La contraofensiva

Por Luis Bruschtein*

El juicio por violaciones a los derechos humanos en la represión de la contraofensiva montonera no ha tenido la repercusión que tuvieron otros similares. Se produce en un momento en que la dictadura ha perdido centralidad en las noticias, aunque ese distanciamiento también está teñido por un residuo de la teoría de los dos demonios.

En los primeros juicios a los ex comandantes, a la salida de la dictadura, durante el gobierno de Raúl Alfonsín, había muchos familiares que preferían no explicitar las militancias de sus desaparecidos porque la sociedad permanecía envuelta en el clima político que habían dejado los militares.

A los ojos del sentido común de la época, una militancia popular deshumanizaba y, por lo tanto, habilitaba el secuestro, la tortura, la persecución a los familiares, el robo de los hijos, el asesinato y la desaparición. Eso estaba mal si se lo hacían al ciudadano «inocente». Pero estaba naturalizado y aceptado que el militante popular, el guerrillero, el subversivo era pasible de todas y cada una de esas aberraciones.

Las frasecitas virginales de «por algo habrá sido» o «algo habrá hecho» transformaban a dos seres humanos, torturador y torturado, en categorías infrahumanas como partícipes del horror entre víctima y victimario. El torturador desciende por voluntad propia a ese infierno y, aunque sea paradójico, la justicia lo rescata y le otorga cierta humanidad que hace posible su condena.

Esas frasecitas que se han escuchado en boca de alguna tía buena y que todavía las dice algún señor al que le gusta llamarse «defensor de la república», son la coartada para un país de pavor y atrocidades como las que se fueron develando en los juicios a los represores.

El juicio por la contraofensiva corta por lo sano. La gran mayoría eran militantes montoneros que luchaban contra una dictadura. Se podrá discutir mucho sobre la estrategia de Montoneros y la contraofensiva, se podrá estar de acuerdo o no con esa decisión. ¿Por algo habrá sido? ¿Algo habrán hecho? ¿Eso habilita al secuestrador?, ¿al torturador?, ¿al apropiador de bebés?, ¿al asesino?

Todas estas preguntas resultan absurdas cuando se las pronuncia en voz alta. No parecían tan absurdas en los ’70, ’80 y ’90. El sentido común dominante en esos años era cómplice de la brutalidad. Producen vergüenza al pronunciarlas. Son impropias de la condición humana.

El juicio por la contraofensiva puso otra cuestión muy caliente sobre la mesa. Porque las fuerzas represivas deslegitimaron su función cuando dieron el golpe del 24 de marzo de 1976. Y la declaración de los derechos humanos de la ONU establece el derecho humano a rebelarse contra la opresión. El golpe de Estado deslegitimó a los militares y, en cambio, legitimó la lucha contra la opresión que representaban los militantes de la contraofensiva, más allá de la corrección o no de esa acción.

Para una parte de los argentinos es difícil verlo porque están de acuerdo con el concepto de exterminio del adversario político, un mecanismo que se aplicó en la historia de este país: despolitizar al disidente, deshumanizarlo y borrarlo del mapa físicamente. Para otra parte también es difícil porque ha sido cooptada por ese sentido común. Pero un gobierno militar es una dictadura que al cerrar el juego democrático obliga a otras formas de expresión y de lucha.

Este juicio se produce con más de treinta años de retraso. En los ’80 o en los ’90, hubiera sido muy difícil realizarlo porque gran parte del país mantenía esa visión donde los derechos humanos son para una parte. Serían derechos «para los humanos que se portan bien». Si te portaste mal, dejaste de ser humano sujeto de justicia y de derechos, dirían.

Buenos Aires, 15 de noviembre de 2020.

*Periodista

La Tecl@ Eñe Revista Digital de Cultura y Política
http://lateclaenerevista.com

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