La historia de los pueblos

Por Pedro Salmerón Sanginés

Mural en México DF, 2016. Foto: Frédéric Soltan/Corbis

A principios de la década de 1940, el joven profesor Jesús Sotelo Inclán fue a buscar a los pueblos de Morelos «las huellas del hombre terrible, asesino y destructor» que fue Emiliano Zapata. Se encontró, en cambio, «con el vivo recuerdo de un luchador implacable, sí, pero con una causa justa y un limpio ideal». La clave de la comprensión del movimiento zapatista se la dieron los papeles de Anenecuilco: «Aquellos papeles cambiaban por completo la visión que yo tenía de Zapata y lo revelaban como un auténtico representante de las aspiraciones de su pueblo».

Los papeles mostraban la lucha centenaria de la comunidad indígena de Anenecuilco por defender sus derechos sobre las tierras, montes y aguas que eran suyos, frente a la ambición de los poderosos y la expansión de las haciendas… Y concluyó: «Claro que la historia de Anenecuilco es parecida a la que puede y debe hacerse, de cada uno de los pueblos antiguos de México; en ella se condensan y resumen los heroísmos y angustias que, concentrándose a través de los siglos, produjeron esa fuerza vigorosa y trágica que se llamó Emiliano Zapata».

Hace ya un cuarto de siglo seguí la ruta de Sotelo Inclán: busqué en la historia de los pueblos del norte de México las razones de aquel otro que para la derecha también fue un hombre terrible, asesino y destructor: Francisco Villa. Como Sotelo, encontré sus causas y azares en las demandas de justicia de los pueblos. Los primeros villistas, los que se sumaron en 1910, provenían de pueblos del centro de Chihuahua (San Andrés, Santa Isabel, Satevó, Santa María de Cuevas, Santa Rosalía de Cuevas, Chuvíscar, San Lorenzo…) que llevaban años luchando en defensa de su tierra contra los poderosos hacendados y las autoridades municipales impuestas (el gobernador Creel, beneficiario de los negocios de las compañías energéticas extranjeras, había reformado la Constitución local para sustituir los presidentes municipales electos por voto popular, por jefes municipales nombrados por el gobernador).

Encontré que el poderoso dueño de la hacienda de San Juan de Guadalupe cambió un pequeño valle por sangre en 1735. Así fue: si los hombres que fundaron el pueblo de San Andrés defendían a la hacienda de las correrías apaches, él les legaba la tierra. Los rancheros cumplieron pero los descendientes del hacendado les arrebataron siglo y medio de posesión cuando acabaron las guerras indias con el exterminio (o casi) del bravío nómada. Los vecinos de San Andrés dejaron de ser rancheros independientes para convertirse en peones o medieros del hacendado. En 1908 se amotinaron y en 1910 se convirtieron en la primera base de apoyo del coronel Francisco Villa.

Así como San Andrés perdió casi todas sus tierras, en otros pueblos de la región pasó igual: cuando los vecinos de Santa Isabel solicitaron tierras en 1920, de acuerdo con el artículo 27 de la nueva Constitución, no quedaba nada de los antiguos ejidos del pueblo, y lo mismo pasaba en Chuvíscar, Santa María de Cuevas, Santa Rosalía de Cuevas y Ciénega de Ortiz. Otros pueblos cercanos conservaron parte de sus antiguos ejidos: en 1921 Satevó (que había sido la cabecera del trabajo misional jesuita entre los tarahumaras y era desde el siglo XVIII un pueblo de rancheros mestizos) conservaba «3 mil 984 hectáreas de tierra de mala calidad» que habían sido acaparadas por unos pocos particulares «que ni siquiera son vecinos del pueblo». Los vecinos disputaban de décadas atrás más de mil hectáreas a la hacienda Tres Hermanos y en 1890 la hacienda ganó el pleito. Por su parte, cuando en 1924 los vecinos de San Lorenzo solicitaron tierras al gobierno, argumentaron que sólo conservaban 2 mil 219 hectáreas, impropias para la agricultura, pertenecientes al «antiguo ejido» y alegaban, aunque reconocían carecer de pruebas, que la hacienda de los Remedios, propiedad de Iván Benton (hijo de aquel William Benton ejecutado en 1914 por orden de Villa), había usurpado tierras que eran suyas. Desde 1908 los vecinos denunciaron legalmente las usurpaciones y las alambradas de William Benton. Seis años después los nombres de los firmantes aparecerían en el detalle de jefes y oficiales de las brigadas Villa y Guerrero de la División del Norte, lo mismo que los de los amotinados en San Andrés en 1908 y los de Chuvíscar en 1909… De manera simultánea, los vecinos de estos pueblos dejaron de enviar súplicas al gobierno del estado, en 1909 se afiliaron al antirreleccionismo y desde 1910 siguieron a Villa.

¿Dónde hallé estas historias y las que no caben en este artículo? Fundamentalmente, sabiendo preguntar a los papeles del Archivo General Agrario, al que siguen acudiendo comuneros, ejidatarios, propietarios, a buscar las respuestas a sus preguntas particulares.

Pd: Hasta pronto, doña Rosario. Nos conocimos en 1988, ¿te acuerdas?, cuando a mis 16 años me sumé a tu campaña electoral, a tu lucha. Nos rencontraremos.

La Jornada