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Dios le bendiga, Mr. Rosewater

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Web de Kurt Vonnegut | Reportaje a K. Vonnegut (La Insignia, 2003)

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Matadero cinco (doc zip 150K) | Pájaro de celda (rtf 183K) | Las sirenas de Titán (doc zip 317K)
Hocus Pocus (doc zip 748K) | Galápagos (doc zip 347K)

Kurt Vonnegut fue uno de los autores clave de la literatura norteamericana del siglo XX y un ícono de la contracultura en EE.UU., con novelas como "Matadero-5", "Las sirenas de Titán" y "Desayuno de campeones".

Murió el 11 de abril de 2007, a causa de las heridas cerebrales que le produjo una caída. Tenía 84 años.

Sus novelas, cuentos y piezas teatrales mezclaron la ciencia ficción y la autobiografía con fuertes trazos de crítica social y una mezcla de humor con una visión amarga de la realidad.

En su momento, algunos de sus libros llegaron a ser prohibidos y hasta quemados debido a su presunto contenido obsceno.

Vonnegut daba charlas en las que aconsejaba a su audiencia que desarrollara un pensamiento libre, y criticaba mordazmente a las instituciones que "deshumanizaban" al público.

Había nacido el 11 de noviembre de 1922 en Indianápolis. Estudió química en la Universidad de Cornell, luego se unió al ejército estadounidense y combatió en la Segunda Guerra Mundial, donde fue tomado prisionero durante la Batalla de las Ardenas.

Estaba detenido en Dresde, Alemania, cuando fuerzas aliadas bombardearon la ciudad.

Después de la guerra trabajó como corresponsal del departamento municipal de noticias de Chicago, y luego en el área de Relaciones Públicas de General Electric.

Publicó su primera novela, "Player Piano", en 1951.

Entre sus obras más importantes se encuentran Matadero 5, Wanda June, Guampeteros, fomas y granfallunes, Mr. Rosewater, Pájaro de celda, La pianola, Las sirenas de Titán, Madre Noche, Galápagos y otras.
 


 

"Hay un clima raro últimamente", Kurt Vonnegut

[Citas de la conferencia pronunciada por Kurt Vonnegut en la Casa de Mark Twain en Harford, Connecticut, en abril de 2003, y que fuera publicada en en el sitio In these times (www.inthesetimes.com)]

Primero lo primero. Quiero que quede muy claro que este bigote que uso es el bigote de mi padre. Debí haber traído una fotografía suya.

Mi hermano mayor, Bernie, ahora fallecido, fue un físico y químico que descubrió que el yoduro de plata a veces puede hacer que nieve o que llueva; él también usaba este bigote.

Hablando del clima: Mark Twain dijo que algunos de sus lectores se quejaron de que no había suficiente clima en sus historias. Por eso Twain escribió algunas descripciones climatológicas para que los lectores pudieran insertarlas donde creyeran que podían ser útiles.

Se dice que Mark Twain derramó una lágrima de gratitud e incredulidad cuando recibió honores por sus escritos en la Universidad de Oxford, Inglaterra.

Y yo debo derramar también una lágrima debido a que a los 80 años se me ha invitado, por mi labor de escritor, a hablar bajo los auspicios de la sagrada Casa de Mark Twain aquí en Hartford.

¿Qué otro monumento estadunidense es para mí tan sagrado como la Casa de Mark Twain? El Memorial de Lincoln en Washington DC. Mark Twain y Abraham Lincoln eran muchachos campesinos provenientes de la zona centro de Estados Unidos. Ambos hicieron que los estadunidenses se rieran de sí mismos y apreciaran chistes realmente importantes y de gran contenido moral.

He notado que los trabajos de construcción del Museo Mark Twain, aquí en Hartford, han sido suspendidos. El museo está justo detrás de lo que era la cochera de la Casa Mark Twain, en el número 351 de la avenida Farmington.

Los albañiles fueron obligados a abandonar la construcción y enviados a casa porque los "conservadores" estadunidenses, como les gusta llamarse, que están en Wall Street y encabezan la mayor parte de nuestras corporaciones se han robado una fracción importante de nuestro ahorro privado. Han arruinado a inversionistas y asalariados mediante el fraude y la piratería descarada.

Choque y pavor.

Y ahora que se han instalado en nuestro gobierno federal, o en su defecto, tomado el control de él desde afuera, han malgastado nuestras reservas públicas y más. Han creado una deuda pública de magnitud tan impensable que nuestros descendientes, para quienes abrigábamos tan elevadas esperanzas, llegarán a este mundo pobres como ratones de iglesia.

¿Qué están haciendo los conservadores con todo el dinero y el poder que alguna vez nos pertenecieron a todos? Pues nos están diciendo que debemos estar absolutamente aterrorizados, y que debemos correr en círculo como pollos decapitados.

Pero ellos van a salvarnos. Nos están obligando a quitarnos los zapatos en los aeropuertos. ¿Hay alguien aquí a quien se pueda ocurrírsele una mejor broma que ésta?

Sonríe Estados Unidos: estás en la Cámara Indiscreta.

Los conservadores también han liberado innumerables armas de alta tecnología, cada una de las cuales cuesta más que cien preparatorias en un país del tercer mundo, con el fin de provocar el choque y pavor en seres humanos como nosotros, como Adán y Eva, que habitan entre los ríos Tigris y Eufrates.

El otro día le pregunté al antiguo pítcher de los Yankees Jim Bouton su opinión sobre nuestra gran victoria en Irak y me dijo: "Mohammed Alí contra el señor Rogers".

¿Qué son los conservadores? Son personas dispuestas a mover cielo y tierra, si es necesario; y que están dispuestas a arruinar una compañía o un país o al planeta, con tal de probar ante nosotros y ante sí mismos que son superiores a todos los demás, con la única excepción de sus amigos. Ellos cuidan mucho de sus amigos; cuidan que no vayan a dar a la cárcel y esas cosas.

Los conservadores están locos como chinches. Son bravucones.

¿Guerra entre clases? Claro, también de eso se trata. Los conservadores han dejado clara su superioridad a admiradores de Abraham Lincoln, Mark Twain y Jesús de Nazaret con la muy competente ayuda de la televisión, medio que volvió intrascendentes nuestras protestas contra la guerra.

¿Qué fue lo que nos pasó? Hemos sufrido una calamidad tecnológica. La televisión es ahora nuestra forma de gobierno. ¿Qué razones tuvimos para protestar contra la guerra de los conservadores? Podría nombrar muchas razones pero sólo necesito mencionar una, que es el sentido común.

Muy probablemente se reanudarán, tarde o temprano, las labores de construcción del Museo Mark Twain. Por eso yo, que soy hijo y nieto de arquitectos de Indiana, quiero aprovechar la oportunidad de sugerir un elemento que espero se incluya en la estructura ya terminada, y que son unas palabras que deberían labrarse en el dintel de la entrada principal.

Es un frase que, creo, sería muy divertido poner ahí, y a Mark Twain le gustaba lo divertido más que cualquier otra cosa. Se me ocurrió jugar con algo famoso que él dijo y que es: "Sé bueno y serás solitario". Es una frase de Siguiendo al Ecuador. ¿Les parece bien?

Visualicen la majestuosa entrada que tendrá algún día el Museo Mark Twain. E imaginen estas palabras cinceladas en ese noble dintel pintadas en oro: "Sé bueno y serás solitario en la mayoría de los lugares, pero aquí no. Aquí no".

Una de las más avergonzadas y descorazonadas historias escritas por Twain fue la que trata de la matanza de 600 moros; hombres, mujeres y niños, a manos de nuestros soldados durante la liberación del pueblo de Filipinas, después de la guerra española-estadunidense. Nuestro valiente comandante fue Leonard Wood, quien ahora tiene un fuerte con su nombre: el Fuerte Leonard Wood.

¿Qué tenía que decir Abraham Lincoln sobre esas guerras imperialistas de su país?

Se trata de guerras que, con un noble pretexto u otro, tienen el objetivo real de incrementar los recursos naturales y los cuadros de mano de obra dócil que tienen a su disposición los estadunidenses más ricos y con los mejores contactos políticos.

Casi siempre es un error mencionar a Abraham Lincoln en un discurso sobre otro tema u otra persona. Siempre roba cámara, y yo estoy a punto de citarlo.

Lincoln era sólo un congresista en 1848, cuando dijo lo que estoy por citar. Se sentía descorazonado y avergonzado por nuestra guerra contra México, país que nunca nos atacó. Nos estábamos adueñando de California, y de un montón de personas y propiedades, y lo estábamos haciendo como si perpetrar una carnicería contra soldados mexicanos que sólo defendían su patria de los invasores no fuera asesinato.

¿De qué más nos apoderamos, además de California? Bueno, estaba Texas, Nuevo México, Utah, y partes de Colorado y Wyoming. La persona a la que se dirigió el congresista Lincoln cuando dijo lo que voy a citar era James Polk, quien entonces era nuestro presidente. Abraham Lincoln dijo sobre Polk, su presidente, el comandante en jefe de nuestras fuerzas armadas: "Confió en escapar del escrutinio al procurar que la mirada pública se fijara en la excelsa brillantez de una gloria militar; ese atractivo arco iris que surge después de las lluvias de sangre; en ese ojo de serpiente que hipnotiza antes de destruir. Fue entonces cuando se arrojó a la guerra".

¡Caramba! Y casi se me sale decir "¡Carajo!" ¡Y yo aquí, creyéndome escritor!

¿Sabían ustedes que incluso fue capturada la ciudad de México durante la guerra que encabezamos contra ese país? ¿Por qué no celebramos esa captura con un día festivo nacional? ¿Y por qué no está el rostro de James Polk en el monte Rushmore junto con el de Ronald Reagan?

Lo que hacía que México fuera un país tan malvado en la década de 1840, es decir, mucho antes de nuestra guerra civil, era que la esclavitud era ilegal en su territorio. ¿Se acuerdan de la batalla del El Alamo?

Mi bisabuelo se llamaba Clemens Vonnegut. El mundo es muy, muy pequeño. Esta picante coincidencia no es una invención. Clemens Vonnegut decía ser un "librepensador", que no era sino el término antiguo con el que se definía a un humanista. Era vendedor de artículos de ferretería.

Así que hace unos 120 años había un hombre llamado Clemens y Vonnegut. Seguramente esta persona me habría caído muy bien. Sólo hubiera deseado ser él esta noche.

No me atribuyo, en cambio, ningún parentesco sanguíneo con Samuel Clemens , originario de Hannibal, Missouri. Me imagino que el apellido "Clemens" es, al igual que "Clementina", un derivado del adjetivo "clemente". Ser clemente es ser indulgente y compasivo. Si aplicamos el término al clima, estaríamos hablando de condiciones perfectamente celestiales.

He ahí otra descripción climatológica.

NOTAS

El "señor Rogers" es un conductor de programas infantiles educativos en Estados Unidos. (N de la T)
Samuel Clemens era el nombre de nacimiento de Mark Twain, que era un seudónimo.

Traducción: Gabriela Fonseca, La Jornada, México, 27/05/03

Dios le bendiga, Mr. Rosewater - Presentación

Título original: God Bless You, Mr. Rosewater
Traducción: Amparo García Burgos
© 1965 Kurt Vonnegut Jr.
© 1977 Editorial Bruguera S.A.
Mora la Nueva 2 - Barcelona
ISBN: 84-02-05045-X

Presentación

Dios le bendiga, Mr. Rosewater es una hagiografía —o anti-hagiografía, si se prefiere— de la era tecnológica. Ello significa que a nuestro santo el poder de hacer milagros no le procede de las alturas, sino del único dios verdadero de esa religión obscura y terrible que es el capitalismo: el dinero. Y que los ángeles y diablos serán, en este caso, psiquiatras, abogados, financieros, políticos y —cómo no— escritores de ciencia ficción. Al contrario que en la mayoría de vidas de santos, la carne no tiene en ésta ninguna importancia, y sólo el mundo sigue jugando su papel de mundo.

Pero así como en una hagiografía convencional el mundo pone a prueba al santo, en la novela de Vonnegut sucede exactamente a la inversa: es el santo quien, como un extraño reactivo químico, pone a prueba, sin saberlo, al mundo que le rodea. Y el mundo no supera la prueba, en absoluto.

No se piense, sin embargo, que Dios le bendiga… es un canto aerífico a la filantropía, como podría deducirse erróneamente de algunos párrafos sueltos aislados de su contexto irónico. Tampoco el santo supera la prueba. Su amor al prójimo resulta conmovedor, pero patéticamente ineficaz. Si se tuviera que resumir el «mensaje» de la novela en una frase, podría ser ésta: la amabilidad es necesaria, pero no suficiente.

Pero, afortunadamente, éste no es un libro con mensaje. O, si se prefiere, lleva un mensaje en cada página. Y en esto también se revela el carácter anti-hagiográfico de la novela: si en las vidas de santos las constantes anécdotas sirven de pretexto para exhibir la resplandeciente virtud del protagonista, aquí es la inoperante bondad del protagonista la que sirve de pretexto para una continua floración de jugosas anécdotas y brillantes consideraciones laterales, que, en realidad, constituyen el principal elemento «significativo» de la obra.

La referencia a Huxley parece, pues, casi obligada. Pero, en todo caso, a un Huxley desmedido, risueño y atormentado a la vez, capaz de oscilar entre la entrañable ironía de un Woodehouse y las honduras de extrañamiento y desolación de un Kafka. Aunque en realidad sobran las referencias, como sobra el símil hagiográfico; y sobran, más que nada, por insuficientes, por equívocamente insuficientes. Dios le bendiga…, como otras obras de Vonnegut, es ante todo un rico conglomerado de imágenes y sugerencias, integradas en un relato que, respetando la unidad de cada elemento, establece una unidad nueva, que a su vez se añade al conjunto sin pretensiones de jerarquía, como un elemento más; casi casi una utopía de estado regionalista.

Por eso, Dios le bendiga… es un libro que se presta a ser hojeado, a una lectura fragmentaria y desordenada; pero que acaba leyéndose de cabo a rabo, de un tirón, con una tensa sonrisa en el estómago y, eventualmente, un tic en el ojo izquierdo.

Carlo Frabetti



DIOS LE BENDIGA, MR. ROSEWATER

A Alvis Davis,
el telepático amigo de los golfos

1

«La Segunda Guerra Mundial había terminado…
y allí estaba yo, a mediodía,
cruzando Times Square con mi Corazón Púrpura».
Eliot Rosewater - Presidente de la Fundación Rosewater

Una cantidad de dinero es el personaje principal de este relato sobre la gente, del mismo modo que una cantidad de miel[1] podría ser perfectamente el protagonista de un relato sobre las abejas.

Esta suma de dinero era de 87.472.003 dólares con 61 centavos el día 1º de junio de 1964, por indicar un día cualquiera, día en que captó el interés de un joven picapleitos llamado Norman Mushari. La renta producida por esta interesante suma ascendía a 3.500.000 dólares al año, casi 10.000 al día… incluidos los domingos.

HOMENAJES

Momentos maravillosos

Por Rodrigo Fresán, desde Barcelona

UNO
La cosa empieza o, mejor dicho, la cosa termina así: recibo un e-mail de un amigo escritor con el encabezado VONNEGUT, en mayúsculas. Feliz, lo abro pensando que se trata de la confirmación de que Vonnegut, por fin, ha terminado su nueva y largamente anunciada novela y que está por salir y todo eso. Pero no. Abro el e-mail y lo que se lee allí, también en mayúsculas, es una sola, incontestable y definitiva palabra: MURIO.

Hi-Ho.

Y yo –que no tenía la menor idea sobre qué escribir en la contratapa de esta semana– de pronto descubro que tengo el mejor y el peor de los temas posibles.

DOS
Y está claro que más temprano que tarde tenía que ocurrir: Vonnegut había alcanzado con gracia y con toda su cabellera intacta los 84 años. Pero lo que no pudo el bombardeo a la ciudad alemana Dresde (al que sobrevivió y que inspiraría Matadero-5, su obra maestra y una de las grandes novelas del siglo XX y de cualquier siglo que haya pasado antes y vaya a venir después), algún intento de suicidio, y el incendio de su casa en Nueva York, lo consiguió una caída hace un par de semanas –me entero ahora, viendo pasar desde la ventana de la pantalla de mi computadora el desfile de necrológicas– que derivó en lesiones cerebrales y adiós.

Así, hoy, el mundo tiene una célula especializada en actividad menos en los tiempos en que más necesita de la función y acción de células especializadas.

Me explico: Vonnegut consideraba a los escritores y entendía a los escritores como células especialidades en el tejido de la humanidad. Mejor que lo explique él: "Mis motivos para escribir son del tipo político. Yo estoy de acuerdo con Stalin y Hitler y Mussolini en cuanto a que todo escritor debe servir a su sociedad. Está claro que no estoy de acuerdo con estos dictadores en cómo los escritores deben servir a esa sociedad. En lo que a mí concierne, yo creo –tienen que serlo desde un punto de vista biológico– que deben ser agentes de cambio. Los escritores son células especializadas dentro del organismo social. Y son células evolucionistas. La humanidad todo el tiempo está intentando convertirse en otra cosa; está experimentando con nuevas ideas todo el tiempo. Y los escritores son el medio por el que esas nuevas ideas son introducidas a la vez que un medio de responder simbólicamente a la vida".

Vonnegut también comparaba a los escritores con esos canarios que se ponen en jaulitas al fondo de las tripas de las minas. Esos canarios que son los primeros en morir cuando comienza a escasear el oxígeno y, con su último canto, les avisan a los mineros que están en problemas, que se vienen tiempos difíciles. Y recordarlo: Matadero-5 concluía con un pajarito canturreándole al viajero temporal Billy Pilgrim. La idea era que el canto de un pájaro era lo más inteligente que se podía oír entre tanta insensatez y palabras altisonantes y estupidez desbordada. Ahí está Billy Pilgrim, al final de una guerra que termina –se sabe– nada más que para que pueda empezar otra. Y un pájaro le dice a Billy Pilgrim: "Poo-tee–weet?".

TRES
Y hay algo especialmente doloroso en la muerte de un escritor al que uno le debe tanto. Cuando se muere un escritor que para uno es fundamental se accede a la certeza de que ya no habrá más libros de ese escritor. O tal vez sí: porque la división ectoplasmática de la industria editorial cada vez tiene mejores mediums a la hora de rastrear materiales perdidos e interpretar golpes sobre la mesa de tres patas. Pero serán libros póstumos firmados por Vonnegut pero sin Vonnegut para comentarlos desde este lado de todas las cosas. A ver si se entiende, si me hago entender: Vonnegut es, para mí, uno de esos escritores a los que se necesitan en tinta y papel y en carne y hueso. Saber que están ahí mirando y pensando y poniéndolo por escrito en estos tiempos tan vonnegutianos donde los dementes marcan el paso y donde ya no estará su inteligencia para, por lo menos, ayudarnos a reír frente a tanta postal del espanto.

Está, permanece, quedará por siempre y para siempre, Una Inmortal Obra Más Mayúscula que todas las efímeras mayúsculas que ahora anuncian la muerte de su autor. Una obra que –como escribió en el prólogo a los ensayos de críticos recopilados en el volumen At Millennium’s End– le hacía sentirse, simplemente, un tipo afortunado. "Cuando contemplo hacia atrás mi increíblemente afortunada carrera como escritor, me da la impresión de que nunca hubo tiempo para detenerme a pensar. Todo ha transcurrido como si yo esquiara por la pendiente de una montaña escarpada y peligrosa. Y cuando miro hacia atrás y veo la marca que dejó mi esquí en la nieve comprendo que lo único que he hecho es escribir una y otra vez sobre gente que se comportó decentemente en una sociedad indecente", prologó allí.

Dicho esto, sólo cabe agregar que pocas veces unos personajes decentes se parecieron tanto a su decente creador. Y esto es lo que muchos le critican a Vonnegut: el que las páginas de sus libros estén tan firmemente unidas a las hojas de sus calendarios. A mí me parece un placer para el lector y un privilegio para el escritor. Así, los libros de Vonnegut sin Vonnegut aquí pero con Vonnegut en todas partes son por fin, me parece, iguales a los libros que se leen en el planeta Tralfamadore desde donde Billy Pilgrim –feliz prisionero y fugitivo mental– nos lee a todos nosotros. Allí se nos explica que "los libros de ellos eran cosas pequeñas. Los libros tralfamadorianos eran ordenados en breves conjuntos de símbolos separados por estrellas. Cada conjunto de símbolos es un tan breve como urgente mensaje que describe una determinada situación o escena. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos al mismo tiempo y no uno después de otro. No existe ninguna relación en particular entre los mensajes excepto que el autor los ha escogido cuidadosamente; así que, al ser vistos simultáneamente, producen una imagen de la vida que es hermosa y sorprendente y profunda. No hay principio, ni centro ni final, ni suspenso, ni moraleja, ni causa, ni efectos. Lo que amamos de nuestros libros es la profundidad de tantos momentos maravillosos contemplados al mismo tiempo".

Kurt Vonnegut: gracias por tantos momentos maravillosos.

Y buen viaje.


Kurt Vonnegut, la conciencia negra de los Estados Unidos

Su obra provocó escozor y hasta quema de libros, pero la crítica terminó señalándolo como "visionario" y "auténtico desobediente y humanista". Matadero cinco, la Biblia de los movimientos anti-Vietnam, impresiona aún hoy.

Con La pianola, publicada en 1952, Kurt Vonnegut inició un camino en el que supo disparar dardos contra la estupidez humana.

Por Silvina Friera

Sus libros fueron prohibidos y hasta quemados por su presunto "contenido obsceno". Se regodeaba en la mezcla de citas con frases sin terminar, elementos narrativos con documentales, textos de canciones, cuestiones metafísicas, chistes ingenuos y de mal gusto y escenas de sexo con un cinismo que dejaba sin aliento al lector. Su libro Matadero cinco se convirtió en la Biblia de todos los opositores a la guerra de Vietnam. Muchos llevaban la edición de bolsillo de esta novela y se sabían párrafos enteros de memoria. Agnóstico y librepensador, socialista en la meca del capitalismo, depresivo crónico –con un intento de suicidio con píldoras y alcohol–, figura clave de la literatura norteamericana del siglo XX, la crítica norteamericana lo calificó de "visionario", "amable Casandra", "auténtico desobediente y humanista". Con esa originalidad y un sentido del humor que horadaba los argumentos bienpensantes, en una de las últimas entrevistas que concedió, con su melena gris de león que ha vivido lo suyo y esa expresión entre loco y perdido, se burlaba del desgaste de ciertas palabras, del cliché: "He descubierto que un humanista es una persona que tiene un gran interés por los seres humanos. Mi perro es un humanista". Tal vez sentía que el tiempo se acababa cuando el año pasado escribió en su último libro: "Lo último que hubiese deseado es estar vivo cuando las tres personas más poderosas del planeta se llamaran Bush, Dick y Colin", en alusión al presidente, vicepresidente y el ex secretario de Estado estadounidenses. Víctima de las lesiones cerebrales que había sufrido tras una caída en su casa de Manhattan, el miércoles por la noche murió, a los 84 años, el escritor Kurt Vonnegut.

Nació el 11 de noviembre de 1922 en Indiana (Estados Unidos). Aunque empezó a estudiar química en la Universidad de Cornell, Vonnegut debió abandonar sus estudios cuando se unió al ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial. Su madre se suicidó con una sobredosis de somníferos justo antes de que el escritor partiera hacia Alemania, donde fue tomado prisionero durante la batalla de Ardenas a fines de 1944. No había matado a nadie porque era un tipo particular de soldado, un scout que penetraba en las líneas enemigas sin hacerse notar para descubrir qué había detrás, volver y contarlo a la artillería. "Me considero afortunado por no haber matado a nadie", recordaba. "Pero si hubiese sido necesario, lo habría hecho." Como prisionero de guerra en el país de sus ancestros –estaba en Dresde cuando las fuerzas aliadas bombardearon a la población civil (el saldo fue de 135 mil muertos, dos veces las víctimas de Hiroshima)–, se le ordenó que ayudara en la recuperación de cadáveres de las casas destruidas. Aunque siempre dijo que esa experiencia traumática –fue uno de los pocos que sobrevivió entre un grupo de siete prisioneros– no estuvo relacionada con su decisión de escribir, Vonnegut necesitó más de 23 años para darle forma a Matadero cinco, publicada en 1969, en plena guerra de Vietnam. Un libro que nunca volvió a leer –"ni siquiera pude tocar las galeras", confesó–, y que a casi cuarenta años de su publicación continúa siendo una de las novelas más fuertes y originales de la narrativa norteamericana, por el modo en que se mixtura la realidad y la ciencia ficción, y por su visión crítica de la sociedad y de la crueldad de esa guerra.

"Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre", decía en el primer capítulo de Matadero cinco, que pronto se convirtió en un best seller entre la juventud pacifista norteamericana, éxito comparable con la fascinación que también generó entre los jóvenes El guardián entre el centeno, de Salinger, y En el camino, de Kerouac. Empleando la ironía como la mejor arma para sacudir las conciencias, Vonnegut afirmaba que él perteneció al grupo que se había enriquecido con el bombardeo. Si se parte de un cálculo de 135.000 muertos, serían unos "cinco a diez dólares por cabeza", calculaba el escritor, buscando llamar la atención sobre la locura bélica. "Digo cualquier cosa para ser cómico, a menudo, en las situaciones más horribles", señaló en una oportunidad ante un puñado de psiquiatras. Tal vez la clave de su perspectiva, la de un socialista estadounidense –en la tradición de Eugene Victor Debs, fundador del Partido Socialista–, se pueda sintetizar en una frase de Debs que Vonnegut solía repetir: "Mientras exista una clase baja estaré en ella, mientras haya algo criminal me mantengo fuera. Y mientras haya un alma en prisión yo no me siento libre".

La sátira, el humor negro, la crítica social, ciertos recursos de las vanguardias, lo fantástico con resonancias filosóficas –Parménides, Epicuro, Plotino, Spinoza o Schopenhauer– cimentarían la obra de Vonnegut. Y dos de sus inolvidables alter egos, Billy Pilgrim y Eliot Rosewater. Después de la guerra trabajó como periodista en Chicago, en cuya universidad estudió antropología. En 1952 publicó su primera novela, La pianola, distopía y sátira social también conocida como Utopía 14. No fue quizás un buen comienzo, o al menos no el que Vonnegut esperaba, pero libro tras libro –Las sirenas de Titán (1959), Madre noche (1961), Cuna de gato (1963), "el libro más cercano a mi corazón", según confesaba el escritor, Dios le bendiga, Mr. Rosewater (1965)– cosecharía cada vez más lectores, adeptos, seguidores, y elogios como el de Gore Vidal: "Original, único: Kurt nunca fue aburrido".

"Así va la vida"

Después del éxito de Matadero cinco (1969), considerada una de las novelas antibélicas más destacada del siglo XX –filmada en 1972 por George Roy Hill y protagonizada por Michel Sacks en el papel de Billy Pilgrim–, Vonnegut publicó El desayuno de los campeones (1973), Payasadas (1976), Pájaro de celda (1979) y Galápagos (1987), entre otros. Hace cuatro años, poco después de haber cumplido 80, confesaba que no podía escribir. Estaba retirado, era un "jubilado" de la literatura. "Estoy literalmente paralizado por el estado en que se encuentra mi país. La televisión no ha transmitido ni siquiera las protestas de los pacifistas. The New York Times se negó a publicar un discurso que pronuncié en un encuentro por la paz. Es como vivir bajo un ejército de ocupación que se ha apoderado de los medios de comunicación." Lo que le resultaba radicalmente nuevo al escritor en ese 2003 era que las nuevas generaciones estaban heredando un cúmulo de tecnologías "que están rápidamente destruyendo las posibilidades de que este planeta continúe siendo respirable y eliminando la posibilidad de cualquier forma de vida". Antropólogo de formación, sostenía que una de las razones por las cuales los norteamericanos eran odiados era porque introdujeron en otros países nuevas tecnologías y planes económicos que destruyeron la cultura de mucha gente.

Enjuto, desgarbado, quizá más desacomodado que nunca ante este panorama, "así va la vida", como repetía en Matadero cinco, Vonnegut admitía que los atentados contra las Torres Gemelas lo habían sorprendido más que nada por "el óptimo trabajo que hicieron los terroristas". "¡Vaya si estaban preparados! Naturalmente, son las mismas personas que inventaron los números, el cero y el álgebra, por lo cual no hay de qué asombrarse tanto."

Insectos prisioneros en ámbar

"Los terrestres son grandes narradores; siempre están explicando por qué determinado acontecimiento ha sido estructurado de tal forma, o cómo puede alcanzarse o evitarse. Yo soy tralfamadoriano, y veo el tiempo en su totalidad de la misma forma que usted puede ver un paisaje de las Montañas Rocosas. Todo el tiempo es todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente es. Tome los momentos como lo que son, momentos, y pronto se dará cuenta de que todos somos, como he dicho anteriormente, insectos prisioneros en ámbar", escribió en Las sirenas de Titán. Vonnegut, tal como Philip K. Dick, fue mucho más que un escritor de ciencia ficción. Por esencia, por definición, sostenía que la literatura está cargada de opiniones. El apuntó sus dardos satíricos contra la estupidez humana. Y dio, siempre, en el blanco.


Parecido a nadie

Por Pablo Capanna, ensayista

En un famoso artículo de 1965, Judith Merril señalaba que en la ciencia ficción norteamericana sólo había dos autores que no se parecían a nadie: Cordwainer Smith y Kurt Vonnegut. Ambos habían estado siempre en el género sin ser autores de género. Vonnegut nunca aceptó que lo catalogaran como "genérico", lo cual le parecerá totalmente legítimo a cualquiera que haya leído y disfrutado de sus libros. Recurrió a las convenciones de la ciencia ficción pero las usó de manera irónica y política, desde la denuncia "políticamente incorrecta" de Matadero Cinco (1970) hasta la inquietante profecía de la automatización (La pianola, 1952) y la sátira volteriana de Las sirenas de Titán (1952). Pero hasta en la mayor negrura de algunas de sus páginas de humor negro, su lucidez nunca le permitió caer en el cinismo fácil.


Pionero de lo multimedia

Por Gabriel Guralnik, Presidente de la Fundación Ciudad de Arena, especialista en ciencia ficción

Hay una cuestión en la que, claramente, Kurt Vonnegut se adelantó a lo que iba a ser una tendencia muy posterior en la creación artística: el concepto de obra multimedial. Porque, de alguna manera, Vonnegut está trabajando con literatura en la cual mezcla diferentes aspectos, tonos, registros, y además introduce imágenes novedosas en el mismo texto, cosa absolutamente audaz en aquel momento, aunque hoy sea algo común. El comenzó a percibir, a intuir que la palabra sola, por más importante que fuera, llegaría a una época en la que iba a venir combinada con otras cosas. Eso impactó por lo menos en dos o tres generaciones con posterioridad a él. Tal vez no todos se atreven a trabajar en la misma línea que trabaja Vonnegut, pero todo el mundo tributa finalmente a lo que él escribe.

Así, su obra es un esbozo de obra multimedial, porque él comienza combinando el texto con imágenes que no siempre pareciera que tienen que ver en forma directa con lo que está escribiendo, sino que recién en una segunda o tercera instancia uno se da cuenta de lo que realmente él quiere decir con las imágenes. Imágenes que en ningún caso son caprichosas. Estamos hablando de un momento realmente muy lejano a lo que nosotros conocemos hoy como multimedia, y con herramientas que no existían en aquel momento: Vonnegut simplemente se las ingenió para hacerlo en un libro. El creó en un libro un objeto que hoy se podría crear fuera de un libro, sin perder para nada el valor literario, el humor y los varios niveles de lectura que uno encuentra en él.


Tirarse a la pileta

Por Angélica Gorodischer, escritora

Kurt Vonnegut fue para mí algo más que un amigo íntimo. Lo frecuenté desde sus primeros libros llegados a la Argentina, también lo leí en inglés, creo que he leído casi todo lo que escribió –seguramente no todo, porque era un escritor prolífico–. El tenía algo fascinante: trascendencia en lo que decía. Las suyas no eran novelas prolijitas y políticamente correctas, de esas que se ven tanto ahora; todo en él era un tirarse a la pileta a ver si hay agua o no. Haciendo gala de esa imaginación brutal era capaz de encontrar lo invisible detrás de lo visible, y lo visible es lo que debe interesarnos a quienes escribimos.

Nadie escribe solo o sola, siempre tenemos a alguien detrás, porque hace seis mil años que la humanidad está escribiendo. A Vonnegut yo lo he sentido muchas veces a mis espaldas, mirando lo que escribía, y probablemente pensando: "¡Cuántas estupideces que dice esta mujer!" Pero a lo mejor aprobó algunas cosas, y con eso me basta. Voy a extrañarlo mucho, aunque pueda seguir leyéndolo.

Fuente: Página/12, 13/04/07

En 1947, cuando Norman Mushari sólo tenía seis años, dicha suma se utilizó para crear una fundación benéfica y cultural. Hasta ese momento ocupó el decimocuarto lugar entre las grandes fortunas familiares de América: la fortuna Rosewater. Pero, al ser convertida en una Fundación, ni los recaudadores de impuestos ni otras aves de presa podían poner las manos en ella. Porque la barroca obra maestra de problemas legales que era la Carta Constitucional de la Fundación Rosewater declaraba que la presidencia de la Fundación se heredaría del mismo modo que la corona británica: durante toda la eternidad pasaría al más íntimo y más viejo heredero del creador de la Fundación, el senador Lister Ames Rosewater, de Indiana.

Los parientes del presidente serían nombrados funcionarios de la Fundación al llegar a la mayoría de edad. Todos los cargos serían vitalicios, a menos que se probara legalmente la locura de algún funcionario. Podían marcarse un sueldo por sus servicios, un sueldo tan alto como quisieran; pero sólo sobre las rentas de la Fundación.

De acuerdo con la ley, la Carta Constitucional prohibía que los herederos del senador tuvieran nada que ver con la administración del capital de la Fundación. Este cuidado corría a cargo de una corporación nacida simultáneamente con la Fundación, llamada, con patente claridad, la Corporación Rosewater. Como casi todas las corporaciones, se dedicaba a la prudencia, a los beneficios y a las hojas de balance. Sus empleados estaban muy bien pagados; por eso eran felices y trabajaban con toda su inteligencia y energía. Su trabajo principal era el estudio de las acciones y bonos de otras corporaciones; pero entre sus actividades se incluía también la administración de una fábrica de sierras, una bolera, un motel, un Banco, una cervecería, varias granjas en Rosewater County, Indiana, y algunas minas de carbón en el norte de Kentucky.

La Corporación Rosewater ocupaba dos pisos en el número 50 de la Quinta Avenida de Nueva York, y tenía pequeñas sucursales en Londres, Tokio, Buenos Aires y Rosewater County. Ningún miembro de la Fundación Rosewater podía decir a la Corporación lo que había de hacer con el capital. Y viceversa: la Corporación no tenía autoridad alguna para indicar a la Fundación lo que había de hacer con los copiosos beneficios conseguidos por aquélla.

El joven Norman Mushari se enteró de todo esto cuando, después de graduarse en la Escuela de Leyes de Cornell con el número uno de su promoción, entró a trabajar con la firma de abogados que habían proyectado la Corporación y la Fundación, la firma McAllister, Robjent, Reed y McGee. Mushari era de origen libanés, hijo de un comerciante de alfombras de Brooklyn. Medía un metro sesenta. Tenía un trasero enorme, que parecía luminoso cuando estaba desnudo. Era el más joven, el más bajo y, desde luego, el menos anglosajón de los empleados de la firma. Empezó a trabajar bajo las órdenes del socio más senil, Thurmond McAllister, un suave viejecito de setenta y seis años. Jamás hubiera sido aceptado en la firma si los otros socios no hubieran pensado que las operaciones de McAllister aún podían ser un poco más viciosas.

Nadie salía a almorzar con Mushari. Comía solo en cafeterías baratas y estudiaba el enorme crecimiento de la Fundación Rosewater. No conocía a ningún Rosewater; lo que le emocionaba era el hecho de que esta fortuna fuera el mayor paquete de dinero representado por McAllister, Robjent, Reed y McGee. Recordaba lo que le dijo una vez su profesor favorito, Leonard Leech, sobre el modo de progresar en la carrera: así como un buen piloto de avión siempre debe estar buscando un lugar para aterrizar, un abogado siempre debe estar buscando situaciones en las que grandes cantidades de dinero estén a punto de cambiar de dueño.

—En toda transacción —había dicho Leech— hay un momento mágico durante el cual un hombre ha entregado ya su tesoro y el que ha de recibirlo aún no lo tiene. Un abogado listo hará que ése sea su momento, apoderándose del tesoro durante un mágico microsegundo, cogiendo un poco para sí y entregándolo después. Si el hombre que ha de recibirlo no está acostumbrado a la riqueza, tendrá un complejo de inferioridad y cierto vago sentimiento de culpabilidad, y el abogado puede quedarse a veces con la mitad del paquete y recibir, sin embargo, las balbuceantes gracias del receptor.

Cuanto más revisaba Mushari los ficheros confidenciales relativos a la Fundación Rosewater, más excitado se sentía, especialmente cuando estudiaba la parte de la carta que exigía la expulsión inmediata de cualquier funcionario cuya locura pudiera demostrarse. Se rumoreaba en todas las oficinas que el mismísimo presidente de la Fundación, Eliot Rosewater, hijo del senador, era un lunático. Claro está que lo decían en broma, pero, como Mushari sabía bien, las bromas son difíciles de explicar en un tribunal. Sus compañeros de trabajo se referían a Eliot con diversos motes: «el chiflado», «el santo», «Juan el Bautista», etcétera.

Desde luego —se decía Mushari—, hay que conseguir que la ley lo coja por su cuenta.

Según todos los informes, la persona que ocupaba el siguiente lugar en la línea de sucesión para la presidencia de la Fundación, un primo que vivía en Rhode Island, era inferior en todos los aspectos. Cuando llegara el momento, Mushari le representaría.

Como no tenía oído para la música, ignoraba que también él tenía un apodo en la oficina, contenido en una tonadilla que todo el mundo silbaba, generalmente, al cruzarse con él. La tonadilla era Ahí va la comadreja.

Eliot Rosewater fue nombrado presidente de la Fundación en 1947. Cuando Mushari empezó a investigarle, diecisiete años más tarde, Eliot tenía cuarenta y seis años. Mushari, que se creía tan valiente como el pequeño David a punto de degollar a Goliat, tenía exactamente la mitad de sus años. Y era casi como si el mismo Dios quisiera que ganase el pequeño David, pues todos los documentos confidenciales que caían en sus manos demostraban que Eliot estaba más loco que una cabra.

Por ejemplo, en un archivo secreto, en la caja fuerte de la firma, había un sobre con tres sellos que había de entregarse a la muerte de Eliot a quienquiera le sustituyera en la dirección de la Fundación. Dentro había una carta suya, que decía así:



«Querido primo, o quienquiera que seas: Felicidades por tu buena suerte. Diviértete. Tal vez aumenten tus perspectivas al conocer la clase de manipuladores y custodios que ha tenido hasta ahora tu increíble fortuna.

»Como muchas grandes fortunas americanas, la Rosewater fue acumulada en primer lugar por un granjero cristiano, estreñido y sin sentido del humor, que se dedicó a la especulación y el cohecho durante y después de la guerra civil. El granjero era Noah Rosewater, mi bisabuelo, que nació en Rosewater County, Indiana. Noah y su hermano George heredaron de su padre, un pionero, seiscientos acres de tierra de labor, tierra obscura y rica como un pastel de chocolate, y una pequeña fábrica de sierras que estaba casi en la bancarrota.

»Llegó la guerra. George reclutó una compañía de fusileros y se puso a su frente. Noah pagó a un idiota del pueblo para que luchara en su lugar, transformó su factoría para dedicarla a la fabricación de espadas y bayonetas, y montó un criadero de cerdos en la granja. Abraham Lincoln declaró que no había precio que fuera exagerado si contribuía a la restauración de la Unión, así que Noah valoró su mercancía a escala con la tragedia nacional. E hizo este descubrimiento: las objeciones que pudiera poner el Gobierno al precio o calidad de sus mercancías se eliminaban fácilmente con pequeñísimos y ridículos sobornos.

»Se casó con Cleota Herrick, la mujer más fea de Indiana, porque tenía cuatrocientos mil dólares. Con ese dinero extendió su fábrica y compró más granjas, todas en Rosewater County. Llegó a ser el mayor comerciante de cerdos en todo el Norte. Para no ser víctima de los conserveros de carne, compró intereses que le dieron el control de unos mataderos en Indianapolis. Para no ser víctima de los proveedores de acero, compró intereses que le dieron el control de una compañía de acero de Pittsburgh. Para no ser víctima de los proveedores de carbón, compró intereses que le dieron el control de varias minas. Para no ser víctima de los prestamistas, fundó una banca.

»Y esta repugnancia paranoica a ser víctima le obligó a ocuparse más y más de valiosos papeles —acciones y bonos— y menos de las espadas y cerdos. Sus experimentos, pequeños al principio, con papeles de poco valor, le convencieron de que podía venderlos sin esfuerzo. Y mientras continuaba sobornando a los miembros del Gobierno para expandir sus negocios, su interés principal se centró en el mercado de valores.

»Cuando los Estados Unidos de América, que pretendían ser una utopía general, apenas contaban un siglo, Noah Rosewater y unos pocos hombres como él demostraron que los Padres Fundadores habían sido un poco descuidados en un aspecto, ya que esos recientes antepasados no establecieron que debía ponerse un límite a la riqueza individual, despiste engendrado por la simpatía bonachona para con aquellos que aprecian las cosas caras, y la convicción de que el continente era tan grande y valioso, y la población tan pequeña y emprendedora, que ningún ladrón, por muy aprisa que robara, podía causar graves inconvenientes.

»Noah y unos pocos como él comprendieron que, en realidad, el continente no era infinito y que los funcionarios venales, en especial los legisladores, se dejaban persuadir con facilidad de disponer de grandes cantidades a su antojo y colocarlas de modo que cayeran donde Noah y los suyos estaban esperándolas.

»Y de este modo, un puñado de rapaces ciudadanos llegó a controlar todo cuanto valía la pena controlar en América. Así se creó el salvaje, estúpido, totalmente inapropiado e innecesario sistema de clases americano. Se llamó vampiros a los ciudadanos honrados, industriosos y pacíficos que pedían un sueldo para vivir, mientras éstos contemplaban que, a partir de ese momento, los únicos que triunfaban eran los que cobraban fabulosamente por cometer crímenes contra los cuales no se habían dictado leyes. Y así el sueño americano fue hinchándose como un globo, que ascendió lleno de gas hasta la superficie de la codicia ilimitada y subió a lo alto bajo un sol de mediodía.

»Seguramente que el lema e pluribus unum, escrito en las monedas, fue la suprema ironía en esta utopía, ya que cada americano grotescamente rico representaba propiedades, privilegios y placeres negados a la mayoría. A la luz de la historia de todos los Noah Rosewater, el lema más adecuado sería: Agarra más que demasiado, o no conseguirás nada en absoluto.

»Y Noah engendró a Samuel, que se casó con Geraldine Ames Rockefeller. Samuel todavía se interesó más en la política que su padre y sirvió incansablemente al Partido Republicano, contribuyendo, como un perfecto hacedor de reyes, a la elección de hombres que bailarían como derviches al son que él tocara, y ordenarían a la milicia que disparara a la multitud cuando cualquier pobre hombre sugiriera tan sólo que entre él y Rosewater no se había previsto ninguna distinción a los ojos de la ley.

»Y Samuel compró periódicos, y compró predicadores también. Sólo les inculcó esta lección, que ellos enseñaron incansables: Todo el que piense que los Estados Unidos de América son una utopía, es un asqueroso, un perezoso, y un maldito idiota. Samuel afirmó rotundamente que la mano de obra en una fábrica americana no valía más de ocho centavos al día, aunque a la vez se sentía agradecido por la oportunidad de pagar cien mil dólares o más por el cuadro de un italiano muerto hace tres siglos. Como remate de su insulto, regaló cuadros a los museos para la elevación espiritual de los pobres. Los museos cerraban en domingo.

»Y Samuel engendró a Lister Ames Rosewater, que se casó con Eunice Eliot Morgan. Algo puede decirse en favor de Lister y Eunice: al contrario que Noah y Cleota, y Samuel y Geraldine, tenían sentido del humor y reían sinceramente. Como curiosa posdata a la historia, Eunice llegó a ser campeona de ajedrez de Estados Unidos en 1927 y en 1933.

»Eunice escribió también una novela histórica sobre un gladiador femenino, Ramba de Macedonia (best-seller en 1936). Murió en 1937, en un accidente de navegación en Cotuit, Massachusetts. Era inteligente y divertida, y se preocupaba sinceramente por la situación de los pobres. Era mi madre.

»Su marido, Lister, jamás se dedicó a los negocios. Desde el día en que nació hasta el momento en que escribo esta carta, siempre ha confiado la administración de su capital a los abogados y banqueros, pasándose la vida en el Congreso de los Estados Unidos, dedicado a enseñar moral, primero como representante del distrito cuyo centro es Rosewater y luego como senador por Indiana. Que realmente sea, o haya sido alguna vez, una persona de Indiana, es una tenue ficción política. Y Lister engendró a Eliot.

»Lister no ha meditado jamás en los efectos e implicaciones de su heredada fortuna; ésta nunca le ha divertido, preocupado o tentado; ni siquiera le alteró el entregar el noventa y nueve por ciento de la misma a la Fundación que ahora deberás dirigir.

»Y Eliot se casó con Sylvia Du Vrais Zetterling, patrocinadora de las artes. Su padre fue un famoso violoncelista. Sus abuelos maternos fueron una Rothschild y un Du Pont.

»Y Eliot se convirtió en un borracho, un soñador de utopías, un santo de palo, un loco inútil. No engendró a nadie.

»Bon voyage, querido primo o quienquiera que seas. Sé generoso. Sé amable. Si quieres, puedes ignorar las artes y las ciencias; nunca ayudaron a nadie. Pero debes ser un amigo sincero de los pobres.»

La carta estaba firmada:

«El difunto Eliot Rosewater».



Norman Mushari, cuyo corazón daba saltos de júbilo, alquiló una caja de seguridad y metió allí la carta. Aquella primera pieza de sólida evidencia no estaría sola mucho tiempo.

Regresó a su cubículo y reflexionó que Sylvia había iniciado ya el proceso de su divorcio, nombrando representante al viejo McAllister. Como se hallaba en París, Mushari le escribió allí una carta, sugiriéndole que, en los procesos de divorcio amistosos y civilizados, era costumbre que los litigantes se devolvieran mutuamente las cartas. Le pidió que le enviara todas las que hubiera guardado de Eliot.

Y recibió cincuenta y tres a vuelta de correo.



2



Eliot Rosewater nació en 1918 en Washington D.C. Como su padre, que alardeaba de representar al Hoosier State, Eliot fue criado, educado y distraído en la costa Este y en Europa. La familia sólo hacía una breve visita anual al llamado «hogar» en Rosewater County, lo suficiente para revalorizar la mentira de que era su hogar.

Eliot no brilló en sus estudios en Loomis y Harvard, pero llegó a ser un experto marino durante los veranos pasados en Cotuit, en Cape Cod, y un mediano esquiador durante las vacaciones de invierno en Suiza.

Dejó la Escuela de Leyes de Harvard el 8 de diciembre de 1941, para presentarse como voluntario en la Infantería del Ejército de los Estados Unidos. Se distinguió en muchas batallas, fue nombrado capitán y estuvo después al frente de una compañía. Hacia el fin de la guerra en Europa, sufrió lo que se diagnosticó como fatiga de combate; fue hospitalizado en París, y allí cortejó y se casó con Sylvia.

Después de la guerra, Eliot volvió a Harvard con su aturdida esposa, y allí se doctoró en leyes, especializándose después en derecho internacional, pues soñaba con ayudar de algún modo a los Estados Unidos. A la vez que se doctoraba en dichos estudios le fue entregada la presidencia de la nueva Fundación Rosewater. Según la Carta Constitucional, sus deberes serían exactamente tan nimios o tan formidables como él mismo quisiera.

Y se dispuso a tomárselo en serio. Compró una magnífica casa en Nueva York, con una fuente en el vestíbulo y un Bentley y un Jaguar en el garaje. Alquiló una suite de oficinas en el Empire State Building e hizo que las pintaran de color limón-naranja vivo y blanco perla, definiéndolas como el cuartel general de todas las cosas bellas, benéficas y científicas que se proponía llevar a cabo.

Era un gran bebedor, pero nadie se preocupaba de eso. Por mucho que bebiera, nunca parecía borracho.

Desde 1947 a 1953, la Fundación Rosewater gastó catorce millones de dólares. Las obras de caridad de Eliot abarcaron todo el cuadro posible de limosnas, desde una clínica para el control de natalidad en Detroit a un Greco para Tampa, Florida. Los dólares Rosewater lucharon contra el cáncer, las enfermedades mentales, los prejuicios raciales, la brutalidad de la policía y otras incontables miserias; también se utilizaron esos dólares para animar a todos los profesores de colegio a buscar la verdad, y para comprar la belleza a cualquier precio.

Parece irónico que el propio Eliot subvencionara un estudio del alcoholismo en San Diego. Cuando le entregaron el informe, estaba demasiado borracho para leerlo. Sylvia tuvo que acudir a su oficina para escoltarle a casa. Cien personas la vieron tratando de hacerle cruzar la acera hasta un coche que les esperaba, y Eliot les recitó una coplita que había compuesto durante la mañana:



¡Muchas, muchas cosas buenas he adquirido!

¡Muchas, muchas cosas malas he vencido!



Después de esto, y como penitencia, se mantuvo sobrio durante dos días. Luego desapareció durante una semana. Entre otras cosas, irrumpió en un congreso de escritores de ciencia ficción reunido en un motel de Milford, Pennsylvania. Norman Mushari se enteró de este episodio por el informe que un detective privado sacó de los archivos de McAllister, Robjent, Reed y McGee. El viejo McAllister había alquilado los servicios del detective, que debía seguir a Eliot para descubrir si hacía algo que más tarde pudiera dañar legalmente a la Fundación.

El informe contenía, al pie de la letra, el discurso de Eliot a los escritores, ya que toda la reunión, incluida su alcohólica interrupción, se había tomado en cinta magnetofónica.

—Os quiero mucho, hijos de perra —dijo Eliot en Milford—. Sois mis escritores favoritos. Sois los únicos que habláis de los cambios realmente terribles que tienen lugar, los únicos lo bastante locos para saber que la vida es un viaje espacial, y no precisamente corto, sino uno que durará millones de años. Sois los únicos que tenéis el valor y el coraje de preocuparos realmente del futuro; los que realmente os dais cuenta de lo que nos hacen las máquinas, lo que nos hacen las ciudades, lo que nos hacen las grandes y simples ideas, lo que nos hacen las tremendas incomprensiones, equivocaciones, accidentes y catástrofes. Sois los únicos que os preocupáis del tiempo y las distancias sin límite, de los misterios inmortales, del hecho de que ahora ya tenemos una base para fijar si los viajes espaciales de los próximos veinte años serán un cielo o un infierno…

Eliot admitió después que los autores de ciencia ficción no podían escribir para los eruditos, pero declaró que eso no importaba. A pesar de ello eran poetas, pues se mostraban más sensibles a los cambios importantes que cualquier buen escritor.

—¡Al diablo con los cuentistas de talento que escriben delicadamente sobre una pequeña parte de una simple vida, cuando hay temas como galaxias, eones y billones de almas que aún no existen! ¡Ojalá Kilgore Trout estuviera aquí —siguió diciendo Eliot—, para poder estrechar su mano y decirle que es el mejor escritor de la actualidad! ¡Acaban de decirme que no ha venido porque no pudo dejar su trabajo! Y ¿qué trabajo le ha dado esta sociedad a su mayor profeta? —parecía que se ahogaba, y durante algunos momentos no consiguió decidirse a nombrar el trabajo de Trout—. ¡Le han hecho empleado de un centro de remisión de sellos en Hyannis!

Era cierto. Trout, autor de ochenta y siete libros encuadernados en rústica, era un hombre muy pobre y totalmente desconocido fuera del mundo de la ciencia ficción. En el momento en que Eliot hablaba tan cálidamente de él, contaba sesenta y seis años.

—De aquí a diez mil años —predijo Eliot con alcohólica insistencia— se habrán olvidado los nombres de nuestros generales y presidentes, y el único héroe que se recordará de esta época será el autor de 2BRO2B. —éste era el título de un libro de Trout, título que, bien examinado, resultaba ser la famosa pregunta que hiciera Hamlet. [2]

Mushari siguió buscando con todo ahínco una copia del libro para su dossier sobre Eliot. Ningún librero digno de tal nombre había oído hablar jamás de Trout. Mushari buscó por su cuenta en el cuchitril de un comerciante de obscenidades. Allí, entre la más feroz pornografía, encontró ejemplares muy manoseados de todos los libros que escribiera Trout. 2BRO2B, publicado al precio de veinticinco centavos, le costó cinco dólares, el mismo precio que le pidieron por El Kama Sutra de Vatsyayana.

Mushari ojeó el Kama Sutra, manual oriental del arte y técnicas del amor, prohibido desde hacía mucho tiempo, y se encontró con este párrafo:

«Si un hombre hace una especie de crema con el jugo de fruto casia fístula y eujenia jambolina, y mezcla el polvo de la planta soma, veronia antelminica, eclipta próstata, lohopa-juihirka, y aplica la mezcla al yoni de una mujer con la que está a punto de tener relación sexual, inmediatamente dejará de amarla.»

No vio nada divertido en esto. Nunca veía nada divertido en nada, tan inmune estaba, gracias al espíritu severo de la ley.

Fue lo bastante obtuso como para imaginar que los libros de Trout debían de ser sucios, ya que se vendían a tales precios a gente tan extraña y en tal lugar. No comprendió que lo que Trout tenía en común con la pornografía no era el sexo, sino las fantasías de un mundo absurdamente hospitalario.

De modo que se sintió defraudado al leer aquellas obras, pues buscaba sexo y sólo encontraba automatismo. La fórmula favorita de Trout consistía en describir una sociedad perfectamente odiosa, no muy distinta de la suya, y luego, al final, sugerir el modo de mejorarla. En 2BRO2B describía una América en la que las máquinas realizaban casi todo el trabajo, y los únicos que podían trabajar en algo habían de tener tres o cuatro títulos. También existía el problema del exceso de población.

Todas las enfermedades graves habían sido vencidas. La muerte era, por tanto voluntaria, y el Gobierno, para animar a los voluntarios, construía un Salón del Suicidio Ético con tejado púrpura en todas las plazas mayores, junto a bares de un tal Howard Johnson, con tejado naranja. Había bonitas camareras en el salón, gentes que atendían a los visitantes voluntarios y una elección de catorce modos de morir sin dolor. Sus Salones del Suicidio estaban siempre llenos, porque había demasiadas personas sin interés por vivir y porque se suponía que la muerte era algo generoso y patriótico. Los suicidas recibían también una última comida gratis en el bar contiguo, etcétera. Trout tenía una maravillosa imaginación.

Uno de los personajes preguntaba a una camarera de la muerte si él iría al cielo, y ella le decía que claro que sí. Preguntaba si vería a Dios, y ella contestaba:

—Naturalmente, encanto.

—Así lo espero. Quiero preguntarle algo que nunca pude averiguar aquí.

—¿Qué es? —preguntaba ella.

—¿Para qué demonios existe el hombre?

En Milford, Eliot dijo a los escritores que ojalá aprendieran más sobre el sexo, la economía y el estilo; pero que suponía que, trabajando sobre unos temas tan importantes, no tenían tiempo para tales cosas. Y se le ocurrió entonces que nunca se había escrito un libro verdaderamente bueno de ciencia ficción sobre el dinero.

—¡Pensad de cuántos y cuan salvajes modos circula el dinero por la Tierra! —dijo—. No es preciso ir al planeta Tralfamadore, en la galaxia Anti-Materia 508 G, para encontrar criaturas con increíble poder. ¡Pensad en el poder de un millonario terrestre! ¡Miradme a mí! Yo nací desnudo, lo mismo que vosotros, pero… ¡Dios mío!, amigos y vecinos, ¡yo puedo gastar miles de dólares al día!

Se detuvo para hacer una demostración impresionante de sus poderes mágicos, escribiendo un lindo cheque de doscientos dólares para cada miembro del auditorio.

—Esto os parecerá una fantasía —continuó—. Pero si mañana vais al Banco, será una realidad. Es una locura que yo pueda hacerlo, siendo el dinero tan importante… —perdió el equilibrio por un momento, lo recuperó y casi se quedó dormido de pie. Abrió los ojos con gran esfuerzo—. Esto es lo que espero de vosotros, amigos y vecinos, y especialmente del inmortal Kilgore Trout: pensad en el modo estúpido en que circula el dinero, y tratad de descubrir un modo mejor.

Eliot salió de Milford y, haciendo auto-stop, se fue a Swarthmore, Pennsylvania, donde entró en un pequeño bar y anunció que todo el que pudiera enseñarle su insignia de bombero voluntario bebería a sus expensas. Gradualmente acabó por coger una borrachera llorona, durante la cual declaró que le emocionaba profundamente la idea de un planeta habitado cuya atmósfera pudiera combinarse violentamente con todo lo más querido a sus habitantes. Hablaba de la Tierra y del elemento oxígeno.

—Si lo pensamos bien, chicos —dijo, hablando entrecortadamente—, eso es lo que nos mantiene juntos, más que cualquier otra cosa…, excepto, quizá, la gravedad. Nosotros, unos pocos, nosotros los hombres felices, nosotros, hermanos, estamos unidos en el grave negocio de impedir que la comida, las casas, las ropas y los seres amados se combinen con el oxígeno. Os digo, chicos, que yo formé parte de un departamento de bomberos voluntarios y que me gustaría pertenecer a uno. Si hubiera algo tan humano, tan humano, en la ciudad de Nueva York…

Era mentira que Eliot hubiera sido bombero. Todo lo más, y durante sus visitas anuales a Rosewater County, con su familia, durante la infancia, los ciudadanos sicofantes le habían adulado nombrándole la mascota del Departamento de Bomberos Voluntarios de Rosewater. Jamás había apagado un incendio.

—Os digo, chicos —continuó—, que si esos platillos volantes rusos aterrizaran aquí algún día (y no veo el modo de impedirlo), todos los asquerosos bastardos que consiguen los buenos empleos en este país a fuerza de lamer culos, estarían preparados para recibir a los conquistadores con vodka y caviar, ofreciéndose para llevar a cabo cualquier clase de trabajo que se les ocurriera a los rusos. ¿Y sabéis quiénes se retirarían a los bosques, con cuchillos de caza y rifles Springfield, quiénes seguirían luchando durante cien años? Los bomberos voluntarios, ¡sí señor!

Le metieron en la cárcel de Swarthmore por borrachera y escándalo público. Cuando se despertó a la mañana siguiente, la policía llamó a su esposa. Eliot les ofreció sus disculpas y se fue tristemente a casa.

Pero al cabo de un mes estaba de nuevo en marcha; de juerga con los bomberos de Clover Lick, West Virginia, una noche; de parranda con los de New Egypt, New Jersey, a la siguiente. En ese viaje cambió sus ropas con otro, dándole un traje de cuatrocientos dólares por un modelo azul, 1939, de chaqueta cruzada, con unas hombreras como Gibraltar, solapas como las alas del arcángel San Gabriel y unas arrugas en el pantalón que parecían cosidas a la tela.

—Debes estar loco —dijo el bombero de New Egypt.

—No quiero parecer yo mismo —replicó Eliot—. Quiero que te vean a ti en mí. Vosotros sois la sal de la tierra. Vosotros sois todo lo que hay de bueno en América, los hombres que lleváis estos trajes. Sois el alma de la Infantería de Estados Unidos.

Y Eliot siguió vagando y entregando todo su guardarropa excepto el frac, el smoking y un traje de franela gris. Su armario, un mueble que medía seis metros, se convirtió en un deprimente museo de sobretodos, monos, trajes especiales de Robert Hall, chaquetas de campo, chaquetas Eisenhower, jerseys, etcétera. Sylvia quiso quemarlo todo, pero él le dijo:

—Puedes quemar, si quieres, el frac, el smoking y el traje de franela gris.

Ya entonces estaba Eliot enfermo, pero no había nadie que recomendara un tratamiento, ni nadie estaba tan ansioso por apoderarse de los beneficios como para querer demostrar su locura. Por aquellos días el pequeño Norman Mushari sólo tenía doce años; coleccionaba modelos de aviones de plástico, se masturbaba y llenaba la habitación con fotografías del senador Joe McCarthy y Roy Cohn. Eliot Rosewater estaba muy lejos de su mente.

Sylvia, educada entre ricos excéntricos y encantadores, era demasiado europea para hacer que lo encerraran. Y el senador estaba entregado a la lucha política más importante de su vida, reuniendo las fuerzas republicanas reaccionarias destruidas por la elección de Dwight David Eisenhower. Cuando le contaron el curioso modo de vivir de su hijo, se negó a preocuparse, basándose en que el chico estaba bien educado:

—Tiene fibra, tiene agallas —dijo el senador—. Está haciendo experimentos. Recobrará el sentido en el momento en que se halle bien y dispuesto. En esta familia jamás hubo, ni habrá, un borracho crónico o un loco crónico.

Después de decir esto, entró en la Cámara del Senado, donde pronunció su famoso discurso sobre la Era Dorada de Roma, del que reproducimos una parte:

—Me gustaría hablar del emperador Octavio, de César Augusto, de cómo llegó a ser conocido. Este gran humanista, pues era un humanista en el más profundo sentido de la palabra, tomó el mando del Imperio romano en un período degenerado, muy parecido al nuestro. La prostitución, el divorcio, el alcoholismo, el liberalismo, la homosexualidad, la pornografía, el aborto, la venalidad, el crimen, el control del trabajo, la delincuencia juvenil, la cobardía, el ateísmo, la extorsión, la difamación y el robo estaban en el pináculo de la moda. Roma era el paraíso de los gangsters, los pervertidos y los haraganes, lo mismo que ahora es América. Como sucede hoy en nuestro país, las fuerzas de la ley y el orden eran abiertamente atacadas por la multitud, los niños crecían desobedientes, no tenían respeto alguno por sus padres ni su país; ninguna mujer decente caminaba segura por la calle, ¡ni siquiera a mediodía! Los extranjeros listos, avispados y dedicados al soborno florecían por todas partes. Y, muy por debajo de los grandes cambistas de la ciudad, estaban los honrados granjeros, la espina dorsal del ejército romano y el alma de Roma.

»¿Cómo resolver aquel estado de cosas? Había entonces liberales blandos, como hay liberales torpes ahora, que dijeron lo que los liberales dicen siempre después de que han llevado a una gran nación a esa condición ilegal e incomprensible: "¡Pero si estamos mejor que nunca! ¡Fijaos en la libertad! ¡Pensad en la igualdad! ¡Mirad cómo hemos arrojado de la escena la hipocresía sexual! La gente se avergonzaba antes cuando pensaba en la violación y la fornicación, ¡pero ahora pueden hacerlo alegremente cuando quieran!"

»¿Y qué podían decir los terribles y serios conservadores de aquella época feliz? Bueno, no quedaban muchos, se morían de ancianidad en medio del ridículo. Sus hijos se habían vuelto contra ellos gracias a los liberales, a los proveedores del sol y la luna sintéticos, a los inútiles políticos que practicaban el strip-tease, a la gente que amaba a todo el mundo, bárbaros incluidos. ¡Aquellos imbéciles amaban tanto a los bárbaros que querían abrirles todas las puertas, que los soldados dejaran sus armas y que los bárbaros entraran en el Imperio!

»Esa era la Roma a la que volvió César Augusto después de derrotar a aquellos dos maníacos sexuales, Antonio y Cleopatra, en la gran batalla naval de Accio. No creo necesario repetir todo lo que pensó cuando visitó la Roma que debía gobernar. Guardemos unos momentos de silencio, y que cada uno piense lo que quiera de los chanchullos de hoy.

Hubo, pues, un momento de silencio, de unos treinta segundos, que a algunos les parecieron mil años.

—Y ¿qué métodos utilizó César Augusto para poner orden en todo aquello? Hizo lo que nos dicen a menudo que no debemos hacer, lo que afirman que jamás servirá de nada: convirtió la moral en ley, y reforzó aquellas leyes irrebatibles con una fuerza de policía cruel y que jamás sonreía. Y a partir de entonces fue ilegal que un romano se condujera como un cerdo. ¿Me oís? ¡Ilegal! Y los romanos que eran cogidos actuando como cerdos eran colgados de los pulgares cabeza abajo, arrojados a los pozos o a los leones, o sufrían experiencias que les inculcaran el deseo de ser más decentes y respetables de lo que eran. ¿Sirvió de algo? ¡Ya podéis apostar las botas a que sí! ¡Los cerdos desaparecieron como por arte de magia! Y ¿cómo se llama el período que siguió a esa "opresión inconcebible"? Nada más y nada menos, amigos y vecinos, que "la Edad de Oro de Roma".

»¿Piensa alguien que sugiero que debemos seguir ese sangriento ejemplo? ¡Pues sí! Apenas transcurre un día en el que no diga de un modo u otro: "Forcemos a los americanos a ser tan buenos como debieran". ¿Piensa alguien que creo que debemos echar a los canallas a los leones? Bien, pues para dar gusto a los que se complacen en imaginarme dominado por las pasiones primitivas, dejadme decir: ¡Sí, claro que sí, esta misma tarde si es posible! Para desilusionar a mis críticos, diré que estoy hablando en broma. No me divierten los castigos crueles y extraños, no. Me fascina el hecho de que una zanahoria y un palo sea lo que hace andar a un burro, y que este descubrimiento pueda tener cierta aplicación en el mundo de los seres humanos.

Etcétera. El senador dijo que la zanahoria y el palo se habían convertido en el Sistema de Empresa Libre, tal como lo concibieron los Padres Fundadores; pero que los seres bondadosos, tan bondadosos que pensaban que la gente no debía tener que luchar por nada, habían alterado la lógica del sistema hasta hacerla irreconocible.

—En resumen —dijo—, veo dos alternativas ante nosotros: podemos convertir la moral en ley y reforzar duramente esos preceptos morales, o volver al verdadero Sistema de Empresas Libres, que incluye en él la justicia fundamental de César Augusto de "Lucha o perecerás". Favorezco enfáticamente la última alternativa. Hemos de ser duros para convertirnos de nuevo en una nación de buenos luchadores, dejando que perezcan los débiles. Ya he hablado de otra época difícil en la historia antigua. En caso de que hayáis olvidado el nombre os refrescaré la memoria: la Edad de Oro de Roma, amigos y vecinos, la Edad de Oro de Roma.



Eliot no contaba con amigos que pudieran ayudarle en aquella época de crisis. Los ricos se enojaron porque él les gritaba que todo cuanto tenían lo debían únicamente a la pura suerte. Los artistas se enfadaron porque les decía que los únicos que prestaban atención a sus obras eran los imbéciles que no tenían nada que hacer. Ofendió a sus amigos del colegio al preguntarles: «¿Quiénes tienen tiempo de leer todas las estupideces que escribís y escuchar las cosas tan aburridas que decís?». Y se ganó la antipatía de los científicos al darles las gracias de modo extravagante por los avances científicos sobre los que había leído en la prensa y asegurarles, con el rostro perfectamente serio, que la vida era mejor cada día gracias al pensamiento científico.

Después se puso en manos de un psiquiatra. Dejó de beber, volvió a preocuparse de su aspecto, expresó entusiasmo por las artes y ciencias y recuperó muchos amigos.

Sylvia se sentía más feliz que nunca. Y de pronto, un año después de comenzado el tratamiento, quedó asombrada ante una llamada del psiquiatra. Abandonaba el caso porque, según su terca opinión vienesa, Eliot era intratable.

—¡Pero si le ha curado!

—Si yo fuera un charlatán de Los Angeles, querida señora, estaría totalmente de acuerdo. Pero no soy hipócrita. Su marido posee la neurosis mejor defendida con que me he tropezado en la vida. No puedo imaginar la naturaleza de esa neurosis. En todo un año de trabajo, apenas he conseguido arañar la superficie.

—¡Pero si él siempre vuelve a casa tan alegre, después de estar con usted!

—¿Sabe de qué hablamos?

—Pensé que era mejor no preguntarlo.

—¡De la historia de América! He ahí un hombre muy enfermo que, entre otras cosas, mató a su madre, y cuyo padre es un terrorífico tirano. Y ¿de qué habla cuando le invito a dejar vagar su mente? ¡De historia americana!

La declaración de que Eliot había matado a su amada madre era, en cierto modo, crudamente cierta. Cuando tenía diecinueve años se la llevó a navegar en bote por Cotuit Harbour. Al mudar un botavante, el golpetazo tiró a su madre por la borda. Eunice Morgan Rosewater se hundió como una piedra.

—Le pregunto con quién sueña —continuó el doctor— y me responde: «Con Samuel Gompers, Mark Twain y Alexander Hamilton». Le pregunto si su padre aparece alguna vez en sus sueños y me contesta: «No, pero Thorsten Veblen sí». Señora Rosewater, me siento derrotado. Dimito.

Eliot pareció algo divertido ante la dimisión del doctor.

—No entiende la enfermedad, así que se niega a admitir que exista —dijo en tono ligero.

Esa tarde fue con Sylvia al Metropolitan para el estreno de una nueva puesta en escena de Aída. La Fundación Rosewater había pagado los trajes. Eliot se veía simplemente maravilloso: alto, de rigurosa etiqueta, con el enorme y amistoso rostro sonrosado y los brillantes ojos azules como un anuncio de higiene mental.

Todo fue bien hasta la última escena de la ópera, en la que meten a los protagonistas en una cámara cerrada para que mueran asfixiados. Mientras la pareja llenaba los pulmones disponiéndose a cantar, Eliot les gritó:

—¡Duraréis más si os quedáis callados! —se puso de pie, se inclinó hacia fuera del palco e insistió—: ¡A lo mejor no sabéis nada sobre el oxígeno, pero yo sí! Creedme, ¡no debéis cantar!

El rostro fue quedándosele blanco y vacío. Sylvia le tiró de la manga. Eliot la miró con aire ausente y dejó que se lo llevaran como si fuera un globo de juguete.



3



Norman Mushari se enteró de que, la noche de Aída, Eliot desapareció de nuevo, saltando del taxi que le llevaba a casa en el cruce de la calle Cuarenta y Dos y la Quinta Avenida.

Diez días más tarde Sylvia recibió una carta escrita en la oficina del Departamento de Bomberos Voluntarios de Elsinore, en Elsinore, California. El nombre del lugar le había lanzado a una nueva serie de especulaciones sobre sí mismo, que culminaron en su creencia de que, en cierto modo, él tenía mucho del Hamlet de Shakespeare. Decía la carta:



«Querida Ofelia:

»Elsinore no es en realidad lo que yo esperaba, o a lo mejor es que hay más de uno y yo no he venido al verdadero. Los jugadores de fútbol de aquí se denominan "los daneses luchadores", pero en las ciudades de alrededor los conocen como "los daneses melancólicos". En los pasados tres años han ganado un partido, empatado dos y perdido veinticuatro. Supongo que eso es influencia de Hamlet.

»Lo último que me dijiste antes de que saliera del taxi, es que tal vez debiéramos divorciarnos. Yo no me di cuenta de que la vida te resultara tan incómoda. Me doy cuenta de que me cuesta mucho darme cuenta. Todavía me cuesta darme cuenta de que soy un alcohólico, aunque los extraños lo averiguan en seguida.

»Quizá sea presunción por mi parte creer que tengo cosas en común con Hamlet, que tengo una misión importante, aunque de momento aún no sepa cómo llevarla a cabo. Claro que Hamlet tuvo una ventaja muy grande, porque el fantasma de su padre le dijo exactamente lo que tenía que hacer, y en cambio yo opero sin instrucciones. Pero hay algo en algún sitio que trata de decirme dónde debo ir, qué debo hacer allí y por qué. No te preocupes, no oigo voces. Pero siento claramente que tengo un destino lejos de esa triste y despreciable farsa que es nuestra vida en Nueva York. Y sigo errante.

»Y sigo errante…»



El joven Mushari quedó desilusionado al leer que Eliot no oía voces. Pero la carta terminaba con algo que era una auténtica chifladura. Describía todo el sistema extintor de incendios de Elsinore como si Sylvia estuviera ansiosa de tales detalles.



«Aquí pintan las máquinas de incendios con rayas naranja y negras, como los tigres. ¡Es asombroso! Ponen detergente en el agua, y así las paredes se empapan bien y el agua llega mejor al fuego. Realmente es de sentido común, con tal que no estropee las bombas y mangueras. Todavía no lo han usado bastante tiempo para saberlo a ciencia cierta. Les dije que debían escribir al fabricante de las bombas para decirle lo que están haciendo y ellos me dijeron que lo harían. Creen que soy un gran bombero voluntario del lejano Este. ¡Qué personas más maravillosas! No son como los estúpidos y aduladores que vienen a llamar a las puertas de la Fundación Rosewater. Son como los americanos que conocí en la guerra.

»Ten paciencia, Ofelia.

»Con cariño,

»Eliot



Se trasladó de Elsinore a Vashti, Texas, y allí dio con sus huesos en la cárcel, porque se llegó hasta el Departamento de Bomberos, cubierto de polvo y con una barba de muchos días, y empezó a hablar con algunos ociosos. Dijo que el Gobierno debía repartir las riquezas del país de modo equitativo; no estaba bien que unas personas tuvieran más de lo que podían usar jamás y otros no tuvieran nada.

Continuó diciendo cosas como ésta:

—¿Saben?, yo creo que el propósito principal del Ejército, la Marina y la Infantería de Marina consiste en dar trajes limpios, planchados y nuevos a los americanos pobres para que a los americanos ricos no les ofenda mirarlos.

Mencionó también una revolución. En su opinión habría una dentro de unos veinte años, y esperaba que fuera buena si la dirigían los veteranos de la infantería y los bomberos voluntarios.

Le metieron en la cárcel por sospechoso. Le soltaron después de una serie de preguntas y respuestas. Le hicieron prometer que jamás volvería a Vashti.

Una semana después apareció en New Vienna, Iowa. Escribió otra carta a Sylvia desde el Departamento de Bomberos de la localidad. Llamaba a Sylvia «la mujer más paciente del mundo» y le decía que su larga vigilia estaba a punto de terminar.



«Ahora sé —escribió— dónde debo ir. ¡Me voy allá a toda velocidad! Ya te telefonearé cuando llegue. Tal vez me quede para siempre. Todavía no veo muy claro lo que debo hacer cuando llegue allí, pero también lo veré entonces, seguro. ¡Las escamas están cayendo de mis ojos!

»A propósito, les dije a los bomberos de aquí que podían probar a poner detergente en el agua, pero que escribieran primero al fabricante de las bombas. Les gusta la idea. Van a proponerla en la próxima reunión. He pasado dieciséis horas sin una copa y no echo de menos el veneno. ¡En absoluto! Adiós.»



Cuando Sylvia recibió esa carta, inmediatamente hizo que le aplicaran al teléfono un aparato de cinta magnetofónica, una magnífica idea de Norman Mushari. Sylvia lo hizo porque pensaba que Eliot se había vuelto al fin completamente loco. Cuando llamara, quería conservar todas las pistas sobre su situación y condiciones a fin de conseguir pruebas para el juicio.

Y llegó la llamada:

—¿Ofelia?

—¡Oh, Eliot, Eliot! ¿Dónde estás, cariño?

—En América, entre los degenerados hijos y nietos de los pioneros.

—Pero ¿dónde? ¿Dónde?

—En todas partes…, en cualquier parte…, en una cabina telefónica de aluminio y cristal, en un lugarcito de América, con monedas americanas extendidas sobre el estante ante mí. También hay un mensaje escrito con bolígrafo en el estante.

—¿Y qué dice?

—«Sheila Taylor es una imbécil». Seguro que es verdad.

De pronto Sylvia escuchó un estrépito por el teléfono.

—¡Anda! —exclamó Eliot—. Un autobús enorme ha hecho sonar flatulentamente sus trompetas romanas ante la estación de autobuses, que también es una pastelería. ¡Mira! Sólo un viejo americano ha respondido a la llamada, y sale renqueando. Nadie le dice adiós, tampoco él mira arriba y abajo de la calle esperando que alguien le hable. Lleva un paquete de papel marrón atado con un cordel. Se va a alguna parte…, sin duda a morir.

»Ahora se despide de la única ciudad que jamás ha conocido, de la única vida que ha conocido. Pero no puede pensar en decir adiós a su universo. Todo su ser está pendiente de no ofender al poderoso conductor de autobuses que le mira despectivamente desde su trono de piel azul. ¡Ay, qué pena! El viejo americano consigue subir a bordo, pero ahora no puede encontrar su billete. ¡Lo ha encontrado al fin! Pero es demasiado tarde, ¡demasiado tarde! El conductor está rabioso. Cierra la puerta y sale con un salvaje rugido de marchas; toca la bocina, asusta a una vieja americana que cruza la calle y hace temblar los vidrios de las ventanillas. Todo es odio, odio, odio.

—Eliot, ¿hay un río ahí?

—La cabina telefónica está en el amplio valle de ese sumidero llamado el Ohio. El Ohio está a treinta millas al sur. Carpas tan grandes como submarinos atómicos engordan en el cieno de los hijos y nietos de los pioneros. Más allá del río están las colinas, en otro tiempo verdes, de Kentucky, la tierra prometida de Daniel Boone, ahora destrozada y hendida por las minas, muchas de ellas propiedad de una fundación benéfica y cultural dotada por una familia americana bastante antigua, llamada Rosewater.

»Al otro lado del río, los edificios de la Fundación Rosewater quedan algo difusos. Pero en este lado, justo en torno a mi cabina telefónica, y en una distancia de unas cuantas millas a la redonda, la Fundación lo posee casi todo. Sin embargo, la Fundación no se ha metido para nada con el próspero negocio de los gusanos. En todas las casas hay letreros que dicen "Se venden gusanos".

»La principal industria de aquí, aparte los gusanos y los cerdos, la constituyen las fábricas de sierras. Naturalmente, son propiedad de la Fundación. Como las sierras son aquí tan importantes, los atletas de la Escuela Superior Noah Rosewater son llamados "las sierras luchadoras". En realidad, no quedan muchos trabajadores. La fábrica es casi completamente automática. Si sabes manejar una máquina, puedes dirigir la fábrica y hacer doce mil sierras en un día.

»Un joven, uno de esos "sierras luchadoras" de unos dieciocho años, pasa despreocupadamente ante mi cabina telefónica luciendo los sagrados colores azul y blanco. Parece peligroso, pero no haría daño a un niño. Sus estudios favoritos en la escuela fueron Civismo, y los Problemas en la Moderna Democracia Americana; los dos se los enseñó el profesor de baloncesto. Este chico sabe que cualquier cosa violenta que hiciera no sólo debilitaría a la República, sino que también arruinaría su propia vida. No hay trabajo para él en Rosewater. Hay muy poco trabajo para él en cualquier parte. A veces lleva en el bolsillo folletos sobre el control de natalidad que muchas personas juzgan alarmantes y de mal gusto, pero esas mismas personas encuentran alarmante y de mal gusto que el padre del muchacho no utilizara el control de natalidad. ¡Otro chico echado a perder por la abundancia de la posguerra! ¡Otro principito de ojos de grosella! Ahora se encuentra con su chica, una chica que no tendrá más de catorce años…, una Cleopatra de a cinco centavos, una palabra de cuatro letras.

»Al otro lado de la calle están los bomberos, cuatro camiones, tres borrachos, dieciséis perros y un hombre alegre y sobrio con una caja de limpiametales.

—¡Oh, Eliot, Eliot! ¡Ven a casa! ¡Ven a casa!

—¿No lo comprendes, Sylvia? Estoy en casa. Ahora sé que éste ha sido siempre mi hogar, la ciudad de los Rosewater: la cuna de los Rosewater, Rosewater County, en el Estado de Indiana.

—Y ¿qué te propones hacer allí, Eliot?

—Me voy a preocupar de estas gentes.

—Eso… eso está muy bien —dijo Sylvia sin comprender.

Era una muchacha pálida y delicada, instruida, graciosa. Tocaba el arpa, y hablaba seis idiomas de modo encantador. Durante su infancia y juventud había conocido muchos grandes hombres en casa de su padre… Picasso, Schweitzer, Hemingway, Toscanini, Churchill, De Gaulle. Nunca había visto Rosewater County, ni tenía idea de lo que era un gusano, ni sabía que en algún sitio pudiera ser la tierra tan insoportablemente monótona, ni la gente tan terriblemente aburrida.

—Miro a estas personas, a estos americanos —continuó Eliot— y me doy cuenta de que ni siquiera saben preocuparse de sí mismos, porque no tienen utilidad. La fábrica, las granjas, las minas del otro lado del río… son casi completamente automáticas ahora. Y América ni siquiera necesita a esas personas para la guerra. Ya no. Sylvia, voy a ser artista.

—¿Artista?

—Voy a amar a esos inútiles americanos, aunque lo sean, aunque no sean atractivos. Esa va a ser mi obra de arte.



4



Rosewater County, el lienzo en que Eliot se proponía pintar con amor y comprensión, era un rectángulo en el que otros hombres —especialmente otros Rosewater— habían hecho ya algunos atrevidos diseños. Los predecesores de Eliot se habían anticipado a Mondrian. Sus caminos corrían hacia el este y el oeste; hacia el norte y el sur. Cortando exactamente el condado y deteniéndose en sus fronteras, había un canal estancado de veinte kilómetros de largo. Era la única gota de realidad exprimida por el bisabuelo de Eliot a la fantasía de acciones y obligaciones de un canal que uniría Chicago, Indianapolis, Rosewater y el Ohio. Ahora había lucios, gobios y carpas en el canal. Las personas interesadas en pescarlos compraban los tan anunciados gusanos.

Los antecesores de la mayoría de los comerciantes en gusanos habían sido accionistas en el Canal Interestatal Rosewater. Cuando el proyecto se vino abajo, algunos perdieron sus granjas, que fueron adquiridas por Noah Rosewater. New Ambrosia, comunidad utópica del ángulo sudoeste del distrito, invirtió todo cuanto tenía en el canal y perdió. La comunidad estaba formada por alemanes comunistas y ateos que practicaban el matrimonio en grupos, la sinceridad absoluta, la limpieza absoluta y el absoluto amor. Ahora estaban esparcidos a los cuatro vientos, como los papeles que representaban su parte en el canal. Pero nadie sintió que se fueran. Su única contribución al país que aún estaba en pie en la época de Eliot era la cervecería convertida en el centro de la Cerveza Dorada Ambrosía Lager de Rosewater. En la etiqueta de cada lata de cerveza estaba pintado el cielo en la Tierra que se propusieron construir los habitantes de New Ambrosia. La ciudad soñada tenía iglesias rematadas con esbeltas agujas. Las agujas acababan en un pararrayos. El cielo estaba lleno de querubines.

La ciudad de Rosewater era el centro muerto del distrito. En el centro muerto de la ciudad había un Partenón construido todo él de honrado ladrillo rojo, hasta sus columnas. El tejado era de cobre verde. El canal atravesaba la ciudad, como en otro tiempo la atravesara el ferrocarril central de Nueva York (Monon) y los ferrocarriles de Nickel Plate.

Cuando Eliot y Sylvia llegaron allí, sólo quedaba el canal y las vías del Monon, pero el ferrocarril había quebrado y las vías lucían un tono desvaído.

Al oeste del Partenón estaba la antigua Compañía de Fabricación de Sierras Rosewater, también de ladrillo rojo, con tejado verde también. Pero el tejado estaba hundido a medias y las ventanas sin cristales. Era una New Ambrosia para las golondrinas y murciélagos. Los cuatro relojes de la torre carecían de saetas, y el armazón de metal estaba lleno de nidos.

Al este del Partenón estaba el Tribunal de Justicia, también de ladrillo rojo, de tejado verde también. La torre era idéntica a la de la vieja Compañía de Fabricación de Sierras. Tres de sus relojes aún conservaban las saetas, pero no funcionaban. Como un absceso en la base de un diente enfermo, en el sótano de aquel edificio público prosperaba un negocio particular. El anuncio de neón rojo decía: «Salón de Belleza de Bella». Bella pesaba más de cien kilos.

Al este del Tribunal de Justicia estaba el Parque Conmemorativo de los Veteranos de Samuel Rosewater. Tenía una bandera y un cuadro con los nombres de los caídos. Este cuadro de honor era una plancha de madera pintada de negro, colgada de un simple palo y con un alero de apenas cinco centímetros de ancho. Allí estaban los nombres de las personas de Rosewater County que habían dado sus vidas por la patria.

Las otras únicas construcciones de ladrillo eran la Mansión Rosewater y su cochera, que se alzaban en una elevación artificial del terreno al extremo este del parque, rodeadas por una verja de hierro; y la Escuela Superior Noah Rosewater, centro de los «sierras luchadoras», que limitaba el parque por el sur. Al norte del parque estaba la Opera Rosewater, un edificio espantoso, con aspecto de pastel de boda, convertido ahora en la Oficina de Bomberos. Todo lo demás eran casas repugnantes, chozas, alcoholismo, ignorancia, idiotez y perversión, ya que todo lo sano, trabajador e inteligente de Rosewater County se apresuraba a largarse de allí.

La nueva Compañía de Fabricación de Sierras Rosewater, ladrillo amarillo y sin ventanas, se alzaba en un sembrado a medio camino entre Rosewater y New Ambrosia, servida por una nueva y brillante línea del New York Central y por una amplia carretera de dos direcciones que pasaba a dieciséis kilómetros de la ciudad. Allí estaba también el Motel Rosewater, y la Bolera Rosewater, y los grandes elevadores de grano, y los gallineros de las granjas Rosewater. Y los pocos agrónomos, ingenieros, cerveceros, contables y administradores bien pagados que hacían todo cuanto había que hacer, vivían en un círculo defensivo de ranchos lujosos en otro espacio de terreno cerca de New Ambrosia, una comunidad llamada, sin razón alguna, «Avondale». Todos tenían patios iluminados por el gas y terrazas con barandillas de metal extraído del antiguo Nickel Plate.

En relación con todas aquellas personas limpias de Avondale, Eliot se alzaba como un monarca constitucional, ya que eran empleados de la Corporación Rosewater y todas las propiedades que ellos administraban pertenecían a la Fundación Rosewater. Eliot no podía decirles lo que habían de hacer, pero era su rey, y Avondale lo sabía.

De modo que cuando el rey Eliot y la reina Sylvia establecieron su residencia en la Mansión Rosewater, recibieron una verdadera lluvia de invitaciones, visitas, notas aduladoras y llamadas telefónicas de Avondale. De momento aceptaron las visitas. Eliot exigió de Sylvia que recibiera a todos los visitantes prósperos con un aire cordial, pero distraído. Las mujeres de Avondale salieron de la mansión muy tiesas, como si —según dijo alegremente Eliot— alguien les hubiera dado una palmadita en el trasero.

Es interesante advertir que los tecnócratas ambiciosos de Avondale lanzaron la teoría de que los Rosewater los despreciaban porque se sentían superiores a ellos. Incluso disfrutaron discutiendo sus opiniones incansablemente. Estaban ávidos de lecciones de un auténtico y superior esnobismo, y Eliot y Sylvia podían enseñarles mucho, al parecer.

Pero entonces el rey y la reina sacaron el cristal, la plata y el oro de la familia Rosewater del Banco Nacional Rosewater y empezaron a dar magníficos banquetes a los granujas, a los pervertidos, los hambrientos y los obreros parados.

Escucharon sin cansarse los sueños temerosos y vagos de los que, en opinión de cualquiera, hubieran estado mejor muertos. Les dieron su amor y grandes sumas de dinero. Aparte de esta vida social, motivada por su sentimiento compasivo, sólo se relacionaron con el Departamento de Bomberos Voluntarios de Rosewater. Eliot ascendió rápidamente al cargo de teniente de bomberos, y Sylvia fue elegida presidenta de las Damas Auxiliares. Aunque jamás había tocado los bolos, también la hicieron capitana del equipo de bolos femenino.

El suntuoso respeto de Avondale por la monarquía se convirtió en un incrédulo desprecio primero y después en un furor salvaje. Atacaron por turno sus pasiones bestiales, la bebida, el adulterio. Las voces de Avondale chirriaban cual cuchillo que intentara cortar el metal cuando discutían sobre el rey y la reina, como si acabaran de derrocar a los tiranos. Avondale ya no era una reunión de empleados de porvenir, sino que parecía poblado por vigorosos miembros de la verdadera clase gobernadora.

Cinco años más tarde Sylvia sufrió un colapso nervioso, y quemó el Departamento de Bomberos. Tan sádica se había vuelto Avondale en su opinión sobre los regios Rosewater, que todos rieron.

Sylvia fue internada en una clínica particular de enfermos mentales en Indianapolis, llevada hasta allí por Eliot y Charles Warmergran, el jefe de bomberos, que la metieron en el coche de éste, un viejo «Henry J», con sirena en la parte superior. Se la confiaron al doctor Ed Brown, un joven psiquiatra que más tarde se hizo famoso describiendo su enfermedad. En su obra llamaba a Eliot y Sylvia «señor y señora Z», y a la ciudad de Rosewater «Hometown, Estados Unidos». Acuñó una palabra nueva para la enfermedad de Silvia: Samaritrofia, que significaba, en su opinión: «indiferencia histérica ante el dolor de los que son menos afortunados que uno mismo».

Norman Mushari leyó el tratado del doctor Brown, que estaba también en los archivos confidenciales de McAllister, Robjent, Reed y McGee. Sus ojos dulzones, húmedos, vacunos, le forzaban a ver las páginas como veía el mundo, a través de un baño de aceite de oliva.

«Samaritrofia», leyó, «es la supresión de la conciencia activa por el resto de la mente. "¡Debes aceptar todas mis instrucciones!", grita, en efecto, la conciencia a los demás procesos mentales. Estos procesos lo intentan durante algún tiempo, pero después observan que la conciencia está intranquila, que sigue chillando, y advierten también que el mundo exterior no ha sido mejorado, ni siquiera microscópicamente, por los actos generosos exigidos por la conciencia.

»Y al fin se rebelan. Entonces colocan a la tiránica conciencia en una mazmorra y la cierran con siete llaves. ¡Ya no la oyen! En el dulce silencio, los procesos mentales buscan un nuevo guía, e inmediatamente aparece, una vez acallada la conciencia, el Iluminado Egoísmo, el cual les ofrece una bandera que todos adoran a primera vista. Naturalmente, ésta es la bandera blanca y negra de los piratas, con estas palabras escritas bajo la calavera y las tibias cruzadas: "¡Al infierno contigo, Jack, yo ya tengo lo mío!"

»No me parecía sensato —continuaba la obra del doctor Brown, que Mushari leía ansiosamente— dejar de nuevo en libertad a la alborotadora conciencia de la señora Z. Tampoco me satisfacía mucho librarme de ella viéndola tan dura de corazón. Entonces me propuse, como meta de mis tratamientos, mantener prisionera a la conciencia, pero alzar un poco la tapa de la mazmorra de modo que sus gritos se oyeran apenas, cosa que conseguí con algunas pruebas y errores, mediante la quimioterapia y el shock. No me sentí orgulloso, pues había transformado a una mujer muy profunda en un ser anodino; había bloqueado los ríos subterráneos que podían conectarla con los océanos Atlántico, Pacífico e Indico, dejándola muy satisfecha de ser una piscinita de un metro de largo por diez centímetros de profundidad, pintadita de azul y con agua purificada con cloro.

¡Qué, doctor! ¡Qué cura! ¡Y qué modelos tuve que elegir para determinar el grado de culpa y de piedad que podía permitírsele a la paciente! Los modelos eran personas con reputación de normales. Después de una profunda y dolorosa investigación sobre la normalidad en este tiempo y lugar, este médico se vio obligado a admitir que una persona normal, con funcionamiento normal en los niveles superiores de una sociedad próspera e industrializada, apenas puede oír a su conciencia.

»De modo que cualquier mente lógica puede deducir que soy culpable de charlatanería al declarar como nueva una enfermedad, la samaritrofia, que virtualmente es tan común entre los americanos sanos como las narices, por así decirlo. Pero ésta es mi defensa; la samaritrofia es sólo una enfermedad, y violenta además, cuando ataca a los individuos excesivamente raros, que alcanzan la madurez biológica amando y queriendo ayudar a sus congéneres.

»Sólo he tratado un caso. Nunca he sabido de nadie que tratara otro. Mirando en torno mío, sólo veo otra persona abocada a un colapso samaritrófico. Esa persona, naturalmente, es el señor Z. Y tan profunda es su tendencia a la compasión que, si cayera enfermo de samaritrofia, creo que se mataría, o mataría quizás a otras cien personas, muriendo como un perro rabioso, antes de que nadie pudiera curarle.

»Curar, curar, curar… ¡Qué cura! La señora Z, después de ser tratada y curada en nuestro emporio de la salud, expresó el deseo de "salir a divertirse por variar, para animarse…" antes de perder su belleza. Desde luego, su aspecto era aún sumamente atractivo, subrayado por una expresión de infinita bondad que ya no merecía.

»No quería saber nada de Hometown ni del señor Z, y declaró que se iba en busca de la alegría de París y sus felices amigos de allí. Deseaba comprarse nuevos vestidos, dijo, y bailar, bailar y bailar hasta que se desmayara en los brazos de un desconocido alto y moreno, en los brazos, decía, de un espía.

»A menudo se refería a su marido como "ese tipo borracho y sucio del Sur", aunque jamás lo decía ante él. No parecía esquizofrénica; pero cuando su marido la visitaba, lo que hacía tres veces por semana, manifestaba ella los síntomas más agudos de la paranoia. ¡Sombras de Clara Bow! Le pellizcaba las mejillas. Le decía que quería irse una temporadita a París para ver a su querida familia y que volvería antes que él se diera cuenta. Quería que él fuera a decirle adiós, y le daba cariñosos recuerdos para todos los queridos amigos pobres de Hometown.

»El señor Z no se dejaba engañar. Fue a despedirla al aeropuerto de Indianapolis y, cuando el avión era una simple mota en el cielo, me dijo que nunca la vería de nuevo.

»—Ciertamente parece feliz —me dijo el señor Z—. Ciertamente que se divertirá mucho cuando llegue allí, con la clase de compañía que merece.

»Había usado la palabra «ciertamente» dos veces, algo irritante. E intuitivamente supe que iba a herirme de nuevo.

»—Ciertamente se lo debe a usted, en gran medida.

»Me informan los padres de la paciente, que naturalmente no se sienten muy agradecidos al señor Z, que él escribe y llama a menudo, pero ella no abre sus cartas ni se pone al teléfono. Y opinan muy satisfechos, que, como el señor Z suponía, es muy feliz.

»Pronóstico: otro colapso nervioso en el futuro próximo.

»En cuanto al señor Z, desde luego que está enfermo también, ya que no es como ningún otro hombre que yo haya conocido. No quiere salir de la ciudad excepto para viajes muy cortos hasta Indianapolis, pero no más lejos. Sospecho que no puede alejarse de la ciudad. ¿Por qué no?

»Hablando de modo totalmente anticientífico (y la ciencia es algo repugnante para un doctor después de un caso como éste), su destino está allí».

El pronóstico del buen doctor resultó correcto. Sylvia se convirtió en un miembro popular e influyente de la élite internacional, aprendió las múltiples variaciones del twist, y fue llamada la duquesa de Rosewater. Muchos hombres le propusieron matrimonio, pero ella se sentía demasiado feliz para pensar en matrimonio, o en el divorcio. Y en julio de 1964 se derrumbó de nuevo.

La trataron en Suiza. Seis meses más tarde salía de la clínica silenciosa y triste, casi insoportablemente profunda otra vez. Eliot y los desgraciados de Rosewater County tuvieron de nuevo lugar en su conciencia. Quería volver a ellos, no por deseo, sino por cierto sentido del deber. Su doctor le advirtió que la vuelta podría ser fatal. Le aconsejó que se quedara en Europa, se divorciara de Eliot y se creara una vida tranquila y con significado propio.

Así comenzaron los muy civilizados procedimientos del divorcio dirigido por la firma McAllister, Robjent, Reed y McGee.

Había llegado el momento en que Sylvia debía volver a América para el divorcio. Una vez allí, en una tarde de junio, se celebró una reunión en Washington D.C., en el apartamento del padre de Eliot, el senador Lister Ames Rosewater. Eliot no estaba allí, pues no quería salir de Rosewater County. Se hallaban presentes el senador, Sylvia, Thurmond McAllister, el viejo abogado, y su joven auxiliar Mushari.

El tono de la reunión fue franco, sentimental, generoso, a veces gracioso y siempre fundamentalmente trágico. Hubo coñac.

—De corazón —dijo el senador agitando su copa—, Eliot no ama más que yo a esos seres horribles. Le resultaría imposible quererlos si no estuviera borracho todo el tiempo. Lo he dicho ya, y lo repetiré ahora: básicamente, éste es un problema de alcoholismo. Si Eliot pudiera verse libre de su perpetua borrachera, se desvanecería esa compasión que siente por los despojos sociales que se revuelcan en el fango —unió sus manos y agitó la cabeza—. ¡Si por lo menos hubiera tenido un hijo!

El senador era un producto de St. Paul y Harvard, pero le complacía hablar con el acento cadencioso de un granjero de Rosewater County. Se quitó las gafas de aros de acero y miró a su nuera con sus apenados ojos azules.

—¡Si por lo menos…! —se puso de nuevo las gafas, y abrió las manos con aire resignado. Llenas de arrugas, sus manos parecían caparazones de tortuga—. El final de la familia Rosewater está a la vista.

—Hay otros Rosewater —recordó amablemente McAllister.

Mushari se agitó en su silla, pues pretendía representar pronto a esos otros.

—¡Yo estoy pensando en los auténticos Rosewater! —gritó el senador amargamente—. ¡Al diablo con Pisquontuit! —ese lugar de veraneo, en Rhode Island, era la residencia de la otra rama de la familia—. ¡Qué banquete se darían, qué banquete! —gruñó el senador, deleitándose en una fantasía masoquista de los Rosewater de Rhode Island recogiendo los huesos de los Rosewater de Indiana.

Tosió como un perro y la tos le dejó turbado. Era un empedernido fumador, como su hijo. Se acercó a la repisa de la chimenea y contempló una foto en color de Eliot. La foto había sido tomada al final de la Segunda Guerra Mundial, y en ella se veía a un capitán de infantería cubierto de condecoraciones.

—¡Tan limpio, tan alto, con tan buen porvenir…! ¡Tan limpio! ¡Tan limpio! —hizo crujir sus dientes falsos—. ¡Qué mente más noble se ha perdido ahí!

Se rascó, aunque nada le picaba.

—¡Qué gordo y pastoso parece en estos días! —prosiguió—. He visto pasteles de ruibarbo con mejor aspecto. Duerme con la ropa interior, y se alimenta de patatas fritas y cerveza «Ambrosía Lager». —Deslizó sus dedos sobre la fotografía—. ¡Él! ¡Él! ¡El capitán Eliot Rosewater, Medalla de Plata, Estrella de Bronce, Medalla del Soldado y Corazón Púrpura colectivo! ¡Campeón de vela! ¡Campeón de esquí! ¡Él! ¡Dios mío! Con la cantidad de veces que la vida le ha dicho «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!». Millones de dólares, cientos de amigos influyentes, la esposa más hermosa, inteligente y afectuosa que pueda imaginarse. Una educación espléndida, una mente cultivada en un cuerpo grande y limpio… ¿Y cuál es su respuesta cuando la vida le dice «¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!»? «No, no, no». ¿Por qué? ¿Me dirá alguien por qué?

Nadie le contestó.

—Tuve yo una prima, una Rockefeller precisamente —continuó el senador—, que me confesó que se había pasado tres años (cuando tenía quince, dieciséis y diecisiete) diciendo únicamente «No, gracias», lo cual está muy bien para una chica de esa edad y condición. Pero eso hubiera sido un rasgo condenadamente molesto en un Rockefeller varón, e incluso muchísimo peor, si se me permite decirlo, en un Rosewater varón.

Se alzó de hombros.

—Sea como fuere, ahora tenemos un Rosewater varón que dice «no» a todas las cosas buenas que quisiera darle la vida. Se niega incluso a vivir en la mansión.

Eliot se había trasladado a un despacho cuando vio claro que Sylvia jamás volvería a su lado.

—Podía haber sido gobernador de Indiana con un simple gesto, incluso podía haber sido presidente de los Estados Unidos con sólo un poquito de esfuerzo. ¿Y qué es? Os pregunto: ¿qué es? —el senador tosió de nuevo y contestó a su propia pregunta—: Un notario, un escribano público, amigos y vecinos, cuyo título está a punto de expirar.

Eso era verdad, en cierto modo. El único documento oficial que colgaba en la pared manchada de humedad de la oficina de Eliot era su título de notario, ya que casi todas las personas que acudían a él con sus problemas necesitaban, entre otras muchas cosas, alguien que testificara su firma.

El despacho de Eliot estaba en Main Street, una manzana al norte del Partenón de ladrillo, frente al nuevo Departamento de Bomberos que había construido la Fundación Rosewater. El despacho era pequeño, y se alzaba sobre un restaurante y una tienda de licores. Sólo había dos ventanas en la fachada, dos buhardas más bien. De una colgaba un letrero que decía «Comidas». En la otra se leía «Cerveza». Los dos anuncios eran eléctricos y se encendían y apagaban alternativamente; y mientras su padre chillaba en Washington pensando en él, Eliot dormía como un bebé, y los anuncios seguían guiñando.

Frunció la boca con gesto de Cupido, murmuró algo suavemente, se volvió de lado y roncó. Era un atleta demasiado gordo ahora, un hombre grande, de un metro noventa y más de cien kilos de peso, pálido, y que empezaba a quedarse calvo en las sienes mientras sus cabellos se arremolinaban sobre la frente. Se envolvía en las arrugas elefantiásicas de unos calzoncillos y camiseta, restos de un equipo militar. En letras doradas, a cada lado de las ventanas y en la puerta, al nivel de la calle, estaban escritas estas palabras:



FUNDACIÓN ROSEWATER

¿EN QUÉ PODEMOS AYUDARLE?



5



Eliot dormía dulcemente, aunque tenía muchos problemas.

Lo que sí parecía que tenía pesadillas era el retrete del pequeño y sucio cuarto de baño de la oficina. Suspiraba, se quejaba, gruñía como si se ahogara. Sobre el retrete había un montón de botes de conserva, formularios de impuestos y revistas. Un bol y una cuchara flotaban en el agua fría del lavabo. El botiquín estaba abierto de par en par, lleno de vitaminas, remedios para el dolor de cabeza, pomadas para las hemorroides, laxantes y sedantes. Eliot los usaba todos con regularidad, pero no eran sólo para él, sino también para todas las personas vagamente enfermas que venían a verle.

El amor, la comprensión y un poco de dinero no eran suficientes para aquellas personas. Querían medicinas también.

Los papeles formaban montones por todos lados: formularios de impuestos, impresos de la Administración de Veteranos, formularios de pensión, formularios de permiso, formularios de seguros sociales, formularios de alegación. Los montones se desmoronaban aquí y allá, formando dunas. Y entre los montones y las dunas había vasitos de papel y latas vacías de «Ambrosía», colillas de cigarrillo y botellas vacías de «Consuelo Meridional».

Clavadas con chinchetas en las paredes había fotografías recortadas por Eliot de Life y Look, fotos que se agitaban ahora con la ligera brisa que anunciaba una tormenta. Eliot se había dado cuenta de que algunas fotografías tienen la virtud de alegrar a la gente, especialmente las fotos de animales pequeñitos. A sus visitantes les gustaban también las fotografías de accidentes espectaculares. En cambio, los astronautas les aburrían. Preferían las fotografías de Elizabeth Taylor, por lo mucho que la odiaban y porque se sentían superiores a ella. Su personaje favorito era Abraham Lincoln. Eliot intentó popularizar también a Thomas Jefferson y a Sócrates, pero la gente no podía recordarlos ni distinguirlos de una visita a otra.

—¿Quién es quién? —le preguntaban.

El despacho había pertenecido en otro tiempo a un dentista, pero apenas quedaban huellas de aquel ocupante anterior, excepto en la escalera que llevaba a la calle, donde el dentista había ido clavando distintos anuncios que alababan diversos aspectos de sus servicios. Los letreros aún estaban allí, pero Eliot había borrado los mensajes. Y había escrito otro, un poema de William Blake, que decía así, repartido entre los doce escalones:



El ángel

que presidió

sobre

mi nacimiento,

dijo:

«Pequeño ser,

formado de

alegría y gozos,

ama

sin ayuda

de nada

sobre la tierra».



Al pie de las escaleras, escrito con lápiz en la pared por el propio senador, estaba su respuesta, sacada de otro poema de Blake:



El amor sólo se busca a sí mismo para complacerse,

para atraer a otro a su deleite;

goza en la pérdida de la paz del otro

y construye un infierno a despecho del cielo.



Allá en Washington, el padre de Eliot expresó en voz alta el deseo de que ojalá él y su hijo estuvieran muertos.

—Yo…, yo tengo una idea bastante sencilla —sugirió McAllister.

—Su última idea sencilla me costó el control de ochenta y siete millones de dólares.

McAllister indicó con una cansada sonrisa que no iba a disculparse por la situación de la Fundación. Después de todo, había hecho exactamente lo que tenía que hacer: había entregado la fortuna del padre al hijo, sin que el recaudador de impuestos cobrara un centavo. Él no podía garantizar que el hijo fuera convencional.

—Quisiera sugerir que Eliot y Sylvia hicieran un último intento de reconciliación.

Sylvia agitó la cabeza.

—No —susurró—. Lo siento. No.

Estaba encogida en un gran sillón. Se había quitado los zapatos. Su rostro era un óvalo blanquecino en contraste con el pelo rabiosamente negro. Tenía ojeras violáceas.

—No.

Su médico opinaba en contra de la reconciliación, y ella estaba de acuerdo con él. El segundo trastorno nervioso y la recuperación no la habían convertido de nuevo en la Sylvia de los primeros días de Rosewater County, sino que le habían dado una personalidad totalmente nueva, la tercera desde su matrimonio con Eliot. Y lo más destacado de esta tercera personalidad era un sentimiento de terror, de vergüenza por sentir repugnancia por los pobres y por la higiene personal de Eliot, y un deseo suicida de ignorar su repugnancia, de volver a Rosewater y morir pronto por una buena causa.

Tuvo, pues, que echar mano de toda su consciente oposición superficial a la autoinmolación, aconsejada por su médico, para repetir:

—No.

El senador barrió la fotografía de Eliot de la repisa de la chimenea.

—¿Quién puede culparla? ¡Revolcarse otra vez en el cieno con ese gitano borracho al que llamo mi hijo! —se disculpó por la crudeza de esta última imagen—. Los viejos sin esperanza tienen tendencia a ser a la vez crudos y acertados. Perdona.

Sylvia inclinó su encantadora cabeza y después la alzó de nuevo.

—Yo no le juzgo un gitano borracho.

—¡Pues yo sí, Dios mío! Cada vez que me veo obligado a mirarle, doy en pensar: ¡Menudo campo para una epidemia de tifus! No te preocupes de no herir mis sentimientos, Sylvia. Mi hijo no se merece una mujer decente. Se merece lo que tiene: la llorona camaradería de prostitutas, alcahuetas y ladrones.

—No todos son tan malos, papá Rosewater.

—Tal como yo lo entiendo, eso es lo que principalmente atrae a Eliot: que no hay absolutamente nada bueno en ellos.

Sylvia, con dos trastornos nerviosos sobre las espaldas, y sin saber claramente qué haría de su futuro, dijo tranquilamente, como su doctor hubiera querido que hiciera:

—No deseo discutir.

—¿Es que aún podrías discutir a favor de Eliot?

—Sí. Si no hay otra cosa que pueda quedar clara esta noche, al menos déjame explicarte esto: Eliot tiene razón en hacer lo que está haciendo. Es hermoso lo que hace. Yo no soy, sencillamente, lo bastante fuerte y lo bastante buena para continuar a su lado. La culpa es mía.

Una dolorosa confusión y un gran desamparo cubrieron el rostro del senador.

—Dime algo bueno sobre esas personas a quienes Eliot ayuda.

—No puedo.

—¡Lo suponía!

—Es algo secreto —dijo ella, forzándose a no discutir, tratando de encontrar el argumento que detuviera la discusión.

Sin percatarse de cuan implacable se mostraba, el senador la apremió más aún:

—Ahora estás entre amigos. Supongamos que nos dices cuál es ese gran secreto.

—El secreto es que son humanos —dijo Sylvia.

Miró todos los rostros en busca de un poco de comprensión. No la encontró. El último rostro que examinó fue el de Norman Mushari. Éste le respondió sólo con una odiosa sonrisa de avidez y lascivia. Sylvia se excusó de pronto, entró al cuarto de baño y se echó a llorar.

Se escucharon truenos en Rosewater, y un perro salió brincando del Departamento de Bomberos con rabia psicosomática. Después se detuvo temblando en el centro de la calle. Las luces del alumbrado público eran muy débiles y estaban bastante separadas, y el resto de la iluminación provenía de un farol azul frente a la estación de policía, en la planta baja del Tribunal de Justicia; un farol rojo ante el Departamento de Bomberos; y una bombilla blanca en la cabina telefónica, al otro lado de la calle, frente a la cantina de la fábrica de sierras, que era también la estación de autobuses.

Hubo un estallido. El rayo lo convirtió todo en diamantes azulados.

El perro corrió a la puerta de la Fundación Rosewater, aulló y empezó a rascarse. Arriba, Eliot seguía durmiendo. Su camisa recién lavada, casi traslúcida, colgaba de una percha del techo y se agitaba como un fantasma.

Sólo tenía una camisa. Sólo tenía un traje, una monstruosidad azul con rayas blancas de chaqueta cruzada, que colgaba ahora en el pomo de la puerta del cuarto de baño. Era un traje maravillosamente bien hecho, ya que aún se conservaba entero a pesar de ser tan viejo. Eliot lo había conseguido cambiándoselo por uno suyo a un bombero voluntario en New Egypt, New Jersey, allá por 1952.

Sólo tenía un par de zapatos, negros, con toda la piel cortajeada como resultas de un experimento. Una vez intentó limpiarlos con «Glo-Coat» de Johnson, cera para el piso, no betún para los zapatos. Uno estaba sobre la mesa, el otro en el baño, en el borde del lavabo. En cada zapato estaba metido el correspondiente calcetín de nylon, con su liga y todo. El otro extremo de la liga del calcetín del zapato que estaba en el lavabo había caído dentro del agua, se había saturado y el calcetín también, gracias a la magia de los vasos capilares.

Los únicos artículos nuevos y brillantes del despacho, aparte de las fotografías de las revistas, eran una caja de «Tide», el detergente milagroso de tamaño familiar, y el casco rojo de bombero voluntario que colgaba de un gancho junto a la puerta del despacho. Eliot era teniente de bomberos. Fácilmente hubiera podido ser capitán o jefe, ya que era un bombero devoto y entregado a su trabajo, y además había regalado al Departamento seis máquinas nuevas. Pero, a instancias suyas, sólo tenía el cargo de teniente.

Como casi nunca salía de su despacho —excepto para apagar incendios—, era el que recibía todas las llamadas. Por eso tenía dos teléfonos al lado. El negro era para las llamadas de la Fundación. El rojo era para las llamadas de incendios. Si sonaba una llamada de incendios, Eliot tenía que apretar un botón rojo colocado en la pared bajo su título de notario. El botón hacía sonar una sirena de alarma bajo la cúpula que cubría el edificio. Eliot había pagado la sirena, y la cúpula también.

Hubo un escalofriante retumbar de truenos.

—Vamos, vamos…, vamos… —dijo Eliot en sueños.

El teléfono negro estaba a punto de sonar. Eliot se despertaría y contestaría al tercer timbrazo. Y diría lo que decía siempre a todo el que llamaba, sin importar la hora:

—Aquí la Fundación Rosewater. ¿En qué podemos ayudarle?

El senador se preocupaba al pensar que Eliot traficaba con criminales, pero estaba en un error. La mayoría de los clientes no eran ni lo bastante valientes ni lo suficientemente listos para vivir del crimen. Pero Eliot, especialmente cuando discutía con su padre, con los banqueros o los abogados, casi caía también en un error al defender a sus clientes. Argumentaba que las personas a quienes trataba de ayudar eran los mismos que, en generaciones pasadas, habían limpiado los bosques, desecado pantanos y construido puentes; personas cuyos hijos formaban la columna vertebral de la milicia en tiempo de guerra, etcétera. Y en realidad, los que buscaban su apoyo una y otra vez eran mucho más débiles que todo eso… y más torpes también. Por ejemplo, cuando llegaba el momento en que sus hijos ingresaran en el ejército, generalmente los muchachos eran rechazados por poco deseables mental, moral y físicamente.

Había algunos elementos entre los pobres de Rosewater County que, por orgullo, se alejaban de Eliot y de su puro amor; tenían el valor de salir de Rosewater County y buscar trabajo en Indianapolis, Chicago o Detroit. Pocos encontraban buenos empleos en aquellos lugares, desde luego, pero al menos lo intentaban.

La persona que estaba a punto de hacer sonar el teléfono negro de Eliot era una virgen de sesenta y ocho años demasiado estúpida para seguir viviendo, en la opinión de casi todo el mundo. Su nombre era Diana Moon Glampers. Nadie la había amado jamás. No había ninguna razón para ello: era fea, estúpida y aburrida. En las raras ocasiones en que tenía que hacer su presentación, siempre decía el nombre completo y lo acompañaba con la confusa aclaración que la había forzado a llevar una vida tan inútil:

—Mi madre era una Moon. Mi padre era un Glampers.

Este cruce entre un Glampers y una Moon era la criada de la mansión Rosewater, residencia legal del senador, casa que éste no solía ocupar más de diez días al año. Durante los restante 355 días, Diana tenía para ella las veintiséis habitaciones. Limpiaba, limpiaba y limpiaba a solas sin siquiera el lujo de tener a alguien a quien gritarle que no ensuciara la casa.

Cuando había terminado su tarea, se retiraba a una habitación ubicada sobre el garaje Rosewater, el que tenía capacidad para seis coches. Los únicos vehículos que lo ocupaban eran un Ford Phaeton de 1936, con las ruedas calzadas, y un triciclo rojo con una campana de incendios colgada del manillar. El triciclo había pertenecido a Eliot cuando era niño.

Después del trabajo, Diana se sentaba en su habitación y conectaba un viejo aparato de radio de plástico verde, o bien hojeaba la Biblia. No sabía leer, y la Biblia estaba hecha una lástima. En la mesa, junto a la cama, había un teléfono blanco, uno de esos llamados de estilo Princesa, que alquilaba la Compañía de Teléfonos de Indiana por setenta y cinco centavos al mes, mucho más de lo que costaba un teléfono corriente.

Hubo un horripilante trueno.

Diana aulló pidiendo socorro. Tenía razones para lanzar aquel grito. Un rayo había matado a sus padres en un picnic de la Compañía Maderera Rosewater en 1916. Estaba segura de que un rayo acabaría también con ella. Y, como le dolían tanto los riñones, estaba segura de que el rayo la alcanzaría precisamente allí.

Agarró su teléfono Princesa y levantó bruscamente el auricular. Marcó el único número que marcaba siempre. Y empezó a quejarse y lamentarse, esperando que contestaran.

Se puso Eliot. Su voz era dulce, algo paternal, tan humana como la nota más baja de un violoncelo.

—Aquí la Fundación Rosewater —dijo—. ¿En qué podemos ayudarle?

—¡La electricidad me persigue de nuevo, señor Rosewater! ¡Tenía que llamarle! ¡Estoy tan asustada!

—Llame siempre que quiera, querida. Para eso estoy aquí.

—¡Pero es que la electricidad me va a coger de verdad esta vez!

—¡Oh, maldita sea la electricidad! —la furia de Eliot era sincera—. Me enloquece pensar que siempre está atormentándola. No es justo.

—¡Ojalá me matara de una vez, y ya no tendría que hablar más de ella!

—Pero es que, si sucediera eso, ésta sería una ciudad muy triste, querida.

—¿A quién le importaría?

—A mí.

—Usted se preocupa de todo el mundo. Quiero decir, ¿a quién más?

—A muchas, a muchísimas personas, querida.

—Una mujer estúpida…, una vieja de sesenta y ocho años…

—Sesenta y ocho es una edad maravillosa.

—Sesenta y ocho años es una vida demasiado larga para un cuerpo al que jamás le ha sucedido nada agradable. Nunca me ha ocurrido nada agradable. ¿Cómo podría ser de otro modo? Yo estaba detrás de la puerta cuando el buen Dios repartió la inteligencia.

—Eso no es cierto.

—Yo estaba detrás de la puerta cuando el buen Dios repartió los cuerpos fuertes y hermosos. Ni siquiera de joven podía correr y saltar. Nunca me he sentido realmente bien, ni una vez siquiera. Desde niña he tenido flatos, tobillos hinchados y dolor de riñones. Y también estaba detrás de la puerta cuando el buen Dios repartió el dinero y la buena suerte. Cuando conseguí reunir todo mi valor para salir de detrás de la puerta y susurrar: «Señor…, Señor… Dulcísimo Señor…, aquí estoy…», no quedaba nada bonito. Tuvo que darme esta patata vieja por nariz. Tuvo que darme este pelo de paja, y esta voz como el croar de una rana.

—No es una voz de rana. Es una voz encantadora.

—¡Es un croar de rana! —insistió ella—. Había una rana allá en el cielo, señor Rosewater. El buen Dios iba a enviarla a este triste mundo para que naciera, pero la ranita fue muy lista: «Dulcísimo Señor», dijo con picardía, «si te da igual, preferiría no nacer. No me parece que allá abajo haya mucha diversión para las ranas». Así que el Señor dejó que la rana saltara por el cielo, donde nadie la utilizaría de cebo ni se comería sus ancas, y me dio a mí su voz.

Hubo otro trueno y la voz de la vieja se elevó una octava.

—¡Yo hubiera podido decir lo mismo! ¡Tampoco éste es un mundo divertido para las Dianas Moon Glampers!

—Vamos, vamos, Diana, vamos… —dijo Eliot, y se echó un trago de «Consuelo Meridional».

—Los riñones me duelen todo el día, señor Rosewater. Parece como si me los atravesaran con una bala de cañón al rojo vivo, llena de electricidad y erizada de cuchillas envenenadas.

—Eso no debe de ser agradable.

—No lo es.

—Me gustaría mucho que consultara a un doctor sobre sus malditos riñones, querida.

—Ya lo hice. Fui a ver al doctor Winters, como usted me dijo. Me trató como si yo fuera una vaca y él un veterinario borracho. Y, cuando se cansó de hacerme dar vueltas y de golpearme, se echó a reír. Dijo que ojalá todo el mundo en Rosewater County tuviera los riñones tan bien como yo. Me dijo que todo ese dolor de riñones era cosa de la imaginación. Oh, señor Rosewater, a partir de ahora, ¡usted será mi único médico!

—Pero yo no soy médico, querida.

—No me importa. Usted ha curado más enfermedades incurables que todos los doctores de Indiana juntos.

—Vamos…, vamos…

—Dawn Leonard tuvo un forúnculo durante diez años, y usted se lo curó. Ned Calvin tenía un tic nervioso en el ojo desde que era pequeño, y usted acabó con él. Pearl Flemming fue a verle y soltó para siempre sus muletas. Y ahora ya no me duelen los riñones sólo por escuchar su dulce voz.

—Me alegro.

—¡Y han cesado los rayos y truenos!

Era cierto. Sólo quedaba la música incurablemente sentimental de la lluvia.

—Ahora podrá dormir, querida.

—Gracias a usted. ¡Oh, señor Rosewater!, debería haber una gran estatua suya en medio de esta ciudad, una estatua de diamantes, y oro, y rubíes de gran valor, y uranio puro. Usted, con su gran nombre y toda su educación y su dinero, y con los finos modales que su madre le enseñó… podría haber estado en cualquier gran ciudad, con un Cadillac lleno de petimetres, desfilando entre el sonar de las bandas y los aplausos de la multitud. Podría haber sido tan alto y poderoso en este mundo que cuando mirara a las simples, estúpidas y ordinarias personas del pobre y viejo Rosewater County le pareciéramos cucarachas.

—Vamos, vamos…

—Usted ha renunciado a todo cuanto desea un hombre normal sólo para ayudar a los pobres, y los pobres lo saben. ¡Dios le bendiga, señor Rosewater! Buenas noches.



6



—Las señales de peligro de la naturaleza… —dijo el senador Rosewater lúgubremente, dirigiéndose a Sylvia, McAllister y Mushari—. Creo que nunca supe verlas.

—No se culpe de todo —dijo McAllister.

—Si un hombre no tiene más que un hijo —continuó el senador—, y la familia es famosa por producir individuos notables de gran fuerza de voluntad, ¿cómo puede darse cuenta ese hombre de si su hijo está loco o no?

—¡No se culpe!

—Yo siempre he exigido que la gente se culpe de sus propias desgracias.

—Pero ha hecho excepciones.

—Muy pocas.

—Inclúyase entre esos pocos. Debe hacerlo.

—A veces pienso que Eliot no se hubiera convertido en lo que es, si no hubiera sido por toda esa memez de hacerlo mascota del Departamento de Bomberos cuando era niño. ¡Dios mío, cómo le malcriaron…! Le dejaron montarse en la autobomba número uno, le dejaron tocar la campana, le enseñaron a manejar la bomba dándole a la llave, y se rieron como locos cuando lo hizo. Todos eran unos borrachos, naturalmente… —inclinó la cabeza y cerró los ojos—. Borracheras y coches de bomberos… Ha vue