Juan Gelman: el libro de las preguntas

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Saludado por Raúl González Tuñón desde su primer libro como una promesa (que efectivamente se cumplió), con un meduloso prólogo en el que repasa las grandes tendencias de la lírica moderna occidental y lo inscribe en la tradición justa, Juan Gelman comienza su carrera con los mejores auspicios. Ya nada lo detendría en un progreso incesante por buscar (y encontrar) nuevas formas de transformación del discurso poético en simultáneo con certeros artículos de prensa tanto literarios como políticos, con agudos análisis, que compilará en sendos libros. Su poética, de modo elocuente, explorará formas, temas, recursos, contenidos asociados en buena medida con lo social sin incurrir jamás en pedagogías simplistas. También habrá diálogos con otras etapas históricas de la evolución de nuestra lengua, con otras lenguas y nombres argentinos que regresan: Paco, Haroldo, Rodolfo. Condensando la experiencia poética con la política, por un lado. Por el otro, a través de la invención de tradiciones (sigo a Raymond Williams) según las cuales la poesía de todos los tiempos y geografías diera la impresión dialoga para confluir sin embargo de modo elocuente en una poética total. Conozco pocas experiencias poéticas como la de Gelman que al ser atravesadas produzcan la sensación de un recorrido por las más complejas formas y que hacerlo suponga semejante nivel de virtuosismo.

Su último poemario publicado en vida, «Hoy», fue escrito en la ciudad de México entre 2011 y 2012. Y resulta sintomático a mis ojos. Decidí abordarlo en el presente artículo por considerar que viene a condensar algunos compases, constantes, leitmotivs pero, muy en especial, la síntesis más perfecta de una poética que llegar a coronar toda la trayectoria de búsquedas e indagaciones por el sentido de este autor. No obstante, hay algo inusitado en él, que podría procurar desentrañar sin magias, hurgando en sus procedimientos, metáforas, uso del léxico y de otras categorías gramaticales, poemáticas, estróficas, en fin, todo ese dispositivo del cual suelen servirse habitualmente los exégetas para el estudio de una obra. Pero haré otra cosa. Procuraré buscar ciertas claves de lectura en este libro de Gelman que puedan hacerse extensivas al resto de su poética. Precisamente ensayando la hipótesis de que constituye una síntesis de lo hasta el momento escrito pero que, no obstante, tampoco podemos de modo reduccionista compendiar al resumen escolar de una trayectoria. La propuesta es leer a Gelman a partir del último Gelman.

Procuraré un equilibrio: entre un abordaje que apunte a indagar en el libro como belleza pero también desde un punto de vista analítico. Me limitaré entonces a tomar algunas notas acerca de lo que más me ha conmovido, por un lado, y llamado la atención acerca de él por su carácter devastadoramente innovador, por el otro.

Gelman diera la impresión contraria a la habitual, que sostiene que al ocaso de sus vidas los escritores tienden a decaer en la calidad de su producción. Él, en cambio, reverdece en un auge que vuelve su producción sobresaliente. Sin altibajos, se trata de una poesía desafiante pero que al mismo tiempo rescata algunas fuentes clásicas, de Safo a Ovidio, o bien más contemporáneas, como Jarry, Apollinaire, John Donne (como en un leitmotiv) y también otras figuras del panteón lírico occidental como Dante Alighieri. Esto es: ha ingreso al canon de modo definitivo. Esas fuentes no me parecen azarosas. Apuntan en muchos casos a las relaciones amatorias (vínculo que Gelman es singularmente proclive a subrayar de modo sutil en la experiencia vital de todo sujeto) o bien a otras dimensiones metaliterarias, en las que se pregunta acerca cómo poetizar, qué es poetizar y si aún es posible hacerlo por estos tiempos de avatares en los que, como insiste él, el hambre de los niños, la atrocidad de las guerras y la violencia de las ciudades se han apoderado de un mundo sin Dios o de un Dios que no es apto para deterner el caos. También aberraciones ponderadas y acometidas por muchos más de los que supusiéramos, como si la especie humana misma fuera enemiga de sí misma. O acaso fuera directamente la inventora del mal. La invención del mal, quizás, como contracara de la invención del poema. Si bien sabemos que mucha gente malvada ha escrito poesía. Y siguiendo alguna de esas hipótesis, que Dios sea una construcción imaginaria meramente consolatoria pero en la que se cifran buena parte de nuestras tradiciones (incluso las de Gelman) y de los significados sociales atribuidos a creencias mágicas o milagrosas no menos que morales y políticas. En cualquier caso, se trata de un Dios al que se le formulan más preguntas que pedidos y más reproches que devociones. Un Dios al que no se le reza porque es uno con el que se mantienen demasiados entredichos.

Por otro lado, está ese señalamiento encarnizado (tan encarnizado como el sistema en cuestión) que es el capitalismo. Gelman indica en varios poemas la mezquindad que como concepción política y económica concibe en sus mecanismos de funcionamiento y que, desde sus mismos infames fundamentos, afecta a los más desfavorecidos además de seguir creándolos. Y su fundamento es la injusticia misma. Divide claramente víctimas y triunfadores a costa de los primeros.

Este «Hoy» de Juan Gelman pone al día su poética porque se observan en ella formas novedosas (poemas en prosa con frases en algunos casos levemente separados por barras) y, por otro lado, que dialogan con lo más complejo de la lírica moderna. No se trata de un poemario sencillo. Está escrito por un poeta exigente para un lector al que a su vez se le exige. Y es de suponer que quien lee a Gelman es, desde el comienzo (porque lo conoce) un lector que va al encuentro de una literatura que sabe de antemano es compleja porque instala debates acerca de la poesía misma en tanto que forma y en tanto que temas. Ese lector deposita en él una responsabilidad y Gelman sabe que lo hace. Por eso y por vocación y talento, se esmera. El libro es exigente porque destroza las frases y transforma entonces los significados y los sentidos. Por momentos parece ejercer tal torsión sobre el lenguaje que uno casi lo escucha chirriar, atenazado por la pluma implacable de Gelman. Que, a esta altura de las circunstancias, domina tanto al lenguaje como a la poesía, a la tradición como a los más diversos recursos con una maestría a las que pocas veces se asiste en este género. Habla de otros poetas con la sabiduría de quien manifiesta una larga frecuentación con todos ellos, y no están ausentes ni Sor Juana ni, como dije, Safo, esto es, dos figuras distantes en el tiempo pero coherentes y paradigmáticas en sus principios. Dos momentos en la Historia pero también el gesto transgresor de quien, en el marco de su sistema y también de totalidades encuentra resquicios entre los cuales ubicarse para hallar una voz y, claro está, su tono singular. Una voz que debe abrirse camino en un sistema hostil, de voces unívocas del poder, en el seno del cual se deben ejercer ciertas astucias. Hacia ellas apunta también Gelman, en un sentido muy distinto del de estas mujeres, pero respetándolas. Conociendo de su valentía. Sabiendo lo que han debido afrontar.

La palabra que da título al libro, que es un adverbio de tiempo. Es indicador, precisamente, del presente. Ese presente histórico plagado de conflictos, de paradojas, de desarticulaciones, de relatos como la revolución (tan caros a Gelman) que se han derrumbado porque el capitalismo ha devenido prácticamente planetario y otro tanto religión. Ha dejado un saldo de muerte acompañado de un belicismo para el cual demanda una carrera armamentística alarmante. Otro tanto el imperialismo y el colonialismo no ya solo geográfico y en buena medida referido a la depredación de recursos naturales, sino también desde el fluido de capitales y de una lengua avasallada por otras. La poesía como reducto, entonces. Como espacio de resistencia. De caja de resonancia dentro de la cual es posible escuchar sonoridades como ecos o reverberaciones que la prosa admite en esas oportunidades. Pero también las admite.

Sabemos que Juan Gelman ha seguido siempre el ritmo palpitante de los tiempos. Que ha participado (desde distintos lugares) de los destinos políticos de su país, de sus más acalorados debates y que la dictadura ha sido especialmente encarnizada con su familia y con él mismo. Recordemos que perdió a sus hija y e hijo, su nuera y su yerno y recuperó, afortunamente, a su nieta Andrea, que había sido apropiada por una familia partidaria de los genocidas de la última dictadura militar. Ese profundo desencanto que atraviesa parte de la producción de Gelman (pero no neutraliza su optimismo creativo) sin lugar a dudas es producto de las pérdida de los afectos más primordiales, de la destrucción de los vínculos vitales y de adivinar el destino agresivo bajo el cual padecieron sus seres amados.

Frente a un arte puramente contemplativo o meramente erudito. Frente a un arte que esté atento exclusivamente a las gimnasias intelectuales y el virtuosismo estético sin mirar en torno y asistir al espectáculo de la injusticia e ilegitimidad del mundo, la propuesta de Gelman es otra: equilibrado, armónico, justo, preciso, exacto, pero militante sin ser simplista. Porque sin desatender la excelencia de su trabajo como poeta y el conocimiento de una herramienta difícil, profundiza en ambos frentes: tiene un otro ojo puesto atento la escucha y la mirada sobre la realidad que estalla a cada momento y desata instancias por donde se la advierte polémica. Y el otro ojo puesto en exigirle al poema el máximo de excelencia. Así, Gelman no se desentiende de la realidad en modo alguna. En ninguna de sus aristas porque también en su «prosa de prensa» (como ha querido bautizar a sus artículos periodísticas reunidos) abarca un amplio abanico de estos núcleos sémicos, además de los propiamente literarios. Como humanista, es un gran preocupado por el ámbito en que su poesía se desenvuelve y, al mismo tiempo, vigorosamente hace ingresar al universo poético esa percepción radicalmente desaprensiva y carnívora del capitalismo con un lenguaje traducido en formas igualmente radicales que dan cuenta de experiencias extremas. Esas formas subvierten la economía de la representación porque la poesía misma llega para cuestionar los discursos monológicos, tristes, desesperanzados, malversados.

Gelman aspira a, mediante sus propias formas, dar cuenta de un universo que ha devenido un ámbito atroz. Emplea un lenguaje poético que puede sonar distorsionado pero jamás inarmónico. Acorde a las circunstancias: perfeccionista pero también feroz. No le interesa el acontecimiento estético por exclusivo afán de belleza purista sino uno que contemple también el orden de la conflictividad política y social. Ha ayudado a evitar toda caída en un denuncialismo demasiado explícito pero a cambio sí a apostado a la posibilidad de escribir artículos de prensa en los que analiza la realidad mundial, logrando separar las aguas entre lo que es su lírica (que también aborda por cierto el universo denotativo) y la prosa de prensa que interviene en el orden de lo real afectándolo de manera directa, sin atajos y siempre informado y con valentía. Con sentido de originalidad, con recursos que si bien son más transparentes no por ello pierden la posibilidad de empaparse de un razonamiento cuya belleza resulta deslubrante.

Me inclinaría a señalar algunos matices. Por ejemplo: si la violencia o la injusticia irrumpen en el poema lo hacen a través de una forma transmutada y mediada por un trabajo con el lenguaje poético y no como mera mención, alusión o declamación. Surte así un efecto tanto más letal cuanto que el lector se encuentra frente a un dispositivo de un enorme nivel exploratorio y que al mismo tiempo se interroga e interpela al lector acerca de cuestiones elementales que hacen a la condición humana en sus zonas más viscerales pero también más sensibles a ser percibidas desde lo existencial y también, muy en especial, a la emoción de la melancolía.

Sin dejarse tentar por estridencias ni por ímpetus groseros, apenas acudiendo a un sutil erotismo o acaso cierta diatriba contra algunos personajes o situaciones traumáticas que sería obsceno omitir, también Gelman demuestra que sabe hablarnos de varias otras cosas y hacerlo de varias formas distintas. Que sabe hacerlo muy bien. Y que está interesado en hacerlo. Que sus lectores estén avisados de que no se encuentran meramente frente a alguien que introduce propaganda ni una literatura que aspira a demostrara nada sino a mostrar el espectáculo del mundo, su sistema de lectura. Asípra, en cambio, a lo sumo, a colaborar para promover la reflexión y la meditación acerca de conflictos que están incluso dentro del orden estético. Cierta lamentación, algunas elegías (pero no lloriqueo) y perplejidad por los acontecimientos que vivimos los humanos pero también los otros seres que nos rodean. Preguntas sobre el futuro.

Y por último, al finalizar el libro, con el poema que lo cierra, se pregunta acerca de la poesía y su esencia. Dice Gelman: «¿Y si fuera lo que es en cualquier parte y nunca avisa? ¿y si fuera?». Con estas dos preguntas realiza una síntesis de siglos de reflexiones acerca de qué es la poesía y de bajo qué condiciones es creada. Desde qué lugares ha sido enunciada sincrónica y diacrónicamente. Preguntas que han desvelado a muchos hombres de letras y sabios de todos los tiempos. Recuerdo, unos cuentos, de la Antigüedad Clásica. Por último, también lo hace bajo la forma de inducir al lector a que experimente la poesía como una convicción, no sólo como un discurso al que se acude para encontrar el refugio de la calma. Porque Gelman busca también inquietar, perturbar, desordenar ideas recibidas.

La poesía es un arte. De eso no caben dudas. Pero es también una forma de pensar, de vivir y de captar el instante, de existir en él. Y también, al manifestarse Gelman bajo la forma humilde de una interrogación permite entonces que la suya sea una tentativa más. Un acto de fe. Una creencia, esta vez sí. El fundamento de la labor de toda una vida: lo que atañe a su oficio y, al mismo tiempo, a su compromiso con ese mismo oficio. Un oficio ante el cual ni siquiera él, que es un poeta de incuestionable reconocimiento, todavía (o aún) se sigue preguntando y esperando, quizás, que el lector le responda. O que el lector responda a ese llamado. Y, claro está, a que el lector se formule idénticas preguntas a través de esa sola que quizás sea la última del libro que es el último poema del último de sus libros publicados. Ese poema tiene un por qué. Conviene ir tras su clave. Cifra en él un significado que no puede dejarse escapar. Pero sin esperar de él una respuesta. Apenas esperando a que, de modo sorprendente, sus ese poemas y el resto inviten a atravesar por inquietudes que reenvíen directamente a interrogantes. Algunos incómodos. Y otros sencillamente incomparables.

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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