Jalea del membrillo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Eduardo Rosenzvaig

Cuando te pida que apagues el grabador apagá. Bueno apagá.

Nunca pudimos comer la sopa fría de yogur con pepino, siete hermanas mujeres pobres y el único hombre pobre en la mesa mi papá. Yo tenía trece años cuando me dijeron que con el sexto grado está bien, que a trabajar. Para trabajar había que ser mujer y para mujer oí que desnudarse, mirar al espejito del baño, y pasar gelatina del membrillo que en sefardí se llama loap sobre los pechos; ansí que cuando mis hermanas entraban al baño después de mí oliendo membrillo, me llamaban Loap y yo rabiaba con el cielo, como en una lubya larga. Era el agua que caía desde el cielo de un verano agotado, que no había sentido enantes, y escuchaba adentro una música que no había oído con una baruga justo en la ingle, grande, color de la cáscara del membrillo. Tenía también una sola amiga desde muy chica, Ana, se casó con un viudo, se fue al Neuquén y murió joven. Era la amiga del alma que tenía yo cuando ella vivía a la vuelta, en calle Las Piedras, de apellido Tagliaterra, se puso de novia aquí con un muchacho muy amigo del Tututu y en la época del gobierno de Cruz lo mataron. Yo me quedaba en la casa de ella a jugar a la payana con los carozos del damasco ¿no?; ni siquiera nos hacían cumpleaños porque no alcanzaba para torta, pero la imá preparaba siempre arroz con leche, con un litro de leche y un kilo de arroz íbamos llenas a la sociedad sefaradí en los Ion Kipur y Rosh Ashana donde un tiempo fui a la escuela de hebreo. Había un profesor pero no aprendí, aprendí poco, habré ido unos pocos meses seis o siete meses, porque yo quería jugar y cuando uno es chico juega, juega, juega y se olvida, pero mis compañeros que no son de la edad mía, León con una nariz redonda como el kusko de la fruta y Jaime pasado de maduro me tocaban las piernas gorditas, aquí arriba por el lado de la baruga pero yo quería jugar, ansí que no aprendía la lisyon, me preguntaban cómo se dice lumbre en hebreo y yo decía zetuna por aceituna porque estaba sintiendo la mano de los dos güerkos bajo el pupitre, sentados a la par mía y ahí me enseñaban esa canción kilibeiru leivaja mini iad… hasta que mis hermanas que iban a bailar a un club en la calle San Martín me llevaron de mascotita y conocí al Tututu, ahí, habré tenido trece años, era chiquita, porque la primera vez fui de medias zoquetes rojas, con zapatos esos de taquito bajo, como de…, me acuerdo que eran de piel de víbora y un saquito blazer y una pollerita escocesa y estaba sentada yo ahí, y me dice el monsur mío: «¿querés bailar, gordita?» y le dije no, de allí nomás de jovencito me cafishaba, ¡ay! –me dice– no tengo para cigarrillos, y como yo trabajaba siempre, tenía un pesito, yo te puedo prestar le contestaba y ansí iba y bailaba tango, milonga, boleros, los boleros que eran los más famosos, por eso al Tututu lo conocí a los trece años, no me puedo acordar a los cuántos me puse de novia era jovencita y cuando la imá supo que yo andaba con un cantor de cabaret me sacó del trabajo, que yo trabajaba en la Casa Escasany y el Tututu me esperaba en la otra esquina cuando la imá pasó una vez, casi me mata porque no era paisano, además cantor de cabaret donde estaban las putas, y la nuestra era una familia pobre pero muy respetada y que yo iba camino de ser puta. Una loquedad. Él me llamaba como en sefaradí madmuazel y yo jugaba a pasarme gelatina de membrillo en los hombros, pero se me había pasado la mano con el juego y el jarro pensaba porque de pronto estuve llena de pechos y llena de nalgas, oyendo al verano como el roce cuando se enfunda una almohada; lo oía adentro así, en la yazedura, como con sesenta lengüetas todas y un fuelle abriendo y cerrando acordes por el vientre. En el juego de la mamá con Ana tenía yo que hacer de imá; te va a llevar por mal camino me advertían, y yo lo repetía en el juego con mi amiguita mientras él cantaba fuiste buena, consecuente y creo haberte, yiii- ra ¿cualo yira? le preguntaba a él; cualunque respondía el payaso con sus muecas y su risa exagerada, nos invita camaradas, a gozar del carnaval; se te acaba la cuerda gordita, me decía, y entonces me encerraron, me metieron en la casa sin dejarme ir a ningún lado, y una vez había una modista, muy lindo la mujer cosía, muy lindo, y viniendo de dejarme ir a la modista sola, lo vi al Tututu que caminaba por Laprida y me abrazó con todas sus ganas, eran unas ganas de albóndiga de verduras, de karpus, de queso parmesano, me afincaba con las manos, me hacía carpir con mis trece años y yo ya quise jugar a otra cosa, al prisipyo de todo, al puerpo contra el puerpo; a rehyr como el pepino en la sopa de yogur, a que me xabonara, me halagara que en sefaradí viene de xabonar con mucho jabón, «¿y qué te pasa gordita que no te dejan?». Le conté que no me dejaban, y él dice que va a hablar con mi papá. No habló. Entonces la finada mi hermana mayor la Esther lo agarró en la calle, le dijo, mire joven, dice, se tiene que alejar de mi hermana porque ella es una chica mala, de mal carácter, una chica que le va a hacer la vida imposible a usted. «No, yo la quiero, como sea, la quiero». Usted va a lamentar toda su vida, dejelá porque es una perversa. Y él me contó diciendo que eso le gustaba porque eran puras traiciones dramáticas, como un tango; le pregunté por qué tango y me contestó que es una canción donde las cosas terminan mal. Por eso. Todas las noches él iba al Molino a jugar al billar como una agüita, así pasaba al Molino todas las noches a la carambola, pasaba y yo le veía los zapatos nuevos con el empeine blanco, lustrados hermosos, y sabía que era él porque el papá tenía el negocio delante del taller de zurcidos, había una cortina metálica bajada hasta diez centímetros del piso y me tiraba con los codos en el suelo a verle los zapatos. Los zapatos se detenían, apuntaban hacia la persiana, por ahí uno de ellos se refregaba en la parte trasera de la botamanga, volvían a mirar hacia el Molino y me decían adiós a mí que estaba tirada con la baruga de membrillo que él no conocía dando una puntada seca y aristocrática en la baldosa de la vereda. Me mandaba endechas con un muchacho amigo de él, que era el Pipi Murlo, yo me sentaba en la puerta y ya sabía ¡Dios de los cielos, qué cartas!: Muñeca, muñequita que hablás con zeta, y que con gracia posta batís miché, que con tus aspavientos de pandereta, sos la milonguita de más chiqué, no me acuerdo qué seguía ¡ah sí! Milonguita linda papusa y brava, con ojos picarescos de pippermint, de perla sefardita pinta maleva, y boca pecadora color carmín, y al bailar esos tangos de meta y ponga, volvés otario al vivo y al rana gil. Y yo me encerraba con el frasco de la gelatina pasando presto por la pichadura que es el pecho, por las ciruelas para hacerme grande y barugas membrilleras en el porto naranja, rengrasiada de canciones en el oído. Luego él dijo: «Voy a ir a hablar con tu papá» y no fue a hablar. Cantaba en la confitería La Elvesia que quedaba en la 25 de Mayo donde ahora está la galería de La Fuente, y ahí hacían vermut a las once de la mañana ansí que él cantaba dos tanguitos, siempre con orquesta, confitería de los chuchetas del barrio norte, y después, en la noche, tertulia me contó él que mi papá se sentó en una mesa de la noche para verlo cómo era, porque ya las cosas no podían pararse y bueno se sentó y él lo vio por la cortina a mi papá que había pedido no sé si un café o algo para verlo cantar, quién era, cómo era. Era limpito, era impecable y después peor que antes cuando me casé, que nadie lo supo, y yo había elegido un trajecito de color negro un mes antes, zapatos de bailarina, se usaba el charol, chatitas, unas medias que se paran solas de finas porque en esa época había medias importadas, como cristal, y accesorios color tiza, me hago un sombrerito tiza con una plumita negra con un chamberlito tan bonito y guantes color tiza comprados, todos los accesorios los compro en La Chicago y yo estoy ansí porque tengo miedo que algún empleado le contara todo a la imá. Así que me visto en una tienda próxima al registro civil pidiendo permiso y salgo, como en el comienzo del verano, cuando se bebe xurbete de cáscara de doce limones rayados y almíbar y yelos danzarines en el porto de Buenos Aires que yo ni conocía el viento del gran río, a presión y esa habilidad de los dedos ejecutantes metidos entre setenta y un botones divertidos, míos, excitada como el bandoneón, con testigos, como yo soy menor de edad la esposa de mi patrón, el Negro hermano del Tututu también testigo. Pero antes me advirtieron que en cualquier parte terminaría con un pariente de nombre negro que en sefaradí es el mal; y el Tututu amofinado ansina agarra a dos de la calle les dice tomá unos pesos y fueron los cuatro ya testigos al registro civil, termina la cosa y me voy a la casa de mi suegra a un dormitorio hermoso que el Tututu había comprado en Diker, y mi suegra fue y lo compró. Entonces mi suegra muy empirifuyada como era ella, una viejita muy activa, muy limpita, va al negocio de la calle Crisóstomo y le dice a mi papá: «Señor, vengo a comunicarle que acaba de casarse su hija con mi hijo». ¡¡¡Shhhhhhh!!!, dice que le calló mi papá para que no se entere la imá y bueno se enteró y dice que era un llanterío: «¡Ese hijo de puta se la va a llevar a un cabaret, es un desgraciado, mi hija, la más buena, la más linda, la más alegre, la más limpita se ha casado con ese macró, ese asqueroso!». ¡Ay! Se quería morir, pero él esa noche me llevó despacio al verano musikante, tenía manos bandoneoneras y yo era puro botones modridos, puro olor a halvá, y de la cae llegaba el sonido de algunos niños riendo y el paso del tranvía, me quitó la casaca color tiza, ladraban unos perros, las medias y lo último que me quitó fue el anío de oro colocándome los labios un dozem de veces en un ombligo que era el mío mientras me decía gordita y yo lo vide levantarse sobre mí como un pastel a base de sémola dulce, de albeyanas y sumergirme a la sombra de una fuente de agua, entrabecada en miles de piernas, dándome vapor como el engenio azucarado de Amalia y me transformé en su mushteri violeta, llenándome de shuenyos me rekbolé, me sobé hasta quedar sumergida toda una noche de algüengas pasadas entre dientes por la boca. Les preguntaba a mis hermanas aunque ellas no sabían, ¿por qué sólo yo oía esa música ventosa del verano entre los arbules que daban a las dársenas de un puerto que jamás viera? Y ni siquiera teníamos casa. A los siete meses de vivir con mi suegra taba ella en la primera pieza y la segunda me la dieron a mí; mi suegra que era un poco metida ansí que viví poco tiempo en esa casa, me busqué adonde irme, me fui creo a la casa de Esther que cuando éramos chiquitas nos sentaban a ella y a mí en las piernas, y había un tandur, un brasero, que en invierno la imá decía «traé el tandur con la lumbre», porque como antes no había estufa no había nada, traíamos el carbón encendido y la cena, que era tostada de pan con manteca, no teníamos cena, esa era la cena, no teníamos fruta, no teníamos nada, no conocíamos nada ni gaseosa y éramos gordas como un chancho, porque nos hacían arroz con leche un litro y un kilo, ese, turco con quesito blanco y el papá comía fideos a la manteca con uva mientras yo terminaba la escuela queriéndome mucho las maestras, porque siempre íbamos con los delantales impecables y nos llamaban «lecheritas». Fui abanderada, llevé la bandera cuando vino el presidente Castillo, me acuerdo; El Orden me sacó la foto pasando frente al palco pero no porque era buena alumna en aritmética no sabía nada, sino porque era rellenita y rosada cuando pasé por el palco con la bandera que te ponían en el hombro sobre una almohadilla porque era pesada y al pasar por el palco del Presidente la levanté, me sacaron la foto y salí en la primera plana. Tenía el diario, pero lo perdí, ¡tantos años! No fue por sorteo, no fue por matemáticas, fue porque la secretaria le decía a la maestra, ponela a la Naum, ponela a ella que es linda, es gordita, ponela, antes las gorditas eran lindas y cuando después de esa primera noche de bodas Tututu me dijo que tenía que seguir trabajando, trabajé, quedé embarazada viviendo en una pieza siempre pobres, es que él no era un hombre que le gustaba laburar, que le gustaba buscar, él creía que le van a tocar el timbre y van a decir señor Estévez y bueno del reo batallón, vos sos el capitán, vos crees que naciste, pa ser un sultán; si en tren de cara rota, pensás continuar, «Primero de Mayo» te van a llamar. No me levantés la voz le contesté una vez a mis dieciocho años con una cuchilla en el patimo de la casa, apuntándole ansí con la cuchilla, y él se fue a trabajar cantando, y yo iba al cabaret a bailar con los muchachos; les encantaba bailar conmigo pero él mientras cantaba se ponía nervioso cuando me llamaban la judía del tango, muy nervioso porque a mí la jalea ya me había parado toda, toda la piel bien paradita ansí que a la noche cuando regresábamos a la pieza estaba esjachada, miraba la estreería azul por la ventana mientras Tututu se quitaba el chapeo de la cabeza y yo lo acantonaba con las piernas y él ya no tenía tiempo ni de quitarse y lo hacíamos apalpados, a las risotadas para después darle de comer cordero a la mostaza con el tenedor en la boca. Una vez se ajarbaron mi hermana la Pocha con su marido Juan, casi se matan, esto era ya cuando la Esther se iba a casar que fue un casorio hermoso friendo la amí como cincuenta kilos de pescado para hacer la fiesta en la Sociedad y la despedida de soltera en el Galeón, bailábamos, estábamos todos en una mesa, muchas amigas, primas y me acuerdo que el Tututu me miraba a mí, solamente a mí de lejos pero él no sabía lo de la gelatina del membrillo, aunque no me acuerdo qué es lo que de chiquita quería ser porque lo único que pensaba era en jugar, jugar, jugar y después con Ana mi amiga del alma en su casa de familia muy grande que hacían como cincuenta milanesas, nos íbamos al fondo donde tenían la planta de la yerbabuena y como ellos compraban ese pan cacho grande y teníamos hambre, agarrábamos la hoja haciendo sánguches de pan cacho con yerbabuena, con mi amiga del alma que se fue al Neuquén y ya no la vi nunca más porque desde chiquita fui a trabajar y no tuve tiempo de pensar ni de viajar; habré tenido trece años y terminé la escuela cuando me apareció toda la música esa que no sabía de dónde, entonces iba y volvía del trabajo venía muerta de cansada y él pensaba en los tangos y Esther cosía para la calle y Pocha aprendió a zurcir con Esther o sea que voy a cumplir cincuenta años de casada y no terminé como puta aunque estaba tan molida que una vez él me puso ese long play del Verano Porteño y yo me di cuenta que eran mis primeras vacaciones recuerdo, que dormí horas enteras despertando en un muelle con Tututu y el compositor, un tal Piazzola, que nos tomaba de los hombros señalando el norte de África con el dedo por eso, lo amo tanto sobre todo en los días que preparo la gelatina del membrillo mientras él me silba el tango, ese, como para que llueva mansamente después de tanta siesta.

(De: Revista Casa de las Américas Nº 245, octubre-diciembre 2005)