La giganta

ZONA LITERARIA | EL TEXTO DE LA SEMANA

Por Fabián Casas

María José Fontau fue una chica de contextura normal hasta los diez años. Ahí pegó un estirón y terminó la primaria en las filas de atrás, cada vez que su grado formaba. Siguió –porque seguía creciendo– en esa posición durante la secundaria. Estar atrás, mirar por encima de todos, tener una posición estratégica en los patios antes de entrar a clase o antes de salir de clase, no es un hecho menor. Siempre tenés una milésima de segundo más que los que están adelante, en la cabecera de playa, ahí donde se paran los maestros, los interventores, los bedeles a dar órdenes o largos discursos. Ahí te pueden ver. Atrás, en cambio, aunque sobresalgas –y María José sobresalía– uno tiene cierta lectura de la jugada, una buena visión del campo de batalla. En los comienzos del secundario, su extrema delgadez hizo que pasara desapercibida a sus compañeros varones, pero ya casi terminando esa etapa de la vida estudiantil, algo estalló dentro de ella y su cuerpo de basquebolista de la NBA creció acompañado por músculos tensos, una carne fresca y morena, pelo largo y negro y un andar felino que vino a suplantar el anterior, de joven larguirucha y cansada de sostener una columna vertebral tan larga.

¿Qué cosa es una mujer?, eso se preguntaba María José mientras se anotaba para estudiar Economía en la facultad. Ya había tenido dos novios importantes y había aprendido ciertas cosas en las prácticas sexuales que la dejaban como una chica muy singular, personal. Cuando ella decidía bajar la cortina del amor, los novios solían quedar desdichados, amargados, resentidos, porque, se decían, no iban a poder encontrar a otra chica que estuviera a la altura de ella. En la facultad conoció a un hombre mayor, de unos cuarenta años, que estaba, además de dar clases ahí, escribiendo en la sección económica del diario. El tipo era calvo, barrigón, solía dejarse una barba espesa y usaba pachuli. Tenía, también, tres hijas y una mujer muy linda a la que le faltaba una mano de nacimiento, por culpa de un medicamento que había tomado su madre durante el embarazo. María José estaba secretamente enamorada de él y él estaba secretamente enamorado de ella. Pero nunca pasó nada entre ellos. Pachuli, como le decían todos en el diario, llevó un día a la Giganta para que hiciera informes en la sección de Economía. Al año la chica había quedado efectiva y escribía intensos informes sobre el neoliberalismo en boga. Ver pasar a la Giganta desde su sector, en el fondo de la redacción, contra los vidrios esmerilados donde se terminaba el edificio, hacia la salida o los baños o simplemente hacia el archivo, era algo que la tropa disfrutaba mucho y agradecía. Las mujeres, en cambio, se sentían intimidadas. La Giganta tenía pocas amigas. La mirada a presión de los demás sobre su cuerpo era un karma que venía sobrellevando desde la secundaria. Una vez, siempre se acordaba, simplemente no lo resistió –estaba de pie, esperando por entrar a una obra de teatro– y se desmoronó sin conciencia. Llegó el Same, la reanimaron y escuchó que un médico le susurraba al camillero: «Histeria». Pero hay momentos en que las cosas cambian. Son esos estados en que suceden las conversiones. Un tipo melenudo se va al desierto y es tentado por el diablo y sale de ahí con un eslogan demoledor. Otro es un jugador y fullero y cae preso y mientras se está duchando el que está en la ducha de al lado le empieza a comer el coco con la religión y le cambia la cabeza para siempre. La Giganta no fue al desierto ni a la cárcel, sólo entró al baño de mujeres que estaba paralelo a la oficina de Personal.

Era un baño mucho más grande que los otros cuatro que estaban desperdigados por la redacción. Entró para mear y cuando se fue a lavar las manos se encontró con la Porota pintándose los grandes ojos de manga que tenía. En los dos años que llevaba en el diario, habían hablado poco y nada, pero justo unos días antes de este encuentro en el baño habían estado en una fiesta extraña que improvisó la gente de Economía en la casa de la abuela de uno de ellos, y que tuvo la particularidad de que, para salir a la terraza, había que sacarse los zapatos porque le habían puesto una membrana para la lluvia. Hacía mucho frío y varios quedaron estancados hablando y bebiendo en la cocina larga y angosta o en las piezas y el living. Había olor a cigarrillo y a gente. La Giganta fue sola y rápidamente estuvo rodeada de hombres. Pensó en irse o salir a la terraza y tirarse desde ahí. Pero terminó sentada en un sillón inmenso al lado de la Porota, que charlaba sin parar con varias personas a la vez sobre literatura. En algún momento de la noche se pusieron a hablar y terminaron compartiendo un taxi que las sacó de ahí. La Giganta sabía o sospechaba –los rumores nunca comprobados de la redacción– que la Porota cogía con Tony Camarero.

También sabía, porque Pachuli le había dicho, que la Porota era de temer. Y que era escritora. Eso le gustaba. La Giganta no había leído mucho en su vida, pero era algo que siempre pensaba hacer antes de morir. Voy a leer cuando sea vieja, todo, se decía y le decía a la Porota mientras viajaban en un taxi con olor a mugre que provenía, evidentemente, del chofer, un tipo pelirrojo, gordo, mal dormido, que comía, cuando paraba en los semáforos, un pedazo de sándwich que tenía envuelto en una bolsa marrón. Así que cuando se encontraron mirándose en el espejo inmenso del baño, una al lado de la otra, ya tenían esa intimidad que te da compartir un pedazo de fiesta de mierda y un asiento en un taxi para escaparse de ahí. ¿Sabés que te dicen la Giganta, no?, le largó la Porota, gozando en silencio. ¿La Giganta?, dijo la Giganta, riéndose. No, no sabía. ¿No sabés que te quiere coger todo el mundo acá?, le replicó la Porota. Acá todos se quieren coger entre sí, le dijo la Giganta, no es novedad. Te dicen la Giganta por el poema de Baudelaire, nena, debería ser un honor, le dijo la Porota guardando el delineador en un estuche de cuero muy pequeño. ¿Quién es Baudelaire?, dijo la Giganta. Alguien que tenés que leer cuando seas vieja, le contestó la Porota mientras abría la puerta para salir, cosa que hizo en un tris. La Giganta se quedó sola escuchando el ruido del agua correr en los baños. Algo empezó a tomar forma dentro de ella. De golpe, gracias a la Porota, había descubierto su metafísica. Cuando salió otra vez a la redacción, las cabezas de los compañeros estaban a la altura de sus rodillas. Ella cruzaba a grandes trancos los pasillos y los miraba desde arriba. Los diseñadores desperdigados, el cafetero con su carrito, la tonsura de Pachuli hablando por teléfono y fumando, el Perro Eschinocca sentado corrigiendo un texto en su pecera, el Flaco Pantera con los pies sobre el escritorio leyendo unos informes para escribir una nota, las chicas de sociales sentadas en una mesa de fórmica tomando el té y charlando, Andrés Stella y Jorge Aluzino parados contra una columna riéndose. Nada se le escapaba, todos estaban ahora en ese mundo de enanos al que ella ya no pertenecía.

(De: Titanes del coco, Random House, 2015)

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