La gente de la casa rosa

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Hebe Uhart

Había una vez una casa rosada que se había puesto un poco verde. No tenía verja, ni portón, ni ventana grande. Adentro tenía chanchos y floreros de porcelana muy viejos, y grandes cortinas amarillas que se corrían con una cuerda que nunca andaba y siempre se rompía. Toda la gente que pasaba sentía mucho olor a cordero y a veces a cabra, pero los vecinos sabían que allí no cocinaban cordero ni cabra y que era el olor que había siempre. También había olor a lirios, porque en el jardín tenían lirios, junquillos y rosas enanas. En el jardín sacaban las hojas con un rastrillo y estaba todo liso, pero en el fondo guardaban los instrumentos rotos y los hilos viejos. Allí no llevaban nunca a nadie porque podían enredarse cuando caminaban.

En esa casa vivían la madre, el padre y la hija. El padre tenía bigotes y dos ojos en forma de bolitas negras y los labios tan colorados que parecían pintados. A veces no conseguía trabajo, pero cuando traía algún adorno para la casa, era que había conseguido trabajo. Él nunca quería comprar escobas y por eso la madre lloraba afligida en un rincón y no se alegraba cuando él traía chanchos de porcelana, y suspiraba. Entonces el padre decía:

—Sí, ya sé que faltan escobas.

Y la madre se iba a un rincón y se quedaba en la sombra, porque ella sólo hablaba para decir que no había escobas.

Pero el padre hablaba muchas veces con la hija que tenía dieciocho o veintiocho años y siempre se hacía unos rulos en la cabeza, que eran como esos pitos largos de carnaval que se enrollan, cuando no están del todo enrollados. Era muy blanca y a veces se ponía vestidos violetas, pero se le ensuciaban en seguida, porque el violeta es un color delicado.

Ella hablaba con el padre y le contaba cosas de los novios de las otras muchachas, porque ella no tenía novio. Entonces el padre le decía cuáles novios querían casarse con las muchachas y cuáles no, porque ella le contaba cómo pasaban las cosas.

La madre se quedaba siempre en la sombra y a veces interrumpía para arreglar el vestido violeta con un golpecito, y la chica le daba un golpecito en la cabeza a la madre y seguía escuchando al padre.

La chica decía a veces algo secreto a su madre y ésta se lo decía al padre y así se divertían mucho, y esa gente siempre se decía secretos y a veces iban por la calle y para que la gente no los oyera, se decían secretos y después se reían fuerte y miraban para todos lados. La madre nunca inventaba secretos, ella sólo los escuchaba y estaba contenta porque se reían y porque todo marchaba bien.

Cuando la madre había conocido al padre, él tenía los labios muy rojos y los ojos como bolitas, pero sabía hablar muy bien y decir versos y casi nunca conseguía empleo, pero decía versos a la luz de la luna, y después se reía mucho y se mordía los labios colorados. La madre era pobre y lo admiraba mucho y por eso se casó y tuvieron esa hija que se llamaba Florentina.

Cuando Florentina iba a la escuela nunca llevaba caramelos y siempre les pedía a los demás, y los otros a veces le daban y a veces no. Entonces ella contaba cuentos malos que había aprendido de un primo que tenía doce años, y después le daban caramelos. En la escuela aprendía casi todas las cosas, pero no se acordaba de los nombres de las batallas y decía nombres parecidos, pero distintos, y los chicos se reían. También llamaba a las cosas con nombres raros, que los otros no conocían y decía “entreverado” en vez de decir “mezclado”. Entonces los chicos decían que entreverado no quiere decir mezclado y la preguntaban a la maestra, y la maestra decía que sí. Entonces Florentina decía:

—¿Vieron? Vale igual.

Y todos miraban con curiosidad y también con desconfianza. Ella fue la primera que se soltó las trenzas y se hizo grandes rulos, pero la madre le ponía una red en la cabeza para que no se le deshicieran. Los otros se reían mucho en la clase porque tenía la red puesta, pero ella en el recreo se la soltaba un poco para que vieran los rulos que tenía debajo. Pero a veces había humedad y tenía que tener cuidado porque se le deshacían.

Después siempre se hizo rulos y ya el pelo tenía cierta consistencia y cuando se peinaba, el padre y la madre la miraban enternecidos y ella les sonreía.

Una noche el padre no había conseguido empleo pero tenía cincuenta pesos y se emborrachó. Esa noche volvió borracho a su casa y la mujer se puso a llorar. Como la mujer lloraba, cuando se despertó al mediodía, se fue a emborrachar otra vez y se quedó dos o tres días mareado. Ella no quería que la gente se diera cuenta, pero como lloraba mucho y no había comprado la leche, la gente se dio cuenta igual. Después le dio una píldora y el hombre se quedó dormido.

Y como no conseguía empleo, la chica tuvo que salir a trabajar. Y entonces trabajaba en una casa donde vendían perfumes con tapa colorada. En ese lugar trabajaba un muchacho alto y delgado, que tenía ojos oscuros y la piel casi transparente y a Florentina le gustó y lo empezó a mirar. Y después Florentina se hacía los rulos con cuidado y se ponía un poco de perfume detrás de las orejas. Cuando ese muchacho se dio cuenta de que lo miraban, la miró y siguió atendiendo a la gente. Él vendía jabones y Florentina no precisaba jabón, pero pensó:

—Le voy a comprar un jabón.

Y fue caminando, se ajustó el cinturón y le dijo si le vendía jabón, y él le vendió y le preguntó si era nueva, y ella le dijo que sí. Se puso muy colorada y él la miró sorprendido.

Después, cuando ella no tenía clientes, se iba a charlar con él que tenía muchos clientes, y una vez él le dijo:

—Ahora estoy ocupado.

Pero después se arrepintió porque no había sido amable y se fue a conversar con ella, y ella se puso muy contenta. Todos los días lo iba a buscar y a veces lo acompañaba unas cuadras porque le gustaba mucho. Ella les contaba a sus amigas que tenía un novio hermoso y cuando le preguntaban cuándo se iban a casar, decía:

—¡Quién sabe! Todavía falta.

Y le contaba al padre cómo pasaban las cosas y el padre le explicaba, y la madre le planchaba todos los vestidos y le emparejaba el pelo.

Pero ese muchacho era muy distraído y a veces se olvidaba de saludarla, pero ella igual lo iba a visitar.

Así pasó un año y ella le dijo un día que lo quería mucho y que por él estaba dispuesta a todo. Él se espantó y se fue caminando ligero y ella lo siguió. Entonces él la miró con curiosidad, como cuando los chicos la miraban en la escuela, y se quedó con ella. Esa noche ella quiso pasar la noche con él, y se dio cuenta de que ella había sido la novia de él, pero él no, y se fue muy triste para su casa, porque ya no tendría ninguna historia de novios para contar a sus amigas.

Cuando el padre supo que Florentina tenía novio se puso muy contento, porque él quería hacer una fiesta de casamiento grande y que todos se quedaran asombrados, y entonces se puso a trabajar para juntar plata para la fiesta de casamiento. Y trabajaba todos los días y nunca se emborrachaba y ahorraba todo y, a veces, le compraba escobas a su mujer, que ahora estaba contenta.

Un día vino borracho a la casa y la mujer se puso a llorar sin preguntar nada, y cuando vino Florentina, le dijo que no quería verla ni aunque se muriera, y le contó a su mujer lo que había hecho Florentina. Su mujer lloró por mucho tiempo y Florentina anduvo dos días por la casa sin que nadie la mirara y con los rulos deshechos.

Habían pasado quince días desde que el padre había vuelto borracho, cuando recibieron una carta de la tía del campo para pasar las vacaciones. La madre miró la carta y dijo:

—¿Cuántos años hace que no vamos a lo de Julia?

—Tres.

—¡Cuánto tiempo! Y dice que Juan está enfermo.

—Sí. Y ellos vinieron cuando se murió la abuela.

—Hay que ir, si no van a pensar que somos maleducados.

Entonces el padre llamó a la pieza de Florentina y dijo:

—Vamos a lo de la tía Julia de visita. Prepárese.

Y Florentina se hizo los rulos, pero no quiso ponerse perfume y salieron. En el camino no hablaron casi nada y cuando llegaron al tren, se sentaron. Florentina tenía un vestido almidonado que hacía un pico y su madre se lo aplastó y su padre lo vio y se puso a mirar por la ventana. De vez en cuando miraba a su hija, pero Florentina estaba muy dura y quieta y había puesto la valija en el pasillo. Una señora se cayó y empezó a gritar y les dijo maleducados y llamó al guarda. El padre discutió mucho con el guarda y decía:

—Mi hija la puso cerca de su asiento. ¿O se cree que es una maleducada?

Y el guarda le quería hacer sacar la valija, pero el padre no quería y dijo:

—Vamos, hija, vamos.

Y Florentina dijo:

—Papá tiene razón.

Y el padre dijo:

—Nos vamos a bajar de este tren.

Y le dio el brazo a Florentina y con el otro llevaba la valija. Y se fueron caminando a la casa de la tía del campo, y por el campo se decían secretos, aunque no había nadie y la madre se reía porque todos se reían.

(De: El gato tuvo la culpa, Blatt & Ríos, 2013)