La culebrilla

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Juan Incardona*

Tenía, ponele, diez años, puede ser once. Me había salido una especie de sarpullido en la panza que se veía horrible. Eran unos granos gigantes mezclados con otros más chiquitos adentro de una mancha roja que se alargaba hacia los costados.

A mí siempre me daba alergia por jugar tanto en el campito, así que ya sabía lo que tenía que hacer: abrir el mueble del comedor y agarrar una pomada, caladryl o una parecida.

Me la puse y esperé un rato que me calmara la picazón, pero en vez de refrescarme, empezó a arderme, cada vez más, hasta quemarme.

Fui corriendo a la cocina. Ahí estaban Celina, Rosa y otra señora de la que no me acuerdo el nombre. Ahora que lo pienso, a esa mujer no la vi nunca más.

Al verme, se asustaron. Celina se puso de pie. Rosa dijo:

—Le agarró la culebrilla.

La otra señora le dijo al oído a Celina —pero yo escuché—:

—Celina —Celina, como el barrio, se llama mi vieja—, si se le juntan las puntas se puede morir, hacelo ver.

Las tres estaban de acuerdo:

—Hay que llevarlo a la Porota.

Porota vivía a la vuelta de casa, caminando dos cuadras sobre Giribone. Ella siempre nos tiraba el cuerito a mis hermanas y a mí o nos curaba el empacho con una cinta de medir. También lo curó a mi tío Salvador, una vez que lo ojearon. Me gustaba ir a su casa, porque tenía conejos y me dejaba darles de comer.

Fui con las tres mujeres. En la esquina de Chilavert y Giribone habían escrito algo que vi por primera vez el día anterior, cuando fui al Correo a comprarle cigarrillos a mi papá. Decía: “Ni yanquis ni marxistas, peronistas”.

—Ma, ¿qué son yanquis y marxistas?

—Los yanquis son los norteamericanos; los marxistas es más difícil de explicar.

Llegamos. En la casa de Porota no había timbre, para llamarla había que aplaudir.

—¿Quién es?

—Porota, soy Celina.

—¿La maestra?

—Sí, Porota, te traigo a mi hijo porque le agarró algo en la panza.

—Pasen.

La casa estaba llena de adornos. Tenía un montón de caracoles, cuadritos y estampitas pegadas en las paredes. Porota saludó a
las tres mujeres y después se acercó a mí.

—¿Cómo era que te llamabas vos?

—Juan Diego.

—¡Ah, sí, ya me acuerdo! Igual que el indiecito de la Virgen de Guadalupe. ¿Dónde estaba? Acá, acá está, mirá, ¿ves?, esta es
—y señaló una estampita.

—¿Qué día naciste vos?

—No sé.

—¿Cómo que no sabés? ¿Cuándo es tu cumpleaños?

—Ahhh. El 27 de julio.

—¿El 27 de julio? ¡Pero qué bien! Entonces tenés suerte, porque ese es el día de San Pantaleón, el patrono de los enfermos. No tenés de qué preocuparte. A ver, ahora mostrame la panza.

Me levanté la ropa. Porota se agachó un poco para ver mejor. Después de un rato se levantó y se agarró la cabeza.

—¡Por Dios! ¿Cómo se te metió una cosa así?

Yo no sabía qué contestar.

—¿Lo puede curar? —preguntó Celina.

—No, no puedo. ¡Flor de culebrilla se agarró! Capaz que se la contagiaron.

—¿Y qué podemos hacer? —preguntó Rosa.

—Mirá, ni se les ocurra llevarlo al médico, porque para estas cosas son unos inútiles, no entienden nada. Te dicen que es un herpes, un zoster, ¡cualquier cosa!, y le van a dar un montón de remedios que no le van a servir, sólo vas a gastar plata —la miró fijo a Celina— y el chico va a seguir igual, o peor. Dejame pensar.

Nos quedamos todos callados. Yo no aguantaba más la picazón.

—¿Qué hacés, nene? ¡Ni se te ocurra rascarte! —me retó Porota al ver que me pasaba la mano por la panza.

Agarró una silla y se sentó. Después, le dijo a Celina:

—Lo tenés que llevar con una señora que le dicen la Chola y que vive pasando Las Achiras. Es boliviana. Ella va a saber qué hacer.

—¿Pasando Las Achiras? ¿Dónde queda eso?

—No es fácil de llegar, vas a tener que preguntar. Y andá de día porque es peligroso. Pasando Las Achiras, por atrás del Mercado Central, hay otra villa. Está cerca del riacho que pasa por Don Bosco y de la vía que viene de Haedo y va para Temperley. Mirá, tenés dos caminos. O vas a Don Bosco y seguís el arroyito, o te vas por el precipicio que está atrás del club del Banco Hipotecario. Tenés que bordear Las Achiras y seguir para el lado del Riachuelo hasta que la encuentres. Cuando llegues, preguntá por la Chola, que ahí todos la conocen.

—No sabía que existía ese lugar. Mirá que yo enseño en la 138 en Urquiza y ahí van muchos chicos de Las Achiras, pero de esa zona que decís no me acuerdo ninguno. ¿Cómo se llama la villa?

—No tiene nombre —contestó la Porota.

—¡Qué raro! —dijo Celina—. ¿Y ustedes la conocen? —les preguntó a Rosa y a la otra señora.

—La verdad que no.

—Yo tampoco.

—Bueno —le dijo Porota a Celina—, llevalo rápido, antes de que se le junten las puntas.

—¿Le puedo dar de comer a los conejos? —pregunté.

—No, ahora no, están durmiendo. Andá con tu mamá.

Al día siguiente me levantaron temprano. Juan ya estaba listo para salir. Fumaba un cigarrillo en el patio. En el comedor estaban Celina y Rosa, que también nos iba a acompañar porque Celina no podía caminar tanto, y era importante que fuera una mujer, dijeron. El viaje iba a ser largo y por los potreros que estaban cruzando la calle muerta. Habían elegido el camino del precipicio. También iría mi tío Salvador, el hermano de Juan, mi viejo, “por las dudas”, llegué a escuchar la noche anterior, cuando le contaban todo por teléfono.

A eso de las ocho de la mañana llegó Salvador y salimos. Celina me dio un rosario y dijo que lo guardara en el bolsillo.

Caminamos por Giribone y después por San Pedrito hasta la curva. Ahí doblamos a la izquierda por la calle muerta y después le dimos derecho hasta que nos chocamos con los alambrados del club Banco Hipotecario.

Salvador separó dos alambres y los mantuvo bien abiertos con las manos, para que pasáramos. Lo hicimos de a uno, despacio, porque el alambre era de púas. Ninguno hablaba. Una vez adentro, enfilamos para el fondo, donde estaban las últimas canchas de fútbol. Íbamos a paso normal; mi viejo apenas adelante.

Después de un rato, llegamos a otro alambrado. Del otro lado no había nada, era todo descampado, lleno de yuyos que me llegaban más o menos a la cintura. Salvador le preguntó a Juan:

—Yoanino, ¿estás seguro que es por acá?

—Sí, tenemos que darle derecho unos doscientos metros y nos vamos a encontrar con el precipicio.

Salimos de Banco Hipotecario y caminamos uno atrás del otro entre los yuyos. Menos mal que todos teníamos pantalones largos porque había muchos cardos y otras plantas con espinas. Poco a poco las zapatillas se me fueron llenando de abrojos.
De golpe, grrrrrrrrr, casi nos morimos del susto.

—Es una perdiz, no pasa nada —dijo Salvador.

—Tengo el corazón en la boca —dijo Rosa.

—Jajajá —se rieron.

Seguimos adelante. La panza me picaba cada vez más, aunque trataba de no rascarme. Cuando no aguantaba, pasaba la mano despacito sobre la remera, y eso un poco me calmaba.

—Tengo sed —dije.

Rosa sacó una botellita de agua de la cartera y me convidó. Hacía calor.

Después de la perdiz se había hecho un silencio muy fuerte, no se escuchaba nada, solamente nuestros pasos. Cuando decíamos algo, daba la impresión de que todo retumbaba, como si en vez de estar al aire libre estuviéramos encerrados en una iglesia o en el tanque de Villa Celina, donde hay mucho eco.

—El precipicio —anunció mi papá.

Era la primera vez que estaba ahí. La verdad que me impresionó, me parecía inmenso y muy empinado. Era una especie de tosquera que tenía unos cuatrocientos metros de diámetro. No sé si todavía existe, ni por qué ahí nunca se formó una laguna con la lluvia, como pasa en otros lados.

Bordeamos por la izquierda. En el pozo humeaba una montaña de basura. No había nadie aparte de nosotros. Unos pájaros negros volaban haciendo círculos, como en las películas.

—Porota nos dijo que cuando lleguemos acá vayamos para el lado del Riachuelo.

—Sí, Rosa —dijo Juan—, pero en diagonal, porque según me explicó Celina, el lugar está cerca de la vía que va para Temperley.

—¿Qué vía es esa? —preguntó Salvador.

—La del trencito. ¿No te acordás? —contestó Juan.

—No.

—El trencito de trocha angosta que pasa por La Tablada. Tiene una estación ahí abajo de la Richieri.

—Ah, sí.

—Vayamos para allá —señaló mi viejo.

—¿Eso qué es, pa? ¿El sur? ¿El oeste?

—Es el sudoeste.

Otra vez el descampado. Nos metimos, igual que antes, entre los pastos altos, en la dirección que Juan nos señalaba.

—Mirá, parece que hay un caminito —dijo Salvador.

Fuimos por ahí.

—Ahhhh —gritó Rosa de repente.

—¿Qué pasa?

—Vi algo que pasó por el pasto.

—Tranquila, Rosa, debe ser algún animal.

Seguimos un rato y llegamos a una loma. Al cruzarla, nos encontramos sorpresivamente en una calle.

—¿Y esto?

Era rarísimo: una calle en medio de la nada, rodeada de cañaverales. En las ranuras de los bloques de asfalto crecían pastos y flores silvestres.

—¿Ustedes conocían esta calle? —preguntó Salvador.

—No.

—¿Vendrá del barrio Sarmiento?

—Ni idea —contestó Rosa.

—Debe estar conectada con la calle muerta que sale de San Pedrito —dijo Juan. Parece que en estos campitos hay toda una red vial que está abandonada. Por lo que sé, la mandó a construir Perón. Iba a unir varios barrios que estaban planificados para esta zona y que estarían divididos en circunscripciones y en secciones, igual que Ciudad Evita.

—¿Y cómo sabés eso?

—Me lo dijo Mariano, el que trabaja en la Municipalidad.

—¿Qué Mariano? ¿El boxeador?

—Sí. Según me contó, cancelaron el proyecto con la Libertadora, así que estas calles quedaron abandonadas.

—No sabía.

—¿Viste que si mirás Ciudad Evita desde el cielo tiene la forma de Evita?

—Sí. ¿Y?

—Bueno. Mariano me dijo que estos barrios iban a tener la imagen de San Martín, de Rosas, supongo que también de Perón.

Yo miré el cielo y todavía podía ver los pájaros negros que volaban en círculos, aunque más lejos que antes, porque seguramente estaban sobre el precipicio, que había quedado atrás. Juan dijo que la calle iba para el sudoeste, así que decidieron ir por ahí.

Habremos caminado diez minutos cuando en una curvita nos encontramos un auto abandonado. Tenía el techo todo abollado. Me parece que era un Renault 12, verde. La parte de atrás estaba chocada. Le faltaban las cuatro ruedas. Nos acercamos. Tenía escrito el capó con pintura negra. Siempre me quedó grabado lo que decía porque era algo simple. Eran las famosas tres A, así, una al lado de la otra: AAA.

—¿Pa, qué significa eso?

—Nada, vamos.

Pasé la mano por el auto y Juan se enojó.

—¡Juan Diego, no toques nada! ¡Vení para acá!

—¿Qué hacemos? —preguntó Rosa.

—Sigamos un poco más.

No pasaron diez minutos cuando vimos que un hombre venía caminando del otro lado. Nos quedamos quietos, esperando que llegara hasta nosotros.

—Hola —le dijo Salvador.

El tipo paró y se quedó un rato callado, mirándonos fijo. Tenía los pantalones rotos. Parecía un ciruja. Nos dijo:

—¿Tienen un cigarrillo?

—Sí —contestó Juan, y le convidó.

—¿Conoce a una señora que le dicen la Chola?

—Sí, todos conocen a la Chola.

—¿Vamos bien por acá? —preguntó Rosa.

—Sí, señora, tienen que seguir un kilómetro más. Cuando lleguen al eucaliptus, se tienen que meter por un caminito a la izquierda. Se van a dar cuenta porque es el único eucaliptus que hay de acá hasta allá. Bueno, ahí caminan un poco más y enseguida se van a encontrar con La Sudoeste.

—¿Con la qué? —preguntó mi papá.

—Con La Sudoeste, la villa donde vive la Chola.

—Ah. Nos habían dicho que la villa no tenía nombre.

—Sí, bue, no sé si tiene nombre. Le dicen así porque queda ahí. No sé qué decirle.

—Claro. Pero si le dicen así entonces se llama así.

—Puede ser.

—¿Y usted es de ahí?

—Sí.

—Ah, bueno, muchas gracias, eh. ¿Cómo es su nombre?

—Me dicen Tito.

—Gracias, Tito, suerte.

Tito se fue para el lado de donde veníamos nosotros.

—¿Adónde irá? —preguntó Rosa.

—¿Qué sé yo? —contestó Salvador—. Irá a comprar algo.

—En fin —dijo Juan—. ¿Vamos?

Seguimos adelante. Después de un rato nos encontramos otro auto abandonado, sobre el costado de la calle. Estaba quemado. Lo miré a la pasada, porque no nos detuvimos. Enseguida aparecieron más autos, un montón de autos, todos abandonados. La calle estaba llena de vidrios rotos. Yo trataba de esquivarlos para que no se me clavaran en la suela, pero había tantos que igual los pisaba. Algunos autos estaban volcados. Casi todos tenían algo escrito, cosas distintas, pero no me acuerdo bien qué decían.

Por fin, después de media hora, llegamos al eucaliptus.

—Ahí está el caminito.

Salimos de la calle y nos metimos.

—No aguanto más —dije—, la panza me arde.

—Esperen —dijo Rosa. A ver, Juan Diego, mostrame.

Me levanté la remera. Yo no quise ver.

—Le está creciendo rápido.

—¿Se le juntaron las puntas? —preguntó Salvador.

—No, pero en cualquier momento. Juan Diego, date vuelta, mostrame la espalda. Mmmm…, miren, ven cómo tiene ahí.

—Sí, apuremos.

Otra vez tuvimos que subir una loma. Cuando llegamos a la parte de arriba, vimos la villa. Era un lugar compacto, las casitas todas pegadas, cerca de una vía. No entendía por qué estaban tan juntas ya que alrededor había bastante espacio. Vista desde ahí parecía tener la forma de un dibujo. Me hacía acordar a una de las manchas de humedad que tenía en el techo de la pieza y que siempre miraba antes de dormirme.

Nos acercamos. Parecía un lugar vacío. De pronto, un perro negro muy grande se nos vino encima. Nos ladraba y nos mostraba los dientes.

—Nadie se mueva —pidió Juan.

Enseguida llegaron más perros, muchos perros, que empezaron a rodearnos y a ladrar como locos. El ruido retumbaba como en el otro campito, como si acá también estuviéramos en un lugar cerrado.

Un hombre se asomó de una de las casillas de adelante.

—¡¿Qué necesitan?!

—¡Venimos a ver a la Chola!

—¡Negrooo! —gritó el hombre.

El perro más grande volvió para la villa. Los otros lo siguieron.

—¡Vengan!

Nos acercamos.

—¿Lo traen a él? —preguntó señalándome a mí.

—Sí. ¿Cómo sabe? —preguntó Juan.

—Mire, señor, ¿ve esa casilla de ahí abajo?

—¿Cuál?

—Esa. La que tiene los baldes encima del techo.

—Ah, sí.

—Bueno, ahí vive la Chola. Apúrese, porque debe estar por dormir la siesta.

—Gracias.

Fuimos hasta la casilla y aplaudimos. Al rato salió una nena.

—Pasen —dijo—, pero ustedes no —y señalaba a mi papá ya mi tío—. Ellos dos nada más.

Todos estaban sorprendidos. Rosa dijo:

—No hay problema. Ustedes esperen acá.

Entré con Rosa. El lugar era chiquito. Había muchas más estampitas que en lo de Porota. Creo que estaba todo empapelado de imágenes, que no se veía ningún pedazo de pared.

—Por acá.

Pasamos una cortina de colores y entramos en una pieza. En un colchón tirado en el piso estaba la Chola. Yo pensé que iba a ser una señora muy vieja, pero nada que ver, todo lo contrario, no creo que tuviese más de treinta años. Era muy linda. Tenía el pelo largo y lacio, de un negro brillante. Sus ojos eran achinados. Sonreía. Me dijo:

—Vení, acercate.

Rosa le dijo:

—Tiene una culebrilla.

La Chola me dijo:

—Mostrame.

Rosa le dijo:

—Nos mandó la Porota.

La Chola me dijo:

—Ponete las dos manos sobre el pecho.

Rosa le dijo:

—¿Puede curarlo?

La Chola me dijo:

—Ahora vas a sentir un frío, pero no te preocupes, que no pasa nada.

Rosa le dijo:

—¿Quiere que espere afuera?

—No —le contestó la Chola—, mejor siéntese ahí. —Bueno. Para curarlo hay que traerlo varias veces, ¿no? —No, con hoy alcanza.

Después la Chola le dijo a la nena:

—Traeme ajo.

Me empezó a agarrar mucho sueño. No recuerdo bien qué pasó, sólo tengo grabada la sensación refrescante de su mano en mi panza. Me quedaba dormido pero nunca del todo. Miraba sin parar la cara de la Chola, que nunca dejaba de sonreír, y que me parecía tan hermosa, cada vez más hermosa.

Acá se me hizo una laguna. Me acuerdo que después estaba en el otro ambiente, en el primero, cerca de la puerta. Rosa le preguntó a la nena si le debíamos algo y ella le contestó que no.

Salimos de ahí. Rosa les dijo a Juan y a Salvador que ya estaba, que nos volviéramos.

El camino de vuelta me pareció más corto y menos llamativo, por decirlo de alguna forma. Será porque uno se sorprende más cuando ve las cosas por primera vez. Y ahora ya conocíamos la ruta. En fin. En los días siguientes, la culebrilla se fue muriendo. Menos mal, porque el ardor era insoportable. Cuando me acuerdo de eso, como ahora, siento que vuelve, que la culebrilla vuelve, imagino que se juntan las puntas, así que mejor no pensar, me digo no pensar, porque aunque pasan los años me agarra miedo, un miedo que en esa época no tenía, o que tenía pero no me daba cuenta, y entonces me empiezo a revisar la panza obsesivamente para ver si encuentro algo.

 

(De: Villa Celina, Interzona, 2014)

* Juan Diego Incardona nació en Buenos Aires en 1971. Dirigió la revista El interpretador. Publicó Objetos maravillosos (2007), Villa Celina (2008), El campito (2009), Rock barrial (2010), Amor bajo cero (2013), Melancolía I (2015), Las estrellas federales (2016) y cuentos en distintas antologías, diarios y revistas. Actualmente, dicta talleres literarios, coordina un ciclo de cine en el ECuNHi (Espacio Cultural Nuestros Hijos) y realiza actividades en escuelas y bibliotecas populares, en representación de la Conabip (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares).

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *