La estrategia del poder real y el adversario interno

Por Claudio Scaletta

El gobierno del Frente de Todos es una coalición, la expresión política de una diversidad sin la cual hubiese sido posible ganar las últimas elecciones, pero seguramente imposible gobernar. Con los diarios de muchos lunes sobre la mesa, el dato es evidente. Es más que probable que un kirchnerismo duro y cohesionado hubiese ganado las elecciones también en primera vuelta –las mayorías sociales querían principalmente sacarse de encima al macrismo y su ajuste interminable– pero también es probable que tal kirchnerismo puro no exista y que sus dirigentes sean mucho más pragmáticos que la imagen estereotipada construida por los medios.

Cualquiera sea el caso, el Frente de Todos es una coalición «bien peronista» en un sentido clásico e histórico: en su interior conviven distintas corrientes ideológicas, desde los que quieren «ir por todo» a los que quieren «acordar con todos», especialmente con los más poderosos. Se trata de la vieja conciliación de intereses de clase que explica la fortaleza y persistencia histórica del movimiento, pero también sus limitaciones.

El funcionamiento de esta diversidad, desde Perón a Menem y los gobiernos kirchneristas, demanda liderazgos fuertes que ordenen a la tropa. Si esto no ocurre o falla, parte de la tropa sucumbe a la seducción del enemigo y se desbanda. El poder económico local, que detesta al peronismo porque siempre fue profundamente anti Estado (es decir que sólo lo abrazó durante el menemismo) lo sabe y opera sobre ello. En consecuencia, desde que asumió el nuevo gobierno los objetivos políticos de la oposición mediático-política siempre fueron transparentes: apostar a la división. Desde el minuto cero comenzaron a insistir con la idea de «Albertítere», un presidente de paja controlado desde las sombras por CFK y sus instrumentos maquiavélicos, La Cámpora y el Instituto Patria. El objetivo inconfesable no sería otro que llevar a la Argentina a «ser Venezuela» e incluso, a partir del caso Vicentín, «al comunismo». En la construcción de fantasmas la prensa hegemónica se volvió una caricatura de sí misma. Su discurso es primitivo y movería a risa si no fuese porque tantas personas lo repiten. Quizá los coroneles mediáticos del poder económico consideren que no hace falta cambiar la metodología. Después de todo el macrismo ganó las elecciones de 2015 y 2017 y gobernó cuatro años apelando a un discurso público infantil.

El balance preliminar de poco más de medio año de gobierno es que el peronismo aprendió la lección de los errores que llevaron a 2015. El discurso divisionista entre Alberto y CFK chocó contra la pared de una relación estrecha y una clara división de tareas en la función de gobierno. En cambio, las contradicciones entre la diversidad de fuerzas e intereses que conviven dentro de la coalición continúan vivitas y coleando. Existen sectores del propio Frente que juegan en contra de los objetivos principales y que obligan al Presidente a una desgastante intervención permanente, tanto en los casos más ideológicos, como Vicentín, como en los más económicos, como la renegociación de la deuda.

El caso Vicentín fue transformado en bandera por el poder económico. El fuego mediático fue a discreción y, vale reconocer, dio sus frutos. A pesar de que se trata de un rescate para evitar pérdidas mayores, tanto para el Estado como para una miríada de proveedores y productores agropecuarios y a pesar de la abundante evidencia del accionar potencialmente delictivo de la conducción de la empresa y del mismo Estado macrista, los medios lograron hasta movilizaciones contra la expropiación. Pero el dato todavía más inquietante es que existen encuestas reservadas que muestran que la mayoría de la población en las provincias más afectadas está en contra de la expropiación. Dicho de otra manera, el presidente que a los sectores más radicalizados se les aparece como tibio está a la izquierda de la sociedad. El macrismo hizo mutis por el foro, pero el resultado de su trabajo ideológico todavía está en el escenario. El camino que resta recorrer es tan largo como arduo.

Sin embargo, lo que desgasta al propio Alberto Fernández y lo hace aparecer como dubitativo, no fue ni la oposición mediático-política ni el fallo disparatado de un juez de primera instancia que considera que el poder judicial tiene atribuciones ejecutivas por encima de la principal autoridad política, sino que miembros de su propia fuerza le ofrezcan, en medio de la batalla, soluciones alternativas a decisiones que ya fueron tomadas y plasmadas en un DNU. Dicho sea de paso, el accionar del juez también vuelve a poner en primer plano la necesidad de una reforma constitucional que democratice al poder judicial, una casta oligárquica, con cargos no electivos y vitalicios, insertada junto a dos poderes democráticos.

La segunda cuestión, tampoco es menor. De manera cíclica y en medio de la definición de la renegociación de la deuda, el Presidente se ve obligado a ratificar su apoyo al principal negociador, es decir al ministro Martín Guzmán. Ratificar el rol del funcionario no responde a las presiones de los opositores o de los representantes más desembozados de los acreedores, como por ejemplo quienes se solazan escribiendo sobre lobos y tiburones, sino a la injerencia de sectores internos de la coalición, que creen que la Argentina todavía puede pagar más. De nuevo, como en el caso Vicentín, hay sectores del propio Frente que, al operar contra el equipo económico, en realidad lo hacen contra la voluntad manifiesta del Presidente. Vale sumar que los grandes fondos acreedores no sólo demandan más dinero, sino también la subordinación geopolítica. Pretenden que la renegociación del valor de los bonos incluya también el compromiso legal de veinte años de monitoreo del FMI. Esta semana se sabrá finalmente quién ganó.

El Destape

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