La cárcel del fin del mundo

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Guillermo Saccomanno

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A los treinta años, una edad que se considera la flor de la vida, me condenaron a La Tierra. Fueron más rápidos el juicio y la sentencia que el viaje al presidio en esa isla remota del sur. Una tarde caliente de febrero me trasladaron, como a todos los condenados. De la ciudad al puerto, apretados en camiones, con los tobillos engrilletados. Encañonándonos con los máuser, los perros nos empujaron hacia la planchada del barco que habría de cargarnos, el Patagonia, un buque de la Armada. Nos habrían fusilado con gusto en vez de embarcarnos. Bastaba un mínimo movimiento dudoso para que a uno le descerrajaran un tiro. De haber sabido lo que nos esperaba en La Tierra con seguridad habríamos provocado a los guardias buscando un disparo que nos evitara el calvario al que éramos arrojados. Uno, al cruzar la planchada, tuvo el coraje de saltar al agua empetrolada del río. No volvió a la superficie. Debo aclarar que este percance en nuestra marcha hacia la estiba del Patagonia, donde viajaríamos hacinados, no turbó la impasibilidad de nuestros guardianes. Quizá también yo, de haber aceptado como reales las historias de horror que se contaban de La Tierra, debí saltar al agua, aunque más efectivo habría sido cometer un gesto ambiguo que gatillara mi muerte. Pero no. Los hombres somos capaces de tolerar las humillaciones más degradantes y los dolores más vergonzosos con tal de soñar, como chicos, que los milagros existen. Calzaba unos botines viejos y agujereados, con las suelas despegándose como lenguas. Último en la fila de condenados, disminuí el paso antes de embarcar. Un culatazo me arrancó de mis cavilaciones que no eran pocas, si bien giraban en torno a una misma pregunta: ¿Por qué yo?

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La navegación en la tormenta, las subidas bruscas del barco, casi volando sobre las olas, y después, siempre azotado por el vendaval, sumergiéndose. El barco era una cáscara presa del capricho del mar, la proa hundiéndose y asomando en el oleaje. Otra vez una elevación imprevista. Y en seguida abajo, esa sensación de vértigo y naufragio, la cubierta barrida por la furia. Pero el terror no era siquiera comparable al asco y la repulsión que nos revolcaba en la negrura de la estiba, arrojándonos a unos contra otros, cagados, vomitándonos. La corriente helada que bajaba nos envolvía sin disipar la pestilencia. Rodábamos empapados en la inmundicia mientras desde arriba llegaban los gritos de los marinos. La tormenta duraba ya una semana. Los marinos, no menos desesperados que nosotros, se esforzaban por mantener la nave a flote. El océano arrebató un marino de la cubierta. Aunque el accidente nos alegró, no tardamos en recapacitar: nuestras vidas dependían de esos tipos que odiábamos. Quien sabía rezar, rezó. Aquellos presos que viajábamos a La Tierra, aquellos que habíamos infundido el terror a las almas piadosas, tipos capaces de comerse a su madre, y recuerdo aquí que, entre nosotros, había uno que lo había hecho y, si no me extiendo al respecto es por no desviar la atención del lector a una historia ajena que distraería de la narración que ahora me ocupa, aquellos, digo, que habíamos sido hasta poco antes una amenaza social, nosotros, los acusados de sembrar el pánico con la colaboración del sensacionalismo periodístico, los envalentonados con su propia fuerza o la de un arma, nosotros, siempre dispuestos a vender cara la existencia antes que ser capturados por la justicia de los poderosos, nosotros los temibles, rezábamos como podíamos las oraciones que recordábamos o simplemente invocábamos a un Dios que nos había negado y, no obstante, ahora, agallinados, le prometíamos una obediencia eterna que, jurábamos, no sería tan transitoria como nuestra razón pulverizada a bastonazos. En la oscuridad pestilente nos aferrábamos a algún gancho, alguna cuerda, elementos de agarre que no estábamos dispuestos a compartir y por los que era preciso luchar. Cuando el océano aquietó su ira, unos cuerpos flotaban en la charca de la estiba. Ahogados en sus excrecencias. La tormenta cedía. Y la contemplación de esos cadáveres mecidos en el agua hedionda nos proporcionó un júbilo: Gracias a Dios no me tocó a mí, pensábamos los sobrevivientes.

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Después, el hielo en la sangre. El Patagonia continuaba proa al sur. La temperatura descendía a medida que navegábamos en ese mar austral. En la estiba, tras vaciar en pasamanos de baldes el pantano inmundo, persistía el hedor y el frío congelaba los miembros. Algunos hacían ejercicios para entrar en calor. Otros se masturbaban. Pero después del agotamiento, exhaustos, una quietud los paralizaba. Temblábamos. Tiritando, podíamos escuchar el entrechocar de nuestros dientes. El único alimento consistía en un jarro de mate, una galleta y, con suerte, un jarro de caldo aguado antes del anochecer. Rehusar estas raciones era tan perjudicial como ingerirlas. Las pulmonías y diarreas asolaban. Un condenado cantaba «El pañuelito blanco». Si durante el día el estribillo merecía puteadas, por la noche, en el silencio agitado por el viento y el rugido del oleaje, la canción era un puñal clavándose en los corazones. Convenía mantener distancia con el prójimo. No tenía sentido hacer amistad cuando mañana el otro podía ser un cadáver que sería arrojado por la borda. El cuerpo se desmaya antes que la mente, el cuerpo pierde conciencia de sí. Sin embargo, en ciertos casos, persiste una voluntad que puede juzgarse instinto de supervivencia o, si se lo prefiere, una fe. Por qué enfermábamos o perecíamos unos y no otros, me preguntaba. La pregunta derivaba en otra, la de siempre: ¿Por qué yo? La mente se desvanece, resbala en un maelstrom de la memoria que uno quiere olvidar. Cuando las sombras invaden el espíritu es aconsejable despabilarse. Si bien en la estiba no hay motivos para el optimismo y la esperanza, los pensamientos melancólicos contribuyen al debilitamiento, bajar los brazos, dejarse ir. Pueden tener engrilletados mis tobillos y mis muñecas, pero no mi imaginación, me digo obligándome a retornar a momentos felices de la infancia. En verdad mi infancia fue pura penitencia y angustia. Pero me las ingenio para idealizarla. También me resisto a pensar en cómo vine a dar a este barco presidiario, cuál fue el crimen que cometí, suponiendo que fue un crimen. No quiero pensar en aquello, pero pienso. No escribiré al respecto.

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Cuando el Patagonia ancló en La Tierra éramos menos de los que habíamos sido embarcados. Entre los sobrevivientes abundaban los enfermos y moribundos. El hambre y la fiebre nos dominaban. Desde la cubierta pudimos ver un puñado de casas de madera con techo de chapa, todas pintadas de colores, destacando sobre la blancura. Habían sido construidas en pendiente hacia el mar. No nos detuvimos a contemplar el paisaje. Pisábamos el muelle escarchado tambaleándonos, algunos pasando un brazo por el hombro de otro. Un martirio caminar con las llagas causadas por los grilletes. Sin embargo esa mañana de aguanieve, al salir de la estiba, respirar ese aire crudo y limpio nos restituyó un soplo del aliento perdido. Ese aire nos tajeó los pulmones con unas puntadas vivificantes. Unos albatros nos sobrevolaron. Entonces, una emoción. Algunos estuvieron por llorar. En el muelle nos aguardaba, como recepción, una fanfarria: vientos y percusión. Esa marcha militar con sus sones que dispersaba el viento sonaba circense pero también a coronación de la travesía. Tras desfilar entre los músicos, dejando atrás la pompa, debíamos pasar entre una doble fila de uniformados. Apenas los primeros condenados se encontraron entre las dos filas, cayeron los golpes. Garrotes de leña, fierros, bastones, cachiporras con alambre trenzado y una bola de plomo. Tremenda ironía el festejo musical. Segundos después, mientras la marcha militar acompañaba el pasaje de los últimos de nosotros, no conseguía apagar los quejidos de los golpeados. Unos tras otros nos internábamos en ese túnel de garrotazos y, unos tras otros éramos derribados, unos tras otros, arrastrándonos, en cuatro patas, gateando. La lluvia de garrotazos era tan tupida que pronto enmudeció los lamentos. Unos tras otros, queriendo alcanzar el final de ese pasaje de golpes. Inútil cubrirse. Quien lo intentaba, como yo hice, al cubrirme la cabeza, el ensañamiento se descargó en las manos. Un impacto destrozó mi mano derecha. Cabe consignarlo: escribo esta memoria de La Tierra con la izquierda. De ahí que, algo más tarde, me apodaran el Zurdo. Los que habían desembarcado tambaleándose, no aguantaban los primeros golpes y quedaban allí tirados. Había empezado a nevar. Después que el último de los condenados ingresó al túnel de los golpes, maltrechos, sangrantes, debimos esperar órdenes durante un rato interminable. Esperpentos bajo la nieve. Un carcelero nos señaló unas carretillas recostadas contra una alambrada de púas. Debimos cargar a los caídos y volcarlos en un galpón. Incesante, la nevada cubría el paisaje. A unos doscientos metros se alzaban los paredones del primer pabellón. Cada pabellón tenía dos plantas. Y calabozos en ambas. Después, sucesivas, otras construcciones similares. Podía pensarse que no sería difícil trasponer la alambrada, tirarse al mar, emprender una fuga a nado. Nos dimos cuenta de que ningún guardia gastaría un plomo en detener al fugitivo. Ese mar embravecido desanimaba al más guapo. Su oleaje desvanecía cualquier ilusión de libertad. Pasando los pabellones, unas casas de techo a dos aguas, el poblado. La nevada constante tenía una belleza amarga, pero belleza al fin. Irradiaba su encanto extraño al corazón.

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Esa misma noche nos condujeron a un patio cubierto. Se nos ordenó desnudarnos. Fuimos manguereados por unos presos viejos. Una vez bañados, calados hasta los huesos, siempre desnudos, vigilados siempre bastón en mano, nos llevaron a un depósito que apestaba a acaroína. Nos entregaron una parva de uniformes de franjas amarillas y azules, los que serían de ahora en más nuestra vestimenta de presidiarios. Teníamos que apurarnos a revolver entre las prendas y probarnos la que mejor nos calzara. Tal era la urgencia en abrigar la desnudez que nos disputábamos las prendas a los empujones y codazos. Una vez que nos apropiamos de la indumentaria nos repartieron unos capotes. El trato de los carceleros se había ablandado, lo que podía atribuirse a una piedad súbita pero también al cansancio, el fin del día, la hora de volver a casa. La mayoría de nuestros carceleros vivía en el caserío cercano. Con seguridad los esperarían mujeres y proles. Porque la familia, acá en el fin del mundo, era una institución necesaria para sobrellevar los pensamientos asesinos o suicidas, estos últimos, como lo comprobaríamos más adelante, serían los más. Tan lejos del mundo conocido estábamos. Atravesamos en hilera la antesala de puertas y cerrojos que precedía los corredores de los calabozos. En el centro del corredor, frente a las puertas de fierro con mirillas enrejadas, una única estufa a leña. Al entrar tambaleándome en la que sería mi celda, avancé hacia el catre. Me recosté. Perdí el conocimiento.

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Desperté: dónde, cuándo, cómo. Un gordo afeminado de voz ronca me dijo: «Dormí, nene». Y seguí durmiendo un letargo sin sueños. Cuando pude reaccionar, el recluso me cubrió con una frazada áspera, pesada y rancia. «Tuviste suerte», dijo. «Sólo te rompieron las falanges. De la cabeza no estás tan mal». Tenía vendadas la mano derecha y la cabeza. «Aprovechá las lastimaduras», dijo. «Te ayudarán a zafar de los trabajos por unos días. Cuando se apiolen que estás recuperado te van a subir al trencito y a talar los bosques». Después el penado se presentó: «Yo soy la Modista. En verdad, soy el sastre que remienda los harapos». Otra mañana, días después, vino a verme el Veterinario, como le batían al médico. Me quitó las vendas, estudió mi mano: «La tenés arruinada, pero entre las dos tenés que rebuscártelas con el hacha. Mañana te subirás al tren». «Y mi cabeza», le pregunté. «Acá lo que menos hay que usar es la cabeza. Y si la usás, agachala». Después, hacia la Modista, guiñándole un ojo, le dijo: «Sos una buena madre. Explicale al muchacho cómo son las cosas aquí. Parece delicado, así que avivalo un poco. En una de esas, con suerte, tal vez lo puedan mandar a una tarea más liviana que la tala». «Tengo sed», dije. «Dale unos mates», le dijo el Veterinario a la Modista. «Pero medíselos. Lo único que nos falta es que los nuevos se nos vayan por la letrina». El mate quemaba, pero me vino bien. El cansancio volvió a vencerme. Cerré los ojos. Entre sueños escuché la voz ronca de la Modista: «Bienvenido a La Tierra, nene».

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Que la Modista me llamara nene no significaba que lo fuera. Pesaba más de ochenta kilos cuando fui a dar con mi cuerpo a la cárcel por un crimen que … Pero, tal como lo comenté, no voy a repetir la acusación de la que fui víctima. Ahora debía pesar unos escasos sesenta y era un esqueleto. Me sangraban las encías, mis dientes se movían y si quería extraerme uno con la punta de los dedos no resultaría difícil. Se nos despertaba al amanecer, todavía de noche, con un silbato y unos bastonazos en los barrotes. Un preso con un tacho de mate cocido nos llenaba los jarros con un cucharón. Otro, tirando de una bolsa, nos repartía un pan. Empecé a notar los privilegios. Había quienes recibían dos panes, alimento codiciado cuando unas horas más tarde, en plena jornada de la tala, hundidos en la nieve, necesitábamos pegarle un tarascón al mendrugo que devolvía un resto de vigor. Después del desayuno, siempre bajo la mirada vigilante de los carceleros, cruzábamos el patio y, despidiendo bocanadas de vapor, encarábamos el trencito destechado en dirección a los bosques. Las vías flanqueaban el poblado. Y al pasar cerca de esas casas, las chimeneas humeantes, mirábamos sus ventanas, una silueta corriendo una cortina, espiándonos. Uno se preguntaba entonces qué clase de mujeres y chicos podían vivir allí, qué existencia llevarían y qué pensarían de nosotros, si nos juzgaban acaso con la misma vara de quienes atribuyéndose ser la justicia humana nos condenaron, o nos contemplaban apiadándose de nuestra suerte, la miseria humana que representábamos. También pensaba que si dábamos lástima a los que, desde un ambiente hogareño y tibio, nos observaban a escondidas era porque precisaban de esa conmiseración para sentirse libres de la animalidad que nosotros encarnábamos.

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En esos primeros días pude formarme una opinión somera de mis compañeros de infortunio. Todos se identificaban por un apodo, el que refería un defecto, un rasgo, una cualidad o una actividad anterior a la que el sujeto había tenido antes de venir a La Tierra. Después, en ocasiones, esa actividad volvía a retomarla el recluso si podía tener una utilidad. No había oficio al que no se le encontrara beneficio en la isla. Los presidiarios eran la mano de obra del presidio y el poblado. No obstante la tarea que debíamos cumplir, todos, sin miramientos, era la tala, deslomarnos hachando. Conocí al Tigre, la Chancha, el Anguila, el Yeti, el Narigueta, el Tripero, el Tahúr, el Ferroviario, el Profesor, el Lagartija, el Predicador y el Zapatero. Particular interés me llamó el Oreja, un muchacho raquítico y pantalludo, ojeroso, la nariz picuda, con unos dientes de conejo que le conferían un aspecto de roedor. Quizá debiera detenerme a contar más sobre el Oreja, personaje que más tarde me concedería una fama entre los penados que, lejos de enorgullecerme, privándome si quieren de una mínima jactancia, terminaría por transformarme en un lobo más. Pero no quiero adelantarme a los hechos. Me limitaré a consignar que los crímenes que aquí purgaba el Oreja no eran justificables ni por la pasión ni por el cálculo. El Oreja, tanto para quienes habían estudiado sus fechorías como para quienes lo habían sentenciado a la reclusión de por vida en La Tierra, no era una criatura humana sino la representación del mal en su estado más puro. Baste recordar que el menor de sus gozos había consistido en clavarle un grueso clavo en la cabeza a sus víctimas, todos menores de edad, desde recién nacidos a púberes. Pero no era sólo su pasado perverso lo que generaba en nosotros la aversión y el repudio. El Oreja era además buchón de los perros. Y como la suya era una presencia callada y escurridiza, solía desplazarse con habilidoso sigilo escuchando aquellos chismes que podían interesar a nuestros cancerberos. Apenas lo veíamos acercarse, le rajábamos una puteada. Y nunca faltaba un depravado que se lo sodomizaba. Había que tener estómago para tamaña degradación.

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En esos días ancló en el puerto un barco silencioso. Bajaron cuatro hombres, elegantes, de andar solemne. Trajeados y con sobretodos, con una mano sujetaban los sombreros para que no se los volara el viento. Integraban la delegación médica enviada desde la Capital, donde el Colegio Médico, en un estudio que más tarde iba adquirir resonancia pública, los galenos arribaron a la conclusión de que el mal que poseía al autor de tantos infanticidios procedía de sus orejas. Una cirugía terminante, se dijo, le iba a cortar de cuajo la inclinación al sadismo. Una operación que redujera drásticamente sus orejas modificaría su personalidad y, aun cuando no lo volviera un beato, al menos apaciguaría su alma. Con tal propósito arribaron a La Tierra esos popes de la medicina y la psiquiatría. Se reunieron con el Alcalde y Director del Presidio. En un par de días se adaptó el dispensario para la realización de la cirugía. Se lo pintó de blanco, se hizo una desinfección a fondo, se adoptó una serie de medidas de higiene obsesivas. El Oreja se retobó. Los perros debieron empujarlo por la fuerza de su celda. Un inesperado jeringazo lo doblegó. En las horas que duró la intervención permanecimos en suspenso. Aunque cada uno continuaba abocado a su respectiva faena, la atención estaba pendiente de lo que sucedía en el dispensario. Una nevada tupida aumentó esa sensación de misterio. El Oreja salió del dispensario en una camilla sostenida por el Gaucho y el Contador. Lo trasladaron a su celda. Y allí se le instaló durante un tiempo el Anarquista, dedicándose al suministro de calmantes y la limpieza de las incisiones. Pero lo que más nos intrigaba era el resultado del experimento. Por más que le habían recortado las orejas, pronto lo comprobaríamos, el malvado seguía incurable. Cuando pudo levantarse, en su período recuperatorio, lo asignaron a la cocina. Duró un suspiro en ese puesto tan codiciado por nosotros, los hambrientos. Fue sorprendido sumergiendo una rata en las cacerolas del guiso. La paliza que le dieron sus compañeros lo retornó al dispensario. La anécdota vino a demostrar no sólo el fracaso de la ocurrencia médica. También que las deformaciones corporales pueden repararse pero no las del alma y que ambos, cuerpo y alma, pueden vivir existencias independientes.

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No tardé en tomar conciencia de que, por más acompañado que estuviera y formara parte de algo, un pabellón, ahora me esperaban los años más solitarios de mi vida. Qué es más corrosivo, se pregunta uno, si los daños que se le infligen al cuerpo o el deterioro progresivo del alma. Menudean los castigos: desnudos durante horas en la nieve, los calabozos regados con agua helada, las manos y los pies triturados en una prensa. Todo sin contar las palizas habituales. Una mínima infracción, como rezagarse al formar fila era sinónimo de un escarmiento atroz. Las enfermedades abundan y la queja es inútil. Sin remedios ni atención el cuerpo se debilita y se corroe el alma. Acá en La Tierra no se encuentra un solo sentimiento que no se defina por la voracidad. La falta de alimento es tanta como la de amor. Todo aquí corrompe el corazón. Y sin embargo en la soledad uno se las ingenia para detectar un alma afín entre quienes, en su vida anterior, no hubieran tenido nada en común. Es que esa vida anterior acá no cuenta y es conveniente olvidarla. La memoria es una trampa, socava, devasta ese resto de flaca energía precisa para sobrellevar cada día. Uno se las ingenia, anoto, para encontrar, entre estos seres que habría despreciado en otra vida, un consuelo, un gesto que nos recuerde que el cautiverio aún no pudo amputarnos un último reflejo humano en el que se confunden la compasión y, por qué no, el amor. No asombra entonces que una bestia humana como el Tigre se haya convertido en el protector del Magnate, que el Clown cele al Tordillo, que el Cantante atienda al Mojarra. Los fuertes se apiadan de los débiles y estos corresponden sus favores. He ido registrando que las torturas, los castigos, las vejaciones, no anularon del todo una solidaridad que suele manifestarse en las situaciones límite. Es normal que alguien extienda su mano y, a partir de ese gesto uno permanezca en deuda mientras dura su condena. Hasta mi llegada no habían sido escasos los que habían abusado de la sed de ternura de la Modista. Como no quiero que nuestra relación se preste a malentendidos, no me extenderé sobre la misma. No obstante referiré una situación. Cuando el Púgil se burló del afecto que cultivábamos caricaturizándolo como el amor que no se puede nombrar, no fui yo quien le paró el carro. La Modista le puso la tijera en el cuello, lo hizo arrodillar. «No jodas con el nene», le dijo. Y sin quitarle la tijera del gañote le advirtió: «La próxima te corto los huevos». Aunque yo no fuera un purrete, y la Modista me llamara así, nene, su modo de decirlo no insinuaba tanto la tendencia del invertido como un instinto bondadoso y protector que volvía inadmisible su condena a perpetua por un crimen que, dicho sea de paso, y por respeto a sus sentimientos, no habré de enunciar en estos apuntes. En tanto, mientras me iba adaptando a la vida en La Tierra, pues a todo se acostumbra el hombre, animal doméstico por excelencia, digo, mientras me empecinaba a la vez en no perder la conciencia del tiempo, la eternidad de encierro que tenía por delante, ya convertido en un condenado más, uno entre todos, yo, el Zurdo, permanecía siempre atento a los detalles en el curso de cada día y el comportamiento de mis semejantes. Tardé en darme cuenta de que así como yo observaba a todos también había uno que me observaba. Mi asco le generaba una mirada sarcástica y venenosa a ese ser, el más repulsivo de La Tierra. Del Oreja hablo.

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Nadie supo cómo Júpiter vino a dar a nuestro pabellón. Tampoco nadie se propuso averiguarlo. Con seguridad, Júpiter se había fugado del caserío y, sorprendido por la tormenta, en una noche blanca, se refugió en nuestro pabellón. Lo descubrimos en el amanecer, tras el silbato y los golpes en los barrotes, cuando salimos de las celdas. Fue el Profesor quien, al verlo acurrucado junto a la estufa, se adelantó a levantarlo. Y fue también el que lo bautizó. Ninguno comprendió muy bien por qué ese gatito negro había elegido como hogar un pabellón. ¿Por qué alguien elegía huir del calor de hogar y buscar un sitio entre las fieras? Quizá Júpiter sabía, y nosotros no éramos del todo conscientes, que la tranquilidad de una familia no era tal, que bajo esa mansedumbre que se piensa basal de los más nobles valores cristianos, garantía de un porvenir celeste y blanco, soterradas, pululan pasiones tan infectas y ladinas como las picaduras de los insectos venenosos, sentimientos abismales que terminan subiendo a la superficie de la pretendida normalidad. Le preguntamos al Profesor por qué ese nombre. «Todos estamos llenos de Júpiter», dijo el Profesor. Quizás lo que el Profesor quiso transmitirnos fue que, como Júpiter, todos precisábamos de la ternura, una ternura que podía parecer inverosímil en nosotros, una necesidad de ternura que, en el encierro, manteníamos agazapada. Júpiter se trasladaba de una celda a otra. Y en su mudanza perpetua daba la impresión de disponer de un amor infinito que no vacilaba en distribuir a todos inspirando, como decía, esa necesidad de ternura que él retribuía con un ronroneo. En efecto, Júpiter nos devolvía una pureza primitiva, una luz que pugnaba por brotar. Lo recuerdo con precisión: Júpiter nos visitaba a todos. A todos excepto a uno: el Oreja. Se dice que los gatos tienen una percepción especial para captar las radiaciones de un ser vivo y, en consecuencia, se acercan o evitan el contacto. Júpiter no temía acudir a nosotros, instalarse a nuestro lado, acurrucarse y, amistoso, dejarse acariciar prodigando unos recíprocos arrumacos. Pero al Oreja ni se le arrimaba. Una vez el Oreja trató de conquistarlo pero no pudo vencer su resistencia. Por más que se le hizo el simpático ofreciéndole un cacho de marroco, Júpiter, luego de olisquear el regalo, retrocedió y saltó a mis brazos. Al Oreja no le gustó este rechazo. Caminó hacia mí, alargó la mano hacia la cabeza de Júpiter. Pude ver los dedos del Oreja con las uñas completamente comidas. Júpiter se apretó contra mi pecho.

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El Anarquista, un extranjero rubio, joven, pero al que las palizas policiales habían envejecido, con sus ojos claros y sus modos de maestro paciente, le tenía al Oreja una afección. «Hay que salvar su arma», nos decía con su dicción torpe. Al arrastrar la erre con un acento eslavo en vez de alma pronunciaba arma. Era paradójico que ese tirabombas que había volado por el aire a los banqueros y sus familias, se acercara al Oreja con una dulce actitud evangelizadora. Había que comprender que al Oreja lo habían engendrado un carbonero tísico y borracho y una meretriz sifilítica, habiendo crecido en el sótano de un conventillo padeciendo no sólo la desnutrición y la mugre sino también una cantidad abrumadora de calamidades. Según el Anarquista, el Oreja, vástago desdichado de la miseria humana, exigía nuestra contemplación. «Si no le tenemos comprensión nosotros, entonces quién», nos decía. Entonces se extendía con una verborrea confusa acerca de la fraternidad y la igualdad de los hombres. Después de cada sermón pedía que dejáramos al Oreja unirse a nosotros, que no lo tratáramos como un apestado. Pero apenas el Oreja sonreía con esa candidez fingida tan suya, cuando amagaba los primeros pasos hacia nosotros, nos levantábamos y optábamos, callados, por alejarnos y aguantar las ganas de borrarle a trompadas esa mueca boba que desmentía su mirada vidriosa. Júpiter nos imitaba y se venía con nosotros desconfiando del pantalludo raquítico. Andaban de aquí para allá, siempre juntos, el revolucionario y su falso cordero, juntos en el trencito hacia la tala, juntos barriendo la nieve que se apilaba en los portones, juntos reparando una caldera. El Anarquista había encontrado en la educación del Oreja un sentido a los años de encierro que tenía por delante hasta el fin de sus días. Hubo que ver la dedicación con que el Anarquista cuidó al Oreja cuando se pescó una pulmonía que estuvo a punto de despacharlo de una buena vez. Inexorable, lo previmos: cuando días más tarde el Oreja mejoró y su samaritano se contagió, el Oreja no le devolvió la caridad. Cada tanto espiaba el agravamiento del otro y esbozaba una sonrisa de tristeza que ninguno le creía. En esas noches el Oreja se masturbaba frenético y festejaba sus orgasmos con unas risas histéricas. Fue Júpiter el único compañero del Anarquista todo el tiempo que lo asoló ese flagelo en los pulmones. Y cuando al Anarquista le bajó la fiebre y presentó una mejoría pareció decepcionar a su protegido. «Dónde estabas, muchacho», le preguntó el Anarquista. El Oreja se encogió de hombros. Y se arrodilló junto a su lecho. El Anarquista sonrió feliz: Si un milagro me rescató de la agonía, le dijo, es porque sos mi misión en esta tierra. Paternal, le revolvió la pelambre al Oreja. Júpiter entrevió que se avecinaba la desgracia. Emitió un chasquido ante el acercamiento del Oreja a la cama del enfermo. Mostró sus garras diminutas. El Oreja y Júpiter se midieron con la misma mirada desafiante. La escena fue brevísima, un suspiro. Se me quedaría grabada hasta ahora, que la cuento, tal vez, para olvidar. Escribo sí, para olvidar.

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Aunque la locuacidad no fuera un rasgo distintivo de los reclusos, el silencio de las nevadas terminaba por aumentar el mutismo sellando para siempre el pasado. Uno se volvía puro presente y el presente no merecía demasiados comentarios. No sólo se empobrecía nuestro lenguaje haciéndose rudimentario. Sin embargo, cuando el silencio, con su aplastamiento, llegaba al hastío surgía el atisbo de una broma, una cargada, y esta era la excusa para derivar en los insultos. La broma precipitaba entonces el estallido del resentimiento concentrado y se producía una gresca que pasaba de la pelea personal a la confrontación de quienes tomaban partido por uno o por otro y, cuando uno menos lo esperaba, uno se veía envuelto en una trifulca de todos contra todos. Ojos reventados, bocas sangrantes, huesos rotos. En esos combates encarnizados cualquiera aprovechaba para cobrarse una vieja rivalidad, una venganza postergada que terminaba en un puntazo. Los carceleros, expectantes, disfrutaban que nos reventáramos hasta quedar tumbados y recién cuando estábamos al borde del aniquilamiento entraban a garrotazos derribando a los últimos contrincantes que se mantenían en pie. Una vez encerrados en nuestras celdas, en el corredor quedaban los heridos gimientes y, a veces, un moribundo. Podía oírse ahora un lamento, un último insulto mascullado y otra vez el silencio. El pabellón era castigado con una dieta elemental: pan y agua. El escarmiento aplacaba el ánimo hasta la próxima gresca. Cada vez que sobrevenía una de estas eclosiones el Anarquista se apuraba a meter a su pichón en su jaula. Es que todos, por hache o por be, se la teníamos jurada al Oreja y aguardábamos una oportunidad para reducirlo a la condición de guiñapo. Nuestro repudio al Oreja podía justificarse en la clase de aberraciones que había cometido pero también, y este era el motivo principal y común a todos, se debía a esa presunta docilidad que mostraba, esa mirada desde abajo en la que, al generarse la batalla, se debatía entre el temor y su avizoramiento de que alguno aprovechara para limpiarlo. El Anarquista, como digo, lo ponía al margen librándolo de la bronca que le teníamos. «Si no se sabe comprender, no se puede perdonar. Y la vida no vale una mierda», nos dijo una vez el Anarquista con su dicción rasposa. Quién estaba más tronado, nos preguntábamos, el Anarquista, con sus afanes de moralista o el canallita demoníaco. Quién de los dos era el alienado. También después, cuando el pabellón había retornado a una calma sepulcral, oíamos además de la risita nerviosa del Oreja y el susurro del Anarquista llamándolo a sosiego, el maullido de Júpiter.

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Entre nosotros también hay poderosos y sometidos, patrones y esclavos. Los códigos no escritos que rigen entre los reclusos garantizan el desenvolvimiento de la vida diaria, constituyen reglas y limitan los sobresaltos en la colmena. Mi guía en el aprendizaje de las leyes a respetar fue la Modista. Pasaba la mayor parte del día remendando nuestros uniformes, trabajando en el lavadero, procurando que nuestros harapos estuvieran presentables, lo que era imposible pues teníamos una sola muda. El apodo irónico que le habían puesto no lo ofendía. Los apodos siempre indican algo de nuestra naturaleza y, a veces, dicen más de nosotros que el número de la libreta de enrolamiento. Después de dispersar toda sospecha sobre una historia sentimental entre nosotros, cuando la Modista creyó que podía arreglarme solo, me dejó solo. Ahora yo era el Zurdo. Ya podés cuidarte solo, nene, me dijo. Pero no me sonó tranquilizador. Podía ser víctima de alguno de los mandamases, un pesado que quisiera hacerme súbdito suyo, lo que no tardó en suceder. Habíamos regresado de la tala, engullido nuestra ración de guiso y retornado a las celdas. Pero no todas las puertas se cerraban. Con la complicidad de los carceleros, algunas puertas quedaban abiertas facilitando las visitas nocturnas. Una noche reparé que el carcelero no se detenía en mi cerrojo. Supe lo que me esperaba. Estaba dispuesto a resistir. La quietud fue aplastando el pabellón. Unas toses acatarradas, ronquidos, las voces de las pesadillas. No más que eso. Luchaba contra el sueño. Escuché que la puerta se abría. El Mono entró seguido de sus laderos. Uno portaba una vela. Y el otro una cachiporra. Que me bajara los lienzos, me ordenó el Mono. Por las buenas, me dijo. No obedecí. Se me vinieron al humo. Resumiré la lucha. Quedé con un ojo en compota. Perdí dos dientes. Anduve rengo unos días. Contraje una infección anal. Pero de no ser por mi resistencia no habría sido la primera y única vez que … Pero no quiero desviarme de la narración que venía haciendo sobre las relaciones de poder y sometimiento. De igual manera que en el exterior, en nuestra comunidad de condenados, se acordaban tanto los trabajos como las uniones conyugales y, entre estas, cabían tanto los arrebatos pasionales, las infidelidades, las venganzas y también las reconciliaciones. Por lo general era la fortaleza física la que determinaba una unión. Pertenecer a un pesado aseguraba, mediante la entrega, la integridad física. El robo de una pareja estaba tan mal visto como la traición. Que hubiera parejas antiguas se debía ya no a la atracción sino a la comodidad: no tenía sentido lanzarse a una conquista cuando era sabido que la novedad terminaría en rutina sin ofrecer otra cosa que una repetición diferente pero repetición al fin. El Anarquista y el Oreja no habían formado una sociedad matrimonial. Entre ambos, era evidente, existía, al menos de parte del Anarquista, una comunión. La pureza del tirabombas y la roña mental del Oreja eran, nos dijimos, dos caras de una misma luna. A propósito, era en las noches de luna llena cuando el Oreja corcoveaba con esa risita histérica que nos embroncaba. De no ser porque el Anarquista estaba siempre alerta para sacarle las papas del fuego, más de uno habría acabado con la alegría funesta del Oreja. Aún ahora, al reunir estos recuerdos, creo escuchar esa risita en las noches de plenilunio. Ojalá mi prosa pueda reflejar la mezcla de asco y furia contenida de esa risita que repercute en mis tímpanos.

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La ballena apareció en nuestra playa a mediados de aquel junio. Cuando despertamos la ballena estaba allí. Nevaba. Y la blancura cubría el lomo oscuro de aquella giganta que respiraba con dificultad. Nuestros carceleros, tan amarretes de la compasión, esa mañana se conmovieron ante la magnitud de semejante desolación. Esa mañana, al ver el fenómeno, pronto dejaron de lado la obligación de la tala y nos ordenaron acudir en ayuda del prodigio. Empujamos la ballena hacia el agua. Sabíamos nosotros lo que se siente al ser uno expulsado de su ámbito natural. Al empujar a la ballena, empujábamos por nuestra libertad. Devolverla a su mar era retornarla también a sus seres queridos. Empujamos entre varios. Pronto fuimos muchos en ese esfuerzo inmenso. Su lomo subía y bajaba con intermitencia. Pronto dejaría de ser esa su única señal de vida. De nada servía nuestro empuje. Hasta que reparamos en su inercia total. Esa mole nunca volvería a surcar las profundidades. No recuerdo de quién fue la idea de sacarnos una fotografía antes de carnearla. Nos paramos en su lomo. El tiempo amarilló esa imagen. Y si la guardo es para conservar la esperanza de esa mañana. Durante un instante habíamos sentido que la libertad era tangible. Me cuesta reconocerme en el tercero de la izquierda, pero fui, soy ese. A mi lado, a la derecha, está el Anarquista con su ceño adusto. Al Anarquista le permitimos subir al lomo de la ballena. Pero no al Oreja.

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Contar los días, las horas, los minutos, los segundos. Cuentan los que estarán hasta el fin de su vida y cuentan los que tienen por delante una fecha de salida remota, salida que es improbable considerando que acá podés quedarte en una enfermedad o reventar en un castigo. El tiempo acá es otro. Hay veces que pasa tan despacio que la propia respiración aturde. Se mira una y otra vez la misma pared, se aprenden de memoria las figuras de la humedad. También, como se dice, para matar el tiempo, si es que hay una alternativa de matarlo que no sea matarse uno, dicha alternativa puede ser la observación de los saltos de una pulga. Al mirar la pulga uno se percata de que su vida no es más trascendente que la suya. Un consuelo: uno puede creerse Dios y matar la pulga como Dios nos mata cuando menos lo esperamos. Pero si uno no tiene el coraje de consumar la propia muerte no puede pedirle a Dios que lo haga. Es verdad que los condenados a perpetua nada tienen que esperar. Sin embargo somos los que convirtieron el pasaje del tiempo en un ejercicio de sabiduría. A pesar de que perdimos la ilusión de abandonar La Tierra encontramos en la rutina la distracción, el entretenimiento, a través de pequeñas tareas que, una vez descartada la idea del suicidio, dan a entender que nuestro paso por La Tierra es un tránsito entre dos nadas. Aquellos que tienen unas décadas que purgar son curiosamente los que más deberían aprender de la espera y no ponerse nerviosos. Sin embargo, son los que suelen atormentarse con la idea de la espera. Quizás porque saben que al salir, si salen, al recuperar la ansiada libertad serán una máscara resquebrajada de lo que fueron y, aún devueltos a la sociedad que los expulsó, no podrán borrar los años de encierro: el mundo será otro, los otros serán otros y también ellos, a quienes se les recordará siempre el pasado carcelario. Siempre serán presidiarios. Serán sospechosos y sus seres queridos, por más queridos que sigan siendo para ellos, el querer no será recíproco, lo que se puede advertir ya con la correspondencia que llega a La Tierra. Al comienzo de nuestra llegada los seres queridos suelen escribir respetando una frecuencia que, en los primeros tiempos, con su puntualidad, tiene bastante de pago de un impuesto. Pero al cabo de un año las cartas comienzan a espaciarse. El destinatario busca disimular su preocupación y la preocupación deviene rabia, la rabia se enquista. Cuesta aceptar que uno ya no es un ser querido, que así como uno empezó a pertenecer a su pasado, para aquellos que amó se convirtió también en un recuerdo molesto. Aquel que admite que acá el tiempo es otro, que en su congelamiento dejó de transcurrir, tiene la posibilidad de una liberación: dejar atrás todo pasado, todo porvenir y ser puro presente. Entonces el prójimo, los otros, acá pueden ser otros. Y se puede descubrir en ellos cierta comprensión, tal vez encontrar alguien que sintiéndose semejante pueda deparar una amistad o el consuelo de una sombra de compinchismo. A la conclusión que se arriba es que nadie puede vivir solo, ni siquiera aquel que lo pretende pues le hacen compañía sus fantasmas, espectros imposibles de espantar, caprichos tortuosos de la imaginación lastimada que enrarecen la reclusión en una especie de autohipnosis. La fantasía de la conversación con la madre, con la novia, con el hijo no hacen bien. Acá, si se encuentra, como digo, un alma afín, esta tornará más llevadero el encierro. Además se robustece incesante la idea de venganza, idea que nutre el instinto rabioso, ese motor de la reincidencia. Tanto para los hampones como para individuos como el Anarquista, que no es el único redentor social en La Tierra pues cada vez son más numerosos los presos políticos partidarios de la dinamita y lo que esperan es salir de una buena vez para continuar con su obsesiva tarea de socavar los cimientos de la sociedad que los fabricó. En este punto conviene tal vez aclarar que esta es mi posición: quien está acá es porque la sociedad lo engendró y, al darnos esta forma, la forma del miedo, la sociedad elucubró cómo adjudicar sus culpas a los otros, es decir, a nosotros. Entonces, cómo no comprender que aquellos que algún día lejanísimo verán la luz y lo que esperan es retornar y desquitarse: el terrorista seguirá fabricando explosivos y persistirá en su afán de demoler el mundo, así como el ladrón, ametralladora en mano, se regocijará llenando de plomo las barrigas de los que se crucen en su camino. Pero el Anarquista como el Oreja habían desechado toda expectativa de liberación. Estarían acá de por vida. Lo que explicaba que el trato docente que el Anarquista le daba al Oreja le fuera además de una acción loable, un entretenimiento pedagógico. Sin embargo en el Oreja no veíamos ninguna evolución. Lo que para él podía significar la espera no ingresaba en ninguna de las categorías enunciadas. La suya era la espera entre una maldad y otra, maldad que se le complicaba en su realización porque lo teníamos entre ojos. El esmirriado tenía en claro instintivamente -y en esta clase de sujetos el instinto es agudo• que la primera que se mandase podía ser la final. Todos, debo consignarlo, le fabulábamos al Oreja diferentes castigos. Abarcaban desde la aplicación refinada de la tortura china hasta el primitivismo del empalamiento. Debíamos advertir que en la elaboración mental de estas operaciones repetíamos el mal que el Oreja, esquivándonos en su desplazarse sinuoso, corporizaba. Un mal que, en la medida que fuera el otro, el Oreja nos hacía sentir distintos y, por qué no, superiores.

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También estaban los que, más por chupamedias que por buena conducta, se ganaban la simpatía de los perros y se les concedía el beneficio de la esclavitud en el caserío. Palear la nieve que bloqueaba las casas, cortar un ramaje, reparaciones de plomería y mecánica, todas las necesidades diarias de una comunidad chica para mantener un aspecto digno. Si se estaba dispuesto y, además de tener voluntad de ser servicial, se agachaba el lomo, uno podía ocuparse del reparto de pan que se amasaba y horneaba en el presidio, cuidar unas ovejas, pintar casas, todas actividades menos duras que la tala. Siempre había algo por hacer en el poblado para aquellos que habían tenido la suerte de caerle en gracia a los perros. Si subrayo el aspecto de la suerte es porque no bastaba con una actitud sumisa. Como decían algunos, es cierto que la suerte se hace. Pero también contaba que uno fuera rubio, toda una ventaja, a la que podía sumarse leer y escribir, contar con una cierta cultura. Quienes habíamos tenido un estudio, y yo era uno, podíamos ser empleados en el correo o en el periódico del lugar. Me designaron linotipista y también corrector. Estaba al tanto de las contadas noticias sociales de la comunidad. La boda entre un carcelero y una joven inmigrante que, huyendo de la miseria, había preferido convivir con un matón uniformado. Abundaban en estos enlaces las provincianas que dejaban atrás la explotación en las estancias. No faltaron, por supuesto, las bodas con las rameras del lupanar del cerro. Una vez casadas, eran las señoronas más conservadoras y respetables de la comarca: asistían emperifolladas a los festejos patrios en los que la misma fanfarria que recibía a los condenados en su arribo, daba un concierto con valses y chacareras. Ante estos matrimonios por conveniencia, las noticias del periódico eran generosas en adjetivos que celebraban la familia y el crecimiento de esta comunidad pequeña pero pujante que señalaba nuestra soberanía en el rincón más austral de la nación. El nacimiento de las crías también ocupaba su espacio en el periódico. El fruto de estas uniones, la reproducción de sabandijas, motivaba versos y ditirambos. Cada tanto, cuando en la capital algún político demagógico se acordaba de nosotros y armaba un alboroto en el Congreso nos caía una delegación de funcionarios. Antes de cada una de estas inspecciones se nos mandaba pintar los pabellones, limpiar los calabozos, mejoraba la alimentación y el guiso ya no traía tantos huesos sino algo más de carne con grasa. También el dispensario se ponía en acción: se revisaba a los enfermos, se suministraban remedios. Un diputado socialista nos vino a inspeccionar: fiscalizó las condiciones en que transcurría nuestra existencia, labró un informe detallado sobre la situación de los reclusos. Su denuncia produjo cierto revuelo en la prensa. Pero pronto la visita a la capital de un Papa con motivo de un Congreso Eucarístico le restó importancia a la ira socialista pasándola a un segundo plano. A pesar de las injusticias diarias el Anarquista y el Oreja habían conseguido un trato especial. Sin duda era mérito del Anarquista, que se parecía ya a un lama. Con ese temple convenció a los perros acerca de la domesticación del Oreja y su utilidad en el caserío. Los veíamos deambular cortando leña en una casa, deshollinando en otra, encaramados en un techo arreglando chapas, limpiando el dispensario que, después de la visita del socialista, tenía pretensiones de hospital. De no ser por sus uniformes rayados habríase dicho que se trataba también de un padre abnegado dispuesto a todo con tal de encauzar a un hijo idiota. El Anarquista y el Oreja, modelos apropiados para la inspiración de un pintor religioso, teatralizaban la pureza de un santo y su obra curadora. El pastor y la fiera.

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Que conste: no quiero adelantarme a los sucesos desdichados que estoy por narrar a pesar del vértigo que se apodera de mí, la urgencia por precipitar esta historia, la gana imperiosa de quitármela de encima como quien se confiesa y, por qué no, esta narración lo es. Entonces me fijo la cronología de los hechos macabros, hago memoria de esos días previos a la tragedia que comprometería a Júpiter. Que el Anarquista no se despegara del Oreja sugería más que una preocupación por su cuidado. El Lechuza lo advirtió: «El Anarquista no teme sólo lo que podamos hacerle a su pupilo. Teme, más bien, que el insano haga una de las suyas». En esos días previos el Anarquista y el Oreja limpiaban el galponcito trasero de la casa del Alcalde, título pomposo que ostentaba el director del presidio, autoridad máxima también de la comarca. El funcionario todopoderoso de estos lares alejados de la mano de Dios se jactaba de su biblioteca y de ser un católico de ideas avanzadas, creía en la evolución de la especie y en el progreso indefinido mediante la ciencia, convicciones que no le impedían asistir a misa los domingos, hincarse a rezar, sentirse un feligrés bondadoso y, al mismo tiempo, dictar nuestros castigos, medidas que justificaba como correctivas. El Alcalde le había tomado aprecio al Anarquista. Tanto le había caído en gracia que solía invitarlo a su casa a conversar. Al juzgarse ilustrado y amplio, le gustaba debatir con el condenado ya que ambos creían en la salvación de la humanidad aunque desde distintas perspectivas y con diferentes métodos. Cuando el Anarquista y el Oreja terminaban su faena el Alcalde los invitaba a su casa y los convidaba con té inglés y bizcochos. «Acá uno no encuentra con quién hablar de temas elevados», le había dicho el Alcalde. El Anarquista paladeaba la infusión con cautela, como si fuese un soborno. El Oreja, en tanto, se relamía y oteaba con angurria la azucarera. Esas conversaciones sobre la humanidad y su suerte se tornaron frecuentes con el estallido de la Gran Guerra. Las noticias de la matanza llegaban con retraso. Discutían los efectos de la guerra química, su incidencia en la especie. Al Alcalde le admiraba la devoción y la paciencia con que el Anarquista trataba al Oreja. Y valoraba que éste, en el último tiempo, luciera una mayor cortesía en el saludo, que escondiera durante las tertulias esa sonrisita nerviosa que para unos era la señal indiscutible de su retardo y para la mayoría una expresión diabólica. Debo resaltar también que el Oreja había enderezado su caminar. Si antes se desplazaba como al acecho, cuando ahora sus pasos tenían una cadencia aplomada que, en su exageración, le daban un aire farsesco. Nos preguntamos cómo el Anarquista había conquistado esa resolución casi desenvuelta en sus movimientos. En esas tardes, el Alcalde desarrollaba sus argumentos sobre la guerra como un proceso lógico de la regulación de la especie que había dispuesto el Supremo. «Sin su aliento nuestro siglo no habría divisado horizontes de grandeza», decía. El Anarquista se oponía y mencionaba como prueba de la ausencia de Dios el poder destructivo de la Gran Guerra, la carnicería masiva que, para el Alcalde, era apenas un episodio en la historia del hombre iluminada por el resplandor celestial. El Oreja escuchaba callado, la mirada pendiente de la chiquilla que ahora había entrado a la sala, se sentaba al piano y tocaba una polonesa. Ella era la hija del Alcalde, la luz de sus ojos, según decía. La quietud, la inmovilidad del Oreja ante los acordes, llevó al Alcalde y al Anarquista a una coincidencia relacionada con la educación por el arte: la música calma a las bestias. Conclusión relativa si nos atenemos a los hechos que me propongo narrar.

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Después está esa noche en la que mientras comemos el guiso el Oreja tararea esa melodía, la polonesa, con una deliberada vocecita aniñada. La melodía, esa voz de nena, las notas que machacan iguales y comienzan una y otra vez, nos remiten a lo que fuimos antes de ser esta escoria. La polonesa ha logrado retornarnos al pasado, cuando el destino pudo ser otro. Nos preguntamos si acaso en ese pasado el Oreja también pudo ser otro o su destino aciago ya estaba escrito. Nos preguntamos, en este estado entre metafísico y autocompasivo, si el Oreja compartiría nuestros pensamientos o, tal vez, lo que no era improbable, estaría imaginando a la niña del piano víctima propicia para la repetición de una de sus horrendas fechorías, arrastrarla, mediante un ardid, a un sitio apartado donde pudiera darle cuerda a su maldad. El Oreja entonaba una y otra vez la polonesa. Y el Anarquista lo contemplaba con un arrobo paternal: por fin su discípulo había limpiado su espíritu. Pude ver que un enternecimiento similar ganaba algunos rostros curtidos. Pude ver al Mono guiñándole un ojo. Pude ver, lo recuerdo con precisión, al Oreja asintiendo. Habría apostado la moneda que no tenía a que esa noche el Mono arreglaría con un perro que la puerta de su celda y la del Oreja quedaran abiertas, que esa noche el Mono penetraría entre las nalgas pecosas del otro. Así fue. Después, en la madrugada, volviendo a su celda, el Mono tararea la polonesa con su vozarrón. También oigo el llanto infantil del Oreja.

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Faltaba un rato para el amanecer. Nos despertaron los maullidos de Júpiter, unos maullidos de terror. Entre las rejas pudimos atisbar la causa del espanto y sufrimiento de nuestra mascota. Los chillidos del gato. Después, ominoso, el silencio. También el mar, el silbido del viento. Debía transcurrir aún ese momento previo a la claridad mortecina que va dando forma a las cosas, ese instante largo que para los insomnes es tan eterno como insufrible. La mañana, la mañana opaca como tantas. Al abrirse nuestras celdas lo vimos. Alguien le había arrancado los ojos a Júpiter. Después de esa aberración, el gato cayó a la planta baja. El animalito, dejando un rastro de sangre, caminó un trecho maullando errante. Y quedó tirado. Uno de nosotros lo sacrificó. No cederé a la tentación de resbalar en un relato morboso. Baste decir que al abrirse nuestras celdas, el último en salir al corredor fue el Oreja. Nuestras miradas lo enfocaron. El Oreja sonrió encogiéndose de hombros, sonrió con su candor baboso, una expresión de sus labios que contradecía el miedo que se agitaba en sus pupilas. El Anarquista, como todos, comprendió lo ocurrido y por ocurrir. Se apartó de su lugar en la fila de condenados, se acercó al Oreja, lo abrazó echándose a llorar. No hace falta explicar que era una despedida la suya. El Oreja permaneció imperturbable, con la sonrisa paralizada y los ojos mirando hacia el techo. Después, retrayéndose, con la cabeza baja, el Anarquista regresó a su puesto. Ahora era un derrotado. A mí me tocó levantar a Júpiter, introducirlo, todavía tibio, en una bolsa de arpillera, limpiar su sangre con un trapo empapado en kerosene. Enterramos a Júpiter detrás del pabellón, bajo un abedul. El Predicador dijo una oración en voz baja, pero no lo suficiente como para que todos pudiéramos escucharla y repetir entrecortadas sus frases: el padrenuestro. Todos repetimos amén. Hasta el Anarquista. El Oreja, desde lejos, observaba. Temblaba, pero no sólo de frío. Nevaba otra vez.

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La mañana y la tarde transcurrieron impregnadas por una desolación que nos abatió a la hora del Angelus. Se oyeron las campanas de la capilla del caserío. Al faltarnos Júpiter, algo faltaba en nosotros. En vano el Profesor volvió a repetirlo: «Todos estamos llenos de Júpiter». Consolándonos, quería consolarse. Cada tanto escudriñábamos al Oreja. Y bajaba la vista. El Anarquista, por su lado, lo ignoraba. Había claudicado de una vez y para siempre en su esfuerzo educativo. Esa noche el Oreja comió doble ración de guiso. Después: «Guardia», gritó. «El cerrojo», pidió. Pero el carcelero no le llevó el apunte. Me lo había chamuyado al carcelero. Más tarde, en la medianoche, nos vino el tarareo de la polonesa. Habríamos de escucharla hasta que alguien, uno de nosotros, tomara la iniciativa. Un martillo de la herrería. Y también un clavo. Empujé despacio la puerta. Me deslicé por el corredor. El silencio, el mar, el viento, la polonesa. El Oreja cantaba vuelto hacia la pared. Hubiérase dicho que esperaba manso la mano en el cuello, doblegándolo, el martillo, el clavo. Me limpié la sangre de las manos con sus cobijas mugrientas y regresé a mi celda. Los párpados me pesaban. El mar parecía estar acá adentro. Me hundí en un sueño denso.

Epílogo

En la mañana los carceleros nos formaron ante el Alcalde, ahora en su función de director del penal. Severo, nos dijo que si el responsable de tamaña aberración, asumiendo su culpa, daba un paso al frente, no adoptaría represalias. De lo contrario, el castigo caería sobre todos. Azotes, tala día y noche, pan y agua. Nadie se movió. Tardé en dar ese paso al frente. El Anarquista me siguió. Nos miramos. No tardaron los compañeros en sumarse. Todos el mismo paso al frente. El castigo colectivo no nos quebró. Habíamos soportado castigos más infamantes.

Si el lector desea juzgar lo que plantearé a continuación debe pensarlo más que como una moraleja como una meditación. Podría haber dedicado las páginas de este cuaderno al relato de otras experiencias. Si elegí los hechos de referencia no se debió a ninguna ambición ejemplificadora. Las leyes que gobiernan el aquí adentro, creo haberlo sugerido, son una proyección de las que rigen el afuera. El lector, al internarse en estas páginas, puede haberse sentido mejor persona que este atribulado cronista. Le propongo pensar si, en las mismas circunstancias, puesto a prueba en La Tierra, habría titubeado en actuar como actué. Quiero decir: el paso al frente de mis compañeros de presidio es una actitud que excede el elogio de mi prosa. Todo lo que le pido al lector es que medite antes de juzgar, como lo haría una dama de beneficencia o un verdugo. Y que una vez cumplida la meditación, no vacile en ese paso al frente.

(De: Cuando temblamos, 2016)