Irreversible

Por Graciana Peñafort

En julio de 2018 Héctor Timerman pudo finalmente declarar en la causa conocida como Memorándum, que se originara a raíz de la denuncia del fiscal Alberto Nisman, quien sostuvo —sin prueba alguna que sustentara esa acusación— que la firma del Memorándum de entendimiento entre la Argentina e Irán tenía por intención encubrir a los acusados iraníes de haber planeado y ejecutado el atentado.

Héctor Timerman sufrió especialmente esa acusación. Cada vez que se le preguntaba por ella, invariablemente explicaba que el único objetivo de ese memorándum fue generar un avance real en la causa que investiga el atentado a la Mutual, permitiendo que el juez argentino fuese a Irán a interrogar a los acusados de esa nacionalidad. Eso era necesario porque en Argentina, por mandato constitucional, está prohibido el juicio en Ausencia y las leyes de Irán prohíben conceder la extradición de sus ciudadanos. Por esa razón la investigación del atentado a la AMIA permanece detenida en el tiempo, sin avances sustantivos que permitan dar una respuesta a los familiares de las víctimas ni a la sociedad argentina. Todos la merecen. Todos necesitan esa respuesta.

Porque era su abogada, junto con Alejandro Rúa, estuvimos presentes en esa declaración de Héctor. Siempre recordaré con dolor una de sus respuestas al fiscal Marcelo Colombo: «La intención del memorando era que el juicio empezara después de veinticinco años. ¿Y ahora qué pasó? No pasó nada y sigue sin pasar nada. ¿En qué avanzó la causa en estos años? En nada. Lo único que avanza es mi cáncer».

Conociendo como llegue a conocer a Héctor, ese día que declaró sabía que no tardaría mucho en morir. Ya estaba muy enfermo. Había podido conocer a su nieta Charlotte y solo le faltaba declarar en la causa para poder decir que había realizado todo cuanto sentía pendiente de hacer antes de morir. Con esa certeza dolorosa habíamos pedido la realización de su declaración, cumpliendo con sus instrucciones.

Veo de nuevo el video de esa declaración y me da una enorme bronca e impotencia. Veo a mi amigo tan débil, tan enfermo, hablando con un hilo de voz y luchando por retener algo de oxígeno. Pienso que poder declarar le trajo algo de alivio. Saber que había cumplido con contar su verdad y defenderse de la acusación infamante que le habían imputado Bonadío y una de las querellas. Traición a la Patria. El único delito constitucional. El único delito con una pena infamante.

Como canta la Bersuit: «Yo veo al futuro repetir el pasado/Veo un museo de grandes novedades». El mismo delito con que la dictadura había acusado a su papá, Jacobo Timerman, quien fuese detenido y torturado por ese gobierno de facto. Que llegó a quitarle la nacionalidad argentina. «Siempre nos acusan de lo mismo, Graciana, de ser judíos y de no ser suficientemente argentinos. Y yo soy orgullosamente argentino, judío y peronista», solía decirme Héctor como en un salmo furioso y esperanzado, que conjuraba su infinito dolor por estar ahí, repitiendo la historia. También a Héctor lo torturaron, con los modos sutiles que torturan los tribunales. Y lo empujaron a la muerte. La que llegó mientras clamaba por justicia y que sus hijas y sus nietas no heredaran un nombre manchado por la infamia.

Como abogada me tocó presenciar el honor lacerado de Héctor Timerman y la furia desolada de Cristina Fernández, acusada de la misma infamia. Recuerdo con claridad la asamblea legislativa de 1 de marzo de 2015. Rafecas había cerrado la causa Memorándum por inexistencia de delito y la oposición política había decretado el inicio de la campaña electoral montados en la denuncia de Nisman y su trágica muerte posterior. Por ello concurrieron a la asamblea legislativa con cartelitos que decían AMIA.

Recuerdo cómo CFK les dijo en esa asamblea, flamígera: «Pueden bajar los carteles porque ya los vi, voy a hablar. Pensaba hablar, de la AMIA no necesito carteles para hablar, hablo de la AMIA desde 1994. A los que me ponen cartelitos para que hable de la AMIA, de la AMIA hablo desde el año ’94, con lo de la AMIA estoy desde el año 1996, cuando denuncié a Galeano y a todos los que encubrieron y no permitieron que se supiera la verdad. De la AMIA hablo con los familiares desde el año ’96 apoyándolos y ayudándolos. De la AMIA hablo y seguiré hablando en Naciones Unidas reclamando que se haga justicia, como no lo hizo ningún Presidente argentino. De la AMIA hablo, de la AMIA hablo diciendo que se quiere demorar el juicio de encubrimiento desde el año 2002 de autoridades argentinas, de los servicios de inteligencia, que cubrieron y encubrieron y no permitieron que se supiera la verdad. Han pasado 21 años, han pasado 21 años y no tenemos un solo condenado ni un solo preso por AMIA. No necesito carteles, yo puedo ir con carteles al frente de la AMIA para que escuchen también, para decirles también que un ex presidente de la DAIA, Rubén Beraja, encubridor y vaciador de bancos, presidente de la AMIA, está procesado, en juicio oral por haber traicionado su religión y asociación. No me vengan a hablar de la AMIA».

Y siguió: «De la AMIA puedo hablar, cuando el otro día me entrevistaba, es un tema que me toca muy de cerca, porque en soledad, no queda casi ningún legislador de los que integramos la Comisión Bicameral de la AMIA. Desde el año 1996 al 2001, donde en soledad, en absoluta soledad me tocó firmar un dictamen diciendo que era una vergüenza lo que se había hecho y que después confirmó en una sentencia donde se demolió el fraude procesal que había hecho el juez Galeano en esa causa, fraude estafando los propios familiares y a las víctimas. Demolieron en la sentencia en el año 2004. Desde el año 2000 que se inició el juicio de encubrimiento a los funcionarios de ese entonces. Porque la AMIA no explotó ayer ni durante nuestro gobierno, explotó hace 21 años y hace 21 años que los familiares y las víctimas demandan justicia».

Y volví a verla envuelta en llamas –es un fuego, suelo decir yo que admiro a esa CFK ardiendo mientras dice verdades— el día que declaró ante Bonadío también en la causa Memorándum. Eran días en el que gobierno de Macri la tenia cercada por lobos, encarnados en jueces y fiscales serviles a las promesas que les hacían desde el poder y que la perseguían sin pruebas, ni garantías. No solo a ella, a toda su familia. Perseguían a CFK, a sus hijos, a su madre e incluso a la memoria de su esposo muerto. Una persecución enardecida y cruel, que la hoy Vicepresidenta afrontó con coraje y la furia encendida de saberse inocente y perseguida. Y ustedes tendrían que haberla visto ahí, frente al aspirante a verdugo de Claudio Bonadío, solo munida con palabras decirle en la cara sin asomo de miedo: «Señalo que esta acusación es absurda e injuriosa. Resulta insostenible que se considere conducta típica la realización de un acto de relaciones exteriores del Poder Ejecutivo Nacional, ratificado por el Congreso de la Nación, ambos en ejercicio de sus facultades privativas constitucionalmente atribuidas que por cuya naturaleza no pueden ser objeto de revisión judicial. Más aun en el caso de un acto que nunca entro en vigencia y que por lo tanto nunca tuvo efectos jurídicos». Y concluir señalando con énfasis: «También quiero señalar, doctor Bonadío, que usted fue imputado por ser parte del encubrimiento al atentado a la AMIA y apartado de la investigación de dicha causa por tal motivo. Que usted paralizó esa investigación durante casi cinco años. Que usted fue acusado de proteger a otros acusados, de encubrir a Corach, de proteger a Palacios, de ser parte de un complot para alejar al fiscal Nisman de la investigación del atentado a la AMIA e incluso de pretender atentar contra la integridad física del fiscal y de su familia. Doctor Bonadío, de usted no espero justicia. Pero confió plenamente que cuando en la Argentina se restituya el Estado de Derecho, tan dramáticamente afectado hoy por la espuria y desvergonzada relación entre el Poder Político y el Poder Judicial, la Justicia que reclamo finalmente se proveerá».

Creo que pocas veces en la vida me puso más orgullosa trabajar con CFK que esa vez. Ver su valentía en la absoluta soledad y la indefensión de esos días, frente a los verdugos sin ley ni escrúpulos.

Cuando Héctor y CFK declararon ya se habían tomados muchos cafés y y jugado muchos partidos de paddle en Olivos, los jueces que reabrieron la investigación de Memorándum. Investigación que abrieron sin pruebas ni fundamentos y solo munidos de la voluntad de hostigar a Cristina y a muchos otros. Pienso en la triste y vejatoria prisión a la que sometieron a Carlos Zannini, Luis D’Elia y Fernando Esteche. Y la literalmente mortífera prisión a la que sometieron a Timerman, obstaculizando para siempre la posibilidad de continuar con su tratamiento para el cáncer. Lo digo con la certeza de haber suplicado por la vida de Héctor Timerman sin que nadie me escuchara. El odio desatado además de feroz, resultó ser sordo e impiadoso.

Pero al final, Daniel Rafecas siempre tuvo razón. En la causa Memorándum nunca existió delito. La acusación de Nisman y de las querellas siempre fue un fraude sin pruebas. Lo definió el jueves pasado el Tribunal Oral Federal N° 8. Escribo esto y no puedo dejar de recordar que Rafecas estuvo a un tris que lo sometieran a destitución por dictar la sentencia donde dijo que no existía delito.

Hoy las querellas y algunos abogados reclaman que aun se haga el juicio. Que el show de la crueldad tenga más emisiones. Confunden deliberadamente los modos de finalización de los procesos. No toda finalización anormal de un proceso es ilícita ni ilegal. De hecho, están expresamente previstas en la ley, en el artículo 361 del código procesal penal para ser exacta. Los abogados les decimos modos anormales no porque no sean usuales —de hecho lo son—, sino para diferenciarlos de los procesos que concluyen luego de un debate oral. Pero resulta que es imposible juzgar un no delito. Es como pretender juzgar a alguien por homicidio y que la presunta víctima este vivita y coleando. Para llevar adelante un juicio debe haber un delito, necesariamente. Y en este caso no hay delito que investigar. Las alertas rojas siguen vigentes y jamás corrieron peligro, la firma del Memorándum no afectó nunca su vigencia, y además nunca tuvo efectos jurídicos porque los presuntos beneficiarios de las maniobras de encubrimiento se negaron a ratificarlo. En pocas palabras, el encubrimiento invocado jamás se produjo y por lo tanto no existe. Dicho en fácil, el delito por el que se acusa no se produjo, no existe y no hay nada que juzgar.

A veces pienso que lo único que haría felices a ciertos medios de comunicación que fustigaron esta causa, seria someter a los acusados —hoy sobreseídos— a un juicio de ordalía, esto es que caminen sobre brasas ardiendo en la espera de que, si no se queman, será porque Dios no lo quiso dado que son inocentes. Como canta Solari «Es otra historia de nunca acabar/Supersticiones de nunca acabar».

Los mismos que creen que la Justicia es solo un rito. Cuya formulación es puramente sacramental y remplazan el concepto de Justicia por el de montaje televisivo. Y aclaro, quien escribe esta nota no cree en los montajes televisivos como modo de Justicia. Sencillamente porque no lo son, aunque fascinen con su espectacularidad.

Y no quiero dejar de decir esto. Tengo un gusto amargo en la boca. Porque esto llegó demasiado tarde para Timerman. Que se murió con esta infamia pesando sobre sus días. Y eso es irreparable. Triste me conformo con poder decirle a la familia que esta sentencia declara la inocencia de su padre, de su esposo, de su hermano. Que ha quedado libre de mancha su apellido. Porque siempre lo estuvo. Y que pude cumplir la promesa que les hice aquella tarde desesperada cuando pensábamos que Héctor se moría.

En medio de tanta injusticia, un poco de justicia, aun amarga, es como un chispazo que nos deja ver lo sórdido de todo lo que rodea al Poder Judicial. Y creo firmemente que hay que usar ese chispazo de luz para cambiar las cosas. Porque como pedía Héctor, la verdadera justicia es que lo que le pasó a Jacobo, lo que le pasó a él mismo, no le pase nunca más a nadie más. Porque déjenme decirles algo que aprendí en estos años, recorriendo tribunales. Y es que la crueldad, la falta de humanidad, la ausencia de Estado de Derecho y la injusticia tienen consecuencias. Y son siempre irreversibles.

El Cohete a la Luna

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