José Portogalo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Raúl González Tuñón

A Pepe lo conocí en los días en que ya había terminado la famosa guerrilla literaria entre Florida y Boedo, una guerrilla simpática y saludable que, vista con perspectiva histórica, ha dejado más cosas positivas que negativas. Además, se ha descubierto que tanto en un bando como en el otro, existía el mismo tipo de inquietud. En Florida estábamos buscando nuevas expresiones, temas nacionales como el tango, como el redescubrimiento de Carriego y la Canción del Barrio, y éramos principalmente poetas. Y en Boedo, eran principalmente narradores.

Por sus simpatías personales, por algunos de sus temas, Pepe Portogalo estaba más cerca de Boedo. Pero, de todas maneras, se puede decir que él se mantuvo equidistante durante todo ese período de la guerrilla literaria.

Ahí lo conocí yo, de la manera más notable. En una revista cuyo nombre no recuerdo, criticó unos poemas míos, tildándolos de afrancesados. La crítica tenía sus gramos de sátira y mordacidad, pero nada desagradable.

Por ese tiempo me encargaron una antología de poetas sociales- yo siempre digo que no existe poesía social o antisocial, sino poderosos elementos sociales que, a veces, sin que el poeta se lo proponga, se introducen en su conciencia de hombre -. Esa antología nunca salió. Pero lo cité a Portogalo en un café, y a él le pareció muy raro, después de la crítica que me había hecho, yo tuviera interés en conocerlo. Desde ese momento se estableció entre los dos una amistad entrañable.

Luego me llevó a su casa, me presentó a su padre que era un hombre maravilloso, a quien él nombra en sus poemas – cuando murió yo le escribí un poema que a Pepe le emocionó muchísimo – y a su madre que amasaba unos tallarines fabulosos. Vivían entonces en Villa Ortuzar, y por muchos años Portogalo vivió en Villa Ortuzar. El otro día me hicieron un reportaje con motivo del homenaje que se le va a rendir a Pepe y allí dije que así como Carriego es el poeta de Palermo, Portogalo siempre siguió siendo fiel a los amplios patios y a los cielos luminosos de Villa Ortuzar. Ya esos patios desgraciadamente han desaparecido. Esos patios desaparecieron, pero no los cielos luminosos. E incluso si esos cielos hubieran desaparecido y los invadiera una niebla como la de Londres, ellos permanecerían preservados en los poemas de Portogalo de la línea porteñista. Porque él, como todos nosotros, éramos y somos enamorados de nuestra ciudad. La sentimos y la cantamos. El primero fue Carriego, como dice Borges -el Borges auténtico, el Borges de los mejores libros de Borges, como Fervor de Buenos Aires, Luna de Enfrente y Cuadernos San Martín, que a mí entender quedarán como grandes documentos líricos y con sentido popular del cual ahora Borges reniega- el inventor, el iniciador de esa poesía porteñista en la cual después nos enrolamos todos nosotros.

Portogalo, como hombre de su tiempo y sabiendo que la literatura, por lo menos, pretende ser el diálogo del hombre con su tiempo, no sólo se interesó por su propio país, sino que también le preocupó el mundo profundamente. Como el poeta tiene una antena que no sólo recibe los mensajes de su tiempo en su país sino también los que vienen del gran torbellino del mundo, Portogalo escuchó esos mensajes. No sólo captó a Lisandro de la Torre, a José Carlos Mariategui, también todos los acontecimientos de su época, que de algún modo, rozaron la condición humana. Hizo una poesía varonil, vehemente, llena de imágenes y de una gran fuerza.

Como todos nosotros, era una gran caminador de Buenos Aires. Enamorado de los atardeceres de Buenos Aires, de sus crepúsculos. Por eso, lo que deseo vivamente es que pueda volver a caminar para ver esos cielos luminosos de Villa Ortuzar.

En Portogalo hay una cosa muy particular y muy rara en otros poetas: enaltece y difunde el mensaje de los otros poetas, aunque él no esté de acuerdo con el estilo y con la forma de expresión de esos otros poetas. En mi caso personal, sé que a dos o tres poetas que tenían todo el derecho del mundo a no estimar mi poesía, les dijo cuando oyó que me criticaban:

“-¿Pero ustedes leyeron tal libro de Raúl?-”

Y cuando recibía respuestas negativas, les decía:

“-Bueno. Vengan a mi casa”

Y los llevaba a su casa y les presentaba mis libros, los que él consideraba claves de mi poesía

Uno de los libros de Portogalo que me interesa muchísimo porque me parece de una extraordinaria madurez, donde hay un hermoso poema que se llama Imagen de la Amistad, es Poemas con habitantes. Claro que uno no puede decir que ese es su mejor libro. En todos los libros de Pepe hay poemas que son mis preferidos. Pero si tuviera que elegir, eligiría los poemas que tienen que ver con Buenos Aires. Tregua, cuyos cuarenta años se festejan ahora, está lleno de esos poemas porteños, entrañables. Después abandonó ese tema por el tema civil, pero luego volvió a él. Vale decir, que ha seguido -y me parece que es lo ideal en un poeta- en las dos ondas, no en una sola onda. Porque no creo que se pueda hacer una afirmación dogmática de que la poesía tiene que ser la abstracción de la realidad, o la servidumbre de la realidad. A veces, son esas dos cosas juntas, a veces son cosas misteriosas.

Portogalo es un poeta por su obra y por su vida. Se jactaba y se jacta de haber sido pintor de brocha gorda, vendedor ambulante de flores y pescados, con su padre, y eso me parece muy bien.

Con el tiempo la perspectiva poética de Portogalo se fue ampliando. De un ideario un poco vago fue hacia otra cosa más definida, consistente.

Cuando se anunciaba la muerte absoluta del tango, Pepe fue uno de los que defendió su supervivencia. Escribió un libro muy fresco, Juan Tango. Pero él sabe también que, a pesar del enorme respeto por los grandes autores del pasado, el tango se va a salvar siempre que sus letras tengan resonancias actuales. Tangos que tienen que ver con otro Buenos Aires, con otros problemas.

Cuando Portogalo hizo poemas con estructuras retóricas, en una línea estrictamente clasicista, como sonetos, supo mantener su jerarquía de poeta. Pero donde me parece que se realiza más, es en la línea del verso libre y vivencial, lleno de imágenes y de ritmos interiores.

Tanto en su prosa como en su poesía, Portogalo tiene algo luminoso. Casi todos los poetas tienen una palabra que los define y los distingue, Portogalo es el poeta de la luz en todas variaciones y manifestaciones. Un libro de él es definitorio. Se llama Luz Liberada. Portogalo cantó a las usinas, a las fábricas sórdidas, a los suburbios grises, a todos esos lugares donde la luz está encerrada como los inquilinatos o las viejas casas que los pobres tienen en los suburbios. En sus libros, a esa luz que tanto ama la saca de su encierro, de sus múltiples encierros, y la pone en sus poemas, cuyas palabras definitorias son madrugada, sol, rocío, crepúsculo, atardecer, amanecer. Él liberó una luz recóndita, escondida en todos esos lugares pobres, feos y chatos, aparentemente nada poéticos, y a esos aspectos sombríos los llenos de una luminosidad que, por otra parte, está en su interior, en su espíritu, en su manera de ser.

Hay algo que poca gente sabe: no sólo fue un gran bailarín de tangos, sino que tuvo una academia donde fue profesor de tango con “corte”. Eso fue antes de que yo lo conociera, vale decir antes de 1930. De modo que su amor por el tango se comprende. No es una cosa retórica, sino que proviene de un amor acendrado. Otros han utilizado al tango de una manera convencional, a veces muy hermosa y estupenda, como hizo Borges, pero convencional. En cambio, el amor de Portogalo por el tango parte de una vivencia, es vida.