La detención de Julian Assange – Argentina de cara a las elecciones

Por Enrique Lacolla*

Proceso a Wikileaks – Argentina se asoma a la etapa electoral sin certidumbres en lo referido a las candidaturas, pero con una necesidad imperiosa de romper el círculo vicioso en que está metida.

En una muestra más de la degradación política que invade a Suramérica, el presidente de Ecuador, Lenin Moreno (es inevitable preguntar ¿por qué Lenin? cada vez que se menciona su nombre) retiró el asilo político y suspendió la nacionalidad ecuatoriana a Julian Assange, que se encontraba refugiado en la embajada de ese país en Londres desde hacía siete años. De inmediato la policía británica ingresó al recinto y se llevó arrestado al decodificador, criptógrafo, programador y periodista que con la empresa originalmente fundada por él, Wikileaks, revolucionó y vivificó el mundo de los medios al difundir masas de información altamente clasificada que el sistema imperial pretendía mantener en secreto y que los oligopolios de la prensa global se cuidaban de averiguar, tal como lo hacen cuando les conviene, a través de la más perfecta sordera y ceguera. Desde luego, una vez aireada, esa información circuló por todas partes, en primer término por los mismos medios que tanto cuidado ponen en restringir la información u orientarla en un determinado sentido. La primera ley del periodismo es la primicia y nadie podía dejar de mencionar lo que ya había tomado estado público. Assange percibió muy bien este rasgo y lo aprovechó direccionando su información hacia todos los grandes medios del planeta.

El destino que le aguarda al australiano es incierto. Habiendo expirado la causa que le habían abierto en Suecia por un presunto caso de abuso sexual, lo más probable es que lo extraditen directamente a Estados Unidos, que está tras él desde hace muchos años y donde le pueden aguardar penas por traición (¿a qué, a quiénes?) que podrían llegar a la prisión perpetua o a la pena de muerte.

Wikileaks es un fenómeno abierto y sujeto a todos los vaivenes que pueden recorrer a la sociedad de la comunicación. Gracias a él, sin embargo se nos ha hecho posible intuir que la saturación del espacio informativo y el control total del mismo se ha convertido en un objetivo imposible de alcanzar, pues los hackers siempre estarán al acecho y van a poner en constante peligro incluso a los blindajes más resistentes. ¿Es esto positivo o negativo? Imposible suministrar una respuesta; lo único que cabe decir es que, a partir de Wikileaks, en la selva informativa existen y seguirán existiendo lianas de las cuales colgarse para salvar obstáculos y establecer conexiones útiles con las diversas partes de la jungla informativa que nos rodea.

Cuesta abajo en la rodada

El caso de la entrega de Assange al “brazo secular” de la ley británico-norteamericana viene a ilustrar una vez más la tendencia al abuso que hay en los círculos del poder de esta parte de América. La actitud de Lenin Moreno es indigna. Aparentemente al mandatario ecuatoriano nada le parece impotable para hacer méritos con la oligarquía de su país y sobre todo con el gobierno de Washington. Ha traicionado la confianza que su predecesor y protector Rafael Correa había depositado en su persona y se permite acusar al desamparado Assange no sólo de ignorar la obligación de no comunicarse con el mundo que el nuevo régimen ecuatoriano le había impuesto, sino de un comportamiento impropio que vulneraría las reglas de la convivencia, pues Assange habría pintado con sus heces alguna pared de la embajada. Después de siete años y medio de encierro, cuyos últimos meses habría pasado en un virtual confinamiento, no es de extrañar que Assange haya perdido un poco la chaveta, como vulgarmente se dice; pero, como argumento para arrojarlo a la intemperie o, mejor dicho, a los brazos de Scotland Yard que no perderá mucho tiempo en consignarlo al Pentágono o a la CIA o a la justicia norteamericana, es bastante débil.

Bien, según Lenin Moreno, Ecuador se ha liberado de un incordio. Sin duda lo es si de lo que se trata es de quedar bien con Estados Unidos. Pero como rasgo de entereza nacional es un asco. Sin embargo, en una parte del mundo donde impera el prevaricato y pululan figuras como Moro, Bonadío o Stornelli, y sus respectivos mandantes, ¿qué más se puede pedir? La cuestión es saber cómo salir del cenagal que en buena medida nos hemos impuesto. En Argentina las elecciones previstas para octubre dan la oportunidad de proceder a un cambio de gobierno; la cuestión es que sepamos aprovecharla.

El embrollado camino a la unidad

Uno tiene sus reservas en este plano. No porque sea difícil desalojar a Cambiemos tras la catastrófica gestión que viene realizando, sino por la dificultad en acordar un plan de emergencia y sobre todo limar los egotismos que discurren por el campo opositor. Es evidente que existen en el escenario político dos bandos enfrentados, el de Cambiemos, donde pese al desastre persiste en su núcleo duro –bastante minúsculo- la convicción de que se ha hecho lo necesario; y el de una oposición dispersa, llena de fragmentos y banderías, cuya única personalidad fuerte visible, la ex presidenta, adolece en algunos sectores de la población de una antipatía sólo comparable al fervor que tiene para con ella un 30 por ciento del electorado, aproximadamente.

Ahora ha aparecido una tercera vía, que lleva como portaestandarte al ex ministro de Economía Roberto Lavagna, un hombre cuyos antecedentes prolijos, moderado carisma y sólida formación económica y política lo hacen aceptable para la clase media horrorizada por las consecuencias de haber favorecido a Macri en noviembre de 2014, pero que no puede superar su hostilidad hacia el peronismo y hacia la figura de Cristina Fernández de Kirchner. Lavagna se ofrece como el candidato del “consenso”, pero descarta de plano cualquier asociación con la ex presidenta, lo cual, si bien tranquiliza a cierta opinión biempensante, automáticamente lo sitúa fuera del tal consenso, toda vez que la masa electoral que convoca y el fenómeno popular que expresa Cristina representan un factor que no se puede descartar en cualquier frente nacional que se respete y que busque algo más que reproducir las políticas de Cambiemos con algunas correcciones cosméticas. Pues los límites al voluntarismo de un frente opositor si llega al poder van a ser reales y estarán dictados por el peso abrumador de la deuda externa que el gobierno de M.M. supo conseguir. Pero sin una disposición real para renegociarla y sin políticas activas que tiendan a poner de pie la producción y el empleo a través de la desdolarización de las tarifas, el control de cambios, el freno de la especulación y una reforma fiscal progresiva que perfeccione el sistema impositivo que hoy favorece desvergonzadamente al campo, a los bancos y a la minería –es decir, a la producción primaria y a la especulación-, no vamos a ir a ningún lado.

Lo realizado por el actual gobierno ha sido desastroso. Si nos ponemos a abarcar grandes espacios de tiempo, como les ha dado por hacerlo últimamente a los voceros del PRO, desde nuestro punto de vista este ha sido el peor gobierno de los últimos 65 años, salvo por el derramamiento de sangre producido durante la dictadura del 76 al 83. Pero en lo demás, lo ejecutado ha sido pavoroso. Citemos la declaración del plenario de las regionales de la CGT, haciendo un inventario del saldo que deja la actual administración: «La liberalización del mercado cambiario y el pago a los fondos buitre, el levantamiento del cepo que llevó a una pavorosa fuga de capitales, la quita en las retenciones a los cereales y oleaginosas, la eliminación de las retenciones a las mineras, la emisión de letras a intereses astronómicos que promovió una gigantesca bicicleta financiera y destruyó el crédito a la producción nacional…”. Y eso fue sólo el comienzo.

La satisfacción que imbuye a la gente de Cambiemos cuando se jacta de lo actuado y que citábamos en otro punto de esta nota, es hasta cierto punto justificada, desde su punto de vista. Han hecho lo necesario, en efecto, para destruir al país y al Estado, adecuándolos a las normas de la globalización neoliberal y al esquema de factoría semicolonial y dependiente que nuestra oligarquía siempre ha añorado. Claro que hay una diferencia de calidad y de gusto entre el patriciado europeizante y brutal del siglo XIX y la runfla de representantes de empresas, especuladores, evasores y fugadores de capitales que hoy nos gobierna. Aquella clase dominante salida de las guerras civiles sostenía un proyecto mezquino pero factible en las condiciones de la Argentina de aquel entonces, mientras que hoy estas no existen. Había un país poco poblado al que se podía adecuar a la coyuntura global de aquel momento, en tanto que en la actualidad habría que suprimir o reducir a la indigencia al menos a veinte millones de personas para que el esquema teóricamente funcionase, lo cual desde el vamos está poniendo de manifiesto su inviabilidad. Y decimos teóricamente porque preconizar la apertura económica en un mundo que se cierra apresuradamente es paradójico, por no decir suicida.

¿Cómo revertir este presente? El único camino es acabar con el parasitismo del sistema rentístico que distingue a nuestra clase poseyente, siempre lista a llenarse la boca reclamando “vocación de sacrificio” al pueblo, pero habituada a vivir tirando manteca al techo, girando sus ganancias al exterior, evadiendo las cargas impositivas, eludiendo la inversión productiva y despreciando a una masa trabajadora que califica de vaga y negroide (cuando habla en privado), mientras se dedica a abominar del estado como factor regulador de la gestión económica si esa función es ejercida para equilibrar los flujos financieros y no para favorecer a los ya favorecidos. Es decir, a ella misma, la casta dominante.

¿Y quién o qué fuerza podrán actuar ese programa? La ex presidenta concentra probablemente la mayor masa de votantes, pero esto no significa necesariamente que esa masa implique un caudal excesivo, capaz de imponerla en la primera vuelta. En contrapartida Cristina genera un rechazo muy fuerte en sectores que podrían inclinarse a una alternativa más chirle, como la significada por Lavagna, que cuenta entre sus sostenes a figuras tan poco confiables como el gobernador Urtubey y el senador Pichetto. Para no hablar del asiduo frecuentador de la embajada Sergio Massa.

No voy a eludir dar una opinión tentativa: a mi modo de ver, el mejor candidato presidencial disponible en las actuales circunstancias para formar un frente posible (quien por supuesto debería ser inequívocamente respaldado por la ex presidenta) sería Felipe Solá. Tiene una gran experiencia política, hizo una más que aceptable gestión en la provincia de Buenos Aires, probablemente el distrito más difícil de manejar de todo el país; es hombre de temperamento templado y sobre su orientación nacional no caben dudas. En el escenario dificilísimo que tenemos por delante me parece que resulta la figura más apta para conducir sin demasiadas rispideces a un movimiento que agrupe a lo mejor del centro y de la izquierda, más todos aquellos provenientes de otros puntos del cuadrante político que quieran sumarse a un proyecto que no podrá proponerse la toma del Palacio de Invierno sino, más modestamente, en una primera instancia, la negociación del repago de la deuda que nos han endosado. Pero para que esa operación funcione se deberá congregar a los partidarios de un frente nacional que sea capaz de poner en caja a los saqueadores de la República, y plantear la recuperación de la producción y el empleo, primer paso indispensable para la reconstrucción del país hipotecado.

Esta es mi opinión, por lo que pueda valer, tan desencantada como desinteresada, y válida tan sólo para la actual coyuntura. Ojalá que pronto se puedan proponer metas más ambiciosas.

* Escritor, periodista y docente. Desde 1962 a 1975 miembro de los Servicios de Radio y Televisión de la Universidad Nacional de Córdoba. Entre 1975 y 2000 miembro del staff de La Voz del Interior, donde continuó colaborando en forma regular hasta marzo de 2008. Profesor titular de Historia del Cine en la Escuela de Cine de la UNC desde 1967 hasta 2002, salvo durante el interregno producido por la dictadura.

 

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