Jóvenes

Por Noé Jitrik

Es posible que se afirme que El juguete rabioso, de Roberto Arlt, es una novela realista. Lo permiten ciertas referencias inequívocas de lugar (Buenos Aires y sus barrios), de situaciones (librería, tugurios, hoteles, carnicerías), de prácticas (lecturas, trabajos, venta de papel), de personajes (el ingeniero, el homosexual, la mujer de mundo, personajes marginales), de tópicos (París, el tango, el dinero), la ciudad, en suma, que aparece como en una película, por imágenes sucesivas y reconocibles. Una ciudad ya hecha y derecha pero muy torcida, buscando todavía su fisonomía en un momento que para muchos ya era una realidad presentable y atractiva. Y, sin embargo, como texto es mucho más que eso.

Por ese plus es que, creo, perdura y es objeto de interés, ante todo para la especie literaria, escritores y críticos, pero también para un público general, una vez que se puso el acento en la obra entera de Arlt y se lo impuso como un paradigma literario y cultural, frente a Borges, el gran emperador.

Pero, ¿en qué consistiría ese plus? Me aventuro a señalar, aunque no voy a eso, que los desplazamientos del joven Astier, que tienen como telón de fondo ciertas tensiones que siguen siendo problemáticas, como lo fueron siempre, han convocado a lecturas perspicaces e iluminadoras, desde psicoanalíticas a marxistas, que se han centrado en aspectos inconfundibles y evidentes expresados con una fuerza que sigue atrayendo: se trata del dinero (que no se tiene), de las penurias de las clases bajas, de los destinos inciertos, de los resentimientos de clase y las correlativas envidias, de las tentaciones de vidas ideales, no vale la pena enumerar lo que es de siempre y acaso continúe.

Ahora me interesa destacar un aspecto tampoco tan secreto pero emanado de la materia narrada: la “expectativa”. Si se mira un poco, en cada episodio que protagoniza Silvio Astier se percibe que espera algo y, como consecuencia, que lo busca; de ahí sus desplazamientos, los principales son lo que lo impulsa a irse de su casa y del barrio, y, por fin, a dejar la ciudad para buscar en la Patagonia un destino.

Se dirá, regresando a la idea de que se trata de realismo, que esa expectativa surge o bien como un vívido testimonio personal o es algo que les ocurría a ciertos jóvenes en los remotos veintes, cuando Arlt volcaba con violencia verbal y alto voltaje narrativo esta situación, pero que no ocurre ahora, que ahora es otra la cuestión, los jóvenes son muy otros. No lo discuto y me inquieta incluso por razones personales: yo era un niño pero, si el recuerdo no se me ofusca, mis hermanos mayores vivían, en las dos décadas siguientes, similares incertidumbres o experimentaban parecidas ansiedades. Se decía entonces que había que estudiar y prepararse para afrontar la vida pero no había ninguna certeza acerca de qué puertas se esperaba que se abrieran para que esa preparación permitiera entrar, ¿quién la apreciaría?

Por supuesto, al menos en mi casa, no se atribuía a lo político tal bloqueo de expectativas, las cosas eran así, no se cuestionaba ni se interrogaba, y había que enfrentarlas como se pudiera, en nuestro caso fue sin recurrir al robo ni a la quiniela ni al engaño sino atrabajar en lo que fuera y ahorrar lo que se pudiera y vivir con rigurosa modestia, como la sufrida madre de Silvio Astier.

La imaginación, como se lo puedo reconocer a uno de mis hermanos, podía venir en auxilio de dichas expectativas pero eso no era frecuente, lo que predominaba era el desamparo, la inacción o el deseo de fuga, como lo ejemplifica la decisión final de Silvio Astier. El compromiso político en los jóvenes, como relación con la realidad, vino después, cuando eso que llamo expectativas había adquirido otro carácter, no afectaba en cuanto al futuro económico, artes y oficios encontraban mejores satisfactores, de modo que la libido juvenil pudo tomar otras direcciones, según el origen de clase; el desarrollo industrial a partir de la irrupción peronista cambió el horizonte de expectativas, que se mantuvo durante varias décadas, de modo tal que los temas eran otros, un Silvio Astier, como lo manejó Arlt, no habría tenido demasiado sentido: ¿qué serían los “Jóvenes viejos” en los que se habían fijado Rodolfo Kuhn y Paco Urondo para realizar la película de ese título? Realizarse quizás, en todo el abanico de posibilidades, ser alguien en la sociedad, ser escuchado, ser considerado, amar y tener experiencias, comprender más, saber más.

No es fácil enumerar esas aperturas pero, grosso modo, la relación con lo político tan notoria en los años setenta, iba más allá de la tradicional inquietud universitaria; conmovió a todas las clases sociales, sin duda a las clases medias pero también a los jóvenes obreros, sacó a muchos de sus guetos y los convirtió en protagonistas no sólo del proceso social sino también y, significativamente, del político, no parecía sorprendente que los movimientos sindicales y armados hubieran sido tan atractivos para los jóvenes a partir de los fines del sesenta y hasta el exterminio que ejecutó la dictadura desde 1976 hasta 1983, incluida la desastrosa aventura malvinense.

Ardua historia que no puedo trazar. Sería, si la emprendiera, análoga a la extraordinaria que se escribió sobre el cuerpo o sobre las mujeres; en ésta, sobre los jóvenes, habría que empezar por describir qué era ser joven en el siglo XVIII, qué en los siguientes, qué a principio de los XX en nuestro país, qué a los finales y qué es ahora, diferencias muy grandes entre unos y otros y, quizás, algo en común a todos, sean cuales fueren las clases a las que pertenezcan, burgueses con y sin dinero, pobres prudentes o marginales, el deseo por ejemplo. Ahora, me parece, el núcleo central de esa historia residiría en el tema de las opciones. ¿Cuáles son en un presente signado por la desocupación, el cierre de fábricas, la creciente tendencia a la robotización, la obstaculización de cualquier propósito de independencia, el desaliento político, la ciega ideología del éxito, la condena habitacional, la exaltación financiera y la nube del dinero?

No habría que observar cómo se expresa en la literatura, no creo que se haya escrito algo equivalente a El juguete rabioso en las últimas décadas, ni siquiera cuando, después del 2001, muchos jóvenes se fueron del país, corridos por el desempleo y la decepción, sino lo que ocurre en la actualidad, cuando todavía, que yo sepa, no se ha producido una visible emigración, pero se están produciendo otras y numerosas frustraciones. Y si ese fenómeno es un dato supongo que hay muchos otros que podrían ser significativos. ¿Cómo abordarlos? Dejando de lado la posibilidad de un estudio riguroso, sociológico y estadístico, dotado de un criterio bien claro de clasificación, que no podría hacer, y apelando solamente a percepciones e impresiones, se podría improvisar una aproximación, preocupante sin duda.

Empezando por señalar la diferencia entre jóvenes de clase media y jóvenes de grupos sociales de otras escalas. En el primer caso, los de media alta, tienen posibilidades brindadas por las familias y las fuentes de inserción –empresas, Estado, búsqueda en el exterior–, hasta pueden seguir carreras artísticas y universitarias; los de clase media media y baja no tienen esos apoyos, todo es adverso y hasta enemigo: en aquellos las expectativas parecen normales, las de siempre, tener una vocación, poseer medios para satisfacerla, formar una familia; en éstos son más problemáticas, la formación que pueden haber logrado no es suficiente, los ofrecimientos de empleo no abundan, la vocación espera condiciones propicias, hay que agarrar lo que venga y lo que viene; por más que los gerentes se desgañiten con lo de “empleo legítimo”, esa promesa es frustrante. No es extraño que este sector de jóvenes sea el que nutre las manifestaciones masivas y adhiera a entidades políticas que suponen o prometen satisfacciones a las expectativas que sin duda existen.

En cuanto a los otros, reducidos a las villas, integrantes de familias empobrecidas, pobres o indigentes, extranjeros, la historia es muy otra. Para muchos, sin duda audaces, es la delincuencia –una motocicleta mal habida que permita el robo a los viejos, droga al por menor en los barrios–, para los más afortunados trabajos penosos –servicio doméstico, policía o la ilusión futbolera o, resignadamente, basura o iniciativas del tipo “cartoneros”–; para otros dormir en la calle o, en la calle, acomodar autos o hacer malabarismos o hacer de “trapitos” y, en el mejor de los casos, para los más imaginativos, algún invento o trabajo que presumen necesario y que con suerte pueden ejercer.

¿A qué se reducen pues, las expectativas de los jóvenes en épocas de cierre, en las que lo que importa son las ganancias de los que ganan mucho y no la suerte y la vida de los que ganan poco y nada? Parece, deprimentemente, que esta ecuación se estabiliza, hasta puede parecer normal y se tiene que aceptar y moverse en sus términos. Debe ser irreal pensar en el modo de salir de los destinos asfixiados y de los futuros mediocres cuando un importante elemento, el Estado, que puede y a veces suele acudir para satisfacer, siempre en parte, las expectativas, tiende a desaparecer. Y si por el momento no desaparece es porque está al servicio y a disposición de quienes lo están desvalijando y todavía lo necesitan para seguir endeudándose y desean, con un amor desesperado, vampirizar la deuda, saquear las arcas oficiales y extorsionar a todo lo que necesita de un Estado sano para sobrevivir.

20/01/18 P/12