La década del 70. La violencia de las ideas

Por Oscar Terán

[En la categoría Textos Recobrados publicamos textos de distintos orígenes y autores que por alguna razón (histórica, periodística, artística, académica, etc.) a nuestro criterio merecen una relectura]

Publicado en Lucha Armada, Año 2, Número 5, 2006

La proclamada aspiración a un mundo más justo estuvo entrelazada con visiones que se contraponían a estos mismos ideales. Se analiza aquí la presencia de la violencia en la sociedad argentina, los niveles de responsabilidad que le correspondía a las organizaciones político militares y la represión ejercida por los militares sobre el conjunto de la sociedad.

He tratado de ser fiel a los propósitos de la convocatoria allí donde dice que «las acciones humanas se sostienen en algún orden de ideas», de modo que en el caso argentino «resulta imperioso penetrar en el rico movimiento de ideas» de los años sesentas y setentas. Esta fidelidad responde a la convicción de que indagar en las creencias de los agentes históricos ayuda a describir las representaciones imaginarias que impulsan y dan sentido a sus prácticas. Y si, como toda premisa general, ésta requiere verificarse, pienso que así como existen épocas en las cuales las ideas desempeñan un papel menos activo en la arena política, en cambio las décadas del sesenta y setenta estuvieron habitadas por intensas pasiones ideológicas. Más concretamente, pienso que en ese período los actores involucrados en violentas confrontaciones políticas resultaron en buena medida configurados por concepciones con fuertes tendencias totalizadoras, cuando no realmente integristas.

Por otra parte, el tratamiento de dicho período se complejiza por la gravidez ético-política de las cuestiones que aquellas décadas contienen y por el hecho de que muchos de quienes pretendemos analizarlas fuimos en diversa medida partícipes de sus acontecimientos. De allí que me considere obligado a explicitar algunas cuestiones ya no sobre el objeto considerado sino sobre la mirada que lo mira.

En ella reconozco una subjetividad incapacitada para la estricta «neutralidad» dado que allí conviven inevitablemente un carácter memorístico y una pretensión heurística. Y sin embargo, forma parte de este emprendimiento intelectual tratar de dar sentido a los fenómenos de aquel pasado a partir de los diversos regímenes simbólicos ofertados por la cultura a la que pertenezco, así como tornar trasmisibles estas consideraciones rehuyendo la inefabilidad de la experiencia. Esto último para eludir el «síndrome Fabrizio» que me ha asaltado muchas veces al escuchar interpretaciones de estos sucesos: quienquiera haya leído La cartuja de Parma sabe que Fabrizio ha sido protagonista de la batalla de Waterloo, pero no cree en la batalla de Waterloo cuando la encuentra narrada, porque le resulta imposible reconocer en esos relatos su propia experiencia de la batalla, la innumerable riqueza de la percepción frente al monismo del concepto, planteando tempranamente ese desfasaje entre la experiencia y su representación que llevó a Benjamin a proclamar el fin de la experiencia y recientemente a Sebald a decir que «la realidad no se parece a nada». De allí que, en lo que sigue, intento instalar esta reflexión en el interior de una construcción histórica, suponiendo tradicionalmente que aquélla puede permitir la articulación entre la pluralidad irreductible y a veces azarosa de la realidad con la potencia esclarecedora del concepto.

En este terreno, considero que toda época tiene su propia textura, para la cual demanda consideraciones específicas. Por consiguiente, los sucesos de las vidas humanas no pueden adosarse a ningún sistema previo; deben en cambio ser considerados en relación con individuos y grupos particulares en situaciones históricas igualmente específicas. Dudo entonces de la intemporalidad del sentido de los actos humanos porque creo que el mismo no es autosuficiente sino que se basa en su conexión con el mundo y con una determinada atmósfera histórica. Se trata de una vieja idea, que traducida por los contextualistas actuales advierte que todo hecho o discurso sólo cobra su sentido cuando se lo inserta en el marco preciso de su «lengua» y de su ocurrencia.

Reconozco también que los significados de los actos históricos suelen permanecer invisibles para quienes los viven, en el sentido en que Marx decía que los hombres hacen la historia pero no saben la historia que están haciendo. Mas a esta máxima debe agregársele que aquello que los hombres creen que están haciendo contribuye a hacer la historia que están haciendo.

Asimismo, y ahora con Koselleck, adopto la consigna de que en la historia ocurre más o menos lo que tiene que ocurrir, pero que sobre ese más o menos están los seres humanos. Todo monismo desde esta perspectiva me parece insuficiente y aun empobrecedor, y por ende -según el pensamiento de Arquíloco retomado por Isaiah Berlinsería bueno aprender menos del erizo, que sabe una sola gran cosa, que del zorro, que sabe muchas pequeñas cosas.

Por fin, introduzco el problema clásico de las consecuencias no queridas de los actos. Sabemos que Weber argumentó que los puritanos, queriendo salvar su alma, contribuyeron a la generación del capitalismo. ¿Serían responsables de todo lo que este régimen económico conllevó y conlleva? En nuestro caso, ¿cómo pensar la responsabilidad de quienes quisieron un mundo mejor y resultaron uno de los metales que se fundieron sin residuo en la caldera del diablo de la política argentina?

Recientemente Claudia Hilb ha recordado las reflexiones de Hanna Arendt en el sentido de que por definición de la acción humana el actor no posee nunca el control fiel sobre los efectos de su acción. Si esto fuera así, aunque siempre habrá que atender al tipo de consecuencias no queridas, el único modo de establecer un criterio de responsabilidad sobre las conductas humanas reside en aceptar que los hombres y las mujeres somos responsables de las historias en las nos involucramos, y por eso debemos responder de la inconmensurabilidad estructural entre la intención y el resultado de la misma.

Hasta aquí la demarcación del territorio desde donde quisiera hablar. Vayamos ahora al objeto de esta reflexión, que como siempre depende en buena medida de las preguntas que se le formulen. Éstas son: cómo y por qué la violencia política que involucró a revolucionarios y defensores del orden establecido; qué tipos de violencia aplicaron estos contendientes; qué responsabilidades les corresponden.

Para comenzar con la larga duración, sabemos que la facciosidad política siguió recorriendo con diversas intensidades buena parte del siglo pasado, hasta el punto de que ya Joaquín V. González en El juicio del siglo, editado en medio de los fastos del Centenario, colocaba como un punto que oscurecía el futuro lo que llamaba «el espíritu de discordia entre los argentinos». Poco después, dicho fenómeno se manifestó en el complejo ingreso de la Argentina en la República de sufragio universal masculino efectivo, puesto que el triunfo del partido radical yrigoyenista en la segunda década de dicho siglo desató una inmediata denegación de legitimidad por parte del resto del espectro político.

De todos modos, el régimen liberal democrático no se vio alterado mientras el país mantuvo exitosos estándares macroeconómicos, redistributivos y de movilidad social ascendente. Cuando la crisis económica, política e institucional de 1930 barrió con ese escenario, sobre el mismo se instalaron las fuerzas armadas como fracción relativamente autónoma y/o como brazo político de los sectores conservadores y económicamente dominantes. Dentro de ellas el Ejército desempeñó el rol hegemónico al par que resultaba profundamente penetrado por una ideología nacional-católica integrista. Como es harto sabido, fue así como la institución armada del Estado, que como tal detentaba el monopolio de la fuerza legítima, se constituyó en un actor político central en el medio siglo transcurrido entre 1930 y 1980, dotada de capacidad para desempatar o decidir situaciones generadas por la ineficiencia de las clases poseedoras para dotarse de representación política eficaz o por coyunturas que desbordaban a los partidos políticos y a toda institucionalidad republicana.

La emergencia e instauración del peronismo desencadenó una intensificación de la denegatoria de legitimidad que partió literalmente a la sociedad en dos bandos irreconciliables, situación que erosionó el pacto de convivencia en el disenso. En 1946 los actores político-sociales dirimieron centralmente a su entender una elección entre la justicia social y los valores democráticos asociados al antifascismo. Y en efecto, evaluado en sus rendimientos a partir de su victoria electoral (que era el triunfo del primer término del binomio), el período se caracterizó por una notable y nunca reiterada redistribución económica en favor de las clases trabajadoras; fenómeno acompañado de una caída de la deferencia de los sectores populares hacia las escalas superiores de la sociedad. Junto con ello, y a través de un liderazgo carismático con rasgos plebiscitarios, el gobierno consensuado por la mayoría no dejó de apelar a la coerción, violando expresamente las libertades cívicas de los opositores. Los bombardeos de Plaza de Mayo en 1955 marcaron un punto extremo de la violencia pero, en tanto ésta se ejecutó con una tecnología mortífera y sobre una población civil en sus actividades cotidianas, marcó el punto de clivaje de la violencia a la barbarie. Es nuestro Guernica sin Picasso.

Este trasfondo donde se hunde la genealogía de la violencia política en nuestro país no se despliega empero como un destino fijado para siempre desde el origen. Será enriquecido y complejizado por una serie de fenómenos novedosos y decisivos. Voy por ello a reiterar muy sintéticamente la versión que al respecto he suscripto en otros espacios.

En aquella sociedad literalmente partida en facciones radicalmente enfrentadas, el golpe de Estado de 1955 fue rápidamente seguido de un nuevo posicionamiento de sectores de izquierda sobre todo juveniles, que comenzaron a desconfiar de los «libertadores» cuando éstos revelaron una actitud dispuesta a disecar autoritariamente hasta las fuentes simbólicas de la identidad peronista. Tratando de dar cuenta de la «ceguera» de la izquierda ante el 17 de octubre del 45 como acto fundacional del nuevo movimiento, aquellos jóvenes cuestionarán la herencia de sus padres y producirán una auténtica ruptura generacional. Esta ruptura activó una culpabilización de clase y una serie de ideologemas de la tradición populista. Uno de ellos remitía a la imagen de intelectuales y de clases medias colocados siempre de espaldas al pueblo y al país verdaderos. Arturo Jauretche explotará exitosamente este tópico en libros como Los profetas del odio, texto que se abría con un epígrafe de Gandhi denunciando «el duro corazón de los hombres cultos».

Retornaba también con ello el tema de «las dos Argentinas», así como el de una falaz historia oficial y otra verdadera expresamente ocultada y falsificada por los vencedores. En este punto se articulará el revisionismo histórico que, nacido desde una constelación política opuesta, va a teñir de allí en más la cultura política de la nueva izquierda. Se trataba de un síntoma y un efecto del abandono de dicha izquierda de su relación con la por cierto débil tradición liberal, que ya no será considerada como un eslabón dentro de un sendero constructivo, sino como una etapa de la dependencia nacional. Detrás de estas tomas de distancia era así la misma democracia liberal la que caía impugnada por ser considerada un régimen político ligado a los intereses de la clase dominante, al igual que las libertades y derechos humanos que, por dizque burgueses, pasaron a ser considerados despectivamente «formales».

Pero resulta imposible comprender el despliegue de este y otros movimientos intelectuales si no se los proyecta sobre el fondo poderoso de la revolución cubana, ya que difícilmente podría exagerarse su gravitación tanto en la Argentina como en toda Latinoamérica. En ese período signado de tal modo en la franja contestataria de los intelectuales por la relectura del peronismo y por el deslumbramiento de la revolución cubana, el marxismo se tornó hegemónico en sectores más amplios que los estrictamente intelectuales.

Pero así como modernización cultural y radicalización política describen ya a mediados de la década del 60 una dialéctica en ascenso, junto con ellas operaría la intervención de fuerzas conservadoras y reaccionarias desde el Estado y la sociedad. Entonces el partido militar promoverá la implantación de valores nacionalistas, tradicionalistas y familiaristas, para lo cual se apelará al acervo antimodernista de la Iglesia y a su mencionada influencia sobre el Ejército. En el clima de la guerra fría y de la teoría de las fronteras ideológicas interiores, la contradicción se polarizó en torno del eje comunismo-anticomunismo.

Un punto de condensación en este sentido se alcanzó en 1966 con el shock autoritario desencadenado por el golpe de Estado liderado por el general Onganía, cuya gravitación sobre el campo político-cultural fue de serias consecuencias. Imbuido de una mirada autoritaria incapaz de discriminar entre el modernismo experimentalista y las actitudes políticas expresamente orientadas al cambio revolucionario, es muy conocido el efecto destructivo que respecto de la universidad implicó su intervención autoritaria emblematizada en la llamada «noche de los bastones largos».

Pero además la radicalización avanzaba por caminos poco antes impensados, como el que recorría el universo católico. Ese impulso recogía experiencias y reflexiones externas, coincidentes con el papado de Juan XXIII y diversas encíclicas. Era natural que entonces cundiera la alarma entre los sectores tradicionalistas al ver que la rebelión se expandía en las propias filas, como lo mostraban la revista Cristianismo y revolución y el reclutamiento para el accionar armado organizado dentro de la iglesia católica.

De manera que tanto desde la izquierda peronista como marxista la pregnancia de la política se comunicaba con la idea de una transformación social por vía de la violencia armada. Un imaginario revolucionario iluminó y simplificó el panorama privilegiando al mismo tiempo la práctica material sobre el saber libresco y al hombre de acción sobre el contemplativo. En el año 1968 existían evidencias de que esos posicionamientos tenían de su lado el huracán de la historia. Los mismos diarios que informaban de la fundación de la CGT de los Argentinos daban cuenta de la incontenible ofensiva del Tet en Vietnam y del grito libertario que otra vez provenía del París de las barricadas. En la Argentina, otro mayo, pero esta vez de 1969 y en Córdoba, vino a cerrar el decenio, llevando al extremo las esperanzas revolucionarias de años no escasamente esperanzados.

Sobre aquel trasfondo de alta conflictividad, organizaciones político-militares provenientes de la izquierda marxista y peronista comenzaron a operar de manera creciente tras el objetivo de una revolución que proclamaba la liberación nacional y social. Este objetivo implicó (como se lee en un documento del ERP de julio de 1970 y con un sentido que todas las organizaciones armadas compartían) «desorganizar las fuerzas armadas del régimen para hacer posible la insurrección del proletariado y del pueblo».

Ese modo operativo incluyó el magnicidio que se cobró como víctima al general Pedro E. Aramburu, y de hecho las Fuerzas Armadas estiman en casi setecientos los integrantes de las mismas abatidos por la guerrilla. Por su parte, y luego del relevo del general Onganía, los gobiernos militares se estrellaron con el ascenso del conflicto social y «el repiquetear incesante de la guerrilla» manifestado en multitud de acciones armadas y violentas. El asesinato de dieciséis guerrilleros en la cárcel de Trelew luego de un intento de fuga reforzó, desde el otro polo, el carácter de un enfrentamiento sin retorno. En este marco, la ilegitimidad del régimen seguía teniendo su punto crucial en la proscripción del peronismo y de su líder.

La muy difundida revista Crisis describe con precisión entre 1973 y 1976 ese momento en el campo del sector de los intelectuales radicalizados cercanos al peronismo revolucionario. Allí el contenido de los artículos presenta una visión construida con los poderosos fragmentos que habían alimentado el imaginario radicalizado hasta el momento, en un cruce de nombres y doctrinas que no mucho antes se hubiese considerado insostenible: Lenin y Perón, José Hernández y Marx, Rosas y Mao; populismo, nacionalismo y revisionismo con revolución cubana y cristianismo revolucionario…

Estas representaciones y tantas otras que pueden encontrarse fácilmente consultando publicaciones y evocando consignas de la época organizaron el espacio político como un campo de guerra.

Tenemos así recortada una secuencia de un aspecto central de la década del setenta: el que se refiere a la implementación de un proyecto político revolucionario y vanguardista mediante la violencia armada. Se trata de un período iniciado en 1969-70 y que celebra su máximo triunfo el 25 de mayo de 1973. Precisamente en esa fecha de asunción del presidente Cámpora se sintetizaron abruptamente toda una serie de significados político-sociales en la Plaza de Mayo y por la noche en la cárcel de Devoto. Como en la clásica «fiesta revolucionaria», en esos espacios se asistió a una auténtica subversión de los órdenes subjetivos del poder y a la transgresión de las pautas de autoridad y jerarquía.

Además, no debe ser omitida la circunstancia de que este accionar insurgente resultó existoso hasta 1973, coagulando y desencadenando energías movilizadoras provenientes de la sociedad civil. El mismo liberó discursos libertarios y desafiantes del orden político, social, económico y simbólico establecido, y este desafío se fusionó con el ascenso de demandas y movilizaciones obreras y populares. Se realizaban de tal modo las peores prevenciones del bloque dominante, al par que se alimentaba en su seno un sentimiento de amenaza, odio y venganza. Sin duda, haberse articulado con este clima de movilización y haberlo potenciado generando ilusiones triunfalistas, sin capacidad para proteger de la represión a esos mismos sectores en el momento del reflujo, es una de las mayores responsabilidades de la izquierda armada argentina.

A partir del retorno de Juan Perón y de su oposición a los contingentes armados, éstos comenzaron a perder terreno al persistir en una vía ahora deslegitimada por el formidable apoyo electoral recibido por el viejo general y golpeada duramente por la represión legal e ilegal montada desde ese mismo gobierno. Al par, la muerte del líder en julio de 1974 y la sucesión por su esposa implicaron el ingreso en la recta final de la lucha por la hegemonía en el interior del movimiento peronista y un despliegue superior de la represión, dentro de un creciente vacío de poder y sus consecuentes efectos de ingobernabilidad, exasperados por una salvaje puja corporativa.

El Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) consideró por su parte que la muerte del «líder de la burguesía» abría por fin el camino para la autonomía de la clase obrera, en el momento en que decidía la instalación de destacamentos armados en el monte tucumano. En febrero de 1975 el Operativo Independencia contra esta guerrilla anticipará brutales prácticas de contrainsurgencia que no harán sino incrementarse en los años por venir. Se comenzaba a cerrar el ciclo ascendente de las ambiciones revolucionarias. Fiel a la consigna de ese mismo año enarbolada por la publicación de ultraderecha El Caudillo («el mejor enemigo es el enemigo muerto»), se registrarán hasta 1976 casi mil asesinatos adjudicados a la represión paraestatal. A principios de ese año monseñor Primatesta denunció ya entonces y desde Córdoba la desaparición de personas.

La crisis de autoridad y la presencia cotidiana de la violencia fueron condiciones de posibilidad para que muchos sectores de la sociedad recibieran con una mezcla de alivio, temores y expectativas el nuevo golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. La interpelación autoritaria del Estado se derramó sobre una ciudadanía pulverizada, aun cuando habría que agregar que también encontró oídos no sólo pasivos sino también activamente receptores. Son conocidos los pronunciamientos de apoyo y aquiescencia que la dictadura reclutó entre partidos políticos, jerarcas de la Iglesia católica, cámaras empresariales, sindicatos de trabajadores, medios de comunicación, periodistas y también intelectuales.

La dictadura dará los golpes finales sobre fuerzas política y militarmente diezmadas, y a través del terrorismo de Estado extenderá con inusitada crueldad una represión de redisciplinamiento social y cultural destinada a desterrar los elementos a su entender disolventes que en un clima de radicalización política e innovación cultural habían emergido desde la década del sesenta. El balance final arrojó como resultado una de las derrotas más catastróficas de la izquierda argentina en sus cien años de existencia y el drama más severo de la historia argentina del siglo pasado.

En cuanto a su modus operandi, las fuerzas armadas implementaron una estrategia contrainsurgente elaborada con mucha antelación al surgimiento de cualquier grupo guerrillero, tanto que el general Camps sostenía que la guerra revolucionaria anticomunista había comenzado en 1957. Dicha estrategia contenía esquemas incorporados desde la década del ’50 a través de la escuela francesa de guerra contrarrevolucionaria, los que redefinieron al enemigo según la teoría que instalaba las fronteras ideológicas en el interior del mismo territorio nacional. El marco ideológico que la contenía estaba construido sobre una serie de convicciones y de motivos largamente cultivados en los ámbitos institucionales y de sociabilidad de las fuerzas armadas argentinas, ahora insertos en el clima mundial de una nueva etapa de la Guerra Fría, dentro de la cual la política de Estados Unidos de América había promovido en 1973 el derrocamiento de gobiernos democráticamente elegidos como el de Salvador Allende en Chile y la «bordaberrización» en Uruguay. Dicho espíritu presuntamente actualizado está armado con las viejas piezas del catolicismo integrista y antimodernista, en tiempos de anticomunismo macartista y animado por un impulso de cruzada religiosa. Los mensajes que emanan de esta concepción genérica construyen una discursividad nacionalista (referida a la esencialidad del «ser nacional»), autoritaria, antiliberal, heterofóbica y familiarista.

Dentro de esta visión, el enemigo fue concebido como proteico, astuto e insidioso, capaz de penetrar por todos los intersticios públicos y privados no suficientemente protegidos del «país sano». La decisión de una respuesta contundente y radicalmente violenta no careció de apoyos e incluso incitaciones explícitas desde diversos sectores ajenos al ámbito militar. Sin ir más lejos, y desde la jerarquía católica, pocos meses antes del golpe de marzo del 76 monseñor Bonamín había acuñado una expresión temible: «El pueblo argentino -dijo- ha cometido pecados que sólo se pueden redimir con sangre».

Si bien estas concepciones dominantes en la institución armada no podían ser desconocidas (ya que resultaban tan accesibles como la lectura del libro sobre la guerra contrarrevolucionaria que en 1959 había editado el general Osiris Villegas), cuando el régimen dictatorial se derrumbó comenzó a desnudarse a la luz pública el horror concreto que lo había habitado, cristalizado en métodos sistemáticos novedosos y monstruosos: la desaparición forzada de personas y la apropiación y desidentificación de infantes. Si ya algunas ejecuciones de las dictaduras (como la masacre de Trelew) o de la insurgencia (como las de Vandor, Alonso o Rucci) se habían inscripto sin atenuantes en el rubro liso y llano del asesinato, y si ya otras cometidas a partir de la matanza de Ezeiza por la organización paraestatal Triple A habían significado un pasaje de la violencia a la barbarie, con la dictadura se había transitado un último paso que por sus efectos perversos condujo a lo siniestro.

Un grave problema que dificulta esta nominación (y la nominación es un otorgamiento fundamental de sentido a los actos humanos) es que los responsables de estos crímenes de lesa humanidad han decidido hasta el presente -salvo escasísimas excepcionesrefugiarse en un silencio presumiblemente rencoroso y aun vengativo. Basta leer los tres gruesos tomos de la obra In Memoriam, editada como versión oficial por el Círculo Militar, para observar la total y superficial justificación de todo lo actuado en una «contienda necesaria y justa» como parte natural de la lucha contra el comunismo y la subversión apátrida, verdadero agente de la estrategia soviética en pro de la dominación mundial. Todos aquellos componentes doctrinarios e ideológicos muchas veces salvíficos avalaron una intervención represiva que alcanzó niveles de guerra religiosa e integrista. Esta visión sólo podía prometer una lucha sin fin contra elementos tan residuales como prontos a resurgir al menor descuido de los cancerberos de la pureza civilizatoria occidental y cristiana; elementos aquéllos que actuaban, según el general Omar Riveros, «con Satán por cabecera».

Sin duda existió un conglomerado de motivaciones e intereses de índole económica, clasista y corporativa que impulsó la radicalización de la confrontación, pero sólo las pasiones de ideologías y convicciones extremas pudieron obrar como vías por las cuales se canalizó la barbarie. Estas condiciones estaban desde largo tiempo instaladas en el seno de la cultura militar argentina, junto con prácticas de cuartel violatorias del respeto humano y aceptadas socialmente, las cuales se vieron activadas, expandidas y crispadas por el desafío de la insurgencia armada. En otro registro pero en esa misma dirección, resulta verosímil suponer que elencos subversivos constituidos en gran medida por miembros de las clases medias actuando en sede urbana (una fuerza dispersa y clandestinizada en el seno de la población) hayan agigantado el temor en todos los factores de poder ante una infiltración que ahora veían realizada dentro de sus propios grupos de pertenencia. Esta penetración realmente verificada en algunos casos en las propias familias hipertrofió la paranoia con respecto a una infiltración tan sutil que podía ocurrir hasta por medio de casi imperceptibles cambios en el lenguaje, ante lo cual se llegó a hablar de «fraude semántico».

Como mostró Pilar Calveiro con aguda inteligencia y estremecedora sensibilidad hacia la propia experiencia, en los campos de detención clandestinos estas pulsiones traspasaron límites hasta entonces no franqueados mediante tácticas perversas de operar la deshumanización de las víctimas, potenciadas por la feroz omnipotencia sádica que invade al represor al sentirse amo absoluto y despótico de vidas y haciendas. Una multicitada frase del general Camps («No desaparecieron personas sino subversivos») y el «Somos Dios» testimoniado en el Nunca más en boca de los represores ilustran de modo minimalista una desmesura terrorífica.

La lógica instrumental de la desaparición de personas respondió al menos a dos objetivos: el terror y el efecto desarticulador de la organicidad de la guerrilla, por un lado, y, por el otro, evitar el conocimiento y la denuncia de asesinatos y violación de los derechos humanos ante la propia sociedad y ante el extranjero, así como proteger a los ejecutores de los asesinatos mediante el ocultamiento del cuerpo del delito. Pero precisamente por su metodología estos crímenes seguirán resonando entre nosotros hasta un futuro impredecible, dado que los desaparecidos realizan la figura temida y arcaica de los muertos sin sepultura, figura que genera efectos disolventes y de sinsentido sobre en entramado ético de la entera sociedad. El irrenunciable legado de procesar esas muertes y esa violación del más elemental derecho humano ha quedado así como un legado trágico sobre nuevas generaciones de argentinos por la práctica represiva del Estado desaparecedor de la última dictadura.

La apropiación y des-identificación de niños, por su parte, significó una práctica no menos siniestra y efectivamente coherente con la literal satanización del enemigo, configuradora de un Otro portador de un código genético maldito que sólo podía ser corregido mediante el borramiento de la identidad originaria. En el momento en que hablo, decenas de personas han recobrado esa su identidad merced a la tarea ejemplar de organismos de derechos humanos. Muchas más permanecen empero desidentificadas. Algunas conocen su situación pero se niegan a aceptarla, con el estremecedor testimonio de quien habiendo sido expropiado una vez de lo más suyo no quiere que se opere otra vez lo que interpreta -y se lo comprende biencomo una nueva e inimaginable violación de ese conjunto de letras y sonidos que dicen el nombre de su humanidad. Todos ellos y sólo ellos conocen los desfiladeros de un infierno al que fueron arrojados desde el más extremo estado de indefensión y de inocencia.

Ante estos crímenes infames y perversos que implican sufrimientos inenarrables y búsquedas desesperadas de sentidos, acentuados por el silencio inmoral y literalmente canalla de sus ejecutores, ¿es posible seguir hablando con el corazón ligero de los dos o de los mil «demonios?

Ese silencio sigue protegiendo por fin un problema que a todos nos involucra y que replica a su modo la pregunta del general español Prudencio García (¿cómo fue posible que «militares profesionales del país más culto y más europeo de América Latina…») y que quiero formular así:

¿Cómo fue posible que jóvenes también ellos de clases medias que querían sentirse orgullosos del uniforme que portaban, dar la vuelta al mundo en una fragata y hasta defender la soberanía nacional se encontraran un mal día con una picana en la mano, en estrecha alianza con personajes sádicos de fuerzas de seguridad y parapoliciales, empapados de sangre hasta el cuello, robando bebés y arrojando personas vivas al mar?

Por otra parte, la magnitud inconmensurable de estos crímenes no nos releva de la necesidad de explorar el significado y la responsabilidad de las acciones de los revolucionarios armados. Se trata de un modo además de no expropiarle a sus actores el sentido de su lucha y tantas veces de su muerte, ni la dignidad que para ellos mismos decidió aquella elección y dinamizó su proyecto político. Tras ese emprendimiento no exento de soberbia (pero ¿existe gesto revolucionario alguno que no la contenga?), existieron actitudes de entrega, sacrificio, solidaridad y heroísmo, mezclados con superficialidad, narcisismos, traiciones y bajezas.

Para la comprensión de los hechos que protagonizaron, también aquí es preciso mantener abierta la pregunta que pregunta cómo fue posible que tantas personas, en su gran parte de clases medias, que en su mayoría no habían conocido un arma se encontraran un día con herramientas mortales entre las manos, a veces viviendo en selvas que nunca habían pisado y otras clandestinizados en las ciudades, asesinando (ajusticiando), robando (expropiando) y secuestrando personas para canjearlas por compañeros, para obtener rescate o para ejercer por sí la «justicia revolucionaria».

Una primera respuesta remite a todo lo dicho más arriba y que puede incluirse en lo que llamé las «pasiones ideológicas». No se trata de una nominación irresponsabilizante, dado que es preciso suponer que los seres humanos también somos responsables de las ideologías por las que nos dejamos atrapar. Aquellas ideas en fin se desplegaron en el universo de la izquierda en el señalado escenario radicalizado proveniente del clima cultural y político de los años sesentas, con rasgos totalizantes que concedieron la primacía a la práctica política animada de una voluntad revolucionaria. Debemos recordar además que estos fenómenos de rebeldía armada no eran en absoluto exclusivos de la Argentina ni aun de Latinoamérica o del entonces llamado Tercer Mundo; la insurgencia contra el orden burgués con formas armadas y asesinatos espectaculares era un fenómeno mundial que alcanzaba a países como Italia y Alemania.

Por cierto, las ideas no producen per se las acciones humanas, sino que se relacionan de maneras complejas, a veces bizarras, con lo que no son las ideas. Es cierto que en el escenario nacional dicho clima se articulaba con la clausura de las vías democráticas de participación política. Empero, esto no significa que la Argentina no hubiese presenciado la insurgencia guerrillera si dichos canales hubiesen permanecido abiertos, ya que aquellos movimientos eran efectivamente revolucionarios, y entre otras cosas impugnaban la democracia representativa de sufragio universal por considerarla parte del sistema de dominación burgués. De hecho, cuando la vía electoral terminó por otorgar el triunfo al propio general Perón con el 60% de los votos en 1973, casi ninguno de los grupos guerrilleros declinó las armas, ajustándose a una lógica perfecta de su emprendimiento: mientras las fuerzas armadas estatales no fueran disueltas y sustituidas por un ejército del pueblo, iban a seguir siendo el poder real, burgués y proimperialista, tras cualquier gobierno por democráticamente elegido que resultare. El ejemplo chileno vino a avalar clamorosamente esta convicción.

Y sin embargo, sin la proscripción del peronismo y el cierre de las instancias políticas democrático-liberales, es probable que hubiera resultado considerablemente menor la expansión del movimiento revolucionario armado. Después de todo, de resultar cierta la cifra construida por un estudio del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, las tres cuartas partes de cuadros de dirección de las guerrillas de esos años habían pasado por la universidad, y bien podían tener entre otros avales legitimadores de su elección aquella «noche de los bastones largos» en tanto acontecimiento develador de la ya vacilante ilusión en una isla democrática que podía mantener autonomizada una trayectoria intelectual y profesional de los intensos conflictos políticos nacionales.

De tal modo, la proscripción del movimiento político mayoritario y la deslegitimación que ello arrojaba sobre el entero sistema político argentino, sumada a la dictadura de pretensiones refundacionales de la llamada Revolución Argentina y a los aires libertarios que recorrían el mundo y América Latina, posibilitaron un encuentro mutuamente sinérgico de las ideas y la realidad. Así como se ha dicho que el jacobinismo en Francia fue igual a la filosofía de la Ilustración más una situación de guerra, entre nosotros podría sugerirse que el emprendimiento revolucionario armado fusionó ideas sesentistas con el fracaso de la institucionalidad liberaldemocrática.

Estas indicaciones genéricas se tornan más comprensibles cuando se las encarna en sus actores concretos. Fuentes y testimonios acumulados en los últimos años permiten verificar que en ellos imperó una concepción de la revolución como absoluto y eje dador de sentido total de sus vidas, según una concepción vaciada en los viejos moldes del romanticismo revolucionario en términos de un vínculo con la política, con los compañeros y consigo mismos anudado con la muerte. Esta concepción reposaba así fuere en términos vagorosos con filosofías, teologías de la historia o creencias milenaristas y redentoristas que ofrecían las escalas para asaltar los cielos. Esta suerte de afán prometeico validaba un vanguardismo que el uso de las armas y la ofrenda de la propia vida relegitimaban. Semejantes convicciones, de hecho o de derecho, autocolocaban a quienes las encarnaban por encima de la mayoría incluso de sus imaginarios representados, lo cual inducía una moralidad excepcionalista puesto que la acción heroica e idealista trascendía la moral convencional, alimentando una concepción elitista que en sus extremos oficiaría como retroalimentación de la soberbia.

Los dioses griegos perdían a los mortales haciéndoles creer que les iba muy bien cuando en realidad les iba muy mal. En nuestro caso, a partir de aquellas convicciones era natural que, en términos de cultura política, estuviera ausente la prudencia que fomenta una antropología pesimista y al mismo tiempo esperanzada. Dichas convicciones, los éxitos y el reconocimiento logrados hasta 1973 y cierto encierro sectario construyeron las bases de una relativa autonomización de la sociedad y de una ceguera respecto de las reales condiciones en las que se desencadenaba la lucha. Todo ello condujo al voluntarismo suicida que hacía decir aún en junio de 1977 a una circular de Montoneros que «el país es un hervidero», por lo cual en marzo de 1978 su conducción nacional no dudaba de que «la justicia de nuestra causa, la experiencia adquirida, el compromiso hacia nuestros héroes y mártires, el ejemplo de nuestro pueblo, nos aseguran la victoria final». Igualmente, poco antes de la derrota de su guerrilla en Tucumán el ERP proclamaba: «Vivimos una situación de auge de masas hacia el socialismo en todos los países latinoamericanos».

Es cierto asimismo que esa proclamada aspiración a un mundo más justo estuvo entrelazada con visiones que se contraponían a estos mismos ideales. Y es que en muchos casos los grupos revolucionarios formaban parte de tradiciones que habían terminado por aceptar o negar las atrocidades que jalonaron la construcción del socialismo en los países donde las revoluciones habían triunfado. En este marco político-cultural la democracia y los derechos humanos resultaron secundarizados, ignorados o descalificados. El autoritarismo es asimismo un rasgo localizable en las formaciones revolucionarias argentinas de entonces, potenciado por la lógica militarista que bloqueaba la discusión interna y el disenso. Animada por la visión de un enfrentamiento terminal entre actores sociales e institucionales, su configuración y curso posterior estuvieron fuertemente sometidos a la lógica militarista que la alimentaba, y este nervio animará su deriva hasta la extinción en la brutal derrota padecida en la segunda mitad de la década del setenta.

En esa historia ocurrió así más o menos lo que tenía que ocurrir. Sobre ese más o menos estuvimos los seres humanos con nuestra cuota de irreductible libertad. Y con su inexorable compañera: la responsabilidad.

[Sobre la base de la intervención en el Encuentro Internacional «Violencia y Memoria» organizado por el CEA, Universidad Nacional de Córdoba, 3 de noviembre de 2005]

Revista Lucha Armada, Año 2, Número 5, 2006

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