La Cosmovisión Liberal del Atlántico Norte y sus efectos en nuestras aguas

Otra revisión a la Batalla de la Vuelta de Obligado del 20 de Noviembre de 1845.

Por Facundo Di Vincenzo[i]

“Amaneció con una neblina mui cerrada que no se podía distinguir y la escuadra aliada se arrimó todo lo que pudo ó todo lo que pudo ó todo lo que pudo. (…) Un terrible y espantoso fuego de descargas de bala rasa, bombas, granadas y metralla caían como gotas de agua, quedo el monte arrasado. (…) Ese día se portaron los soldados argentinos como verdaderos leones; estos bravos soldados probaron que eran hijos de titanes y se portaron a la altura de sus antepasados sosteniendo ese día un combate tan desigual.“

Teniente Coronel Nicanor Lescano (Combatiente de la Batalla de la Vuelta de Obligado).

I. Introducción. La Vuelta de Obligado y las batallas historiográficas.

El 20 de noviembre de 1845 en las aguas del rio Paraná, más precisamente, a la altura de la localidad de San Pedro, Provincia de Buenos Aires, en un lugar en donde el cauce se angosta y gira formando un dibujo sobre su margen derecha conocido como “Vuelta de Obligado”, las fuerzas de la Confederación Argentina lideradas por el Brigadier General Juan Manuel de Rosas (Buenos Aires, 1793-1877) se enfrentaron a la escuadra invasora anglo-francesa integrada por 22 barcos de guerra y 92 buques mercantes. Las dos potencias navales más importantes de la época remontaban el Paraná con los barcos para proteger a los barcos mercantes de la burguesía del viejo continente enviados con la doble pretensión de colocar (vender) sus manufacturas en la región y, al mismo tiempo, adquirir casi un millón de cueros en Entre Ríos y Corrientes. La acción de navegar las aguas de la Confederación Argentina sin el debido permiso ni la autorización del gobierno significaba una verdadera intromisión e invasión al territorio argentino[ii].

Para historiadores e historiadoras como Marcela Ternavasio en su Historia de la Argentina 1806-1852 (2009)[iii], Raúl Fradkin y Jorge Gelman, en Juan Manuel de Rosas. La construcción de un liderazgo político (2016)[iv] o Juan Pivel Devoto y Alcira Renieri de Pivel Devoto en Historia de la República Oriental del Uruguay (1945)[v], la batalla se enmarca en la denominada “Guerra Grande” desarrollada entre marzo de 1839 y octubre de 1851.

En los trabajos mencionados aparece como un enfrentamiento más en la secuencia de combates iniciados en la Banda Oriental entre dos facciones, “los blancos”, encabezados por Manuel Oribe (Montevideo, 1792-1857), y “los colorados” de Fructuoso Rivera (Durazno, 1784-1854). La división entre los Orientales surge en 1836 como desenlace de un conflicto latente entre las fuerzas comandadas por Fructuoso Rivera, Comandante General de Campaña, y quienes promovían, como Manuel Oribe, una organización Nacional integrada al acontecer de los vecinos federales del Rio de la Plata, sin injerencias del Imperio del Brasil ni de las potencias imperiales extranjeras. Rivera, en cambio, se encontraba íntimamente vinculado a los Unitarios que motorizaban la desvinculación entre Buenos Aires y las Provincias, además de participar desde 1835 con los liberales brasileños que promovían la independencia como República de la Provincia de Rio Grande Do Sud (Guerra de los Farrapos o Revolución Farroupilha desarrollada entre 1835-1845). En consecuencia, Rivera, aficionado a guerras de segmentación, mantuvo durante buena parte de su vida una relación estrecha con los enviados diplomáticos de Francia e Inglaterra, quienes veían en él un instrumento para romper cualquier iniciativa de unidad entre las Provincias hermanas. Oribe no desconocía esta tensión, y en 1836 promovió el uso obligatorio de la divisa blanca que llevaba el título: “amigos del orden” o “sostenedores de la legalidad”, en respuesta Rivera, distribuyo distintivos celestes, pero como se desteñían fácilmente por las lluvias y soleadas, lo cambio por el colorado del forro de los ponchos. Las divisas se estrenaron en la Batalla de Carpintería, en donde fue derrotado Rivera. Un dato de color de esta batalla, es que Rivera en su fuga perdió todo su equipaje, qué entre otras cosas, contaban con numerosas cartas enviadas a él por Unitarios como por diplomáticos ingleses y franceses, el historiador uruguayo Vivían Trías (Las Piedras, 1922-1980), señala que hasta contaba con una carta del Mariscal Santa Cruz de Bolivia en donde se le ofrecía una Provincia Argentina a cambio de su participación en un futuro conflicto contra Oribe y Rosas[vi].    

Desde la perspectiva de estos trabajos (Ternavasio-Gelman/Fradkin-Devoto-Renieri de Devoto), la batalla es leída como parte de un conflicto regional entre el Presidente Oriental de aquel entonces, Oribe, y quien lo quiere derrocar, Rivera, que termina involucrando a fuerzas “extranjeras”. Rivera acude a los franceses, ingleses y hasta un grupo de italianos y mercenarios comandados por el caudillo liberal Giussepe Garibaldi. La alianza extranjera y estratégica diseñada por Rivera termina venciendo a Oribe, posibilitando el control del gobierno a los colorados. Tras la derrota, Oribe, en cambio, se alió con los federales de la Confederación para intentar volver al gobierno Oriental.  

En este relato no hay imperios ni imperialismo, tampoco hay presiones ni influencias de Francia e Inglaterra, incluso, los federales de la Confederación, qué en la gran mayoría de los casos habían luchado con los Orientales (Rivera-Oribe) de un lado o de otro por más de tres décadas (Todos participaron de las luchas de la emancipación, Guerra del Brasil, Guerras entre Unitarios y Federales), son considerados tan extranjeros como las fuerzas anglo-francesas.

Observo que estas omisiones y errores tienen efectos profundos al momento de narrar lo que ocurrió en la Batalla de la Vuelta de Obligado, incluso deja en suspenso, diría: “intacta”: sin criticar ni modificar; la versión “unitaria” y “liberal” (Bartolomé Mitre-Domingo Faustino Sarmiento- José Ingenieros[vii]) de la Historia de la Cuenca del Plata en donde los ingleses y franceses actuaron contra las tropas de la Confederación para “liberar” los ríos. Un tema recurrente de ciertos académicos (liberales y eurocentristas) para quienes el elemento liberador en el Río de la Plata tuvo siempre que venir desde afuera (por nuestra incapacidad o barbarie).

Desde esta concepción situada en algún lugar del Atlántico Norte, la Revolución de Mayo se produjo gracias al arribo de los ideales de la Revolución Francesa, el Estado Nación se consolido por acción del modelo agroexportador promovido por Inglaterra, y en el caso analizado aquí, la invasión anglo francesa al Río Paraná de 1845 fue caratulada como un avance del progreso y la libertad sobre la tiranía de un líder feudal como Juan Manuel de Rosas.  

El Pensador Nacional Arturo Jauretche (Lincoln, 1901-1974), elige justamente las lecturas unitarias y liberales de esta batalla para explicar en su Manual de Zonceras Argentinas (1968) la zoncera: n° 8, sobre “La libre navegación de los ríos”. Escribe Jauretche: “En la escuela primaria no era de los peores alumnos y contaba con cierta facilidad de palabra, motivos por los que frecuentemente fui orador de los festejos patrios. En uno de esos había bajado de la tarima, pero no de la vanidad provocada por los aplausos y felicitaciones, cuando mi satisfacción empezó a ser corroída por un gusanito. Entre las muchas glorias argentinas que había enumerado estaba esta de la libre navegación de los ríos, y en ella empezó a comer el tal gusanito. El muy canalla -tal lo creí entonces- me planteó su interrogante, tal vez aprovechando lo vermiforme del signo:

-“¿De quién libertamos los ríos?”

Y en seguida, como que ya estaba perplejo, agregó la respuesta:

-“De nosotros mismos. ¡Je, je, je¡ -agregó burlonamente.  

-“¿De manera que los ríos los libertamos de nuestro propio dominio?” –pensé yo de inmediato, ya puesto el disparadero por el gusano. Y continué – Pero entonces, si no eran ajenos sino nuestros, ¿se trata sencillamente de que los perdimos?”. Busqué entonces algunos datos y resultó que era así: La libertad de los ríos nos había sido impuesta después de una larga lucha en la intervinieron Francia, Inglaterra y el Imperio de los Braganza [Brasil]. Y lo que no se había podido imponer por las armas en Obligado, en Martín García [Combate de 1838 entre la Confederación y la flota de francesa aliada de Rivera] , en Tonelero, por los Imperios más poderosos de la Tierra, fue concedido –como parte del precio por la ayuda extranjera- por los libertadores argentinos que aliados con el Brasil vencieron en el campo de Caseros [Urquiza, Sarmiento, Mitre] y en los tratados subsiguientes.[viii]

II. La Batalla de la Vuelta de Obligado

Vivian Trías en su sustancioso libro sobre Juan Manuel de Rosas, escribe: “La política económica de Rosista, a partir de 1835, contrariaba los intereses ingleses y franceses. […] La prohibición de extraer oro y las incesantes emisiones de papel moneda perjudicaron ostensiblemente a los comerciantes británicos. […]”. Luego agrega en relación al conflicto entre Oribe y Rivera, “La guerra es, evidentemente, perjudicial para la arquitectura económica que el imperialismo liberal venía edificando a escala mundial.[ix]

En sintonía con ese proyecto liberal de dimensión mundial, el 17 de Noviembre de 1845 zarpó de Montevideo la flota anglo-francesa que debía abrir el río Paraná para el comercio de las potencias imperialistas. La misma estaba integrada por 22 barcos de guerra más un centenar de mercantes ingleses, franceses, norteamericanos, sardos, hamburgueses y daneses. Al mando se encontraban los almirantes Francois Thomas de Trehouart (Francia) y Sir Charles Hotham (Inglaterra). 

Para impedir el paso de las naves, las tropas de la Confederación Argentina habían instalado en la Vuelta de Obligado baterías, cadenas y trincheras comandadas por el General Lucio Norberto Mansilla (Buenos Aires, 1792-1871). La defensa de los patriotas atravesaba el rio con 24 buques mercantes “arrasados” unidos entre sí por tres gruesos y fuertes lienzos de cadenas de ancla. Además, se había dispuesto, como batería flotante y defensa, el bergatín “Republicano”.  El General Mansilla además, en la ribera derecha del río montó cuatro baterías artilladas con 30 cañones, muchos de ellos de bronce, con calibres de 8, 10 y 12, siendo el mayor de 20, los que eran servidos por una dotación de 160 artilleros. La primera, denominada Restaurador Rosas, estaba al mando de Álvaro José de Alzogaray; la segunda, General Brown, al mando del teniente de marina Eduardo Brown, hijo del almirante; la tercera era la General Mansilla, comandada por el teniente de artillería Felipe Palacios; y la cuarta, de reserva y aguas arriba de las cadenas, se denominó Manuelita y estuvo al mando del teniente coronel Juan Bautista Thorne. En las trincheras había 2000 hombres, la mayor parte gauchos asignados a la caballería, al mando del coronel Ramón Rodríguez, jefe del Regimiento de Patricios. También participaron tropas del 2.º batallón de Patricios.

En este punto vale mencionar que además de los mencionados y reconocidos patriotas, en la Batalla participó el hijo del Caudillo y ex Gobernador Riojano, Facundo Quiroga. , También participó Antonio “El Gaucho” Rivero, héroe de la lucha por la Soberanía de las Islas Malvinas en 1833, juzgado en Inglaterra y liberado porque los jueces británicos consideraban que no tenían ninguna atribución sobre territorios ajenos, reconociendo que las Malvinas no pertenecían a Inglaterra sino a las Provincias Unidas del Río de la Plata.

Al amanecer del 20 de noviembre, cuando la niebla se disipó, los oficiales franceses e ingleses ordenaron el ataque. Hacia las 18hrs del 20 de noviembre la lucha cesó. Las bajas Argentinas sumaron 250 muertos y 400 heridos, mientras que la de los invasores, cerca de 30 muertos y 86 heridos. La lucha de los gauchos de la Confederación obligo a inmovilizar la flota invasora por más de 40 días en el lugar de la batalla, además, en el viaje de regreso, en Punta del Quebracho, la escuadra imperialista, fue atacada nuevamente[x]

Establecer el contexto sobre el que se ha desarrollado la “Batalla de la Vuelta de Obligado” supone, debido a una Historiografía Argentina que ha estado históricamente signada por el interés de facción, la colonización cultural e ideológica y la anglofilia hasta hoy imperante en muchos de los espacios académicos[xi]; tanto una lectura sobre lo que se entiende por modernidad como una concepción sobre la idea de Nación, nacionalismo y nacionalidad. ¿Cómo es esto? Intentaré explicarlo brevísimamente.

Tras la Batalla, la firme actitud diplomática de Juan Manuel de Rosas impuso la firma en 1849, de un tratado con Inglaterra y Francia en donde reconocían la soberanía argentina sobre los ríos interiores y se disponía a la devolución de la Isla Martín García, tomada también por la fuerza durante la Guerra Grande


III. La modernidad según los cultores del Atlántico Norte y nuestra modernidad

Desde otras lecturas, realizadas por autores situados en Iberoamérica, la batalla de la Vuelta de Obligado se inscribe como una expresión más del largo y violento proceso de expansión del capital mercantil motorizado por los sectores burgueses del Atlántico Norte. El filósofo Nacional Alberto Buela (Buenos Aires, 1946), afirma que con la llegada de los Europeos a las Américas en 1492 arribaron también dos Cosmovisiones (formas de entender/comprender el mundo), una mercantil, liberal, materialista, otra, cristiana, humanista y sincretista[xii]. ¿Cómo es esto?

Los Ibéricos que llegaron a las Américas hacia fines del 1400 provenían de una Europa parcelada, con marcas precisas y jurisdicciones ligadas a elementos vinculados a la herencia de sangre. Como afirma Buela en su libro: El sentido de América (seis ensayos en busca de nuestra identidad), la conciencia que llego a la América hispánica no había pasado por los diferentes estadios de la denominada Revolución Mundial, es decir, Reforma, Revolución Industrial, Revolución Francesa. Dice Buela: “Nosotros forjamos nuestra identidad asumiendo la fuerza vital y los valores de la Europa anterior a la Revolución Mundial los que han sido transformados por la formidable matriz americana.”[xiii]

En consecuencia, a pesar de lo que dicen “las edades universales”, que sitúan a la época colonial en las Américas como parte de la modernidad, la conciencia que portaban los ibéricos estaba enraizada en una cosmovisión anterior a la modernidad.

Ahora bien, ¿Qué implicaba esto para el mar y los territorios desconocidos? Entre otras cuestiones, que las “zonas libres”, “comunes” o de “tránsito” no habían sido pensadas como parte de la norma, más bien, significaron un verdadero problema a resolver.

Durante la época medieval Margarita Serna Vallejo habla de la existencia de una doble perspectiva, en donde por un lado, están los territorios que son considerados como marca, zona o espacio fronterizo, y por otro, los territorios que parcelados y sujetos a la jurisdicción de diferentes entidades políticas.[xiv]Ahora bien, ¿Qué hacer con el Océano Atlántico y sus costas?

En un primer momento, desde su cosmovisión medieval, los reinos intentaron apropiarse y/o repartirse el Océano Atlántico, extendiendo las jurisdicciones terrestres. Sin embargo, estas iniciativas no tuvieron los efectos deseados, ya que los titulares de los distintos reinos ya habían ejercido algunos derechos en la Baja Edad Media sobre las zonas costeras. Por otra parte, más allá de esas costas, el Océano Atlántico no había tenido ninguna demarcación[xv].

Serna Vallejo afirma que desde los inicios de la Edad Moderna se fijaron distintas rayas imaginarias —más o menos precisas— en el atlántico con la finalidad de convertirlas en límites marítimos de distintas entidades políticas europeas. Estos límites carecían de corporeidad dado que se establecían en el mar, lo cual no impedía que de su establecimiento se derivaran consecuencias jurídicas relevantes para los Estados pero también para los navegantes.[xvi]

Me interesa en este punto destacar el cruce que comienza a producirse entre dos cosmovisiones que son diferentes, la cosmovisión cristiana medieval y la liberal mercantilista. Como señala el filósofo ruso Aleksandr Dugin (Moscú, 1962) la modernidad da inicio a un cruce entre una Civilización de Tierra y una Civilización de Mar.  Dice Dugin: “El mar no puede ser organizado en base a fronteras, porque no es posible trazarlas en él. El Mar es universal, está desencarnado. […] El mar es otra manera de escoger, de escoger el tiempo en lugar de la eternidad, de escoger la igualdad en lugar que la jerarquía, de escoger el progreso en lugar que la tradición, de escoger la ausencia de la jerarquía en contra de esta idea de la verticalidad de la sociedad. También supone la aparición de una nueva figura que no existía en el mundo tradicional: el mercader, el comerciante que no tiene raíces, que se mueve, que cambia, que pertenece al mundo líquido en el sentido de la sociedad líquida de Zygmunt Bauman como liquidación, como destrucción, como liquidación de los valores.[xvii]

En resumen, mientras que la concepción de los ibéricos estaba arraigada en la tierra, con su tradición de cultivos y sus herencias de sangre surgía en el norte de Europa, en las regiones anglosajonas, una cosmovisión desarraigada y ansiosa por romper las marcas, fronteras y límites jurisdiccionales de la cosmovisión cristiana medieval. Una concepción que se puede observar en las demandas de los navegantes desarrolladas entre los siglos XV y XVII respecto a la creación de un derecho de frontera que ordenara las actividades que desarrollaban en las aguas del Atlántico. ¿Qué estaban reclamando? El derecho (fundante de la cosmovisión liberal) a la libre navegación de los mares, en otras palabras, el mundo de los Estados (reinos, monarquías e imperios) se enfrentaban contra el avance del capital mercantil que exigía la libertad necesaria para circular, y su resultante, obtener ganancias, recursos, riquezas.

Podría decirse que el capital mercantil con sus navegantes luchaba por poseer lo más preciado, circular por territorios. Pero aquí comienza la trampa e ironía más profunda de la cosmovisión liberal. Los mares no tienen dueños y son de libre circulación, ahora bien, para circular es necesario contar con ciertos conocimientos y con un sólido capital económico para costear los trámites necesarios, naves, tripulación y demás, en síntesis: todos pueden circular pero en realidad no todos pueden circular. 

Los comerciantes vencen en la batalla por las leyes para que los dejen circular y logran que se promulgue el derecho marítimo del Atlántico. El mar se abre por y para el capital mercantil.  Los navegantes del capital mercantil se apropiaron del océano Atlántico gozando de plena autonomía respecto de las organizaciones políticas establecidas en tierra. Si bien la historia del derecho marítimo en Europa comienza con los llamados Rooles de Olerón, una serie de textos legislativos promulgados por Leonor de Aquitania en 1160 en el contexto apertura para el comercio marítimo europeo desencadenada por las Cruzadas, es en Inglaterra en donde se sanciona el Black Book of the admiralty, el Libro negro del almirantazgo. En realidad es una recopilación de textos relacionados con el derecho marítimo en el transcurso de los reinados de varios monarcas ingleses entre el 1200 y 1400. Con sus cuatro volúmenes, de más de cuatrocientas páginas cada uno de ellos, el libro que tiene una primera edición aparentemente de 1450, marca la consolidación del sector ingles vinculado con el comercio marítimo.[xviii] En otras palabras, estas leyes  sobre los derechos de circulación del Océano Atlántico son las primeras en no tener ningún arraigo terrestre, ajenas a cualquier poder político y sin intervención de los Estados. Leyes que emergen a partir de una compilación de usos y costumbres de los navegantes comerciantes.

Ahora bien, el capital como suele ocurrir, tiene una voracidad sin límites, marcas ni jurisdicciones. Varios estudiosos y estudiosas[xix] han demostrado que en buena parte el Virreinato del Río de la Plata creado en 1776 nace como respuesta estratégica y geopolítica a distintos avances, intervenciones y acciones anglo francesas en los mares del sur. Al respecto señala Rodolfo Kusch: “De ahí los viajes de Biedma y del piloto Villarino. Pocas veces se hacen concesiones para la explotación del mar propiamente dicho, o para ejercer sobre él un dominio. Esto hace pensar que hay dos formas de referirse al mar, una se refiere a su condición de simple lugar de fácil acceso, y la otra es tomarlo en sí mismo como un ente explotable o de instrumento de soberanía.[xx]” 

Desde la lectura de Kusch, los viajes de exploración de Francisco de Biedma y Narváez (Jaén, España, 1737-1809) y de Basilio Antonio de Villarino y Bermúdez (Noya, España, 1741-1785) mostraban una concepción soberana sobre la tierra y el mar. La corona española se preocupó especialmente por conocer, delimitar e intentar usufructuar todos los recursos marítimos y terrestres a diferencia de los gobiernos que se sucedieron luego de la Revolución de mayo. Afirma Kusch: “En general ha predominado siempre el primer criterio [alude a tomar al mar como un lugar de fácil acceso] ¿por qué? Seguramente por la formación cultural popular en Argentina.”[xxi]  

En conclusión, hay un trasfondo, como un subsuelo cultural que rige la relación de la comunidad argentina con el mar. Una relación que nace según Rodolfo Kusch a partir de la emancipación, que le da la espalda al mar, como sí ya no fuera suyo. Los sectores comerciales de Buenos Aires promueven el libre comercio y modifican los criterios que imperaban en torno a la relación con el mar.

Al mismo tiempo, podemos afirmar que hacia fines del 1400 y principalmente con la llegada de los europeos a las Américas, se inaugura el ciclo de acumulación de riquezas (recursos: metales preciosos, especies, minerales) que terminará por afianzar al sector comercial y mercantil –burgués- frente al sector “de la tierra”, los reyes y nobles feudales de Europa del Norte. El poder económico de los burgueses termina por manifestarse en poder político desde 1688 con la Revolución Inglesa, dando inicio a otro ciclo, de consolidación y construcción del armazón político burgués: República moderna o Estado Liberal de Derecho, que podríamos dar por concluido en la Revolución Francesa de 1789. Con la represión de los franceses a los revolucionarios haitianos (1791-1804) podríamos afirmar que se inicia un nuevo periodo, marcado por las guerras de conquista de los grandes Estados Nación Imperiales del Atlántico Norte (Francia, Inglaterra, Holanda, Bélgica, y luego, Estados Unidos) a los demás Estados y Naciones del planeta, motorizando las rencillas internas o inmiscuyéndose en las decisiones de “las periferias” como ha ocurrido en el caso del Rio de la Plata durante los tiempos de la Batalla de la Vuelta de Obligado. Esta fase de la expansión Imperial bien podríamos extenderla hasta la Gran Guerra de 1914-1918. Como puede observarse, parafraseando a Jauretche, una cosa es pensar con la cronología y los acontecimientos trascendentales de otros (Edad Antigua, Edad Feudal, Edad Moderna, Edad Contemporánea) y otra distinta, es pensar en con una cronología que repase los acontecimientos que nos han afectado a nosotros.     

En una conferencia dictada por Dugin en la Escuela Superior de Guerra Conjunta de las Fuerzas Armadas Argentina, Dugin define al Atlantismo como la idea de Civilización que propusieron y proponen las potencias del Atlántico Norte, con centro en Gran Bretaña primero y en Estados Unidos después. Afirma Dugin: “Es capitalismo puro por que el capitalismo aparece en la historia de Occidente junto con el periodo de los descubrimientos en las colonias y el descubrimiento más importante del mar. El mar deviene un destino para Occidente y, desde este momento, empieza el capitalismo; la modernidad; la ciencia moderna; la metafísica moderna con su sujeto racional, con su idea del progreso.[xxii]

IV. Nación, Nacionalismo, nacionalidad.

Sobre el tema de las Nacionalidad, los humanos tenemos un viejo dilema, asociado generalmente al llamado: “problema de nuestros orígenes”. El filósofo Carlos Astrada (Córdoba, 1894-1970) resuelve el enigma-problema rápidamente. Afirma que un pueblo es soberano cuando trabaja la tierra en la que vive, de allí el origen de la nacionalidad argentina. Desde su visión, es a partir del trabajo que los seres humanos asimilan un territorio y lo convierten en suyo. En las tierras del sur del continente americano Carlos Astrada considera que este derecho le corresponde inicialmente a los gauchos y los indios. Desde su lectura, ellos fueron quienes trabajaron las tierras, y a partir de ese trabajo lograron una relación particular, emotiva y sentimental con el paisaje, ese escenario infinito, inmenso y profundo, comúnmente llamado “las pampas” o “la pampa gaucha”. Astrada la define como: “La extensión ilimitada, como paisaje originario y, a la vez, como escenario y elemento constitutivo del mito, he aquí nuestra Esfinge, la Esfinge frente a la cual está el hombre argentino, el gaucho.[xxiii]” Para Astrada, si uno se propone divisar una imagen humana en las tierras australes esa imagen es la del gaucho y la del indio, son los habitantes naturales de un lugar que, parafraseando al poeta Rainer Maria Rilke[xxiv], parece  limitar con la eternidad. Escribe Astrada: “La Pampa, con sus horizontes en fuga, nos está diciendo, en diversas formas inarticuladas, que se refunden en una sola nota obsesionante: ¡O decifras mi secreto o te devoro”![xxv] Ese plano metafísico del paisaje en el continente y en el mar e islas argentinas, dan un dimensión espiritual que se encuentra ligada indisolublemente con los seres que mejor lo interpretaron y respetaron con su errático ambular: el gaucho y el indio.  

Otra condición relacionada con el pensamiento geopolítico y existencial de los autores del Pensamiento Nacional es su lectura sobre la naturaleza pacífica de la Cosmovisión Nacional diferente a la Cosmovisión Liberal: belicista, mercantil y usurpadora. Dugin, Buela y Astrada rescatan al poema fundacional de la nacionalidad argentina, El Martín Fierro de José Hernández.

En ese texto su personaje principal, el gaucho Martín Fierro dice: “El trabajar es la ley / porque es preciso alquirir / no se espongan a sufrir / una triste situación: / sangra mucho el corazón / del que tiene que pedir”[xxvi]. Para Dugin, Buela y Astrada, los gauchos asumen la acción del trabajo como parte de la naturaleza humana, que Hernández valoriza una y otra vez en su poema, en otro pasaje escribe: “debe trabajar el hombre / para ganarse el pan.”, en otras palabras, la adquisición de bienes se logra por el trabajo, qué al mismo tiempo, tiene que ser justo y reconocido por el patrón. Para Hernández, la paz entre los hombres se rompe cuando el gaucho sufre injusticias, como le ha ocurrido a Martín Fierro, de ahí la desconfianza por la ley, escribe Hernández: “La ley es para todos / pero sólo al pobre la rige”. De allí que la lucha de los pueblos se expresa con un halo de justicia y sea enunciada generalmente como “lucha por la liberación Nacional”.

El pacifismo económico de la Cosmovisión Liberal (OTAN) desconoce todo esto porque para las potencias del Atlántico Norte recién cesarán todas las guerras cuando se inaugure la era del perfecto libre cambio. De allí que filósofos Astrada[xxvii] y Dugin[xxviii],  aludan a un tipo de pacifismo imperialista y mercantil, en donde se pasa de una guerra por necesidades (guerra como medio de alimentación) a otro modo de guerra, por poder político y motivación económica, es decir, no hay necesidades sino búsquedas de mayores ganancias. Para la Cosmovisión Liberal de la OTAN la guerra es un medio para adquirir más mercancías, no es fundamental para adquirir bienes el trabajo como señalaba Martín Fierro, sino qué en esta Cosmovisión, el robo y la ocupación de lo ajeno son acciones naturalizadas. Escribe Astrada: “La forma particular del imperialismo mercantilista anglosajón, ya perimido, cuya garra predatoria, que se hizo sentir durante el siglo XIX, alcanzó también hasta nosotros, arrebatándonos las Malvinas y dejándonos esa herida, hasta ahora abierta, en el flanco Atlántico de la Patria.[xxix]

Siguiendo esta lectura, no es casual ni anecdótico, que el héroe máximo del panteón Nacional, José de San Martin, tras la batalla de la Vuelta de Obligado y a raíz de la defensa de “las aguas nuestras”, le envié a Juan Manuel de Rosas, el sable curvo que él mismo uso en las guerras de la emancipación. Bien podríamos decir que el héroe Nacional que logro la emancipación política de nuestra Nación venciendo a España, le envía en 1850 un mensaje a sus compatriotas, justo un año antes de morir, señalándoles que la lucha continua, con otros enemigos (Inglaterra, Francia: las potencias del Atlántico Norte), y esta vez es para lograr la emancipación económica. 


[i]Profesor de Historia – Doctor en Historia– Especialista en Pensamiento Nacional y Latinoamericano (UBA-USal-UNLa), Docente e Investigador del Centro de Estudios de Integración Latinoamericana “Manuel Ugarte” y del Instituto de Problemas Nacionales, Universidad Nacional de Lanús, Columnista Programa Radial, Malvinas Causa Central, Megafón FM 92.1

[ii]Cady, Jhon, La intervención extranjera en el Rio de la Plata (1838-1850), Buenos Aires, Losada, 1945; Scalabrini Ortiz, Raúl, Política británica en el Rio de la Plata. Páginas de la Historia tenebrosa de un pasado político, Buenos Aires, Ediciones Hechos e Ideas, 1950: Rosa, José María, Historia Argentina. Tomo V: “La Confederación (1841-1852)”, Buenos Aires, Oriente, 1965; Halperin Donghi, Tulio, Argentina. De la Revolución de la independencia a la Confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972; Colli, Nestor, Rosas y el bloqueo Anglo-francés, Buenos Aires, Editoria Patria Grande, 1978; De Marco, Miguel Ángel (Dir.), Símbolo de la Soberanía. Vuelta de Obligado, Buenos Aires, Artes Gráficas Rioplatenses, 2012.         

[iii]Ternavasio, Marcela, Historia de la Argentina 1806-1852, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 2009.

[iv]Fradkin, Raúl y Gelman, Jorge, Juan Manuel de Rosas. La construcción de un liderazgo político, Buenos Aires, Edhasa, 2016. 

[v]Pivel Devoto, Juan y Ranieri de Pivel Devoto, Alcira, Historia de la República Oriental del Uruguay, Montevideo, Editorial Medina, 1945. 

[vi]Reyes Abadie, Washington, Historia del Partido Nacional, Montevideo, Ediciones de la Banda Oriental, 1989; Trias, Vivían, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1974.  

[vii]Sarmiento, Domingo Faustino, Facundo. Civilización y barbarie [1845], Buenos Aires, Hispamerica, 1974; Mitre, Bartolomé, “Un episodio troyano. Recuerdo del Sitio Grande de Montevideo”, en: Páginas de Historia, Buenos Aires, Biblioteca de La Nación, 1906; Ingenieros, José, Sociología Argentina, Buenos Aires.

[viii]Jauretche, Arturo, Manual de Zonceras Argentina, Buenos Aires, A. Peña Lillo Editor, 1968, pp. 77-78. 

[ix]Trías, Vivían, Juan Manuel de Rosas, Buenos Aires, Siglo XXI Editores, 1974, pp. 181-182.     

[x] Cady, Jhon, La intervención extranjera en el Rio de la Plata (1838-1850), Buenos Aires, Losada, 1945; Scalabrini Ortiz, Raúl, Política británica en el Rio de la Plata. Páginas de la Historia tenebrosa de un pasado político, Buenos Aires, Ediciones Hechos e Ideas, 1950: Rosa, José María, Historia Argentina. Tomo V: “La Confederación (1841-1852)”, Buenos Aires, Oriente, 1965; Halperin Donghi, Tulio, Argentina. De la Revolución de la independencia a la Confederación rosista, Buenos Aires, Paidós, 1972; Colli, Nestor, Rosas y el bloqueo Anglo-francés, Buenos Aires, Editoria Patria Grande, 1978.      

[xi]Di Vincenzo, Facundo, “La Colonización Historiográfica. Reflexiones acerca de una historia moderna y contemporánea para América Latina y el Caribe”, en Revista Viento Sur, Remedios de Escalada, Año VII, Remedios de Escalada, Lanús, Buenos Aires, Número 19, diciembre 2018. http://vientosur.unla.edu.ar/index.php/la-colonizacion-historiografica/

[xii]Buela, Alberto, El sentido de América (seis ensayos en busca de nuestra identidad), Buenos Aires, Theoría, 1990.   

[xiii]Ibídem, p. 49.

[xiv]Serna Vallejo, Margarita, “El océano Atlántico: de marca o espacio fronterizo a “territorio” dividido y sujeto a distintas jurisdicciones”, op., cit., p. 28.

[xv]Truyol y Serra, Antonio, “Las fronteras y las marcas. Factores geográficopolíticos de las relaciones internacionales”, en Revista Española de Derecho Internacional, número 10, 1957, pp. 105-123.

[xvi]Serna Vallejo, Margarita, “El océano Atlántico: de marca o espacio fronterizo a “territorio” dividido y sujeto a distintas jurisdicciones”, op., cit., p. 32.

[xvii]Dugin, Aleksandr, “Civilización de Tierra y Civilización del Mar”, en Geopolítica Existencial. Conferencias en Argentina, Buenos Aires, Nomos, 2018, p.45.

[xviii]Parry, Jhon, Europa y la expansión del mundo (1415-1715), México, Fondo de Cultura Económica, 1968.

[xix]Halperin Donghi, Tulio, Historia Contemporánea de América Latina, Buenos Aires, Alianza Editorial, 1968 [La primera edición se publica en italiano en 1967]; Bosch, Juan, De Cristóbal Colón a Fidel Castro. El Caribe, frontera imperial [dos tomos], Madrid, Espasa Calpe, 1970; Tenenti, Alberto, La edad moderna S XVI – XVIII, Buenos Aires, Crítica, 2010; Ansaldi, Waldo y Giordano, Verónica, América Latina. La construcción del orden. Tomo I, De la colonia a la disolución de la dominación oligárquica, Buenos Aires, Ariel, 2012; 

[xx]Kusch, Rodolfo, Geocultura del hombre americano, op., cit., p. 61.

[xxi]Ídem.

[xxii]Dugin, Aleksand, Geopolítica Existencial. Conferencias en Argentina, Buenos Aires, Nomos, 2018, p. 31.

[xxiii]Astrada, Carlos, El mito Gaucho, Buenos Aires, Ediciones Cruz del Sur, 1964, p. 58.

[xxiv]Rilke, Rainer María, Obra Poética, Buenos Aires, Efece editor, 1980.

[xxv]Astrada, Carlos, El mito Gaucho, op., cit., p. 59. 

[xxvi]Hernández, José, Martín Fierro [1872], Buenos Aires, Editorial Ciorda, 1968, p. 235. 

[xxvii]Astrada, Carlos, El mito Gaucho, Buenos Aires, Buenos Aires, Ediciones Cruz del Sur, 1964; Metafísica de la Pampa, Buenos Aires, Ediciones Biblioteca Nacional, 2007.  

[xxviii]Dugin, Aleksandr,  Geopolítica Existencial. Conferencias en Argentina, Buenos Aires, Nomos, 2018; Logos Argentino. Metafísica de la Cruz del Sur, Buenos Aires, Nomos, 2019.

[xxix]Astrada, Carlos, “Sociología de la guerra y filosofía de la Paz”, Universidad Nacional de Buenos Aires, Facultad de Filosofía y Letras, Instituto de Filosofía, Serie Ensayos, Nº 1, Buenos Aires, 1948, p. 133.

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