La Fiesta

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Lucas Rozenmacher*

a Chana y sus historias

No puedo dejar de recordar ese sábado del ´52 sin una extraña sensación, dado que ese día se casaba Aurelia, la ultima y la mayor de mis primas solteras. Ese era un día, que para ser honesta nunca pensé que podría llegar.

Amaneció lluvioso, con una garúa espesa y molesta, cargado de nubarrones claroscuros que teñían con un frío insensato la ciudad de empañados y resbaladizos adoquines negros, autos cafeteros y troles vacíos.

Podría haber sido un día olvidable, un día como cualquier otro, si no hubiera existido el extraño milagro de que la pobre prima Aurelia encontrara a un tipo tan resignado como ella, decidido en llevarla al altar. Digo esto porque mi prima había llegado a los treinta y cuatro sin poder enganchar algo hasta abril de ese año (el ´52), por eso fue que en poquitos meses concretaron las formalidades del caso y decidieron llevar adelante el casamiento, siendo mutuamente conscientes de que cualquier eventualidad que retrasara la boda la pondría en peligro in eternum, es decir que tal vez no se realizaría nunca jamás.

Hubiera sido olvidable también, si la tía Concepción no se hubiera encontrado en su lecho, a punto de espichar por culpa de un cáncer fulminante que le habían descubierto hacia poco, o mejor dicho eso es lo que siempre creí entender, porque en esa época nadie me explicaba nada, eso era claro, me decían, por tener poquitos años y además de todo ser mujer, cuando crecí ya no pude volver a hablar del tema quedando entonces como cuenta pendiente.

Este cáncer en cualquier otra situación hubiera llevado a la familia a tomar la decisión de suspender la fiesta, pero ésta era una ocasión diferente dado que por un lado la tía Concepción soñaba con ver a todas sus hijas mujeres casadas antes de morir y por otro lado el candidato de Aurelia con su cara de permanente inseguridad cuando hablaban en los preparativos no generaba ninguna confianza, así que los grandes, incluida Aurelia, tenían presente que esto era ahora o nunca.

La tía Concepción sufría, como antes dije, de un cáncer al igual que la Señora, encontrándose en ese momento las dos en idéntica posición, recostadas mirando la lluvia pesada y los pilotos y pilotines que iban y venían resbalando en el espesor gris de la calle barnizada por los llantos del cielo.

A mí, mamá me había comprado un vestidito rosa, con un moño blanco de gasa en la espalda, medias de hilo color marfil con dibujitos calados en los costados de las piernas y unos zapatitos charolados blancos, pero como llovía, cuando tuvimos que ir corriendo para la iglesia, el vestido terminó arruinándose un poco, porque como nos teníamos más que para eso, para ir y venir de la iglesia tuvimos que taparnos con los cartones sueltos que habíamos conseguido para una ocasión tan especial.

Nosotros éramos la parte pobre de la familia, vivíamos doce en un departamento de tres ambientes, en un complejo de casitas bajas que enfrentaban a departamento por departamento en un pasillo largo y en ele, con patiecito de techo de chapa, pisos de baldosas grandes, rojas con piedras negras incrustadas y mucho bullicio colectivo.

Aurelia era de la parte más adinerada de la familia, tan adinerada decía la tía Di Pacua que para la Felisa, «la más hermosa de la familia», había traído al cura de la parroquia de enfrente hasta la casa de sus padres, que ofició la misa nupcial parado en un precario altar hecho con un conjunto de cajoncitos y tablas, obra de ingeniería que había quedado a cargo del carpintero del barrio. El cura parado sobre los cajoncitos realizó una inolvidable ceremonia de casamiento que duró exactamente unas inolvidables dos horas y media, tan inolvidable que muchos de mis familiares más grandes la recuerdan hasta el día de hoy. A este eclesiástico gasto le agregó también una orquesta de tango con diez músicos, «un poco malandrinos», como decía mi abuela y un cantante del barrio de los tachos, que durante toda la noche y pañuelo en mano, susurró milongas y canturreó eternos dos por cuatro hasta que el vino y los saladitos se acabaron y con ello lo pautado como forma de paga, así que al rato tomaron sus cosas junto a los sanguchitos amarrocados a un costado del supuesto escenario y se las picaron dejando, más temprano de lo previsto, de forma abrupta la fiesta adinerada.

Para las demás hijas también habían hecho grandes fiestones, pero para la Aurelita ya casi no quedaba plata, para colmo la Tía Concepción que era la encargada de organizar las fiestas y de hacer magia con la guita, se encontraba postrada por un cáncer en una cama y para ser repetitiva nuevamente, la Aurelia seguía sin convencerse, «porque no se conocían el carácter» decía, pero como toda la familia estaba convencida de la oportunidad que no se podía dejar escapar, hicieron oídos sordos y ojos miopes a la situación y decidieron arremeter con el casamiento a toda costa.

Ese mismo día en otro lugar de la ciudad se estaba produciendo algo parecido, es decir, una mujer se estaba envolviendo en cáncer, que como una termita se la iba comiendo con tenacidad galopante y al igual que la tía Concepción alrededor de su lecho un montón de gente se arremolinaba pendiente de los movimientos y reacciones.

Otra cosa que unía a estas dos mujeres era que el motor en cada uno de sus núcleos vitales eran ellas y a ninguna de las dos, por una cosa o por otra, les habían contado que estaban a punto de morir, así y sin más vueltas que esto, sólo morirse en el centro y a la vista de todos.

Cuando salimos de presenciar la corta ceremonia de una hora y media en la iglesia para ir a la casa de Concepción, donde se realizaría la fiesta, salimos corriendo con la Chuchi sin dirección definida, nos habíamos perdido, pero al instante escuchamos la voz de mi primo Julio y nos subimos a su Ford, sonriendo y secándonos con los dedos, nos acomodamos y charlamos hasta llegar a la fiesta.

Al llegar los ojos se nos iban de la cara por tantos dulces, canapés y saladitos, pero como la tía Alda decía que teníamos que ser educadas y señoritas, cada vez que nos ofrecían comida teníamos que decir que no, al igual que si algún chico nos venia a buscar para jugar, debíamos permanecer sentadas y sonrientes, sin equivocarnos, sin hacer nada, ser educadas y nada más, conservando el vestido en perfectas condiciones. A ver si en una de esa lo arrugábamos y alguna señorona se nos ponía a criticar.

La fiesta se había armado alrededor de la cama de tía Concepción, que sonriente aplaudió cada movimiento del vals nupcial y a rabiar con gestos de aprobación, cuando su hija terminaba de bailar.

Lo animados que se mostraban todos y el sonido acompasado de los acordes hacían que más allá de la educación que nada me permitía, pudiera disfrutar de alguna manera la fiesta. Al rato de empezada sonó el timbre en tres oportunidades, Pedrito, mi primo, salió a la puerta y se encontró con dos tipos de bigotitos recortados, anteojos negros, que apenas cubrían sus ojos y pilotos color caqui que les llegaban hasta la mitad de los tobillos. Estos se presentaron como los jefes de manzana y pidieron que bajaran la música y luego que se terminara la fiesta porque hacia minutos Evita había muerto por la misma enfermedad que la tía Concepción.

A partir de la aparición de esos dos tipos y de la noticia que habían traído las caras cambiaron mucho y las anécdotas comenzaron a aflorar en todas las mesas, que entre ensoñación, dudas, sonrisa y tristeza empezaron a adueñarse de la fiesta. Yo mucho de lo que se hablaba no entendía, pero veía que dos tíos discutían sin escucharse sobre lo buena y lo mala que era Evita.

Por un lado, estaban mis familiares más cercanos puteando y defenestrando a «ésa» y por otro lado estaban los familiares más lejanos, los hermanos de la Aurelia, que habían cambiado sus ojos, su forma de mirar, el semblante del rostro, la voz mas endulzada, cuando hablaban de «Evita». Yo, como la mayoría de mis primos no entendíamos mas allá de que alguien había muerto y que nuestros familiares discutían aburridamente sobre esa muerte, (en medio de una fiesta, de un evento «para toda la vida»), los únicos que no se metieron en esa discusión fueron la tía Concepción, que tal vez se haya visto a sí misma reflejada en esa muerte y a esa discusión como si fuera por y sobre ella y el tío Secundino, un tipo alto, con bigotes finitos de color negro, salpicados por una llovizna gris, tan densa como la que había afuera, en la calle, en la noche.

Secundino estaba sentado a un costado del sector que hacía las veces de pista de baile, muy cerquita de Concepción, su prima hermana con la que pocas veces se dirigían la palabra, con la que en toda su vida había hablado quince o veinte veces, siempre en reuniones siendo conversación obligada el estado del tiempo, la ropa que alguien se había puesto, nunca por supuesto un comentario que los involucrara a ellos mismos, o lo rica que estaba la comida en determinada ocasión.

Los dos se miraban sin terminar de asociar que los dos estaban proyectando la muerte de Evita sobre ellos mismos y al resto de la familia como a un público revolquero que criticaba todo sin mayores reflexiones, de forma alejada y descreída.

Secundino era considerado por todos como un tipo lleno de un encanto especial, sumamente seductor, de mirada enigmática y atrapante, aglutinador en todos sus juegos, simpático y comprador, con un extraño carácter dado que todos de una forma o de otra terminaban aceptando lo que él pedía y quería, convenciendo a todos de manera inexplicable, «enredados pero felices» era la consigna con Secundino.

Concepción en cambio era la franca de la familia, era quien se encargaba de entregar la dulzura y tranquilidad cuando alguien lo necesitaba, hacía los chistes, zurcía las medias, regalaba los dulces y sobre todo te escuchaba, era la más simple, la más sincera porque al escuchar te hablaba, la antítesis de Secundino. Sin embargo, estos dos fueron los únicos que en el mismo instante se dieron cuenta de la refracción suscitada, mientras los novios se escapaban más temprano por las restricciones, mi primo nos llevaba a casa y ellos dos se quedaron pensando en un final igual.

(De: Cristales, Ed. Aurelia Rivera, 2002)

*Buenos Aires, 1970. Sociólogo de la UBA, se desempeña como Investigador-Docente en la UNGS. Publicó el libro de cuentos Cristales (2002), El cuadrado en la pluma (2006) y De barrios, cosas, situaciones y un breve acercamiento al amor (2011), Palabras Rectoras. Un recorrido por la historia de la Universidad de Buenos Aires a través de sus rectores (2014) y recientemente El origen de una tragedia (2020). También realizó obras de teatro como Diara (2004) o performances como Puerta de Baño (2007), Espacio de Poder (2008), Loop de Poesía (2009),Loop bicentenario (2009), Loop Revoluciones (2017) y participa en distintos colectivos artísticos, Colectivo Artístico Intersticial (CAI) Sociologiacontraataca y Articultores. Su blog es http://lanaranjavoladora.blogspot.com