La fortaleza

Crónica de la presentación de «Sinceramente», el libro de CFK, en Cuba

Por Marcelo Figueras

Cuba es un territorio que el cliché asocia al tabaco, las playas y el ron, pero su capital más notable son los mitos. La imagen del Che brilla en la Plaza de la Revolución, pero también en el poster desteñido por el sol que ocluye la luneta trasera del bus. Como si quisiera darme la razón, el chofer que me lleva del aeropuerto Martí al hotel confiesa que se llama Adonis. El Nacional es un edificio magnífico, pero nada lo embellece más que sus fantasmas. Este es el hotel donde Sinatra y Ava Gardner pasaron su luna de miel. Marlon Brando se hospedó en el sexto piso. Cuando creo que nada podrá empardar ese brillo, un cuadro perdido en un pasillo me informa que pasó por aquí Muhammad Ali. En la puerta del restaurant hay un cuadro que consigna el plato favorito de sus comensales distinguidos. Winston Churchill cenó pollo asado con salsa cazadora y langosta Thermidor. Walt Disney pidió frijoles negros con chiles picantes. Jean-Paul Sartre coronó la velada con un cheesecake. Sobre la margen izquierda, apenas por encima de Gary Cooper, está el pedido («Filete de pescado de lomo de atún») y la foto de Cristina Fernández de Kirchner.

 

 

Mi recuerdo de la Cuba que visité a comienzos de los ’90, cubriendo el festival de cine para el diario Sur, es difuso: el descubrimiento de Spike Lee en el cine Yara a través de Haz lo correcto, el helado de Coppelia, Ricardo Espalter confundiendo a las robustas azafatas de Aeroflot con sus demandas en ruso trucho. Lo más persistente es la memoria de la angustia que el ciudadano común sentía, a causa de la llave al cuello que supuso la combinación del bloqueo y la caída de la Unión Soviética. (El documental de Netflix Cuba and the cameraman retrata ese período con precisión.) Pero eso importa poco, porque aquí todos dicen que «este es otro país». Puede ser. Aunque algunas cosas siguen inalterables. La Habana todavía es la ciudad donde circulan más autos rosas por kilómetro cuadrado. Cuando hay tormenta, como la hubo el viernes, las olas rompen contra el malecón y producen gigantes de espuma. El chofer que me lleva a la Feria del Libro dice que los ciclones meten el agua en la ciudad, siete cuadras adentro. Aunque este conductor no tiene un nombre altisonante, también es sensible a los mitos. Explica que el hombre ganó esos metros de costa a base de prepotencia, y agrega: «Pero el mar no deja de reclamar lo que siempre fue suyo».

Todos los países tenemos nuestros mitos. En la Argentina, por ejemplo, la baraja está más mezclada. Compartimos la tenencia del Che, tenemos a Eva y a Maradona —que también cenó en el Nacional y figura en el mismo cuadro, con una pizza en su haber—, pero al mismo tiempo cargamos con mitos horrendos, dignos de la etapa negra de Goya, que explican algunos de nuestros padecimientos. Lo cual me recuerda que algunos de los argentinos que vinieron a Cuba para esta Feria del Libro compartieron vuelo con González Fraga y López Murphy. Estos dos no vinieron a Cuba, no se asusten. Se apearon del avión en la primera escala — o sea, Panamá.

Pero en Cuba, y en particular en esta ciudad que está cumpliendo 500 años, los mitos tienden a ser luminosos. (El slogan de una de las empresas de autos viejos que abundan en La Habana, Grancar, revela que son conscientes de la demanda a la cual responden: Rentar una fantasía.) Y así como ocurre con las luciérnagas, una luminaria tiende a atraer a otra semejante. En este sentido, se podría decir que la relación entre Cuba y Cristina estaba llamada a suceder. La veo por primera vez el viernes en la casa que ocupa Florencia, para ultimar detalles de la presentación. Acaba de caminar un rato por los alrededores, en talante deportivo, y explica por qué se la ve radiante aunque la razón sea evidente: está bien porque Florencia —que en pocos días más cumplirá un año de permanencia en Cuba— está mejor.

Pero hace un año casi todo, en nuestro país, era oscuridad.

 

 

Del warfare al debtfare

La Feria Internacional del Libro de la Habana tiene lugar dentro de San Carlos de la Cabaña, una fortaleza colonial española que no se priva de las torretas, los cañones ni el foso reglamentario. La sala Nicolás Guillén es la más grande del predio y está llena a tope. Esperar la llegada de Cristina genera ocasiones excepcionales, como la de conversar tras bambalinas con el Presidente cubano, Miguel Díaz-Canel, sobre sus músicos argentinos favoritos —Charly y Fito—, mientras de la sala llegan voces coreando la versión aggiornada del cantito militante. Ya no es más Vamos a volver.
Ahora es: Oh… ¡ya volvió!

Ella llega encaramada a un par de tacones olímpicos. Pide un mínimo respiro, un trago de agua y arrancamos con la primera presentación internacional —y la primera desde que asumió como Vicepresidenta— del libro Sinceramente.

 

 

Puede sonar caprichoso hablar de un libro tan argentino aquí en La Habana. Y sin embargo Cuba tiene mucho que ver con su escritura. Para empezar, el capítulo que abre el libro terminó de escribirlo acá. Pero no estaba en La Habana de vacaciones, precisamente. Había terminado aquí a consecuencia de su desempeño como Presidenta durante dos términos, que determinó la persecución político-jurídica que la tuvo como blanco pero no sólo a ella, sino también a su familia. Y que se ensañó particularmente con el único miembro de la familia que no había optado por una vida política: su hija Florencia.

«En materia del lawfare, la Argentina significó un capítulo especial», dijo. «Porque en el contexto de Latinoamérica todos vimos lo que hicieron con Lula, con Correa y recientemente con Evo. Pero el lawfare en la Argentina tuvo una característica adicional. Un componente mafioso, porque sólo las mafias apuntan también contra las familias. Y por eso persiguieron a mis hijos y en particular a Florencia, porque advirtieron —por mi vida cotidiana— que ella significaba un lugar especial para mí. Yo iba permanentemente a verla a ella y a su hija, mi nieta Elena. Hablo de una madre sola, con su hija… Vieron un lugar donde podían doblegarme, horadarme — hacer esas cosas que ellos saben hacer tan bien. Pero Florencia hoy está aquí, y por eso quiero agradecer muy especialmente a las autoridades de Cuba y a sus profesionales médicos. La fama de los médicos cubanos está muy bien ganada. La diagnosticaron adecuadamente y hoy —confirma— ella está muchísimo mejor».

Lawfare es un término en inglés que juega con la palabra compuesta warfare. War significa guerra y fare viene de la expresión del inglés arcaico faer, que significa camino, modo o forma de ser. Un neologismo perfecto: porque al remplazar «guerra» por law, ley, indica que la idea es precisamente esa, seguir por el camino de la guerra pero apelando al sistema judicial. Para ponerlo en nuestro idioma: lo que hicieron fue combatir a les dirigentes polítiques del campo popular, eludiendo la violencia explícita de los ’70 pero recurriendo a cambio a fiscales y jueces corruptos.

 

 

«Se sustituyó la desaparición física de los ’70 por la estigmatización. Condenar socialmente, aislar al dirigente popular, de forma que no pudiese representar un peligro para sus planes», dijo. «Así como en el ’76, había que clausurar un proyecto de Argentina que apostaba por el trabajo, por la producción, e instalar en cambio un modelo financiero. Durante la dictadura nos endeudaron a un ritmo de 10.000 millones de dólares por año. Nosotros, con Néstor, desendeudamos, dejamos de estar sometidos a las condicionalidades del FMI. Y entonces sobrevino un período de endeudamiento más terrible: nos endeudaron a un ritmo de 30.000 millones de dólares por año, triplicando el ritmo de la dictadura. Nunca, en toda la historia contemporánea argentina, se había debido una suma de esta magnitud al FMI. Más que de endeudamiento, se trata de un plan de subordinación del país a intereses que no son los nuestros».

«Esto debería ser un punto de inflexión», insistió. «Hay que empezar por investigar. Porque como la otra vez no se investigó, volvió a ocurrir… ¡y hasta con los mismos personajes, como (el ex presidente del Banco Central, Federico) Sturzenegger! Vino por segunda vez y volvió a hacer lo mismo. Si lo hizo y no le pasó nada… Es más: ¡lo premiaron con otro puesto! Entonces, hubo impunidad. Si nosotros no hacemos nada, si mansamente dejamos que todo sea igual, en uno o dos períodos más volverán al país a hacer lo mismo. Hoy Sturzenegger está dando clases cómodamente en una universidad de los Estados Unidos, mientras los argentinos nos debatimos en situaciones económicas y sociales terribles. Hay que poner un punto, un nunca más. De la misma manera que Alfonsín lo hizo con la dictadura y con la represión y dio origen a un tiempo de recuperación democrática, también tiene que haber un nunca más a través de una comisión del Parlamento pero integrada también por personalidades de la sociedad… Estas cosas ya no pueden quedar en manos de tres o cuatro. Las soluciones tienen que ser expuestas ante la sociedad y revalidadas por ella, porque de otro modo la van a pagar los argentinos en su totalidad. Todos tenemos que tener buena fe y respetar las normas: el deudor, pero también el acreedor. Por eso debería haber una quita sustancial de la deuda: porque se hizo un préstamo por afuera de las normas establecidas por el FMI, violando sus propias obligaciones. No fue un préstamo para hacer represas, carreteras, programas ni obras de infraestructura. El Fondo presta para dar estabilidad a los países, pero acá se prestó para que se fugara el dinero».

“El Banco Central —remató— debe darle un informe a los argentinos de cómo fue el endeudamiento, cómo fue el proceso y quienes fueron los responsables. Es una deuda que la democracia tiene. De la misma manera que Alfonsín entendió que había una deuda de la democracia de decirles a los argentinos que pasó en materia de derechos humanos durante la dictadura, también está la deuda de decirles a los argentinos cómo fue este nuevo proceso de endeudamiento. Es algo que hace a la moral de un gobierno. Las tarifas públicas tienen que ser revisadas integralmente. Yo quiero saber si todos los presupuestos sobre los que se definieron las tarifas han sido correctos y si las inversiones han sido hechas. Hoy contamos con todos los instrumentos para hacer una revisión tarifaria que le devuelva a los argentinos la confianza de que cuando votan y se les dice que se va a hacer tal cosa, se va a hacer. Y yo estoy convencida de que se va a hacer porque lo hemos hablado con Alberto y él tiene ese compromiso con la sociedad. Y lo va a cumplir, no tengo dudas».

 

De Mauricio al Joker

Le pregunto por la salud de la democracia en el mundo. Porque en estos días, las evidencias que hablan de la precariedad de los sistemas democráticos se amontonan. Pocos días atrás, Trump zafó del juicio político jactándose de que no podrían condenarlo, porque la información que sus adversarios necesitaban la tenía él y no la entregaría; mientras que sus defensores usaron con total descaro el argumento de que cualquier cosa que el Presidente hiciese debería ser interpretada, por definición, como una acción en beneficio del pueblo. La última vez que me fijé, esa clase de argumentos se usaban para justificar a los monarcas y no a los Presidentes elegidos por el voto.

Pero ella aprovecha el pie para hablar de algo que quería aclarar, y que a todas luces la divierte. Lo cual me sugiere que hemos hablado hasta el hartazgo de Cristina Mujer, y de Cristina Estadista, y de Cristina Escritora, pero todavía no le hemos dado el crédito merecido a Cristina Comediante.

«¿La carita que yo hice cuando…?», dice, en relación a su cruce con Macri durante la asunción del 10 de diciembre. «Que no la hice, realmente. No es que puse esa cara: ¡me salió! Una que ha sido tanto tiempo Presidenta, y tanto otro tiempo legisladora, podría controlar un poco los gestitos, las miraditas… Pero cuando él me extendió la mano, durante un instante pensé en no dársela. La verdad es que no quería dársela, porque no soy hipócrita. Después de todo lo que había hecho contra mi familia… A mí no me gusta fingir. Mis sentimientos son mis sentimientos, y los respeto. Pero pensé: qué van a decir mañana, mirá a la bruja que no le dio la mano… Y finalmente se la di, pero mientras pensaba todo eso la cara se me iba transformado… ¡y ese fue el resultado!»

 

 

La anécdota conduce a la escena de Trump negándole la mano a Nancy Pelosi, la líder de los legisladores demócratas, durante el reciente Discurso del Estado de la Unión. En respuesta, cuando Trump terminó de hablar, Pelosi rompió su copia del discurso con visible placer. Si eso no es grieta, la grieta: ¿dónde está?

 

 

Pero entonces se puso seria y contestó la pregunta.

«Tal como está organizada en Occidente, con la división tripartita de poderes que viene de la Revolución Francesa, nuestra democracia no reconoce la existencia de otros poderes que han surgido recientemente. Y esos poderes no están regulados por ninguna Constitución: las multinacionales, el poder económico, los medios de comunicación», reflexionó. «Por un lado tenés una insuficiencia regulatoria, que va a haber que repensar. Que esos poderes tengan representación pero también regulación. Pero la gran discusión inmediata es: ¿quién conduce el proceso capitalista de producción? ¿El mercado —como en los Estados Unidos— o el Estado, como en China? Porque el mercado no tiene responsabilidad con nadie, mientras que el Estado tiene responsabilidad con los millones a quienes debe conducir. No ha habido un proceso de inclusión capitalista más grande que el de China en las últimas décadas. (Ya me imagino los titulares, que ahora dirán que soy pro China… ¡Olvidate!) Mientras que, tal como ves en películas como Joker, en Occidente cada vez la exclusión es más grande. Que el mercado conduzca todo nos lleva al desastre, hasta al desastre climático. Esta es la discusión que se viene, que se está dando larvadamente a través de la pretensión de una guerra comercial. Las cosas como están, no están bien. Hay que repensar todo esto».

 

 

Operación rescate

Firma libros interminablemente, como de costumbre. Después acepta fotos, adentro y afuera. Parece disfrutar. La veo tan tranquila como lo estaba el viernes, cuando terminamos hablando de la historia de Rodolfo Walsh y Enriqueta Muñiz, la joven de 22 años que fue socia del escritor y periodista en la investigación que quedó plasmada en Operación masacre – una mujer que desafió todos los límites que por entonces la sociedad imponía a su género.

Camino a aquel encuentro charlé en el auto con Diego Carbone, que lleva casi dos décadas a cargo de su seguridad. La historia trazó un arco entre aquel momento inicial de enorme tensión en el sur, cuando Néstor sufrió una hemorragia interna y perdió sangre a lo loco —una escena que Sinceramente narra de modo imborrable—, y este presente caribeño. Tanto tiempo y tantas circunstancias extremas no pueden sino vincular a las personas de modo entrañable. Pero cuando sintió la necesidad de decir algo que encapsulase su apreciación más general sobre Cristina, lo que se le ocurrió decir a Diego fue:

—Tiene más bolas que vos y yo juntos.

Hecho desde la informalidad, y entre hombres, el comentario parecerá machista a oídos ajenos. Pero me recordó que toda mitología, por exagerada que parezca, tiene su origen en una verdad de esas que ni nuestros enemigos se atreverían a negar.

El Cohete a la Luna

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