La fractura de la desigualdad

Por Jorge Alemán

La increíble falacia de que la «empresa crea la riqueza» ha quedado revelada durante esta pandemia, porque lo que está siendo patente es que si no compareciesen «los que venden su fuerza de trabajo», por decirlo en clave marxista, ya sea bajo el formalismo legal o a modo de los sujetos más precarios de los que se dispone en el llamado «ejército de reserva» de los desempleados, entonces el engranaje empresarial corporativo no se sostendría. Por eso considero una ficción pensar, como la ideología dominante está promoviendo durante esta pandemia, que las empresas son las generadoras de la riqueza. Al contrario, la transformación de la riqueza en beneficio la están realizando los trabajadores y el «precariado». Aunque los empresarios, los ejecutivos, los ceos, los managers, directivos (y un largo etcétera) estén presentes, el engranaje productivo nunca se reiniciaría si los que van a ser explotados no se suman, de entrada, a volver a vender su fuerza de trabajo para generar el excedente. Ellos y sólo ellos ponen en marcha la maquinaria. Sin embargo, esto no es suficiente y no alcanza para constituir un sujeto autoconsciente de su fuerza material que transforme la enorme fractura social. Entre otras razones porque el plus-de-goce de los trabajadores es el hueso duro de la Ideología, que requiere un análisis profundo.Dicho plus-de-goce-no siempre responde a los intereses de clase.

Desde otra pendiente, es muy difícil pensar que a partir de esta pandemia se vaya a producir necesariamente un colapso del capitalismo, al que me he referido anteriormente. Puede ocurrir, pero no es un hecho necesario. Se van a producir probablemente grandes desastres y gravísimas situaciones de crisis, que perjudicarán una vez más a todos los sectores subalternos, a todos los sectores explotados, a todos los países que son actualmente expoliados por la acumulación del capital y su mecanismo de desposesión, es decir, la fractura de la desigualdad podría todavía manifestarse con mayor crudeza. Pero esto no quiere decir que estemos, en principio, frente al final del capitalismo, o frente a otro escenario. Por lo menos, no se puede asegurar porque, insisto, el capitalismo es una estructura cuya verdadera cualidad es su capacidad de reproducción sin límite.

En ese sentido, creo que la pandemia pone en crisis dos categorías políticas, una se refiere a la cuestión de las demandas insatisfechas (teorizadas por Laclau), pues podría ocurrir que en muchos sectores de la población se presentara la demanda de ir a trabajar, más allá de las condiciones sanitarias, simplemente por tratar de sobrevivir. O que puedan preferir incluso el riesgo de la infección con tal de volverse a inscribir de algún modo en algún tipo de cadena productiva. Y la otra categoría que se tiene que poner en cuestión es la del «empresario de sí mismo». Y es que los estudiosos del neoliberalismo decían que la fuerza de trabajo de Marx había sido sustituida por un hombre económico, que ya se dedicaba todo el tiempo a generar él mismo el valor, a ser un empresario de sí mismo, al estar subordinado cada vez más a ser más competente, a aumentar y maximizar su valor en el mercado. Pero con el desastre que se ha generado y con la cantidad de gente que ha quedado excluida, o bien ese sujeto aprende a participar en actividades comunitarias de algún tipo, o va a ser muy difícil sostener su trabajo en la nueva realidad. Otra cosa es que no se pueda garantizar su aprendizaje para dejar de ser empresario de sí mismo.

En todo caso, considero que la igualdad no se refiere a la equivalencia entre los valores de la mercancía y la homogeneidad de su intercambio. La igualdad se construye en la reunión de la diferencia singular de cada uno con su inscripción colectiva. Y es que el espectro de la muerte promovido desde la pandemia inaugura un nuevo debate sobre la igualdad. El «para todos» de la muerte remite a la pregunta sobre los distintos modos de acontecer la igualdad. Y vuelvo a insistir en la diferencia abismal entre ese «para todos» de la muerte y la Igualdad desarrollada en mi propuesta de Soledad:Común. En la medida que la letalidad del virus siga extendiendo la muerte sobre los inocentes será inevitable olvidar su origen aleatorio. Así, podrá convertirse para ateos, agnósticos y creyentes en una especie de mensaje divino a descifrar. A mayor cantidad de muertos, inocentes sin duelo, Dios retornará desde lo real como un auténtico irresponsable, un Inconsciente estúpido que envía un mensaje para esta época de la humanidad donde las certezas de la ciencia y el supuesto saber de los expertos naufragan.

Además, podría suceder que las sociedades, al no ser nunca del todo idénticas al capital, al igual que las estructuras políticas, se interrogaran sobre cómo habitar el mundo a partir de la pandemia; hasta podrían incluso llegar a percatarse de la importancia que supondría el encontrar, utilizando un término de otra época, modos de planificar la economía y su relación con la comunidad y la vida que no fueran exactamente los que proceden de las lógicas del Mercado, pero esto no es algo que podamos asegurar o que necesariamente vaya a ocurrir. Se trataría de una contingencia. Por lo que insisto en que me parece más verosímil imaginar el fin del mundo, la hecatombe, que el fin del capitalismo. Aun así, tarde o temprano, en el «todos» de la pandemia probablemente se introducirá la fractura mundial de la desigualdad. Una vez más, en Occidente en particular, el espejismo del Uno se dividirá en Dos y millones de seres humanos que no dispondrán de inscripción alguna pueden ser eventualmente los actores de un nuevo antagonismo social.

La repercusión de tantas muertes tendrá tiempos distintos en los sujetos, pero no descarto que, después de los episodios de miedo y desconcierto, comiencen algunas rebeliones que no sé si tendrán un sujeto político que las oriente. Muchas veces, después de sentir la falta de fundamento que provoca la angustia, comienzan proyectos transformadores. En la superficie de la igualdad puede tener lugar la oportunidad de conocer hasta las últimas consecuencias de qué modo un deseo puede transformar los vínculos sociales. Enorme y dificultosa tarea, especialmente ahora que, a mi juicio, el psicoanálisis ya no es el reverso del discurso del Amo, porque el capitalismo ha ido erosionando las estructuras del mismo. El psicoanálisis debería definir su nuevo lugar en la mundialización del «pseudo-Amo capitalista». Porque, finalmente, detrás de la palabra economía están de un modo aún latente, aún por desplegarse y nombrarse, una serie de antagonismos sociales que darán testimonio acerca de qué vida estamos hablando y llevando.

Desde mi perspectiva lacaniana, la condición de posibilidad de lo que llamamos realidad es que la brecha estructural permanezca oculta. En lo que entendemos como realidad hay siempre algo incompleto e inconsistente, que tanto la ideología como el fantasma intentan obturar. Por ello fantasma, ideología y realidad son lo mismo, encubren la brecha, la fractura que siempre deja un resto, una mancha siniestra, una pieza suelta que no pertenece a totalidad alguna. Ese resto, esa «libra de carne» no simbolizada se conoce, según Lacan, como el objeto (a), y únicamente en la psicosis se muestra que cuando vuelve a la realidad lo hace de modo catastrófico. Aquellos que sienten estabilidad, en la regularidad, en la realidad en la que de un modo u otro se reconocen, es porque en ese caso el resto (a) debe permanecer en exclusión.

Y eso es lo que ha ocurrido con el bicho siniestro, el objeto (a), reintroducido en la realidad, una especie de «Dios cartesiano que no engaña» de los expertos científicos, y tampoco funciona como sujeto de un supuesto saber. La brecha estructural se difumina y la realidad no se enmarca en límite alguno. Los presidentes enloquecen y los niños intuyen que hay un monstruo, el deseo del Otro ilimitado, que los puede devorar. Traducen lo que cada uno siente.

Al respecto, en la relación entre psicoanálisis y política, en la que vengo trabajando desde hace mucho tiempo, siempre que se ha planteado el posible cruce entre los dos ha surgido una objeción que se repite, a saber, el psicoanálisis se ocuparía del modo singular de gozar de cada uno (de sus síntomas y fantasmas), y la política en cambio sería su reverso, al referirse a la sociedad organizada colectivamente por los significantes Amos específicos de las instituciones y por la estandarización homogénea del goce realizada por parte del Mercado. Esta posición sería la que podríamos designar como una doctrina «liberal del psicoanálisis», muy extendida entre los lacanianos de la última generación. Vengo insistiendo en caracterizar esta posición como «escepticismo lúcido» o «cinismo ilustrado» porque los psicoanalistas que la defienden dan forma a una doctrina del capitalismo alejada de sus fundamentos calvinistas. Según esta versión, la sociedad es el lugar donde cada sujeto experimenta con sus pulsiones y su goce la condición irreductible de las mismas y hay un límite que las vuelve imposibles de ser reintegradas en lo colectivo. Los que profesan esta doctrina liberal del psicoanálisis nos acusan a aquellos que nos hemos enfrentado a la compleja relación entre psicoanálisis y política de desear desentendernos de las problemáticas que surgen entre estas dos «piezas que no encajan»: la Soledad radical (sintomática) del sujeto y la organización colectiva de la política. No quieren ni pueden aceptar que hay un nuevo ángulo, una nueva perspectiva que a mi juicio no sólo no borra la especificidad del psicoanálisis, sino que le otorga su verdadero alcance.

A continuación, enumeraré una serie de puntos generales donde estas piezas que no encajan sin embargo encuentran su punto de articulación para delimitar así un nuevo modo de pensar la relación entre psicoanálisis y política, por fuera de la metafísica filosófica y del liberalismo político, que las ha capturado durante mucho tiempo.
El psicoanálisis después de Lacan da cuenta de un sujeto descentrado, fracturado, constituido en una división incurable e irreductible que ningún proceso social, ninguna realización histórica puede suturar.

A su vez la sociedad en su ordenamiento social, estatal y comunitario también está constituida alrededor de una fractura o una brecha estructural, una negatividad ontológica irreductible que ninguna ley de la historia o movimiento interno de la misma pueden cerrar. El fantasma inconsciente del sujeto y su elucubración ideológica concreta constituyen las distintas modalidades a través de las cuales cada sujeto singular intenta colmar (con operaciones que nunca se realizan totalmente con éxito) esa brecha inaugural.

Por lo tanto, encontramos algo distinto a lo que proclama la doctrina liberal lacaniana, porque tanto el sujeto como la sociedad comparten una fractura real e irreductible que otorga un nuevo tipo de inteligibilidad, tanto al sujeto como a los vínculos sociales y los procesos históricos que los involucran.

Si bien en la cura analítica la ética del psicoanálisis intenta obtener en cada sujeto el límite de su deseo con respecto a lo real imposible, la política a su vez, gracias al psicoanálisis, queda marcada definitivamente por este problema: la imposibilidad. A partir de esta consideración se puede decir que no existe política subordinada a la ética, ni política que sólo sea mera expresión de una ética. En este punto precisamente el límite se pone radicalmente siempre en juego: la imposibilidad real a la que se confronta el sujeto es la misma a la que se confronta la política, y sólo puede tener como respuesta una construcción hegemónica frágil e inestable.
Es cierto que existe un hiato insalvable entre el modo de gozar del sujeto, en su íntima satisfacción, más allá del principio del placer, y el modo de hacer existir ese plus-de-goce que lo aloja e inscribe en un orden simbólico.

Por lo expuesto, entiendo que no está escrito en ningún lado que al goce del uno por uno le deba corresponder —sin más— una sociedad de explotación y desigualdad, aunque no se dé la justicia distributiva (en expresión de Lacan). En ese sentido, considero que la igualdad tiene que pensarse como «no-Toda». Una igualdad que permitiese la emergencia de las diferencias en la cartografía de lo social, donde siempre habrá suicidas, melancólicos, prácticas de goce heterogéneas y un extenso etcétera. Es decir, una igualdad que no suponga ni equivalencia ni uniformidad.

(De Pandemónium. Notas sobre el desastre, Ned, 2020)