La Chiru

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Luciana Pallero*

Este cuento está dedicado a Mónica Cragnolini.
En agradecimiento por sus clases, de las que no se sale como se entra.

Mis padres compraron la casa de Rincón dos años antes de que yo naciera. Durante mi infancia vivíamos en Buenos Aires y vacacionábamos en ese pueblo. La casa estaba cerrada todo el invierno hasta que terminaban las clases, entonces el auto se cargaba de cosas y mi mamá manejaba seis horas por una ruta calurosa y polvorienta. Cuando llegábamos a Rincón, las telas de araña cubrían todo en la casa. No obstante, mi madre nos daba de comer a mí y a mis hermanos, preparaba las camas limpias, barría un poco y en una mañana dejaba el espacio habitable para empezar las vacaciones.

Como es lógico, el lugar cambió un poco en los últimos treinta años. Hay más construcciones, hay más basura y las calles principales fueron asfaltadas el año pasado. A causa de esto, a mi juicio, simplemente el pueblo ha perdido el encanto. Aunque las calles secundarias siguen siendo de arena.

Cuando entramos al pueblo, el auto se desliza con suavidad, pero cuando nos alejamos del centro y nos vamos acercando a la casa, todo se parece al pasado y el auto va dando saltos y se llena de polvo y eso hace que todo me resulte familiar.

La última vez que viajé fue hace dos años y me quedé por poco tiempo. Había sido un viaje rápido, sólo para traer a una perra vieja mía que estaba terminal, darle una inyección y poder enterrarla en el lugar de donde era ella. Así que ahora a la casa la encontramos muy sucia y no tardamos una mañana en limpiarla sino todo un día. La casa seguía igual, le conté a mi novia, con sus telarañas y con su dinámica de esperar todo el año y ser abierta sólo en los meses de verano. Hasta los muebles y las cosas que había adentro eran las mismas. Mi novia y yo nos conocimos estudiando Filosofía en la universidad. Ahora ella da clases en la facultad y yo en escuelas secundarias. Era la primera vez que ella venía a Rincón.

A una cuadra de la casa pasa un río angosto. Es un afluente del Paraná que se llama Ubajay. Hay una playa ahí y fuimos a la tarde. Son nuestras vacaciones y buscamos descansar. Es enero, el mes del año en que hace más calor, muchísimo. Antes Rincón estaba más de moda y la playa se llenaba, pero ahora parece que la gente está en otras playas, en otros pueblos, y acá está tranquilo. Solamente se escucha a unos chicos hablar sobre cosas referentes a sus juegos y también el ruido del viento en las hojas de los árboles, que hoy se está levantando un poco. Hay varios perros en la playa. Son perros del pueblo, no son de nadie en particular pero están gorditos y bien cuidados. Hoy andan tan muertos de calor como la gente. Se los suele ver yendo hasta el río, se meten caminando despacio y se quedan parados con el agua hasta el lomo. Ahí metidos, toman agua. Hay unos cinco perros. Una se nos acerca. Es grande y negra. Virginia, mi novia, está leyéndome noticias que aparecen en su teléfono. Yo veo que la perra tiene el hocico largo, igual que las patas. Le acaricio la cabeza y entonces ella me mira. Aunque bastante más grande, la perra es del mismo tipo que aquella perra que yo había tenido, la que había muerto hacía dos años. Tiene la misma línea, está dibujada por el mismo lápiz pero, además, cuando la acaricio, responde con su movimiento de la misma manera que lo hacía la Chiqui. Le gusta el cariño. Quiero contarle esto a Viky pero, por alguna razón, no me sale y sigo escuchando las tonterías que me lee de internet.

En la playa nos cruzamos con dos conocidos que no veo desde hace unos diez años. Me saludan con interés. Es obvio que se mueren de curiosidad y quieren que les cuente qué ha sido de mí. En un pueblo chico no hay mucho con qué entretenerse. En cambio, a mí nada me interesa menos que saber sobre lo que hicieron de su vida dos amigos de la juventud que sólo veía en los veranos, cuando andaba en los bares del pueblo y todos jugábamos al pool y al metegol y escuchábamos los Doors. Sin embargo, Viky es simpática y sociable -siempre es simpática y sociable- y decide improvisar una picada en casa. Debido a ese sorpresivo cambio de planes tenemos que dejar la playa más temprano de lo que yo quería e ir de compras. Antes de abandonar el río, le ofrezco a la perra la bolsa con bizcochos que sobraron. Ella los come con su hocico largo. La bolsa se va yendo cada vez más lejos, no puede alcanzar los últimos bizcochos.

Esa noche soñé con Chiqui. Soñé que estaba conmigo en la cama y yo la tenía abrazada, entonces veía que se había hecho pis. Se ponía panza arriba y yo se la acariciaba.

A la mañana siguiente fuimos con Viky al centro. En vez de caminar por la calle, como siempre, tuvimos que caminar por la vereda. Como ahora hay asfalto, los autos van rapidísimo. Entramos a la panadería a comprar facturas. La perra grande de la playa estaba adentro. La panadera me dijo que se llamaba Chiru. Iba siempre a buscar facturas del día anterior que ahí le daban.

Al otro día llevamos reposeras a la playa. Las pusimos en la costa del río y ahí estábamos con las piernas metidas en el agua. Apareció la Chiru. Venía caminando con un andar lento y elegante de patas largas. Llegó hasta mí y me tocó con su hocico húmedo y frío. Yo le pasé la palma de la mano hacia atrás, sobre el pelo corto y brillante de su cabeza. Ella agachó las orejas y giró las pupilas hacia arriba para mirarme. Era igual que la Chiquita. Cuando dejé de acariciarla, tranquila, me tocó el brazo con la punta del hocico para que siguiera. Además, levantaba la pata con intención de agarrarme, como si también fuera una mano casi humana. Le acaricié la parte de abajo del hocico yendo lentamente hacia atrás con la parte de arriba de mi mano. Era muy suave, como yo esperaba. Podía ser que la Chiqui hubiera reencarnado en esta perra. Si era así, yo podría volver a acariciarla. Y ella estaría viviendo acá, en Rincón, adonde ella había nacido y adonde le gustaba tanto venir de vacaciones. Pero yo no había creído nunca en la reencarnación. Ni siquiera creo en la vida del alma después de la muerte.

Me acordé de la mañana antes de llevar a Chiquita a la veterinaria que le iba a dar la inyección. Aquella mañana temprano habíamos llegado en auto de Buenos Aires. Como ella siempre había sido muy feliz en Rincón, antes de ir a la veterinaria, decidí llevarla al río. La perra estaba muy vieja y ya no podía caminar, había dejado de comer y de tomar agua aquella semana. Estaba tan flaca que se le notaba la forma de todo su cráneo y de toda su estructura ósea. La llevé hasta la playa en brazos como a una criatura. Caminé por el agua unos pasos. Cuidando de no hacer un movimiento muy brusco, me agaché y sumergí un poco su cadera dolorida para que el agua fresca la aliviara un poco. Ella movió el cuello y miró alrededor, miraba la isla de enfrente, los árboles con viento, el cielo. Yo veía que estaba contenta de haber vuelto a Rincón.

Miro a la Chiru. Creo que la Chiqui debe haber deseado mucho vivir en Rincón, en la playa, y por eso reencarnó en la Chiru. Pienso que si se desea algo muy fuertemente, puede pasar que se cumpla. Quizá algo de la Chiqui está en la Chiru. Porque cuando nos morimos el cuerpo cambia de forma y se transforma en otras cosas. Puede ser que el deseo también se transforme, porque el deseo también es algo. Es como una energía que nos dirige. Y la energía cambia de forma y se transforma también. Es muy lógico que la Chiqui haya querido ser más grande de lo que era. Porque cuando nació era la más chica de los hermanos y siempre se quedaba sin tomar la leche de la teta, por eso le quedó Chiquita. Así que puede ser que haya sufrido por ser chica y haya deseado mucho ser más grande de lo que era.

La Chiru se va al agua un rato. Después viene de nuevo conmigo y me pide más cariño. Después se acuesta y dormita un rato. Todo el mundo dormita, porque hace muchísimo calor. Cuando volvemos estoy atenta a ver qué hace. ¿Se acordará de mí? Pero la Chiru no me sigue a casa. Se queda en la playa.

A la noche estoy feliz de no ver a ningún viejo amigo y comer en la tranquilidad del patio. Después de pasar dos días y dos noches no me queda más que pensar en cómo resolver el tema del mantenimiento de la casa. Me preocupan los cielorrasos llenos de hormigas y las cañerías. De hecho, es urgente que se arregle el baño y el tanque que, cuando se llena, empieza a perder y es necesario correr a cerrar la llave de paso. Miro la parra y veo una laucha que se escabulle.

—Mañana voy a averiguar dónde hay un plomero -digo.

—Buenísimo -contesta Viky.

A la mañana siguiente me levanté temprano para asumir la tarea de buscar un plomero. Hacía esfuerzos por no ponerme de mal humor. No había planeado tener la obligación de hacer “algo” durante mis vacaciones. Aunque, para ser realista, yo siempre me levanto temprano. Disfruto de la luz matutina que una vez leí que es energizante, al contrario de la luz vespertina que sería relajante. Creo en eso y prefiero la energía que te activa de la mañana. Además, levantarme temprano me brinda unas horas de tranquila soledad, ya que Viky rara vez se levanta antes de las once.

Tomé mates en la cocina mientras escuchaba gotear no sé qué sobre el techo de chapas y un gallo cantaba a lo lejos, aunque el amanecer había pasado hacía unas horas. La placidez regular con la que se sucedían esos sonidos me sacó en unos segundos la ansiedad que no había logrado sacarme un año de terapia. Me vestí con una musculosa blanca y un short viejo que había encontrado en un ropero y que recordaba haber usado mucho hacía unos años, porque eran comodísimos. Salí al patio y comprobé que era la mañana de un día hermoso. Era muy temprano y todavía estaba fresco. Me puse en una posición que aprendí en una clase de stretching. Cerré los ojos y respiré profundo, levantando los brazos, poniendo la columna derecha, flexionando apenas las rodillas, bajando el mentón y los hombros. Cuando largué el aire, abrí los ojos y vi a la Chiru que me miraba desde la calle, atrás del portón. Fui hasta la puerta sin hacer ruido para no despertar a Viky y saludé a la Chiru. Mientras le acariciaba la cabeza, le dije en voz baja:

—Hola, Chiru, ¿qué haces acá? ¿Cómo supiste donde era mi casa? Se ve que sos muy inteligente, muy intuitiva.

Pero, en realidad, yo pensaba que ella ya sabía dónde era mi casa. Si no, ¿cómo la había encontrado si nunca antes me había visto entrar ahí? No me había visto entrar como la Chiru, pero como la Chiqui sí. Evidentemente, la perra me había relacionado a mí con la casa durante la noche. Es decir, durante la noche había recordado, o había tenido algún tipo de reminiscencia de su pasado como la Chiqui. El hecho de que yo no hablara en voz alta ni siquiera con la perra sobre estos descubrimientos delata mi temperamento, característicamente racional. Se trata de cuestiones de una fineza sensitiva tan aguda y tan poco comprobables que nadie en su sano juicio se atrevería a afirmarlas en voz alta, aunque esté seguro de ellas.

Busqué en la cocina los restos del asado y se los di. Después, fuimos hasta la ferretería. Hacía caso y se manejaba con independencia, como lo suponía. La ferretera, la señora de Márquez, me pasó el teléfono de un plomero, Daniel.

Lo llamé. Contestó al tercer llamado y quedó en venir a la tarde. Decidí salir lo antes posible para la playa ya que a la tarde iba a tener que quedarme a esperar a Daniel. Compré torta negra y me instalé a leer en mi reposera con la Chiru como única acompañante. Media hora más tarde sonó mi celular. Era Viky preguntando dónde estaba. Es de esas personas que suelen levantarse de mal humor, sobre todo si no sabe dónde estoy yo. Se hizo presente ahí con su reposera tan pronto hubo desayunado. Aunque para mí, ya era hora de ir pensando en qué almorzar.

—Hola, amor -nunca me llama por mi nombre-.Está de nuevo la perra.

—Se llama Chiru.

—Sí.

—Me gusta -dije.

—Es linda.

Viky se quejó de ruidos que la casa hacía. Dijo que no la habían dejado dormir. Entonces llegaron Gaby y Guille, mis amigos. Con naturalidad, se invitaron a unirse a nuestra mañana de playa. Viky pareció satisfecha y tuve que resignarme a abandonar la lectura. Sin embargo, recordé la cita con el plomero y media hora después de escuchar una animada charla sobre estrellas de la televisión expliqué la situación con el tanque de agua y saludé con una sonrisa. La Chiru fue la única que me siguió. Me preparé un solitario aunque no triste almuerzo y seguí leyendo en el patio. La Chiru comió el hueso de mi costeleta. Dos horas más tarde llegó Daniel. Subió al techo por el horno de barro, tal cual lo hacíamos mis hermanos y yo cuando éramos chicos. Finalmente, dio su presupuesto. Lo aprobé enseguida y le pedí que se pusiera a trabajar en ese mismo instante. Pero Daniel no era un hombre de ciudad, expeditivo, productivo y eficaz, como yo hubiera deseado, era una persona que vivía en un pueblo, un muy afeminado padre de tres hijos, que no paraba de hablar y requería que alguien lo escuchara. Yo temía que si no estaba ahí para responderle no me arreglara el tanque y entonces tuviera que empezar todo el proceso de nuevo al día siguiente, desde salir a averiguar por un plomero. Así que, por seguridad, me quedé cebándole mates. Lamentablemente, no terminó el trabajo ese día y prometió volver al siguiente.

—A la tardecita -dijo.

—Está bien -dije yo.

Esa noche preparé matambre a la parrilla. Viky estaba de buen humor y tomamos vino. La Chiru nos acompañaba. Todo eso me hacía feliz. Como a las once pasaron Gaby y Guille y jugamos a la generala.

Al día siguiente me levanté con la primera claridad. Como tengo tendencia a la migraña, no suelo alcoholizarme. En cambio, parecía que Viky iba a requerir dormir toda la mañana, quizá hasta las dos, y me sentí a mis anchas. Me fui a caminar con la malla puesta por la costa del río. Chiru venía conmigo trotando y saltando y yendo a oler cosas que intentaba desenterrar.

Yo la llamaba si venía un auto que me parecía peligroso y ella venía corriendo con la plasticidad de una galga, demostrándome que era una perra inteligente y obediente. A las nueve ya estaba en el lugar del terraplén donde recordaba zambullirme cuando era adolescente. Era una bajada de lanchas. El sol ya empezaba a picar sobre la cabeza y con ese calor tentaba tirarse al agua fría.

El lugar estaba algo cambiado, había algunas construcciones nuevas, pero el río no había cambiado. Lo único que lo cambiaba era su propia naturaleza, si era verano o invierno, si había creciente o estaba bajo. Pero eso no era cambio, eso era más bien que estaba todo como siempre.

Me puse al borde del cemento de la rampa para lanchas que se hundía en el agua, con los dedos de los pies tocando el frío del agua, y me tiré. Aunque sin meter la cabeza. El agua estaba bastante fría.

—¡Chiru! ¡Vení!

La corriente ya empezaba a arrastrarme. El río te lleva rápido para el este y es imposible nadar en contra. Si lo intentás, lo único que conseguís es mantenerte en el mismo lugar.

—¡Vamos, Chiru!

La Chiru se metió de una. Nadaba extraordinariamente bien. Como ninguna otra perra. Es decir, no había dudas, sólo otra perra había nadado así en esa bajada de lanchas, conmigo, hacía muchos años, y era la Chiquita.

Dejamos que la corriente nos arrastrara todo el trayecto que habíamos hecho caminando. Como lo había hecho desde la niñez, yo fui haciendo la plancha, mirando el cielo e imaginando cuánta profundidad podía haber en esa parte del río y qué especies de animales acuáticos podían estar compartiendo conmigo la cuenca. Surubíes, rayas, moncholos, dorados y palometas acechaban desde la oscuridad del agua. Chiru iba cerca mío agitando sus patas delanteras y eso hacía que me tranquilizara, porque su chapuceo ahuyentaría a las víboras y a las palometas y a las rayas, que eran las más horrorosas.
Llegamos a la playa y salimos justo al lugar donde tomábamos sol con Viky. Esta vez no me tiré en la reposera sino en la arena, y este acto de salvajismo me gustó. Además, era bueno saber que no tenía el celular.

A eso de las once me despertó Viky. Le expliqué que no tenía el celular debido a la maravillosa travesía que había experimentado, pero no pareció interesada ni muy de acuerdo en la necesidad de desprenderse a veces del celular. Al contrario, me contó cómo, al despertarse y ver que yo no estaba, casi había tenido un ataque de pánico y había salido a buscarme. Gracias a Dios, me había encontrado en el primer lugar en el que había buscado. La abracé, nos besamos y nos acostamos sobre la arena, abajo de la brisa del sauce.

A la tarde tuve una clase de política con Daniel. Era del partido socialista del pueblo y me explicó su punto de vista acerca del manejo de los fondos que hacen los otros partidos cuando están en el gobierno. También me explicó cómo se engaña a los trabajadores y su propuesta para resolverlo. Resulta que hay acciones que deben ser tenidas como naturales y otras que no. El amor de un padre a un hijo es natural, la emoción violenta no, por ejemplo. A las siete, el tanque estaba funcionando perfecto y revisó el baño. Hizo el presupuesto y prometió venir al día siguiente.

—Te espero con mates -dije.

A la noche fuimos a un patio cervecero con Gaby y Guille. Los patios cerveceros son lugares donde se cena y se toma cerveza de barril y siempre hay show. Esa noche hubo show en vivo de chamamé y bailamos en parejas. Después conocimos la casa de los chicos, que era hermosa. Gaby resultó ser un artesano muy talentoso. En Buenos Aires he visto cobrar un montón de plata por cosas muy inferiores a las que hace Gaby con los productos naturales que se encuentran en el lugar, mimbre, plantas secas y hojas. Fumamos porros en una galería bajo una glicina y conocimos a su perra, una petisa de cabellos largos, la Pety.

Cuando llegamos a casa, el cansancio y el efecto de la cerveza y del porro nos adormecían. Chiru soñaba moviendo las patas en la cucha de Chiqui.

—¿Qué va a ser de esta perra cuando nos vayamos, amor? -preguntó Viky apoyando su cabeza en mi hombro.

—No sé -contesté.

Al día siguiente se repitió el esquema de ir a la playa por la mañana mientras Viky dormía, esperar a que hiciera su primera aparición del día, de un humor dudoso, comer y, a la tarde, disfrutar de la compañía de Daniel. Pero, quizás debido a que Viky había mencionado, la noche anterior, el hecho de que indefectiblemente en cierto momento nos íbamos a volver a Buenos Aires, aquel día se cubrió de una nube densa, estuve pensando permanentemente en detalles referentes a la vuelta. Aunque, en realidad, todavía quedaban tres días para terminar las vacaciones, lo cual representaban el cincuenta por ciento de nuestra estadía, si se sumaban las horas del día que estaba corriendo.

Por la tarde estuve limpiando a lo loco. Dejé a Daniel trabajando solo con el inodoro. Después de haberle cebado apenas un mate, me puse a sacar la mayoría de los muebles al patio. Mi idea era que un espacio limpio no era un ambiente propicio para los insectos y alimañas. Baldeé con desinfectante y fui a visitar a la señora de Márquez, a la ferretería. Chiru venía a mi lado. La señora de Márquez me vendió venenos para hormigas, ratas, cucarachas e insectos en general. Confío en la señora de Márquez porque desde hace años que le compro y nunca me falla. Viky me miraba trabajar e intentaba aparentar que participaba sugiriendo que abriera alguna ventana o que tirara algún objeto familiar que encontraba viejo y feo. Ella suele ser menos emprendedora en cuanto a los temas domésticos. Yo estaba conforme con que se ubicara en un lugar donde no molestara. Fue cuando Viky me explicaba que el aluminio era tóxico -supongo que pretendía que tirara todas las cacerolas de la casa- que apareció la Chiru por la galería del piso mojado haciendo un ruido regular y pausado con sus uñas y moviendo las patas de tal forma que ya era la Chiqui. No sé qué habrá querido, se nos quedó mirando tan fuertemente que dejamos de dirimir sobre la toxicidad del aluminio y nos dimos vuelta para mirarla.

Me bajé de la mesada, donde estaba poniendo unos cebos para lauchas, y fui a abrazarla.

—Chiru, Chiru, ¿qué querés? -dije mientras le acariciaba el lomo.

—¿Tenés hambre? -agregó Viky.

—Estuve pensando en lo que dijiste, Viky. No podemos dejarla acá cuando nos vayamos.

—¿Y qué vas a hacer?

—Llevarla, Viky.

—¿A dónde?

—A casa. Mirala, pobrecita. No podemos dejarla.

—En casa no tenemos lugar.

—Antes teníamos a la Chiqui.

—Pero la Chiqui era chiquita, esta es enorme. ¿Cómo la vas a meter en un departamento? Además, a ella le gusta vivir en un pueblo, con espacio, con árboles. Es una locura obligarla a ir a la ciudad.

—Ella quiere, Viky. ¿No te das cuenta? Es parte de nuestra familia.

—Pero vivimos en un departamento, sin patio. Ella está acostumbrada al verde. A la naturaleza. Anda sola por las calles del pueblo como le da la gana. Es ridículo pensar que se adaptaría a vivir entre cuatro paredes.

—¿Por qué decís que es ridículo? Mirá cómo nos mira. ¿Cómo la vamos a dejar? Ella ya es parte de nuestra familia.

—Tendrías que haberlo pensado antes de abrirle el portón.

—No seas fría, Viky. Ella nos ama. Llevémosla.

—Ella no nos ama, ella vino con nosotros porque le damos de comer. Como va con la de la panadería y andá a saber con quién más.

Me dieron ganas de decirle a Viky ¿Qué sabés vos del amor? Nada sabés. Si entendieras algo del amor te darías cuenta de que esta perra quiere una familia antes que a cualquier pueblo con árboles. Y ni hablar de explicarle sobre la trasmutación de la energía de la Chiqui en la Chiru, porque la limitada sensibilidad de Viky nunca, jamás, lo entendería. Pero no dije nada más porque me acordé de una discusión que habíamos tenido un tiempo atrás.

Durante aquel tiempo discutíamos muy seguido hasta que, finalmente, Viky me expuso un argumento muy peculiar. Según ella, no podía ser siempre yo quien ganara las discusiones. Siempre vos tenés la última palabra, decía. Como es lógico, yo le pregunté cuál era su explicación del hecho de que no pudiera tener yo siempre la razón. Entonces argumentó que a ella le iba mejor que a mí en la vida académica. Respondí que a ella le iba bien en la vida académica porque ella hacía lobby, no porque fuera más profesional ni porque fuera mejor que yo argumentando. Fue entonces cuando volví a tener la última palabra y eso me hizo sentir triste. A partir de ese momento decidí que ya no iba a volver a tener siempre la razón.

—Puede ser que tengas razón, Viky -dije, aunque sin creerlo-. Pero me rompe el alma dejarla acá. ¿Podemos pensarlo un poco?

—Es una locura. Pero bueno, pensémoslo.

A las siete de la tarde la casa estaba impecable y totalmente fumigada. Además, Daniel me mostró cómo desagotaba la descarga del inodoro de manera fluida, corrediza, como él mismo dijo.

A la noche manejé hasta la ciudad, que queda apenas a trece kilómetros, y visitamos a unos primos míos. Nos recibieron con tradicional chucrut y nos contaron sobre el destino de tíos y tías que hace siglos yo no veo. Conocimos a sus niños y esposos y fueron todos muy amables.

Los dos días restantes transcurrieron en una armonía de playa, comida abundante, caminatas solitarias por las mañanas y heladería por la tarde.

Finalmente, llegó la mañana de irse. Viky había adoptado su actitud característica, de observadora que aparenta participar. Mientras, yo me hacía cargo de meter todo de nuevo al auto y cerrar la casa.

—Amor, ¿qué vamos a hacer con la perra?

—Llevarla, Viky. Por más que pensé mucho, a mí no se me ocurrió nada.

—¿Llevarla?

—Sí, Viky. ¿Se te ocurrió algo a vos? Yo no la puedo dejar así, mirá los ojos con los que me mira.

Todo ese bla bla con Viky, para mí, era sólo un trámite. De todos modos, no había nada qué pensar. La Chiru quería venir porque era la Chiqui, era perfectamente natural para ella volver a su casa.

Las valijas habían entrado, el mate estaba listo, puse agua fría en dos botellas, una para humanos y otra para la perra. Cerré las llaves de paso, saqué la basura, cerré las puertas. Lo único que había hecho Viky había sido subir al auto su bolso de mano con su computadora y calentar el agua del mate.

Agarré una manta vieja y cubrí el asiento de atrás del auto tal como lo preparaba para cuando viajaba la Chiquita. Viky me miraba. Cuando terminé, la llamé por su nombre. Chiru se acercó un poco y se quedó mirándome.

—Vamos, Chiru ¡Vení! ¡Vamos!

Di unas palmadas sobre el asiento cubierto con la frazada. Era la señal que le indicaba que ya estaba todo listo para viajar y que tenía permiso para subir. Sin embargo, Chiru seguía a un metro de distancia. Parecía que no entendía. Parecía que no recordaba el auto. La Chiqui adoraba viajar en auto. Casi había que retarla cuando abrías la puerta para que no se subiera.
Me acerqué a la perra y le pregunté en voz baja:

—¿Qué pasa? ¿Te olvidaste?

La tomé de las patas delanteras y la arrastré suavemente hasta la puerta del auto, ella oponía resistencia endureciendo el cuerpo.

—Vamos, Chiru -le dije despacio-. Este es el auto nuestro, el de siempre. Subí acá -y volví a palmear la frazada vieja-.
¡Vamos!

Pero la Chiru se intentaba zafar. Le tenía miedo al auto. Viky estaba observando en detalle desde la galería. Entonces agarré a la perra de las patas, de abajo de las axilas, la arrastré un poco mientras le intentaba decir en secreto:

—¡Vamos, Chiqui! Subí a nuestro auto.

Pero la perra dio un grito de dolor y yo la solté. Entonces se alejó un metro y Viky se acercó para abrazarla.
Después sacamos el auto, yo conseguí unos huesos en el almacén de la esquina, los pusimos sobre un papel de diario, sobre la vereda, y arrancamos el motor mientras ella estaba comiendo.

(De: Ojo animal, Blatt & Ríos, 2019)

*Luciana Pallero nació en Buenos Aires. Publicó el libro La máquina de pelar manzanas (Blatt y Ríos, 2016). Estudió muchas cosas de manera intermitente: música, fotografía, cine, cocina y Filosofía en la UBA.