. No le apetecía ver qué contenía la bolsa. Su rostro había recuperado su expresión habitual de inexpresiva contemplación. Miraba frente a sí, sin advertir la sombra que las farolas situadas junto al bordillo se pasaban de una a otra, la sombra cuya cabeza se torcía de vez en cuando proyectando extraños dibujos sobre la acera.

Al llegar a un edificio de piedra rojiza, subió por una amplia escalera, sacó una llave y entró. El vestíbulo estaba iluminado por una pequeña bombilla desnuda que colgaba del techo. Subió la escalera, aferrándose a la vacilante barandilla y volviéndose en cada rellano con un obstinado movimiento de su cabeza. En la cuarta planta se detuvo ante una puerta baja y cuadrangular, tan pateada y llena de huellas que apenas quedaban restos de la pintura marrón original. Abrió el cerrojo con otra llave.

Dentro, se dirigió familiarmente a una lámpara de flexo, situada sobre una mesa cubierta con un hule, junto al hornillo de gas. La luz amarillenta reveló una habitación cúbica, amueblada con una cama combada como una hamaca, una mesa con patas extensibles, una silla corriente, una mesita de noche hecha con una caja de frutas invertida y una desvencijada cómoda. Por todas las paredes había pequeñas anotaciones, que por su disposición casi formaban una cenefa: los nombres y direcciones y números de teléfono de toda la gente con la que tenía algo que ver. Eran los empleados de la rotativa del periódico, incluyendo a las señoras de la limpieza, los nombres y datos de los tipos de la tienda de ultramarinos de la esquina, del estanco y el almacén, y muchas direcciones mezcladas de anunciantes que le habían escrito en los últimos meses.

Colgó el abrigo tras una cortina que formaba un armario en una esquina. Tenía la cabeza larga y aplanada, vista desde el lado, como el perfil modelo de una proyección de Mercator. El pelo rubio muy fino le caía en rizos desordenados alrededor de la cabeza. Se movía airosamente por su habitación, como si se encontrase muy cómodo y conociera la situación de cada objeto.

Llevó la bolsa a la cama y se sentó suavemente sobre el abultado edredón. La dorada cremallera le produjo un estremecimiento de placer que partía de sus dedos. Aquel ronroneo era un sonido de riqueza, de mecánica belleza. Sus acanalados labios se alargaron aún más y sus rubias cejas se arquearon expectantes. Separó los lados de la bolsa y en el oscuro interior vio varias columnas de brillante papel azul y dorado, y papeles rojos, amarillos, verdes, grises, malvas y blancos, un paquete de cada y un gran bloque formado por todos los paquetes juntos. Los envoltorios habituales e inmaculados de cientos de chocolatinas, caramelos y chicles.

Su impaciencia cedió para dejar paso a una desconcertada e incierta decepción. Las arqueadas cejas cayeron un tanto y la boca se relajó. Luego, atrapado por el espectro cromático, cogió diez o quince chocolatinas de su caja, las apretó una contra otra entre el pulgar y el índice y se rió en voz alta hasta que la columna de golosinas se rompió y cayó entre sus piernas, sobre la cama y al suelo. Volvió a poner la mano, esta vez cogiendo muchas cajas verdes de chicles, que dejó caer en cascada de su palma hasta sus apretados muslos. Cogió más chocolatinas y las hizo pasar entre sus dedos como si fueran monedas, dejándolas caer sobre la colcha. Y en un extremo de la bolsa, en una bolsa de tela gris, había un montón de peniques que debían de sumar un par de dólares.

Levantó la mesa, quitó el despertador y el gastado lápiz y montó un campo de chocolatinas encima, ordenándolas en hileras de azul oscuro, malva y verde, contemplando desde todos los ángulos posibles aquella panoplia de color, aquellos centenares de golosinas que él había comprado siempre de una en una, y muy raras veces. Luego, con una actitud caprichosa e indulgente, eligió una, la desenvolvió y se puso el fresco y negro caramelo en la lengua. Se apoyó contra la pared, volvió su aplanada cabeza para dejar que la luz cayera sobre aquel papelillo que tenía en la mano, y, tarareando una vaga melodía, empezó a leer los ingredientes del objeto que expandía sabor en su boca.

(De: Pájaros a punto de volar – The Collected Posthumous Short Stories. Vol.I [1938-1949] -, 2002. Traducción: Isabel Núñez)

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