La historia de una familia perseguida por el terrorismo estatal

«Nunca más tuvimos paz»

La madrugada del 10 de agosto de 1976 un grupo de tareas secuestró y asesinó al militante político y gremial Jorge René Santillán. Desde entonces su familia vivió un calvario.

Por Elena Corvalán

Imagen: Silvio y Rosa Santillán, con la imagen de su padre, unos dos años después de su homicidio. 

El miércoles último se cumplieron 46 años del secuestro y asesinato del Jorge René Santillán, en el norte salteño. Su hija Rosa Santillán, que durante 45 años mantuvo silencio público, decidió hablar otra vez para recordarlo, hacer memoria del crimen del que fue víctima su familia y acusar una vez más a sus asesinos: «fueron unos cobardes». 

«Quisiera que la gente sepa que un 10 de agosto a la noche tocaron la puerta, fuerte, porque la rompieron, la partieron, y él (Santillán) salió a atender porque ellos dijeron que era la Policía; él salió a atender, no estuvo escondiéndose ni se metió dentro de nada, él fue y atendió la puerta», dijo Rosa al explicar, con una voz entrecortada, por qué quiere hablar otra vez. 

Santillán fue secuestrado la madrugada del 10 de agosto de 1976, de su casa en el barrio SUPE del pueblo de General Mosconi, a diez kilómetros  de la ciudad de Tartagal y a 293 kilómetros de la capital de Salta. La familia fue despertada por los golpes; Santillán, su esposa, Irma Yolanda Prado, y Rosa, que entonces tenía ocho años, fueron a la puerta, ni bien Prado la abrió cinco o seis hombres encapuchados empezaron a golpear a Santillán tratando de arrastrarlo a un vehículo. La familia se resistió, padre, madre e hija forcejearon con los atacantes por dos horas, dentro de la casa y en la vereda, hasta que los secuestradores lograron sustraer a Santillán y partieron en dirección a Tartagal, hacia el norte. 

Rosa, con su padre, en las últimas vacaciones que compartieron. 

La mención de Rosa sobre que su padre no se escondió ni se metió dentro de nada, hace referencia al teniente coronel retirado Carlos Ignacio «Calele» Cialceta, que estuvo prófugo de la justicia por años, hasta el 12 de noviembre de 2021, cuando la Gendarmería Nacional lo encontró escondido en un placard de una casa en el centro de la ciudad de Salta. 

Rosa Santillán y su madre identificaron a Cialceta porque en el forcejeo la niña le sacó el pasamontañas y su rostro les quedó grabado. «A lo mejor la gente no sabe que esto pasó el 10 de agosto, y que este hombre que está preso ahora» fue uno de esos atacantes, sostuvo, ya decidida a seguir denunciando el crimen que su familia sufrió en la dictadura. 

Rosa comenzó a hablar públicamente a partir de la detención de Cialceta, por el impacto que le provocó saber que lo encontraron, y que estaba escondido en un placard. Ahora la conmociona también saber que el represor busca ser declarado inimputable aduciendo una dolencia mental. La impacta en relación con la devastadora agresión que sufrió su familia. Cuando los seis hombres irrumpieron, encapuchados y fuertemente armados, el «peligroso enemigo», estaba solamente acompañado por su esposa, sus hijos (de ocho, siete y cuatro años y tres meses de edad) y su suegra.

«A él (Cialceta) no le importó ver que era mi mamá, yo con ocho años, mi hermano con siete y mi abuelita que estaba ahí parada con mi hermanita de cuatro y que la bebé lloraba adentro, porque ellos después, pensando que a lo mejor nosotros íbamos a seguirlos, pidieron la llave del auto y mi mamá con los nervios no encontraba las llaves, entonces dos entraron a la casa a revolver las cosas y a buscar las llaves y ahí fue cuando se robaron algunas cosas de oro«, recordó. 

Irma Prado, Rosa y Estela, la más pequeña, dos o tres años después del secuestro.

Son días difíciles para la familia Santillán. «Estos días siempre tratamos de estar todos juntos y estar en familia», confió Rosa. La frase había empezado contando que el 10 temprano la había llamado su madre, en ese punto el llanto la ganó: «ella siempre llama temprano estos días para preguntarnos cómo estamos, recién hablé con mi hermano (Silvio Santillán) también».

Después dijo que quisiera que «la gente sepa» que después del secuestro y asesinato de su padre «nunca más tuvimos paz», hasta muchos años después, cuando «logramos una paz cuando mi hermana se casó y volvimos a esa casa y volvimos a estar todos juntos, creo que ahí fue un antes y un después. Pero hubo muchos años que no tuvimos paz, más cuando mi mamá estuvo enferma (Irma Prado tuvo que ser hospitalizada tras la muerte de su esposo)». 

Y dijo que desea también «que la gente no se olvide que (los represores) fueron unos cobardes«. Seis hombres «con semejantes armas» atacaron a una familia que no tenía más que sus manos «y el amor que le teníamos a él (su padre) y el amor que nos tenía él», y por eso «fue esa lucha». 

Cuando la patota partió, Irma Prado corrió las cuatro cuadras que separaban la casa de la comisaría de Mosconi, pidiendo ayuda para enfrentar a los secuestradores, pero apenas le dieron un custodio. En el juicio conocido como Megacausa Salta se supo que ningún organismo estatal buscó a Santillán, que entonces tenía 33 años de edad. Sus hermanos Alfredo y Eduardo, su cuñado Carlos Prado y otros vecinos y trabajadores de YPF se movilizaron para dar con él. Lo ubicaron a las 6 de la mañana en el camino al paraje Acambuco, a 20 kilómetros de General Mosconi, quedaban apenas restos de su cuerpo, que había sido sometido a una explosión, de la misma manera que habían hecho días antes con Menena Montilla y el médico Pedro Urueña, también militantes peronistas del norte salteño.

Militante, perseguido político 

Hasta julio de 1976 Jorge Santillán trabajaba en YPF, en Campamento Vespucio; era delegado del sector Metalúrgica del Departamento de Electromecánica. Con su hermano Alfredo, que trabajaba en el sector Usina del mismo Departamento, eran opositores al oficialismo en el Sindicato Unidos Petroleros del Estado (SUPE).

Santillán también militaba en la Juventud Peronista de Mosconi y realizaba trabajo social con los pueblos indígenas de la zona y en los barrios más necesitados. Con Alfredo estaban impulsando la construcción de un centro sanitario donde iba a atender Urueña.

En 1973 fue elegido concejal en Mosconi, y donó su dieta para solventar el desayuno del personal municipal, la foto es de ese momento. 

Su militancia lo puso en el ojo de la represión, antes de ser secuestrado fue cesanteado de YPF mediante la resolución 808, del 22 de junio de 1976. Rosa recordó que había recibido amenazas de muerte, y había realizado los trámites para salir del país. De hecho, fue asesinado a solo tres días de la fecha en la que tenía previsto viajar a Buenos Aires para salir con destino a México.

Rosa tiene ahora la certeza de que la familia y su entorno era vigilada desde 1975 por lo menos. Y como prueba mostró esta imagen, de agosto de ese año. La niña de la foto es Rosa Santillán, junto a Fernando Ochoa, militante político y estudiantil integrante del Grupo Impulso, que propició la creación de la Universidad Nacional de Salta y la Sede de Tartagal, y que fue desaparecido. 

El hombre de espaldas era de Tucumán, también era un militante político, pero Irma y Rosa no pudieron recordar su nombre. La ocasión era un casamiento. El fotógrafo era un militar, Rosa recordó que este hombre la llevaba mesa por mesa, tomándole fotos, con la excusa de que había llevado los anillos. Ahora comprende que fue el ardid que usó para tomar imágenes de personas que eran vigiladas. 

Para cuando Santillán fue secuestrado el clima era opresivo. En la última foto que le tomaron, «unas semanas antes de que lo maten», en la comida de despedida de Nilda Medina, que se exilió en México, se lo ve compungido. «Se ve la cara de preocupación, de tristeza, que tenía él, ya habíamos vuelto de Buenos Aires, él había pedido asilo político» a México. 

El día del secuestro, mientras buscaban a su padre, Rosa y sus hermanos quedaron en la casa de un tío. Ahí recibieron la noticia definitiva. Jorge Santillán fue velado y enterrado en Mosconi, rodeado del afecto de parientes, amibos y vecinos, que vencieron el temor para despedirlo. 

Después la familia tuvo que huir, habían visto el rostro de uno de los asesinos. Fueron a Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia, donde Irma Prado abrió una confitería y Rosa y Silvio lavaban autos. Luego regresaron a Campamento Vespucio (a casi seis kilómetros de Mosconi). Su madre no podía vivir en la casa de Mosconi y «por eso también después le dieron el traslado a Salta, pero lo mismo terminó internada», recordó Rosa. 

El trauma perduraba. Cuando vinieron a vivir a la ciudad de Salta, «a pesar de que teníamos una casa más grande, dormíamos todos juntos en la misma pieza». Cualquier ruido les remitía a la madrugada del ataque, Irma Prado a veces no dormía la noche entera. «Ellos ocasionaron eso, para que ahora Cialceta quiera ir a la casa, eso a mí no me parece justo».

Tras el homicidio, en los momentos importantes de sus vidas se sacaban fotos con un retrato del padre ausente, «entonces a mí no me parece justo que Cialceta se vaya a su casa. Si en tantos años no tuvo ningún problema de la cabeza, o de locura, o de lo que sea, resulta que ahora recién le viene a salir un problema cuando está preso, todos estos años anteriores no, y todos estos años anteriores nadie supo nada de lo que fue nuestra vida», sostuvo. 

Cialceta, dijo Rosa, «destruyó a una familia completa, no tan solo a los que vivíamos en la casa, fue a toda la familia completa”. Y volvió a indignarse con «el sinvergüenza este», que pasó 46 años «sin ningún problema y de repente porque está preso tiene problemas psiquiátricos». «Si él se va a su casa, para mí no hay justicia»

Salta/12