La enfermedad y sus fantasmas: sobre prejuicios y supersticiones

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Adrián Ferrero*

Ilustración: Grégoire Kenne – Vriendschap, 2012

¿Por qué escribo? Me pregunté hoy. La inmediata respuesta que vino a mi mente fue: porque siento placer al hacerlo. Pero ¿solo por eso? También siento mucho cansancio en otras ocasiones. O me enfrento a terribles dilemas sobre cómo nombrar lo que parece no tener nombre. O bien cómo atreverme a escribir con autenticidad sobre experiencias o del dolor o del tabú sobre las que en la sociedad aún percibo resistencias a ser afrontadas. Doy por descontado que esto sucede en todas las profesiones, no solo en la escritura. Hay situaciones, experiencias o contextos que la sociedad prefiere cubrir con un manto de silencio. O de ruido. O de deformación. O de desinformación. Es aquí donde la escritura tiene mucho para aportar. Y tiene mucho para hacer para que esas experiencias del sufrimiento comiencen a ser visibilizadas con otras miradas o los puntos de vista sobre ellas seriamente revisados.

Uno de esos ellos son los prejuicios. Lo sabemos. El prejuicio suele estar caracterizado por bases irracionales. Por no tener fundamentos. Pero sí consecuencias. Precisamente todo lo contrario de los juicios que emite la gente con sentido de apertura o con capacidad de pensamiento crítico. Personas que se sirven de argumentos y que se han formado e informado. Personas que no son apresuradas para opinar sino meditan antes de actuar o expresarse.

La escritura viene a precisamente a poner en cuestión las credulidades y las supersticiones. Por ejemplo. Todo lo que ha girado históricamente en torno de las enfermedades. De la tuberculosis en el siglo XIX, el cáncer siempre, el SIDA y ni qué decir de la locura. Se trata de patologías, del cuerpo o del psiquismo, que con solo nombrarlas aterrorizan. Como si pronunciar su nombre fuera sinónimo de invocarlas y contraerlas. Son los nombres más temidos. Porque son los nombres que están más cerca de la muerte. El nombre entonces se carga de un poder parecido a un hechizo o un embrujo. Esta circunstancia me parece alarmante. En primer lugar porque es falsa. En segundo lugar porque produce en torno de la enfermedad un clima de fobia sociala mezclada por lo tanto con discriminación que resultan letales para los sujetos afectados por ellas. Quienes además de quedar inhabilitados laboralmente o incluso con la incapacidad de cumplir con sus roles más vitales vinculados a sus afectos, en ocasiones son abandonados por ellos, negados o estigmatizados también. Lo que resulta doblemente grave.

De las enfermedades debería poder hablarse abiertamente nada menos que para evitar su estigma, esto es, para evitar el padecimiento social que, producto de una construcción cultural en torno de ellas. Esto es lo que provoca la discriminación, agravando el haberlas contraído. La exclusión sume al paciente no solo en el colapso de la depresión, sino también el de la soledad y el aislamiento, la experiencia de la vergüenza por algo que, naturalmente, no eligió. Sabemos, porque esto lo han estudiado muy bien la escritora estadounidense Susan Sontag y el filósofo Michel Foucault, que son los grupos neoconservadores de la sociedad los que más nítidamente tienden a estigmatizar. Son los ejemplos más lamentables y vergonzosos de una sociedad llena de pacaterías y falsas apariencias. Por lo general los más hipócritas. Los que suelen actuar con una doble moral según la cual hacen afuera de sus casas aquello de lo que dicen otros deberían avergonzarse. O que van a misa a adorar a un Dios virtuoso jurándole devoción y al salir del templo comienzan con la maledicencia o directamente la conducta inmoral. He sido testigo directo en muchas ocasiones de episodios de esta naturaleza.

En los hechos, nos enfrentamos a estas ideologías resistentes a una realización de las personas. A una convivencia digna con sus patologías en el marco de una sociedad que debería asistirlos y contenerlos en lugar de expulsarlos. Y no juzgarlos. A colaborar para que dispongan de una vida libre en la que se realicen como lo que suelen o pueden ser: personas íntegras. Enteras. Sin obstáculos para su desarrollo o, si han contraído una enfermedad terminal (o no) para que puedan sobrellevarla en compañía. Sabemos también que ha habido persecuciones a intelectuales progresistas que han defendido estos derechos. A personas que han asumido la responsabilidad social de hacerse cargo de su cuidado y de dar testimonio de sus padecimientos. Nada de esto es novedad. Y esas personas también han padecido el malestar en un sentido muy distinto. Pero tampoco el camino les ha sido allanado.

Entonces. Entre una literatura de la tranquilidad que postulan algunos. Que no inquiete ni angustie a las personas sino simplemente las entretenga como una golosina, algunos escritores estamos interesados, preocupados y convencidos de que debe adoptar no solo una función activa sino de activismo frente a estos capítulos negros. Sin aceptar ni la sumisión ni la resignación, en una rebelión constructiva que no aspira al escándalo sino a una reflexión en profundidad acerca de paradigmas de la desigualdad y la discriminación, el arte y la escritura son armas potentes. No solo por lo que dicen. Sino porque perduran. También por lo que nos permiten experimentar. No tiene demasiada importancia su alcance. Dejan sembrada la semilla de la disidencia para que quienes vienen detrás o quienes no nos conocen, prosigan con la discusión o hagan sus aportes desde las más variadas disciplinas. La idea es entablar un diálogo en torno de ejes polémicos en relación con la enfermedad con la idea de evidenciar las aristas más perversas con que la sociedad se vincula con ella. La escritura no es un pasatiempo. Puede ser un alimento gratificante. Pero también es una herramienta de cambio social. No desde el agravio sino desde el pensamiento racional civilizado y el intercambio constructivo. La idea es que la escritura instale públicamente en su agenda asuntos que evidentemente los medios no están ni interesados ni demasiado preocupados por asumir como problema. O solo en espectacularizarlos. También allí hay un por qué. En tanto y en cuanto la imagen de los medios sea tranquilizadora o sus imágenes simplemente representen tragedias impactantes de carácter transparente, el sacudón será aceptado. Ahora bien: en la medida en que periodistas preparados, analistas y especialistas invitados puedan realizar abordajes de esos fenómenos a fondo, las representaciones sociales que circulen por los medios resultarán inquietantes. Las audiencias seguramente bajarán porque la gente no está dispuesta más que a asistir al espectáculo sanguinario o dramático de los noticieros pero no al esclarecimiento de sus razones. Al menos en su mayoría. De modo que en algunos medios en ocasiones hasta podemos encontrarnos con una mitomanía pública en relación a la enfermedad.

Por detrás del prejuicio se han encubierto los fenómenos más macabros de la Historia de la Humanidad, del nazismo, pasando por las masacres, hasta las peores guerras. En el medio, lo sabemos, también hay intereses. Las batallas territoriales por los recursos naturales y las ubicaciones geopolíticas estratégicas mundiales ligadas al poder.

La escritura es entonces el modo como me vinculo con mis semejantes, con la sociedad de mi tiempo histórico en su conjunto y la dimensión política que ella supone. La escritura debe estar puesta al servicio de evitar el pensamiento unívoco y promover la palabra insumisa, en palabras de la escritora argentina María Negroni.

Y cierro con esto. Hay muchas maneras de ejercer la disidencia. Desde la praxis mediante campañas o bien tratamientos, desde la lectura y su promoción, desde más escritura, como digo. La educación es otra herramienta transformadora. Y por supuesto nos dejemos de lados a quienes más cerca están de los enfermos: los trabajadores de la salud más desprejuiciados o bien los consagrados al bienestar social, entre otros. Confiemos entonces en que este casi 2020 nos depare progresos sustantivos en lo que hace al universo de los significados sociales y las formas de concebir y construir mediante representaciones que circulan por la esfera pública patologías o comportamientos no hegemónicos. Y que la sociedad se atreva a volver sobre sus puntos de vista para erradicar estas credulidades internalizadas. De carácter prácticamente hereditarias. Porque somos educados por familias prejuiciosas o desprejuiciadas. Y podemos si así lo deseamos tomar distancia de esa educación. Finalmente, desplazar a esas ideologías que territorializan con poder los espacios de enunciación social. Y que cobre más predicamento la voz de los escritores e intelectuales críticos o bien de otras profesiones con similares o parecidas convicciones. En lo posible, mediante una amplia difusión con la posibilidad de la instalación de debates. Será el primer paso para arrinconar al pensamiento retrógrado que aspira a la permanente ratificación del orden establecido con sus estigmas. Y no a una puesta a prueba de sus falacias y la caída de las máscaras de sus mentiras.

 

* Adrián Ferrero nació en La Plata en 1970. Es escritor, crítico literario, periodista cultural y Dr. en Letras por la Universidad Nacional de La Plata. Publicó libros de narrativa, poesía, entrevistas e investigación.

http://www.facebook.com/escritoradrianferrero

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