La estirpe de Caín

Tina Rosenberg es una de las mejores periodistas norteamericanas, autora de libros de investigación que no se quedan en la superficie y tratan de llegar al corazón de los hechos. Así ocurrió con Children of Cain. Violence and the violent in Latin America, sobre la sociedad, la guerrilla y la represión en las décadas de plomo, y con The Haunted Land, acerca del poscomunismo en Europa Oriental, que obtuvo tanto el Premio Nacional del Libro de los Estados Unidos como el Pullitzer. Página/12 ha publicado el capítulo de Los Hijos de Caín dedicado a Alfredo Astiz y a la Escuela de Mecánica de la Armada Argentina, con prólogo de Horacio Verbitsky, en el año 1998.

Fragmento del prólogo por Horacio Verbitsky

Así como Borges decía que en el Corán no hay camellos porque fue escrito por árabes, ningún escritor argentino ha dado cuentas de cómo fue posible que las cumbres del horror se alcanzaran en el que Tina Rosenberg llama “el país más europeo y desarrollado de Latinoamérica y por obra de la más civilizada y aristocrática de sus Fuerzas Armadas”, caballeros que se sentían llamados a salvar el mundo occidental y despreciaban a los cabecitas negras. Sus diálogos con ex prisioneras que no sabían si el oficial que golpeaba a la puerta de sus celdas las iba a llevar a la mesa de tortura o a comer a la Recoleta; con almirantes que se vanaglorian de no ser africanos y creen que hay un modo civilizado de torturar y asesinar; con ex oficiales que cuentan cómo en la ESMA les enseñaron a secuestrar y aplicar la picana eléctrica; con coroneles que narran la esencia inhumana de la formación militar recibida durante generaciones; con militantes por los derechos humanos para quienes Astiz llegó a ser una obsesión personal; con el afable padre del marino que le abre las puertas de su casa; sus referencias al espíritu de Cruzada que dominó a las Fuerzas Armadas en aquellos años; al uso de la tortura como castigo más que como instrumento para obtener información; a las influencias superpuestas del prusianismo germano, el colonialismo francés y la contrainsurgencia estadounidense; al rol de la jerarquía eclesiástica en apoyo de la masacre, y al ánimo rencoroso y vengativo que a partir del golpe de 1930 impregnó toda la política argentina, brindan un cuadro tan desagradable como impresionante de nuestra sociedad, intolerante, necrofilica y feroz, que nadie interesado en la verdad debería ignorar.


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Fragmentos del libro

“Había una puerta en la que un individuo, una noche que estaba contento, había escrito: “Camino a la felicidad”. Detrás de esa puerta estaba la cámara de torturas, picana eléctrica, un elástico de hierro de una cama conectado a 220, un electrodo de acero a setenta voltios, silla, presnas y todo tipo de elementos que pudieran servir para torturar. No se los puede imaginar: elementos cortantes, punzantes, cámaras de bicicletas rellenas de arena para golpear sin dejar rastros… Muchos de estos métodos fueron copiados de la Policía Federal…

¿A usted alguna vez le dió un golpe de corriente una heladera, la canilla del baño o algún aparato eléctrico? Eso súmelo por cien y multiplíquelo por mil … Eso es lo que puede sentir una persona que está siendo torturada, que tal vez es culpable, que tal vez no es culpable … Yo le voy a contar un caso: Una chica de diecisiete años que se llamaba Graciela Rossi Estrada. Era una piba de aspecto muy triste… Debido a que faltaba alguien del grupo, yo estaba ahí y pude comprobar cómo era torturada. Comenzaron con los simples procedimientos de cualquier rufián de película policial de poca monta: colillas de cigarrillos, manoseos, tiradas de cabello, golpes, pellizcones. Como no se lograba obtener lo que se deseaba escuchar aparentemente, y digo aparentemente porque tengo grandes dudas de que las sesiones de tortura fueran lo suficientemente satisfactorias ya que más de una vez se sindicaba a Fulano de Tal para que en la confesión dijese tal o cual cosa, entonces, como decía, a eso de la media hora de estar golpeándola, la llevaron a la picana eléctrica donde fue picaneada hasta que se desmayó.

Entonces, tomada con mucha delicadeza de los pelos por un individuo y por otro de las piernas, fue tirada en una celda, donde se le arrojó un balde de agua para que se hinchara. A las cuatro o cinco horas, el estado de la piba era deplorable porque se había hinchado. Fue llevada nuevamente a la sala de torturas. Allí, en ese momento, por Dios, por la madre y por todos los seres queridos que tenía, iba a firmar hasta el asesinato de Kennedy y no sé si su intervención en la batalla de Waterloo.

Por eso digo que los datos obtenidos de la tortura no eran fehacientes la mayor parte de las veces: se los acomodaba para ir justificando la gente que había detenida.

Una vez le pregunté al padre Sosa (un sacerdote) si le parecía bien lo que estábamos haciendo y él me dijo que había que pensar como un cirujano. Si había que amputar el mal, no se podía estar pensando en la estética del paciente…

Era muy fácil ver cómo entraba un camión con leña, un camión con mercadería y luego, otro camión con leña. Se tiraba la leña, se tiraban los cuerpos, se tiraba más leña y se prendía fuego. Ahí también se quemaban vehículos que no convenían que fuesen encontrados … Mengele (apodo del médico) me comentó en un momento que los cadáveres, a medida que se iban quemando, las articulaciones se iban abigarrando hasta quedar así, todas como artrósicas.

Entonces me dijo: “La próxima vez les voy a cortar los tendones para que queden mejor”.

Bueno, uno de los sistemas lindos que tenía Mengele era una, cucharita, ¿no es cierto? A las embarazadas se les introducía esa cucharita u otro instrumento metálico en la vagina hasta que tocara el feto … Entonces, se le daba la descarga de 220. En una palabra: se picaneaba a la criatura.

(pregunta) Y usted, ¿qué hacía ante semejantes atrocidades?

Y … vomitar. ¿Qué quiere que haga?

¿Había quienes gozaban con eso?

Sí. Por supuesto que sí.”

 

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