La corriente de tristeza colectiva, la anomia, la crisis moral y el suicidio

Por Ana Jaramillo*

El psicoanálisis sostiene que la melancolía es un tormento del ideal, un dolor que proviene del ideal, cuando éste padece él mismo por defecto, cuando los padres o sus equivalentes tienen una incapacidad para ser ejemplificantes y estructurantes del narcisismo moral. Pero, allí nos surge el interrogante ¿qué padres de la política y cultura nacional puede incorporar nuestra inteligencia vernácula que sean ejemplificantes y con los cuales se pueda identificar para estructurar su narcisismo moral?

La crisis como la define Ferrater Mora, sostiene que implica que se abre una especie de abismo entre un pasado que ya no se considera vigente o influyente y un futuro que todavía no está constituido. Las crisis históricas son generalmente de creencias y se penetra en un ámbito en el cual reinan la desorientación, la desconfianza o la desesperación. Generalmente con la aparición de la crisis, los hombres y las sociedades buscan la solución para salir de ellas.


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Pero ¿qué sucede si los hombres no pueden resolver o encontrar la solución, que implica la adecuación a una nueva situación con nuevos y distintos problemas? ¿Qué sucede si los hombres se aferran a las viejas situaciones o estructuras familiares, sociales, culturales o éticas y que al no estar más vigentes no los contienen y los dejan solos con su desolación y su desamparo?

El abandono implica la exclusión del individuo de algún continente en el cual se sentía incluido o contenido afectivamente, social, ética, económica o culturalmente. Se trate de una familia o una sociedad que según el criterio y el sentir de los adolescentes y gerontes “debían contenerlos”, y sin embargo, perciben a la crisis como excluyente, como marginante. La familia, la sociedad y el Estado los excluyeron abandonándolos y dejándolos en el desamparo con sus angustias y con su existencia como único horizonte de visibilidad.

Todo ello se conjuga en el tema fundamental de la melancolía que es la pérdida que está indisolublemente ligada al sufrimiento atroz, a la angustia insoportable y a la pulsión suicida irresistible.
Chazaud1, para quien la mayor virtud del psicoanálisis es haber vulgarizado la filosofía, en su estudio sobre la melancolía sostiene que la psicosis maniaco-depresiva constituye la estructura psicótica más importante de los tiempos actuales, y a nuestra época la define como de ruptura cultural, crisis de valores o anomia. Pretende contribuir al desarrollo de la teoría psicoanalítica de la melancolía o en términos de esta disciplina, de la psicosis maníaco-depresiva. Para el autor, constituye “un tormento del ideal, un dolor que proviene del ideal, cuando éste padece él mismo por defecto”.

En general, parece ser una organización que “pone en tela de juicio los mecanismos de la idealización (del sí mismo y del objeto) debido a un defecto constitucional del ideal del yo en su doble función, formal y económica. Depende de una deficiencia real de los padres (o personajes equivalentes) una incapacidad para ser, merced a la identificación con lo que Freud llama sus perfecciones, los iniciadores y sustentadores -con un distanciamiento crítico- de la metamorfosis estructuradora del narcisismo moral. “El defecto de idealización, proyectiva y reflexiva, de los objetos narcisistas de identificación que modulan el sujeto del yo se revela en la historia concreta de desarrollo y en las características del grupo familiar donde se da”.

El psicoanálisis nos dice que el superyó es el pasado ajeno, de los otros. Pero ¿quiénes son los “padres” de la Patria? y ¿qué papel jugaron los intelectuales, filósofos, políticos y artistas en la historia? Tuvimos un Libertador que se educó en el ejército del Conquistador y después de haber liberado a los pueblos del Sur de quien lo había educado, murió exilado por su propia gente en Boulogne sur Mer; un primer Gobernador nacionalista acusado de salvajismo que murió exiliado en Inglaterra; un intelectual que sentando lo que serían las “Bases” de la patria, sostenía que la libertad era como el ferrocarril, que sólo la podía manejar un maquinista inglés; un político y educador nacional, el padre del aula inmortal, que importaba maestras de Inglaterra; un primer líder nacional y popular que fue derrocado y humillado muriendo en la absoluta soledad e indigencia; otro líder popular que fue también derrocado, vilipendiado y exiliado durante dieciocho años; una mujer que santificada por los humildes, la inteligencia la acusaba de prostitución.

¿Quién nos puso en esa contradicción que sostenía que el desarrollo nacional implicaba necesariamente optar entre civilización ajena o barbarie propia?

Parece que a la inteligencia nacional la persigue un pretérito imperfecto, que sufre “el tormento del ideal”, o el mal de la idealidad, como lo denomina Chasseguet-Smirgel, o sea la incapacidad de estructurar su narcisismo moral por una deficiencia real de los padres cuya imperfección no les permite estructurarse. Quizás este tormento no lo sufren sólo los argentinos, quizás es la “maldición de malinche”, esa ambivalencia y contradicción, esa encrucijada en la cual se encontraron aquellos pueblos conquistados que admiran a su conquistador y depredador, en lo económico, pero también en lo cultural.

Nuestra inteligencia fue desde un principio una inteligencia importada, admiradora de los filósofos políticos y escritores europeos. Comprometida con sus ideas, con sujetos ideales ajenos, incapaces de construir un sujeto histórico y real propio. Los que así lo intentaron, fueron vilipendiados o exiliados, acusados hasta el cansancio de barbarismo o categorizados política e ideológicamente desde el eurocentrismo por querer construir un destino diferente, no transitando por los estadios imprescindibles de la Idea para alcanzar el Espíritu Absoluto. Los que antes admiraban a Rousseau o a Shakespeare pasaron sucesivamente a admirar a Hegel, a Marx o a Freud, a De Gaulle o a Churchill, hasta las versiones más modernas de Giscard, Clinton, Lacan o Fridman. La inteligencia nacional parece que no sólo carece de narcisismo moral, sino que continúa sin ambivalencias en la incapacidad de construirse como sujeto real.

Parecería que la condición fundamental de la psicosis maniacodepresiva reside en la imposibilidad ligada a una realidad perceptible en la trama familiar (¿social?) en el sentido de un perjuicio simbólico- de idealizarse e idealizar los representantes pulsionales y sus objetos, al no poder identificar a los padres como modelos ejemplares, estimables, estimados y fuente de una estima de sí reflexiva.

El progenitor no idealizable es inepto para desempeñar el papel de protector contra la excitación, dada la desorganización que representa el movimiento instintivo para el yo prematuro. La ausencia de idealización en el sentido de la constitución de un narcisismo moral, sería también la condición de una desintrincación pulsional que fija el instinto de muerte en una representación depreciadora (depresiva de sí mismo), según las modalidades de ostentación directa, inflexión sobrecargada o reacción provocadora, al fracasar toda tentativa de constitución de objeto o reparación.

Galasso investiga una época de crisis en la Argentina: la década infame. Y sobre la vinculación entre la incidencia de la situación social en los suicidios de los intelectuales en la Argentina en esa época. Para el autor, “el tango de Discépolo no sólo aparece como el testimonio descarnado y sombrío de ese momento de descreimiento general en la gran ciudad donde proliferan los suicidios, sino que tiene vigencia en el tiempo. No es la expresión fugaz de un mes o un año sino que aporta a la cultura nacional la visión de todo un periodo de desesperanza”. Y esa voluntad suicida de sus versos es corroborada por la dramática decisión adoptada durante esa década por importantes figuras de nuestra inteligencia. Para el autor, más allá de las circunstancias particulares de cada uno (Quiroga, Lugones, Storni, Lisandro de la Torre, Enrique Méndez Calzada, o Enrique Loncán), “todas estas figuras de nuestra inteligencia han sufrido la opresión de esta semicolonia envilecida y en medio de la lucha por la existencia han sentido la misma sensación que Discépolo: la de estar engañados desde el día en que nacieron”. A todos ellos, los sueños y las ilusiones les fueron descuartizados en aquellos años de la Década Infame y al fin desesperados encontraron aquella única salida: cachá el bufoso…y chau…vamo a dormir.”2

Creemos como sostenía Kierkegaard que lo verdaderamente humano en definitiva, es la pasión, en la cual “cada generación comprende por entero a las otras generaciones y se comprende a sí misma perfectamente”3.

En estos tiempos, cuando sentimos que la ilusión se fue, que ya no camina con nosotros por las calles, que la pasión desapareció y no se la puede resucitar; que llegó el tiempo del desengaño, de la traición y de la falta de moral del siglo veinte cambalache, comprendo por entero a las otras generaciones que me precedieron y que se expresaron en las letras del tango. Se quejaron y gimieron y rezongaron contra el destino con la voz amarga y dolorida del fueye. Era su forma de querellar.

También descubrimos el manierismo argentino. El perpetuo retorno de la sombra, del fantasma, de lo que quedó, la Idea, el pensamiento de lo que fue que retorna como sombra, como imagen del pensamiento, no de la vista, como luz y sombra, que se ilumina, se muestra y se oculta desvaneciéndose. Lo que retenemos del proceso histórico que se devoró y nos devoró, es lo que nos queda.

Hemos perdido la orientación de nuestra vida hacia el futuro que era la pasión. La que le daba un sentido a la vida y por eso nos hace falta. Porque como decía Minkowski, cuando esta orientación falta, todo se homogeneiza. Todo queda indiferenciado Cuando desaparece el ímpetu vital, creador y ético, los actos y acontecimientos se fraccionan en el tiempo como elementos aislados, amorfos y sin sentido. La presencia del pasado, su continuidad en el presente nos inmoviliza, nos domina y sentimos su dominio. En los lamentos del melancólico con respecto al pasado al cual se aferra, se muestra la necesidad que tiene de buscar la “culpa” de lo sucedido y por lo cual siente el rencor del pasado y de las personas que lo determinaron. A su vez, cree ver en el sentimiento de fatalidad que lo acosa, la expresión de la modificación esencial que ha sufrido la estructura del tiempo vivido.

Porque la pasión es fundamento ontológico, epistemológico y ético y además “tiene como características la de ser inseparable de la acción, tener una firmeza inquebrantable y culminar generalmente con un acto de violencia”4. Por eso para algunos, el suicidio es estructuralmente pasión de ser, además de ser una operación fallida del nombre propio.

Entendemos a los intelectuales, políticos y artistas, como aquellos fundamentalmente dedicados a producir y reproducir los valores culturales, como sujetos pasionales. Y que como sostiene Trías, es a partir de las pasiones que comprendemos el orden racional y accional, la razón teórica y la razón práctica. Es la base empírica del conocimiento, principio fundador de la acción, de la praxis y de la razón. Es un fundamento ontológico, en la medida que fundamenta el sentido del ser, expresándose en razón, actividad y producción. El sujeto es resultado y efecto del poder de la pasión. El sujeto pasional es así un enamorado que produce desde la pasión, víctima a su vez de ella que es pura, desinteresada y sin objeto.

La historia se escribe con pasiones, nunca con razones. El universo de la razón es el reino de la incertidumbre, de la hesitación. El universo de la pasión es el de la certeza y la creación, el de la praxis y los valores absolutos. Por eso cuando vinculamos de alguna manera el suicidio de los intelectuales, políticos y artistas a las crisis históricas, de creencias o axiológicas estamos diciendo que es una crisis pasional. Porque las creencias nunca son razones, son valores absolutos encarnados, padecidos por el hombre todo, inescindibles de la acción e inexplicables para la lógica racional. Tan inexplicables por la lógica racional como el misterio de la creación o de la existencia misma.

Porque el hombre no es un sujeto abstracto, racional y universal, homogeneizado por la res cogitans. Sus crisis profundas no son crisis de modelos abstractos paradigmáticos y racionales. Son crisis pasionales, donde sus valores están en carne viva y sufre el tormento de perder el sentido de su existencia. Se le ha escaldado el alma que suele ser mucho más dolorosa que la piel y por lo mismo, su remedio no será epidérmico. Rara vez puede la razón resolver los tormentos del espíritu.

¿Y qué hacemos entonces en esta época de “postmodernismo” cuando aparecen aquellos que han decretado la muerte de las utopías, con un espíritu tan positivista que ruborizaría hasta a los más conspicuos defensores de esa teoría?. En general, los postmodernos son aquellos que se dedicaron a construir la imagen del mundo, de acuerdo a su concepción ideal del mismo, y no los que se apasionaron en su construcción y a los cuales sólo les queda los “harapos de sus sueños”. Si padecemos de esta cruel melancolía es porque, como dice el tango, tenemos los recuerdos aferrados como abrojitos. Por eso se nos hace insoportable la banalización de las pasiones, el postmodernismo y su vacuidad y como decía Don Quijote, “si no nos empeñamos más en reparar entuertos es porque estamos fatigados, porque hemos perdido vigor e ilusión para afrontar los caminos, los combates y las derrotas, porque sólo nos queda su nostalgia”.

Lo que se evoca y añora es la relación ilusoria con los valores y lo absoluto que se tuvo alguna vez. Es la pasión que no nos dejaba ver la finitud y lo efímero de la realidad, la que produce el ocultamiento de la temporalidad. Porque es un infinitivo sin objeto al igual que la melancolía. Porque es la estructura apriorística intencional de nuestra conciencia. Porque es fundamento ontológico que, en tanto tal, no se explica desde la externalidad sino desde la inmanencia.

Coincidimos con Freud5 cuando sostenía que el aflojamiento de las relaciones éticas entre los individuos rectores de la humanidad repercuten en la eticidad de los individuos, ya que nuestra conciencia social no es insobornable, es en realidad “angustia social”. Y cuando la comunidad suprime el reproche, los hombres cometen actos de perfidia, traición y crueldad que no creían factibles con su nivel cultural.

Ese hombre culto queda “desorientado y perplejo en un mundo que se le ha hecho ajeno, despedazada su patria grande, desbastado su patrimonio común, desavenidos y envilecidos sus ciudadanos”. Es allí quizás donde la angustia social que proviene de su propia crisis, donde los sujetos pasionales se sienten enajenados o abandonados por ese mundo axiológico que se les ha hecho ajeno, donde se sienten frente al abismo que los puede atraer.

Pero no coincidimos con Freud cuando sostiene que hay que aceptar la desilusión sin quejarse puesto que es la destrucción de la ilusión. Como si las ilusiones fueran un producto de la voluntad o de la razón. Si así fuera las traeríamos con nosotros sin hesitar, caminaríamos de nuevo con ellas por la calle, porque como el propio Freud dice, nos ahorran sentimientos de displacer y nos permiten gozar de satisfacciones. Pero salir de la desilusión, remediar la melancolía y no quejarse, no se logra solamente con la inteligencia ni sabiendo lo que debemos hacer para sentirnos bien. ¿Cómo entonces ir más lejos y reconstruir moralmente la sociedad toda, como sugería Durkheim para disminuir esta corriente de tristeza colectiva?

Quizás cuando Kronos nos atormenta y sentimos que nos deshace, cuando nos acomete el demonio melancólico, el del crepúsculo vespertino, cuando nos preguntamos si la vida tiene o no sentido, que equivale a preguntarse si es o no soportable, allí acaban los problemas y comienzan las resoluciones. Es allí donde hay que proponerse y resolver como decía Van Gogh en una carta a su hermano Teo: “En vez de sucumbir de morriña, he dicho: El país o la patria están en todas partes. En vez de dejarme llevar por la desesperación he tomado el partido de la melancolía activa mientras sintiera la necesidad de actuar, o en otros términos, he preferido la melancolía que espera y que aspira y que busca, a la que, abatida y estancada, desespera”.6
Quizás, como diría Norberto Galasso7, refiriéndose a los suicidios de los intelectuales durante la década infame en la Argentina se trata del drama de la cultura nacional, de las “tristes y dolorosas vicisitudes de la inteligencia en un país que no controla su destino”.

Durkheim, en su investigación sobre el suicidio sostiene que el Estado tiene en frente una “acumulación inconsistente de individuos”. Y el hombre no se liga a fines superiores ni se somete a ninguna regla si no percibe en ellos algo que les sea solidario. Por eso hay que combatir la corriente de tristeza colectiva, crear poderes morales que tengan sobre los individuos una acción que el Estado no puede ejercer.

Esa especie de abismo que es una crisis histórica según Ferrater, es lo que ahora los medios de comunicación hegemónicos denominan como “grieta”. Justifican las acciones de gobierno como la falta de contención y solidaridad, el abandono de niños, discapacitados o gerontes, despidiendo a trabajadores, eliminando pensiones, vacunas, cunitas para evitar muertes, planes como el progresar o el fines para los jóvenes y descartando todo tipo de contención sumado al intento de homogeneizar a los asesinos y genocidas con delincuentes comunes. Los comunicadores explican y justifican el ajuste económico o “ajuste de cuentas” con el pasado, con las políticas públicas de contención, endeudando al país por 100 años junto al apoyo a las grandes corporaciones para conformar el retorno al Fondo Monetario Internacional como vuelta al mundo. Los supuestos errores administrativos ya causaron el daño de abandono, de desesperanza en las poblaciones más vulneradas y vulnerables.

Los escribas de hoy, los comunicadores mediáticos que pretenden significar el mundo y construir el sentido de la existencia, serán los responsables de significar y justificar otra crisis histórica, otra crisis moral con las consecuencias del desamparo y la tristeza colectiva de una sociedad anómica donde da lo mismo un burro que un gran profesor y es todo un cambalache discepoliano en el 2000. Sin embargo, seguimos convencidos de que esa “acumulación inconsistente de individuos” de la que habla Durkheim se vuelve pueblo unido por una conciencia jurídica de sus derechos como sucedió una y otra vez en nuestra historia.

1 Chazaud, Jacques: La melancolía, Herder, España, 1982
2 Galasso, Norberto : Discépolo y su época, Ed. Jorge Álvarez, Bs. As, 1967
3 Kierkegaard, Soren: Temor y temblor, Labor, España,1992
4 Cipolla y Somenzini: El nombre propio del suicidio, en Revista Imago N 13, Bs. As. 1990
5 Freud, Sigmund : op. cit.
6 Van Gogh ,Vincent: Cartas a Teo, Jucar, España, 1991
7 Galasso, Norberto : op. cit

*Rectora UNLa

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