La chica que miraba a cámara

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Sergio Olguín

Foto: Juana Olguín

I

Mi tía Patricia era la «rara» de la familia. Se dedicaba al periodismo, y dentro del periodismo, a la crítica de cine. Nunca se casó ni tuvo hijos. No sé si yo era su sobrina favorita (tenía otros cuatro), pero ella sí era mi tía favorita. Más que eso: era mi ídola.

Mi papá le llevaba casi diez años, por lo que no habían compartido muchas cosas de chicos, y de grandes mantenían una relación de hermanos, pero a una prudente distancia. Mi padre tenía un negocio de electrodomésticos y mi mamá era inspectora de escuela. Si bien la diferencia de edad entre hermanos había marcado la falta de onda entre ellos, creo que quien había alimentado la distancia era mi madre, que siempre hablaba de ella con ironía o desprecio. Eso me resultaba incomprensible porque mi mamá amaba el cine, solía leer novelas, sabía de arte. Estaba más cerca del mundo cultural de mi tía que mi papá, que solo miraba películas de vaqueros y jamás leía un libro.

Mi tía Patricia había vivido en Nueva York a fines de los años sesenta, viajó por Europa, recorrió los festivales de cine más importantes, estuvo en la India durante dos meses. Mi familia no iba más allá de la Costa Atlántica o de Córdoba. Patricia era lo más parecido a una heroína de película que podía imaginar. Yo guardaba con pasión algunos regalos que me había traído de sus viajes: una muñeca Barbie de Estados Unidos, un rompecabezas que reproducía un cuadro de Van Gogh, adquirido en Ámsterdam, y un ajedrez con figuras de la Commedia dell’ Arte que me compró en Venecia. Me acuerdo de que mi madre comentó con desdén que un juego de ajedrez no era para una nena. En el imaginario materno solo los varones podían ser ajedrecistas.

Mi tía había heredado de mis abuelos un departamento enorme en Riobamba y Paraguay. No sé si era tan grande, pero a mis diez años sentía que tres habitaciones, un escritorio, dos baños y un living comedor recargado de sillas, sillones y almohadones eran casi un palacio.

Siempre que tenía oportunidad iba a su casa. Me gustaba quedarme a dormir y verla teclear sobre una máquina de escribir Olivetti. Escribía sus artículos para diarios y revistas, incluso para un diario de Caracas y para una revista de México. Fumaba mucho, y el olor del cigarrillo impregnaba todos los ambientes de la casa. Algunas noches en las que me quedaba a dormir venían amigos de ella: artistas, periodistas, extranjeros, algo que me resultaba el colmo de lo exótico. Ella me dejaba participar de las reuniones como si fuera un adulto más. Yo hacía un gran esfuerzo para mantenerme despierta hasta la madrugada, pero el sueño me vencía antes de que los invitados comenzaran a irse.

Me encantaba revolver su ropa, los libros, las carpetas, sus fotos. A ella no le molestaba, me dejaba descubrir parte de su vida a través de sus objetos con la misma calma que tenía al contarme sus historias. Entre los papeles de su escritorio había guardada una fotografía que siempre me llamaba la atención. La imagen era en blanco y negro. Parecía una foto de los años sesenta. Cuando la vi por primera vez me fascinaron los vestidos de las chicas, recargados de rayas, estampados y flecos; los gestos locos de la gente que bailaba. A pesar del blanco y negro de la foto, una podía imaginar muy fácilmente los colores chillones de la vestimenta. Todos parecían hermosos y felices. Solo había una persona que no bailaba. Estaba en el centro de la foto, sentada en un sillón circular, una especie de puf enorme y redondo. Era una chica que miraba a cámara, sonreía, y esos ojos se devoraban todo.

Mi tía no estaba entre los fotografiados, por lo que supuse que ella fue quien captó ese momento. Después de mirar la foto varias veces, le pregunté quiénes eran esas personas, quién era la chica del medio. Primero se hizo la desentendida, como si no comprtendiera bien lo que le preguntaba. Después dijo con cierta indiferencia que se trataba de una fiesta en el Village, cuando vivía en Nueva York. Insistí: quiénes eran los que bailaban. «Gente», fue su lacónica respuesta. Y la chica del medio, la chica de ojos como abismos que miraba a la fotógrafa. Mi tía lo pensó unos segundos antes de contestarme: «Alguien que quise». No agregó más nada.

Seguí yendo seguido a lo de mi tía. A medida que crecía, me fue mostrando otras cosas: me prestaba libros, me hacía ver películas (¡en VHS!, o me llevaba al cine de Hebraica), algunas veces fuimos juntas a museos. Borges y Cortázar, Los cuatrocientos golpes y Un día muy particular, las muestra de Basquiat en el Museo Nacional de Bellas Artes, el Museo de Calcos en la Costanera Sur. Sin embargo, yo seguía obsesionada con la foto. Cada tanto le revolvía los papeles y la miraba de nuevo; lo hacía a escondidas, con la sospecha de que estaba haciendo algo inapropiado.

Por esa foto empecé a escribir a los doce años. Fue la manera que encontré de calmar los demonios que me despertaba esa imagen. Inventaba cuentos inspirados en esos jóvenes despreocupados que bailaban en una ciudad que no conocía, le inventaba una vida a la chica de la foto. A veces era mi amiga; otras, una superheroína antes de desplegar su supertraje ignífugo.

Escribí durante toda mi adolescencia. No solo las mil variantes de la historia de la chica de la foto. Por suerte tenía otros fantasmas y obsesiones que conjuraba con la escritura. La primera lectora de mis cuentos fue mi tía. Ella me aconsejó, me marcó algunos errores y me alentó como nadie para que fuera escritora. También me recomendó el taller literario de un amigo suyo.

Un par de años después tuve una iluminación. Fue como un rayo que me atravesó del cerebro a los pies y me hizo temblar: Patricia estaba enamorada de esa chica. Ella me había dicho que era alguien que quería y yo había pensado que hablaba de una amiga, como las que yo tenía en la escuela.

Pero me equivocaba. Mi tía Patricia amaba a esa mujer como se amaban los protagonistas de las telenovelas que veía en casa o de las películas que mirábamos juntas. Pero en este caso eran dos chicas. No conocía ninguna historia así, ni en la vida ni en la literatura.

Por un momento temí por mi tía. Esa historia de amor debía ser su secreto, algo que tenía que ocultar a todos, especialmente a mis padres. No dije nada en casa. Solo más tarde, en algunos comentarios de mis padres, comencé a descubrir indicios que evidenciaban que sabían desde siempre que a mi tía le gustaban las mujeres.

II

Quizás porque los tiempos cambiaban, quizás porque yo crecía y mi tía se mostraba más abierta a su vida íntima, lo cierto es que con el tiempo me quedó claro que una de sus amigas más cercanas era en realidad su novia. Andrea era pintora, un poco más joven que mi tía, y no se parecían en nada. Mi tía fumaba todo el tiempo, tomaba alcohol como un cosaco, hablaba en voz muy alta y tenía un carisma que la convertía en el centro de atención de cualquier reunión. Andrea mantenía siempre un bajo perfil, no fumaba, era abstemia, comía sano y hasta salía a correr todas las mañanas. No vivían juntas, pero algunas veces en las que yo me quedaba en el departamento de mi tía, Andrea también dormía ahí. Alguna vez Patricia me llevó a la casa de su novia. Vivía en una casona en Floresta. Al fondo tenía su atelier lleno de luz y de pinturas por todas partes. Recuerdo que el lugar no me fascinaba, nunca me atrajo mucho la actividad pictórica. Siempre que iba temía mancharme con pintura y no poder quitarla de mi ropa.

Cuando mi tía publicó su primer libro, una historia del cine argentino, hizo una presentación en un centro cultural al que concurrió gran parte de la familia, incluso mis padres. A mi mamá se la notaba un poco nerviosa, como un sapo de otro pozo que no se animaba a moverse mucho. Mi papá, en cambio, estaba orgulloso de su hermana. Mis hermanos y primos se aburrieron como ostras mientras escuchaban a los presentadores. Yo fui la única de la familia que acompañó a mi tía y a Andrea a la fiesta posterior que hubo en la casa de su editor.

Tiempo después uno de los diarios más importantes de Buenos Aires la nombró editora del suplemento cultural y Patricia dejó en parte la crítica cinematográfica. Se la veía muy contenta con su nueva obligación. Las reuniones en su casa se hicieron más concurridas todavía. A veces la pasaba a visitar por el diario para ir a tomar un café a un bar cercano. Me gustaba ese ambiente de redacción con hombres y mujeres que en una misma conversación eran capaces de hablar de literatura, política y chismes del espectáculo. Sin embargo, no estudié periodismo ni Letras. Comencé Derecho. Debía ser una de las pocas estudiantes de abogacía que podía hablar con soltura de surrealismo o de la Nouvelle Vague, todo gracias a mi tía.

Uno de los cuentos que escribí (la historia de un chico que tarda en descubrir que los cuidados excesivos de sus padres se deben a que está por morir de una enfermedad terminal) conmovió muchísimo a Patricia. Me dijo que lo publicaría en el suplemento veraniego del diario. Yo no podía creer que iba a poder publicar mi primer cuento. Igualmente, le dije que no me parecía una historia muy veraniega. A mi tía por suerte no le importó y yo vi mi nombre en la parte superior de la doble página central del diario. Creo que por única vez mis padres vieron con buenos ojos la actividad intelectual de mi tía.

Una tarde que llegué de visita al departamento de Patricia, ella y Andrea estaban de limpieza general. Habían separado un montón de papeles para tirar. Yo los miré distraídamente hasta que algo me llamó la atención. Entre las hojas estaba la foto, la hermosa foto de la chica que miraba a cámara. Por un momento me indigné. Cómo mi tía podía estar arrojando a la basura una foto de alguien amado. Pensé en pedirle explicaciones. Sin que se dieran cuenta la separé y la guardé entre mis cosas. Llegué a plantearme la posibilidad de que mi tía hubiera decidido tirar la foto a pedido de Andrea. Quizás le daba celos el recuerdo de un amor de otros tiempos.

III

Por entonces tuve un novio que me acompañaba a la casa de mi tía. Era un compañero de la facultad, excelente estudiante, algo nerd, lindo, siempre prolijo. Usaba un perfume muy rico; no es lo único bueno que puedo decir de él, pero tampoco mucho más. No estaba enamorada de mi novio. Los buenos momentos, sin embargo, no faltaron. Se llevaba bien con mi tía y con Andrea, también con mis padres y mis hermanos. Considerando que en un futuro a mediano plazo se iba a convertir en un abogado exitoso, el muchacho era un buen partido.

Me di cuenta de que lo quería o de que lo necesitaba cuando me dejó. Lloré como nunca en la vida, adelgacé. Mi tía me dijo: «Alguna vez también sentí que el mundo se me venía abajo». Yo pensé en la chica que miraba a cámara y tuve ganas de reprocharle que hubiera tirado la foto. Aunque ahora me parecía comprender mejor su actitud: yo había borrado todas las fotos que tenía de mi novio en el celular.

Gracias a mi trabajo en una consultora pude alquilar un departamento de un ambiente e irme a vivir sola. Una de las primeras cosas que me compré fue un portarretrato. Lo puse en la biblioteca, delante de muchos libros que me había regalado Patricia.

En una de las tertulias que organizaba mi tía conocí a Clara, una alumna del taller de pintura de Andrea. Era una flaca alta, lánguida y con un detalle inquietante: se parecía notablemente a la chica de la foto. Pasé gran parte de la noche charlando con Clara mientras la duda me carcomía el cerebro:

¿Sería hija de aquella chica del Village? ¿La había invitado mi tía? ¿Sabía Andrea quién era? Quizás por estar muy concentrada en estas preguntas, o quizás por efecto del alcohol que había tomado, no me había dado cuenta de que Clara me estaba coqueteando. Me tomaba la mano que tenía sobre la pierna, se acercaba hasta rozarme, me miraba como miraba su madre (¡o su tía!, esa simetría ni Borges la hubiera predicho). Lo peor, o lo mejor detodo, es que me sentía muy cómoda en su compañía. Creo que era de madrugada cuando fui yo la que la tomó fuertemente de la mano, la interrumpí mientras me contaba una historia de su facultad y le dije:

-Necesito que veas una foto que tengo en mi departamento.

Clara estalló en una carcajada. Dijo algo sobre excusas locas, pero no le presté atención. La saqué de la reunión sin despedirnos de nadie. En el ascensor me comió a besos. El asombro del primer segundo dejó paso a sensaciones más placenteras. Me latía todo el cuerpo.

Nos subimos a un taxi y fuimos hasta mi monoambiente. Quise mostrarle la foto apenas llegamos, pero no me dio tiempo. Comenzó a sacarme la ropa y me pareció más cortés y urgente hacer lo mismo con su jean y su remera. Pasamos lo que quedaba de la noche cogiendo como nunca había imaginado. O había imaginado pero no creía que lo llegara a hacer. Lo que más recuerdo de aquella primera vez fue la sorpresa de oírla gemir mientras la penetraba con mis dedos. Podría haber pasado el resto de mis días haciendo eso y besándole las tetas.

Ya había amanecido cuando me levanté a buscar un vaso de agua. Le llevé uno a ella, que seguía acostada, y también llevé el portarretrato con la foto.

-¿Es tu mamá? -le pregunté con voz algo temblorosa, emocionada por estar ante una revelación muy importante.

Clara serio, me miró extrañada como si yo le estuviera haciendo un chiste. Me dijo que no, que nada que ver, que su madre era muy distinta y lo había sido también en los años sesenta. Me preguntó por qué pensaba que esa chica podía haber sido su madre. Ahora me reí yo de manera muy artificiosa.

-Estoy loca. Tenés que saberlo. Voy a hacerte preguntas más raras en los próximos días, tal vez en los próximos años.

Fue un cálculo exagerado de mi parte. No en la locura, pero sí en los tiempos. Nos vimos un par de veces más y después Clara desapareció de mi vida. Lo suficiente para darme cuenta de que no se parecía en nada a la chica de la foto, que todo había sido fruto de mi imaginación y de mi deseo. También descubrí que si el rayo del amor me iba a partir en dos era muy probable que viniera por el lado de una chica. Desde entonces me mantuve atenta a esa posibilidad.

IV

El mismo año que yo publiqué mi primera novela, mi tía publicó su segundo y último libro: Mi vida en Cinecitta, un canto de amor a las películas italianas que tanto le gustaban. Ella me dedicó su libro; yo le dediqué el mío. Fue un intercambio justo, mal que les pesara a mis padres, hermanos y primos.
Unos meses más tarde Patricia y Andrea viajaron a Europa. Pienso que no fue una casualidad, que ella lo buscó. Mi tía se descompensó en Venecia, murió de un infarto en esa ciudad que amaba, como el protagonista de la novela de Thomas Mann, como el personaje que interpretaba Dirk Bogarde en la película de Visconti.

Desde entonces algo me falta. La muerte de mi tía se llevó un brazo invisible que me permitía sostener cada desafío, o una pierna invisible que me permitía moverme entre mis miedos y deseos. No sé si sentiré algo parecido el día que mis padres no estén.

Andrea se llevó muy pocas cosas del departamento. Prefirió dejar todo en manos de nosotros, los sobrinos. No pensaba pelearme con mis primos. Al fin y al cabo ellos estaban interesados en las cosas de valor y yo solo quería sus papeles, algunos de sus libros. No mucho más.

En una caja con cosas que ella tenía abandonadas, y que extrañamente se habían salvado de ir a la basura, había varias fotos. Reconocí escenas de Los amantes del Pont Neuf, de El coleccionista, de Repulsión, otras imágenes no tenía idea de qué película eran, pero mi sorpresa fue ver que había fotos también de la chica que miraba a cámara. Parecían de la misma serie de fotos que la que yo tenía en el portarretrato. No me hubiera sorprendido tanto al descubrirlas, si no fuera porque reconocí a un tipo que estaba con ella en una imagen. Era Jack Nicholson. Tanto la foto que yo guardaba como todas las que había de la chica farmaban parte de escenas de una película. Muy pronto averigüé que se trataba de Psych-Out, un film norteamericano de 1968. La chica era la actriz Susan Strasberg.

Mi tía me había mentido. Me había hecho creer que esa reproducción de una película era parte de su vida, de sus amores. Por esa foto yo me convertí en escritora y busqué en los ojos de otras mujeres lo que mi tía había encontrado, creía yo, en una fiesta del Village neoyorquino. No sabía si sentirme estafada o agradecida.

Por alguna razón no del todo clara decidí guardar las fotos de esa película y dejar el portarretrato en su lugar.

Pasó mucho tiempo, años, hasta que volví a ver a Andrea. Quedamos en almorzar en un restaurante vegetariano que a ella le gustaba. Hablamos mucho de Patricia. Yo aproveché para contarle sobre la foto que había descubierto a los doce años y que todavía tenía en mi departamento. Le hablé de la película, de cómo mi tía me había engañado haciéndome creer que era parte de su vida y que a partir de entonces yo había intentado reconstruir esa historia al punto de convertirme en eso que era, una
escritora. Andrea me escuchaba con mucha atención. Me hizo repetir de qué película se trataba. Volví a decirle el nombre. Se quedó pensando unos segundos y me dijo:

-Ah, sí, la Strasberg, como le gustaba llamarla. Sí, claro. No sé de qué foto hablás, pero ellas se conocieron.

Y a continuación Andrea me contó que la actriz y mi tía se conocieron en Roma y que fue por ella que se había mudado a Nueva York. Tuvieron un romance breve en Italia, que no continuó en Estados Unidos a pesar de los deseos de mi tía. Ella había sufrido mucho con esa historia frustrada de
amor. Claro, no era la fotógrafa de esa imagen que yo guardaba, pero no me costaba imaginar que mi tía veía en esos ojos captados por un fotógrafo de estudio la misma pasión, el mismo amor que había visto en los ojos de Susan Strasberg en algún rincón de Roma o de Florencia.

Lo que no me pude explicar es por qué aquella vez arrojó a la basura esa foto y no las otras que eran menos interesantes. Me gusta pensar que tal vez no la tiró. La dejó ahí porque sabía que yo la iba a ver y me la llevaría a casa. A su manera, mi tía me regaló la foto. Quería que yo la guardara.

Cuando regresé a mi departamento busqué todas las fotos que tenía de la chica que miraba a cámara. Había llegado el momento de volver a contar la historia de amor de mi tía. La misma que intentaba descubrir o de imaginar desde mi adolescencia. Encendí la computadora y abrí un archivo de Word.

(De: Los hombres son todos iguales, Tusquets)