Jujuy y el extractivismo infantil

Por Silvana Melo

(APe).- Los propietarios de la vida de los niños suelen ejercer su dueñidad (*) desde el vientre. Ya lo dijo el gobernador Morales: hay una familia “muy importante” que va a hacerse cargo del bebé apremiado a nacer por cesárea de una panza forzada de doce años. Porque cuando la panza tiene doce, o diez u once, los propietarios habrán plantado bandera sobre madre e hijo. Los habrán escriturado en la escribanía litúrgica de la cruz y el escritorio. Jujuy es una de las oficinas más efectivas de este extractivismo social. Aquí se desposee a las niñas y a los niños de libertad, de inocencia, de mínima decisión, de investidura humana. Es una cadena perfecta de eslabones que implica una tragedia. Y una maquinaria fatal que es capaz de devorarse dos vidas con la vanagloria de salvarlas. Una triste paradoja de estos tiempos.

El estado que no la miró, que no vio los padecimientos de su familia, que la ignoró hasta que se hizo visible por lo irreparable.

El vecino que ultrajó a la niña. Y sigue libre. El mismo tipo que la amenazó. Que callara.

El planeta entero –es decir su pequeño contexto- no vio su embarazo. Ni lo imaginó.

La salud pública que le negó el derecho. Que la torturó. Que le decidió una cesárea. Que las obligó a ser sin deseo. A vivir sin esperanza. A pesar de haberle asestado el nombre de prepo, como todo. A ella y a ella. A las dos.

Pero los propietarios tienen todo pensado. Manejan el futuro como se les antoja, como desde una app en el Iphone. Sin ensuciarse las manos ni los pies.

Ya lo dijo el Gobernador: hay una familia “muy importante” que quiere a la bebé. Le van a extirpar la historia, el adn y los recuerdos. La van a programar para un futuro venturoso. La van a setear para que sea una niña pro, lejana de los barrios de origen, fuera de las salpicaduras anti, una princesa que salte todas las listas de espera del penoso sistema de adopción argentino, parte del extractivismo social imperante: extraer los niños de los pobres para injertárselos a los bienvivientes.

Una nena a los doce años fue condenada a una maternidad que no deseó ni está preparada –física y emocionalmente- para asumir. Una bebé obligada a nacer a las 24 semanas, con probabilidades de secuelas neurológicas, con la marca genética para su pequeña madre de ser fruto de la violencia, con la decisión de los propietarios de extraerle su historia como si fuera sangre en una probeta, con el decreto estatal de que tendrá que crecer en una familia importante. Sin saber quién fue, de dónde vino y en qué pequeño útero se escribió su prehistoria.

Pero lo sabrá. Un día lo sabrá. Y acaso, tal vez, saldrá, chuequeando como un bebé, altiva como una mujer, rota en el centro de su historia, a rescatar lo que fue suyo. Y ese día arderá el sitio de la pena humana.

(*) Rita Segato

Agencia de Noticias Pelota de Trapo

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