La espesura

La espesura del peronismo es de carácter trágico y está compuesta de momentos elevados, tormentosos, de fervores y caídas. Horacio González reflexiona acerca de qué clase de espesura contiene hoy el peronismo para que siga despertando querellas, debates e interpretaciones.

Por Horacio González*

I

Hay una espesura en la historia compuesta de momentos elevados, fervores tormentosos, sangre, alborozos y caídas. Se hace cierto que lo que perdura contiene los trazos más dramáticos del ascenso y los rasgos más notorios de la caída. Si los pensamientos habituales, cuando nos ponemos un capote de seriedad, son aquellos del tiempo lineal y acumulativo, cuando nos dirigimos hacia lo real vivo como historia, en cambio sobrevuela sobre nuestras cabezas y nuestro espíritu un desorden repetitivo, una madeja que se dio una y mil veces y para desesperación nuestra, nunca del mismo modo. El peronismo, la expresión peronismo, habla principalmente de eso. No es que se la descarte como una de las tantas formas en que se extiende en el tiempo una identidad política. Pero en realidad lo que parece interesar más de ella es decir hoy qué clase de espesura contiene para que siga despertando querellas, debates e interpretaciones.

Véanse varias circunstancias de esa espesura, es decir, de la frondosidad de planos que se superponen y a veces enroscan en una jungla de significados dormidos, que se despiertan ante cualquier viento en la hojarasca. El peronismo según el que le dio nombre, se preparó largamente. Tuvo sus escritos y letanías, canciones percusivas y palabras de amor y de guerra desde los estrados. A las tradiciones de ideas que gobernaban la argentina, positivistas, yrigoyenistas, socialistas, nacionalistas, les antepuso un cuadro clasificatorio con normas de acción, moralidades y sentencias que intentaban codificar la astucia. Lo llamó conducción política, y puso así ante una ostensible dificultad a los intelectuales que lo apoyaron, pues ninguno de los que al cabo resultaron los más relevantes, abandonó su lenguaje propio para comenzar a hablar “el idioma de la conducción”. Este idioma suponía “conocer a los hombres”, saber cuánto podía esperar de ellos según la persuasión que les era dirigida, la compensación de un paso en un sentido con otro en el sentido inverso, el resumen de esos “choque de voluntades” con la creación de una posición especial de mira, que era el saber desde la colina, punto de vista que solo le era reservado al conductor. Scalabrini, Jauretche, Marechal, Puiggrós y muchos otros se las arreglaron para apoyar de distintas maneras, empleando diversos ángulos y matices, sin perder su lenguaje propio, que era el que tenían (la gauchipolítica, el hombre colectivo, la alegoría adánica, la etapa democrátrico-nacional-, respectivamente) antes de aparecer las palabras que se decían en nombre de Clausewitz y el propio nombre de Clausewitz.
Algo llevaba al peronismo a hablar de revolución mientras tenía, en su conciencia previa, el espectáculo de un mundo donde competían dos clases de revoluciones, la bolchevique y la fascista. No quiso parecerse a ninguna de ellas ni mirarlas solamente por el reverso; quiso en cambio contenerlas en sí mismo, en una simultaneidad que implicaba aplacarlas, limitarlas, pulirlas, quizás moderarlas para siempre. Es posible que como en los grandes momentos de crítica a las revoluciones, esos espíritus templados eligieran también un lenguaje revolucionario para interceptar unas revoluciones que parecían, y eran verdaderamente, grandes movilizaciones que en un caso suponía expropiar a las burguesías y en el otro purificar la raza. La movilización peronista fue una metáfora combinatoria, el inconsciente mitigado de las otras dos, sigilosa en la lengua de su creador, esa composición de esas dos revoluciones entrelazadas, mejor dicho tornasoladas, tejidas con ambos hilos pero todo con matices que fueran los máximos posibles. ¿Entonces no aportó nada el peronismo? De ninguna manera, aportaba a su sentido de movilización un semejante sentido de control, de disciplina, de lengua doctrinaria que se fusionara en la horma feliz de la “comunidad organizada”. Sin embargo, albergaba en su seno la palabra revolución, la había dicho, la había escrito, la hizo figurar en los escritos oficiales. Y es fama que también dijo que los hombres empresarios, los poderosos de siempre, los oligarcas, mejor la aceptasen antes de que debieran enfrentarse con revoluciones más huracanadas, que ya se conocían y eran las que el peronismo, revolucionariamente, venía a conjurar, sin duda a evocar, y seguramente a frenar.

Esto originó una espesura y esa espesura fue la tragedia del peronismo. La espesura no hace preguntas a su identidad previa sino se tienta por un origen donde enreda las secuencias preexistentes, las combina, las sopesa, las pone en platillos distintos, y los desea equilibrados. Que uno compense al otro, que lo que se mueve de un lado, se contrapese del otro. ¿Cómo proceder antes esos movimientos que parecían tomados de alguna ciencia física? El conductor, figura extraída de textos muy antiguos y que en Clausewitz -lectura favorita de Perón-, no aparece con ese nombre necesariamente, sino bajo las designaciones de jefe, o comandante en jefe. En el capítulo sobre el genio militar -que envidiarían tanto los positivistas como los vitalistas-, Clausewitz dice que “a Napoleón le asistía por completo la razón cuando afirmaba que muchas de las decisiones que tiene que tomar un general constituyen un problema de cálculo matemático, digno del talento de un Newton.” La introducción de este lenguaje en la política habitual en torno a las ideologías políticas argentinas entrañó una gran mutación. De las ideologías en pugna se pasó a la lucha de voluntades y a los campos de fuerza, entendidos de una manera geométrica. Al declararse más allá de las ideologías, con frase de sabor nietzscheano, Perón inferiorizó al “ideólogo” -como Napoleón-, y postuló la primacía del profesional de la conducción. Lo caracterizó y se caracterizó entonces como un profesional de la mediación, la astucia, la oportunidad y también, como en Clausewitz, de la indeterminación y el azar. Pero menos. No pensó que tantos juegos con el peligro -esto es también Clausewitz puro, al que también leyó Lenin-, terminaran en tragedia. La espesura del peronismo es de carácter trágico.

II

A eso me refiero entonces cuando postulo el concepto de espesura para interpretar el peronismo. Primero, su origen sobre-determinado, donde confluyen socialistas, comunistas, anarquistas, radicales, en fin, el peronismo surge del vacío que se produce en la conciencia de esos militantes- o de la fisura que se da en esas tradiciones políticas-, pero faltaba el nombre del que por las noches viajaba a Berisso a hablar con los obreros de la carne, y hacía discursos obreristas para obreros y para empresarios, con tonalidades diferenciales en cada caso. (Para una interpretación de actualidad véase la filmación que difundió el Grupo Octubre de la recreación de la reunión de Perón en 1944 -encarnado por Palomino, muy bien por cierto-, con los empresarios de la Chade, o algo parecido; un modelo de negociación muy elocuente). Por lo que podemos apreciar, las tesis sobre “preparar las acciones, ejecutarlas y explotar el éxito”, que guiaban el pensamiento de Perón, a la manera de un partidario de la acción racional con arreglo a fines, se superponían al drama en curso. La reclusión en Martín García, las cartas a Evita, el retorno, el discurso en la Plaza, el “dónde estuvo” de la multitud de futuros peronistas, las teas encendidas con el diario la época del yrigoyenista Colom, el balcón, tan filmado por el cine argentino: solo dos ejemplos, De Sanzo con guión de J. P. Feinmann (las figuras tomadas desde atrás: novedad), y por Favio (también tomadas desde atrás, pero las figuras contornándose en un sutil balanceo de derecha a izquierda: otra novedad), donde era posible ver la forja del mito y a la vez la forja de los relatos posteriores sobre el mito. ¿Quién hizo todo eso, Evita, Blanca Luz Brum, Cipriano Reyes, Perelman… o ese síntoma difuso que parece un vacío y en su fondo último era un llamado? En todo caso, muchos se lo atribuyeron. Ya estaba allí la espesura del peronismo. Peronismo y espesura de un acto legendario -con interpretación económico-social-, ya iban de la mano. Incluso a la hora de dar un nombre a todo aquello, Perón comenta que finamente no quedó otra alternativa que darle el suyo, en tanto síntesis maestra, llave conceptual del todo.

Decimos espesura para querer significar las estaciones de una serie dramática, espectacular. A los cuadros que había pintado Clausewitz sobre el jefe y las pasiones del soldado, lo hacían temblar los numerosos pasajes con que se iba configurando la identidad peronista, sin el metodismo asombroso que le otorga el teórico austríaco-prusiano a su teoría de las pasiones. Blasones, banderas, escudos que replicaban con estilo art-decó el escudo nacional, canciones, la marchita desde las periferias carnavalescas de los años 30 hasta la sinfónica del Colón y la voz de Hugo del Carril, que acaso luego pensó en que no podía deshacerse más de ese sello definitivo que ofrecía a la movilización social su timbre épico, las parábolas de Mordisquito, el juego entre la fiesta y el odio, el fuego y los bombardeos, los mártires, los conspiradores, el peronismo como nombre general de todo el enjambre comunitario y el sistema educativo, la foto del tranvía con los muchachos subidos en su techo, componiendo un trascendente y raro conjunto humano y mecánico, movilizado por el peronismo y la electricidad.

La Iglesia: su apoyo al comienzo fue evidente y una inmensa documentación lo confirma. De todo ello ni quedaría el padre Filippo, aunque como siempre la voz de alerta del padre Benítez siguió hasta el final, pues el confesor de Evita, como eminente teólogo que era se dispuso a acompañarlo todo hasta el final. En las tesis de Horacio Verbitsky, el golpe sangriento del 55, fue un golpe primigeniamente eclesiástico con un ala militar, y no al revés. Sugestiva cuestión. Si es así, el modo de aceptar tal derramamiento de sangre, tan desproporcional -las quemas de iglesias habían subido a su vez la apuesta, pero asimismo eran reacción a las bombas colocadas entre la multitud por los comandos civiles-, indicaría de que se trataba de una iglesia que aceptaba las proposiciones de la “salvación por la sangre”, tal como lo expresan los textos ultramontanos de Joseph de Maistre contra la Revolución Francesa. Lo mismo ocurría a mediados de los 70. El largo exilio de Perón es quizás el aspecto dramatúrgico más importante de lo que aquí llamamos la espesura del peronismo. La correspondencia que el exilado entabla con Cooke es una pieza candente, no hay nada parecido por la intensidad polémica que tiene y la lección humana que contiene respecto a la “pérdida del reino”, el habla de los conspiradores que están fuera del Estado que antes poseyeron. Los nombres de los resistentes armados fueron muchos y abundan los martirologios, los torturados y los primeros desaparecidos. Los episodios del retorno se realizan en un clima de tercermundismo, socialismo y empuje revolucionario. La fusión de los dos grupos armados más importantes, Far y Montoneros, es saludada por la revista Pasado y Presente, conocida publicación de los gramscianos argentinos, como el hecho más relevante de la época.

En Ezeiza, a la hora del retorno definitivo, Perón tuvo que optar, rompiendo de hecho la trama arácnida que había compuesto con los equilibrios entre las facciones que adoptaban el nombre del peronismo -pues él así lo había consentido-. Eligió una de las versiones que sintió más cercana. No se podría decir, en tanto, que al descartar, progresiva o súbitamente al ala socializante, no haya sentido cierto escozor. Eran sus propias lecturas y formulaciones estratégicas, y el mismo operador vacío que había dispuesto en torno a su figura de conductor, lo que se estaba despedazando.

III

Parte oscura de ese espesor histórico del peronismo es entonces la quiebra del nombre. Su línea interior organizativa -gremios, partidos, ramas, movimiento, veinte verdades-, y su línea elegíaca -nunca mejor confirmada en el llanto por Evita y la elaboración moral de su Altar Cívico-, podían entonces formar parte, ya, de los grandes motivos del recuerdo de una época de la que se dijo que fueron los “años más felices de la vida popular”. No podía imaginar el peronismo que si irrupción, tan preparada como casual en la historia nacional, iba a dar otro resultado que el autoasignado, el de la “felicidad del pueblo y la grandeza de la nación”. Pero tocó tantos nervios sensibles de los antiguos poderes con los que intentó no pocas alianzas, que exigió de la cruz y la espada protagonizar los actos siniestros que bien conocemos -el ataque militar sorpresivo a una ciudad capital con bombardeos aéreos múltiples y desatinados-, y que originaron una onda persistente de repudios, que acentuaron la fragua resistente, la leyenda vivía de la lucha, el sacrificio y el retorno.

Algo intuyó Perón de lo que significaba esa época de militantes armados. La idea de la conducción incluía averiguar, interceptar, contener. Taco Ralo, hecho sin el acuerdo de Cooke en el mismo año en que éste fallecía -amargado, sin embargo irónico ante la muerte, donando sus restos a los estudiantes de medicina-, mostraba que Perón deseaba tener su propia guerrilla, tan improvisada como fuere, dócil, y no fuertes organización complejas, con cuadros que venían de la izquierda y que aunque uno de ellos fuera uno de los máximos filósofos jóvenes de su tiempo -Carlos Olmedo-, dijera que el peronismo “no era un club donde uno entraba, sino una forma de la historia popular donde siempre se había estado aun sin saberlo”, parecía evidente que esos núcleos tan ensamblados en sus ejes propios, no iban a aceptar la orden propia de las guerras clásicas concluidas, la orden de “desmovilización”. La quiebra del nombre no es fácil. Decir “infiltrados”, “traición”, “burocracias burguesas”, podían ser diferencias válidas de trinchera, pero la tragedia, en el sentido de la lucha por un nombre que, respecto del pueblo, “se lo había sabido conquistar”, según definía la célebre marchita, seguía ingresando como aceite viscoso en la memoria militante del país y en capas profundas de la sociedad.

No estiraremos más de este punto una historia conocida, toda sombreada por este tinte de despilfarro de vidas, desgarro de identidades y cuerpos entendidos como materia prima que mostraba hasta dónde estaba dispuesto a llegar el Estado, ente oscuramente aglutinador donde parte del peronismo estaba incluida y su espejo inverso era, por cierto, antiestatal. Perón, ya muerto -el “muerto” como le dijo secamente Balbín en el discurso de despedida-, no lo hubiera imaginado de este modo. Arguyó que su revolución era en paz, y es posible creerle en absoluto. Su viaje por Italia y España en fines de los años 30, lo había convencido de dos cosas. Que las masas populares acompañaban en situaciónes extremas las ideas revolucionarias (Rusia, Italia) y que cuando ambas posiciones extremaban sus diferencias, una nación marchaba inexorablemente hacia la guerra civil (España). Por eso había que ensayar una forma débil de enhebrar aquellos ecos de las multitudes romanas y soviéticas, para encuadrarlos en una revolución nacional con promoción de amplias políticas sociales, y comenzar a dar indicios de pacificación en un país donde hasta hacía poco, nacionalistas y comunistas expresaban en las calles sus diferendos, unos con las Ligas Patrióticas, otros con el Buró Latinoamericano de la III Internacional, que había apoyado la revolución de Prestes en Brasil, sin faltar los yrigoyenistas armados, que hasta mediados de los 30 contaban incluso con un sector militar.

Es posible concebir a un Perón dubitativo en el trasfondo último de su conciencia de jefe, que no filtraba fáciles indicios de intimidad. ¿Dubitativo de qué? De si había hecho bien romper tan tajantemente con los que hasta hacía poco había alentado. Sus últimas palabras sobre la herencia -es el “pueblo”-, dejan una filigrana de vacilación. Estaba en juego su ideal del Conductor, que contenía todo lo que pronunciase él y lo que se pronunciase en su nombre. Eso ya no era posible, incluso porque en su retorno, había intuido con fuerza insospechada, que en el fondo venía a reponer su nombre sobre su propia figura como sujeto unívoco de enunciación. Todas estas circunstancias en torno a la herencia podrían ser todo lo épico-trágicas que nadie interesado por la convulsión social argentina podría desmentir, pero no podía escaparse del espíritu avizor de cualquier peronista que de ahí en adelante el peronismo cargaría su espesura histórica como un gabinete de puertas entornadas, un diadorama observable en góndolas vidriadas, una espesura gélida.

La espesura gélida corresponde a un peronismo que tiene una vastísima historia repleta de momentos hagiográficos, relatos al modo de la vida de santos, el Acta Sanctorum erigida en la memoria como pocos pueden tenerla, pero he aquí el problema, de un modo congelado. Los manuales de tratamiento ritual están a la orden del día, no les falta acompañamiento popular pues si bien no todo “está grabado en la memoria”, como dice León Gieco, persiste en sectores incluso juveniles de la población una atracción por la gesta del peronismo, que hoy, y por esa vía, puede evitar a las militancias de izquierda tanto como a la los intercesores con el capital financiero mundial de los que ofertan como “peronistas racionales”. Pero la apelación al peronismo sin más es una pieza arrojada a un complicado campo de operaciones políticas, donde lo que está a la orden del día es la captura del voto kirchnerista-peronista y en segundo lugar, diseñar un concepto de “peronismo” capaz de horadar las vicisitudes concretas del reciente tiempo histórico, a fin de absorber al kirchnerismo –“que de una señal de generosidad y se abstenga”-, y de artificiosa vida a su espesura escultórica ya consolidada, para ser un posible relevo de una “nueva argentina” -pero sin novedad y sin argentina, sin nada de lo que conocimos bajo ese nombre.

IV

El kirchnerismo tiene su espesura propia también. En cierto sentido se superpone a la del peronismo, pero contiene zonas propias y específicas. Son zonas vivas, que no siempre suelen ser reconocidas de ese modo por los propios kirchneristas. En primer lugar, el “modelo de llegada” al gobierno consistió en una aserie de contingencias inhabituales aun en un mundo político del cual siempre se sabe que se caracteriza por hechos impensados y acontecimientos inesperados. Luego, la clara certeza de que habían cambiado los tiempos -como se le recomendaba al príncipe maquiaveliano, el tiempo gira –e le cose girano-, y que había que marcar con simbolismo de súbita pureza ese hecho: descolgar un cuadro fundamental en un lugar fundamental, abrir la ex Esma, reforzar los juicios. Y después el aire de excepcionalidad acontecimiental. Convivían en el gobierno kirchnerista actitudes sumamente acogedoras de la novedad no fundada en rígidos antecedentes peronistas. Se libraron así fuerzas significantes que estaban paralizadas desde los años 70 y se dejó abierto el problema del guión que separaba a kirchnerismo y peronismo. El guión los unía y los separaba al mismo tiempo, e impedía el debate urgente sobre si había allí en reposo, pero a punto de despertar una dialéctica por la cual del peronismo cuyos signos estaban estancados, el kirchnerismo extraía su fuerza en la capacidad selectiva de desbrozar uno de otros y de absorber en su propio nombre el nombre del peronismo. No obstante, nadie se animó a decir tanto, y por momentos, el refugio del kirchnerismo en el peronismo salvaguardaba de las inclemencias de la real-politik, mientras por acciones laterales se buscaba implícitamente desligar la zona activa del peronismo de su atadura ritual, y volcarla como letra viva en las entrelíneas del peronismo. El nombre de Cámpora, invocado nuevamente, servía para ello.

De tal modo en el kirchnerismo hay también una espesura propia, que comparte y refina la del peronismo, no siempre de una manera asumida teóricamente, sino con un ademán culposo. ¿No sería mejor invocar al “peronismo sin más” en vez de idealizar secuencias innovadoras con planteos frentistas más coherentes? Porque el peronismo sin más es un mar sin contornos, donde habita una derecha ideológica encubierta en los más diversos matices. Por eso el alfonsinismo tuvo con el radicalismo la misma relación que el kirchnerismo con el peronismo: síntoma de reposición de temas movilizantes, quitándoles el moho, actualización desprejuiciada de conceptos, y formulación de una tibia dialéctica que permitía “superarlos, pero conservándolos en su carácter de veneros de la memoria”. Pichetto y Morales representarían en este cuadro la “implementación” de las antiguas gestas entumecidas y heridas fatalmente por la ambigüedad que destilaban, al servicio del macrismo, tomándolas ya como el eslabón final donde cancelan de su pasado todo lo que salía de un núcleo de orden estatal conservador, con raíces en una porción popular atemorizada por el avance del neoliberalismo represivo, al cual se acepta como nueva etapa de la historia.

V

La situación actual del país supone una apertura total de sus fronteras territoriales, imaginarias, institucionales, simbólicas; en suma, la extinción del soberanismo clásico al conjuro de la extinción de las pretensiones anteriores de contar con un núcleo industrial ligado al mercado interno y un Estado regulador con la fuerza de sus empresas públicas y bancos controlados por organismos e instancias públicas. La porción planetaria llamada “argentina” no propone ya ningún obstáculo a la circulación libre de mercancías de consumo final o ensamblaje, desde semillas transgénicas a autopartes, derivados financieros, fusiones corporativas -telefónicas y cables-, desmantelamiento de porciones completas del Estado anterior, endeudamientos colosales que dan paso a sismos especulativos periódicos, una hipótesis general de dotar al ex país de una circulación financiera reduplicada por deudas montadas sobre deudas, manejo de la ilegalidad a través del aparato judicial y de las fuerzas armadas-guardias nacionales que son parte de la circulación y meta-circulación del capital con la metáfora de “fuerzas de despliegue rápido”, la creación de un enemigo interior perenne, con un significante vacío nombrado como narcotráfico, donde pueden caber todos los movimientos sociales, desde el feminismo al indigenismo, según el grado de dificultad que ofrezca cada uno y el grado de cooptación que pueda ejercerse sobre ellos.

Un soberanismo que apele a nociones más enriquecidas -como se dice del uranio enriquecido-, de impulsos autonomistas, liberacionistas, autoreflexivos, con capacidad readquirida de esquivar o rehacer los sentidos comunes, de ver las identidades no desprovistas de dialécticas propias, sería así un soberanismo capaz de rever la cuestión nacional con criterios más auspiciosos que aquellos hoy en práctica. Es decir, la dilución nacional en el juego de fuerzas financieras y sus derivados de todo tipo, donde finanzas y políticas de dominio mundial se conjugan. El espesor ya configurado de un peronismo, que declama su unidad como una sumatoria reactiva a su propio autoanálisis, no podrá ser la base efectiva de un gran territorio de ideas que alimente el flechazo masivo, en su momento y lugar, en su hora y su espacio correspondiente, que deberá ser asestado al proyecto de asfixia de las estrías de la vida nacional.

Parte de ese espesor, recaído en el kirchnerismo, que lo tiene a su vez como propio (en lo que innova y en lo que lo lastra, aquellas deficiencias ostensibles sobre las que nunca serán inoportunas las reflexiones de auto indagación) no puede ser nuevamente transferido a la casamata central del Peronismo con sus bustos ya barnizados. El abismo del que ya estamos cerca, merece que revivan las fuerzas conocidas más lúcidas para entrever de sí mismas -de su espesor histórico-, cuales de ellas deben ser explicadas nuevamente, cuales deben ser mentadas con respeto o melancolía, cuáles deben ser replanteadas, cuáles descartadas. Y toda composición ya conocida también sabe que su trama interna exige no solo la reiteración de sus estimables rutinas, sino cultivar la ansiedad por saber lo que todavía no se conoce. Revolver memorias, porque para que haya nuevas instituciones de lucha autonomista tiene que haber una relación con el espesor de la historia, que equivale a liberar memorias, consagrarlas como tales cuando desean ser institución y no aceptar instituciones que solo saben de sí mismas que su afán y tarea es petrificar memorias. Nos parece que al momento, silenciosa o no, misteriosa o locuaz, el nombre de Cristina Kirchner aparece privilegiadamente para darle un sentido -no personal, sino colectivo-, a la serie desglosada de espesuras de distintos alcances que parecen flotar inconsecuentes ante nosotros.

Buenos Aires, 28 de julio

*Sociólogo, ensayista y escritor. Ex Director de la Biblioteca Nacional

 

La Tecl@ Eñe | Revista Digital de Cultura y Política
Editor/Director: Conrado Yasenza
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