La caja de Yamila

Por Yamila Zavala Rodriguez

La iglesia romana dio un paso en el camino de Memoria, Verdad y Justicia

Hace unos días me preparaba para viajar a La Rioja a la beatificación de Angelelli. Antes de salir, me puse a buscar papeles en una caja. Es una caja parecida a la que tienen otros y otras hijos e hijas de desaparecidos, con imágenes, documentos y recuerdos. Entre los papeles encontré copias del periódico quincenal El Auténtico, Expresión del Peronismo Auténtico para la Liberación nacional y Social, dirigido por mi padre, Miguel Domingo Zavala Rodríguez, asesinado por la dictadura el 22 de diciembre de 1976. [Descargar El Auténtico Nº 3, 14 de octubre 1975]

En los recortes encontré palabras de Angelelli, pero también la mirada de mi padre sobre el obispo. Fui a buscar esa caja porque estaba segura que iba a encontrar algo. Así fue.

Lo primero que agarré fue una nota del 14 de octubre de 1975. Acá está el título: Angelelli un obispo del pueblo, La voz de la Iglesia: no habrá paz si no vivimos en la justicia. Y ahí estaba la foto del Pelado, como le decían al obispo, y algunas palabras: «La lucha por la dignidad del salario y la educación de todos está encuadrada dentro de la doctrina eclesial».

 

El texto seguía así: «Esto demuestra que existe dentro de la Iglesia otra práctica y otra forma de vivir el Evangelio. Los curas que participaron en la campaña de la Independencia hoy se continúan en aquellos obispos y sacerdotes que diariamente conviven con el pueblo trabajador. En el peronismo no son nuevos. Desde el padre Benítez, confesor de Evita, pasando por el Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, existen ejemplos de fidelidad al Evangelio y a la doctrina social de la Iglesia. Para estos curas y obispos es más importante la experiencia junto al pueblo. Angelelli en La Rioja, Nevares en Neuquén, Devoto en Goya, son algunos ejemplos. Porque al igual que los auténticos peronistas, el cristiano pelea por la liberación definitiva”.

Y luego hablaba del obispo: «Angelelli es muy querido por los trabajadores rurales riojanos, los pobladores de los pueblitos perdidos en los llanos, que fueron escenario de las heroicas montoneras del Chacho, Facundo y Felipe Varela”, escribía mi padre. Y con mucha emoción también encontré ahí mismo esa frase que terminó eternizada y que escuché durante todos los días de mi permanencia en La Rioja. “Hay que pegarle el oído al pueblo para saber por dónde Dios quiere construir la liberación y la felicidad de nuestro pueblo”. Y al final de la nota, siempre de 1975, se leía: «El pueblo riojano dio allí la mejor síntesis al rezar en coro ‘no habrá paz si no vivimos en justicia’».

El viaje a La Rioja quedará en la memoria. Con enormes compañeras peronistas de lucha cotidiana participamos de un hecho histórico, político y social pero también de un hito según tengo cada día más claro, en el proceso de Memoria, Verdad y Justicia. El obispo, los curas Gabriel Longueville y Carlos de Dios Murias, el laico militante campesino Wenceslao Pedernera, todos beatificados con él, y cada uno de los nombres mencionados en El Auténtico, eran las voces de la Iglesia de los Pobres, alzaban la palabra y encabezaban una acción comprometida con el pueblo trabajador. Y para ellos la respuesta fue la represión de la dictadura y la indiferencia y silencio de su propia institución. Esa parte oscura de la institución también fue la que conocimos muchas de las víctimas.

Se sabe que durante la dictadura los familiares reclamaban y pedían por sus hijos desaparecidos en todos los lugares posibles: ante el sistema de Justicia, que nada decía. Ante todo tipo de organismo nacional e internacional y por supuesto ante las iglesias, en especial a la iglesia católica. Las respuestas no decían nada. Los textos generalmente estaban escritos a máquina, de parte del Secretario General del Episcopado Argentino. Y decían siempre más o menos lo mismo: “Los resultados prácticos obtenidos en casos como el referido son, sin embargo, dolorosamente escasos. Les desea todo bien y consuelo”. O: “No hemos podido obtener las informaciones que ustedes esperaban”.

Y esto lo sé no sólo por mí, sino porque como abogada trabajo mirando las causas. Pero no siempre todo era así. Durante este año también acudí a la caja. Me preparaba para declarar en el Juicio ESMA 4. Y ahí encontré dos cartas. Estaban escritas a mano, puño y letra de Jaime de Nevares. Eran dos cartas dirigidas a mi abuelo, al padre de mi madre también desaparecida, Olga Irma Cañueto.

«Estimado Sr. Cañueto. Acabo de recibir su carta, escrita con el alma justamente afligida… Quiero añadir que no deje de insistir ante Policía, Fuerzas Armadas en las tres armas, Ministerio del Interior, aunque las respuestas sean negativas. Le aseguro que comparto su dolor y pido a Dios que cese pronto».

Y la fecha era de 20 de mayo de 1977.

Y luego, con fecha 12 de diciembre de 1977, escribió:

«Estimado Señor Cañueto: Hoy, lunes, me ha llegado su carta del 8 y hoy mismo despacho su declaración a la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos. Usted ya sabe lo limitado de las posibilidades de acción de la Institución; pero no obstante ello, no ceja en su esfuerzo por contribuir a cambiar esta situación tan inhumana que aflige a tantos. En la esperanza de que los tiempos cambien y que tenga la inmensa alegría del regreso de su hija, les envió un saludo de corazón».

Llevé al juicio los originales. Comencé a declarar. Agarré las cartas. Y las leí. También dejé copia al Tribunal, en ese gesto en el que el pasado se hace presente, se hace prueba una vez más. Las cartas son diferentes a las respuestas habituales. Hay una diferencia de tono, pero también de contenido, de mensaje, de compromiso y sentir el dolor y la búsqueda. Ellos no se callaban, cuando la Iglesia como institución no dio respuesta.

Cuatro décadas después, oí en La Rioja al enviado del Papa Francisco, Angelo Becciu. Y lo escuché, entonces, hablar sobre los cuatro mártires. “Ellos fueron asesinados en 1976 —dijo— durante el período de la dictadura militar marcado por un clima político y social incandescente que también tenía claros rasgos de persecución religiosa, en un clima dictatorial que consideraba sospechosa cualquier forma de defensa de la justicia social”.

Algo de este mismo homenaje se va a repetir este domingo 19 en Mar del Plata, la ciudad donde vivo, donde el obispado realizará una Misa de Acción de Gracias en homenaje a la beatificación de Angelelli, a sus compañeros, y por la tutela a todos los Derechos Humanos para los argentinos. El obispado invitó a los organismos locales a participar. Y las organizaciones hicimos un texto señalando que el reconocimiento del martirio de estas cuatro víctimas en el contexto del terrorismo de Estado nos da una enorme satisfacción, porque significa un paso en la relación de la Iglesia con la sociedad argentina.

El Cohete a la Luna

 

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