Jorge Semprún: narrar la experiencia concentracionaria alemana

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

La experiencia del Holocausto, de la que fueron víctimas también otros grupos además del pueblo judío, ha sido referida en multitud de libros, muy en particular históricos y testimoniales. También el cine se ha hecho cargo de modo recurrente de este capítulo negro de la Historia. Pero no ha buceado tanto la ficción (me parece) en ella. O no tanto como en el resto de los lenguajes. Conocido es el caso paradigmático, eso sí, de Primo Levi, quien por añadidura trágicamente se quitara la vida.

Esta circunstancia reviste un carácter trascedente entonces para las poéticas. Y en este caso en particular al que me referiré veremos por qué. Quisiera detenerme y formular la lectura de la que considero una novela testimonial pero también una novela autobiográfica, que precisamente refiere de modo inteligente, sin lugares comunes ni golpes bajos, esa etapa de la Historia europea. Más bien, por el contrario, acude a un modelo interesante que pone al lector o la lectora en un rol activo.

En efecto, en su novela El largo viaje, el escritor español Jorge Semprún escribe, mediante la máscara de la ficción, su experiencia como cautivo por “rojo” por parte del nazismo en un campo de concentración. Allí vivirá una serie de experiencias atroces de las que la fortaleza de sus convicciones (me parece) será la que le conferirá a su cuerpo y a su psiquismo la posibilidad de supervivencia para luego poder contarlas en más de un libro. El presente fue escrito originariamente en 1963 en francés, segunda lengua del autor. Y la traducción de las que dispongo pertenece a Jacqueline y Rafael Conte.

El título de este libro condensa, de forma literal, una peregrinación forzada hacia un campo de concentración que su protagonista, Gérard, evoca 16 años después de que tuviera lugar, porque él se ha salvado de la tragedia que asolara, como dije, no sólo al pueblo judío sino a “rojos”, disidentes, gitanos y homosexuales. En ese “largo viaje” en tren, se vinculará mediante un lazo de solidaridad amistosa a un chico, designado como “el chico de Semur”, lugar del cual es oriundo.

Con idas y retornos en el tiempo, se narran desde el presente de la enunciación sus épocas de estudiante en París (que abandonara para ganarse la vida), su actuación en el maquis como resistente, su trabajo como rebelde y combatiente, su cautiverio primero en Francia hasta su traslado a un campo del que finalmente es liberado por las fuerzas de los aliados. En todo este itinerario siniestro el lector irá siguiendo de manera emotiva sus pensamientos, ideas, lecturas, sensaciones y los momentos más remotos de su biografía. Pero muy especialmente, como es natural, la novela estará atravesada por la política. Más concretamente la experiencia del totalitarismo siendo víctima de él. El blanco será contra el régimen nazi, sus estrategias, sus métodos y el resto de sus prácticas. Semprún denunciará los macabros procedimientos que confinaban a las víctimas a padecimientos dramáticos (como orinar en latas, humedecer pañuelos en ellas, enfriarlos a través de las ventanillas del tren para tener paños frescos con qué auxiliar a los moribundos y a los desmayados de hambre y de sed, por citar ejemplos abyectos).

El clima de violencia no abandona jamás la novela y Gérard, que es alguien culto, que lee a Proust y que recita de memoria El cementerio marino utilizará su polilingüismo como herramienta semiótica (que mantiene en secreto) para manejarse en un universo cultural de ignorantes que sólo mediante la fuerza bruta y los gritos logran imponerse. En un punto la novela pone en escena la batalla entre civilización y barbarie, en un combate de fuerzas tanto ideológicas como físicas que teatralizará traduciéndolas en imágenes y escenas.

Hay un pasaje formidable en ella, en el que Gérard está cautivo en una cárcel de Francia y un soldado alemán le pregunta: “¿Por qué está usted encerrado aquí?”. Ante esta pregunta que podría parecer anodina, Gérard, antes de responder, trazará un rodeo. Una serie de interrogantes mucho más profundos y de un enorme alcance físico y metafísico, además de político de carácter ineludible. A saber: ¿qué es lo que hace que por pensar distinto seamos confinados? ¿por qué usted ocupa el lugar que ocupa? ¿qué sentido tiene vivir en un mundo sin libertades? ¿por qué usted se opone a la causa de la libertad? ¿por qué está prohibido en una sociedad que se supone libre pensar de otro modo? Y de esa manera las preguntas se van amplificando como una piedra arrojada a un ojo de agua que se abre en sucesivas ondas hasta que para el soldado esas inquisiciones generen dudas que se tornan literalmente intolerables. El soldado cede, porque queda puesta en evidencia y resquebrajada o su tontería o su ceguera. Aquello que Hannah Arendt dio en llamar “la banalidad del mal”, respecto de los métodos del nazismo. La banalidad de cumplir órdenes o realizar prácticas sin pensar en su más mínimo alcance ni en su dimensión ética sino exclusivamente instrumental. Este soldado termina por ofrecerle un cigarrillo a cambio de una reflexión profunda y preciosa que probablemente también siembre en él la meditación en torno de algo que hace pero no sabe que está haciendo o que ha hecho. Pero que quizás no siga haciendo del mismo modo.

Hay a lo largo de toda la novela un complejo dispositivo narrativo. El diálogo con “el niño de Semur”, quien comparte con el protagonista en el vagón las tres mitades de las pequeñas manzanas que ha logrado recoger antes de ser capturado además de un dentífrico que les refresca los labios resecos y la lengua áspera. Este niño será de una solidaridad inusitada. Cuando, sin poder resistir el viaje, muera al llegar al campo en brazos del protagonista de la novela, Gérard quedará consternado. Y, habiéndole el niño referido buena parte de su pasado, afirma desolado (pero con contundencia) que ese pasado ha muerto junto con su amigo. La muerte de su amigo se lo ha llevado a ese conjunto de vivencias tan preciosas. Su pasado y sus intercambios, que han sido francos además de solidariamente comprometidos también se marchan. Ese diálogo que fue otra de las formas de la supervivencia en el relato memorioso y conmovedor de un oyente atribulado. Luego, la historia se desplaza hacia momentos del futuro del que nuevamente regresará. Pero en lo esencial la trama se concentra (precisamente) durante la toponimia intolerable del campo.

La vida allí es brutal pero, no obstante, se establece esa paradoja en la que por momentos puede escucharse la música gloriosa de un concierto (las proezas de Bach o Wagner), en el medio de un clima de un trato despiadado. Los crematorios y las masacres colectivas. Los entierros con cal en fosas comunes. La preparación antes de ello cuando se rapa toda zona de sus cuerpos en la que tengan vello después de que se los desnuda con una falta al pudor sin precedentes que suma humillación a la humillación de los cautivos. Todo este relato de lo miserable traza un contrapunto con la alta cultura de la música de los grandes compositores de todos los tiempos. Además de con la otra alta cultura: la del mismo protagonista (y la del propio Semprún, dicho sea de paso, la de quien escribe, como en una práctica “en abismo”) que está ahora en condiciones de formular la revelación de un jirón autobiográfico en tanto que creador y de dotar de visibilidad a un conjunto de vivencias traumáticas pero que la escritura puede de modo insospechado lograr transponer al orden de lo reparatorio.

Semprún juega todo el tiempo como un estratega con el tiempo de la narración en El largo viaje. Porque va y viene de un pasado ligado al viaje en un miserable vagón, a otro en el tiempo hacia adelante, lo que ocurrirá luego de que la experiencia del campo haya tenido lugar. A otra en la que fue capturado. Para quienes se trasladan en ese tren, en condiciones humillantes, el viaje se torna largo porque se torna interminable el padecimiento (de ahí su título a mi juicio, porque se trata de un sufrimiento que parece no tener fin o cuyo fin está se dilata). Todo ello se torna literalmente un infierno. Convivir en esas condiciones con sus compañeros de travesía resulta trágico y quizás sea el motivo por el cual se vuelve necesario desplazarse a todo lo largo de la novela durante el relato de ese tiempo histórico en ese vaivén. De un momento de la vida a otro. Y realizar un señalado gesto de que la temporalidad de toda existencia se arma como un rompecabezas que se dispone a partir de fragmentos de los cuales no todos son desdichados. Porque en la novela también hay momentos luminosos. Y por algún motivo el nombre de Proust en este libro es invocado. Autor, lo sabemos, que connota intensamente las formas de percepción del tiempo subjetivo. También el largo viaje es el que emprenderá el protagonista. Desde comienzos en una librería de España llegará a las puertas mismas de la liberación de un campo. Ese arco temporal, que es el arco de la vida, que es el arco de la felicidad al terror para regresar al bienestar, registra de modo no lineal (en este caso) una ética sin embargo inamovible.

Una nutrida galería de personajes transitará por estas páginas que resultaría interminable enumerar y caracterizar. Pero me parece que lo más significativo de ella (como lo ha sido el tramo de la Historia que refiere) se cifra en los detalles que hacen de de estas personas seres dignos. Personas que pese a que las condiciones de vida sean tan radicalmente adversas logran hacer prevalecer mediante decisiones inamovibles de modo firme ero no soberbio una condición humana digna. Hay aquí un imperativo categórico que se defiende y se respeta, de modo ejemplar y, más aún, de modo universal, en términos de Kant.

Luego de la liberación, Gérard sobrevive prácticamente incólume. Es más, se suponía que iba a perecer debido a las condiciones inhumanas y, sin embargo, el médico que lo examina (como al resto de los ex presidiarios una vez derrotados los nazis) y no comprende cómo salvo tres caries el personaje puede haber permanecido intacto. En tanto un 60 % de los presos restantes no sobrevivirá.

Y Jorge Semprún está con esta novela poniendo por delante de nuestros ojos, y de las generaciones que no tuvieron noticias de ello, la realidad concentracionaria y la del régimen nazi en su versión más cruenta. Visibilizando una conflictividad social e histórica que fuera genocida sin lugar a dudas, no hace sino restituir mediante el gesto creativo y memorioso de la escritura, esos retazos dispersos que conocíamos de modo solo atomizado, pero que él reelabora en una narración completa, compleja e íntegra (en su doble acepción ética y organizativa del material).

Esta novela plasma el relato oscuro desde un punto de vista diacrónico pero a la vez astillado un coágulo de la existencia de un sujeto que de modo vívido la ha experimentado pero también la ha escrito. No obstante, la ha escrito de una cierta manera y no de otra. Y doy por descontado que quien lea esta novela autobiográfica o novela testimonial (porque ambas cosas es, como dije) sentirá de modo descarnado el estremecimiento de a lo que casi no se le puede poner nombre. Porque si bien el horror no puede alojarse de semejante manera en el cuerpo, tampoco el discurso que procure ser su portavoz lo conseguirá. Al menos no sin ciertas dificultades.. Fueron los cuerpos la instancia privilegiada en la que por excelencia los campos se concentraron (justamente) para establecer una economía del dolor y de la agresión. Pero el dolor puede ser nombrado pese a todo ahora, transpuesto a relato sin disiparse porque se realiza con poder de determinación y seguridad. Para de ese modo encontrar la manera de poner en palabras no la experiencia de lo que ocurrió sino el modo en que ese sujeto que las vivió logra con dificultad sin dudas dar cuenta de ella otorgándole un sentido para él mismo. Ese sentido está dado porque esas experiencias pueden ser transmitidas. Pero también su sentido estriba, me parece, en que tengan sentidos también para otros.

Por algún motivo Jorge Semprún eligió narrar así el proceso por el que le tocó atravesar por la fuerza durante ese tiempo histórico. La estructura de vaivén, evidentemente reviste un carácter no solamente formal. Sino que en torno de ella sería posible trazar toda clase de especulaciones. Desde la idea de que está a salvo ahora después de haber cursado el sufrimiento hasta el haber concluido por fin un libro estando en el presente a salvo luego de los mismos episodios que narra. El largo viaje es también el largo viaje hacia sí mismo. Hacia la memoria en la que ha debido hurgar seguramente con el dolor del que tanto se habla en casos como los de los sobrevivientes de los genocidios o las grandes masacres. De la necesidad del registro de vivencias de las cuales resulta imperioso dar cuenta para comprender etapas de la autobiografía y el autoconocimiento. De la autoconstrucción de la identidad merced a recuperar hilos sueltos del pasados y atarlos.

El largo viaje plantea un dilema del cual toda literatura en parte se hace cargo, sabiéndolo o no. Y es el de la voz. Ante una situación límite como esta, viajando en un tren en condiciones que no pueden siquiera imaginarse, dice Jorge Semprún: “siempre hay alguien que toma a su cargo la situación, cuando la situación se hace insostenible, siempre hay una voz que surge de la masa de las voces anónimas y que dice lo que hay que hacer, que indica los caminos, tal vez sin salida, a menudo sin salida, pero caminos al fin y al cabo, en los que empeñar las energías todavía latentes, aunque dispersas”. Esa voz, que es la “la voz cantante”, para decirlo en palabras simples, es la voz de un personaje, o es la voz de un narrador, es la voz de una dirección que orienta a todo un conjunto de personas o personajes que están siendo vejadas. Es la voz de un líder. Pero es ante todo la voz de la literatura misma en tanto que construcción mediante el lenguaje de una esperanza. Esa esperanza se cifra en el espacio al que se llegará. Sea bueno o sea malo. Pero al que se logrará llegar bajo la formad e una comunidad. Y como para cerrar (o como para empezar, mejor dicho), me gustaría decir que la portada de este libro lo dice todo. Las vías de un tren que conducen a Auschwitz, Polonia, con una vela recordatoria del espanto. El espectáculo del horror que la literatura puede al igual que esa vela puede alumbrar para visibilizar un espectáculo cobarde, prepotente, irracional y brutal.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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