La estrategia del miedo

Por Enrique Lacolla

Bombardero furtivo B-52.

“Shock and awe”, “conmoción y temor reverencial”, se ha convertido en el núcleo de la estrategia norteamericana para el mundo. Lo más grave es que Washington aparenta estar decidido a llevarla adelante hasta el borde mismo de sus últimas consecuencias.

En estos tiempos de dispersión y licuación informativa conviene prestar menos atención a los grandes titulares que a las informaciones que se filtran en los rincones o que, con más frecuencia, aparecen los medios alternativos que se cuelan en Internet. Siempre y cuando, por supuesto, estos brinden una información fidedigna y sustentada en documentos veraces, de los que se da cuenta puntual.

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Uno de los informes más reveladores y estremecedores de las últimas semanas es el discurso que el secretario de Defensa de Estados Unidos, el general de marines James Mattis, pronunció en la John Hopkins University de Maryland, explicando la nueva estrategia nacional de defensa[i]. Para los amateurs de historia la exposición de Mattis suscita ecos del antiguo memorándum Crowe, con el que este analista del ministerio de relaciones exteriores británico sentenció, en 1904, la necesidad de que el Reino Unido formase coalición junto a Rusia y Francia contra Alemania porque, más allá de las diferencias que existían con los potenciales aliados –y que eran grandes- lo significativo era, como señaló Henry Kissinger, que “en esencia las intenciones de Alemania no importaban; lo que importaban eran sus posibilidades”. Es decir, las de competir y eventualmente anular la superioridad británica como primus inter pares y reemplazarla por su propia hegemonía en el mundo. Este planteo seleccionaba a Alemania como el enemigo primordial del imperio británico y generaría la política de alianzas y de acuerdos que condujo directamente a la primera guerra mundial.

Mattis declaró en su exposición que ahora es “la competencia entre las grandes potencias y no el terrorismo, el foco primario de la seguridad de Estados Unidos”. Se trata de un abrupto cambio de eje en el discurso público que el imperialismo norteamericano había asumido después de la caída de la Unión Soviética. Aunque esa competencia había sido siempre el trasfondo de la política exterior norteamericana, exteriorizarla de esta manera está significando que los pretextos en torno al prefabricado “terrorismo” se han gastado. Hasta aquí la palabra de orden había sido “combatir el Mal” en la forma pintoresca en que este era disfrazado: fundamentalistas asesinos, terroristas enquistados en “gobiernos delincuentes” o respaldados por ellos, narcotraficantes cetrinos. Pero las agresiones que con esos pretextos distribuye Estados Unidos a troche y moche por el mundo están evidenciando cierta inconducencia. Siembran la destrucción y provocan sufrimiento sin cuento a millones de inocentes, pero no ganan dividendos, son impopulares y ha bastado la reaparición de Rusia como potencia militar efectiva en Siria (con un mínimo gasto militar barrió a la insurgencia de Isis en un lapso que por su brevedad contrasta con las aparatosas e interminables operaciones del Pentágono)[ii], para que la estrategia del gran medio oriente concebida por los norteamericanos con el soporte de la OTAN y de los israelíes, hiciera agua. Asimismo, el ascenso económico y también militar de China ha roído la confianza que la casta dirigente norteamericana incorporó al caer la Unión Soviética, momento en que muchos creyeron que tenía el camino expedito para llegar a una cumplida hegemonía mundial, a la que podía acceder por la coerción económica y por un predominio militar al que justificaba, desaparecido el comunismo, con la existencia de la amenaza terrorista y la presencia de los “estados delincuentes” (“rogue states”).

Ahora que esa perspectiva se desvanece, la estrategia estadounidense desvela sus motivaciones reales y se expone, negro sobre blanco, tanto en el discurso de Mattis, que desclasifica partes del documento sobre la estrategia de seguridad nacional presentado ante el Congreso, como en las alegaciones del presidente Donald Trump.

Mattis insiste en que “Estados Unidos debe encarar la amenaza creciente de poderes revisionistas tan diferentes como China y Rusia, naciones que buscan crear un mundo coherente con sus modelos autoritarios…” Su discurso acusa a China de buscar “una hegemonía regional en el área del Índico y el Pacífico a corto plazo y el desplazamiento de Estados Unidos en el futuro, con el objetivo de lograr una preeminencia global”. Rusia, por su parte, es acusada de querer “vetar la autonomía de las naciones que se encuentran en su periferia en lo relativo a sus decisiones gubernamentales, diplomáticas y económicas…. Asimismo la acusa de “pretender quebrar a la OTAN y cambiar en su favor las estructuras económicas y de seguridad de Europa y del medio oriente.”

Es decir, Mattis acusa a esos países de querer hacer lo mismo que los Estados Unidos han estado haciendo desde el final de la segunda guerra mundial, no sólo en su hinterland o zona de influencia, sino en el mundo entero. Leído como si fuera un palimpsesto, el discurso de Mattis no es otra cosa que una advertencia en el sentido de que Estados Unidos no tolerará cualquier modificación al estado de cosas que ha venido imponiendo al mundo no bien se encontró en condiciones de hacerlo. Con un aditamento tenebroso y explícito, además, dirigido a esas dos potencias: “Si nos desafían, será su peor y más largo día”.

Son palabras de un peso y de una torpeza inigualables. El matonismo de Washington no es cosa nueva, pero solía guardar un poco las formas o velarse con la hipocresía de la misión que se autoconfería de proteger a los pueblos contra sus tiranos, practicando ” la guerra humanitaria”. ¿Por qué ahora se manifiesta con tanta franqueza? Probablemente porque el núcleo de poder se siente inseguro. Y la inseguridad es mala consejera. Tanto el discurso del secretario de Defensa como lo que ha trascendido del informe al congreso rezuman irritación y amenaza. Los norcoreanos y los iraníes son una vez más injuriados con el apelativo de estados delincuentes que desestabilizan a sus regiones a través de sus proyectos de armamento nuclear y su “respaldo al terrorismo”. Se carga, como no podía ser de otro modo, a Irán con el pecado de intentar expandir la inestabilidad regional para ganar hegemonía. Pero la realidad es que este es precisamente el objetivo que Estados Unidos ha venido desarrollando desde los tiempos en que devoró a la mitad de México y ocupó temporalmente su capital, hasta el presente, cuando con cerca de mil bases distribuidas alrededor del globo, un presupuesto militar de no menos de 700.000 millones de dólares y el control de los medios, las plataformas de comunicación y el ciberespacio, se exhibe como la potencia que no se resigna a acomodarse a un orden multipolar. No en vano el núcleo de su estrategia de “defensa”, tal como es descrito por el Pentágono, es asegurar que “Estados Unidos permanece como el poder militar preeminente en el mundo, capaz de asegurar que “el balance de poder permanece en nuestro favor… avanzando hacia el orden internacional que sea el más conducente a nuestra seguridad y prosperidad…, y preservando el acceso a los mercados… La competencia inter-estratégica, y no el terrorismo, es ahora la principal preocupación de la política de seguridad de los Estados Unidos.”

A confesión de parte, relevo de pruebas. Podrá aducirse que los dirigentes de la Unión están persuadidos de que, cuanto más amenacen y cuanto más hagan la parte del villano, más posibilidades tienen intimidar al contrario y llegar a sus fines sin apelar al último recurso de la violencia. Pero este es un razonamiento falaz: del miedo que inspiran o esperan inspirar, puede resultar una respuesta de parte de sus competidores que los convierta en las fieras que las usinas de la información occidentales dicen que son. La historia está llena de esta clase de profecías autocumplidas.

Entre los manejos del “estado profundo” compuesto por el complejo militar-industrial, la CIA y Wall Street, y los arrebatos de su actual presidente, que oscila entre su percepción de la oportunidad electoral que vio en los sectores insatisfechos de la clase media, y la nueva realidad que percibe desde el poder, Estados Unidos se ha convertido de una potencia imprevisible. Esto lo convierte en la primera amenaza a la estabilidad mundial. La situación en Corea, tal vez más que la del medio oriente, podría suministrar en este momento el pretexto para que Estados Unidos pruebe al mundo, y se pruebe a sí mismo, la capacidad que tiene para seguir sustentando sus ambiciones. La aproximación entre Pyongyang y Seúl, y la buena disposición de las autoridades políticas de Seúl para recibir a los atletas norcoreanos que participarán de los juegos olímpicos de invierno bajo una misma bandera, no es probable que caiga bien a Estados Unidos. Ni que, mucho menos, semejante actitud vaya a representársele como una posibilidad de iniciar tratativas para la unificación de la península. Más bien al contrario; podría ser considerado como un obstáculo a la política de presión máxima contra Corea del Norte y, lejos de distender la situación, podría aprovecharse para montar una provocación y resolver el problema manu militari. En otro discurso público parecido al de Mattis, el director de la CIA Mike Pompeo expresó en estos días frente al American Enterprise Institute, un “think tank” de derecha, que Corea del Norte estaría a pocos meses de encontrarse en capacidad para organizar un ataque nuclear contra el continente americano. Pompeo declaró que Washington iba a descartar ese riesgo y “desnuclearizar para siempre a Corea del Norte”. ¿Cómo pueden interpretar esto las autoridades norcoreanas y el resto del mundo?

Los datos concretos que han tomado estado público sobre el despliegue de fuerzas norteamericanas en el área del Pacífico contribuyen a reforzar la inquietud. La USAF ha desplazado seis bombarderos B-52 Stratofortress así como a 300 aviadores desde la base de Barksdale, en Luisiana, a Guam. “El retorno del B-52 al Pacífico proveerá al comando norteamericano y a sus socios regionales una plataforma de proyección de potencia estratégica creíble”, informa la fuerza aérea. En Guam se han reunido tres tipos de bombarderos capaces de transportar tanto bombas nucleares como no nucleares cubriendo con comodidad los 2.200 kilómetros que separan a esa isla de la península coreana. Mientras tanto el súper transporte de tropas USS Carl Vinson y su grupo de apoyo constituido por destructores y otros navíos de guerra se aproximarán al largo de la costa coreana en concordancia con las fechas en que se desarrollarán los juegos olímpicos de invierno. En su inmediata vecindad, en Japón, se encontrará la Task Force organizada en torno al portaaviones USS Ronald Reagan.[iii]

Ante este panorama conviene recordar las advertencias formuladas por el Papa Francisco en el avión que lo traía a su gira latinoamericana. “Tengo miedo a una guerra nuclear”, dijo. “Estamos al límite”, subrayó. Los Papas no suelen ser tan directos. Y la iglesia es un reservorio de información acumulada del cual muchos servicios de inteligencia querrían disponer.

[i] Global Research, artículo de Bill Van Auken publicado el 26 de enero de 2018.

[ii] Conviene aclarar que el compromiso norteamericano en esta tarea siempre fue mentiroso, pues su interés nunca ha sido eliminar a los yihadistas sino potenciarlos y eventualmente re-direccionarlos a otros objetivos, cuando hace falta. Libia y Siria son ejemplos en este sentido.

[iii] Información tomada de un artículo de Bill Van Auken en Mondialisation, 27 de enero de 2018.

Perspectivas

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