La CGT, con destino de canapé amarillo. Por Roberto Caballero

Por Roberto Caballero

La crítica despiadada al discurso de Juan Carlos Schmid en la movilización del 22 de agosto no registra lo esencial. La central sindical mayoritaria atraviesa una instancia dramática. Rastreable, sobre todo, en los balbuceos del triunviro que se animó a ser orador en Plaza de Mayo, después de la marcha del atril volador, metáfora cruda del vacío de conducción que atraviesa. Su papel en la escena, sin embargo, no puede resumirse en la figura del presunto burócrata sindical que no llama a un paro general y deja huérfanos de protección a sus representados, es peor que eso: a Schmid le tocó el rol de Edward Smith, el capitán del Titanic, pidiendo que la banda siga tocando mientras el iceberg destruye la proa del barco. Un último grito ante lo inevitable, un inútil llamado al orden en medio del caos o la curita para suturar un enorme tajo en la arteria femoral: la CGT se encamina a la ruptura.

La crisis obedece a múltiples causas. Mala caracterización del gobierno de Cambiemos. Mala lectura sobre cómo iba a resolverse la interna peronista. Los dirigentes cegetistas ni siquiera pudieron acordar una táctica común para defender sus intereses corporativos ante un gobierno ciento por ciento patronal. Que no juega para los empresarios: son los empresarios de la Argentina. Hoy Macri no les respeta ni los acuerdos trabados en 2016, en medio de un festival de despidos y paritarias con cepo. Les acaba de echar al cuadro técnico cegetista que administraba la plata de las obras sociales, también al segundo del Ministerio de Trabajo que les reportaba. Habrá más humillaciones. Esto recién empieza.

Podría decirse, parafraseando a Agustín Rossi, que hoy hay más sindicalismo peronista entre los afiliados que entre los dirigentes. El “primero la Patria, después el movimiento y por último los hombres”, en la institución que se precia de ser la más peronista de todas, se tradujo –con matices, por supuesto, recordando siempre que cualquier generalización peca de errores en “primero mi sindicato, después mi sindicato y por último mi sindicato”. En tiempos de Macri, la llamada burocracia no traiciona así sólo a la clase trabajadora. Es también insolidaria entre pares.


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Ante el más formidable proceso de restauración del poder empresario y financiero, lejos de fortalecer a la CGT como herramienta en la disputa por el reparto de la renta nacional, los dirigentes de mayor peso eligieron refugiarse en las zonas de confort de sus propias representaciones por rama, intentando abrir canales de diálogo particulares con el gobierno. Gerardo Martínez, de la UOCRA, es un buen ejemplo. También los petroleros. Apostaron a una flexibilización acotada de sus convenios para, en teoría, evitar males mayores. Cambiaron los despidos masivos por despidos selectivos y resignaron poder adquisitivo para mantener salarios, aunque sean insuficientes o pagaderos en cuotas.

La defensa del modelo sindical argentino quedó así en manos de una dirigencia dividida que optó entre la táctica vandorista de mostrar los dientes en la calle para negociar y los que directamente se dedicaron a mover el rabo ante la avanzada patronal por la baja de salarios. El triunviro fue apenas una salida cosmética para retrasar lo irremediable: el agravamiento de la crisis por ausencia de conducción unificada. Y nadie leyó mejor lo que ocurría al interior del edificio de la calle Azopardo que el gobierno, porque azuzó esa grieta interviniendo sindicatos (produciendo terror para el disciplinamiento de los más díscolos) o alentando esos acuerdos sectoriales con los más dialoguistas. Palo y zanahoria, según el caso.

El discurso de Schmid –deslucido, inconexo, brevísimo– fue el último alarido por mantener unido lo que, por dinámica mal llevada, tiene destino de ruptura. Fue la música de la orquesta ante lo inminente del naufragio. Pero la ferocidad en su tratamiento, el abordaje inmisericorde, parte de grupos de opinión que se sienten habitualmente cómodos en la prédica antisindical. Porque si bien es cierto que la historia del gremialismo nacional está plagada de rupturas y grietas, esta vez, a diferencia de otras épocas de la Argentina, poder político y poder económico concentrado son lo mismo y habitan el mismo lugar, la Casa Rosada.

Una CGT rota, sin capacidad de articular la resistencia común ante el porte formidable de un adversario que lo único que busca es la sumisión sin pataleos, es completamente funcional al esquema que pretende llevar la relación entre capital y trabajo al siglo XIX.

En estos 18 meses la CGT cometió muchos errores. El principal, utilizar la representación sindical para saldar cuentas al interior del peronismo, en especial, contra el liderazgo de Cristina Kirchner. El triunviro cegetista apostó a Sergio Massa como figura renovadora. Así le fue. No fue un error exclusivo de los sindicalistas: buena parte del peronismo analizó la etapa de igual modo. Sucede que su principal insumo son los análisis políticos de Clarín y La Nación. No hay lectura autónoma de la realidad, no hay pensamiento emancipado, pasan a creerle sin prevenciones a los diarios que forjaron, desde el Foro de la Convergencia Empresarial, el relato unificante que consolidó el bloque financiero y empresario que los tiene de enemigos.

La ancha avenida del medio no existe más. La tercera vía llevaba a vía muerta. El dispositivo Davos, aquel viaje que juntó a Macri con Massa, a quien presentaba como socio y opositor responsable, estalló en mil pedazos, en medio de un escenario de polarización que terminó por deglutirse al massismo, y amenaza con hacer lo mismo con cualquier variante peronista o panperonista que quede asociada con el oficialismo, como ya ocurrió antes con el radicalismo. Macri no acepta gobernar con nadie que no sea él. El lugar de sus socios amigables es uno solo: su estómago.

Peor aún, si el contrincante es débil, como lo es la CGT hoy, situación de extrema vulnerabilidad a la que llegó por decisiones equivocadas de sus dirigentes. Entendieron mal. No estaban invitados a la fiesta, nunca lo estuvieron, en verdad, salvo que acaten el destino de canapé que el macrismo les tiene reservado.

Si sus dirigentes no terminan por entender que sus intereses son estratégicamente contradictorios con los del gobierno, si no se unifican detrás de un programa político que los ponga en la vereda de la supervivencia, al menos, nada de lo que conocimos en el sindicalismo hasta ahora seguirá en pie. La máxima que dice que los gobiernos pasan y los sindicatos quedan, nunca estuvo sometida a una tensión como la actual.

El impacto tecnológico y sus consecuencias en el mundo del trabajo, la concentración casi infinita del capital en pocas manos, la conciencia laboral herida en la subjetividad por la supremacía mediática y el soporte político que un gobierno como el de Macri le brinda a este capítulo insaciable del capitalismo argentino, les depara un solo lugar para conservar su espacio de representación: la oposición. Cualquier mesa de negociación es antesala al banquete ajeno.

El de Schmid fue un grito contenido. El de un sindicalismo que teme lo que se viene, que intuye que tiene que hacer algo urgente para evitarlo, que no sabe cómo y que perdió demasiado tiempo probándose el traje de corporación influyente al interior de un modelo que no los corteja ni como pata contenedora del conflicto social. Simplemente, porque los quiere ver humillados, firmando la defunción de los convenios colectivos en la reforma laboral que se viene.

Demasiado tiempo perdido en construir un Lech Walesa contra el satánico kirchnerismo.

Se equivocaron: hacía falta un Saúl Ubaldini en condiciones de darle pelea al macrismo.

Tiempo Argentino

 

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