Juan Bautista Duizeide: navegar la escritura

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Hay un escritor argentino que reside en una isla del Delta junto a su mujer, al igual que lo hizo Haroldo Conti, uno de sus héroes literarios. Entre libro y libro (o, mejor, entre texto y texto, para tener más los pies sobre la tierra) pisa el asfalto platense o porteño para dictar talleres, participar de eventos o bien para resolver asuntos editoriales. Al igual que Haroldo Conti, conoce ese paisaje fluvial como pocos (lo ha transitado en todas las embarcaciones concebibles). También conoce la literatura sobre las aguas como pocos. Como quien dice, la ha surcado. Ha sido colaborador de un documental sobre el autor de Sudeste, ha publicado un libro de ensayo sobre él y, al mismo tiempo, sabe de todos los secretos del río, no sólo por habitarlo.

Lo mismo podría decirse acerca de su sapiencia acerca del mar. Nacido nada menos que en Mar del Plata, (lo que ya traza una circunstancia de destino). Marino mercante graduado en la Escuela Nacional de Náutica (además de egresado de la carrera de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad Nacional de La Plata), ha recorrido islas, archipiélagos y océanos (sí océanos, no “el océano” a secas). El Atlántico, el Mar del Norte, el Pacífico y el Báltico no le son ajenos y, simultáneamente, de modo inclusivo, al tiempo que escribe ficciones que tienen lugar sobre las aguas navegables, también lo hace sobre encuentros y desencuentros entre hombres y mujeres a la vera de sus orillas. Y, en un punto culminante -a mis ojos y entiendo que también a los suyos- que no puedo ni quiero omitir. El modo acerca de cómo el océano y el río se han cargado de un altísimo voltaje, en ciertas etapas de la Historia argentina, durante la violencia del terrorismo de Estado.

La primera novela que leí de Juan Bautista Duizeide fue En la orilla (2005). Estoy casi seguro de que Juan la considerará a esta altura una obra inmadura. No obstante, para mí se sostiene sin un ápice de desencanto, su estructura deliberadamente compleja y astillada. Un meditado montaje ponen al descubierto a un narrador diestro en el efecto que aspira a producir, en la polifonía del mosaico de una obra, al tiempo que conmina al lector a asumir una responsabilidad: su rol: en una esa trama ramificada y una estructura ausente debe ser restituida.

Más tarde leí su espléndida novela Kanaka (Ed. Alfaguara, Premio “Julio Cortázar” 2004), y eso lo confirmó a mis ojos como un narrador definitivamente instalado en el campo intelectual argentino, con un estilo inconfundible y ya perfilado de modo definitivo. Esto es, con el oído atento a la marejada y los oleajes, a un cierto rumor que reverbera en su escritura pero sin alardes ni sentido de superioridad ni grandilocuencia. También a un lirismo que parece por momentos envolver su prosa de imágenes y representaciones del mundo que, en un punto, lo ennoblecen y lo embellecen, Juan ha logrado conjugar su vocación por el mar con su vocación por la literatura. Y este vínculo entre ambas logra la alquimia de una poética que, mediada por una trama con una hipótesis originalísima, vuelven a esta novela insustituible en el campo intelectual argentino.

Hay dispersos, asimismo, por aquí y por allá, a lo largo de toda su obra, veladas alusiones a otros textos (literarios o no) que son reveladores de un autor con formación e información (no sólo versado en cultura literaria). Una sutileza que nutre y enriquece la arquitectura meditada y rica de sus obras que podrían en este aire efímero de los tiempos colapsar en formas frágiles y sin elocuencia. Esas epifanías brindan generosamente a un lector atento e inteligente (no sólo culto), mediante diversos procedimientos, tanto formales como temáticos momentos de infinito regocijo. Y, lo he podido comprobar, Juan llega incluso a un colmo: citarse a sí mismo de libro a libro. No por falta de originalidad sino como dispositivo creativo intratextual que constituye un guiño astuto. Un indicio que incita a seguir el itinerario de su poética así como a invita a una búsqueda y a un rastreo capaz de hacer renacer la pesquisa.

Sin seguir necesariamente un orden cronológico sino más bien el hilo de mi memoria narrativa, me sumerjo (precisamente) en su libro Contra la corriente (2009) que explora nuevamente, bajo la forma de un leitmotiv, dimensiones vinculadas nuevamente a la vida de a bordo pero con matizaciones que van desde trabajar la prosa por ejemplo siguiendo el compás literario de un grupo de hombres remando (he aquí la destreza de los ritmos, transpuestos a una lírica de la narrativa y sus transparencias), hasta introducir nuevamente, en otro relato, en el orden de los contenidos, el conflicto político de la dictadura. Un superior que provoca la ira (primero contenida, que luego estalla como explosión) de un subordinado.

Llego, como dije, sin respetar temporalidades de publicación sino las fechas en que estos libros llegaron a mis manos (no aspiro a una lectura ni lineal ni total de su obra), sus Cuentos de navegantes (Ed. Alfaguara, 2008), una maravillosa antología que con conocimiento compila y anota (en algunos casos también el compilador traduce) cuentos de la literatura sobre navegantes. En ella, nos encontramos (y en ello estriba uno de los tantos méritos del libro) los inesperados nombres de Mercé Rodoreda, Maupassant, Borges y uno que yo llamaría “intermedio”, digamos, Roberto Arlt, que nos tiene acostumbrados a toda suerte de asombros.

Reseñé no hace mucho uno de sus libros que llega dando “un golpe de timón”: Luis Alberto Spinetta. El lector Kamikaze (2017), en el que entre la Historia, la biografía, el análisis cultural y la crítica musical y cinematográfica nos sume de lleno en la estética del gran compositor e intérprete argentino cuya insobornable conducta artística se transparenta mucho, quizás, en un punto, junto con la de Haroldo Conti. Esa conducta ética y estética van de la mano de la del mismo Juan.

Antes, su antología literaria Confín (2011), había reunido cuentos de distintas etapa de su producción. Fue publicada por Editorial Turkestán, a cuyo editor conocí. Este es un libro importante en el ciclo de la poética de Juan. Porque si bien no es de naturaleza tan reciente, sí contiene y da título al primer cuento que él terminó y pudo publicar (que también fue premiado). Me refiero a “Confín”. Un cuento, “de comienzos”, con el que ya abre el ciclo, como quien dice, “abre una puerta” a lo que sería su universo narrativo ya nos inicia en las primeras pistas acerca de hacia dónde pondrá proa. Ese relato da cuenta de experiencias fundacionales en la identidad de un sujeto pero también ya pone en contacto directo la fusión entre ficción y universo marítimo, lo que ya no lo abandonaría ni en su vida empírica ni en su escritura literaria.

Y como para cerrar estas notas, Me referiré al último de sus libros. Sobre Noche cerrada, mar abierto (Ed. Leteo, 2018) se pueden decir varias cosas. Libro plagado de ecos, de resonancias, compases y de inminencias, Noche cerrada, mar abierto, al ser abierto (precisamente) los potencia y los deja en libertad tanto como en suspenso. No sólo es un libro para ser leído sino, ante todo, está llamado a ser escuchado y presentido. En canon y contracanon, las voces se van relevando y, por turnos, dialogan de modo incesante, de allí su continente musical. En esa polifonía (nuevamente) estriba uno de sus aciertos mayores. Hay ritmos, cadencias, sonidos y hay me atrevería a decir una partitura cuidadosamente compuesta, lo que permite admirar la eficacia de su arquitectura musical.

Hay por otro lado, un lirismo de orfebre. Todo ello le confiere a la prosa una densidad semántica más próxima a la poesía que a la narrativa en su acepción más convencional (que pese a ello no la paraliza sino prosigue, trepidante). Pero escapa a ese teorema de las gimnasias de la prosa habitual, más atenta a referir acciones que a percibirlas en todas sus inflexiones. Duizeide está tan pendiente de narrar como del modo más elaborado de hacerlo.

Conflictos o sucesos inquietantes y enigmáticos que en ocasiones permanecen velados. Los narradores, con reticencia, de modo esquivo se guardan (pero insinúan) ciertas informaciones importantes. Personajes que, a la vez que refieren un auditorio, por ejemplo), son narrados, en una deliberada puesta en abismo, lo que dispara una lectura y una reflexión profundas acerca de los mecanismos narratológicos o formales de la literatura. Pero también, bien mirados, físicos y metafísicos.

Sin la épica grandilocuente y afectada de un Heminway (que se nota Duizeide ha leído sin haberse dejado impresionar por sus hazañas) pero asumiendo varias de sus premisas, de sus desafíos narrativos y de sus tretas, este libro llega también para contar historias de navegantes de un modo y no de otro. Habla y calla para producir su efecto más letal. Los silencios son primordiales en Noche cerrada, mar abierto. Tampoco requiere de la hipébole de un novela como Moby Dick para dar cuenta de un universo como el de los relatos de hombres de mar.

El libro de relatos dibuja una zona más interesante aún. Se suma a la música del texto antes mencionada otro coloquio: el del discurso verbal con el discurso icónico de las artes visuales. Porque la artista plástica Fabiana Di Luca fue la responsable de brindar, mediante las bellas ilustraciones de interiores, el anclaje visual del texto. Esta colaboración constituye también una lectura, desde otro código valioso de los contenidos de Noche cerrada, mar abierto. Y naturalmente en esa función de anclaje proponen una lectura y no otra.

El mar y la vida de los marinos que, como sombras chinescas, se recortan sobre él y muestran su soledad arrasadora, su desolación, su desarraigo, el mundo festivo de las prostitutas, la camaradería, el placer de la bebida, el léxico náutico…

Un personaje que, como un letimotiv, va migrando de relato en relato, cuya identidad conoceremos en todo su alcance (y quizás en todas sus repercusiones) en el último de ellos, como quien dice: “en el capítulo final”. Así es: este libro se deja leer (y sigo esta hipótesis) como una novela en relatos. Una gran ficción en episodios imbricados por armonías y disonancias, por la pasión y el destino que pueden ser, casi siempre, el mar para un puñado de hombres. Entonces: entre episodios con autonomía e interdependencia a la vez, estas ficciones tal vez configuren una sola ficción total. Un coro, también.

Un aporte sustantivo de Juan Bautista Duizeide a la literatura argentina contemporánea. Llega, con una tradición por detrás tanto nacional como universal, para proseguirla. En ningún momento se muestra negligente con ella. Muy por el contrario, le rinde incesante tributo y la evoca con humildad bajo la forma de homenajes. Llega para decir cosas nuevas, con formas nuevas. En ese contrapunto entre lo que antes se ha dicho y lo que se aspira pronunciar de un modo novedoso, estriba, me parece, este compás de su poética.

Abril 2019

 

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero/

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