La hipótesis paranoica y la ultraderecha

Por Jorge Alemán

Entiendo por hipótesis paranoica, después de Freud y Lacan, más que una realidad clínica, una posición del sujeto, así como también una posición colectiva donde todo es interpretable bajo un mismo signo amenazante. La paranoia es una normalidad que se caracteriza por unificar la realidad bajo el signo de una amenaza que se infiltra y quiere quedarse, en el caso de lo expresado por la ultraderecha, con el tesoro de la nación que es su identidad, la cual está amenazada como totalidad íntegra a través de conexiones secretas, por seres bizarros, a medio hacer, infrahumanos: comunistas bolivarianos y sus diferentes variantes. La ultraderecha ha elevado esta posición paranoica al estatuto de una praxis ideológica. Cuenta a su favor con el hecho de que el neoliberalismo ha derrotado a las izquierdas, especialmente en los últimos años y principalmente en el aspecto subjetivo. Porque es cierto que en medio de esta pandemia las posiciones de los sujetos articulados a una cadena equivalencial, teorizada por Laclau, son difíciles de realizar, ya que la supervivencia lo invade todo, o peor, incluso puede existir la posibilidad de que se confirme como demanda popular volver a trabajo, cuestión que las derechas, con una fuerte determinación política, esperan y animan fervorosamente. La ventaja de la tonalidad paranoica es construir toda su narrativa política en una permanente imputación al Otro, que es finalmente un extranjero que quiere nuestro Mal.

También considero que la ultraderecha tanto local como global no es un fenómeno marginal ni residual, sino el resultado de una operación absolutamente calculada. Así, por ejemplo, en España, el partido de extrema derecha, Vox, ha intervenido en las agendas de las derechas consolidadas hasta hace poco tiempo, obligando a introducir demandas, por ejemplo en el ámbito educativo. Algo paradójico se ha podido ver hace muy poco cuando recientemente el líder de Vox se refirió al Papa Francisco como el «ciudadano Bergoglio» para denigrar su jerarquía, mientras que el líder de Unidas Podemos, Pablo Iglesias, le nombró como «Papa Francisco».

Sobre este punto señalemos al pasar dos cuestiones. En primer lugar, la derecha —como ha demostrado Lacan en relación al discurso capitalista— no está en relación con la verdad; se podría decir que es un tipo de sujeto que usa sólo la lengua para gozar y que el odio es uno de sus goces privilegiados. Posibilidad que la izquierda no tiene, ya que entre sus argumentos siempre tiene que estar presente al menos un grano de verdad. El segundo aspecto a considerar aquí es que la paranoia que la derecha promueve como normalidad —y Lacan ha demostrado que el sujeto se constituye a su propia imagen y semejanza— es una de las estructuras constitutivas del mismo: el sujeto siempre será sensible a la movilización paranoica.

La gran novedad que se puede señalar con respecto a la hipótesis paranoica es que por distintas razones históricas se ha vuelto perfectamente combinable, estructuralmente compatible con el espíritu neoliberal del capitalismo actual. El neoliberalismo de la pandemia prepara un nuevo arsenal para advertir a los sujetos políticos, bajo la posible acusación de comunistas, que no se atrevan a darle un destino diferente al Estado, distinto al que el neoliberalismo les tiene asignado. En otros términos, que no se atrevan a intervenir en los Mercados, en nombre de lo Común, que sería la manera para la refundación como sociedad. Razón por la cual es un grave error, como he venido insistiendo en mis publicaciones, designar como populistas a estos nuevos neofascismos, que se extienden por distintas geografías y son en realidad potentes garantes del curso neoliberal del mundo. Me parece que la ultraderecha es el «plan b» del neoliberalismo contemporáneo, una especie de bala en la recamara, si la ficción democrática no sobrevive a la pandemia y se hundiese del todo.

Por eso la ultraderecha, que ha metamorfoseado a la derecha clásica en su delirio sobre la identidad, se resiste con todas sus fuerzas a sumarse a la lógica de los cuidados de los gobiernos progresistas, e incluso al estado de alarma, porque sin duda ven en la pandemia su oportunidad histórica para hacerse con el mando. Y uno de los temas apasionantes de la época es si existe frente al desastre mundial una reinvención por parte de la izquierda que disponga de una fuerza semejante a la que parecen tener algunos líderes de la ultraderecha en diversos países (Hungría, Holanda, además de Estados Unidos y Brasil, por nombrar algunos).

En este aspecto me parece que se ha producido una derrota de la izquierda en relación a la poderosa producción de subjetividad que ha propiciado el neoliberalismo. La pandemia muestra hasta qué punto ha llegado la eficacia de los aparatos ideológicos del Estado para que la desigualdad sea considerada como el estado natural en que los sujetos conviven en la sociedad. La extorsión más tramposa a la que recurren las distintas tradiciones neoliberales, reordenadas por el neoliberalismo actual es el haber promovido la idea de que la igualdad borraba, cancelaba y reprimía la diferencia de la que cada uno es portador. Y la ultraderecha, con su hipótesis paranoica, es un exponente máximo de dicha extorsión.

(De Pandemónium. Notas sobre el desastre, Ned, 2020)