La conquista que nunca cesó

Por Laura Taffetani

(APe).- El domingo pasado, mientras 4 millones de argentinos estaban de plácidas vacaciones, disfrutando el fin de semana largo, por las redes sociales comenzó a circular la estremecedora noticia del asesinato de Elías Garay, Weichafeyem1 de la Comunidad Mapuche Quemquemtrew, en Cuesta del Ternero de la localidad del Bolsón, Provincia de Río Negro. Mientras tanto, las resistencias más ancestrales se hacen carne en el pueblo mapuche, confinado a los márgenes de las ciudades, condenados a sobrevivir. Pero la rebeldía atávica va alzando cada vez más su voz en los más jóvenes.

Esta vez los ejecutores fueron dos civiles que, en una zona absolutamente militarizada, pudieron ingresar y salir con la evidente complicidad policial que dejó la zona liberada para la cacería de los jóvenes mapuche.

En ese mismo hecho también fue gravemente herido otro peñi 2, Gonzalo Cabrera, que estaba junto con Garay y se encuentra actualmente internado en el Hospital de Bariloche con pronóstico reservado.

Este asesinato se produce a tan solo cuatro días del cuarto aniversario de la ejecución de otro joven mapuche, Rafael Nahuel, en la Lof Lafken Winkul Mapu en Bariloche a manos de la Prefectura Naval Argentina y cuyos asesinos gozan de la libertad que la impunidad de la justicia les otorga a los fieles guardianes de los grandes intereses del poder económico. Meses antes de este asesinato también murió Santiago Maldonado, en circunstancias aún no esclarecidas, en el contexto de una violenta represión desatada el 1 de agosto de 2017 en el Pu Lof Cushamen en la provincia de Chubut por la Gendarmería Nacional.

En tan solo 4 años, tres muertos que las comunidades mapuche tributaron en la búsqueda de la recuperación de sus tierras usurpadas por el winka.

A los argentinos y argentinas nos llevó más de dos siglos reconocer el genocidio de sus pueblos originarios en los libros escolares o en los esmerados actos en las escuelas celebrando del 12 de octubre. En 1994 incorporamos su preexistencia junto con el reconocimiento de la normativa internacional que establece caminos de recuperación de sus derechos. Cambiamos el lenguaje y pasamos a hablar de pueblos originarios y hasta tímidamente comenzamos a reconocer su existencia actual en el territorio, a pesar de que ya en el 2005, estudios llevados adelante por la Universidad Nacional de Buenos Aires, habían revelado que el 56% de la sangre argentina tiene antepasados indígenas.

Sin embargo, nuestro corazón blindado sigue latiendo al ritmo de una conquista que llevamos grabada en nuestra piel.

La conquista de un desierto habitado

En el Siglo XIX, el pueblo mapuche en el sur resultaba un verdadero obstáculo para la consolidación del Estado Argentino. Así Julio Argentino Roca, bajo el emblemático nombre de Campaña del Desierto (que no estaba desierto) se lanzó sobre los territorios patagónicos en uno de los genocidios más grandes de nuestra historia.

Según el historiador Jacinto Oddone, esta conquista sirvió para que entre 1876 y 1903, el Estado nacional pasara 42 millones de hectáreas a 1843 personas que se adueñaron de la tierra.

Al pasar de los años la conquista se fue aggiornando al ritmo del capitalismo mundial y con ella las tierras de la Patagonia fueron cada vez menos nuestras.

La lucha por el acceso al Lago Escondido que Joe Lewis terminó de esconder o la apropiación de distintos territorios por Benetton, Roemmers o el Emir de Qatar, entre otros, es un mapa que se fue dibujando con lápiz imperial y que muestra la escandalosa extranjerización de la Patagonia.

Esta conquista, sin ejércitos aparentes, se pudo seguir perpetrando gracias a un puñado de grandes inmobiliarias que fueron beneficiadas por distintas normativas necesarias para la entrega, dictadas por los gobiernos provinciales y nacionales de turno. Así, poco a poco, fueron apropiándose de los territorios con turbias maniobras que luego serán refrendadas por la obediente justicia provincial y federal que, obviamente, les pertenece.

Tras la venta de los territorios vino también la entrega de nuestros recursos naturales a la megaminería, a empresas multinacionales con el desguace lento pero inexorable de nuestras mejores riquezas.

Pero la historia vuelve desde sus resistencias más ancestrales. El pueblo mapuche, arrinconado a la sobrevivencia en las zonas marginales de las ciudades, fue erigiendo cada vez más su voz y la historia de los ancestros se fue rebelando en los y las más jóvenes, quienes dejaron de aceptar pasivamente una recuperación que jamás tendría lugar desde los organismos oficiales y de asistir pasivamente a la destrucción de una naturaleza que veneran y forma parte de su cosmovisión.

El conflicto mapuche no es otra cosa entonces que el producto de la Argentina que hemos construido, un conflicto que no se quiere asumir y que los grandes intereses económicos advirtieron ya hace tiempo y están decididos a defender a sangre y fuego.

Palabras como “falsos mapuches”, “vivillos que eligen las mejores tierras invocando derechos que no tienen”, siguen construyendo la imagen de enemigo interno, a través de los medios de comunicación y discursos oficiales, atribuyéndoles una violencia que hasta ahora tiene 3 muertos de un solo lado.

Por eso de nada sirve explicar que la Comunidad Quemquemtrew recuperó un territorio que se encuentra ubicado en tierras fiscales donde la Provincia de Río Negro otorgó un permiso a una empresa para que destruyera la flora autóctona y el ecosistema del lugar con el rentable negocio de bosques de pinos. Tampoco sirve reclamar mesas de diálogo en las que poco se está dispuesto a dialogar y el resultado buscado es que entreguen en forma callada el territorio que siempre les perteneció. Vaya a saber cuál era el significado que los legisladores consideraron cuando reconocieron a los pueblos como preexistentes en nuestra Constitución Nacional.

Está claro que en un país inmensamente rico como el nuestro -el sexto país en el mundo en extensión- que se encuentra vedado a la mayoría de su población, el conflicto territorial del pueblo mapuche significa mucho más que un problema en sí mismo. En pocas palabras diremos que es un mal ejemplo para los pueblos que pugnan por vida digna. Sea cual fuere el ADN histórico que porten.

El maestro Paulo Freire nos enseñó que no hay neutralidad posible en la educación y lo hacía para comprender que no hay muchos ángulos diferentes si lo que buscamos es la verdadera transformación de la condiciones de un mundo que lejos está del que deseamos. Sólo existen dos lados y es nuestra obligación, con toda la complejidad que ello contiene, definir claramente la vereda en la que vamos a estar. En nuestras manos está seguir dejando las cosas como están, bajo el mandato neoliberal de un fatalismo imposible de cambiar o definitivamente, hacernos colectivo para ser parte del parto de un mundo nuevo del que las nuevas generaciones esperan su anuncio.

1 Weichafe es una palabra que deriva del concepto weichan, que en mapudungun significa luchar, por tanto es quien hace la lucha.
2 Hermano

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