Justicia erótica

Por Noe Gall

Hay un antes y un después del 13 de junio del 2018, que fue sin duda el día más largo del año; aún resuenan los ecos de euforia festiva. Si el tiempo es una convención social, nosotras también vamos a por él: un día de lucha feminista no tiene 24 horas sino todas las necesarias, no se detiene el tiempo, se sostiene. Entre carpas, ollas populares, fuegos, cantos, abrazos, perros, trapos, banderas, glitter, vino y guiso, sostuvimos el tiempo en toda la Argentina y en las puertas de muchas embajadas a lo largo del mundo.

Las imágenes, videos, audios que nos llegaban desde Buenos Aires eran inmensas, un millón de personas en la calle sosteniendo el tiempo en el Congreso. El “interior” —ese que se encargaron de llenar de adjetivos lxs diputadxs que dicen representarnos— también estuvo en la calle sosteniendo el tiempo de la vigilia. No éramos un millón como en capital, pero en algunas ciudades fuimos miles, cientos, en algunos casos decenas, o un puñado de feministas sosteniendo el tiempo hasta que el aborto sea ley.

¿Qué imaginario del “interior” necesitan construir y mantener nuestrxs diputadxs para que el aborto no sea ley? ¿Interior con respecto a qué? ¿Buenos aires es el exterior de qué?

No es casual que los discursos más conservadores e ilógicos fueran propiciados por diputadxs del “interior” en nombre de la familia, dios, las buenas costumbres, la patria, el nacionalismo y lo que ellos suponen debería ser una buena mujer. El conservadurismo político necesita de una idea de familia y de mujer para mantener en el poder al patriarcado, para seguir perpetuando los privilegios de los Pater familiae, para seguir gobernando.

Hay una construcción discursiva sostenida por diversas narraciones sobre cómo es una “chica del interior” y cómo una “chica de ciudad”, donde la chica del interior es mostrada como una persona ingenua, naif, de la casa, que representa la “verdadera naturaleza femenina”, y por lo contrario la chica de ciudad como una persona emancipada, libre, demasiado libre.

Aún hoy se sigue planteando una imagen del interior originario y puro donde se depositan en el cuerpo de mujeres y niñas las reservas morales de la Nación, imagen que contrasta con la evidencia irrefutable de los altísimos niveles de violencia que sufren las mismas. Es en ese lugar de la pureza donde se embaraza a niñas de 10 años con total impunidad, donde en algunos casos sigue vigente el derecho de pernada, por el cual “el dueño” tiene derecho a desvirgar a las hijas mujeres de sus empleadxs.

Estxs diputadxs del “interior” se arrogaron la representatividad para hablar por todas las que no somos de Buenos Aires, subestimándonos, suponiendo que no hay feministas y una juventud bien combativa en “sus provincias”, revolucionándolo todo.

Ellxs tienen una responsabilidad para con todas las personas que viven en las provincias que tanto dicen cuidar. Con sus discursos de odio pusieron en peligro a las feministas, activistas LGTTB y personas que apoyan públicamente la ley de aborto. En tan solo unos días la cantidad de ataques, escraches, mensajes intimidantes hacia estas activistas se ha incrementado. Legitimar el odio trae como consecuencia la persecución a quienes piensan distinto.

Decir aborto

Vivimos la media sanción como un gran triunfo, y es que lo fue, aunque aún nos falte el Senado. Fue un gran triunfo porque se ha logrado una despenalización social, se ha logrado que sea agenda política, que se hable en todos los medios de comunicación todos los días, que se pronuncie la palabra aborto cuando hace no tanto tiempo era impensable que tal palabra tuviera tanta visibilidad. Parte de la discusión estaba puesta en hablar de “interrupción voluntaria del embarazo”, porque aborto sonaba fuerte.

Hoy aborto es sinónimo de lucha y de libertad, pero, ¿qué libertad? ¿Libertad de derechos para decidir? ¿Libertad en materia de salud pública para poder acceder a un aborto gratuito seguro? ¿Y la libertad para el placer? Esa que María Elena Oddone esgrimía en una pancarta un 8 de marzo de 1984, en las puertas del mismo Congreso: No a la maternidad, sí al placer.

En esta lucha como en tantas otras también hay genealogías. Quiero inscribirme en la historia que narra una desobediencia, como cuenta en su libro Mabel Bellucci, pero no cualquier desobediencia, sino la del mandato a la maternidad obligatoria.

Si hoy alzáramos esta pancarta levantaría el mismo revuelo que en ese momento provocó. Esa frase plantea de alguna manera que una cosa quita la otra, que las dos no pueden ir juntas, o que en todo caso se está gobernando para que sólo una acontezca, la maternidad. Apelar al placer negando el mandato a la maternidad que se nos ha asignado a las personas con úteros, es no sólo un gesto desobediente sino la sublevación de toda una clase política, que se niega a seguir produciendo cuerpos para el capitalismo.

Las personas con úteros tenemos derecho a abortar porque tenemos derecho al placer sexual. Tenemos derecho a tener relaciones sexuales con personas con pene sin estar traumadas por si se rompe o se sale el preservativo, o el anticonceptivo no funciona, o el diu se movió, o si simplemente al cabo de un bello orgasmo un espermatozoide desesperado corre hacia tu óvulo, el evatest da positivo y es el fin del mundo. Tenemos derecho a tener una sexualidad libre, sin miedos ni traumas.

Tengo 33 años y aborté hace doce. El imaginario construido en mi adolescencia sobre el aborto era el que podía ver en alguna película, ya que mi educación sexual fue nula. En una de las películas que vi, la chica que quedaba embarazada se tiraba por las escaleras para abortar, en otra se fajaba el vientre escondiendo la panza, otra se metía una aguja para ver si podía dar con lo que ahí había, en todas las películas a las protagonistas no les importaba morir con tal de no seguir con ese embarazo. Y lo peor de todo es que todas terminaban pariendo y teniéndolo por presiones familiares. En el momento que mi evatest dio positivo, la primera película que vino a mi mente fue Alien. Recuerdo que pensé que si Ellen Ripley había podido cargar con ese “pasajero” en su vientre, yo podría soportarlo unos días hasta que lograra abortar. Aunque a los “pro vida” les cueste entenderlo, para algunas personas enterarnos de que estábamos embarazadas era una sentencia de muerte en vida.

Un amigo que en ese entonces era pro vida me consiguió el teléfono de una señora que hacía abortos. Conocía a una chica que había abortado con ella y estaba viva, para mí eso fue suficiente. Fui a hablar con la señora, me dio un turno y una noche de primavera en un barrio alejado del centro ingresé a un quirófano montado en el fondo de su casa, con azulejos celestes en sus paredes. Me puso anestesia, conté hacia atrás, me desperté y vi mucha sangre, me dijo que todo estaba bien, que intentara hacer reposo, pagué y me fui. Fui una privilegiada. Pero al otro día tenía que ir a trabajar, no podía faltar y tenía la panza hinchada por la operación. Anduve varios días desangrándome por la ciudad, por no poder presentar un certificado en el trabajo y en la universidad que dijera que había abortado y que tenía que hacer reposo. Mi mamá me vio y me preguntó: ¿Estás embarazada? Y lo único que pude decir fue: Estaba.
Políticas sexuales

Insistir en asignar a la mujer un lugar en la naturaleza, afirmando que tener un hijo es “natural”, que no se puede atentar contra una vida porque es “antinatural”, comparándonos con otras especies de mamíferos y hasta plantas, sosteniendo que ninguna especie mata a su cría, construye una noción de sexualidad necesaria para seguir reproduciendo la especie humana. Una sexualidad heterosexual pretende mostrar a las mujeres como sujetas pasivas que tienen que acatar el deseo de los hombres, sujetos activos y con la capacidad de desear. Sin embargo el sistema vigila la vida sexual de las mujeres, a quienes se les niega la posibilidad del sexo, y consagra como un “derecho natural” el ejercicio de la sexualidad en los hombres. Es la sexualidad de las mujeres la que está puesta en discusión siempre.

¿Alguien puede nombrar alguna situación histórica donde la sexualidad de los hombres haya sido tema de discusión de Estado, televisada, y sometida a la opinión de la sociedad entera? No, no la hay. Las personas que nacieron con un pene y continuaron siendo varones no tuvieron que preocuparse por su sexualidad jamás. No tuvieron que disculparse por desear nunca. No tuvieron que pasar por ningún tipo de juzgamiento social, judicial, ni penal. Nadie habla de la libertad sexual de los hombres. Seremos iguales cuando nadie hable de la libertad sexual de nosotras.

El derecho al aborto es un derecho al placer sexual de las personas con vagina. El hecho de que el aborto sea legal es una forma de libertad sexual, una garantía de que las personas con úteros tenemos las mismas posibilidades que las personas con penes a ejercer una sexualidad plena.

Sabemos de las falencias de las instituciones en materia sexual, la ley de Educación Sexual está permitida en muy pocos lados y en las escuelas católicas se sigue enseñando que la sexualidad por fuera del matrimonio es un pecado, que hay que hacerlo por amor o por la mera reproducción, y que masturbarse está prohibido. Fui a un colegio parroquial, católico, de un barrio de Córdoba, no tuvimos educación sexual excepto en dos oportunidades. Una fue cuando la profesora de Biología en cuarto año nos enseñó qué días podíamos quedar embarazadas, que era lo permitido por la escuela, y con ello quedaron en evidencia los días en que NO podíamos quedar embarazadas. Y la otra clase fue en segundo año en la materia de Religión que dictaba el cura de la parroquia, nos dijo que masturbarnos era coger con el diablo. Nadie te enseña que podes tener sexo por placer y que no debes sentir culpa por ello.

¿Qué pasa si en ese despertar sexual, en ese empezar, en ese experimentar, en ese jugar, explorar, gozar, quedás embarazada? ¿En serio el castigo es tener que ser madres? Por no haber sabido bien las reglas del juego o por haber jugado mal o por haber hecho “trampa”, ¿la maternidad es un castigo? ¿Traer una vida al mundo es un castigo?

La disputa por los placeres es infinita y esta lucha no acaba ni empieza en una ley, esta es sólo una batalla más de una guerra que se ha desatado hace miles de años en el cuerpo de las mujeres y de quienes no suscribimos al régimen heterosexual. Pensar nuestras apuestas sexuales en términos de justicia erótica nos posibilita hacer visibles los mecanismos de opresión sexual, las libertades que se nos quieren negar, y la vigilancia activa de cualquier proceso político que pretenda legislar sobre nuestros cuerpos sin retóricas ni eufemismos. El derecho al aborto es una política sexual, es una libertad para el placer.

El Cohete a la Luna

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