La Feria Integral de Oklahoma

Por Luciano Lamberti

Conocí la Feria Integral de Oklahoma gracias a mi abuelo. Fue en 1987, yo tenía nueve años y a medida que la Feria se acercaba a nuestra ciudad las cosas empezaron a ponerse raras. Los perros se quedaron afónicos de tanto ladrar, los semáforos prendían las tres luces al mismo tiempo, los televisores mostraban la misma lluvia blanquecina en todos los canales y las viejas radios descompuestas se encendían solas y transmitían radioteatros de 1942. De la bolsa de arroz salían bichos; de las canillas, lodo gris. En las noches, cuando todos dormían, extrañas figuras lumínicas aparecían en el cielo.

—Algo está por pasar —dijo mi abuelo.

Y así fue.

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Una tarde, dos miembros del elenco estable de la Feria tocaron el timbre. Uno era un enano vestido con galera y levita, cuyos problemas en la cadera lo obligaban a apoyarse en un bastón de caña barnizada. El otro, un hombretón de torso ancho, piernas flacas y arqueadas como paréntesis y largos bigotes terminados en punta. Los niños y perros de la cuadra habían formado un círculo de curiosos a su alrededor.

Justo cuando los atendí, uno de los perros se acercó a husmear la levita del Enano y éste le propinó un bastonazo rápido y seco en el lomo. El animal huyó gritando, y el círculo retrocedió unos pasos.

—Buenas tardes— dijo el Enano. —Vengo a buscar al hombre que conversa con los animales.

—Es acá —les dije, y fui a despertar al abuelo.

Ya estaba acostumbrado a esa clase de visitas. Desde que pusimos el anuncio en el diario (“Se habla con animales”, y la dirección de nuestra casa) se presentaron toda clase de chiflados: solitarios con peces ciegos en peceras sucias, viudas con canarios espantados por la visión de su desnudez, oligofrénicos coleccionistas de caracoles y mantis religiosas, amaestradores de hormigas, exploradores de especies extintas. Todos venían en busca de respuestas y soluciones, y la mayoría se iba conforme.

Un día recibimos al dueño de una yegua de carreras, desolado porque el animal no rendía lo suficiente en la pista. Mi abuelo se quedó solo con ella en el establo y en medio de la charla largó una carcajada, salió y le dijo al hombre que la yegua estaba enamorada, pero no de un caballo, sino de otra yegua, y tenía que dejarlas, ejem, “intimar” por un rato. El hombre lo miró primero como si fuera a pegarle una trompada, pero después pareció convencerse y volvió al mes con una botella de champaña. “Ahora corre como si quisiera ganar”, le dijo a mi abuelo.
—¿Usted es el que conversa con los animales? —preguntó ahora el Enano.

Mi abuelo hizo que sí con la cabeza. Estaba despeinado y parecía dormido.

—¿Podría acompañarnos? —preguntó el Enano.

—Momentito —dijo mi abuelo, bostezando. —¿Ustedes quiénes son?

Con fastidio, el Enano señaló a su acompañante:

—Este caballero es Alejandro Postov, también llamado el Hombre de Hierro, capaz de doblar vías de ferrocarril con sus brazos, pero con un corazón de jovencita enamorada.

El Hombre de Hierro asintió, intimidado con la presentación.

—Yo —continuó el Enano, haciendo una reverencia irónica— soy Pospodópudus, subdirector de la Feria Integral de Oklahoma. ¿Estamos?

—Estamos —dijo mi abuelo.

—Necesitamos de usted para solucionar un problema que se suscitó en el interior de nuestra organización.

—¿Qué clase de problema?

—Un problema con un oso.

—Un oso.

—¿Habló alguna vez con un oso?

—No me acuerdo —dijo mi abuelo, rascándose la mejilla.

—¿Podría hablar con uno?

—No veo por qué no.

—Hace un mes estaba bien —dijo el Enano. —Ahora no quiere comer, no quiere bailar, no quiere hacer los trucos.

—Es un oso con mucha personalidad… —comenzó el Hombre de Hierro, pero el Enano lo cortó con la mirada.
—Ayer —continuó— fuimos víctimas de un desagradable incidente, cuando el oso se acercó a la baranda y trató de comerse a un grupo de niños. Los espectadores salieron corriendo, hubo desbandada general, caos.

—Quiere que hable con su oso —dijo mi abuelo.

—Exacto —dijo el Enano.

Así fue como empezó todo.

 

La Feria había levantado sus carpas a unas cuadras de casa, en un terreno descampado que lindaba con las vías y al que a veces ocupaba un culto evangélico. Por afuera se parecía a un parque de atracciones común y corriente, pero en vez de la rueda giratoria y el tiro al blanco constaba de pequeñas carpas donde se exhibían sus prodigios. Luces de colores colgaban de postes cruzando el cielo. El Enano nos hizo rodear la entrada hasta una abertura trasera que daba a los carromatos donde dormían los artistas.

—Por acá —dijo.

En el interior había un gran movimiento. Los integrantes del elenco lavaban ropa a mano y charlaban a los gritos, fumaban y jugaban a las cartas, tomaban alcohol y se reían. Había un hombre sin cabeza sentado en una reposera, tamborileando con los dedos sobre sus rodillas. Había dos hermanos siameses unidos por los hombros dándole un masaje a cuatro manos a una mujer pelada. Había un hombre flaco como una aguja y otro gordo como una ballena discutiendo en un idioma eslavo. Había una mujer desnuda de la cintura para arriba con una fila de pezones en el pecho, como las perras, que le convidaba cigarrillos a un mono albino.

Atrás estaban las jaulas, y entre ellas la jaula del oso. Era inmensa, muy alta, y el oso estaba sentado en un banquito.
Debía pesar aproximadamente setecientos kilos. Tenía un bonete rojo en la cabeza.

—Este es —dijo el Enano.

Mi abuelo se acercó a los barrotes y lo llamó. El oso se bajó del banquito y caminó en cuatro patas hacia él, con pasos pesados, hasta detenerse cerca de los barrotes.

—Hola —dijo mi abuelo, y comenzaron a charlar.

“Charlar” es una forma de decir. En sus diálogos no había palabras. Mi abuelo era más bien un traductor, que trasladaba al lenguaje humano los sonidos de las conciencias animales. Cada especie tenía un tono distinto: algunos eran dulces como un canto y otros aterradores, chillidos llenos de ruido y locura. Una vez mi abuelo habló con una comadreja y su voz estuvo a punto de enloquecerlo. “Todos los roedores están un poco locos”, decía desde entonces.

Así que ahí estaba ahora, frente a los barrotes de la jaula. No sé cómo advertí que algo andaba mal. Quizás por la respiración del oso, que se volvía progresivamente un gruñido malhumorado. Lo que sucedió fue rápido, tanto que ninguno de nosotros lo vio venir. El oso le tiró un zarpazo a mi abuelo directamente a la cara, él se echó hacia atrás, pero no con la suficiente rapidez, y en su frente se abrió un tajo limpio, como hecho con yilet, que comenzó a manar sangre en abundancia.

El Enano se enfureció y acercándose a los barrotes intentó golpear al oso con el bastón, pero éste parecía avergonzado y se había escondido en el otro extremo de la jaula.

—Le ruego que me disculpe —dijo el Enano. —Ese oso será debidamente reprendido.

—Es un cortecito, no hay problemas —dijo mi abuelo secándose la herida con un pañuelo arrugado. —Le voy a pedir que abra la puerta de la jaula, por favor.

—No creo que sea una buena idea —dijo el Hombre de Hierro.

—¡Usted cállese que nadie le pide opinión!— gritó el Enano amenazándolo con el bastón.

—Necesito contacto directo —explicó mi abuelo.

El Enano asintió, sacó de algún lugar un manojo de llaves unidas a una arandela de hierro sólido, eligió una, la metió en la cerradura y la hizo girar dos veces. La puerta se abrió con suavidad.

—Entra por su propia voluntad —dijo el Enano.

Mi abuelo caminó hasta el centro de la jaula y ahí se detuvo. Todavía tenía el pañuelo manchado de sangre sobre la frente.

—Cierre.

—Abuelo —dije.

—Está todo bien, querido —dijo él. Miró al Enano. —Cierre.

El Enano obedeció, metió la llave y le dio dos vueltas.

Casi de inmediato vimos que el oso salía de la sombra y se acercaba a él en cuatro patas. Mi abuelo cerró los ojos y se quedó quieto. El oso lo olió desdeñosamente, con aspiraciones secas y audibles. Le olió la cabeza, el pantalón, los pies. Al final se levantó sobre sus patas traseras y rugió.

Era muy alto. La cabeza de mi abuelo, que siempre fue un hombre grande, le llegaba hasta el pecho. El oso rugió con una boca inmensa llena de dientes y saliva, y la fuerza de su aliento echó hacia atrás el pelo suave y gris de mi abuelo.

—¡Lo va a matar! —grité.

Fue un grito histérico. Nunca había hecho algo así, aunque mi abuelo estaba expuesto todo el tiempo a distintos peligros. Pero en ese momento perdí la razón. Pensé que el oso iba a despedazarlo con sus garras. Incluso pude verlo.

Lo que pasó fue distinto. Casi de inmediato, el oso cayó con sus pesadas patas, se acostó y abrió las piernas, como un perro que juega. Mi abuelo estiró una mano y le acarició la panza.

—Bueno —le dijo. —Bueno, bueno, ya está. Osito lindo.

A mi lado, el Enano susurró:

—Es un milagro.

—Sufre una depresión —explicó mi abuelo.

Estábamos en el carromato del Enano, una casilla polvorienta y cubierta de montañas de diarios viejos, con estanterías donde reposaban objetos de todas partes del mundo.

—Dice que para qué vivir —dijo mi abuelo— si todo se esfuma y se pierde en la gran nada del universo cósmico.

—Lo que me faltaba —dijo el Enano.

—Dice que no quiere levantarse a la mañana ni acostarse por la noche. Dice que extraña Rusia.

—Es un oso ruso —aclaró el Hombre de Hierro.

—Lo que me faltaba —dijo el Enano. —¿Qué hay en Rusia? ¡Nieve y pobreza! Ese oso me tiene harto. Yo lo rescaté de la estepa, le di oportunidades en el mundo del espectáculo, lo cuidé y lo amé, y ahora esto.

—Habría que cocinarle —dijo mi abuelo.

—¡Cocinarle! —se quejó el Enano.

—Cocinarle comidas rusas —dijo mi abuelo.

—Yo también soy ruso —dijo el Hombre de Hierro.

 

Así que el Hombre de Hierro estuvo a cargo de las indicaciones para la gran comida rusa que le prepararon al oso ruso. Coordinó a un grupo de actores de la Feria apostados durante todo un día frente a ollas burbujeantes. Se usaron dos kilos de papas, tres de remolacha, media res, un kilo de pescado, tres de harina, seis litros de vodka, cuatro de vino dulce. Una banda compuesta por miembros del elenco estable tocó canciones típicas y el oso fue guiado hasta una gran mesa donde lo esperaban catorce platos hondos y humeantes rellenos de borsh, doscientas empanadas doradas y crujientes con un olor exquisito, montañas de pelmenis con salsa de coles, stroganoff, una hogaza de cherny jleb recién horneada, baldes llenos de bebidas alcohólicas.

El oso contempló la mesa poblada de platos humeantes y empezó a llorar.

Lloró cubriéndose la cara, con grandes inspiraciones, como sólo puede llorar un oso. Después comió como un desesperado hasta lamer los platos vacíos, y al terminar se tomó entero el balde de vodka y se quedó dormido. Se levantó al otro día, de un humor inmejorable.

 

Como agradecimiento por haber recuperado a su oso, el Enano nos regaló un pase especial. Era rectangular y dorado, con siguiente la inscripción grabada en una de sus caras: “Entrada gratis por el resto de su vida a la Feria Integral de Oklahoma”.

—Un placer conocerlos —dijo el Enano.

—¿Van a volver? —preguntó mi abuelo.

El enano sonrió. Fue una sonrisa enigmática, una sonrisa que todavía hoy no puedo olvidar.

—Siempre volvemos —dijo.

Poco después, un hombre con un perro constipado tocó el timbre de casa. Fui a buscar a mi abuelo al patio y estaba muerto, sentado en una vieja silla, al sol.

 

Esperé durante años el regreso de la Feria. Todos los meses iba al terreno descampado con la esperanza de ver las carpas y las luces de colores colgadas en los postes. Cada vez que pasaba algo inusual pensaba: es la Feria, es la Feria que vuelve. No me gustaba mi vida en ese entonces, y había planificado escaparme con ellos y recorrer el mundo. Tenía una mochila armada en el ropero con todo lo que necesitaba para el viaje.

Pero de un día para el otro no fui más. Supongo que ya no me interesaba.

Ahora sigo viviendo en la casa de mi abuelo, con mi mujer y mis dos hijos. Soy todo un hombre, preocupado por el dinero y mantener a su familia, que a veces se mira las primeras canas y las patas de gallo al espejo y se pregunta dónde fue a parar el tiempo.

Hace unos meses comenzaron a pasar cosas raras. Los teléfonos emitían diálogos en un idioma desconocido, una bandada de gorriones se estrelló contra los vidrios de un supermercado, un hombre atropelló a un perro que se llamaba exactamente igual que él. A la semana vi carteles pegados en los postes.

FERIA INTEGRAL DE OKLAHOMA
“UNA EXPERIENCIA PARTICULAR”

Entonces recordé todo y busqué entre las viejas cosas de mi abuelo hasta dar con el pase dorado. Me quedé mirándolo un buen rato. Por un momento había pensado que no existía, que era parte de mi imaginación infantil.
Esa noche les conté a mis hijos y mi mujer la historia completa. Mi abuelo y su capacidad de hablar con los animales, el Enano y el Hombre de Hierro, el oso con problemas existenciales. Mis hijos estaban encantados pero mi esposa me miró con el ceño fruncido.

—Es la más pura verdad —le dije, en la cama.

—Sí, mi amor —dijo ella. —Claro, obvio.

—Ya vas a ver.

Ese sábado, mientras íbamos en el auto, bañados y perfumados para la ocasión, empecé a dudar. Pensé que iba a encontrarme con un espectáculo deprimente: instalaciones averiadas, animales canosos, el elenco en silla de ruedas. Estuve a punto de arrepentirme, doblar en la esquina y volver a casa. Pero seguí manejando, no sé por qué. Desde lejos se oía la música, un vals antiguo ejecutado por un acordeón, y las luces colgaban con todos sus colores en lo alto.

Apenas traspasamos la entrada me encontré al Enano. Habían transcurrido exactamente veintiún años, el tiempo que tardaba la Feria en dar la vuelta completa al mundo, pero el Enano estaba igual: el mismo traje, la misma edad, sin una arruga ni una cana.

—Un placer verte —me dijo, sonriendo.

—¿Se acuerda de mí?

—Claro. Nos acordamos de todos los que vienen.

Después nos hizo pasar.

Fuimos a la Casa del Terror, al Agujero del Topo, al Diván de la Locura, a La Adivinadora, al Tragador de serpientes, al Leñador del Infierno. Vimos al Hombre de Hierro doblando una barra de acero como si fuera un globo para formar un perrito salchicha y al oso haciendo malabares con clavas y pelotas. Todos tenían la misma edad, como si el tiempo no fuera capaz de tocarlos.

De pronto empecé a sentirme mal, con una sensación rara en la boca del estómago. Me fijé en la gente que aplaudía a nuestro lado en las gradas, y que no había visto antes. Tenían peinados anticuados, ropas que habían pasado de moda años atrás. Están todos muertos, pensé, son muertos viejos que siguen a la Feria de ciudad en ciudad, obligados a contemplar eternamente los mismos espectáculos. Incluso me pareció distinguir a mi abuelo a lo lejos, comiendo algodón de azúcar, y entonces me levanté y salí, en medio de la función. Vomité sobre el piso de tierra detrás de la carpa.

—A todos les pasa —dijo una voz detrás de mí.

Era el Enano, de pie en la oscuridad. Me miraba con algo parecido a la compasión.

—¿Qué les pasa?

—Les cuesta aceptar lo que ven— dijo el Enano. —Vos ya lo entendiste, ¿no? Esta no es una feria común. Somos en gran medida una organización… —buscó la palabra— religiosa. Nuestro director es una persona muy interesante, con grandes ideas, grandes proyectos. Tendrías que conocerlo.

En ese momento mi mujer y mis hijos salieron de la carpa y me preguntaron si estaba bien. Le dije al Enano que tenía que irme, que habíamos quedado con alguien para cenar, que en otra oportunidad podría conocer al director.

El Enano sonrió, una sonrisa enigmática, la misma que le había hecho a mi abuelo.

—No hay problemas —dijo. —Otra vez será.

(De: El loro que podía adivinar el futuro, Editorial Nudista, 2012)

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