“La defensa obscena y ciega a este gobierno es increíble”

Por Jésica Farías

Foto: Juan Ignacio Calcagno

Selva Almada quiso ser periodista aunque se decepcionó y empezó a escribir ficción. Hoy forma parte de las escritoras jóvenes argentinas que publican las letras más interesantes de los últimos años y son traducidas a varios idiomas.

Calor afuera. Es verano y estamos en la Ciudad, ¿podíamos esperar otra cosa? Nos encontramos en un bar que promete unos grados menos y cumple. Pronto nos embarcamos en sus personajes, en la discusión sobre si hay o no literatura femenina. Al rato nos perdemos en el aquí y ahora: un país que padeció un diciembre enfurecido pero también organizado ante la avanzada del gobierno de Cambiemos y la violencia institucional; uno en el que se construye al enemigo interno, al que se le achacan ataques a piedras y palos; uno en que los medios masivos están “en el peor momento de los últimos 30 años”, según Selva Almada, una escritora, que quiso ser periodista.

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Dejaste la carrera de comunicación social a los 20 años y te embarcaste a escribir novelas…

En realidad quería ser periodista para escribir sobre estos casos, (los que abordan mis libros), pero en el camino me decepcionó la carrera y ahí empecé a escribir ficción. Después, y me parece muy loco, de alguna manera volví un poco con la escritura más ligada a la realidad, a los temas que me interesan como persona política en Chicas Muertas y hasta, sin haberlo pensado en absoluto, en El mono en el remolino, un libro muy atípico.

Existe machismo en la literatura porque existe en la sociedad: la literatura no es ajena, no es una burbuja.

Tus obras trascienden las fronteras del país. El viento que arrasa, una de tus novelas, fue traducida a varios idiomas. Lo mismo pasa con otras autoras argentinas: ¿Cómo es el vínculo de las escritoras con la literatura?

En la literatura argentina hay una presencia muy importante, sobre todo de las mujeres de mi generación. Si pensás en escritoras que además son traducidas, es decir, que circulan también fuera del país, tenés a Mariana Enriquez, Samanta Schweblin, Gabriela Cabezón Camara. Son un montón y no es por una cuestión de sororidad solamente, sino porque lo que están escribiendo las mujeres en los últimos 10 años es más interesante. Pasan otras cosas, se mueven otras ideas y recursos, y es para celebrarlo. Y no creo que eso obedezca a que no hay machismo en la literatura, sino a que las campañas sirven para abrir las cabezas en todo sentido, y entonces aparecen lectores que se abren a leer mujeres, se desmontan prejuicios. Existe machismo en la literatura porque existe en la sociedad: la literatura no es ajena, no es una burbuja. Los gustos literarios, las criticas, también están atravesadas por cómo funcionamos en el mundo. Existe el machismo en la literatura pero también el feminismo.

En tu literatura, por ejemplo en Ladrilleros, se pueden leer las apuestas políticas fuertes al tratar temas poco frecuentes como una relación homosexual en un contexto conservador. En este sentido, ¿creés que la literatura puede ayudar a crear mayor conciencia social en épocas como la actual con el retorno del conservadurismo?

-En Ladrilleros quería contar ese mundo de machos, en donde la relación entre dos pibes es mucho más tortuosa que en la Ciudad. Porque en la urbe hay cierta cosa glamorosa que envuelve a todo lo gay; en los pueblos, no: tenés que vivir a escondidas, es tremendo, es muy fuerte aún hoy. Después de que salió el libro, unos chicos de Paraná me hicieron una entrevista. En realidad, uno era del interior de Entre Ríos, es decir, del interior del interior. Él me dijo que había leído el libro y que se había sentido súper identificado porque era homosexual y le había pasado lo mismo, por lo que se había ido a vivir a Paraná, una ciudad más grande, un poco también por eso, para ser más libre. No sé si la literatura rompe con el conservadurismo. En realidad yo no sé si la literatura sirve para algo ni si tiene que servir para algo, pero ojalá que sí. Pienso que en donde los libros o las novelas pueden romper un poco, quebrar las cabezas, es cuando sos adolescente. Pero Ladrilleros es justo un libro que es muy difícil que lo lean los adolescentes, que leen lo que les llevan las profesoras. Y es uno que para la escuela, por el tipo de lenguaje, es un poco difícil.

La carrera de comunicación te decepcionó y la dejaste. ¿Qué pasa con los medios en la actualidad? ¿Te decepcionan? ¿Cómo los ves?

Este momento es el peor que yo he visto de los medios de comunicación de los últimos 30 años. A la mañana, mientras me despierto y tomo mate, hago zapping por los noticieros y el nivel de defensa obscena y ciega a este gobierno es increíble. No hay información sino que es mera opinión que se basa en intereses propios y en los que defienden los medios, sobre todo televisivos. Con mi pareja muchas veces nos preguntamos en dónde podemos buscar y entendemos que en internet, en revistas como Cítrica están los lugares. Cada vez es más difícil encontrar información que después vos puedas procesar. Es una situación muy compleja. El año pasado viajé a muchas ciudades del interior y cuando me iba al desayunador del hotel estaba clavado TN o Canal 13. Bares, hoteles, también en la casa de mis padres. Entonces, para esta gente la única realidad –y lo digo entre muchas comillas- es lo que consume y es lo que dicta ese canal de televisión. Y es descorazonador. Evidentemente de parte de esos espectadores, que también son ciudadanos, tampoco hay un espíritu de crítica o de pensar si ponen otro canal. Me resulta desolador.

Este momento es el peor que yo he visto de los medios de comunicación de los últimos 30 años.

Muestran según intereses. También ocultan porque es difícil que hablen de la violencia institucional, que recrudece…

Ahora hay un aval completo del ciudadano común para que eso suceda. Eso es lo más tremendo. La violencia existe, está, es lo que siempre tratamos de combatir en democracia. No es que ahora de golpe sofocan una manifestación: ha pasado desde el retorno a la democracia para acá, ha habido represión y ha habido muertos, pero lo que a mí ahora me provoca desolación es el enorme nivel de adhesión de gente justificando la violencia institucional, avalándola. Te das cuenta de que evidentemente todo esto se pensaba, entonces había un bozal de corrección política que impedía que el ciudadano medio no dijera lo que pensaba. Estaba agazapado y ahora está el permiso para que salga. Y la gente está chocha con que apaleen manifestantes. Y también se crea al enemigo común: hay mecanismos para inventarlo y no puedo entender cómo la gente no lo ve. En realidad lo que pasa es que la gente está de acuerdo. Y es muy impactante darte cuenta de eso, de que tu vecino esté de acuerdo.

Pasa con el pueblo mapuche…

De la cuestión mapuche me enteré, como mucho de nosotros, a partir del caso de Santiago Maldonado. Había escuchado alguna vez algo pero no estaba al tanto. Sí hace varios años que sé del tema de los qom y de los wichís en el norte. Yo voy bastante al Chaco porque tengo familia ahí y te das cuenta con el desprecio que el ciudadano común trata al otro, como sostiene que “el indio es vago, borracho y vive de los planes”. Vos ves las condiciones en que los obligan a vivir en reservas y entonces te das cuenta de que el desprecio no comenzó ayer porque siempre estuvo ahí, más o menos disimulado, pero ahora ya no hay disimulo.

Me provoca desolación el enorme nivel de adhesión de gente justificando la violencia institucional, avalándola.

Hablás del pueblo Qom en tu último libro, El mono en el remolino, que nace como una especie de “diario de rodaje” de la película Zama de Lucrecia Martel, les das espacio…

Me atrapó la idea de que trabajaran muchos no actores que habían elegido de las comunidades del norte. Y por una cuestión política me interesó contarlo. Hay muchos textos de los Qom porque visité el Barrio Nanqom, que es enorme y muy pobre. Lo construyó el Gobierno varias décadas atrás con 90 casas. Vienen muchos del campo, expulsados por la soja, porque en el norte el algodón ahora se cosecha poco y no se usa mano de obra humana. Entonces vienen expulsados del campo a la ciudad a vivir a los fondos de algún pariente pero en chozas de plástico y cartones. No son escuchados, no son tenidos en cuenta. Son personas realmente muy ninguneadas. Y trabajaron en una película que si no se la mostrara la producción, no podrían verla porque no pueden pagar una entrada al cine.

Revista Cítrica

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