La alegría

Crónicas carcelarias

Por Ramiro Ross

Sería una perogrullada decir que en la cárcel, el dolor tiene una presencia omnipresente, porque el dolor de ser humillado, golpeado y torturado, se agrega el de estar alejado de los seres que nos importan, nuestros familiares, nuestros compañeros y aunque todos se esfuerzan en hacernos sentir acompañados, el ser humano necesita, además, el contacto corporal. Ese abrazo interminable que nos damos los que logramos salir con vida de ese encierro siniestro. Esas ganas de trasmitir al otro el agradecimiento por la contención epistolar, esas pintadas que florecen por todo el país exigiendo la libertad de los presos políticos y que nos emocionan tanto al salir o leerlas al viajar en colectivo. Una vez encontré a un muchacho que se quedó como 15 minutos leyendo emocionado una pintada de esas y por eso me di cuenta que era un liberado reciente, aunque en ese momento no le dije nada, luego me arrepentí, de no detenerme, es probable que un abrazo, aunque no nos conociéramos, le hubiera permitido desahogarse de la emoción que sentía en ese momento), todas las emociones están presentes en ese abrazo, y también esas ganas de gritar que no salimos vencidos, que las ganas de derrotar a la dictadura sigue intacta, que el compromiso con nuestra clase es y sera inalterable.

Todo esto es inútil tratar de que lo entienda un represor, su condición de renegado de su clase, su obligación, elegida por él, de reprimir una marcha o una huelga porque una orden superior así lo exige, aunque en esa manifestación esté su padre o su hermano, hace y define su condición de mercenario al servicio de su propia clase.

Alguna vez, cuando alguien desde su celda contaba un chiste en voz alta para que lo escuchemos todos, detrás de otras rejas y se escuchaban las risas del resto de las celdas aunque no nos veíamos, porque están alineados, entró al pabellón un guardia cárcel entre molesto y asombrado, para preguntarnos en voz alta de mal tono “¿ …y ustedes, de que se ríen…?, alguien le contestó que nos reíamos porque estábamos vivos y otro agregó “…porque nosotros nos vamos a ir de acá, en cambio vos estás condenado a estar encerrado toda la vida…”.

Los guardias no pueden entender que la lucha es alegría, porque ellos no luchan por un ideal, a ellos los disfrazan con un uniforme vergonzante, y se transforman en sirvientes de una institución desprestigiada para hacer un trabajo que ningún ser humano que se respete aceptaría hacer, y hacer esa tarea para un dictadura, hace retroceder al hombre hasta andar en cuatro patas.

Luego de tanto tiempo que nos separa de aquellos años, hoy nos planteamos lo asombroso e incomprensible es que ellos puedan encontrar un motivo para dibujarse una sonrisa en la cara.

Abril 2019

Blog del autor: http://lamuralladeramiroross.blogspot.com

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