¡¡¡Inclúyanme afuera!!!

Confeso detractor del fútbol, el autor de esta nota se «escuende» detrás de un seudónimo para desplegar sus argumentos de manera impune.

Por Jordi Páined

Por casi un mes completo, buena parte de la población de este bendito país permanecerá intoxicada con ese múltiple hipnótico principalmente destinado a mantener cautivos millones de cuerpos y mentes con los fines más espurios. Sin prudencia ni pudor ha de desatarse una incontrolable oleada de xenofobia, chauvinismo, homofobia, etnocentrismo, racismo y ramplona discriminación contra el resto del orbe, preferiblemente los adversarios pautados en el dichoso fixture. Todo esto, claro, acompañado por un tsunami megalómano, exitista, narciso, machirulo, guarango, fascistoide, cuyo artero fin no es otro que instalar, legitimar e institucionalizar 4 falacias 4, destinadas a falsear por completo el principio de realidad, a saber:

I – NO ES MUNDIAL. Como las guerras de 1914-1918 y 1939-1945 que se dijeron para sí Mundiales y más bien fueron, en el mejor de los casos, guerras civiles europeas (como decía el nunca bien ponderado Jorge Abelardo Ramos) con extensión a sus colonias. El conflicto bélico llevado al fóbal cada cuatro años atañe a los países centrales y sus pretéritas, actuales y/o futuras neocolonias. Sin ir más lejos, la primera potencia económica orbital, la inmensa Patria del Eterno Jefe Mao, ni pinta.

II- NO ES UN DEPORTE. ¿A qué desbocado neuronal se le puede ocurrir que, por ejemplo, el grupo conocido como los Harlem Globetrotters o el nutrido elenco de Holiday on Ice sean insignes representantes de los deportes del basquetbol y del patinaje sobre hielo, respectivamente? Se trata, en efecto, de esmerados profesionales —cobran guita por su labor— que se entrenan y hacen un régimen de vida afín a las exigencias de una práctica física inspirada en un deporte que, como tal, es amateur. En este sentido el soccer —cooptado por las multinacionales del neoliberalismo— no se diferencia de la NBA o de las Ligas estadounidenses de béisbol, que también tienen su Mundial donde juegan nada más que ellos (bah: a veces invitan algún cubano gusano, un portorriqueño o un japonés, para humillar a algún ajeno). Por ende, se trata de nada más que un espectáculo y, como tal, coreografiado, guionado y pautado de principio a fin; una puesta en escena. El Coro de los Peregrinos de Tannhaüsser también lo es y nadie se putea.

III – NO ES DE “NOSOTROS”. A mi no me metan en eso, como dice el camarada Eduardo Grüner: inclúyanme afuera. A la no sé por qué denominada Selección Nacional de balompié no la seleccionó ni la votó nadie salvo la caterva de mafiosos de la AFA, a la sazón cómplices del macrismo y de Donald Trump, que quisieron montar el show en Jerusalén y por suerte y cojones de los profesionales implicados, les salió para el tujes. Eso que el Mundial de soccer compete a todos los ciudadanos es una fachada (una careta facha) que busca complicidad para esconder los cadáveres del tipo “Vamos Ganando” en 1982 y “Los argentinos somos derechos y humanos” de unos minutos antes. Salvo el Diego Único Dios Verdadero y el obispo de Roma (por tradición), naides de naides puede usar ese plural mayestático, perversa sinécdoque que hace de uno, todos. Y que, de paso cañazo, subsume en el plural del enunciado a un conjunto al que se le cercena toda diferencia, toda disidencia, toda identidad.

IV- NO ES POR EL HONOR. Es por la tarasca, sólo por la mosca y nada más que por la guita. Tampoco voy a abundar en detalles conocidos por el lector pues no soy como los mercachifles del esférico y evito ofender su inteligencia. Estos shows multimasivos engrosan las arcas de economías sanguinarias, decadentes y oportunistas. Y si lo quieren más cerquita, acuerdensén del Mundial ’78 con sus curros, crímenes y truchadas.

He dicho.

Ayer le conté todo esto a mi psiquiatra. Me dijo: “Con el fulbo no se meta”. Me sacó la benzodiacepina y me dio risperidona, 1 mg., tres veces por día; matiné, vermú y noche.

El Cohete a la Luna

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